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El título de este libro, tomado de San Juan de la Cruz, nos invita a descubrir la profunda y asombrosa verdad de que en nuestras entrañas humanas están dibujadas Otras Entrañas Amorosas, y en ellas están también dibujadas las nuestras. A través de sus páginas hay una invitación a hacer de las propias entrañas un lugar simbólico de fecundidad y de misericordia al estilo de Jesús de Nazaret. Al ser un libro que brota de la experiencia, también quiere conducir a ella; por eso además de una fundamentación teórica ofrece una serie de ejercicios y testimonios bíblicos que pueden ayudar a hacer de nuestras entrañas un lugar de entrañable ternura y generatividad. El libro va prologado por Enrique Martínez Lozano y cuenta con una amplia bibliografía.
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Seitenzahl: 297
Veröffentlichungsjahr: 2018
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EMMA MARTÍNEZ OCAÑA ha publicado en esta colección:
• Cuando la Palabra se hace cuerpo... en cuerpo de mujer
• Cuerpo espiritual
• Buscadores de felicidad
• Espiritualidad para un mundo en emergencia
Prólogo por Enrique Martínez Lozano
Introducción
1. Algunos senderos para caminar
1. El camino desde el yo superficial hacia el Yo-Ser. 2. El camino desde la mente distraída a la consciencia y la lucidez. 3. Del ruido que nos envuelve al silencio que unifica.
MEDITACIÓN 1. Ejercicio de visualización y escucha
2. Las entrañas, símbolo de la fecundidad de la vida
1. Las entrañas, símbolo de la fecundidad de la vida.2. La generatividad, vocación del ser humano. 3. Qué significa una vida humana fecunda. 4. Dinamismos de la fecundidad.
Isabel, la fecundidad de una mujer estéril
María de Nazaret, una mujer de entrañas fecundas
MEDITACIÓN 2. Acoger el anuncio de nuestra vo-cación-misión
MEDITACIÓN 3. La fecundidad de mi vida
3. Las entrañas y su simbolismo corporal: entrañable misericordia
1. La “entrañable ternura” expresión de la ética del cuidado. 2. La capacidad de conmoverse brota de las entrañas. 3. Dios Madre-Padre: un Dios con entrañas fecundas y misericordiosas. 4. Jesús, revelación de la entrañable ternura de Dios. 5. Cuando nuestras entrañas son alcanzadas por la misericordia de Dios.
Judit una mujer a la que se le conmueven las entrañas
MEDITACIÓN 4. ¡Que se alegren mis entrañas por la misericordia entrañable de Dios!
MEDITACIÓN 5. Experimentar la conmoción de las entrañas como el buen samaritano
Conclusión
Bibliografía
Son muchas las personas a las que tengo que agradecer que este libro salga a la luz.
La primera a mi madre que me llevó en las entrañas con mucho amor y deseo. Lo he escuchado muchas veces, he/hemos sido hijos e hijas deseadas y muy queridas. En general los recuerdos de mi infancia y mi experiencia familiar han ido ofreciéndome un útero acogedor y gratificante. Ese regalo de la vida ha configurado también mis entrañas, capacitándolas para amar.
Otras muchas personas han colaborado en mi vida como “parteras y parteros” ayudándome a crecer como persona, a buscar junto a mí mi identidad, a madurar y superar mis errores… Imposible nombrarlas a todas, desgrano solo algunos nombres: Conchita Vicario, Eduardo Pironio, Milagros Nadal, Balbina Vallejo, José Antonio García-Monge, mi hermana Tere…
También quiero agradecer a quienes me han mostrado encarnada la misericordia entrañable, arriesgando sus vidas y a veces perdiéndolas, hablo de tantas personas, mártires de la justicia, de la com-pasión, como los mártires del Salvador, y todas las personas que pasan por la vida como samaritanos y samaritanas. Ellas son para mí estimulo, aliento, lugar para la admiración y la acción de gracias. Me han hecho creíble, con hechos, que es posible apostar por la utopía de que otro mundo es posible.
No quiero dejar de agradecer a quienes de tantas maneras me han hecho posible escribir este libro, unas como Rosario de la Rosa apoyándome con su cariño incondicional y supliéndome en otras tareas para liberar yo tiempos y espacios. Otras, como Carmen Barba, dedicando gratuitamente su tiempo para completar el texto escrito con las diversas versiones que de él he hecho en otros lugares y conferencias1; sin esta ayuda este libro estaría aun en el ordenador, esperando su momento.
