Escandalo real - Aimée Carter - E-Book

Escandalo real E-Book

Aimée Carter

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LO QUE NO TE MATA TE HACE MÁS FUERTE. A MENOS QUE LA FAMILIA REAL TE QUIERA MUERTA. Todo cambió cuando el mundo se enteró de que Evan era la hija ilegítima del rey de Inglaterra y la acusaron falsamente de cometer un asesinato. Ahora, aunque todos parecen deseosos de que vuelva a Estados Unidos, debe mantenerse firme. Cuando su madre llegue por Navidad, las infidelidades del rey y la reina se hagan públicas, y la prensa vuelva a atacar con ferocidad, tan solo amenazas anónimas y una serie de atentados contra Evan, la corona y el rey, lograrán desviar la atención del escándalo. Para Evan hay un traidor en el palacio, y sabe que todos a quienes ama están en peligro. Empezando por ella. Tras Sangre real, la muerte y el escándalo acecharán a la princesa más rebelde de la corona británica.

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Veröffentlichungsjahr: 2025

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LO QUE NO TE MATA TE HACE MÁS FUERTE.

A MENOS QUE LA FAMILIA REAL TE QUIERA MUERTA.

 

Todo cambió cuando el mundo se enteró de que Evan era la hija ilegítima del rey de Inglaterra y la acusaron falsamente de cometer un asesinato.

Ahora, aunque todos parecen deseosos de que vuelva a Estados Unidos, debe mantenerse firme.

Cuando su madre llegue por Navidad, las infidelidades del rey y la reina se hagan públicas, y la prensa vuelva a atacar con ferocidad, tan solo amenazas anónimas y una serie de atentados contra Evan, la corona y el rey, lograrán desviar la atención del escándalo.

Para Evan hay un traidor en el palacio, y sabe que todos a quienes ama están en peligro.

Empezando por ella.

 

Tras Sangre real, la muerte y el escándalo acecharán a la princesa más rebelde de la corona británica.

 

 

AIMÉE CARTER

 

Es autora premiada de más de una docena de libros juveniles y middle grade, incluida la saga Aprendiz de diosa. Antes de dedicarse a la escritura formalmente, solía escribir fanfictions. Tiene una maestría en Artes escénicas en la Universidad de Michigan y es cinturón negro en Tae Kwon Do.

 

¡Visítala!

aimeecarter.com

PARA MALCOM.

CAPÍTULO UNO

El Archivo Real espera que se hayan comportado bien este año, porque parece que Santa Claus ha llegado temprano para todos.

A pesar de los rumores de una cancelación debido a una tormenta de nieve poco oportuna del otro lado del charco, la famosa y traviesa familia real del Reino Unido dará un banquete oficial esta noche para la presidente de Estados Unidos, Hope Park, y el evento promete ser un caos absoluto.

En circunstancias normales, esta visita oficial llamaría la atención dado que la presidente Park es la primera mujer y la primera estadounidense de origen coreano en ocupar el cargo más importante de Estados Unidos. Pero, al igual que en cualquier otro evento importante de las últimas semanas, este logro histórico ha quedado opacado por la adición más reciente al árbol genealógico real de la Casa Windsor.

Así es: Evangeline Bright, la hija ilegítima estadounidense del rey, asistirá esta noche y, debido a sus aventuras pasadas, es casi una apuesta segura que hará algo en extremo inadecuado para robarle la atención (y los titulares) a aquellos que se han ganado su sitio en la mesa real.

En los cinco meses y medio transcurridos desde la insípida y explosiva entrevista de Evangeline en BBC One, en la que detalló su propio comportamiento turbio que llevó directamente a la muerte de Jasper Cunningham, de la cual fue exonerada de cargos criminales gracias a un supuesto acuerdo secreto entre Scotland Yard y los abogados personales del rey, el palacio ha considerado oportuno imponerla a los británicos en casi cada ocasión. Inauguraciones de hospitales, eventos benéficos, incluso paseos que suelen estar reservados para miembros legítimos de la familia real: Evangeline ha participado con alegría en todos, lo cual nos dio una larga lista de errores y desaciertos. Sin embargo, a pesar del esfuerzo del palacio por hacerla tolerable, está demasiado claro que ninguna cantidad de entrenamiento para los medios y el protocolo pueden convertir a este sapo estadounidense en una princesa.

¿Cuánto tiempo más podrá la reputación ya manchada de la familia real soportar la maldición Bright? Mientras esperamos por ver el desarrollo del banquete oficial de esta noche y las indiscreciones inevitables de Evangeline, en El Archivo Real solo podemos disculparnos una vez más por revelar su identidad este verano y abrir la caja de Pandora que causó caos y enfado no solo en todo el país, sino en el mundo. Uno debe reconocer sus errores y nosotros nos arrepentimos de corazón por nuestra participación en este fiasco real.

Esperemos que nadie más termine muerto esta noche.

–El Archivo Real, 18 de diciembre de 2023

 

–Soy consciente de que ser puntual no es una de tus prioridades –dice Tibby, apretando su teléfono como si estuviera a punto de lanzarlo contra mi tiara–. Pero ¿podrías al menos fingir que te importa que estoy a punto de perder mi maldito trabajo?

Estoy posada contra la pared en la galería larga del castillo de Windsor, intentando mantener la cabeza erguida mientras intento acomodar una tira de mi tacón. Mi vestido no facilita nada la tarea y, cuando bajo el pie al suelo, el tacón se desengancha y casi rasga la tela borgoña brillante.

–Es mi zapato –murmuro mientras desenredo mi dobladillo–. Una de las tiras está suelta.

Tibby alza una ceja mientras intento de nuevo depositar mi peso sobre el calzado. De algún modo, a pesar de que ha sido un día obscenamente largo lleno de reuniones sin importancia y pruebas de vestuario de último minuto, el corte pixie negro de lady Tabitha Finch Parker-Covington-Boyle aún luce perfecto, y su vestido gris a medida no tiene ni una sola pelusa. Por desgracia para ambas, aún no he adquirido ese superpoder en los seis meses que ella ha sido mi asistente personal / niñera, y a nadie le preocupa más mi fracaso para desarrollar una nueva personalidad que a Tibby.

–No me importa si el tacón se rompió y estás caminando de puntillas –dice–. No podemos llegar tarde, Evan.

–No estamos tarde. –Mientras retomo la marcha con un andar irregular evidente, miro a través de la ventana hacia el patio oscuro. Una fila de vehículos lujosos serpentea a lo largo del ala opuesta del Castillo de Windsor, y lacayos reales sujetan paraguas mientras los invitados de esta noche bajan de sus carros y enfrentan la tormenta de diciembre–. Bueno, estamos un poquito retrasadas, pero…

–No existe estar “un poquito retrasadas” –responde Tibby–. Si Su Majestad descubre que no estás, mi cabeza será la que ruede, no la tuya.

–Estará demasiado ocupado con la presidente para notar mi ausencia. Además, no me necesitan para las fotos y no tengo que acompañar a nadie dentro.

–Un descuido imperdonable –dice Tibby, irritada, como si eso también fuera mi culpa–. Eres la hija de Su Majestad y eres estadounidense. Deberías estar en la procesión, preferiblemente del brazo de un familiar de la presidente. Tu ausencia solo iniciará otra ola de rumores en la prensa.

–Inicio rumores solo con respirar –respondo–. Además, sería un insulto hacer que acompañe a alguien importante.

Tibby resopla.

–Ilegítima o no, igual tienes sangre de la realeza.

–Y esa es la única razón por la que participo de estos espectáculos ridículos para empezar. Sumado al hecho de que el universo tiene un sentido del humor horrible.

