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1938. El Dr. Ho Fengshan, cónsul general de China, es destinado a Viena junto a su esposa estadounidense, Grace. Tímida e incómoda con las obligaciones sociales, Grace se siente como una forastera en una ciudad que comienza a sucumbir al control nazi. Contra las instrucciones de su esposo de mantener relaciones amistosas con el Tercer Reich y evitar cualquier asociación con judíos, Grace encuentra en su profesora de alemán, Lola Schnitzler, su primera amiga verdadera. Desafiando las órdenes del Dr. Ho, Grace sigue viendo a Lola en secreto. La situación se vuelve crítica cuando la familia de Lola sufre una brutal golpiza. En un acto de valentía, el Dr. Ho decide firmarles visas para Shanghái. A medida que la violencia contra los judíos se intensifica, el Dr. Ho se enfrenta a la difícil tarea de emitir miles de visas más para ayudar a los judíos a escapar de Viena antes de que sean deportados a los campos de concentración, de donde difícilmente saldrán con vida. Basada en una historia real extraordinaria, Escape de Viena narra los riesgos asumidos por almas valientes, y el amor y la amistad que construyeron y perdieron en su lucha contra un mal incalculable.
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Seitenzahl: 518
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Título original: Night Angels
Edición original: Amazon Publishing Esta edición ha sido posible gracias a Amazon Publishing, www.apub.com, en colaboración con Sandra Bruna Agencia Literaria.
© 2023 Weina Dai Randel
© 2024 Trini Vergara Ediciones
www.trinivergaraediciones.com
© 2024 Vidis Histórica
www.vidishistorica.com
España · México · Argentina
ISBN: 978-84-19767-31-8
Este libro está dedicado al doctor Ho Fengshan,a su familia y a todos los ángeles en Viena y más allá.
Portadilla
Legales
Dedicatoria
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Capítulo 49
Capítulo 50
Capítulo 51
Capítulo 52
Capítulo 53
Capítulo 54
Capítulo 55
Capítulo 56
Capítulo 57
Capítulo 58
Capítulo 59
Capítulo 60
Capítulo 61
Capítulo 62
Capítulo 63
Capítulo 64
Capítulo 65
Capítulo 66
Capítulo 67
Capítulo 68
Capítulo 69
Capítulo 70
Nota de la autora
Lecturas complementarias
Nota del editor sobre Adolf Eichmann
Novelas Históricas en Vidis
Weina Dai Randel
Manifiesto Vidis
Viena, mayo de 1938
A los ricos y los poderosos los arrestaban, a los prominentes y los talentosos los acosaban, y los hábiles y los trabajadores eran víctimas de ataques. Los hombres huían y los zapatos retumbaban en los pasillos; los hombres se estremecían y los fusiles se les clavaban en la espalda; los hombres gemían y se les partía el cráneo sobre los adoquines.
En la oscuridad de la noche, cientos de miles de personas, los desilusionados, los deshumanizados, los desesperados buscaban una manera de salir de Viena.
GRACE
Cuando conocí a Lola, no fue del todo decisión mía, pues si hubiera dependido de mí, no habría apostado por ella. Pero muchas cosas no dependían de mí, como las cenas oficiales que duraban cinco horas o las fiestas extravagantes organizadas por la familia real de los Habsburgo o los bailes en los grandes salones atestados de funcionarios de alto rango con uniformes ribeteados en oro y duquesas con tiaras de diamantes, o incluso Viena.
Era finales de mayo, otra tarde larga: los rayos esporádicos de un sol pálido ondulaban sobre la ancha extensión de la Ringstrasse; una nube de polvo, silenciosa como las sombras, descendía sobre las farolas oxidadas y los grupos aislados de edificios barrocos; cerca, una masa de telarañas se aferraba a los brotes hinchados de los tilos, cuyas ramas se inclinaban con un cambio de viento repentino.
Enfundada en mi atuendo conservador propio de la esposa de un diplomático —chaqueta de seda sobre una blusa con volantes de encaje, falda hasta los tobillos, guantes azules y un sombrero de ala ancha con una cinta del mismo tono de azul—, llegué a la entrada del Stadtpark. Me senté en un banco fuera del parque, cerca del busto de un compositor adusto de nombre esquivo. Lola llegó un momento después, se sentó y se presentó.
Lo hice lo mejor que pude, asentí con cortesía y escuché con paciencia. Sonaba bien; hablaba inglés con un acento suave y era vienesa, una estudiante de la Universidad de Música y Artes Escénicas de Viena o algo así. Parecía deseosa de enseñarme alemán y me aseguró que me ayudaría con algunas frases que me serían útiles en las cenas oficiales en las que pasaba las horas observando la cristalería.
Lola tenía veinte años, cinco menos que yo, si mal no recordaba, aunque nunca recordaba bien las cosas. Su aspecto le daba un aire más joven y tal vez tuviera algo que ver con su sentido de la moda, que, en el mejor de los casos, era mínimo: su dirndl —el típico vestido bávaro— se veía un poco gastado y la chaqueta negra cruzada estaba pasada de moda. Sin embargo, llamaba la atención por su estilo natural, dinámico y genuino, los ojos verdes, las mejillas regordetas y la piel suave, con ese brillo típico de la juventud. Una muchacha envidiable, a la que aún no habían estropeado el estrés del matrimonio, la maternidad u otras ataduras y vergüenzas mundanas.
De todas maneras, no tenía mucho que decirle; había demasiado viento y demasiado polvo, y me sentía mareada. Mis pensamientos volaban como panfletos desechados y se dispersaban en el viento, y la voz de Lola, a pesar de su calidez, resultaba espesa como la niebla. Balbuceé un poco y asentí de vez en cuando hasta que me recorrió un torrente de calor y retorcí la correa del bolso con desasosiego y arrepentimiento. Esos verbos alemanes tan enrevesados y esas consonantes complicadas con sonidos que bien podrían provenir de alguien con un ataque de alergia… Aprender alemán sería una tarea desafiante y, probablemente, infructuosa para mí, ya que si algo sabía bien de mí misma era que tenía poco talento para las lenguas extranjeras.
—¿Señora Lee? —preguntó.
—¿Sí?
—¿Se encuentra usted bien? —Aquellos ojos verdes eran como los de una muñeca rusa en una tienda, íntimos e inescrutables.
—Oh, sí. Sí, estoy bien. Solo estaba… ¿De qué estábamos hablando?
—Me propuso vernos aquí el próximo jueves.
—Ah, claro. Aquí. Sí… ¿No le molesta? Aquí en el parque sería genial. Verá, vivo en un consulado y no es conveniente para mí tomar clases de alemán allí. Es que… hay demasiada gente. Pero podemos vernos en otro sitio si…
—El parque es perfecto. Aquí estaré, señora Lee.
—Muy bien…, estupendo. Hasta la próxima. —Aferré mi bolso y me puse de pie. Había dicho más palabras en unos minutos que en todo un mes.
—¿Puedo hacerle una pregunta, señora Lee? ¿Cuánto tiempo lleva en Viena? —Sonrió, una sonrisa amable, fácil, dorada, como el rayo de sol que le daba en la frente.
—Mmm… cerca de un año.
Ahora se me planteaba un dilema. ¿Debía quedarme o marcharme? El protocolo que había aprendido hacía poco como esposa de un diplomático no incluía la interacción con un tutor, pero si me marchaba, quedaría como una descortesía de mi parte. Así que volví a sentarme en el banco, apoyé el bolso sobre el regazo y fijé la mirada en varias palabras en alemán que estaban grabadas en el respaldo, cerca de su brazo. Qué ciudad tan extraña, Viena, con palabras por doquier. En las paredes y los bancos.
—¿Ha tenido un profesor de alemán antes?
—No.
Hubo un silencio espantoso.
