Escapando del destino - David Galiano - E-Book

Escapando del destino E-Book

David Galiano

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Beschreibung

El texto narra la vida de un joven, que es testigo de una sucesión de calamidades que, por mucho que evite, acaban encontrándole. Un relato épico, que evoca a un frenesí de ráfagas de mala fortuna y buena suerte, que, muchos tildarían de destino. El estancamiento tempo-espacial no es para nada una cualidad descriptiva de esta historia. Prepararos para una aventura sin precedentes. Llena de argucias, amor, odio, desengaños, guerra, paradojas, misterio…Un viaje para la mente y el alma.

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Seitenzahl: 273

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Escapando del destino

David Galiano

ISBN: 978-84-19445-03-2

1ª edición, marzo de 2022.

Portada y edición eletrónica: Alex Damaceno

Editorial Autografía

Calle de las Camèlies 109, 08024 Barcelona

www.autografia.es

Reservados todos los derechos.

Está prohibida la reproducción de este libro con fines comerciales sin el permiso de los autores y de la Editorial Autografía.

Índice

Agradecimientos

Primera parte:

LA MILLA AMARILLA

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

Segunda parte:

El Paso del Errante

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

Cerrar el círculo

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

Agradecimientos

Dedico este libro a mi Abuelo y Abuela, por haber pasado una parte de mi infancia con ellos, y a causa de mis peripecias infantiles, haber desarrollado una dramática sed de aventuras. A mis padres, por haber jugado un papel tan importante en mi educación y apoyarme en todo lo que fuere necesario. A mi familia en general, por estar ahí y formar parte de mi vida. A mi esposa Marta, por ser la persona más excepcional que conozco en todos los aspectos, por brindarme su apoyo y cariño, y que sin ella este proyecto no hubiera visto la luz. A mi hija Maia, por su amor incondicional. A mi otra hija (no nacida) Marihanna, por haber pertenecido a nuestro humilde circulo fugazmente. Pensamos en ti. A mis amigos y conocidos, humanos y animales, y a todo aquel que ha tenido contacto conmigo alguna vez, aunque haya sido una mera formalidad precoz. No siempre soy una persona fácil de digerir. Gracias por vuestra paciencia. Agradecimientos a la Editorial Autografía, por hacer posible este proyecto. Y especialmente gracias a ti, querido lector, por adquirir este ejemplar y aportar un granito de arena en la vida de un soñador. Espero que, las próximas páginas, te evoquen algún sentimiento entrañable. No tenemos porqué estar de acuerdo con el desarrollo de la trama, pero sí disfrutar de este viaje juntos, donde quiera que estés. Gracias.

Primera parte:

LA MILLA AMARILLA

I

“Aquel que oyó el golpe y no vió la mano,

atribuyó la victoria al que gozaba tan

orgulloso y ofano” - Antonio Galiano

Jamás habrás oído nada igual. Cinco palabras que pueden expresarlo todo y nada. En nuestro caso, cambiaron la vida de personas unidas por el azar, la desgracia o ambos.

La historia comienza en una remota localidad pedregosa, sumida siempre en una neblina espesa, rodeada de altas montañas y playas rocosas. Una mujer, su criatura, un acantilado y la clara noche de luna llena que auguraba el peor destino para aquel infeliz. Cada pizca de humedad, cada ráfaga de brisa amenazaba con arrebatar la vida, todo parecía estar escrito.

Ella sopesaba si merecía la pena sufrir tanto por algo tan nimio. Era suyo, ella lo creó y ella lo podía destruir. Sabía con certeza que, si lo hacía, no sobreviviría, y que no habría marcha atrás. Se acercaba el invierno y apenas conciliaba el sueño por la escasez de víveres. Otra boca más que alimentar. Una alimaña que berrearía por todo a cambio de un pedazo. Tenía sus ojos. Un marrón oscuro que fundía el límite entre pupila e iris. ¿Por qué sufrir?

Regresó a su cabaña encogida. No le satisfizo su decisión, pero la tomó. Un recuerdo de ese parto tan difícil fue lo que hizo que se decidiera. Las comadronas la sujetaban con fuerza. Ninguna de ellas se atrevía a soltarla por si recibían un golpe gratuito. Ella se retorcía y gritaba revelando considerablemente todas las venas y arterias faciales. La sangre iba en aumento. El dulce temblor de un candelabro otorgaba a aquella escena un aspecto tétrico. El único hombre en la sala, quizás el más acobardado también, lucía una cara de circunstancias. Se acercó a la mujer con la que había yacido y le preguntó:

- ¿Qué vamos a hacer?