Cuando giramos en una esquina y pasamos junto a los recintos privados de la familia real, mi cuero cabelludo late. Extiendo la mano para acomodar la tiara de la reina Florencia que está fijada en mi recogido trenzado, pero antes de que mis dedos siquiera rocen la joya resplandeciente, Tibby aparta mi mano.

–No te atrevas –dice con más vehemencia de la habitual–. ¿Imaginas los titulares si tu tiara se cae frente a la Rotación Real? Solo la metáfora será…

–Las horquillas se me clavan –protesto–. Creo que me sangra el cuero cabelludo.

–Ignóralo. El banquete no durará más de tres o cuatro horas.

–¿Tres o cuatro…? –La miro boquiabierta–. ¿Nunca oyeron hablar de los Convenios de Ginebra?

–Eres de la realeza, querida –dice con el tono despectivo que siempre usa cuando me quejo–. Los Convenios de Ginebra no aplican a ti.

Empiezo a protestar, pero antes de que pueda pronunciar una sílaba, Tibby voltea para enfrentarme y me tambaleo al detenerme.

–Entiendo que estés incómoda, Evan –dice rápido en voz baja–. Entiendo que preferirías no pasar horas sentada escuchando a un grupo de políticos intercambiando cumplidos para sentirse importantes. Pero es el precio que hay que pagar por ser de la realeza. Este es el precio que pagas por vivir en un castillo con cualquier recurso que pudieras necesitar, con acceso a cualquier oportunidad con la que hayas soñado y tu privilegio es algo que solo un puñado de gente más tiene, y si me dices una maldita vez más cuán incómodos son tus zapatos de diseñador, tu vestido de alta costura y tu tiara invaluable, te estrangularé.

Por un largo instante, nos miramos en silencio. Tiene razón, por supuesto, cada palabra es cierta, y odio que hace seis meses yo también me hubiera estrangulado a mí misma por actuar así.

–Lo siento –balbuceo, mis mejillas empiezan a arder–. Creo que estoy pasando demasiado tiempo con Maisie.

–Los defectos de su Alteza Real no son una excusa para los tuyos –replica a secas, pero por fin se aparta y continuamos avanzando por el pasillo hacia los apartamentos de estado–. El pueblo te observa, Evan, y se merece más que otra mocosa desagradecida. En especial cuando les ofreces la esperanza de que tal vez sus vidas también puedan convertirse en un cuento de hadas.

Resoplo.

–¿Así que ahora se considera un cuento de hadas que te acusen de homicidio y que expongan todos tus secretos ante el mundo entero?

–¿Acaso no leíste a los hermanos Grimm? –dice Tibby–. Los homicidios son prácticamente un requerimiento para el argumento. Si queremos tener la oportunidad de llegar a tiempo, tendremos que ir por aquí.

Me lleva a toda prisa a la capilla privada de la familia real, algo sacrílego seguro, aunque sin duda el único pecado que le preocupa a Tibby es la impuntualidad. Ahora avanza tan rápido que me veo obligada a avanzar dando saltitos extraños para seguir su ritmo, pero cuando por fin llegamos a la entrada del salón de San Jorge, me detengo en seco… y ella también.

Aunque por lo general el salón inmenso está vacío, excepto por los omnipresentes retratos, los bustos de mármol y las armaduras que decoran las paredes, ahora hay una mesa con capacidad para doscientos asientos de punta a punta, cubierta de arreglos florales inmensos y festivos y más platos y utensilios de los que he visto jamás. Y dado que mi vida, si bien es encantadora hace poco, nunca puede ser justa, casi todos los invitados ya están dentro mientras una flota de lacayos les muestran sus asientos.

Tibby dice una grosería.

–Mantén la cabeza en alto, pero avanza rápido –susurra y esta vez no me quejo mientras avanzamos hacia la salida más cercana. Sin embargo, antes de que podamos avanzar más de seis metros, una mujer al final de la mesa emite un grito ahogado.

–¿Evangeline? –dice, su voz, por piedad, es baja. Algunos de sus acompañantes también voltean a verme y yo sonrío y llevo un dedo sobre mis labios. La sorpresa de la mujer pronto se convierte en diversión conspiratoria, y aunque no soy una princesa, o siquiera un miembro oficial de la familia real, ella inclina la cabeza en una reverencia.

Un murmullo creciente nos sigue a Tibby y a mí, y ahora me esfuerzo todo lo posible por caminar bien con mi zapato poco cooperativo, muy consciente de todos los ojos puestos en nosotras. Es solo pura suerte por lo que no tropiezo y caigo de bruces y cuando por fin llegamos a la salida más cercana, Tibby prácticamente me arrastra por la puerta…

Y me lleva directo en medio de una explosión de flashes.

–Ah, Evangeline –dice una voz grave cuando la puerta se cierra detrás de nosotras–, me alegra que hayas llegado a tiempo.

Su Majestad el rey Alexander II, monarca del Reino Unido y de los reinos de la Mancomunidad, está a cinco metros de nosotras en la gran recepción opulenta, con sus ojos azules clavados en mí. Aunque tiene su cabeza apenas calva al descubierto, su esmoquin está cargado de fajas y medallas que él nunca ganó, y aunque no es en particular alto o imponente, todo en la sala parece girar a su alrededor como si él fuera la única fuente de gravedad.

A su lado está una mujer de mandíbula cuadrada que reconozco de inmediato como la presidente Park. Están posando para un grupo de fotógrafos y miembros de la Rotación Real, el grupo de reporteros cuyo único trabajo es informar sobre la familia real, y ambos aún tienen una sonrisa amplia, aunque ahora cada cámara apunta hacia mí.

Perfecto.

Lo siento, digo con los labios sin emitir sonido mientras el rubor profundo se despliega por mi rostro. Debería hacer una reverencia, o al menos inclinar la cabeza como muestra de respeto. Pero como Tibby suele lamentarse, no soy en lo absoluto buena cumpliendo reglas, y mientras tenga la doble ciudadanía, me niego a inclinarme ante nadie, ni siquiera ante mi padre de paciencia infinita.

A él parece no importarle y cuando me guiña el ojo antes de mirar de nuevo a la presidente Park, sé que me han perdonado mi entrada inesperada. Al menos él lo ha hecho. Tibby es otra historia, y mientras aprieta mi brazo en una supuesta muestra de apoyo, estoy segura de que solo es para medir cuánto ácido necesitará para disolver mi cuerpo después de asesinarme por esto.

Mientras los fotógrafos centran con pesar de nuevo la atención en la atracción principal, me escabullo a un rincón vacío e intento hacerme lo más pequeña posible. De algún modo, en la mayor muestra de autocontrol que he logrado hacer desde mi llegada a Inglaterra, resisto la necesidad urgente de asegurarme de que mi tiara no se ha movido de su sitio. Dada la cantidad de horquillas que están clavándose en mi cuero cabelludo, sin duda está en donde la dejé, pero el comentario de Tibby sobre los titulares y la caída de mi corona me atormenta como una premonición que no puedo olvidar.

–Y ahora nuestras familias –anuncia Alexander, y hace un gesto hacia el otro extremo de la habitación, donde hay un grupo reunido. Veo dos tiaras movedizas en el mar de trajes y vestidos y por fin la reina Helene aparece seguida de la princesa Mary.

Admito que no hace falta demasiado para que me sienta una impostora la mayor parte del tiempo, pero con solo mirarlas, me sumo aún más en las sombras metafóricas. Ambas son preciosas: la clase de belleza que solo el dinero puede comprar, pieles perfectas de porcelana, cabello resplandeciente y sonrisas blancas enceguecedoras. Mi madrastra escultural tiene puesto un vestido marfil suelto y lleva el cabello recogido sobre la base de su corona brillante y es evidente por qué ha sido declarada la mujer más hermosa del mundo por muchas revistas. Todos en la sala la miran… Todos, excepto mi padre.