Quizá debería dar una explicación. Fengshan me había presentado al menos a una docena de profesores particulares en los últimos meses, pero yo me las había ingeniado para evitarlos. Ella era la primera que conocía, pues se me habían acabado las excusas. Pero se me aceleró el pulso y fue como si volviera a estar sentada en una cena, bajo el escrutinio de aquellos diplomáticos ostentosos y sus sofisticadas esposas, que se especializaban en tonterías corteses y miradas críticas. Si hubiera podido, habría inventado una excusa y me habría escondido en el baño, pero no había ningún baño cerca adonde poder escapar.
—He oído decir que es usted la esposa de un diplomático, señora Lee.
El tono de Lola sonó como si tuviera dudas al respecto, y yo también las tenía. Día tras día, me despertaba con la esperanza de que no fuera cierto.
—¿Puedo preguntarle a qué país representa su marido?
La expresión de sus ojos. No podía tener veinte años; tenía que ser mayor, incluso mayor que yo.
—Él… es chino.
Me di cuenta de que no le había comentado a Fengshan que hoy conocería a Lola, pero cosas como esta no atraían su atención, estaba demasiado ocupado.
—Ah, es usted china. —Parecía curiosa, una reacción diferente de todas las miradas hostiles y prejuiciosas que había recibido.
—Soy… de Estados Unidos. —Recogí mi bolso.
—Estadounidense. No me extraña que hable tan bien inglés. ¿Le gusta Viena, señora Lee?
Aferré con fuerza mi bolso.
—Señorita… —Había olvidado su apellido—. Es una ciudad bonita.
—¿No le gusta Viena?
Me bajé el sombrero, luego lo empujé hacia arriba y volví a bajarlo. Había herido sus sentimientos; ahora no podía irme.
—Viena es especial. ¿Ha oído el dicho: “Las calles de Viena están pavimentadas con cultura; las calles de otras ciudades, con asfalto”? —preguntó.
—Lo siento…
Movió la mano en un gesto dramático y casi indignado y señaló los edificios barrocos al otro lado de la calle.
—A todo el mundo le gusta Viena. Tenemos una arquitectura magnífica y muchos palacios. El Hofburg, por ejemplo. Tiene los Apartamentos Imperiales, las colecciones de la emperatriz Sissi y el Tesoro Imperial, con reliquias que datan del Sacro Imperio Romano Germánico. Y el palacio de Schönbrunn. ¿Lo ha visitado? No está tan lejos. También adorará el Salón de Mármol del palacio Belvedere y, por supuesto, ya sabe que todo austríaco disfruta de las óperas y el ballet en la Wiener Staatsoper, la ópera estatal de Viena.
Esos nombres extranjeros. ¿Quién podía acordarse de todos? Había estado en una fiesta en el Hofburg, o quizás era el apartamento de la emperatriz Sissi o de la emperatriz María Teresa. Daba igual.
—Señorita… —comencé. Por fin me acordé de su apellido—. Señorita Schnitzel, me temo que…
—Schnitzler. Schnitzel es un tipo de comida.
—Ah.
—Y no tengo ninguna relación con el reconocido autor.
Me ruboricé. Ahora que me sentía avergonzada, no podía parar.
—Por supuesto…, señorita Schnitzel-Schnitzler… Lo siento muchísimo. Es difícil recordar los nombres alemanes… Y ya sabe que es difícil arreglárselas sin entender el idioma. Los nombres de las tiendas son impronunciables, igual que los de las calles. No puedo leer nada. Esto. Esto aquí. Mire. ¿Qué significa? —Señalé el garabato germánico grabado en el respaldo del banco.
Ella fijó la mirada en las palabras. Una luz destelló en sus ojos verdes y levantó la barbilla.
—Significa que es para arios.
—¿Cómo dice?
—No se nos permite sentarnos en este banco.
—Es un banco público. Cualquiera puede sentarse aquí.
Lola se volvió hacia los bancos que había al otro lado de la calle. También estaban escritas en alemán, pero no con la palabra “arios” sino con una que empezaba con j.
—Así debería ser.
—Sí, por supuesto. Estoy de acuerdo… Pero, disculpe. ¿Ha dicho usted que no se nos permite sentarnos en este banco? —Me había sentado aquí antes de que ella llegara y no había prestado atención a la inscripción, porque era incapaz de comprenderla.
—Es la nueva ley de Viena, señora Lee. —Se quedó callada y miró a un tranvía gigante que pasó chirriando junto a nosotras, con las ventanillas flanqueadas por banderas con una esvástica y haciendo clac-clac. No recordaba haber visto esas banderas cuando había llegado a Viena el año anterior, pero en los últimos tiempos estaban por todas partes. Política, había señalado Fengshan sobre las banderas, casi sin levantar la vista del periódico alemán que estaba leyendo.
Por supuesto, en estos días, todos hablaban de política en Viena. En la última fiesta a la que asistimos en el apartamento de una emperatriz, los diplomáticos de bigotes gruesos, sus esposas vestidas con lentejuelas y sombreros tiroleses de plumas e incluso los lacayos, con sus pelucas blancas y capas de encaje blanco habían cuchicheado sobre el Führer. Una maraña de rostros aprensivos, una imagen ruidosa de júbilo y pesadumbre. Sentada en un extremo de la mesa, había sonreído y asentido, incapaz de entender sus palabras: no podía importarme menos. Esta ciudad no tenía nada que ver conmigo, no me necesitaba: yo era una extraña, una forastera.
Pero no era el caso de Fengshan: el diplomático con la misión imposible de salvar a su país. Pero, bueno…
—No termino de entender, señorita… Schnitzler.
—Es difícil de creer, lo sé.
Su mirada se posó en un coche verde, de policía; no podía ser otra cosa, llevaba la inscripción Polizei, ydentro viajaban dos hombres con gabardinas beis y brazaletes con esvásticas. El coche seguía al tranvía y, al pasar junto a nosotras, uno de los oficiales se volvió hacia mí y me dirigió una mirada larga y penetrante. Así eran los policías, rígidos y sin sentido del humor; solían montar guardia en los salones de baile con la mirada fija y sin vida, pero tenían a Fengshan en alta estima, como muchos profesionales vieneses.
De pronto, desde el océano de polvo, se oyó un chirrido de frenos, fuerte y alarmante, y en medio de una nebulosa de sensaciones, entre el ajetreo de los carruajes de caballos y los peatones, el coche con los policías se detuvo con brusquedad frente a mí.
Los dos hombres se bajaron de un salto, con actitud amenazante y voces ásperas y airadas, y yo me quedé mirando desesperada, muda, retorciendo la correa de mi bolso, lo que pareció enfurecerlos aún más. El incómodo momento debió de durar una eternidad y casi había arrancado la correa del bolso de los nervios cuando Lola, la chica de rostro fresco, la que no paraba de hacerme preguntas, se puso de pie y pronunció un largo discurso en alemán.
Aunque no entendía nada de lo que ella estaba diciendo, me sentí aliviada y comprobé que el alemán era un idioma perfecto para ella. De hecho, era bastante admirable verla hablar con esa voz clara, con dignidad, sin retorcerse las manos. Parecía una persona muy capaz de arreglárselas sola. Podría haber sido una de esas esposas de diplomáticos tan seguras de sí mismas con las que solía encontrarme en los salones de baile.
Pero debí de estar soñando despierta otra vez, porque se oyó un flujo de palabras en alemán y un grito de dolor de Lola y, a continuación, vi una convulsión de brazos y abrigos beis, el revuelo de la falda de Lola y luego su cuerpo encorvado y empujado dentro del coche de policía, con la cabeza contra el asiento.
