Esclava del amor - Susan Kearney - E-Book
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Esclava del amor E-Book

Susan Kearney

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Beschreibung

El marine Chad Hunter nunca había imaginado que acabarían vendiéndolo al mejor postor. Pero cuando llegó en misión de rescate a Eden, donde descansaban las mujeres más poderosas de Estados Unidos, descubrió que la sexy Brittany Barrington había comprado sus servicios. Entonces se dio cuenta de lo peligrosa que era aquella misión... A Brittany Barrington no le hizo ninguna gracia que su madre le comprara un hombre, aunque fuera alguien tan increíblemente guapo como Chad. Pero cuando el marine puso en práctica todos sus años de entrenamiento para seducirla, Brittany fue incapaz de resistirse a sus encantos...

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Seitenzahl: 260

Veröffentlichungsjahr: 2018

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2002 Susan Hope Kearney

© 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Esclava del amor, n.º 162 - mayo 2018

Título original: Enslaved

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

 

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com

 

I.S.B.N.: 978-84-9188-586-3

Índice

 

Portadilla

Créditos

Índice

1

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Epílogo

Si te ha gustado este libro…

1

 

—¡Mamá, no me puedes comprar un hombre! —dijo Brittany Barrington.

Por fin daba rienda suelta a lo que llevaba tantos días fastidiándola; a decir verdad, desde que su madre había decidido meter las narices en su vida privada.

—Pero… si pudiera encontrártelo, ¿lo querrías?

La mujer que había adornado las portadas del Vogue y del Cosmopolitan en los años sesenta se sentó en una esquina del escritorio de Brittany, muy tranquila a pesar de la turbación de su hija.

Samantha Barrington era algo más que una cara bonita y un cuerpo esbelto. La inteligencia de aquella mujer que había construido un imperio cosmético en los ochenta brillaba en sus ojos verdes, además de la preocupación bienintencionada por su hija.

Pero Brittany no necesitaba que su madre se preocupara, sintiera lástima o se entrometiera. Lo que quería era que le dejara dirigir su vida a su antojo, como la mujer de veintinueve años que era. Solo por haber protagonizado el divorcio más vergonzoso de la década no significaba que su madre tuviera derecho a presentarse en su despacho con la intención de ordenarle la vida.

Ajena al fastidio de su hija, Samantha dio la vuelta a la mesa y empezó a teclear algo en el ordenador. El presupuesto del año siguiente para la campaña Alimentar a los Niños Hambrientos desapareció de la pantalla.

—Eh, estaba trabajando —se quejó, aunque conociendo a su madre, sabía de sobra que sus quejas no servirían de nada.

—Siempre estás trabajando —le respondió su madre en tono de censura, comentario que provocó en Brittany una protesta inmediata.

—Eso no es cierto, madre. También tengo mi vida.

—Una vida aburrida.

A Brittany, su vida no le parecía aburrida. Se mantenía ocupada con su trabajo, un grupo reducido de amistades, y más trabajo.

—Lo siento si mi vida no se ajusta a tu nivel.

—Quiero que seas feliz.

¿Cómo podía discutirle eso a su madre? Sería mucho más feliz si su madre la dejara en paz, pero Brittany se mordió la lengua y no le dijo nada de eso. Samantha tenía buenas intenciones, pero también estaba acostumbrada a conseguir todo lo que se proponía sin problemas.

Claro que esa vez no sería así. Aunque Brittany sabía que cuanto más discutiera más se empecinaría su madre, ella también sabía ser resuelta.

Afortunada o desgraciadamente, había heredado eso de su madre. Brittany se preguntó entonces, y no por primera vez, por qué no podía haber heredado los ojos de su madre, o aquella cara tan preciosa. En lugar de eso, Brittany tenía la cara ovalada y se parecía al padre que nunca había conocido, el amor de su madre, un hippie que había volado en libertad y que había muerto en accidente de motocicleta antes de nacer Brittany.

Aunque Brittany jamás había recibido consejos paternos, sí que había heredado su cabello rubio y ondulado, en lugar de la melena rizada y de color castaño rojizo de su madre, y sus ojos color avellana, bonitos pero nada del otro mundo; o, ya puestos, desprovistos de un color tan vibrante como los ojos azules de la mujer por la que Devlin, su ex marido, la había dejado.

Claro que Brittany sabía que su físico nada tenía que ver con el fracaso de su matrimonio. Devlin era un hombre fascinante, que no había sido capaz de serle fiel a ninguna mujer. El fallo de Brittany había sido pensar que podría hacer de él un hombre de honor y de convicciones; había sido tan ingenua como para creer que, si lo amaba lo suficiente, él no se descarriaría.