Maisie, mi media hermana igual de elegante, lleva un vestido zafiro cubierto de cristales, pero nada opaca la tiara intrincada posada sobre sus ondas rubias cobrizas. Sin embargo, hay algo apenas extraño en su expresión, algo frío y un poco tenso, pero no lo suficiente como para afectar la atmósfera de la sala. Podría ser cualquier cosa, desde la indignación por usar un color que no le encanta a un problema genuino que debe ignorar por un par de horas para convertirse en Su Alteza Real la princesa Mary, heredera del trono y futura reina del Reino Unido, y tomo nota mental para no olvidar preguntarle si está bien.

Mientras avanzan por la sala, las acompaña un hombre afeitado que reconozco como el esposo de la presidente Park y un chico adolescente que no logro identificar con facilidad. Pero no hay dudas respecto a quién es, no cuando tiene la misma mandíbula cuadrada de la presidente y el porte ágil de su esposo.

Cuando su madre fue electa hace tres años, Thaddeus Park era tímido, torpe, y conocido por su amor por La guerra de las galaxias. Ahora, a sus dieciocho años, sin duda ha crecido para hacerle justicia a esa mandíbula. Y esos pómulos. Y esos hombros. Me doy cinco segundos para mirarlo antes de apartar la vista y recordar que tengo un novio tímido y tan torpe que es adorable quien, hace menos de treinta minutos, le envió a Tibby un mensaje para desearme buena suerte esta noche, seguido de una única X para indicar un beso, lo cual, al parecer, solo usa conmigo.

Tibby silba por lo bajo mientras también admira la vista y la golpeo con suavidad con mi codo.

–Tiene mi edad –siseo–. Robacunas.

–¿Cuántos años crees que tengo? –dice horrorizada y me encojo de hombros.

–Los suficientes para ser mi niñera.

–No soy tu niñera –dice con exasperación familiar–. Soy tu asistente per…

–Señorita Bright.

Un hombre mayor con barba corta entrecana sale de entre la multitud y aunque está rígido y posee un aire de formalidad, hay un brillo divertido en su mirada.

–Señor Jenkins –respondo, reprimiendo una sonrisa. Aunque he conocido a Jenkins hace más tiempo que nadie, nunca lo había visto de esmoquin, y él también luce una cantidad impresionante de medallas, incluida la estrella de los caballeros de la Orden Victoriana Real. Nunca podré aprenderme lo que las personas como Tibby y mi media hermana han sabido casi desde la cuna, pero siento que es un pequeño triunfo haber reconocido la medalla–. Lamento que llegáramos tarde. No es culpa de Tibby…

–No te preocupes por eso –dice con su comprensión amable habitual–. Su Majestad ha pedido que lo acompañes junto a la familia Park para estas fotografías.

Parpadeo. En efecto, cuando miro por encima del hombro de Jenkins, mi padre está riendo por algo que el señor Park dijo, pero su mirada encuentra pronto la mía y él inclina la cabeza hacia los demás.

–¿De verdad? –pregunto en voz baja, pero ya tengo mi respuesta–. ¿Estás seguro de que no arruinaré la sesión de fotos? ¿O que no insultaré a la primera familia?

–Bastante seguro –dice Jenkins y me ofrece un brazo–. Si me permites.

Tibby me empuja despacio por mi espalda baja y entrelazo mi codo con el de Jenkins mientras hago mi mayor esfuerzo por no cojear. Quizás quitarme mi zapato roto no sería la peor idea del mundo, aunque signifique que perderé al menos diez centímetros. Pero antes de que pueda considerar las ventajas y las desventajas, Jenkins me entrega a Alexander y es demasiado tarde ahora para hacer algo al respecto.

–Luces preciosa –susurra mi padre, besando mi mejilla–. ¿Por qué Maisie y tú no se colocan junto a Thaddeus?

Si bien espero que él y la presidenta estén al frente en el medio, ambos se apartan y nos colocan a los tres entre ellos, Thaddeus Park parece una torre junto a mi media hermana y a mí. Y mientras él me mira, juro que sonríe.

–Un gusto conocerte –dice con un acento estadounidense igual al mío. Sin embargo, ahora estoy tan acostumbrada a oír infinidades de variedades en el Reino Unido, que suena extraño y desconocido para mis oídos–. Esperaba que vinieras.

–¿Sí? –digo sorprendida–. ¿Por qué?

Ríe y, si bien es la clase de risa que probablemente hace a la mayoría sentirse cómoda, me molesta.

–¿No es evidente?

–En realidad, no –digo y antes de que él pueda explicar, o que pueda formular una respuesta astuta lo que parece más su estilo, el fotógrafo oficial del palacio tose. Los siete miramos al frente y sonrío, esperando con todas mis fuerzas que mi pico repentino de ansiedad no se note en mi expresión.

–Un poco más cerca, si es posible, Majestades –dice el fotógrafo, y si bien está claro que se dirige a mi padre y a Helene, que podrían insertar un continente entre ambos, Thaddeus también se aproxima a mí.

Es un movimiento ínfimo, apenas uno o dos centímetros, pero me aparto por instinto y ese cambio menor es demasiado para mi zapato. La tira se rompe y, con una puntada de dolor en el tobillo, de pronto me caigo y estoy a punto de derribar a la presidente conmigo.

Pero entonces, como si fuera una coreografía que hemos practicado, Thaddeus me atrapa sin esfuerzo, sus brazos fuertes y firmes me rodean. Doy un grito ahogado, y mientras asimilo despacio lo que está pasando, me doy cuenta de que estoy mirándolo directo a sus ojos oscuros.

Clic.

Una cámara dispara y luego otra, y otra, hasta que lo único que escucho son los ecos de los obturadores y teléfonos mientras cada fotógrafo presente y cada miembro de la Rotación Real toma nuestra fotografía. Con una sonrisa de autosatisfacción, Thaddeus me ayuda a incorporarme, su mano permanece sobre mi brazo expuesto mucho más de lo que debería. Y si había dudas respecto a qué imagen usaría la prensa para los titulares de mañana, ya no las hay.

Maravilloso.

CAPÍTULO DOS

@TheDailySunUK: ¿Evangeline ha terminado su relación con Christopher Abbott-Montgomery, conde de Clarence y sobrino de la reina Helene? Lee un avance de lo sucedido esta noche en la previa del banquete con la familia real, la presidente estadounidense Park y el momento que te hará suspirar entre Evangeline y Thaddeus Park.

9:53 PM -18 de diciembre de 2023

@dutchessdame172: @TheDailySunUK maldita afortunada.

9:57 PM · -18 de diciembre de 2023

–Intercambio en Twitter entre elDaily Sun y el usuario @dutchessdame172 -18 de diciembre de 2023

 

Kit ríe tan fuerte que aparto el móvil de Tibby de mi oído.

–Solo tú podrías hacer algo así, Evan –logra decir y lo imagino sacudiendo la cabeza mientras sus rizos oscuros rozan su mandíbula a pesar de la infinidad de veces que Helene le ha suplicado que se corte el cabello–. Convertir uno de esos eventos formales en un escándalo romántico. Estoy impresionado.

–No es gracioso –digo, moviéndome en el asiento acolchonado bajo la ventana de una de las bibliotecas inmensas del castillo de Windsor. La habitación por poco carece de luz y las estanterías de suelo a techo se alzan de modo espeluznante a mi alrededor, pero puedo lidiar con cierto temor mientras que venga acompañado de privacidad–. Todos dicen que hemos terminado…

–¿Terminamos? –pregunta él aún riendo–. ¿Conociste al amor de tu vida esta noche y has llamado para decirme que me dejarás?