Sobresaltada, me puse de pie. La luz del sol me nublaba la vista y la ráfaga que había azotado los tilos volvía a arreciar. Un dolor agudo en la espalda me lanzó hacia adelante y estuve a punto de tropezar. Me pregunté qué estaba pasando y me volví: el oscuro cañón de una pistola me apuntaba.
Solté un grito ahogado y me tambaleé dentro del coche. Se me enredaron los pies en mi falda larga y mi cabeza chocó contra el hombro de mi desafortunada profesora.
—¿Se encuentra usted bien, señora Lee? —Me sostuvo con firmeza. Había perdido su sombrero, y yo también.
Tenía la mente en blanco. Por mucho que lo intenté, ni una sola palabra salió de mi boca. Literalmente. Nada me haría volver a hablar: ni el olor agobiante a cigarrillos y sudor, ni los policías que refunfuñaban delante de mí, ni siquiera mi verborreica profesora.
Además, me dolían los oídos: se oyó otro chirrido ensordecedor, seguido de la furiosa aceleración del coche, un chisporroteo y, después, sin previo aviso, los majestuosos edificios barrocos, las estatuas ecuestres y las agujas puntiagudas de las iglesias góticas se deslizaron con rapidez. El banco donde Lola y yo nos habíamos sentado se fue empequeñeciendo hasta desaparecer de la vista.
Fue entonces cuando me di cuenta de lo inimaginable.
—¿Adónde vamos?
La chica que había prometido enseñarme alemán bajó la cabeza y tomó entre sus manos los dos colgantes que tenía sobre el pecho y en los que yo no había reparado: uno con una estrella de seis puntas dorada y otro con una cruz. Después, se volvió hacia mí, con los ojos verdes llenos de culpa.
—No lo sé, señora Lee.
Me temblaba todo el cuerpo. Me habían arrestado. Esto sí que llamaría la atención de Fengshan. ¿Cómo le explicaría?
FENGSHAN
El doctor Ho Fengshan colgó el teléfono con el corazón acelerado. Por una vez, no estaba pensando en la conversación con su superior ni en las devastadoras derrotas de su país a manos de los japoneses ni en su discurso en un club alemán. Con pasos firmes que no revelaban ni rastro de su ansiedad, salió de la oficina, atravesó el pasillo adornado con cuadros de la realeza austríaca, saludó con la cabeza a los pocos empleados que ocupaban los escritorios dorados en el vestíbulo y se dirigió hacia el ascensor, que conducía a la habitación que compartía con su esposa en la tercera planta.
Tenía treinta y seis años, frente ancha, ojos rasgados e inteligentes, cejas tenues y una postura recta como una pluma. Vestido con un traje de tres piezas, corbata y zapatos negros puntiagudos, su aspecto era moderno, occidental de los pies a la cabeza. El doctor Ho Fengshan, que hablaba tres idiomas extranjeros con fluidez —alemán, inglés y español—, conocía bien la civilización occidental y había sido educado de manera exhaustiva en la cultura china; se destacaba entre los rusos hoscos, los alemanes corpulentos, los funcionarios estadounidenses distantes y los meticulosos diplomáticos ingleses, más inclinados a conversar con él sobre temas filosóficos que a escuchar las acuciantes necesidades de su país.
Se aproximó a la sala de espera que había cerca del ascensor, levantó la mano hacia varios chinos sentados en una hilera de sillones de estilo barroco tapizados en dorado y los saludó en chino. Los conocía bien: eran los vendedores ambulantes que habían sido atrapados vendiendo comida sin permiso en la calle, los fabricantes de bolsos de cuero que habían llegado ilegalmente a Austria a través de las montañas de Hungría y los dos estudiantes vestidos con túnicas grises que estudiaban en una universidad de Viena. Estaban allí para solicitar los pasaportes nuevos que exigían las autoridades austríacas. Eran un grupo variopinto e incongruente, sentados en los grandes sillones ornamentados, pero era su gente, y sus necesidades eran su trabajo, y el consulado que estaba bajo su dirección debía protegerlos.
Frente al ascensor, Fengshan pulsó el botón para subir; la voz del hauptsturmführer Heine, capitán de las SS del primer distrito de Viena, le resonó en la mente. El capitán le había comunicado por teléfono que su esposa había sido detenida y llevada al Hotel Metropole, el cuartel general nazi. La habían acusado de infringir la ley al sentarse en un banco del parque destinado a los arios.
La primera reacción de Fengshan fue de incredulidad: debía tratarse de un error. Su esposa estadounidense, Grace Lee, una mujer delicada, de voz suave y sonrisa tímida, era introvertida y olvidadiza hasta extremos irritantes y, había que reconocerlo, se estaba volviendo cada vez más errática y retraída. A sus veinticinco años, era menuda, de manos pequeñas como las de una niña, calzaba un treinta y cinco y seguía siendo una soñadora, la misma chica inmadura que cuando se habían conocido, cuatro años atrás. Pero no era una mujer entrometida, capaz de provocar que la detuvieran.
El momento del arresto de Grace, de ser cierto, no podía ser peor. Desde que Austria había perdido su condición de Estado debido al Anschluss, Fengshan se había encontrado en medio de trincheras políticas inesperadas. El estatus diplomático de la legación china se había disuelto, el encargado de negocios había sido reasignado y Fengshan había recibido la orden de asumir el cargo de cónsul general y establecer el consulado de la República de China en Austria, ahora conocida como Ostmark, una provincia de la Gran Alemania.
El resto de las legaciones extranjeras había corrido una suerte similar; ahora se veían obligadas a funcionar como consulados, y sus embajadores como cónsules generales. También se habían suprimido varias legaciones. Los siempre poderosos británicos habían cerrado las puertas de su embajada en el número 6 de Metternichgasse y los franceses habían seguido su ejemplo y ya estaban embalando su costosa platería para enviarla de regreso a París.
Las relaciones diplomáticas en la nueva provincia alemana habían dado un giro brusco y siniestro, cargado de tensión. El Tercer Reich, agresivo y poderoso, había desgarrado el fino velo diplomático que hasta entonces había mantenido oculta la hostilidad, y ahora perseguía de manera implacable a disidentes políticos, conservadores, socialdemócratas y comunistas. Incluso el día anterior, el primer secretario de la legación soviética a punto de suprimirse, le había rogado en secreto que le expidiera un pasaporte chino a su enfermera austríaca, una comunista que buscaba huir de las redadas de los nazis. Fengshan no había tenido más remedio que rechazar la petición, dado que la mujer era pelirroja y de ojos azules, rasgos que obviamente no eran chinos.
Su superior directo en Berlín, el embajador Chen, a quien informaba de forma regular, le había aconsejado que mantuviera la discreción frente a la política interna de los alemanes. Era fundamental, había recalcado el embajador, mantener un vínculo diplomático cordial y funcional con el nuevo régimen, a pesar de que las políticas del Führer habían tensado las relaciones entre los dos países. Fengshan estaba de acuerdo. Era información confidencial, conocida solo por él y varios funcionarios claves, que China confiaba en la ayuda de Alemania para luchar contra sus enemigos, los japoneses, que habían invadido su amada patria. Para derrotarlos, el Gobierno chino necesitaba modernizar su armamento anticuado, comprar aviones de combate sofisticados, entrenar a sus pilotos y alimentar a sus soldados, lo que requería la ayuda financiera de la comunidad internacional, un préstamo de cinco millones de dólares. El embajador Chen ya había solicitado el préstamo a la Liga de las Naciones, compuesta por representantes de Gran Bretaña, Francia e Italia, entre otros. La solicitud estaba en trámite y la misión de Fengshan era asistir al embajador y seguir sus órdenes. Fengshan esperaba que, una vez aprobado el préstamo, el Gobierno chino pudiera negociar con Alemania, que había prometido venderles el armamento sofisticado que tanto necesitaban. En este momento crucial, lo último que Fengshan quería era ver a su esposa, que lo representaba, arrestada por la Geheime Staatspolizei—la Gestapo—, lo que empañaría la imagen de su país. Y lo que era peor, si ella enfurecía al nuevo régimen, el acuerdo sobre las armas se caería y su Gobierno se sumergiría en una vorágine política inimaginable.