Una lista interminable de nombres completarían este agradecimiento: las que me alientan y sostienen con su cariño cercano: Tere, Pilar, Albina, Cira, Merche, Katusa… mis sobrinas y sobrinos por quienes me siento muy querida; quienes enriquecen los textos escritos con la participación en talleres, encuentros… devolviéndome el eco que ellas despiertan; quienes han colaborado en la corrección del texto escrito como Carmen Lorigados, Pilar…
Agradezco de un modo especial a Enrique Martínez Lozano que a pesar de su mucho trabajo haya aceptado, con toda diligencia y cariño, prologar este libro con unas páginas hermosas que lo enriquecen. Gracias también a la editorial que me alienta y estimula en esta tarea de ir poniendo por escrito los textos que brotan de la vida y los encuentros.
A todos y todas muchas gracias.
Cuerpo, psicología, espiritualidad, unificación, mujer, Jesús de Nazaret, plenitud… Tales me parecen ser las palabras-clave sobre las que pivota todo el trabajo de Emma Martínez Ocaña, en sus cursos, talleres y escritos. Y son también los ejes del presente libro, que tengo el gusto de prologar.
Que la primera de todas esas palabras sea “cuerpo”, no es algo casual ni insignificante, sino todo lo contrario. Se trata de nuestra primera realidad “palpable”, la “puerta de entrada” al resto de la realidad: de ahí que el contacto consciente con él nos traiga a lo concreto y evite cualquier riesgo de espiritualismos desencarnados.
Pero no solo eso: al sentir el propio cuerpo, de una manera inmediata y no “pensada”, lo experimentamos como un “pasadizo” admirable que nos trae, simultáneamente, al presente y a la dimensión de profundidad de lo Real.
Y, como bien sabe y explica Emma, no se trata de una “nueva teoría”, sino de algo que toda persona puede experimentar por sí misma. Este mismo libro es una ayuda para comprobarlo.
Al sentir nuestro cuerpo, somos conducidos al presente, el único lugar de la vida. Y el lugar también en el que todo está unificado, integrado. El presente es abrazo integrador.
El cuerpo, a la vez que nos trae al presente, nos conduce a la profundidad. Al sentirlo, tenemos acceso a las “entrañas” –nuestro “centro vital” o hara–, donde palpamos la Vida que late, las presencias que nos habitan y el Misterio que, trascendiéndonos, nos constituye.
Es ahí, en esa presencia consciente al centro de nuestro propio cuerpo, donde experimentamos lo que bellamente expresaran el filósofo Gabriel Marcel y el teólogo Hans Urs von Balthasar: “El hombre es un ser con un misterio en su corazón que es mayor que él mismo”.
Emma nos ayuda a ver que el cuerpo es nuestro mejor aliado para experimentar y vivir la unificación o integración personal. Una unificación que únicamente puede darse en el presente –la huida del presente nos fractura–y en lo profundo –la superficialidad nos reduce y empobrece–.
Por medio del cuerpo –aliado dócil, sabio y fiable, que no sabe mentir–, accedemos a nuestro psiquismo y a nuestra dimensión espiritual. De este modo, y gracias a él, lo psicológico y lo espiritual se encuentran. Y es ese encuentro el que hace posible una vida en plenitud.
Por todo ello, me parece profundamente acertada la invitación de Emma a acoger nuestras propias entrañas, “símbolo de lo más profundo de la vida humana”, como medio para descubrir la Entraña misma de la realidad.
La Entraña de lo real es el objeto de nuestro Anhelo, porque constituye la verdad última de quienes somos. Se trata, por tanto, de plantear, desde otra perspectiva, la pregunta esencial: ¿quién soy?, ¿quiénes somos?
“Te llevo en mis entrañas dibujada”, reza el título del libro, una expresión que Emma, si bien modificándola, toma prestada de san Juan de la Cruz. No podía haber elegido otro más adecuado, para nombrar lo que nos quiere transmitir. En él, se aúnan dos intuiciones básicas: el lugar del cuerpo, y en concreto de las entrañas, como camino de unificación y la vivencia de la no-dualidad.
No-dualidad habla de Abrazo unificador, en el que todo se halla interrelacionado. No hay nada separado de nada. La separación es solo aparente, una ficción de nuestra mente que no puede pensar si no es separando. Todo es, por usar la misma imagen, expresión de la Entraña de lo que es.
Es sabido que los místicos y místicas han captado desde siempre la no-separación con el Misterio originante. El propio san Juan de la Cruz, en el comentario a ese verso del poema del Cántico Espiritual, escribe:
“De tal manera se dibuja la figura del Amado y tan conjunta y vivamente se retrata en él, cuando hay unión de amor, que es verdad decir que el Amado vive en el amante, y el amante en el Amado; y tal manera de semejanza hace el amor en la transformación de los amados, que se puede decir que cada uno es el otro y que entrambos son uno… Transformados en Dios, vivirán vida de Dios y no vida suya”2.