Ahora, su voz suena un poco amortiguada, y hago una mueca.

–Por supuesto que no. Estás googleando las fotos, ¿verdad?

–Por supuesto –responde y un segundo después, comienza de nuevo a reír a carcajadas–. ¿Las escoltó a ti y a Maisie a la mesa? ¿A quién se le ocurrió esa idea?

–A él –protesto–. Alexander pensó que era caballeroso. Basta, te dije que fue algo malo.

–Al contrario, es el mejor momento de mi semana –dice Kit y lo oigo sonreír–. La foto de él sujetándote en plena caída es increíble. Si fuera yo a quien miras con tanto cariño, la enmarcaría.

Mi tiara golpea la pared y hago una mueca, por fin cedo y busco con los dedos las horquillas agresoras.

–Eres terrible conmigo.

–Así es. Supongo que tendré que compensártelo en Navidad, ¿no crees?

Enderezo la espalda y olvido las horquillas.

–¿Vendrás a Sandringham? Pero creía que…

–Mis padres decidieron ir a festejar a las Maldivas –dice Kit–. Me ofrecieron llevarme, pero creo que hay pocos métodos de tortura más doloroso que pasar dos semanas a solas con ellos. Y lejos de ti.

Esas palabras me derriten un poco, pero considerando que Kit apenas ha visto a sus padres en años, también me generan un poco de culpa.

–¿A tu mamá no le entusiasma pasar las fiestas contigo?

–Tal vez. Pero ella y mi padre tienen mucho que resolver a solas y yo solo sería una molestia. Además, solo hemos tenido conversaciones incómodas y silencios prolongados desde fines del cuatrimestre y creo que a esta altura todos estamos cansados de andar con cuidado ante los demás –admite–. La visitaré de nuevo en febrero para su cumpleaños.

–Está bien –digo, sin saber si sentirme decepcionada por su madre o aliviada por saber que, después de todo, pasaré Navidad con él–. Maisie dice todo el tiempo que detesta Sandringham, pero suena mágico tener un árbol y una familia y realmente celebrar.

–Lo es –afirma, y noto en la suavidad repentina de su voz que ambos pensamos lo mismo. Desde que mi abuela murió cuando yo tenía once años, he pasado Navidad en distintos internados, rodeada de pocos docentes sin familias y compañeros de clase cuyos padres no se molestaban en llevar a las vacaciones glamorosas que habían planeado. Dos veces me quedé sola, a excepción de la directora, y lo único que recuerdo de esas semanas es la soledad y el deseo desesperante de querer ver a mi mamá.

Me prometo que este año será diferente. Este año, aunque mi madre estará en Virginia y yo estaré a un océano de distancia en una mansión inglesa recluida, tendré a Alexander, a Maisie y a Kit conmigo para alivianar el golpe. Y la pasaré bien.

–¿Cuándo se supone que llegarás? –pregunto–. Maisie y yo conduciremos hasta allí el sábado…

–¿Hay espacio para uno más?

Me sobresalto y casi dejo caer el teléfono de Tibby cuando una voz grave flota hacia mí en la oscuridad. De pie en la puerta, con su silueta recortada por la luz que proviene de la sala de estar, está Thaddeus Park, con un plato y dos copas con algo que parece champaña.

–¿Qué haces aquí? –digo sin importarme lo grosera que debo sonar–. ¿Seguridad no te detuvo en el vestíbulo?

–¿Te refieres a ese cuarto lleno de armas en exhibición? –Empieza a avanzar hacia mí, lo bastante lento como para no volcar su botín–. Sí, pero, de todos modos, parece que he encontrado la manera de llegar aquí. Este sitio es un laberinto, ¿no? Es peor que la Casa Blanca.

–Te acostumbras –respondo antes de oír la voz de Kit, ahora distante y diminuta porque sostengo el teléfono a la altura de mis rodillas. Me apresuro a acercarlo a mi oreja–. Lo siento, ¿qué dijiste?

–¿Es él? –pregunta Kit–. ¿Estás a punto de cortar nuestra conversación para un encuentro clandestino con tu nuevo amante?

–¿De qué siglo eres? –Hago una mueca y murmuro, esperando con desesperación que Thaddeus no lo haya oído. Kit ríe.

–Llámame después o cuando Tibby esté dispuesta de nuevo a separarse de su teléfono. No te preocupes por las fotos, ¿sí? Las olvidarán.

No estoy tan segura, pero me despido y extiendo las piernas, negándome a hacerle espacio a Thaddeus en el asiento de la ventana. Él se acomoda en una silla cercana y deja el plato de galletas en una mesita entre los dos.

–Lo siento –dice, por su sonrisa, no es verdad–. ¿Era tu novio?

–Entonces sabes que él existe –respondo con ironía y a pesar de mi fastidio, tomo una galleta de la pila. Pero no toco la copa junto al plato y Thaddeus no parece molesto mientras bebe de la suya–. ¿No deberías estar disfrutando la fiesta?

–¿Te refieres al evento autocomplaciente para crear conexiones políticas disfrazado de baile elegante? No, gracias –dice e introduce una galleta en su boca y la mastica, pensativo–. No es fácil, ¿verdad? Tener que ser dos personas a la vez.

Frunzo el ceño en medio de mi mordisco.

–¿De qué hablas?

Me mira con conocimiento.

–Cuando mi mamá era senadora por Pensilvania, podía ser yo mismo. Pero en cuanto se postuló a la presidencia, hubo de pronto una gran presión por… no ser yo mismo. Por lucir presentable siempre. Por dejar de hablar sobre las cosas que me hacían interesante. Todo lo que solía agradarme de mí mismo se volvió demasiado específico, vergonzoso, controversial…

–La última película de La Guerra de las Galaxias sí que dividió a los fanáticos, ¿no? –respondo y él ríe.

–Más allá de las bromas, también lo he notado en ti –dice–. Desde lejos, claro. No soy un acosador, pero… es difícil no seguir tu historia por la frecuencia en la que apareces en los titulares. Y cuando te uniste a la familia real, parecías un… un ser humano hermoso, salvaje, independiente y nadie podía decirte quién eras o qué hacer. E incluso cuando todos te acusaron de haber asesinado a ese perverso que te atacó, y los periódicos dieron la noticia de la enfermedad mental de tu mamá y lo que ella te hizo…

–No hablaremos de eso –respondo con frialdad y él de inmediato alza las manos en un mea culpa.

–Claro, por supuesto –dice rápido–. Solo quería decir que… parecías indiferente al ruido. Aún eras tú misma. Pero en cuanto saliste al ojo público y diste esa entrevista te volviste… pulida. Predecible. Has hecho lo que se ha esperado de ti, al igual que yo. Y no sé en tu caso, pero yo extraño ser quien solía ser.

Es una confesión alarmantemente vulnerable, considerando que acabamos de conocernos, y siento que un nudo se forma en mi estómago. No me siento distinta. Aún me gusta la misma música. Aún leo los mismos libros. Aún veo demasiado Netflix en el poco tiempo libre que me queda e incluso he empezado a aprender a tocar la guitarra; lo hago mal, lo admito, pero igual es algo solo para mí. Para nadie más.

Pero sé con exactitud de lo que Thaddeus habla y siento una puñalada de algo poderoso e inesperado: anhelo, tal vez, o algún tipo de nostalgia que no sabía que estuviera presente. Porque ahora soy dos personas. Al igual que Maisie tiene que ser la princesa Mary, la elegante y amada heredera al trono, yo debo ser Evangeline, la hija ilegítima del rey, quien está agradecida de que la incluyan. Aunque Evan es la persona que soy en realidad, la persona que siempre he sido, ya no puedo ser ella, al menos no cuando un extraño podría verme. Y a pesar de su honestidad sorpresiva y su exceso de familiaridad, Thaddeus Park aún es un extraño.