Entró en el ascensor y, cuando este se detuvo en la tercera planta, salió. Al final del pasillo, llamó a la puerta de su habitación.
Grace, que prefería pasar el tiempo a solas, llevaba meses holgazaneando en el dormitorio. Sin amigas, en un país nuevo cuyo idioma no entendía, se había refugiado en su amada Emily Dickinson, el gramófono y los números atrasados de sus revistas estadounidenses. Él le había propuesto muchas veces que contratara a un profesor de alemán para aprender el idioma, igual que la había animado a aprender chino cuando habían estado en China y francés en Estambul. Sin embargo, su querida esposa no había mostrado ningún interés en las lenguas extranjeras ni tenía ningún talento para ellas. Desde su llegada a Viena, se limitaba a ir a la lavandería a recoger la ropa o al parque y a las tiendas, pero después de haber estado a punto de perderse en la Kärntnerstrasse mientras compraba un sombrero, ya casi no salía del consulado. Para decepción de Fengshan, hasta había dejado de ir caminando a la escuela con Monto, hijo del primer matrimonio de él.
Nadie respondió a su llamada.
Abrió la puerta. La habitación estaba vacía.
Bajó las escaleras, aturdido. Con la creciente presencia de la policía alemana y los “camisas pardas” de la milicia nazi en las calles, muchos ciudadanos chinos habían tomado la sabia decisión de recluirse en sus hogares y mantenerse alejados de los problemas. No entendía por qué ni cómo Grace se había visto involucrada con la Gestapo, pero si de verdad la habían arrestado, lo más urgente era lograr que la liberaran y garantizar su seguridad. Se puso el bombín y llamó a su criado.
El trayecto hasta el Hotel Metropole en Morzinplatz, cerca del río Danubio, le llevó más tiempo del previsto. Era entrada la tarde. En el horizonte lejano, donde se cernían los bosques de Viena, ya era visible la oscuridad, lista para descender sobre las calles; la luz de la magnífica catedral de San Esteban parpadeaba como una brújula débil.
El coche se detuvo por fin frente al hotel, un elegante edificio de cuatro plantas famoso por su opulento comedor, sus servilletas de seda blanca impecables y su espléndido patio interior. Fengshan no había tenido aún oportunidad de visitarlo, pero comprobó que ya no alojaba a ricos y famosos. No había huéspedes bien vestidos con sombreros y trajes, ni sirvientes cargados de equipaje, ni botones que empujaban carros. El edificio tenía un aspecto siniestro. Cerca de las columnas ornamentales de piedra había gruesas barras de metal; debajo de las esculturas de atlantes espaciadas con meticulosidad había espacios oscuros con las cortinas cerradas y delante de cada ventana ondeaban las banderas rojas con la esvástica negra.
Pidió a Rudolf, el sirviente del consulado, que aparcara el coche junto a la acera y caminó hacia el hotel. Varios hombres con camisas pardas y fusiles lo siguieron con la mirada y algunas jóvenes con cámaras fotográficas en las manos lo observaron fijamente con frialdad. Con la cabeza alta, Fengshan pasó junto a las impresionantes columnas corintias, las motocicletas, los coches patrulla y los miembros de la Geheime Staatspolizei con uniformes negros y gorras con los inquietantes totenköpfe, el símbolo de la calavera y las tibias cruzadas. Si bien no era un hombre supersticioso, el símbolo le resultaba macabro y aquellos policías le recordaron al nuevo hombre que estaba en el poder, Hitler, el Führer, cuando lo había visto en la reunión de rutina a la que había asistido el mes anterior. Había sido un acontecimiento desalentador: el hombre era un autoritario histérico y los diplomáticos extranjeros habían abandonado la reunión con el ánimo por los suelos y la ansiedad exacerbada. Fengshan tenía el terrible presentimiento de que la petición de libertad de su esposa le sería denegada, a pesar de su condición de diplomático.
Tocó el ala de su bombín, se lo colocó y entró en el hotel. En la esquina del vestíbulo, cerca de una maceta que contenía una palmera, había dos guardias con rifles; debajo de una brillante lámpara de araña, varias mujeres con carpetas de papel manila intercambiaban saludos de despedida, auf Wiedersehen. El horario de oficina había terminado. En el mostrador, el lugar donde se habría sentado un conserje o un recepcionista, había un hombre con uniforme negro y esa gorra espantosa.
—Entschuldigen Sie die Störung —se disculpó Fengshan mientras caminaba hacia él.
El hombre levantó la vista. Sus ojos grises mostraron sorpresa. Se puso de pie y avanzó hacia Fengshan.
—¿Herr cónsul general? ¿Cómo está usted? Es un honor verlo en el cuartel general. ¿En qué puedo ayudarlo?
El hombre era un oficial de bajo rango, probablemente un untersturmführer, a juzgar por la insignia que llevaba en el uniforme. Su alemán era formal y aparentaba unos treinta años. Era alto, de hombros estrechos y pelo abundante. Tenía el rostro alargado y delgado, los ojos grises y penetrantes, y una sonrisa empalagosa, con un matiz notorio de sordidez. Un hombre que sin duda estaba ansioso por ascender en la escala social. Pero había reconocido a Fengshan, lo cual era una sorpresa. Quizá sus apariciones en clubes nocturnos, eventos culturales y banquetes habían contribuido a aumentar su visibilidad.
—Señor, disculpe mi visita sin previo aviso. Es mi primera vez en este lugar. El Hotel Metropole es encantador, por cierto. Lamento molestarlo fuera del horario de trabajo. He venido por mi esposa. Parece que hubo una confusión y la han traído aquí. ¿Puedo solicitar, humildemente, su liberación? —Fengshan habló en alemán fluido.
—¿Su esposa, herr cónsul general? —El hombre sonrió, casi de manera obsequiosa.
—Ah, es una de las pocas mujeres asiáticas que hay en esta ciudad, creo, pero nació en los Estados Unidos. ¿Sería mucha molestia pedirle que investigara el asunto?
—Ninguna molestia, herr cónsul general. Reciba usted mis disculpas. Se trata de una confusión muy desafortunada. Me ocuparé de ello ya mismo. ¿Puede decirme el nombre de su esposa? —Volvió al mostrador.
—Grace Lee. —Grace había conservado su apellido de soltera después del matrimonio.
—Entiendo. Según el informe, violó la ley al sentarse en un banco designado para arios.
Fengshan no estaba al tanto de esa ley.
—¿De veras? Pero mi esposa no sabe leer alemán.
—Un error involuntario, entonces. Mis disculpas de nuevo, herr cónsul general. Haré que la liberen de inmediato. —El oficial le dedicó otra sonrisa melosa, giró sobre sus talones y levantó un teléfono que estaba sobre un mostrador detrás de él.
Fengshan sintió un alivio enorme. Tal vez el temor de que la detención de su esposa pudiera empañar la reputación de su país había sido exagerado. Una vez que rescatara a Grace, saldrían del edificio con la mayor discreción y pocos se enterarían del incidente. Se volvió para admirar el vestíbulo. Los nazis habían elegido un buen hotel para su cuartel general. Trabajar allí era como tomarse unas vacaciones en un complejo turístico, con la gran lámpara de araña, los cuadros caros, el suelo de mosaico de mármol y las notas musicales del piano que tintineaban en el aire.
Un ruido sordo provino de alguna parte y retumbó en el vestíbulo. Sonó como si algo pesado se hubiera estrellado contra las paredes, y le siguió un gemido débil. Fengshan frunció el ceño.