Notará el lector cómo Emma juega con la expresión sanjuanista, de un modo metafórico –no puede hacerse de otra manera–, haciendo cambiar el sujeto de la misma. Así, tan cierta es la frase si la dice Dios a la persona: “Te llevo en Mis Entrañas dibujada”, como si es la persona la que se dirige al Dios Madre/Padre, del que está naciendo en permanencia: “Te llevo en mis entrañas Dibujada”.
Sabemos que el término “Dios” (que, etimológicamente, parece proceder del sánscrito dev: luz o luminosidad) es el que ha utilizado la religión para nombrar al inefable Misterio de Lo que es, a –si se me permite usar un nombre que aparece en este libro– la Entraña última de lo Real, o –como diría Javier Melloni– a “la Mismidad de todo lo que es”.
Más allá de los nombres, todos ellos limitados e inadecuados, lo cierto es que estamos dibujados en las Entrañas del Misterio que, al mismo tiempo, está dibujado en las nuestras.
Ante la Belleza de la No-dualidad, solo cabe el Silencio, el Asombro y la Admiración agradecida. Somos sin separación, distancia ni costura con el Misterio de todo lo que es.
Tiene razón Emma cuando escribe que la no-dualidad no es accesible a la mente, cuya naturaleza es inevitablemente dual. Por eso, en la primera parte de su libro, ofrece unos Senderos para caminar, eminentemente prácticos: son los caminos que van del yo superficial al Yo-Ser (profundo y místico), desde la mente distraída hacia la consciencia y la lucidez, y del ruido que nos envuelve al silencio que unifica.
Se trata, en realidad, de tres caminos convergentes, que se recorren simultáneamente. El yo no es otra cosa que la mente; al reducirnos a ella, perdemos el contacto con el Ser Uno y entramos en la ignorancia y en el ruido ensordecedor del ego, con los gritos de sus deseos y sus miedos.
Para avanzar hacia la Sabiduría, la unificación y la liberación del sufrimiento, necesitamos acallar la mente, desidentificarnos del yo superficial y acceder al Silencio elocuente y a su mensaje no-dual. “¿Cómo esperas acercarte a la verdad mediante las palabras…? –decía hace casi doce siglos el maestro Chan Huang-Po–. A la verdad solo puedes acercarte a través de la Puerta del Silencio que se encuentra Más Allá de toda actividad”. No hay duda: solo si acallamos la mente, podremos ver con claridad.
Eso es meditar, un “camino para despertar a nuestro verdadero ser”, como dice Emma. Gracias a su práctica, venimos a descubrir que el yo (como la mente) es solo un “objeto” dentro de nuestra verdadera identidad; y que es, a la vez, integrado y trascendido. De ese modo, el trabajo psicoespiritual se revela como el adecuado, al favo - recer la unificación psicológica sin olvidar en ningún momento que quienes somos trasciende infinitamente al yo que tenemos y que, con frecuencia, creemos ser.
La verdad de cualquier camino espiritual se verifica en la vida. Básicamente, en dos aspectos: hace crecer en unificación y en bondad. Una vez más, todo resulta convergente y hasta elegante. Todo queda armonizado en la medida en que entramos en contacto y vivimos conectados con la verdad de lo que es.
En los dos capítulos siguientes del libro, Emma nombra esos dos frutos como “fecundidad” y “compasión”.
En la medida en que crecemos en unificación psicológica y accedemos a nuestra verdadera identidad, somos fecundos, es decir, somos capaces de darnos a luz a nosotros mismos en quienes realmente somos –van cayendo la imagen y las exigencias del ego– y de ayudar a otros también en el “nacimiento” a su verdadera identidad, no-separada de la nuestra.
Y somos también compasivos, con una compasión que nace, no solo de experimentar nuestra propia vulnerabilidad, sino sobre todo de la comprensión de que nadie ni nada me es ajeno, dado que he visto que la nuestra es, en último término, una Identidad compartida.
Esto es lo que vio Jesús de Nazaret, el hombre de “entrañas compasivas”, como subraya Emma, y lo que le llevó a decir con naturalidad: “Lo que hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25,40).
Quiero agradecer a Emma el regalo de este libro y animar a lectores y lectoras a que se dejen introducir en la sabiduría de su propio cuerpo, hasta el lugar de las “entrañas”, donde todo se unifica y se trasciende, donde, en un mismo y único movimiento, el Misterio se hace presente, y se desvela, finalmente, nuestra radiante identidad.