–Creo que no he cambiado mucho –digo por fin, manteniendo la voz controlada mientras evito su mirada y finjo interés en mi brazalete. Tiene solo dos dijes, una nota musical que fue regalo de una compañera de clase y una tiara diminuta que Kit me dio por mi cumpleaños, y ruedo este último entre los dedos–. Todavía soy yo misma.

–Y yo soy yo mismo, debajo de la política, el ejercicio y el guardarropas preseleccionado –dice Thaddeus–. Pero no podemos permitir que el público lo sepa, ¿verdad, Su Alteza Real?

No, no podemos. Suelto el dije de la corona, más impactada de lo que quiero admitir porque alguien que acabo de conocer hace cinco minutos entiende parte de mi vida mejor que yo.

–No soy una princesa –digo, aferrándome a esto en vez de permitirme considerar lo demás–. ¿Acaso tu equipo no te lo dijo?

–Pero eres la hija del rey –responde, como si eso de alguna manera sustituyera mil años de historia y protocolo real.

–Ilegítima –aclaro–. Soy un perro callejero en una familia de raza pura y no tengo ningún título.

Thaddeus parpadea.

–Vaya, qué grosero.

Emito una risa aireada, porque nadie ha dicho eso antes, aunque tal vez es cierto. No me importa el título, la verdad que no, pero no puedo fingir que no me importa el respeto y la legitimidad que lo acompañarían. Y esa es una conversación que no quiero tener con nadie, mucho menos con Thaddeus Park.

–Sabes –dice despacio–, princesa o no, tú y yo podríamos desatar una locura en internet, si quisiéramos.

Alzo una ceja.

–Creo que ya lo hemos hecho.

Se encoge de hombros.

–Esa foto es demasiado formal para causar furor. Pero si publico una selfie nuestra juntos, tal vez una donde me des un beso en la mejilla…

Se acerca más y aunque es probable que sea un gesto inocente, mi piel se eriza y me aparto y cada músculo en mi cuerpo se pone tenso, listo para huir. El pánico debe ser evidente en mi rostro, porque Thaddeus se endereza de inmediato, con los ojos muy abiertos al igual que su boca.

–Mierda, yo… eso fue raro, lo siento –dice y reconozco que su arrepentimiento suena genuino–. Solo quería, ya sabes… una foto bonita. Podríamos hacer corazones con los dedos o una cara graciosa. Algo así. Nada sugerente o… Ya sé que tienes novio, no era mi intención hacer nada que…

–Creo que Evangeline ha tenido suficientes fotografías por esta noche –dice una voz en la puerta y el alivio me invade cuando alzo la vista y veo a Tibby de pie, con las manos en las caderas y una expresión letal.

–Claro –responde Thaddeus avergonzado y me pongo de pie antes de que él siquiera pueda moverse–. Lo siento mucho.

–Está bien –digo, aunque no es cierto. Pero eso no es su culpa. Jasper Cunningham es la verdadera razón de mi pulso acelerado y el motivo por el que nunca más volveré a sentirme a salvo con un chico en quien no confíe por completo–. De todos modos, no tenemos permitido tomarnos selfies en las residencias de la corona. Es por un motivo de seguridad.

–Ah. –Adopta una expresión apenada y estoy a mitad de camino hacia Tibby cuando él se incorpora–. Fue de veras un honor conocerte, Evangeline. Si alguna vez vienes a Estados Unidos y quieres ver la biblioteca de la Casa Blanca…

–Te buscaré –digo, aunque no tengo en absoluto intenciones de hacerlo. Sin embargo, cuando llego con Tibby, algo me perturba: la necesidad irracional y arraigada hace tiempo de asegurarme de que él, un desconocido al que es probable que nunca vea de nuevo, no se sienta mal por cómo resultó esto. O quizás la pequeña conexión que hicimos es más fuerte de lo que creo. Y así, a pesar de tener más de un motivo por el que salir de aquí sin nada más que una palabra de despedida, miro por encima del hombro y añado–: Tal vez podemos tomarnos la selfie allí.

Su sonrisa vuelve y Tibby entrelaza su brazo en el mío y desaparecemos en el laberinto que es el castillo de Windsor.

CAPÍTULO TRES

@thaddeusapark viviendo como la realeza en el castillo de Windsor esta noche. Muchísimas gracias a Sus Majestades el rey Alexander y la reina Helene, Su Alteza Real la princesa Mary, y mi nueva y muy especial amiga expatriada…

–Usuario de Instagram @thaddeusapark, debajo de una selfie de Thaddeus Park vestido de esmoquin, el fondo es oscuro y genérico y su pulgar derecho y su índice están juntos formando un corazón, 18 de diciembre de 2023

 

–Thaddeus te está usando, ¿lo sabes? –dice Tibby mientras cruzamos una sala inmensa vacía con muros de tela roja. Aunque no está llena de polvo, parece que no la han usado en años y nuestros pasos resuenan vacíos en la alfombra delgada.

–Lo deduje sola –digo mientras ella jala del marco de un espejo ornamentado gigante que se abre y revela otra sala lujosa, esta vez con muros verdes, muebles dorados y retratos inmensos con marcos dorados en las paredes–. Gracias por haber intercedido. No sabía qué iba a hacer él.

–No hubiera intentado nada –responde, aunque es imposible que lo sepa con certeza–. Es el hijo de la presidente estadounidense y sin duda alguien le ha enseñado modales. Pero tienes diez veces la cantidad de seguidores que él y sin duda quería una foto casual para mejorar su propio perfil. ¿Me devolverías mi teléfono?

Lo entrego, aunque aún tengo esperanza de que Kit llame de nuevo.

–¿Siempre será así? ¿Todas las personas que conozca querrán algo de mí?

–Sí –dice Tibby, y la palabra se hunde en lo profundo de mi estómago como un ladrillo–. Tal vez tendrás suerte y conocerás a un individuo excepcional que esté interesado en ti como persona, o que crea que no puedes ofrecerles nada que ya no tenga, pero la mayoría siempre querrá algo de ti. Solo debes tener cuidado en quién confías.

Suspiro por dentro. Hace un año, nadie sabía quién era y solo un puñado de compañeros de clase siquiera se molestaban en hablar conmigo a diario. Ahora, millones de personas siguen mi cuenta de Instagram que no uso siquiera personalmente y a juzgar por el mar infinito de comentarios que vi la única vez que exploré el trabajo de Tibby, una cantidad desconcertante de personas parece creer que eso significa que saben muy bien quién soy. Y la idea de que tantos extraños tengan una opinión formada de mí aún me hace sudar frío.

Ahora entramos a un área que reconozco, la antesala del salón del trono de Windsor. Oigo el murmullo débil de voces que se filtra desde la Habitación Waterloo y me detengo junto al busto de uno de los Georges.

–¿Es necesario que regrese a la fiesta? Me duele la cabeza y perdí mis zapatos hace horas.

–Tus zapatos están camino al zapatero real, donde los repararán o los convertirán en cenizas. Aún no lo he decidido. Pero ya has cumplido tu condena esta noche –añade Tibby; se aparta del salón de baile lleno de gente y, en cambio, me guía hacia el pasadizo secreto que lleva a la sala del trono–. Mientras que permanezcas quieta lo suficiente para que te tomen una fotografía mientras el joyero te quita la tiara, podemos regresar a tus aposentos ahora mismo.

El salón del trono no está vacío del todo, pero solo debo sonreír y decir unas palabras antes de escapar al gran vestíbulo y a las zonas más restringidas del castillo de Windsor del otro lado. Es un alivio apartarme de todas las miradas curiosas y dejo caer mis hombros doloridos mientras nos dirigimos de nuevo hacia las habitaciones privadas.

