Escamas - Remeditos Castellari - E-Book

Escamas E-Book

Remeditos Castellari

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Beschreibung

Escamas es un vaivén de relatos cortos en el que la inocencia debe correrse para que el fuego interno pueda tomar partido y en el que la autora se sumerge en el proceso personal de animarse a resignar lo conocido para encontrar lo nuevo. El amor, la frustración, las expectativas sociales y el paso del tiempo se plasman en una mirada crítica de lo propio y lo colectivo. Es una lectura con humor, ironía y sensibilidad donde los fantasmas propios y ajenos convergen. Es una búsqueda por encontrar una perspectiva diferente que ya no resuene tan ajena. Es una invitación a compartir la narrativa de lo cotidiano atravesada por experiencias.  Es la reivindicación del cambio de piel. Y es, también, el proceso para dejar atrás la textura pequeña de un cuerpo que desea expandirse.

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Seitenzahl: 102

Veröffentlichungsjahr: 2023

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© Remeditos Castellari

© de esta edición Grupo Abierto Libros

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Diseño gráfico: Claudia Maddonni

Ilustración de tapa: Lucía Parlapiano (@amapola.moon)

Queda prohibida su reproducción sin autorización del editor.

Hecho el depósito que marca la ley 11.723

Castellari, Remeditos

Escamas / Remeditos Castellari. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Grupo Abierto Libros, 2023.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-82981-1-5

1. Relatos. 2. Relatos Personales. I. Título.

CDD 808.883

Índice

Legales

Prólogo

1. Entre líneas

Melchor

Mi primero de Rowling

Asteroide 1998 OR2

Señorita Lili

Porque lo digo yo

Por un puto cromosoma

2. Mareas

Mucho más que una playa bonita

Mi mejor cita

Mujeres de aquí y allá

Carta a mi amiga cubana

3. Luna en Escorpio

Me duele el espejo

Abierto de Cabo San Lucas

Siete minutos

Otra dosis de anestesia

En silencio

A Martín,

que es crítico y compasivo,

que acompaña sin juzgar,

que ve en mí lo que no encuentro,

que abriga e ilumina.

La realidad no es solo como se la percibe en la superficie, también tiene una dimensión mágica y, si a uno se le antoja, es legítimo ponerle color para que el tránsito por esta vida no resulte tan aburrido.

Isabel Allende

Prólogo

Hace treinta y dos años cumplo el veinticinco de noviembre. Pero en dos mil veintidós me aburrí -como de todo lo demás- y decidí cambiar de fecha.

Días antes de mi no cumpleaños recibí un mensaje premonitorio de Pedro Mairal, aunque él nunca se enteró (y tampoco viene a colación en este libro, pero quizás -quién sabe- en el próximo lo revele).

A raíz de esa embriaguez de toparme con mi musa literaria, alquilé una pintoresca casa de playa para compartir con siete amigos. El veintiuno de noviembre de dos mil veintidós, cumplí treinta y tres años, en Chihuahua: un balneario nudista de la República Oriental del Uruguay.

¿Habrá sido por las nuevas pulsiones escorpianas que regían la atmósfera o por la desnudez de prejuicios que impone ese lugar?

No lo sé.

Tomé aire y, al grito unívoco de “no te olvides de tus deseos”, juré en silencio escribir mi primer libro.

1

Entre líneas

Melchor

Anoche vi un streaming del grandísimo Hernán Casciari. El muy hijo de puta tiene el magnífico poder de transportarme a cualquier lugar, de hacerme viajar en el tiempo, de crear ficciones verdaderas con golpes bajos que paralizan constantemente mi desgastada moralidad. Escucharlo me traslada a mi infancia, a mi querido Suipacha, a mis aventuras por el pago, a las picardías del pueblo chico (infierno grande, dicen por ahí).

En suipacha, la que no es puta es borracha. En Suipacha somos menos de diez mil habitantes. En Suipacha convivimos con extraños en una superficie de veinte cuadras asfaltadas y eso nos convierte en familia. Nacer en las diminutas calles del interior tiene sus privilegios. Jamás en la vida aprendemos a pronunciar la s, pero quién nos quita las tardes de verano jugando a carnaval con los vecinos del barrio.

Crecer en un pueblo implica mucha pasión. En Suipacha sos de uno u otro colegio. Sos oficialismo o sos oposición. Repartís el chusmerío o sos parte de él. 

Nacer en un pueblo me dio nula capacidad para registrar nombres de calles; los domicilios son en referencia de tal o cual lugar: ‘‘la casa gris, frente a lo del Negro Insua’’, ‘‘pasando la vía, la primera puerta de madera’’, ‘‘atrás del Club Macesol’’, ‘‘frente a la placita de la estación’’ o ‘‘en la primera cuadra después de que termina el asfalto’’.