Su madre la había educado en la creencia de que cualquier cosa era posible si creía en sí misma y se esforzaba. Hasta su fracaso matrimonial, esa filosofía de vida le había funcionado. Había sido una estudiante modelo, popular en el instituto privado de Nueva York y reconocida en la Universidad de Michigan, la que ella había elegido para licenciarse en Empresariales.

Incluso había encontrado la profesión de sus sueños en Nueva York, y dirigía una organización caritativa que se ocupaba de alimentar a niños de todo el mundo. Brittany tenía todo lo que siempre había deseado; hasta hacía tres años, cuando las aventuras amorosas de Devlin le habían roto el corazón.

Su madre opinaba que desde entonces había estado deprimida y aislada del mundo. Brittany prefería pensar que era su instinto de conservación lo que la había llevado a retirarse de la vida social. Ya no tenía miedo de encontrarse con su marido del brazo de su última conquista. No. Sencillamente, quería evitar cometer otro error.

—¿Has visto el correo electrónico que te envié?

—Lo siento. No he tenido tiempo. He empezado un nuevo…

—¿Un pasatiempo nuevo? Cariño, me parece estupendo. Sabía que te gustaría la clase de baile en la que te apunté si te dabas a ti misma una oportunidad. ¿Te resulta terapéutica?

—No necesito ninguna terapia —lo que necesitaba era hacer lo que le apetecía sin que nadie intentara dominarla—. Me he apuntado a un cursillo de nutrición en la universidad.

—Eso significa más trabajo, querida —Samantha abrió el correo que le había enviado a su hija—. Necesitas divertirte —colocó el cursor sobre el archivo adjunto y lo abrió—. ¿Qué te parece él?

En la pantalla apareció una foto de un guapetón de preciosos ojos azules y sonrisa blanca y perfecta; sus pectorales denotaban que se pasaba más tiempo en el gimnasio que en un trabajo normal.

Brittany suspiró con exasperación; se negaba a dejarse convencer por la idea que tenía su madre del hombre ideal.

—Mamá.

Samantha apretó un botón y apareció un adonis en tanga. Tenía los hombros como un nadador olímpico, el estómago plano y unos muslos y un trasero grandes y de carnes apretadas.

—Es mono, ¿no te parece? —dijo su madre mientras esperaba su reacción.

Brittany se negaba a darle a su madre la satisfacción de estar de acuerdo con ella.

—Tal vez podrías contratarlo como modelo para tus cosméticos para hombre.

—¿No lo encuentras atractivo? —insistió su madre con cierto desconsuelo.

Brittany ignoró la manipulación de su madre, ignoró su manera de abrir los ojos, fingiendo inocencia. Tal vez su vida privada no fuera mucho, pero era suya, y tenía la intención de que siguiera siendo privada. Que su madre pensara que necesitaba encontrar un hombre le resultaba de lo más vergonzoso. Casi tan vergonzoso como el día en que Samantha había encontrado a Brittany llorando a la puerta del apartamento donde habían vivido Devlin y ella, después de pillarlo en la cama con otra mujer. Brittany se había quedado tan anonadada, se había sentido tan dolida, que se había quedado allí durante horas. Incapaz de marcharse o de entrar, se había acurrucado junto a la puerta en posición fetal, mientras se repetía incesantemente que su mundo perfecto ya no era tan perfecto.

Ni el esfuerzo que había invertido ni el amor verdadero que había sentido por Devlin habían conseguido salvar su matrimonio. El simple hecho de que hiciera falta el amor de dos personas para que un matrimonio funcionara la había dejado paralizada y tremendamente dolida.

Después de eso, había pasado mucho tiempo deprimida, pero también había aprendido muchas cosas. La más importante, que la única persona a la que podía controlar del todo era ella misma.

—Estaría ciega si no me pareciera atractivo —dijo, ejerciendo todo el control del que era capaz sobre sus maltrechos nervios—, pero no quiero conocerlo. Y lo que desde luego no quiero es que me lo compres.

—¿Por qué no?

Brittany cruzó los brazos, segura de sí misma.

—No me merece la pena estar con un hombre que se puede comprar con dinero.

Samantha sacudió aquella melena tan natural que tanto le costaba conseguir a su estilista.

—¿Por qué crees que la prostitución es la profesión más antigua del universo?