Ambos se miraron sin saber que responder. Aquella pregunta apaciguó los gritos. La incertidumbre era un factor que no se podían permitir en aquella época tan adversa. Aquella pregunta lo cambió todo.

Ese amargo recuerdo fue el que liberó a la mujer del dilema que podía generar una inflexión tal en su vida, como la de sus conocidos. Al llegar al porche de madera, se desprendió del trapo que había utilizado para envolver la criatura. Ya era tarde.

†††††††††††††††††††††††

- Ethel hija, no te pongas de pie encima del tolete, que lo romperás. Ya no eres una niña.

- Lo siente, padre. Ethel procurará que no ocurra de nuevo. Sabes bien como es.

- A Grodbud no le preocupa cómo eres, le preocupa como serás. El hace lo que puede por tu educación. Sin la ayuda de mamá es todo mucho más… (berridos y sollozos cortados).

- ¿Oyes eso padre?

- Parece como… ¡proviene de las rocas! Agarra los remos.

El hombre se lanzó al agua, no sin antes remangarse la camisa. Saltó olvidando la captura, un impulso le obligó a actuar quizá por un sentimiento de moralidad. Quizás el azar.

†††††††††††††††††††††††

- ¡Oraclio le advirtió! Aun así, no le escuchó…maldita sea…

Adonis abordó el palacete principal golpeando con el hombro un soporte de madera cuya cima sostenía un jarrón engarzado. Este se tambaleó hasta desequilibrarse por completo y precipitó, haciendo estremecer a todo aquel que se desplazase por allí en ese momento. Pero Adonis fue rápido y lo cazó al vuelo. Lo colocó medianamente.

- Encima, ¡ESO! – exclamó alterado.

Todo el mundo que bien le conociese, se preciaba de abstenerse a hablarle cuando se hallaba de un humor revuelto. Con cada paso avanzaba metro y medio y las brazadas facilitaban que con ritmo tan frenético no se cayera de espaldas. Llegó jadeando al claustro empujando con ambas manos el doble pórtico y cerró con llave tras de él.

- ¡Doce! ¡Doce permisos! No uno, ni dos, ni tres…sino ¡DOCE! – gritó para sí.

Agarró plumín y el tintero bruscamente, vertiendo unas pocas gotas en el adoquín.

- Hanc scedulam signavit ... (Este documento acredita al solicitante…)

Jamás había realizado tal proeza, así que se puso manos a la obra, pues su ser era presa del pánico. No quería parecer débil. No para el abad. Y menos después de la última vez.

El chasquido metálico del cerrojo oxidado inundó la sala al abrirse. Este, separaba Adonis del exterior.

- ¿Pero a quién tenemos aquí?

- ¡Zeus, malnacido-hijo-de-perra! ¡¿Cómo te atreves a entrometerte?! – pronunció mientras soltaba el plumín asqueado y se giraba. – ¡Sabías lo que se jugaba con esto!

- Siiiiii, déjame decirte algo Adonisín. Tú y tu gente estáis condenados al fracaso. – Dijo Zeus con retintín.

- Él sabe que has vertido tus sucias mentiras al rector. Pero ese favor te costará caro. Tienes suerte de que el abad se la tenga jurada, pero ten por seguro que Adonis y Zeus se verán las caras algún día. – puntualizó Adonis con desdén.

- No me hagas reír. Ya tuviste tu oportunidad y, creo recordar que no saliste muy bien parado. Pero tranquilo mi preciado zoquete, soy un ser compasivo y quizás te vuelva a brindar otra oportunidad… Pero por el momento, seré tu lacra más odiada. – Concluyó abocando el tintero sobre los permisos.

Del sobresalto Adonis se abalanzó sobre Zeus y le agarró del cuello de la túnica con gestoamenazante.

- ¡¡A-DO-NIS!! – Dijo el abad irrumpiendo oportunamente.

Ambos volvieron la cabeza hacia él y Adonis tragó saliva.

II

“Ahora es la hora y la hora es ahora”. – Maestro Jocho.

Grodbud subió al bote costoso por sus ropajes mojados. A cada segundo que pasaba empalidecía más y más. Llevaba algo consigo, un bulto de un color entre rosado y rojizo. Ethel se sorprendió al comprobar que se trataba de un bebe. ¿Cómo habría llegado ahí? ¿Cómo había podido sobrevivir a la mar? Algo más que el azar sonreía a ese recién nacido, cuyo cometido aún seria incierto para todos.