El rumor sobre los brutales métodos que utilizaban los nazis en el cuartel general podría ser cierto. Confinados en las opulentas habitaciones debían de estar algunos disidentes del Gobierno, comunistas, partidarios del excanciller Schuschnigg, líderes sindicales declarados o tal vez algunos dirigentes sionistas. Fengshan recordó lo que había leído en los periódicos. Rezó para que Grace no hubiera sido sometida a ninguna tortura.
Se volvió hacia el oficial.
—Señor, si no es molestia, ¿podría decirme en qué habitación está mi esposa?
—Ya he hecho los arreglos adecuados para la liberación de su esposa, herr cónsul general. Debería estar aquí en breve.
Fengshan frunció el entrecejo. El hombre no había respondido a su pregunta.
—Le aseguro que se encuentra bien, herr cónsul general. Los oficiales nunca le harían daño a su esposa. Los alemanes valoramos la amistad entre nuestros países. Ya nos conocemos, herr cónsul general. ¿Se acuerda de mí? Le di una lista de amigos en Viena que podrían interesarle.
Fengshan lo examinó con detenimiento. Desde su llegada a Viena el año anterior, había asistido a varios clubes nocturnos, socializado con la gente en los banquetes y organizado muchos eventos culturales, incluso en la Academia de Policía de Viena antes de que fuera absorbida por la Geheime Staatspolizei. Nunca olvidaba los nombres ni las caras de las personas. Su excepcional memoria era su motivo de orgullo.
—Debe usted perdonarme. No recuerdo su nombre.
—Soy Adolf Eichmann. Llegué a Viena hace unos meses. Estaba trabajando en Berlín.
El nombre no le sonaba conocido.
—¿Berlín?
—Me trasladaron aquí para resolver el problema judío.
“Adolf Eichmann”.
—Hotel Sacher, herrcónsul general. Tomamos un cóctel juntos y tuvimos una interesante conversación sobre los magníficos aviones de combate de su país.
Fengshan se ruborizó. En un país donde los hombres asiáticos eran una lamentable minoría, los errores de identificación resultaban comunes. Pero, aun así, que lo confundieran con el diplomático de un país enemigo que había invadido China y asesinado a miles de sus compatriotas era una pesadilla. No podía dejarlo pasar como si nada. Alzó un poco la voz.
—Espero que esos cazas sean destruidos pronto, herr Eichmann. Los despiadados japoneses ya han asesinado a demasiados inocentes en China. Soy el doctor Ho Fengshan, cónsul general del consulado de la República de China.
Un destello de sorpresa atravesó los ojos de Eichmann y su expresión cambió. Fue un cambio preocupante, pues el barniz de sordidez se esfumó y desnudó el desprecio que había debajo. Fengshan se alarmó: este sujeto era un camaleón hábil que adaptaba los escrúpulos a su antojo.
—Por supuesto. Vaya memoria la mía. Es usted el doctor Ho, el cónsul general chino. Discúlpeme. Encantado de conocerlo, herr cónsul general. Mire, aquí viene su esposa.
Fengshan se volvió. En el pasillo cubierto por una alfombra roja, junto a un guardia, apareció, vacilante, la pequeña figura de Grace. Tenía los ojos muy abiertos y alerta, el rostro pálido, los labios hinchados y una mancha enrojecida en la barbilla. Tenía una expresión peculiar en la cara: como de felicidad, al parecer. Fengshan se precipitó hacia ella y la rodeó con los brazos para sostener todo su cuerpo, que casi no pesaba.
—Estoy aquí. Estoy aquí. Vamos a casa.
Le limpió la sangre de la barbilla y murmuró en inglés. Por cortesía, saludó a Eichmann con la cabeza en un gesto despreocupado, aunque ardía de furia. ¿Cómo podía ser legal detener a una mujer por sentarse en un banco público? ¿Y qué clase de régimen atormentaría a una mujer indefensa que pesaba menos de cuarenta y cinco kilos? Los alemanes —los nazis— no eran de fiar.
Ya fuera del hotel, pasó junto a los camisas pardas y los policías de uniforme negro y ayudó a Grace a subir al coche. Le acarició la espalda, a modo de consuelo. Si hubieran estado solos, habría ignorado la costumbre china y la habría besado.
—Vamos a casa, Grace. —Pidió a Rudolf que arrancara el motor. Cuanto antes se alejaran de allí, mejor.
—Espera, querido —susurró Grace. Parecía bastante serena, no destrozada, temerosa ni llorosa, como él había pensado.
—¿Qué pasa?
—Lola Schnitzel, querido. Sigue en el calabozo. ¿Podrías pedir que la liberaran?
Grace tenía la costumbre de dirigirse a él a la manera estadounidense. Pero él, un chino conservador que seguía las enseñanzas de Confucio, no consideraba apropiado dirigirse a su mujer con términos cariñosos.
—¿Quién es Lola Schnitzel?
—La profesora que me recomendaste.
Recordó a todos los profesores que le había sugerido que contratara. Lola Schnitzel... ¿o era Schnitzler?... era una estudiante.
—¿La entrevistaste?
Ella asintió.
—Justo hoy había quedado con ella. Estábamos sentadas en un banco en un parque cuando los policías nos arrestaron.
De modo que eso era lo que había ocurrido. La profesora, recordó, era austríaca. Rescatar a su esposa de los nazis era su deber, pero pedir la liberación de una austríaca era cruzar una línea profesional que se había trazado.
—Por favor, querido. No ha hecho nada malo.
Fengshan se volvió hacia atrás y observó a los policías, las patrullas y las motos.
—Creo que deberíamos irnos, Grace.
Ella le aferró la mano con una fuerza sorprendente.
—Es una chica encantadora, muy joven y valiente. Nos trajeron aquí juntas y nos metieron en un calabozo en el sótano. No puedo abandonarla. Por favor, sácala de aquí. Hazme ese favor.
Fengshan suspiró. Su esposa. Lo haría por ella. Abrió la puerta del coche, entró en el hotel y se encaminó al mostrador del vestíbulo. Uno de los guardias se le acercó, pero Eichmann le hizo una señal para que se alejara.
—Es un placer volver a verlo, herr cónsul general. ¿En qué puedo ayudarlo?
El hombre se enderezó la gorra con la calavera y las tibias cruzadas. Las comisuras de la boca se movieron para esbozar una sonrisa, pero los ojos grises destellaban frialdad.
—Le pido disculpas, herr Eichmann, he oído que la profesora de mi esposa, fräulein Schnitzel, también ha sido detenida. ¿Puedo pedirle que tenga la bondad de liberarla?
Rezó para que la profesora no fuera partidaria de Schuschnigg o comunista, como la austríaca de la legación soviética para quien le habían solicitado un pasaporte. Porque si lo era, su intento por rescatarla no solo sería en vano, sino también un desastre.
—¿Se refiere usted a Lola Schnitzler,herr cónsul general?
Fengshan asintió con la cabeza. Después de todo, era Schnitzler.
—Es la profesora de mi esposa.
—Herrcónsul general, presumo que no está usted al tanto de que se trata de una judía. —Una nota de advertencia se había colado en la voz de Eichmann.
Una judía. No era tan grave como una partidaria de Schuschnigg o una comunista, pero, aun así, un motivo de preocupación. Durante un año, había leído sobre la absurda retórica de la purificación racial en la propaganda nazi; desde el Anschluss, sin embargo, los casos de acoso y discriminación contra los judíos vieneses se habían legitimado. Fengshan tenía un profundo recelo hacia la teoría racial. A lo largo de los dos mil años de historia de China, los chinos habían conquistado y también habían sido conquistados por otras razas, y ¿quién podía decir cuál era superior? Y desde luego, el confucianismo y el taoísmo promovían la tolerancia y la coexistencia. Si algo había de concluyente en el argumento de la raza, era que derivaba del desequilibrio de poder; en el mundo de Ruo Rou Qiang Shi —que significa “los fuertes devoraban la carne de los débiles”—, los débiles estaban condenados a ser vulnerables.