–¿Vendrás a Sandringham para Navidad? –pregunto, alzando el dobladillo de mi vestido para no arrastrarlo por el suelo. Mis pies descalzos están helados, pero estoy demasiado exhausta para que me importe.

–¿Sandringham? –dice Tibby–. ¿Por qué rayos pasaría Navidad allí?

–La reina Victoria es tu ancestro, ¿no? ¿Acaso eso no te convierte en parte de la familia?

–Si algo más distante que primos directos aún se considerara familia, la mitad de los matrimonios aristocráticos de Inglaterra no existirían –dice–. Pasaré Navidad en nuestra casa de campo en Kent e iré a las Seychelles para Año Nuevo.

–Oh. –No espero que trabaje durante las fiestas, por supuesto, pero pensar que Tibby no estará presente para llenar mi cronograma de lecciones, pruebas de vestuario y apariciones públicas por tres semanas es intimidante y excitante a la vez–. Te extrañaré.

Me lanza una mirada extraña, aunque hay una suavidad en ella que parece prácticamente foránea en sus facciones filosas.

–Regresaré antes de que lo notes. Y mientras tanto, podrás aprender a cazar y esquiar y tendrás muchas horas libres para pasar el rato con Maisie.

–Ninguna de esas opciones suena atractiva –respondo mientras nos aproximamos a mis aposentos–. Pero Kit vendrá.

–¿Sí? ¿Debería ocuparme de que añadan ciertas necesidades a tu equipaje?

Tardo un instante en darme cuenta a lo que se refiere y mis mejillas arden de pronto.

–No –digo con firmeza–. No vamos a… No.

–Mejor prevenir que curar –canturrea mientras abre la puerta. Y con el rostro aún en llamas, pienso que el hecho de que Tibby no me esté tratando como si fuera a romperme, en especial cuando todos los demás en mi vida, incluso Kit, evitan el tema por completo, casi compensa la invasión humillante a la privacidad. Casi.

El joyero real aparece en tiempo récord para llevarse la tiara de la reina Florence, pero Tibby lo hace esperar unos buenos diez minutos mientras descifra el ángulo perfecto para Instagram. Aunque la tiara en teoría es mía, la reina Florence, mi bisabuela, me la legó cuando era una bebé, la guardan en una bóveda en algún lugar, o en la Torre de Londres, donde van las joyas de la Corona. De todos modos, no la veré de nuevo hasta el próximo banquete oficial, o el evento futuro que requiera que use tiara y, a pesar de mi cuero cabelludo sensible, me apena apartarme de la joya.

Tibby permanece conmigo solo lo suficiente para garantizar que cuelguen bien mi vestido y, en cuanto se marcha, me envuelvo en una manta peluda, me desplomo en el sofá antiguo y abro mi computadora portátil. En lugar de revisar portales de noticias británicos en busca de comentarios sobre mi supuesto coqueteo con Thaddeus, aunque es probable que a esta altura ya haya llegado a la CNN y a varios blogs sobre celebridades populares, abro VidChat y hago clic en el ícono de mi madre.

Dos timbres resuenan en mi sala de estar, que esta noche es demasiado acogedora mientras el fuego cruje bajo la chimenea ornamentada y, de pronto, el rostro sonriente de mi mamá aparece en pantalla. Tiene sus rizos castaños sueltos, una señal clara de que por una vez no está en su estudio, y noto un paisaje grande abstracto detrás de ella: el que está colgado en su comedor.

–¡Evie! ¿Cómo te fue? –dice y si bien a veces está distraída y nerviosa, en especial cuando sus médicos están ajustando su medicación, esta noche tiene la vista enfocada de lleno en mí–. Vi fotos en línea, estabas hermosa.

Hago una mueca.

–Creo que bien. Si has visto las fotos, ya sabes lo que pasó.

–¿Te refieres a cuando el hijo de la presidente te sujetó? –dice–. ¿Qué sucedió?

Explico todo, desde mi zapato roto y el retraso que tuvimos con Tibby, hasta mi encuentro con Thaddeus en la biblioteca, y cuando termino, mi madre suspira.

–Los errores pasan, Evie –dice–. En especial cuando estás bajo el ojo público con tanta frecuencia. Pero estás bien, ¿cierto? ¿Tu tobillo está bien y él no…?

Niego con la cabeza.

–No me tocó, excepto para evitar que cayera de bruces. El tobillo me duele un poco, pero estará bien. Solo… –No es fácil, ¿verdad? Tener que ser dos personas a la vez–. No soy buena para ser perfecta todo el tiempo.

–Nadie lo es, cariño –responde–. Y tampoco has tenido muchas oportunidades para practicar. Mejorarás en los detalles con el tiempo.

Aunque no estoy segura de querer hacerlo. Pero mientras que mi madre rompió con Alexander, el amor de su vida, para evitar convertirse en reina, ella parece tener un orgullo y un placer infinitos en verme ocupar mi rol de hija de Alexander, sin importar cuán mala sea en ello.

–No has visto a nadie merodeando cerca de la casa, ¿cierto? –digo después de un segundo, ansiosa por cambiar el tema de conversación–. Alexander dijo que el palacio aún recibe preguntas diarias sobre ti por parte de ese reportero.

–¿El que está escribiendo mi biografía? –dice–. No, seguridad no ha visto nada sospechoso y yo tampoco. Pero una amiga dijo que recibió una llamada extraña preguntando por la familia, así que probablemente sea solo cuestión de tiempo que él descubra dónde estoy.

Frunzo el ceño.

–Si algo sucede…

–Me aseguraré de informarle de inmediato a tu padre –dice–. Pero la verdad, Evie, a veces me pregunto si no sería mejor para mí cooperar con ese… ¿cómo se llama?

–Ryan –digo con amargura–. Ryan Crewes.

–Ryan Crewes –repite–. Si escribirá mi historia, tal vez sea mejor que incluya mi voz.

Si bien tiene algo de razón, los sucesos de mi infancia no la pintan de una manera positiva. Yo no lo recuerdo, pero arrestaron a mi madre por intentar ahogarme en una bañera cuando tenía cuatro años, en medio de un brote psicótico debido a una esquizofrenia paranoide no diagnosticada. En su propia mente enferma, intentaba protegerme de mi madrastra, Helene, quien, hasta donde sé, no me había amenazado de verdad. Pero la enfermedad mental de mi madre le mentía a sí misma de modo constante. Aún lo hace, en sus días malos, incluso con medicación y tratamiento. Si bien sé que el público sacará sus propias conclusiones con o sin la historia verdadera, no quiero que manipulen sus palabras y las conviertan en algo monstruoso para vender más libros. Y no me sorprendería que Ryan Crewes, o los otros que se hacen llamar biógrafos de la realeza y que nos han perseguido por meses, lo hicieran.

–Tal vez podrías trabajar con alguien que tú hayas elegido –sugiero. En unos años, cuando los titulares amarillistas que duraron semanas en el verano hayan desaparecido de la memoria pública–. Pero por ahora…

El repiqueteo veloz de unos nudillos sobre la madera resuena en mi sala de estar y me sobresalto, volteo para fulminar con la mirada la puerta agresora. Mi madre se acerca a la cámara y profundiza su ceño fruncido.

–¿Necesitas atender? –dice y sacudo la cabeza de lado a lado.

–Quien sea se irá sin du…

El repiqueteo urgente se convierte rápido en golpes demandantes y oigo una voz amortiguada a través de la madera.

–Evan, más te vale estar ahí adentro, maldición. Necesito hablar contigo.

Gruño por dentro.

–Mamá, es Maisie –digo. De todas las personas en Windsor esta noche, ella es una de las pocas que no puedo ignorar–. ¿Puedo…?