Samantha era testaruda, pero Brittany no se quedaba atrás.

—No voy a discutir contigo, madre. Y sigues sin querer entenderme. No me interesa un hombre a quien se le paga para entretenerme. La mera idea me resulta vergonzosa.

—¿Te parece vergonzoso que un hombre se esfuerce en complacerte?

—Eso no es lo que he querido decir y lo sabes. Pagar a alguien para que se acueste con otra persona me parece… degradante.

—¿De verdad? ¿Y cómo lo sabes? —le preguntó Samantha con aquella voz bien modulada pero de tono firme—. ¿Cómo sabes que no sería divino? ¿O divertido?

—Oh, por favor. ¿Acaso tengo que tomar drogas para saber que son malas para mí? ¿Tengo que tirarme del Puente de Brooklyng para saber que me haré daño al caer?

Brittany apretó el botón de «suprimir» y se alegró de que desapareciera el rubio adonis. Era una pena que no pudiera hacer desaparecer a su madre con la misma facilidad.

Lo cierto era que tenía trabajo. No había almorzado y empezaba a dolerle el estómago. Además, no tenía necesidad de saber que su madre podía, sin duda, comprar a esos hombres.

Samantha borró todos los archivos.

—Si al menos tu padre estuviera vivo…

—… entonces no lo vería todo en blanco y negro —Brittany terminó la frase favorita de su madre—. Solo que esta vez te has equivocado.

—No puedes saber lo que estás rechazando hasta que no pases un mes glorioso con un extraño que está cobrando para atenderte.

Su madre parecía hablar por experiencia. Los ojos le brillaban ligeramente, y en su tono de voz se percibía el recuerdo de una pasión.

Pero Brittany no quería experimentar lo mismo. Hacía poco más de un año su madre había estado saliendo con el escultor Jeffrey Payne, quien la había dejado por una joven de dieciocho años. Brittany sabía que su madre se había quedado muy mal, y jamás había vuelto a mencionar el nombre del artista. No conocía los detalles de su aventura amorosa, pero sí sabía que Jeffrey se había mudado al ático de lujo de su madre y habían compartido cama durante varios meses. Pero no quería pensar en la sexualidad de su madre; ni tampoco en la suya.

—No me interesa.

—Pues debería interesarte. ¿Hace cuánto que no estás con un hombre?

—¡Mamá!

Brittany se puso colorada. Aunque debería estar acostumbrada a la actitud abierta de su madre en referencia al sexo, ni la entendía ni la compartía. Sospechaba que los años sesenta, la píldora y eso de «hacer el amor y no la guerra» habían influido mucho a su progenitora. Pues bien, ella no se había criado en los sesenta.

Samantha agarró a su hija de la mano.

—Me gustaría que te tomaras unas vacaciones conmigo.

—No tengo tiempo para irme de vacaciones.

—Sácalo. No tienes por qué participar si no quieres.

—¿Participar en qué? ¿En alguna terapia? —le preguntó Brittany con aprensión.

Tras su divorcio, su madre le había preguntado si estaría interesada en unirse a un grupo de mujeres ricas y poderosas que pasaban las vacaciones en el norte del estado.

—Ven a Edén conmigo.

¿Edén? El hombre suscitó el recuerdo de una tarde desagradable, justo después de recibir los papeles del divorcio, en la que su madre había intentado coaccionarla para que se fuera de vacaciones con ella. Samantha le había explicado a Brittany lo suficiente para comprender lo que era Edén. Aunque su madre nunca le había dicho directamente que fuera miembro, Brittany suponía hacía tiempo que Samantha Barrington pertenecía al exclusivo club de mujeres ricas y poderosas propietarias de un complejo en los Montes Catskill; un club muy selecto donde sus miembros tenían la influencia suficiente para mantener sus actividades en secreto ante el resto del mundo. En cinco mil acres de terreno, Edén tenía sus propias leyes, su propio departamento de policía.

Y tenía un secreto. En Edén, las mujeres podían comprar los servicios de un hombre.

Se preguntó si Edén era la razón por la que su madre jamás se había vuelto a casar, o si tal vez fuera porque salía con los hombres equivocados. Por egoísmo, Brittany deseaba que su madre encontrara a un hombre que la hiciera feliz para que así la dejara en paz a ella.

Pero si no había permitido que su madre la llevara a Edén después de su divorcio, tampoco iba a permitirlo dos años después. Le resultaba demasiado humillante pensar que era una mujer tan fracasada que tenía que comprar la compañía de un hombre.