El embajador no le había especificado a Fengshan que se mantuviera al margen del asunto de los judíos, solo de los disidentes y los comunistas, y Grace estaba esperando en el coche. No se atrevía a decepcionarla después de la terrible experiencia por la que había pasado.
—¿De verdad? No lo sabía. Espero que no sea mucha molestia.
Los ojos grises de Eichmann se volvieron más intensos: el hombre era calculador. Parecía interesarle sobremanera que un diplomático extranjero se atreviera a inmiscuirse en los asuntos internos de su país, o tal vez estaba evaluando los pros y los contras de acceder a la petición de un diplomático. Incluso era posible que estuviera considerando la posibilidad de denunciarlo a su par japonés, con quien el nazi se había estado codeando. A continuación, el oficial se encogió de hombros con desdén e insensibilidad: solo era una judía y la ciudad estaba llena de ellas.
—Ninguna molestia, herr cónsul general.
Fengshan suspiró y, por cortesía, sonrió para expresar su gratitud. Pero estaba más receloso que nunca: Adolf Eichmann no solo era sórdido, sino también insensible.
—Ich bin Ihnen dankbar. Esperaré en el coche.
Fue hasta el coche, se sentó junto a Grace y asintió con la cabeza hacia ella, deseando que su profesora saliera cuanto antes. Se le ocurrió que el asunto de los judíos también formaba parte de la política interior del Führer. Había hecho una petición imprudente y, sin darse cuenta, podría haber contrariado la orden de su superior; rezó para no tener que arrepentirse.
Estaba oscureciendo cuando por fin una figura salió del hotel con paso tambaleante: una muchacha vestida con un dirndl y una chaqueta negra. Trastabilló, no vio el coche aparcado junto a la acera y pasó deprisa junto a él. Grace se incorporó de golpe y la llamó. La mujer se volvió y se puso una mano sobre los ojos para protegerlos de las luces brillantes. Fengshan alcanzó a ver que tenía la cara llena de líneas rojas como latigazos y una contusión en la frente. Con un grito ahogado, la joven se acercó a Grace, la sujetó por los hombros y la abrazó con fuerza. Y Grace, su introvertida esposa que prefería sentarse en silencio en un rincón del salón de baile y que solo sabía pronunciar algunas frases superficiales en alemán, se aferró a ella y no la soltaba. Acababan de conocerse, había dicho Grace, pero él hubiera creído que se conocían desde hacía años. ¿Qué les había ocurrido a estas dos mujeres en el calabozo?
Después de que la profesora de Grace les hiciera señas para que se marcharan, Fengshan le indicó a Rudolf que pusiera el vehículo en marcha. El coche empezó a rodar y Fengshan captó una figura en el espejo retrovisor: Adolf Eichmann, el hombre camaleón, acechaba detrás de ellos. Allí, en la luz inclemente, una sonrisa torcida como un garfio se le dibujaba en el rostro.
GRACE
Me volví en el coche y estiré el cuello para mirar la figura de Lola, que zigzagueaba entre la neblina opaca de las farolas y se hacía más pequeña a medida que aumentaba la distancia que nos separaba hasta desaparecer, por fin, en el terciopelo oscuro de la noche. Se me ocurrió que debería haberle preguntado dónde vivía y cómo podría encontrar un taxi o un autobús a esas horas. Era tarde y sería peligroso que una mujer anduviera sola por las calles.
Cuando llegamos al hotel, nos habían obligado a bajar por una escalera metálica sinuosa hasta una claustrofóbica mazmorra en el sótano, iluminada tan solo con una bombilla. El aire era húmedo, sofocante, denso como el cuero; las sombras se arremolinaban en los rincones. No había sillas ni bancos. Lola se sentó en el suelo; yo permanecí de pie a cierta distancia, con las piernas débiles, paralizadas por oleadas de arrepentimiento y miedo. No debería haber salido aquel día; debería haber esperado un año más para contratar una profesora. Y ahora, por el simple error de sentarme en un banco, me habían arrestado. ¿Y si Fengshan me encontraba allí? ¿Y si Fengshan no me encontraba allí?
—Debería sentarse, señora Lee.
—No puedo. —El suelo no era un lugar apropiado para la esposa de un diplomático.
—No puede estar de pie toda la noche.
—¿Toda la noche?
Lola juntó y flexionó las piernas, y apoyó la cabeza en las rodillas.
—Tenía usted razón. Viena está desconocida. Todos los días se crean leyes nuevas. Se hornean y están listas con más rapidez que un apfelstrudel. Pero no se preocupe. Es provisional. Viena es una ciudad sofisticada y honesta. Esto pasará.
Quizá fue la sinceridad de su tono —nadie en Viena, Estambul o China me había hablado así— o el hecho de que hablaba en inglés, mi lengua materna, el único idioma que yo conocía. Sonaba como una amiga que no había tenido en mucho tiempo.
—Siento haber hecho que la arrestaran. —Su voz era suave y crecía hasta llenar la habitación.
Me miré las manos; mis guantes de seda estaban manchados.
—No fue culpa suya. Yo elegí ese banco. No sé alemán.
—No fue por usted. —Volvió a jugar con sus dos colgantes, la cruz y la estrella—. No les caigo bien. Soy una mischling.
—No sé qué significa eso.
—Oh. Significa “mestiza”.
Me había encontrado con una como yo. Justo aquí, en Viena, de entre todos los lugares posibles. Era algo que no esperaba. Me pregunté si ella había crecido como yo, sola y solitaria, sin más compañía que un libro de poemas; me pregunté si su madre la abofeteaba por llamarla “madre” delante de los demás.
La bombilla parpadeaba. Me acerqué a Lola, casi rozando su sombra. De alguna manera, a pesar de la injusticia, del cautiverio, por primera vez en cuatro años, desde que había dejado los Estados Unidos, me sentía cerca de alguien.
Más tarde, dos policías de uniforme negro nos interrogaron. Cada vez que yo intentaba decir algo, gritaban con impaciencia; cada vez que buscaba apoyo en la pared, me golpeaban los hombros con un fajo de periódicos. Lola sufrió más. La abofeteaban cuando respondía; la abofeteaban cuando se negaba a responder. Yo me volvía hacia ella y buscaba su mirada cada vez que se detenía a respirar. Nos habían golpeado para que nos derrumbásemos, pero cada golpe, cada gemido, nos había unido.
—¿Grace?
La voz de Fengshan me devolvió al coche. Me enderecé, quería mirarlo, pero, en cambio, clavé los ojos en el frente. La oscuridad era casi total, salvo por los faros blancos de unos pocos coches lejanos y unos puntos de luz provenientes de autobuses sombríos frente a los edificios imponentes. Me ardía la barbilla y me dolían los brazos. Tenía ganas de acostarme y dormir un poco.
—¿Cómo supiste que estaba allí, querido?
—Me llamó el capitán Heine.
Sonaba tranquilo y no parecía enfadado conmigo por haberlo deshonrado, a él y a su país. ¿O sí? En otros tiempos, su humor había sido muy fácil de entender, claro como un espejo, pero ya no. Imaginé su conmoción, con el teléfono en la mano, mientras oía que me habían detenido. De hecho, al prestar más atención, pude percibir cierto enfado y desaprobación por encima del estruendo del motor.
—Yo no hice nada malo; y tampoco Lola —murmuré—. No tiene sentido.
—Por desgracia, esto es la crisis austríaca. Me temo que no tendrá sentido para mucha gente.