ENRIQUE MARTÍNEZ LOZANO
“Te llevo en mis entrañas dibujada”. Este título evoca uno de los momentos de profunda experiencia religiosa que me tocó vivir. Estaba escuchando en clima orante el Cántico espiritual cantado por Amancio Prada, el grito enérgico y lleno de fuerza con el que interpretaba las palabras de san Juan de la Cruz: “Si en esos tus semblantes plateados formases de repente los ojos deseados que tengo en mis entrañas dibujados”. Y ese grito resonó dentro de mí como verdad sorprendente y desconcertante, verdad en una doble dirección: la voz que escuchaba como dicha por Dios Madre para mí, para todas las personas y toda la realidad y al mismo tiempo, el grito que podía brotar desde dentro: “Tú también estás en mis entrañas dibujada”. No sé cuánto tiempo duró esa experiencia, pero fue lo suficiente para dejar grabadas estas palabras a fuego en mí.
En estos últimos años, al ir profundizando en la sabiduría de nuestro cuerpo, como cuerpo espiritual, volví a las entrañas como lugar de encuentro para verificar nuestro ser espiritual, nuestro verdadero ser. Fui desarrollando este tema en diversos talleres, encuentros y comunicaciones… hasta que mi buena amiga Carmen Barba, sin la que (una vez más) este libro no hubiera salido a la luz tan pronto, me insistió en publicar lo que de modos diversos yo había ya hablado y escrito, y desconociendo mi experiencia me dijo: “Puede titularse ‘Te llevo en mis entrañas dibujad@’ ”. La propuesta me dejó sin palabras y la acogí con gusto.
Con relación al título, como la @ no es “académicamente correcta” aunque sí englobaba todo lo que quería expresar, decidí dejar el título en femenino, primero porque quiero expresar que todas las personas llevamos en nuestras entrañas la “imagen” de Dios y porque, ya que me arriesgo a referirme a Dios con nombres personales, me gusta nombrarle en femenino para compensar la abrumadora denominación masculina con la que le nombramos.
El texto que pongo en tus manos es una invitación a acoger tus entrañas como símbolo de lo más profundo de la vida humana, aventurándote a entrar en ese nivel de tu persona al que todos tenemos acceso cuando nos asomamos a nuestro propio centro.
Es también una llamada a descubrir la Entraña misma de la realidad, de toda realidad: la de las personas que comparten contigo este trecho de la existencia, cercanas o lejanas, conocidas o desconocidas; la de “lo otro” que conforma el universo creado, la naturaleza animada e inanimada; la del pasado que te ha configurado y la del presente que tienes en tus manos como oportunidad y como tarea… pasado y presente que te hacen artífice de futuro. Y así, descubriendo la filigrana dibujada en la entraña de todo lo que existe –desde esa múltiple apertura– llegar a captar la entraña de la Realidad, aquella que nos supera y nos envuelve, en la que vivimos, nos movemos, existimos y somos3, esa Entraña que se dibuja en tu interior y en la que tu persona entera se descubre dibujada.
Te invito a la aventura de adentrarte en tu más profundo centro y, descansando en él, atreverte a descubrir entre la sorpresa y la gratitud la riqueza quizá todavía escondida de todo tu ser.
Te propongo una experiencia profundamente humana ya que abarca todas tus dimensiones. Desde tus en trañas podrás abrirte a la verdad que te constituye, a la verdad que sostiene el universo, a tu “yo” más auténtico cuyos trazos se adivinan en ese otro “Yo” que es invocado como Dios, Alá, Presencia, Vacío, Energía Originante… ese “Ser” de los mil nombres que, como sello llevas en tus entrañas al tiempo que en las suyas te descubres grabada.
Quienes han recorrido este camino se han descubierto alcanzadas por ese misterio no solo en momentos y experiencias “cumbres”, sino también en la vida cotidiana. Son aquellas mujeres y hombres que en la literatura religiosa se suelen denominar “místicos y místicas”. Te ofrezco la posibilidad de adentrarte en la misma experiencia de ellos y ellas, una experiencia que con toda seguridad has palpado en algún momento de tu vida aunque no hayas sido muy consciente de ello ni alcances a nombrarla así. Es una experiencia que acontece en lo cotidiano cuando somos capaces de vivirla en su radicalidad y profunda densidad4. La misma experiencia que quiso contagiarnos Jesús, el artesano de Nazaret.
Es ahí, en lo profundo del ser, en el día a día, donde podemos experimentar el asombro, el temor, la fascinación, la entrega y la adoración5 al Dios Madre-Padre, Amigo-Amiga de la vida, que se nos ha revelado en Jesús.
Como todo aquello que es hondamente humano, tiene un carácter totalizador y englobante6. Por eso es una experiencia que necesariamente se hace cuerpo7. En la corporalidad se juega su verdad y su identidad cristiana: es una espiritualidad de encarnación.