Tuve la fortuna de crecer con mis dos primos mayores y mi hermana, Rocío, un año menor. Solíamos construir Ferraris con cajas de cartón robado, y estafar a mi tía Stella con masajes por diez mangos que invertíamos en el kiosco de Berta.

Al lado de la casa de nuestra abuela, había una construcción abandonada de tres plantas y un subsuelo terrorífico. La leyenda urbana aseguraba que, durante la noche, se oía el llanto de un bebé muerto. ‘‘La casa abandonada’’, se había convertido en el mejor plató para nuestros protagónicos de detectives. Como en una obra de Sir Arthur Conan Doyle, nos embarcábamos durante horas en nuestras misteriosas andanzas.

Entrando ya a una edad bastante complicada, a eso de mis cinco o seis años, atravesábamos una crisis de fe descomunal que nos obligaba a cuestionarnos la existencia de absolutamente todo. Esa etapa en la infancia donde empiezan los por qué.

Esa edad en la que la angustia de crecer nos vuelve vulnerables. Nos rebelamos contra los mandatos. Contra la iglesia. Y contra la inocencia de la perfección.

Recuerdo un otoño cálido, un sábado de ese otoño cálido, tras una tarde de panqueques empalagosamente rellenos con dulce de leche La Suipachense, en la casa de nuestra queridísima abuela Sonia. 

Los cuatro solíamos jugar en su habitación, equipada con dos camas chicas separadas por una mesa de luz, con un teléfono fijo, un velador y un alhajero lleno de cadenas con dijes y rosarios.

 En aquel entonces teníamos nuestra propia versión de ‘‘el piso es lava’’ de los años noventa. Había que saltar de un lado a otro entre las camas, sin parar y sin caer. Al principio era fácil, hasta que la risa impedía la posibilidad de mantener la estabilidad sin chocar con otro jugador.

Sin embargo, aquel sábado de otoño cálido, no hubo juegos. Ni saltos. Ni risas.

Mis primos, Rocío y yo le pedimos a mamá que se sentara en la cama grande:

-¡Necesitamos respuestas!

-¡Exigimos sinceridad!

-¡Estamos hartos de la hipocresía del mundo de los grandes!

Estábamos dispuestos a develar el misterio a cualquier costo. Cueste lo que cueste. ‘‘El fin justifica los medios’’, dicen los adultos. Así que fuimos por todo. Sin rodeos. Sin excusas. Sin anestesia.

Gualberto -el más seguro y convincente de los cuatro- se puso el discurso al hombro y fue contundente con su afirmación: “Tía, ya sabemos que los Reyes Magos no existen”, dijo sin escrúpulos.

Los cinco enmudecimos paralizados ante la frialdad de su afirmación. Nos miramos sabiendo que ya no había vuelta atrás. El costo de la verdad se abría paso a nuestro andar. Un balde de agua fría nos heló la sangre. Nos paralizó la respiración. Nos entumeció las entrañas. Mi madre nos miró con la decepción de quien ve sus sueños derrumbarse. El vacío en sus ojos fue letal.

Pero ocurrente y optimista como buena maestra jardinera -sin lugar a ninguna duda-, levantó el tubo del teléfono fijo y marcó al azar los seis dígitos de un número local desconocido, sabiendo que la complicidad es ley primera en el reglamento de convivencia del buen vecino:

-Hola, ¿Melchor? Te llamo porque estoy con cuatro chicos que dicen que los reyes magos no existen. ¿Puedo pasarles el teléfono y que hablen con vos?, dijo con descaro.

Nos volvimos a mirar. Pero ahora una pequeña sonrisa quería escaparse e intentábamos reprimirla para no perder la cordura. O la dignidad.

 Las ilusiones que brotaban envolvían cada célula de nuestros infantiles cuerpos. Recuerdo esas palabras con la certeza de saber que aún hay posibilidades. De que no todo está perdido.

Nos pasamos el teléfono en orden cronológico decreciente. Esperé mi turno. Esperé -muy nerviosa- mi turno. Mi pulso se detuvo por un instante, la respiración se contrajo y mis manos sudaron más que cuando defendí mi primera tesis de grado -veinte años después- en el aula magna de La Universidad del Salvador.