–Claro, cariño. De todos modos, necesito empezar a preparar la cena –responde–. Llámame de nuevo cuando puedas.

Después de cerrar mi computadora, balbuceo un par de palabras muy groseras sobre mi media hermana mientras aparto mi manta y me pongo de pie. El fuego cruje alegre, su calidez combate el frío del castillo y abro la puerta que lleva al corredor.

–Sea lo que sea, más te vale que…

–El jefe de seguridad del palacio arrinconó a papi después de la cena –dice mi hermana mientras entra al cuarto, el dobladillo de su vestido zafiro flota detrás de ella–. Uno de los custodios asignados en la reserva de Kenia llamó. Benedict desapareció.

Tardo un instante en asimilar por completo lo que dice, y la miro, atónita.

–Espera, ¿qué?

Maisie pone los ojos en blanco.

–Benedict –dice despacio–, el cerdo traidor de nuestro primo, no está. Se fue. Se lo tragó la tierra. Se esfumó…

–Ya sé lo que significa que desapareció –digo con voz ahogada–. ¿Cómo logró escapar de los custodios? ¿Acaso Alexander no lo envió a la reserva para mantenerlo vigilado? –Y para mantenerlo lejos de Maisie y de mí. Pero cinco meses y miles de kilómetros no son suficientes para borrar de mi memoria la expresión en el rostro de Ben cuando se dio cuenta de que lo descubrieron, y siento un escalofrío.

Te destruiré.

Su Alteza Real el príncipe Benedict de York fue el primer miembro de la familia en tratarme con decencia después de mi llegada a Londres, pero también fue él quien filtró el video en el que aparezco empujando a Jasper Cunningham de un balcón después de que el imbécil pervertido intentara violarme. La grabación estaba editada, claro. Jasper y Ben habían colocado drogas en mi bebida y yo ni siquiera podía caminar erguida, mucho menos empujar a un chico de diecinueve años atlético con la fuerza suficiente para que cayera a su muerte. Pero Ben le hizo creer al mundo entero que fui yo y aun después de que la verdad saliera a la luz, todavía no tengo idea de por qué lo hizo.

–El tío Nicholas está intentando localizarlo –dice Maisie mientras empieza a caminar de lado a lado con la energía de un mapache nervioso–. Pero Benedict tiene muchos amigos, y ya podría estar en cualquier parte.

–Vivimos en el siglo veintiuno. Alguien tiene que saber dónde está –insisto, luchando contra la necesidad de moverme como ella.

–Ya he revisado las páginas de chismes y las redes sociales –dice Maisie–. No hay rastros de él.

Empiezo a sentir un cosquilleo en las manos y, con cierto asombro, me doy cuenta de que he clavado mis uñas en las palmas, lo que causó que aparecieran ocho marcas rojizas oscuras con forma de medialuna en mi piel pálida. El color es casi idéntico al de la tinta que Ben usó para la nota que me envió poco después de que lo trasladaran a la reserva y, aunque no la he mirado en meses, recuerdo cada palabra.

Sin importar en qué parte del mundo esté, aún sé tus secretos. Disfruta mientras dure.

–¿Cuáles son las probabilidades de que desaparecerá para siempre y nos dejará en paz? –pregunto frotado mis manos entre sí para aliviarlas.

–Demasiado bajas, a menos que tengamos suerte y se lo haya comido un león –responde Maisie–. Benedict nunca ha tomado a bien un golpe a su orgullo y te aseguro de que no dejará las cosas así.

De cualquier otra persona, tomaría esta afirmación dramática con pinzas. Pero Maisie conoce a Ben mejor que nadie y si bien ella tiende a exagerar, quizás algo propio de las princesas, vi lo suficiente del lado oscuro de Ben en el verano para creerle.

–¿Crees que le contará a todos lo que sucedió de verdad? –digo, casi con demasiado miedo de sugerirlo. Después de todo, no tiene sentido darle ideas al universo.

Por medio segundo, veo un destello de miedo genuino en los ojos de Maisie. Si bien no hay nada que Ben pueda hacerme que ya no haya intentado, aún podría destruir la vida de Maisie con una facilidad aterradora… porque si bien yo no fui la que empujó a Jasper a su muerte, ella sí lo hizo. Y aunque fue un accidente, aunque actuó en defensa propia, si la verdad sale a la luz, si Ben hace público lo que pasó de verdad esa noche y todo lo que hicimos para ocultarlo, es imposible saber cuáles serán las consecuencias. Pero sé, sin siquiera un atisbo de duda, que sería catastrófico: no solo para Maisie y para mí, sino para toda la familia real y la monarquía misma.

–No lo hará –dice Maisie al fin, como si su testarudez fuera a hacerlo realidad–. No tiene manera de demostrarlo, no después de que borramos el video.

–Pero él es el tercero en la línea de sucesión al trono –comento, aunque las dos somos más que conscientes de ese hecho asqueroso–. Tiene la credibilidad de su lado y aun si el palacio lo niega, algunas personas igual le creerán.

–Déjalas –responde con frialdad–. Hay algunos que creen que morí al nacer y que me reemplazaron con otro bebé, pero sus teorías conspirativas son solo eso.

Esto es una novedad para mi, una novedad rara, pero novedad al fin, y parpadeo.

–Pero esto es verdad, Maisie. Y si él logró de alguna manera hacer una copia del video…

Un timbre suena desde el interior de su bolso y sin esperar a que yo termine de hablar, Maisie toma su teléfono. Su expresión afligida empeora al ver algo en su pantalla y gira hacia la puerta.

–No puedo quedarme. Solo quería advertirte.

–Gracias –digo con ironía–. Sin duda pensar en Ben espiando por mi ventana me ayudará a dormir hoy.

Maisie me lanza una mirada fulminante, aunque está atenuada por el modo en que jala nerviosa de una de sus ondas rubias cobrizas.

–No seas tonta. Tienes cortinas.

–No me refería a… –empiezo, pero no tiene sentido. La observo–. ¿Estás bien?

–¿Qué crees? –dice con tono irritable, dejando caer la mano–. No solo no sabemos el paradero de Benedict, sino que él también está decidido a vengarse de forma monumental de nosotras dos y no tenemos idea de lo que hará a continuación. ¿Cómo podría estar de…?

–No me refiero a Ben –digo mirando su teléfono–. ¿Tuviste noticias de Gia desde que volvió de España?

De inmediato, la poca calidez que flota entre ambas se convierte en hielo.

–Debo irme –dice Maisie–. Si Benedict aparece en tu ventana esta noche, hazle saber que no me importa que compartamos sangre: haré que la Torre vuelva a funcionar como una cárcel si él siquiera mueve un dedo fuera de lugar.

–Otra idea reconfortante –susurro, pero si Maisie me escucha, no reacciona. En cambio, abre la puerta y desaparece por el pasillo, y me deja sola cargando con el peso de cada atrocidad que Ben podría hacernos y el conocimiento de que, sea lo que sea, él disfrutará de la masacre.

CAPÍTULO CUATRO

–Henrietta, ¿has visto alguna vez un banquete oficial como este en tus veinte años cubriendo historias sobre la familia real?

–Sin duda fue uno memorable, aunque debo recalcar que la prensa no está invitada al banquete en sí, o al baile que ocurre después. Solo nos invitan para tomar fotografías y hacer una entrevista breve ocasional antes de que empiecen los festejos. El resto es un secreto muy bien guardado.

–Incluso con el entusiasmo de la primera visita al Reino Unido de la presidente Park, no imagino nada que haya ocurrido tras puertas cerradas que pueda opacar el tropiezo de Evangeline ayer durante la sesión de fotos familiar.