Desde tus entrañas generadoras de vida todo tu ser se abrirá a una mística de ojos abiertos, profundos y contemplativos; de manos parteras de la vida allá donde se encuentran con cualquier "parturienta" que esté a punto de dar a luz vida nueva, valores, esperanza; de pies solidarios, samaritanos, buscadores sin muchas seguridades; de oídos abiertos, atentos a los gritos de dolor y los cantos de gozo de nuestro mundo; de boca profética que denuncia y anuncia que el Reino está ya entre nosotros pero todavía no ha llegado a su plenitud, boca que sabe hablar y callar como lenguaje de amor, que permite sentir y gustar el sabor de la presencia/ausencia de su Señor; de corazón apasionado, latiendo en cada aliento de vida…; de entrañas fecundas y misericordiosas, una mística de cuerpo sexuado que se hace comunión y encuentro no discriminatorio; que se hace piel cuyos límites abarcan no solo las pequeñas fronteras del yo sino el mundo entero y el cosmos, al que reconoce como “cuerpo de Dios”8.
Antes de entrar en el “lugar sagrado” de tus entrañas, quiero compartir contigo una pequeña guía, un sencillo decálogo para buscadores, para quienes, con pasión, desean dejarse alcanzar por el Dios de la vida, a pesar de tantas experiencias de muerte como nos rodean. Se trata de unas pautas que buscan favorecer una experiencia que siempre es don, regalo no merecido, inesperado, sorprendente. Por eso es conveniente prepararse.
Detente ante estas sencillas recomendaciones, pregúntate, sitúate. Quizás te ayuden a leer de un modo experiencial este libro.
• DEJA DE CORRER, párate, mira y observa.
• DETÉN TUS OJOS para que puedan pasar de una mirada dispersa y superficial a una mirada lúcida y profunda sobre la realidad, sin cerrarlos a la dureza del dolor y la injusticia; de una mirada anónima y dominadora a una mirada gratuita que “tuifica”; de una mirada excluyente a una mirada inclusiva, dadora de vida.
• DESCÁLZATE de tus razonamientos, discursos, pre-juicios, creencias, teorías y seguridades… Deja que tu desnudez te haga pisar el terreno siempre apasionante del silencio o, mejor aun, deja que el silencio se haga en ti y te haga a ti.
• ÁBRETE AL MISTERIO de una Presencia en la cual vives, te mueves, respiras, existes… y déjate asombrar, sorprender, desbordar, invadir… por esa Presencia en ti y en toda la realidad que te circunda.
• CONTEMPLA cuál es el rostro de Dios que esa parte de la realidad te desvela, aunque a veces esté desfigurado por el sufrimiento. Contempla en el amor al Amor. Reconoce que él es el manantial y que ese Amor, al pasar por tu cauce lo amplía, lo purifica, lo va lentamente limpiando de apegos, impurezas, egoís mos, manipulaciones…, lo recrea
• ENTRA EN COMÚN-UNIÓN profunda y saborea la presencia-ausencia que te alcanza en lo más profundo de tu ser, en la entraña de la realidad.
• ENTRÉGATE a lo que "ahí" se desvela de Dios, de la realidad, de cada una de las personas y situaciones con las que te encuentras cada día. Si el amor te sobreviene asómbrate y déjate alcanzar por él. Entonces tus entrañas, por la acción de su Espíritu, aliento de vida, serán fecundas y misericordiosas. Porque la auténtica fecundidad nace del amor.
• DÉJATE TRANSFORMAR por esa presencia-ausencia de un Dios que siempre es Amor e invita a hacer de la vida una entrega amorosa. Sentirás la armonía que anhelas entre lo que siente el corazón y logra expresar tu cuerpo. Tus entrañas son el motor por el que tus ojos, tu boca, tus manos, tus pies, tu cuerpo sexuado, todo él… sabrán ser transparencia, canal de un amor que dentro arde como una llama que “las aguas torrenciales no podrán apagar… ni anegarla los ríos”9 porque “llamarada divina es el amor”10.
• ACOGE LA REVELACIÓN, no solo de la profunda belleza y dignidad del ser amado con quien te gozas, sino de ti misma como alguien capaz de amar. Como un violín que desconoce las melodías que una mano experta puede sacar de él, así el amor experimentado puede desvelar lo mejor de tu persona. Tus entrañas son el lugar para gozar-sufrir el amor a los hermanos y hermanas del camino y ahí el de tu Dios.
• DEJA RESONAR en ti las palabras del poeta León Felipe:
“¿No es el amor el viento?
¿No es el amor el viento disfrazado
de andrajoso vagabundo?
Viento… tú eres el amor ¿verdad?,
el amor enamorado de la luz”11.