Las farolas de gas emitían una luz pálida a los lados de la calle.
—Me gustaría dar clases de alemán con ella, querido.
—Lo hablaremos cuando lleguemos a casa.
Bajé la vista hacia mi bolso.
—Creí que querías que aprendiera alemán.
—Es judía, Grace.
Algo que ver con la política, sin duda. Por una vez, deseé que pudiera olvidar la política y pensar en mí. Pero como un buen chino tradicional, Fengshan estaba convencido de que la voluntad de un hombre debía prevalecer sobre la de una mujer. Cuando hablaba de matrimonio, todo era Fu Chang Fu Sui: el marido canta y la mujer acompaña. Estos días, sentada en mi dormitorio, había tenido algunos reparos al respecto, aunque quizás eso mismo había sido lo que me había cautivado de él cuando nos habíamos conocido en el restaurante de fideos donde yo trabajaba en Chicago. Como yo había crecido sin padre, un hombre que irradiaba confianza me hacía sentir segura. Así que, cuando nos casamos, me había embarcado con gusto en una vida nómada: de Chicago a su remota ciudad natal en China, donde los angloparlantes eran la excepción. Y después, ya en la legación china, lo había seguido a Estambul, donde había llevado un estilo de vida restrictivo: era imposible salir de la casa sin un acompañante masculino. Más tarde, con el ascenso que recibió, nos habíamos trasladado a Viena.
La vida en Viena podía resultar una experiencia espléndida para algunos, con banquetes en gloriosos edificios barrocos y cenas en salones de baile señoriales, pero para mí no se diferenciaba en nada de la vida en Estambul o en China: sin amigos, sin nada que hacer ni nadie con quien hablar. En los salones de baile, las esposas presumidas de los diplomáticos soltaban unas pocas palabras en inglés y luego parloteaban en alemán. Fuera del consulado, las óperas, las obras de teatro y las películas eran todas en alemán.
Fengshan era el único con quien podía hablar —era mi sol, mi arcoíris, el puntal donde apoyarme—, sin embargo, vivía ocupado: ocupado en socializar, en hablar en público, con conferencias, debates, artículos de opinión; ocupado en avanzar en su carrera y proteger a su país. Siempre estaba al teléfono, siempre en reuniones, siempre hablando alemán.
El coche giró en una calle oscura y estrecha, Beethovenplatz, y se detuvo frente a un edificio barroco de tres plantas: el consulado chino, nuestra residencia desde el año anterior. Era tarde, así que el personal se había retirado, lo cual me evitaba un momento mortificante. Imagínate. La esposa del cónsul general había vuelto del calabozo. Los chismes, las preguntas y las miradas indiscretas.
Rudolf, el criado, me abrió la puerta del coche. Salí con esfuerzo, pasé junto a la placa negra recién instalada con los caracteres chinos que decían “Consulado de la República de China”, que no podía leer, y entré en el vestíbulo. Sobre un escritorio se apilaban periódicos, correspondencia, invitaciones en letra elegante y tarjetas de visita con bordes dorados y escritas en alemán, que tampoco podía leer.
Subí en el ascensor hacia nuestro dormitorio mientras Fengshan daba las buenas noches a Rudolf. Mi marido se reuniría conmigo más tarde, después de cerrar la puerta con llave y ver cómo estaba Monto, su hijo, que dormía en la habitación contigua, como todas las noches.
Pero cuando entré, no supe qué hacer. El dormitorio era un recinto de lujo dorado; tenía techos altos con molduras de cornisa, cortinas de brocado dorado, un reloj de repisa de bronce y candelabros relucientes, y una alfombra persa anticuada con flores, cortesía del generoso propietario que alquilaba el edificio al consulado. Sentía que me ahogaba de nuevo, que respiraba el mismo aire cargado de humedad, que oía el mismo silencio, como si estuviera sentada en el mismo calabozo que había abandonado por la tarde.
Al menos, mi libro de poesía de Dickinson estaba cerca de la almohada, justo donde lo había dejado. Lo sostuve contra mi pecho. Mi pobre poeta solitaria. La había convertido en una vagabunda. Pero ¿qué sería yo sin ella? Por fin, dejé el libro otra vez cerca de la almohada y empecé a desvestirme: me quité la chaqueta, los guantes, la falda, las botas y las medias. Me puse un camisón rojo y me metí en la cama.
En algún momento después, oí el murmullo de Fengshan en mi oído; en medio de una somnolencia confusa, enrosqué mis brazos alrededor de su cuello y lo atraje hacia mí. Olí el aroma familiar de su colonia, de su puro favorito, y quise que me hiciera el amor. Lo deseaba, deseaba su atención absoluta y su afecto abierto y sin reservas, una afirmación de que yo no era inútil y de que él aún me amaba, aún me necesitaba.
“Hazme el amor”.
—… una experiencia horrible… en el cuartel general… ¿… ir a ver al médico mañana?
“¿Al médico?”.
—¿Grace?
—¿Qué has dicho…? ¿Por qué?
—Tenías sangre en la barbilla.
—Debía de ser de Lola. Estoy bien. No estoy herida. —Me senté y le desabroché la camisa.
—Aprender alemán es una buena idea, Grace. Lo he estado pensando. Te buscaré un profesor estadounidense.
Dejé caer los brazos. No había necesidad de buscar otro profesor. Me gustaría tener a Lola, solo a Lola. Pero esta era la forma educada de Fengshan de decirme que me distanciara de ella para evitar posibles problemas; después de todo, su país era siempre su prioridad. Quise decirle que su carrera también era importante para mí y que jamás lo perjudicaría adrede. La política era su carrera, pero él era mi vida.
—Querido…
—Me preocupa tu seguridad, Grace. La situación política en Viena es precaria y preocupante.
No insistí. La confrontación, la mera idea de ella, desencadenaría el recuerdo de las manos de mi madre en mi cuello, ahorcándome. Así que volví a acostarme y me tapé la cabeza con la manta.
—De acuerdo, querido. No volveré a ver a la vienesa.
FENGSHAN
A la sexta campanada de la iglesia, Fengshan se incorporó en la cama. Grace seguía durmiendo, con el ceño fruncido. Aquellos ojos hermosos que lo habían cautivado años atrás estaban cerrados. Su esposa había accedido a no seguir en contacto con la profesora vienesa, como él había sugerido, y lo había hecho de buen grado, con su habitual docilidad. Fengshan tenía sentimientos encontrados al respecto. Había esperado que Grace planteara algunas de sus opiniones y que luego entablaran una conversación franca, pero no solían comunicarse de esa manera. En un principio, había interpretado esa mansedumbre como la ternura de la juventud y había creído que el devenir de la vida convertiría a su esposa en una mujer más fuerte. Pero se había equivocado. La docilidad de Grace se había transformado en un aislamiento intratable, una tristeza impotente, una prisión infinita en la que ella elegía quedarse.
En los últimos tiempos, se había vuelto distante. Ya no parecía preocuparse por Monto y se quejaba de dolor de cabeza cada vez que él le pedía que lo acompañara a los clubes nocturnos. Fengshan se había resignado. Pero Grace tenía otras cualidades, como su belleza etérea, su lealtad y su inocencia, y estaba haciendo un esfuerzo al contratar a un profesor para aprender alemán. Debía llevarla a cenar o a la ópera, pasar tiempo juntos para levantarle el ánimo. Desde que habían llegado a Viena, Fengshan había estado ocupado dando conferencias, yendo a fiestas y haciendo contactos y, como era de esperar, Grace se sentía sola.
Se levantó de la cama y se puso una camisa blanca, un traje cruzado de tres piezas, una corbata de seda negra con rayas plateadas y un bombín de fieltro negro. Un atuendo adecuado que destilara modernidad y sofisticación era esencial para representar a su país. Tenía que agradecérselo a su amigo, el señor Rosenburg, que le había recomendado al reconocido sastre de Viena que atendía a la nobleza local.