Acerqué el tubo del teléfono a mi rostro, y con miedo y timidez pregunté “¿Melchor?”, en un tono de voz casi imperceptible. Quería escuchar una respuesta, pero temía oírla:

-Sí, corazón, soy yo, acordate de dejar pasto y agua para los camellos, llegan muy muy cansados después de recorrer las casas de todos los niños del mundo, contestó sin titubear.

Respiré. 

Respiré hondo.

Respiré hondo y aliviada.

Siempre había sabido que era una broma de muy mal gusto de los más grandes decir que los reyes magos no existen, pero nadie podía negar lo reconfortante que era confirmarlo.

Ese fue el día más importante de toda mi infancia.

Ese día supe para el resto de mi vida que nadie volvería a romperme el corazón.

Que nadie podría decirme en qué creer.

Que nunca -jamás- perdería la ilusión.

A veces me pregunto por qué el mundo de los adultos se empeña tanto en quitarnos ese privilegio.

Mi primero de Rowling

Durante la temporada de días largos, en Suipacha, los comercios cierran a las veintiuna, porque: la siesta es sagrada y las altas temperaturas insinúan una imperiosa necesidad de hacer horario comercial cortado. 

Los ciudadanos nacidos en localidades de menos de diez mil habitantes, deben aggiornarse al silencio sepulcral entre la una y las cuatro de la tarde para mantener vigente su pasaporte local. Cualquier oposición a ese ritual, se convierte de manera automática en un festín novelesco para el chisme de barrio.

Una noche de enero del verano en que pasaría a tercer grado, mamá volvió a casa como cualquier otro día, después de cerrar su negocio de ropa, ubicado en el centro del pueblo, a una cuadra y media de casa. 

Para finalizar su jornada, Tita debió guardar el banco de plaza que ornamentaba la entrada a la tienda, ordenar las fichas de las ventas fiadas durante el día y cerrar el local pasadas las veintiuna. Es probable que también haya pasado de camino por la carnicería del Zorrito Flynn para comprar un peso de carne picada para el gato.

Mamá llegó con un paquete enorme o al menos así lo recuerdo. Rocío y yo lo abrimos emocionadas, y mi fascinación fue en aumento. Creo que a Rocío la embistió la decepción.

Tita nos contó que un vendedor ambulante andaba recorriendo el pueblo con un bolso negro repleto de diferentes productos y ella había elegido ese para ayudar al joven emprendedor de los años noventa. Por primera vez escuché la palabra ambulante, pregunté qué significaba, y me gustó. 

El encuentro fugaz entre aquel nómade analógico y mi madre trajo a mi vida la pureza de la biblia, la santidad de la eucaristía, los mandamientos de mi fe: el libro de Cuentos de los Hermanos Grimm. Se convirtió en el único dogma de mi religión.

 Durante aquel verano, papá se levantaba todas las noches, casi de madrugada a decirme que dejara de leer y durmiera un rato porque en breve saldría el sol. Sé que en su interior sonreía de orgullo sabiendo que lo que se hereda, no se roba. No solo instauró en mi genética el acné y la pasión viajera, sino también el don de teletransportarme a realidades paralelas con un buen libro en la mano. 

Desde que tengo uso de razón, todos los veranos viajamos en familia a Mar del Plata, una semana en enero, otra en febrero. Una privilegiada tradición que se instauró desde la desgraciada muerte de mi abuelo materno, quince años antes de mi nacimiento. 

Sonia, mi abuela, es intrafamiliarmente conocida como ‘‘La agradecida’’, apodo con el que la bautizaron sus hijas porque la dicha de enviudar le abrió las puertas al empoderamiento femenino. Digámoslo en criollo: desde que murió su marido, Sonia empezó a vivir. Esta versátil, divertida, libre e inteligente mujer decidió comprar un departamento en la costa con la herencia de su difunto esposo. Y he aquí los inicios de la privilegiada tradición familia. 

El Fiat Duna color manteca, atormentado de bolsos, provisiones y hasta un baúl repleto de juguetes, era nuestra propia versión berreta de un portal a un mundo de fantasía; como el viejo armario que lleva a los hermanos Pevensie hasta Narnia. Pero Rocío y yo íbamos a Mar del Plata en un cacharro, y con tres adultos fumando Jockey Suave.

Cien kilómetros más tarde ya no había mundo de fantasía. Ni portal. Ni Narnia.

Caín y Abel poseían nuestras fragilidades humanas, y en un santiamén Rocío y yo pasábamos del amor al odio, del enojo a la risa, de ser almohada de la otra a pellizcarnos sin que nos vieran. 

Papá al volante, mamá de copiloto haciendo alarde de su talento para armar sánguches mientras la abuela se convertía en una especie de referí de nuestras neurosis, siempre cómplice y mediadora.