Así son los poetas y los místicos, personas capaces de experimentar el misterio del Ser en el corazón de la vida, en las realidades cotidianas, opacas a ojos inmediatistas y posesivos.
• ENTRA sin miedo ni recelos en esa dimensión en la que el amor es el viento disfrazado de andrajoso vagabundo. En lo escondido, en lo aparentemente insignificante, puede abrírsenos la existencia a dimensiones insospechadas. Cuando hayas palpado la entraña que como urdimbre sostiene el universo, sabrás qué significa “el amor enamorado de la luz”.
Como en mis libros anteriores12, con estas páginas te entrego de nuevo una propuesta: hacer de ellas no solo lectura sino experiencia y verdad en tu cuerpo.
También te darás cuenta de que utilizo indistintamente el masculino o el femenino, aunque predomina el femenino referido a la persona, sea mujer o varón. Es mi manera de evitar el lenguaje sexista y el molesto a/o. El lenguaje es coloquial, el texto ha brotado de talleres, encuentros, diálogos… y quiero mantener ese estilo.
Encontrarás también muchos textos de distintas personas sabias, místicas, poetas, orantes y contemplativas… como un modo de aproximación, a través de distintos lenguajes, a una Realidad para la que la palabra más adecuada es el Silencio, y que los seres humanos necesitamos nombrar para decirnos y comunicarnos. Palabras escritas por personas que, con más experiencia y autoridad que yo, pueden ser mistagogía para tu caminar hacia el Ser.
Este texto ha nacido de la vivencia personal y del aprendizaje compartido de todas las personas que, a lo largo de los años, han participado en las “Jornadas y Talleres de Integración Psicoespiritual”13. Quiere ser una invitación a que recorras el camino liberador que pasa por tu cuerpo y abraza toda tu persona.
Su estructura y contenido es muy sencillo: un primer capítulo largo donde intento describir algunos senderos con señales de camino que te ayuden a caminar en dirección a la experiencia que evoca el título del libro. Dos capítulos más donde intento acercarme a nuestras entrañas como lugar de fecundidad y de entrañable ternura y misericordia.
Colaborar con el Dios de la vida en nacer de nuevo, en ayudar a otras personas a dar a luz lo mejor de sí mismas, poner nuestro granito de arena para que en este mundo nuestro amanezca una humanidad más fraterna, más compasiva y misericordiosa, más cuidadora de toda la vida es para mí una manera de hacer verdad que llevamos en nuestras entrañas dibujadas las entrañas creadoras y misericordiosas del Dios revelado en Jesús.
Es mi deseo que mediante la lectura de estas páginas te abras a esa dimensión en la que todo tu ser queda acallado, en silencio…, en la que el tiempo y el espacio se modifican, porque en lo profundo del ser no hay pasado ni futuro, solo este momento, este instante, dure lo que dure, dominado por una profunda experiencia amorosa.
Por eso te ofrezco no solo una reflexión teórica sino prácticas meditativas, de modo que desde tu experiencia prolongues el texto. Son meditaciones que van siempre introducidas por unas técnicas para parar el bullir de la mente, para relajar tu cuerpo o centrar tu atención en él; a través de ellas busco sobre todo un silencio que ayude a ampliar la Consciencia, despertar para saborear la Palabra… Si durante la meditación se te regala el Gran Silencio quédate ahí, y olvida todo el resto de la propuesta, has llegado al Centro de tu ser. ¡Cómo me gustaría que me hicieras llegar las resonancias de lo vivido y así ampliar las intuiciones que comparto contigo a través de estas páginas!14.
Termino aquí, estimado/a lector/a. Deseo que estas páginas puedas avalarlas con tu experiencia y juntas podamos exclamar haciéndonos eco de la voz que late dentro y grita:
“¡Te llevo en mis entrañas dibujada!”
Empezamos nuestra andadura de la mano de los maes - tros espirituales de Oriente y Occidente. Por eso te ofrezco la oportunidad de saborear este cuento que recoge Ramiro Calle.
EL ANCIANO DEL BOSQUE
“Era un anciano eremita. Vivía en un bosque a las afueras de un pueblo. Dependía de las buenas gentes de la localidad, que le proporcionaban algunos alimentos y ropas. Pero en los últimos meses, el anciano había sido víctima de los robos y malos tratos de los maleantes. Sin embargo, cuando robaban y golpeaban al an ciano, éste les sonreía amorosamente e instaba a los ladrones, cordialmente, a que se llevaran todo lo que quisieran. Alentados de tal modo, los maleantes volvían una y otra vez; robaban, golpeaban al anciano y huían. Uno de los maleantes, viendo cuánto amor exhalaba el anciano, se arrepintió de corazón y se lo con tó al alcalde del pueblo. El alcalde y una comitiva visitaron al eremita y le comentaron:
–Anciano, te roban, te insultan, te golpean, y devuelves amor. ¿No podrías al menos enfadarte y gritar a ver si alguien puede socorrerte o, al menos, los haces desistir de sus atropellos?