- ¿No es precioso? – Dijo Grodbud.

- Si, lo es ehp…pe… pero ¿cómo? – titubeó Ethel.

- No lo sabe hija. Pero le parece una criatura preciosa.

- ¿Qué deberíais hacer?

- Se lo quedarán. No lo puede dejar aquí al antojo de la mar.

- Ya, pe…pero…

- Ha dicho. – Interrumpió Grodbud.

- Si padre. – Asintió Ethel sosteniendo al nuevo nato. – ¿Cómo le llamaréis?

- Adonis, el más bello de los hombres. – Sostuvo Grodbud con una sonrisa que le abarcaba toda la faz.

†††††††††††††††††††††††

- ¿A dónde vas? – inquirió Zeus.

- ¡Ah! ¿Ahora te preocupas por él? Gracias a ti nos ha expulsado del convento. Felicidades Zeus! Te has superado. – soltó Adonis colgándose el petate recién anudado al hombro.

Ambos caminaban cuesta abajo hacia el pueblo, descendiendo la ladera enfangada sin ánimos.

- ¡Claro! ¡Cúlpame! ¡Ahora todo el mérito es mío Adonisín! – Criticó Zeus.

- No le llames así. ¡Su nombre es Adonis! – Corrigió irritado.

- Lo que tú digas Adonisín…

Adonis iba tres metros por delante, suspirando por tener que aguantar tan pesada carga a la espalda, junto con el deshilachado petate.

- A propósito zoquete, ¿acaso tienes a dónde ir? ¿Pretendes que algún granjero te ofrezca la alcoba de su burra para que una escoria cómo tú pretenda por las noches a su hijita adolescente? O mejor dicho intentes…porque por lo visto, dudo que hasta la burra acceda a dormir contigo…

- ¡¡¡Le tienes HARTO!!! – Gritó Adonis mientras soltaba su bolsa.

Adonis se lanzó de bruces contra Zeus, ambos cayeron al frío barro. Rodaron unos metros golpeándose mutuamente, propiciando a cada golpe el mayor daño posible. Las gentes de allí se arremolinaron a su alrededor, abucheando y gritando, exigiendo más escaramuza. En uno de los revuelcos, los dos alzaron la mirada del suelo. Boca abajo atisbaron una hermosa muchacha rubia, con cara inflexible. Se asombraron de tal maravilla y se enzarzaron más arduamente en la batalla.

- ¡¡BASTA!!¡¿Que significa esta barbarie?! - Se escuchó de entre el público.

Todos se echaron atrás, e hicieron absoluto silencio. Un hombre con armadura cromada de los pies al cuello, montado en un caballo de guerra, de unos dos metros desde la pezuña a la cruz se adelantó. Adonis y Zeus se soltaron y se separaron.

- La ley estipula que cualquier acción en contra del orden público será sancionada – dijo con tono solemne – y en estos lares yo soy la ley. Desgraciadamente para vosotros dos, dichas normas no eximen a los monjes. ¡A los cepos!

La multitud se les echó encima, los arrastraron a un pedestal con dos cepos contiguos. El pavimento rezumaba a podrido, resultado de las hortalizas lanzadas a modo de vergüenza a los presos. Dicha zona no se higienizaba en absoluto, por lo que hacía más desagradable su estancia. El cepo les mantenía cabizbajos y encorvados. Al cerrar el candado el público les abucheó y les empezaron a lanzar hortalizas y frutas podridas. Los tomates abundaban, que con ese hedor tan nauseabundo obligaba a los ahí presentes a taparse las fosas nasales con un pedazo de ropa. A Adonis y Zeus no les quedaba más remedio que soportar cómo las pepitas se les colaban por los parpados y los jugos se resbalaban por sus rostros ennegrecidos por el barro. Allí descubrieron lo doloroso que resulta un tomate lanzado con malicia, más aún los preferían a las patatas que, pese a tener una textura más reblandecida, al golpear recuperaba la tensión de su madurez. Ambos escupieron los pedazos restantes, las arcadas fueron liberadas con desasosiego, no les venía de ahí.

Cuando los festejos terminaron, las aves se concentraron en la zona, picoteándolo todo, incluidos ellos dos. Sus cabellos olían a comida. Se posaron decenas sobre sus cabezas y los cepos. Al ponerse el sol la temperatura bajaba y bajaba, aniquilando las polillas que revoloteaban el ambiente. El frío las congelaba y caían adormiladas, sumiéndose en un sueño eterno. Las ropas de los muchachos seguían mojadas del zumo natural con el que habían sido rociados. Zeus rompió el silencio:

- En cu…cuant…ttt…to salga de a..quiqui piensso festtt…tejar a la much…ch…chacha del m..mercadd..do.