–Sin duda tiene facilidad para llamar la atención, ¿verdad? En su defensa parece que el tropiezo fue debido a un problema con su vestuario y no estuvo relacionado con deseos de robar el foco de atención, porque se quitó los tacones de inmediato después de que tomaron las fotos.

–Has pasado bastante tiempo trabajando con la historia de Evangeline últimamente, ¿cierto?

–Sí, así es. Ella ha tenido una vida fascinante hasta ahora, en especial para alguien de apenas dieciocho años, y ha sido un placer aprender más sobre ella en mi investigación para mi nuevo libro, Rebelde real, que se publicará el jueves, justo a tiempo para hacer un regalo navideño de último minuto para todos los fanáticos de la realeza en tu vida.

–Bueno, sin duda lo pondré en mi lista de pendientes. ¿Qué dirías que fue lo que más te sorprendió durante tu investigación?

–Varias cosas, la verdad. Evangeline tal vez es famosa en todo el mundo ahora, pero se sabe muy poco de su vida antes de la fama. Como dijiste, tiene facilidad para llamar la atención de maneras bastante escandalosas, pero diría que lo que más me sorprendió fue su empatía.

–¿Su empatía?

–Tiene una reputación por mal comportamiento, claro, después de que la expulsaron de nueve internados en siete años. Pero los actos que llevaron a estas expulsiones nunca parecieron arraigados en tendencias maliciosas o destructivas.

–¿Incluso el infame incendio provocado que la llevó a huir a Inglaterra?

–En especial ese. Según su profesor de matemáticas de ese entonces, él cree que Evangeline generó el incendio para destruir la única evidencia que había de las malas calificaciones de su compañera de cuarto porque ponían en riesgo su futuro educativo en una escuela de la Ivy League.

–¿El futuro de su compañera de cuarto? ¿No el suyo?

–No, no el suyo. Esto se repite en una gran cantidad de ejemplos que hacen que Evangeline sea una adición muy fascinante a la familia real y, creo, algo valioso para este país en miras al futuro. Ella es realmente increíble, y a pesar de los tropiezos ocasionales, estoy muy segura de que una vez que tenga la oportunidad de demostrar su valía, todos concordaremos en que es una joya de la realeza a la altura de la princesa Mary.

–Entrevista de ITV News con Henrietta Smythe, experta en la realeza, 19 de diciembre de 2023

 

El viaje en carro desde el castillo de Windsor a la residencia en Sandringham, la propiedad campestre privada de la familia real cerca de la costa este de Inglaterra, dura casi tres largas y miserables horas.

Maisie y yo pasamos casi cada minuto en silencio, mientras yo leo una novela de fantasía y ella mira su teléfono y responde rápido cada timbre suave que resuena en la parte posterior de la Range Rover. Estoy desesperada por preguntarle si ha tenido noticias de Ben, pero una mirada a su rostro tormentoso me afirma que no vale la pena correr el riesgo. Tal vez no he tomado muchas decisiones magníficas en la vida, pero incluso yo sé que ahora mismo no debería poner la paciencia de Maisie a prueba.

Me consuelo con el hecho de que, durante los últimos cinco días, no ha habido avistamientos de Ben en las redes sociales y tampoco han surgido rumores nuevos sobre su supuesto paradero. Y si bien eso no significa que él aún no está rondando por ahí, al menos implica que permanece escondido. Por ahora. Así que, pensando en una Navidad que de veras espero con ansias, centro la atención en mi libro y hago mi mayor esfuerzo por no permitir que Ben también arruine esto.

El carro avanza junto a un muro de piedra bajo que parece más antiguo que los Estados Unidos cuando, por primera vez en horas, Maisie alza la vista de la pantalla. Sin embargo, en vez de hablar, emite un sonido extraño que es una mezcla de gruñido y chillido similar a una tetera de agua hirviendo, y guarda el teléfono en su bolso con tanta fuerza que me sorprende que no lo haya lanzado por la ventanilla.

–¿Todo bien? –digo con tono neutral.

–De maravilla –murmura, apartando el rostro de mí para ver los árboles desnudos. Considero dejarla en paz, dado que hasta ahora ha funcionado bien. Pero entonces, con el mayor sigilo posible conmigo sentada a medio metro de distancia de ella, Maisie alza la mano y limpia su mejilla, y me doy cuenta de que está llorando.

Con una mueca, cierro el libro y lo guardo en mi bolso a mis pies.

–No tienes que contarme qué sucede –digo–. Pero estoy aquí si quieres algún día hablar, ¿de acuerdo?

Un músculo tiembla en su mandíbula.

–Estoy bien –responde con brusquedad y ahora oigo la tensión en su voz–. ¿Has visto Instagram recientemente?

Es lo último que espero que diga y frunzo el ceño.

–Tibby se ocupa de eso. Ni siquiera tengo la contraseña de mi cuenta.

–Por supuesto que no, maldita sea –murmura–. Thaddeus Park me envió un mensaje el otro día.

–¿Sí? –digo, de pronto temo por el rumbo que tomará esta conversación–. No sabía que eran amigos.

–No lo somos. –Por fin me mira y, aunque solo dura medio segundo, es imposible no notar sus ojos rojos–. Me pidió tu número, y no me creyó cuando le dije que no tienes teléfono.

Frunzo el ceño.

–Debe ser porque me vio usar el de Tibby. ¿Dijo por qué quería mi número?

–No, pero no es muy difícil imaginarlo, ¿no?

No, no lo es. Inclino la cabeza contra el asiento de cuero y suspiro. Nunca he tenido un teléfono móvil, no se permitía su uso en la mayoría de mis internados y dado que a mi madre no le agrada usarlos, nunca le encontré sentido a tenerlo, pero esto solo refuerza mi deseo de no comprarme uno.

–¿Qué más dijo?

–Los típicos halagos y adulaciones –responde–. Aunque considerando todo, él no es demasiado terrible y… ¿Qué rayos está pasando?

Ahora está inclinada hacia adelante, girando el cuello en una dirección que no veo. Con el ceño fruncido, me acerco a ella. La cercanía en otras circunstancias la pondría combativa, pero en cambio, apenas parece darse cuenta. Y a medida que el vehículo reduce la velocidad, veo por qué.

Adelante, alrededor de las grandes rejas extravagantes de hierro forjado, hay unas doce personas agrupadas sujetando carteles hechos de cartulina. Y aunque la temperatura es más que helada, están preparados con abrigos y gorros, y todos llevan una bufanda envuelta alrededor de la mitad inferior del rostro, de modo que solo sus ojos son visibles.

Nuestro vehículo detiene la marcha y el grupo gira hacia nosotros, sacudiendo los carteles en el aire. Parecen hechos a mano, tienen distintas tipografías y colores, pero todos comparten el sentimiento.

ABOLICIÓN DE LA MONARQUÍA YA

NO MÁS PARÁSITOS

REBÉLENSE CONTRA LA REALEZA

Nerviosa, me aparto de Maisie y vuelvo a mi sitio.

–¿Esto es normal? –pregunto, intentando fingir que el dejo de temor en mi voz siempre ha estado allí.

–No –dice Maisie con calma y en el asiento del copiloto, nuestro guardaespaldas habla en voz baja en su teléfono, girando la cabeza para evaluar al grupo.

–Hay seguridad adicional en camino –dice él por encima del hombro, mirándonos a Maisie y a mí por un hueco entre los asientos. Pero no nos consuela mucho mientras los manifestantes nos rodean, sus rostros casi ocultos están a centímetros de los nuestros y separados solo por el vidrio.

Sin embargo, ninguno de ellos grita o nos insulta. Solo nos miran a través de las ventanillas y mientras los segundos pasan, siento que Maisie toma mi mano.

–No los mires –susurra. Y aunque todo en mí quiere, necesita,