El anciano los miró con ojos entrañables y aseveró:
–Yo no puedo hacer otra cosa que la que hago. Devuelvo amor porque es lo que llevo dentro. No puedo forzar mi natu raleza.
Reflexión
El amor es sentimiento, actitud y actividad. Cuando lo impregna todo dentro de uno mismo, también lo impregna todo fuera del ser. No se puede provocar o contener. Está. Si colocamos una rosa en el desierto, aunque nadie vaya a olerla, ella, espontáneamente, sigue exhalando su fragancia; si la huele un malvado o un santo, ella continúa regalando su perfume.
CALLE, R., Los mejores cuentos espirituales de Oriente y Occidente. Relatos de todas las tradiciones para aprender a vivir, Kailas Editorial, Madrid, 2010, 530-531.
Los cuentos, por esas tradiciones heredadas que han llegado de padres y madres a hijos e hijas, de abuelos y abuelas a nietos y nietas, han configurado el mundo de valores sobre el que hemos construido la existencia. Estos relatos contienen y evocan todo el simbolismo del que es capaz el ser humano.
Este “anciano” capaz de “sonreír amorosamente” y de mirar “con ojos entrañables” nos sitúa en el objetivo de este primer capítulo.
Quiero detenerme en las claves que considero esenciales para que puedas hacer de estas páginas una experiencia. Te muestro algunos senderos con señales luminosas, que te ofrezco como pequeñas luces que orienten tus pasos. Por eso te pido que lo leas desde la calma, dejando que lo que te ofrezco se transforme en experiencia personal. El anciano del bosque vivía desde su más profundo centro y no podía hacer otra cosa ni forzar su naturaleza. A eso estamos llamados.
Los ejes de este capítulo se articulan en tres núcleos:
• caminar del yo externo al Yo-Ser;
• caminar de la mente distraída a la consciencia y la lucidez;
• caminar del ruido que nos envuelve al silencio que unifica y permite escuchar Su voz entre las voces.
Vamos a adentrarnos en ellos.
1. El camino del yo superficial hacia el Yo-Ser
En mi libro sobre la felicidad15 quise detenerme en detallar el “marco antropológico” que subyace en todas mis reflexiones. Te animo a que vuelvas sobre aquellas páginas, pues la experiencia me demuestra que siempre nos ilumina algo nuevo. Personalmente tengo que confesar que cuanto más lo reflexiono y más lo profundizo más importancia le doy.
Por medio de un sencillo esquema –inspirado en el que propone en sus cursos y talleres mi buen amigo José Antonio García-Monge16– busco representar pedagógicamente los distintos niveles de nuestro “yo”. Permíteme que vuelva a proponértelo. No voy a repetir lo que ya está escrito, sencillamente te presento una síntesis buscando ahondar en algunos aspectos que en aquella ocasión quedaron solamente insinuados.
Aunque el ser humano es un misterio inabarcable sentimos la necesidad de responder a las preguntas que recorren toda nuestra vida: ¿Quién soy yo? ¿Qué rasgos me definen y diferencian? ¿Hacia dónde encamino mi vida?
De un modo simbólico representamos el ser humano constituido por tres niveles de consciencia del propio “yo”:
– el Yo externo o superficial, con el que “funcionamos” y nos mostramos en la vida cotidiana;
– el Yo profundo (el nivel psicoespiritual que constituye el “motor” del yo externo) y
– el Yo místico (lo que soy).
En la parte superior del gráfico que antecede sitúo lo más externo de lo que somos, aquello que mostramos, que los demás perciben de nosotros: el rol, la profesión, las tareas, lo que hacemos y tenemos, nuestro cuerpo físico, aquello que amamos, nuestros sentimientos, pensamientos… todo lo que también nos constituye. Es importante reconocerlo y desplegarnos en este nivel con toda nuestra potencialidad y verdad.
Pero ¡somos mucho más que eso!
El problema no está en aquellos aspectos que caracterizan nuestro yo-externo, sino en descubrir hasta qué punto vivimos identificadas con alguna de estas realidades.
Quizá hayas escuchado esto muchas veces, pero no está de más insistir en que es preciso ser conscientes de lo “enganchadas” que podemos estar con la mayoría de las cosas situadas en el “yo externo”, en nuestro yo más superficial. Y no solo enganchadas sino identificadas.