- N…ni lo sueñ…ñes lum…bre…raas. No tt…te mm…mereces t…tal belleza. Seg..guro que ni t…tt…te fijass…te en los ojj…jos esmeral…da más bb…bonn…nitos que ti…tiene.

- ¿Es qu..que ahora eres p…poet…ta? ¡¿Qu..que no m…me la merezco?!...ssS…¡Soy Zeus!

Oportunidades del destino, la muchacha se plantó delante de los cepos, con la misma cara inexpresiva.

- ¿Por qué os peleabais?

Zeus y Adonis se miraron.

- ¿Entendéis mi idiomaaa? – dijo con tono impertinente.

- sS…Sí! – dijeron ambos.

- Es que me he qu…quedado anonadado p…por esos ojos esm…meralda más bonitos. – se aprovechó Zeus.

Adonis lo miró incrédulo y se arrepintió de haberle mencionado ese detalle de la muchacha. Todavía seguía perplejo. Maravillado por la hermosura de esa criatura de piel blanquecina.

- ¡Eso se lo ha dicho él! – afirmó crispado.

- Dadme un motivo de peso, y os perdonaré la vida. – Inquirió la muchacha con confianza.

- ¿Cómo pensáis liberarnos? – musitó Zeus entre tartamudeos.

- Resulta que soy la hija del Rey y capitán de los ejércitos de la espada de la verdad, Craig, el mismo que os encerró a ambos.

- ¡¡Una princesa!! – pronunciaron Adonis y Zeus a la par.

- Pero…

- Lo sabía…- cortó Adonis. Ella lo miró seriamente.

- Debéis convencerme de que no elegiré mal. – Condicionó la princesa.

- ¿Cómo os llamáis alteza? – preguntó Zeus.

- Venus. – puntualizó sonrojándose.

- Él tiene buen corazón – dijo Adonis armándose de valor.

- ¡Exacto! Lo tengo. Y aparte otras muchas cualidades…

- ¡¡No!! Él se refiere a Adonis. Él jamás la miraría cómo algo vano.

- Te miraría mientras te das un baño. – cortó Zeus.

- Él la trataría como se merece.

- Te trataría como a su familia…la abandonó.

- ¡Mentiras! – se dirigió de nuevo a Venus – Él le haría compañía en adversidades venideras.

- Este zoquete es un cobarde. Y además es un naranja… - acusó Zeus.

Adonis abrió los ojos patidifuso, pues no creía lo que acababa de oír. Por desgracia para él, la sociedad estaba dividida en dos ideologías diferenciadas. Los verdes y los naranjas. Ambos sacados de contexto podían comprometerte hasta el punto de la encarcelación o la horca.

- Aunque lamente decirlo…me has convencido plebeyo. – Dijo entre sonrisas Venus. – la buena noticia para ti – dijo refiriéndose a Zeus – es que serás liberado. La mala para ti – encarándose a Adonis – es que ambos debéis desaparecer…

Esas palabras estremecieron el sincero corazón de Adonis, temiendo que ese pueda ser su último día. Por desgracia para él, no fue así. Vaciló al abrir un ojo. La luz cegadora del amanecer diezmaba su pupila. Su boca pastosa apenas le permitía separar los labios. Le fascinó averiguar que ya no estaba de rodillas, sin embargo, seguía maniatado, y un dolor punzante le remitía en las costillas al rebotar encima de la hebilla de una alforja. Se encontraba siendo transportado cual saco de patatas en una montura equina. El rechinar del corcel que lo transportaba devolvió el sentido a aquel pobre infeliz, que una vez más el azar deparaba un camino incierto, terrible.

En un bache del camino, Adonis se golpeó la mandíbula con sus antebrazos, que caían faltos de fuerzas por delante de su cabeza. Ello hizo que se mordiera la lengua, y que recordase amargamente la contusión que recibió aquella noche, al conocer a su perdición. Levanto la mirada como pudo. Cuatro jinetes avanzaban a la par, volvió la cabeza, y descubrió decepcionado que dos más guardaban la retaguardia. No reconocía aquel indómito paraje. Rocas, hierbas, cotos bajos y ni una sola cabaña.