Fengshan bajó al comedor, que estaba en la segunda planta, y tomó el típico desayuno vienés: un panecillo con mermelada de albaricoque, un huevo duro y jamón. Cuando comía esta clase de comida echaba de menos China más que nunca: se moría por un tazón de arroz caliente con cerdo desmenuzado y algún pepinillo. Su mente podía alternar sin esfuerzo entre cuatro idiomas, pero su estómago seguía siendo chino.
A las siete en punto, fue al vestíbulo. El consulado estaba vacío; el escaso personal aparecería dos horas más tarde. Siempre era el primero en llegar a trabajar.
El consulado chino en Austria, u Ostmark, como el Tercer Reich había rebautizado al país después del Anschluss, era pequeño e incluía al vicecónsul Zhou y a dos empleados locales: frau Maxa, una mecanógrafa, y el criado, Rudolf. La legación previa al Anschluss había sido más importante: tenía personal suficiente y mejor financiación, aunque su influencia había sido limitada en comparación con la de los demás miembros de la Liga de las Naciones. Eso se debía en parte a que la República de China, con su Gobierno democrático, los nacionalistas, era una recién llegada a la escena política mundial. Hacía tan solo diez años que los Estados Unidos habían reconocido la legitimidad del régimen nacionalista y se habían convertido en la primera nación en concederle autonomía impositiva plena al Gobierno chino.
Fengshan consultó su reloj. Faltaba una hora para la llamada del embajador Chen. Abrió la puerta del consulado, recogió los periódicos alemanes del suelo y se encaminó a su oficina al final del pasillo. Antes de la disolución de la legación, había tenido muchas responsabilidades, pero ahora sus funciones se habían reducido a informar a su superior, proteger a los ciudadanos chinos y cumplir con gestiones consulares simples, como la expedición de visados.
Todos los días leía las noticias, evaluaba la importancia y las implicaciones de los acontecimientos y proporcionaba un resumen a su superior, el embajador Chen, que estaba en Berlín. El embajador confiaba en sus conocimientos; su predecesor en la legación, que solo hablaba francés y leía periódicos franceses, no había sabido mantenerse actualizado y eso había causado la irritación del viceministro del Ministerio de Asuntos Exteriores de su país.
Leyó los titulares por encima en busca de alguna mención a la detención de Grace o al consulado. Seguía molesto por el hecho de que los policías alemanes la hubieran maltratado, pero si el incidente llegaba a los periódicos, generaría habladurías y posibles daños. Para su alivio, no había ninguna alusión a Grace, solo noticias de suicidios de comunistas que habían intentado eludir los arrestos y de leyes más estrictas contra los judíos vieneses.
Sonó el teléfono. Era su amigo, el señor Rosenburg, un destacado abogado de Viena. Era un amigo solidario y con un interés genuino en la cultura china. Probablemente llamaba para confirmar su asistencia a la próxima conferencia de Fengshan en el Club Alemán. Pero el tono grave de Rosenburg hizo que Fengshan se enderezara en la silla.
—¿Hay algún problema, señor Rosenburg?
—Doctor Ho, Viena está descendiendo a los infiernos y tiene un ascensor…
La comunicación se cortó.
Fengshan marcó el número de la oficina del señor Rosenburg; la señal de ocupado sonó en sus oídos.
Frunció el ceño. Los vieneses consideraban la etiqueta y los modales como una parte importante del carácter. Su amigo nunca colgaría el teléfono en la mitad de una conversación. Fengshan decidió que buscaría al señor Rosenburg en el evento de ese día para saber más. Sin embargo, el comentario de su amigo le recordó el arresto de Grace y su desagradable encuentro con Eichmann.
El teléfono volvió a sonar.
—¿Fengshan? —Era el embajador Chen.
—Zao shang hao, Chen da shi —saludó Fengshan en chino.
El embajador Chen era de Pekín, la capital de varias dinastías de China, lo que significaba que se consideraba a sí mismo un hombre muy refinado y a Fengshan un hombre inferior, ya que procedía de Hunan, una provincia menos favorecida en términos económicos. El alemán de Fengshan era tan bueno como el del embajador, pero eso no elevaba su estatus a ojos de su superior. El embajador Chen, hijo de un prestigioso general, había sido educado desde la cuna para ser un político poderoso, bien relacionado, con línea directa con el señor Sun Ke, presidente del Yuan Legislativo e hijo del padre fundador de los nacionalistas, Sun Zhong-shan. Por tanto, el embajador Chen tenía garantizada una carrera política segura y estable, algo a lo que Fengshan podía aspirar, pero que podría estar fuera de su alcance.
Existía también una diferencia fundamental entre Fengshan y su superior, de la que Fengshan era muy consciente. El embajador Chen era un veterano experimentado y profundo conocedor de los asuntos tanto internos como internacionales, mientras que Fengshan, que había trabajado como primer secretario en Estambul, cursaba su segundo cargo diplomático y, por ende, todavía era un neófito en las sinuosas aguas de la diplomacia.
Tras el saludo brusco de su superior, Fengshan procedió a realizar un breve informe de las finanzas del consulado y de las noticias que había recopilado: el rumor del arresto domiciliario del canciller Schuschnigg, el exilio de muchos comunistas y partidarios de Schuschnigg, la visita clandestina del primer secretario de la legación soviética y su petición. Concluyó su informe con el arresto de Grace, no en busca de empatía, naturalmente, sino por una cuestión de transparencia.
—¿Se hizo público?
Su superior había tenido la misma preocupación que él.
—Creo que no.
—Bien. —La voz del embajador sonaba imperturbable—. Fengshan, te llamo para informarte que el secretario de Asuntos Exteriores alemán ha declinado reunirse conmigo.
Fengshan se quedó helado. Era una pésima noticia. La relación entre Alemania y China había tocado fondo. Alemania le había dado la espalda al embajador el año anterior al retrasar la confirmación de sus credenciales durante siete meses de manera deliberada. Años atrás, cuando Hitler había declarado su reconocimiento del Manchukuo, el Gobierno ilegítimo que los japoneses habían establecido en la zona norte de China que habían conquistado, el embajador alemán en China había intentado aliviar la tensión. Pero hacía alrededor de un año, Alemania había vuelto a sorprenderlos al firmar el Pacto Antikomintern con Japón. Supuestamente, el objetivo era frenar el poderío de la Unión Soviética, pero el pacto era un crudo recordatorio de que Alemania había cambiado su rumbo diplomático en forma decisiva.
Cabía señalar que antes de Hitler, China había disfrutado durante años de una relación sólida con Alemania. Sus lazos diplomáticos se remontaban a principios de la década de 1920, cuando Alemania, en su calidad de país derrotado en la Gran Guerra, había sido despojada de sus recursos y había perdido jurisdicción consular en China, en virtud del Tratado de Versalles. Pero el Gobierno chino había sido cortés y había forjado una asociación estrecha con Alemania, que incluyó el suministro de materias primas para contribuir a su recuperación. A cambio, China recibió de Alemania armamentos modernos. Muchos políticos chinos de élite enviaban a sus hijos a recibir entrenamiento militar en Berlín, incluido el presidente de su partido, Chiang Kai-shek.
Fengshan se frotó la frente. Pensó en Adolf Eichmann, que lo había confundido con el cónsul general japonés. Todos los indicios apuntaban a un estrechamiento de los vínculos entre Japón y Alemania y a un deterioro del futuro de China y Alemania. Era una nueva realidad a la que debían enfrentarse: la era de China como socia de Alemania estaba llegando a su fin.
—¿Cuál es su orden, embajador Chen?