Recuerdo con qué lucidez Tony de Mello observaba cómo los motivos de sufrimiento están íntimamente vinculados a nuestras identificaciones con los yoes externos, es decir, con aquello que la vida nos puede arrebatar.
Es evidente que el rol, la función, la profesión, el hacer, lo que tenemos… son manifestaciones muy importantes en nuestra vida cotidiana y también muy cambiantes a lo largo de la vida. También lo son el cuerpo (que con los años se deteriora), lo que pensamos, lo que sentimos, lo que amamos… Son aspectos que debemos reconocer como nuestros y acoger, y de los que, a lo largo de la vida, nos vamos a tener que ir desprendiendo, construyendo una cadena de “holas” y “adioses”.
Muchos de los grandes gozos y sufrimientos que jalonan la existencia humana se sitúan en nuestro mundo de relaciones. Sufrimos en el adiós que tenemos que decir a personas que queremos porque mueren, porque las relaciones se enfrían, se distancian, se estropean. Gozamos cuando nuestras fronteras se ensanchan para decir “hola” a otras personas, otras realidades…
Es obvio que no somos solo eso… pero en la vida cotidiana nuestros días discurren sin que nos detengamos a reflexionar hasta dónde nos identificamos con lo que hacemos, con lo que tenemos, con lo que pensamos, con lo que sentimos, con las etiquetas que otros nos han “regalado”… No somos conscientes de hasta qué punto nuestros apoyos están fuera. Y vamos construyendo nuestro “yo” como casa sobre arena17.
Vamos a detenernos en algunas de estas identificaciones:
En primer lugar, tenemos que caer en la cuenta de que muchas veces estamos más identificadas con nuestras emociones de lo que creemos. Basten algunos ejemplos:
No es infrecuente que en nuestros procesos ¿educativos? nos hayan repetido expresiones como: eres tonto, torpe, inútil, no vales para nada… ¿Te ha ocurrido a ti?
Piensa, por ejemplo, en alguna situación reciente (generalmente trivial) en la que te descubres riñéndote interiormente o poniéndote algún calificativo un tanto denigrante. ¿Eres consciente de lo que te dices o te repites, las etiquetas, los clichés que escuchaste tantas veces aunque sea sin darte cuenta?
Muchas de nuestras emociones están ancladas en esos mensajes grabados en nuestro inconsciente con los que nos hemos identificado. En ese proceso de identificación confundimos nuestros errores, equivocaciones o torpezas (todos y todas las tenemos) con nuestro ser. “Sentimos” que somos inútiles en algo y nos decimos que “somos inútiles”. Bien. Cae en la cuenta de que podemos estar sintiendo algo que no se corresponde con nuestra verdad18. Lo que sientes es cierto. No puedes negarlo ni dejar de nombrarlo, pero quizás esa emoción o sentimiento está provocada por una distorsión de tu mente, una distorsión de tu percepción. Se trata de una emoción que tú vives como real, lo que no es real es lo que la produce, es decir, la interpretación que has hecho de la realidad.
Así, el miedo es una emoción que nos avisa del peligro, pero muchas veces sentimos miedo cuando no hay peligro objetivo ni amenaza real. El “peligro” está en nuestra mente. Para cambiar nuestras emociones es preciso ser conscientes de los pensamientos que las provocan y poder modificarlos después libremente.
Por eso es liberador ser conscientes de una segunda identificación: vivimos muy identificadas con lo que pensamos. Caer en la cuenta es camino de transformación personal, si bien supone emprender un trabajo cognitivo consciente y constante sobre nuestras creencias y pensamientos19.
Dando un paso más y en tercer lugar es preciso analizar hasta qué punto vivimos identificadas con lo que amamos.
No somos lo que amamos, aunque sí somos cómo amamos y desde dónde amamos. Esto significa que hay un nivel más profundo de nuestro ser donde se fragua el amor, pero mi yo “no es” los “objetos” de mi amor. Puede parecer duro, pero por mucho que quiera a una persona, si la pierdo o se muere mi vida tendrá un vacío; pero aun así no dejaré de ser yo. Seré yo con un poco más de tristeza hasta que no haga el duelo, o viviré siempre con el dolor de la pérdida…, pero no dejo de ser quien soy20.
En situaciones de pérdidas dolorosas y muchas veces incomprensibles ¡se sigue viviendo!…, con pena en el corazón… pero nuestra identidad no queda definida por las personas que amamos.
Es una verdad tan sencilla como esta: no somos los otros. Los demás pueden hacer nuestra vida más feliz, más acompañada, más amorosa…, pero no perdemos “nuestro ser” si los perdemos21.
Avanzamos un poco más en este “juego de identificaciones”. Hay un cuarto aspecto sobre el que quiero reflexionar.
¿No estamos mucho más