Una bandada de pájaros salió pavorida de detrás de unos árboles, se hizo un silencio. La caravana se detuvo y contuvo la respiración. Los caballos se pusieron nerviosos bramando y desplazándose lateralmente. Los captores miraron alrededor en busca del causante de aquel desconcierto. Un ruido como de corteza de roble partiéndose mantuvo a la espera al grupo. El primer jinete se desplomó con una piedra incrustada en la sien. En ese momento los demás captores llevaron su mano derecha a la cincha de su montura, donde transportaban su espada. No les dio tiempo a desenfundar. Mucho antes una lluvia de piedras roció el espació despojando de cualquier idea mejor que la de cubrirse la cara. Una veintena de hombres se oyeron aullar, descontrolados por el clamor de la batalla. Asomaron corriendo ladera abajo desde ambos flancos. Un adusto escalofrío recorrió la nuca de Adonis. A su caballo lo alcanzó una roca en el muslo, echo que propició la huida irracional del animal. Adonis se agarró fuerte a la cincha, pues es lo que más fácilmente alcanzaba.

- ¡El preso! ¡TRAS ÉL! – gritó uno de los captores a otro de rango menor.

Este se abrió paso entre la multitud ahí generada en apenas unos segundos. Consiguió despistar a los atacantes, adentrándose en un bosquecillo por el que había desaparecido la montura del preso.

Adonis sentía que con cada paso del animal se le quebraba el alma. Procuró contener la respiración y en una curva se soltó y rodó unos metros hasta por suerte guarecerse en unos matojos. El jinete no lo vio caer, por lo que siguió el rastro del caballo adentrándose en las sombras y los follajes. Cuando su perseguidor hubo pasado, se levantó y corrió en la bisectriz entre el asalto y la dirección que tomó su caballo. Seguía maniatado, pero corría con todas sus fuerzas. Al cabo de unos metros aminoró el ritmo, pues le faltaba el aire. Se fijó en un árbol, apartado de los demás. Ni siquiera se hubiese inmutado si hubiese estado al borde del camino donde los asaltaron. Parecía distinto, más brillante. Anduvo hacia él dos pasos. Paró. Inspiró y prosiguió hacia el árbol, no sin antes percatarse de que las hojas se movieron. Todo a su alrededor se desenfocó y se desplomó.

†††††††††††††††††††††††

Otra vez la oscuridad lo rodeaba, un ardor infernal le abatía el pecho. La bóveda de aquella sala parecía de piedra, aunque no estaba seguro pues sus ojos no se habían acostumbrado a la oscuridad reinante. Intentó incorporarse, pero apenas pudo alzar la barbilla.

- ¿Pero qué…? – Alcanzó a ver que una brida de cuero le bloqueaba el torso. También observó que alguien se había tomado la molestia de rodearle el pecho con unas vendas.

- Eso amigo mío… - dijo un extraño desde las sombras sobresaltando a Adonis. - …es para que no te hieras a ti mismo.

- Él no va a dañarse – dijo Adonis enfadado. - ¿Por qué iba a hacerlo?

El desconocido suspiró, a la vez que rompía y lanzaba una ramita al fuego, luego se levantó y se acercó donde yacía Adonis.

- Tienes una costilla hecha papilla. Es como si antes de ayer hubieses sido aplastado por cien cabezas de ganado y todos ellos te pisaran en el mismo sitio…

- Espera… ¿antes de ayer has dicho? – recapituló Adonis incrédulo.

- Tengo curiosidad… ¿cómo te hiciste lo que sea que te has hecho en el pecho?

- Primero vuestro nombre. – exigió Adonis despectivamente.

- Yo soy Sigfrid Xerox, pero puedes llamarme Six. Y tu amigo eres un tipo con suerte…

Dicho comentario causó una repentina risilla en Adonis, puesto que él no consideraba que aquello pudiera llamarse suerte.

- En menos de cinco noches, le han expulsado de su orden, se ha peleado, ha sido arrestado, le han abatido de un golpe en la testa, ha sido exiliado, le han asaltado y por no mencionar que ha permanecido DOS días inconsciente porque un caballo desbocado le ha triturado una costilla al galopar. ¡Sí! Él se siente afortunado. – Finalizó Adonis irónico.

- Jajajaja… - Se rió Six – me caes biennnn…

- Adonis – reveló tímidamente.

- No te apures Adonis, aquí estas a salvo de esos soldados cromados.