Aunque Samantha conseguía casi siempre lo que quería, esa vez Brittany no iba a ceder. No pensaba ir a Edén.

 

 

—El nombre clave es «Edén».

—¿Otra misión secreta, señor? —le preguntó el teniente primero Chad Hunter a su superior, que parecía extrañamente reacio a ir al grano.

Pero también era cierto que aquella reunión era de lo más inusual. Inesperada, en realidad. Las reuniones para las misiones secretas de los SEAL, cuerpo especializado de la Marina, no solían celebrarse en el bar de un club de campo.

Su permiso de seis semanas en tierra no había sido interrumpido, lo que habría ocurrido si la Marina lo hubiera necesitado a él y a su equipo especializado para resolver lo más rápidamente posible algún conflicto en cualquiera de los puntos conflictivos del planeta.

Hacía tres días que él y sus hombres habían vuelto a Hawai tras una exitosa misión en la que habían rescatado a un piloto que había sido abatido en las costas de China. El mes anterior, habían ido a sacar un submarino que había quedado atrapado entre los hielos del Ártico.

Chad se enorgullecía tremendamente de los logros de su equipo y de la habilidad de estar disponibles con un margen muy pequeño de tiempo. Hasta la fecha no había perdido a ningún hombre; jamás había fallado en ninguna misión. La Marina le encomendaba cometidos muy duros y, siempre listo para servir a su país, Chad solía posponer sus planes personales si era necesario.

Con la maleta hecha y a punto de salir para Ohio a disfrutar de un bien merecido descanso junto a sus padres, sus seis hermanas y sus maridos, y todos sus sobrinos, Chad se había quedado sorprendido cuando el almirante le había pedido que cenaran juntos. Sin embargo no le importaba el retraso. A Chad le gustaba pasar tiempo con su familia, pero por otra parte no tenía ninguna gana de aguantar a sus hermanas, que no dejaban de inmiscuirse en su vida privada.

Chad dio un sorbo de cerveza. Estaba deseando que el Almirante Warren Gates fuera al grano.

—Esta no es una misión oficial. ¿Interrumpiría algún plan especial durante sus vacaciones, marinero?

—El habitual, señor.

El almirante parecía tan incómodo como un novato tirándose por primera vez en paracaídas, y eso hizo que Chad sintiera aprensión.

—Tengo planes para ver a mi familia —dijo en tono casual, para no dar a entender su recelo.

El almirante sonrió de manera curiosa.

—¿No hay nadie especial?

Chad frunció el ceño al pensar en la panda de casamenteras que lo esperaba en casa. A él le gustaban las mujeres, eso por descontado. Las mujeres con las que salía eran inteligentes, orientadas a la vida profesional y tan empeñadas en evitar las relaciones permanentes como él. De vez en cuando se juntaba con alguna amiga cuando libraba los fines de semana, o a veces durante la semana si tenía tiempo libre.

Hizo una mueca de asco, sabiendo que en su casa sus hermanas estaban haciendo lo posible para emparejarlo. Había intentado explicarles que no se volvería a casar, al menos mientras quisiera seguir en la Marina. Amaba su trabajo y disfrutaba de la emoción de vivir al límite, de la responsabilidad de liderar a un grupo de hombres y de la satisfacción de salvar vidas.

Había aprendido hacía cinco años que una esposa esperaba que su hombre volviera a casa cada noche, o al menos llamara para decirle cuánto tiempo tendría que esperarlo. Su trabajo no le permitía tal actividad.

A veces pasaba horas, días o semanas sin poder contactar con nadie. No era justo exigirle a ninguna mujer que se conformara con esas pocas veces en las que podría estar con ella. Había intentado que su matrimonio funcionara, pero Roxy se había hartado y finalmente divorciado de él.

Jamás volvería a permitir que una mujer se despidiera de él con lágrimas en los ojos; que en silencio le rogase que dejara su profesión para quedarse en casa y llevar una vida normal. No podría soportar la culpabilidad otra vez. Prefería no volver a pasar por esa experiencia.

—Cada una de mis hermanas me habrá escogido a alguna candidata que esté lista para el matrimonio.

El almirante arqueó una de sus cejas peludas.

—No parece muy contento.

—Señor, tengo seis hermanas.

El almirante sacudió la cabeza y se echó a reír.

—Entiendo su renuencia —el almirante hizo una pausa—. Tengo un favor extraoficial que pedirle, Hunter. Un favor… personal.