- Y aquí es…

- ¡La Hermandad! – aclamó Six entusiasmado – el hogar de los desamparados y los revolucionarios. Actualmente residimos en estas cavernas del norte. Créeme, mucho mejor que el cenagal meridional – hizo una pausa – allí las ratas eran mucho más escurridizas…

- Entiendo…

- ¡Era una broma hombre! Nos alimentamos decentemente. Tenemos tres cazadores activos. Cada uno de ellos nos suministran dos bestias por día. Quizás algún día los conozcas. Aquí todos tenemos una función, hay que estar alerta. No hay nadie imprescindible. Cuando te recuperes, pronto espero, tú también tendrás que escoger una función.

- ¿Voy a trabajar para vosotros? – preguntó Adonis.

- Eres un penitenciario por así decirlo. Hasta que no te conozcamos mejor, no sabremos porque acabaste aquí y así. No te lo tomes como algo personal. Simplemente es supervivencia. Por ahora, olvídate de obligaciones y procura descansar.

Adonis ladeó la cabeza para observar el fuego. Se oía el crujir de las ramas secas. El calor se disipaba lentamente. Agotado, fue cerrando los párpados al son de los murmullos de la noche.

III

“…sea una especie de destino o fatalidad, o al azar, sea que quieren que es cómo es por una sucesión continua y una cadena de cosas, lo cierto es que contra menos poderoso sea el autor de su origen, más probable será que es tan imperfecto que puede equivocarse siempre.” – René Descartes

El arroyo maduraba imparable, bordeando las grandes rocas, pasando por debajo de aquellas que se le antojaba. Cada gota era puro azar, su dirección era tan incierta cómo fascinante. La humedad del musgo se palpaba en el aire. La corteza esponjosa por el vapor de agua rezumaba savia. Bancos de mosquitas blancas revoloteaban en conjunto, otorgando a los caballos un tentempié. El cielo aguardaba cual animalillo acorralado, esperando cualquier cambio para desatar su furia.

Un pie se descalzó de su estribo, permitiendo ver unas botas curtidas en cuero marrón, pantalones bombachos y casaca de pelo de animal cruzada. Adonis no se quejaba de sus nuevos ropajes. Ofrecían resistencia al frío invernal. No obstante, tenía una espinilla clavada en su mente. Su sino no debía ser el de atracar caravanas de ricachones verdes en medio del bosque. El motivo por el que aún seguía ahí era porque sentía debilidad por aquella gente, la misma que le habían acogido y ofrecido su lecho y sus alimentos. Sin embargo, su mente ya profería imágenes de posibles fugas a un nuevo mundo. A veces, en la inmensidad de aquel espesor vegetal, recordaba su propio pasado.

†††††††††††††††††††††††

Era rápido. Aquel conejo se le escabullía como si la cosa no fuera con él. Este, se coló por una brecha en el murete que bordeaba la finca de su familia. Adonis fue tras él. Por aquel entonces no le temía a casi nada. Todo le era nuevo y desconocido. Su locomoción era lenta y torpe, incluso en carrera, donde lograba erguirse vacilante y caminar de forma bípeda. El animalillo optaba por alejarse de aquella cría de humano, más por precaución que por miedo. Aun así aprovechaba para recoger algunos hierbajos y masticarlos observando como su perseguidor experimentaba sus primeras sensaciones de adrenalina.

- ¡TÁ! – propuso Adonis.

De repente, unos ruidos inquietantes surgieron tras de él. Se oyeron voces. Luego un estruendo, y gritos. Adonis no entendía. Tenía que escoger entre la apasionante aventura que tenía entre manos, o resolver aquella sensación de desamparo que le avecinaba entonces. El conejo aprovecho el dilema de la criatura para desaparecer. Inició decidido, su marcha al hogar. Gateando esta vez…

†††††††††††††††††††††††

Aquellas curvas le volvían loco. Intentaba imaginar de qué color llevaría la ropa interior ese día. Por desgracia para sus intereses, una falda larga de color gris ocultaba totalmente el botín. Quizás por eso le agradaba tanto, y le incitaba a pecar. Se acercó con sigilo, comprobando que nadie más podía verle. Era consciente del peligro, pero la recompensa bien lo merecía. Una vez detrás, la muchacha se dio cuenta de su presencia, y esbozó una sonrisa de complicidad muy fugaz, porque tenía presente sus obligaciones, que no eran pocas.

- Disculpe príncipe Zeus, no repare en su presencia. – dijo Frey sonrojándose mientras seguía amasando el hojaldre. – ¿Que puedo ofrecerle?

Zeus deslizó su mano por sus glúteos, levantando lentamente el faldón. Rodeó a Frey con la otra mano, cruzándose con la de ella.

- Qué me podrías ofrecer de nuevo, dirás… - corrigió Zeus satisfecho, rodeando esta vez la copa del pecho de la muchacha. El tacto esponjoso de su seno causó el incremento sanguíneo en su sexualidad, que se arrimó con dureza en las caderas de ella. – Los días en palacio son aburridos y monótonos. Por otra parte, padezco de un estrés punzante en mi falo real.

Al notar como su virilidad le presionaba sus nalgas, Frey se ruborizó más aún, soltando involuntariamente el aliento, excitada. Él le permitió liberarse y ella se dio la vuelta animada.

- Tal vez yo pueda aliviarle, sosegándole dicho ardor… - dijo Frey descendiendo hipnotizada por la situación. Desabrochó hábilmente sus vestiduras ribeteadas, profiriendo tiernos besos a su paso. - …con otra serie de caricias orales…

†††††††††††††††††††††††

- ¡Hodr! – aulló Zeus desde la antesala a su segundo. Entró a la estancia empujando a los soldados que apostados en las puertas le abrían el camino desde dentro. Estos cayeron al suelo causando un retumbar metálico. – Recuérdame que proponga una orden de ejecución en contra del jardinero. – Se colocó una capa teñida de marfil, encima de la toga. – Tiene un pésimo gusto para la poda de exteriores…

- Sí mi señor, claro señor…- asintió Hodr colocándole la camisa por dentro de los pantalones.

- Mueve a esas pánfilas de la limpieza a la cocina del ala oeste. Exige que se viertan un quintal de pescado crudo…- se arregló el pelo con la mano, intentando no ruborizarse demasiado.

- ¿Pescado señor?

- Sí, ya sabes, esas criaturas de agua, con escamas y aletas. Cualquier especie me sirve. Sardinas, lenguados…Hay una plaga de ratas en esa cocina. Para acabar con ellas hay que inundar la sala con pescado crudo y dejarlo reposar unas horas. Las ratas no soportan el hedor del pescado podrido y huirán.

- Entiendo señor…es curioso el infortunio que hemos tenido con el ala oeste…primero las chinches, luego las ranas…ahora las ratas…

- No compares las chinches con las ratas ¡zoquete! – contestó Zeus irritado. - …es más fácil de lidiar con las chinches…

- Lamento mi ignorancia señor…permítame secarle el sudor señor – dijo el criado acercándole su manga a la comisura del labio.

- ¿Eh? ¡Ah! Sí, el sudor. ¿Hace calor no es así?

Zeus entró en el comedor real atándose por el camino la capa cuyos enganches se hallaban en los hombros.

- ¡Hola padre! ¿Qué buenas nuevas tenemos hoy?

- ¿Buenas? ¡Hah! ¿Por qué me he enterado de que vuelven a diezmar nuestra ala oeste con otra plaga inexplicable? Si palacio estuviese a tu cargo sería el acabose para el reino. ¡Estos muros son menos seguros que nuestras costas! Sigo sin entender la misericordia que empujó a mi querida hija a salvarte el pescuezo, y el valor que tuvo en contraer matrimonio contigo…En resumen, no puedo matarte porque le destrozaría el corazón, pero irás con la patrulla de los verdes. A ver si así puedo librarme de ti por un tiempo.

- Pe…pero si yo no…

- ¿Contradecís mi decreto? – acuso Craig arqueando una ceja.

- Yo…yo... - Zeus suspiró – no padre…

†††††††††††††††††††††††

Unos meses le separaban de aquel traqueteo equino, y su costilla estaba prácticamente soldada. Sin embargo, el dolor le remitía al tomar aire profundamente. Desato el ronzal de su caballo, permitiéndole pastar mientras él repasaba una a una las trampas que colocó la noche anterior.