Finalmente, como Chad sabía que acabaría haciendo, estaba llegando a lo que había ido a decirle.

—¿Qué puedo hacer por usted, señor? Solo tiene que pedírmelo.

Chad haría cualquier cosa por el almirante. No solo lo respetaba por ser el oficial al mando, sino que admiraba su coraje y los riesgos que corría por sus hombres. Chad y sus hombres le debían la vida, de modo que no solo sentía respeto hacia él como profesional, sino también como hombre.

—Mi hijo ha desaparecido.

—¿Lyle?

Chad sabía que el almirante siempre había tenido la esperanza de que su hijo siguiera sus pasos y entrara en la Marina. Bajo el mando de Chad, Lyle lo había intentado. Chad recordaba al joven, no solo porque fuera el hijo del almirante, sino porque había sido un SEAL particularmente brillante. Nadaba como un pez. Había aprendido lo básico de la lucha cuerpo a cuerpo, del submarinismo y de la carga explosiva bajo el agua. Un tirador de primera, con el coraje de diez hombres y era un maravilloso estratega. Pero como era un solitario, nunca había encajado, ni había sido feliz, y al final no se había reenganchado.

Chad había perdido la pista a Lyle. El almirante raramente hablaba de él; sin embargo, no había duda de que padre e hijo seguían unidos. Chad notó preocupado al almirante; estaba muy tenso y le temblaba un poco la voz.

—Se apuntó por una temporada en un lugar llamado «Edén». Y no volvió.

Chad estaba familiarizado con la mayoría de los lugares que contratarían a un hombre con las habilidades marciales de Lyle y una inteligencia superior como la del hijo del almirante, pero jamás había oído hablar de Edén.

—¿Edén es un campo mercenario, señor?

—No. Es un complejo vacacional.

—¿Dónde está?

—En los Montes Catskill.

Chad frunció el ceño.

—¿Un grupo paramilitar está operando en un complejo vacacional al norte del estado de Nueva York?

—Edén no es un complejo militar, sino un lugar dirigido por las mujeres más ricas y poderosas del país. Es toda la información que puedo darte.

¿Lyle había sido capturado por un grupo de mujeres? Al recordar las habilidades y el coeficiente intelectual del SEAL, a Chad le costó imaginarse tal cosa. Lyle se había especializado en derribos, pero sabía forzar una cerradura, pilotar un avión, y hablaba tres idiomas. Con su metro ochenta y cinco y ciento diez kilos de peso, Lyle no tenía nada que envidiarle a Chad. La idea de un grupo de mujeres reteniéndolo en contra de su voluntad le pareció ridícula. Pero Chad no se rió. Si algo había aprendido en el tiempo que llevaba al mando de la Brigada Roja de hombres de élite, era que había distintos modos de inmovilizar a una persona, ya fueran el chantaje, el secuestro, la venganza o el dinero.

Chad presionó al almirante para que le proporcionara más información.

—Me temo que no entiendo.

—Resulta difícil conseguir detalles. El grupo Edén es selecto y altamente reservado. Tienen el poder, el dinero y la influencia suficientes como para mantenerse alejados del ojo público.

Chad soltó un silbido. Para que un grupo operase en secreto en Estados Unidos no bastaba solo con un poco de dinero.

—Estamos hablando de juezas del Tribunal Supremo, de dueñas de monopolios mundiales y de celebridades que pasan sus vacaciones en cinco mil acres de terreno celosamente guardado.

Chad se rascó la mandíbula; aquel asunto le resultaba muy extraño.

—¿Y este grupo de mujeres tienen algo que ver con la desaparición de Lyle?

—Le hicieron un contrato para trabajar un mes.

—¿Cree que sigue allí?

—Sí —el almirante pidió otra ronda—. Quiero que se infiltre en Edén y que me lo traiga de vuelta.

—Señor, mi equipo puede estar listo en menos de cinco horas.

El almirante negó con la cabeza.

—No pueden ir como de costumbre. Debe ir en misión secreta. Y solo.

—¿Sin apoyo?

Chad tenía una fe ciega en su equipo y no los dejaría atrás a no ser por una razón de peso. Pero seis cabezas y seis pares de ojos harían un trabajo mucho más completo que Chad a solas.

—Mis hombres saben mezclarse…

—Los únicos hombres que entran en Edén es por contrato. Su seguridad es tan fuerte que ni siquiera un SEAL sería capaz de colarse allí.

—Entonces ¿cuál es el plan?