El sendero era estrecho y espinoso, mas eso no impidió que su montura encontrase hierba tierna entre el brezo. Adonis se aproximó a un árbol el cual había marcado con una navaja en la corteza. Acarició la madera apreciando como la sabia se había solidificado otorgándole un color cobrizo. Pronto encontraría la primera trampa. Anduvo unos metros más deseando haber cazado algo. Y desde luego que ese “algo” no hubiese atraído con sus alaridos a los carroñeros. El sedal estaba tenso. ¡Premio! Una zarigüeya moteada moraba tumbada en el barro. Intentando escapar se había enredado con la cuerda y se había ahogado. La desató con cuidado de no dañar su presa. Adonis introdujo la pieza en su bandolera y fue en busca de la segunda trampa. Así prosiguió con éxito en las primeras treinta y cuatro trampas, hasta que halló en la trigésimo quinta un conejo similar al que perseguía de pequeño. Su presencia le sorprendió. Seguía vivo, a pesar de las magulladuras. Adonis se acercó al pavorido animal lentamente, procurando no sobresaltarlo demasiado y matarlo de un infarto. El roedor no le quitaba la mirada de encima, precavido. Adonis acortó todavía más las distancias llegándose a reflejar en sus ojos. Aflojó el sedal compasivo. Prefería ver cómo se desvanecía nuevamente entre la maleza. El conejo vaciló unos segundos y finalmente echó a correr sin mirar atrás.

Six reveló su escondrijo apareciendo por un árbol detrás de Adonis. Él se dio cuenta de que había visto cómo liberaba el animal.

- No podemos vivir en el pasado chico. – dijo pausado.

- Quizás tengas razón…pero aun así tengo la sensación de que algo no ha quedado del todo resuelto.

- No quedará resuelto hasta que tú no decidas que lo está…

Adonis se lo miró un instante y asintió agradeciendo el consejo. No podía evitar ver reflejado en Six una figura paternal.

- Volvamos al campamento – dijo Six rodeando con el brazo a Adonis.

IV

Como ola inmóvil

Desidia, rozas mi alma

Ahí no pesa. –

Haiku de la pereza

- Si hay algo que agradezco es no tener que aguantar más a la mojigata esa de Venus. De haberlo sabido hubiere preferido que se la quedase ese infeliz de Adonis “el bonachón”. – Dijo Zeus encolerizado por la decisión del rey.

- No debería ir diciendo esas cosas por palacio mi señor. Ya tendrá tiempo de maldecir durante las caballerizas.

- Yo solo espero que nuestro queridísimo rey Craig caiga enfermo durante mi ausencia, el invierno de por aquí es duro. Así a mi vuelta la cegata de su hija será reina, y en cuanto me transfiera todos los poderes reales, ordenaré su inmediata ejecución.

- Baje el tono mi señor…no son muy bien vistas las conspiraciones contra el trono mi señor…

- ¡Bobadas!

Zeus avasalló el bastión principal con su corcel de raza, dirección al portón elevadizo. Después de unos momentos de resoplidos incesantes por parte de él, mientras los soldados se esforzaban por bajar la compuerta lo más deprisa posible, abandonó el castillo con premura, gritando y golpeando con los estribos a su montura para obtener más rapidez.

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¿Cómo sesgar los designios del sino? ¿Cómo contener la fuerza de la adversidad cuando los medios no son oportunos ni suficientes? Estas son algunas de las preguntas que atravesaban fugazmente los pensamientos de Adonis. Él y Six se hallaban en su tienda. Habían entablado una amistad férrea desde su encuentro. Los dos camaradas comentaban lo sucedido e intimaban ligeramente sus secretos más recónditos.

- ¿Cómo abandona algo que está ligado a su ser? – preguntó Adonis esperando que su amigo le profiriese una respuesta clara.

- Hay veces que solo puedes mitigarlo, más debes hacerlo puesto que tu comportamiento no será sino una inercia del error.

Adonis no consiguió descifrar que significaba aquel enunciado, de modo que cambió de tema.

- ¿Qué te sucedió a ti Six? ¿Cómo terminaste aquí?

- Eso no tiene importancia ya…Yo pagué por mis errores, y mis seres queridos también…Sólo te pido que recuerdes esto: “Una mano lava a la otra, y las dos limpian la cara”.

La mente de Adonis empezó a dar muestras de cansancio, forzándole a bostezar. Tanta profundidad lingüística le colapsó. Se despidió de su colega y abandonó la tienda con intenciones de irse a dormir. Al atravesar la cortina de tela titubeó paralizado al observar como una luz naranja y flamígera se extendía por el campamento.

- ¡¡¡NOS ATACAAAAN!!! – gritó medio ahogado un soldado, despertando así a las tiendas colindantes y activando los capilares cutáneos del brazo y cuello de Adonis obligándolos a erguirle el bello.

- ¡Six!

- Lo he oído – dijo saliendo de la tienda medio ebrio.

Ambos salieron corriendo conscientes del peligro. Algo no iba nada bien. Nunca habían encontrado el escondite de la Hermandad.

- Suelta a los caballos y guarda dos…

- Pe…pero los hermanos…

- Si los establos arden, no habrá caballos para nadie.