—Que se inserte en su operación de contratación igual que hizo Lyle. Una señora tiene que comprar sus servicios.

A Chad se le encogió el estómago. Había llevado a cabo muchas tareas desagradables por su país, pero aquello lo hizo pensar en la esclavitud.

—¿Qué clase de servicios voy a venderle a las señoras?

—Los del tipo personal.

 

2

 

—¿Es usted virgen, joven?

La excéntrica anciana de la silla de ruedas, que vestía una túnica de pedrería y fumaba un hermoso puro no podía estar dirigiéndose a él.

En ese momento, Chad estaba en un patio, delante de aquella mujer de pelo azulado y ojos verdes, más arrugada que un pergamino, y se preguntó si mentalmente estaba preparado para aceptar la misión que le había encomendado el almirante Gates.

Sin duda, las señoras dirigían una empresa de primera clase. Desde que había recibido el contrato, la vida de Chad había quedado resuelta. Había llegado en avión a Nueva York y al día siguiente una limusina lo había recogido de un hotel de cinco estrellas y lo había llevado directamente a los Montes Catskill.

El chófer le había dicho que el primer plazo de su generosa paga se lo habían ingresado ya, y que si lo deseaba podía comprobarlo utilizando el teléfono del coche. Entonces le había recordado que no le estaba permitido hacer ninguna otra llamada, otra de las condiciones del contrato. Tampoco tendría contacto con el resto del mundo durante su estancia en Edén. Y cualquier intento de violar esa norma le proporcionaría el despido inmediato.

Hacía menos de una hora que el chófer había cruzado las puertas de Edén, por donde habían accedido a una carretera bien pavimentada que rodeaba colinas y más montañas. A unos cien metros después de la primera curva, unos guardas de seguridad habían realizado un escáner de la retina, tanto al conductor como a Chad, antes de permitirles la entrada. Corteses y eficientes, los guardas habían examinado el coche, el equipaje y a sus ocupantes con tanta minuciosidad como un equipo militar en tiempo de guerra.

Esas mujeres se tomaban su intimidad muy en serio. El sistema de vigilancia de Edén era aún más completo de lo que había pensado. A intervalos regulares, había cámaras de fibra óptica último modelo que eran capaces de hacer un zoom de cada centímetro cuadrado de los tres kilómetros de carretera. En la valla eléctrica había carteles de «prohibido el paso». Seguro que los paparazzi no se colarían allí; ni tampoco ningún turista curioso haciéndose el inocente y diciendo que se había perdido.

Igual de impresionante que el equipamiento técnico resultaban los equipos de seguridad, quienes sin duda dificultarían su misión. No solo estaban vigiladas las verjas. Chad vio también numerosos policías patrullando el recinto con perros.

Estaba claro que las mujeres que dirigían Edén exigían lo mejor, y la eficiencia de los empleados le dijo mucho sobre el deseo de intimidad por parte de las empleadoras.

Aunque Chad había pensado en intentar meter equipamiento técnico en secreto, el almirante le había aconsejado lo contrario.

Cuando vio que los de seguridad pasaban su equipaje por un escáner de detección de armas que utilizaban los militares, se alegró de haber seguido el consejo de su superior. Aquellas mujeres no solo podían permitirse los mejores grupos de seguridad, sino que aparentemente tenían acceso a equipamiento militar.

Varias millas más adelante, el conductor giró por una carretera lateral a cuyos lados Chad vio grandes extensiones de cuidado césped, que ascendía entre abetos hasta la cima de la loma. El arquitecto había aprovechado el emplazamiento para construir una réplica de un castillo medieval con todos los servicios, que incluían más cámaras de fibra óptica discretamente enfocadas hacia las entradas principal y laterales.

Más adelante vio la silueta de una pequeña ciudad que, según recordaba por el mapa, era la zona de entretenimiento, con restaurantes, teatros y habitaciones privadas donde pasar una noche de placer. Esa noche, la fiesta era mayor y estaba instalada en la grandiosidad de un escenario como el de las películas.

El chófer se detuvo bajo un gran cochera, que a Chad le recordó a las de una época lejana en la que las damas y los caballeros llegaban a las fiestas en relucientes coches de caballos. A ambos lados de la entrada en forma de arco, había dos áreas idénticas.

El conductor señaló más allá de una fuente.

—La fiesta es por allí, señor.

Chad siguió a varias parejas a un vasto patio que estaba pavimentado en mármol negro y decorado con estatuas de dioses y diosas griegos.

Chad se estiró el cuello de su americana de dos mil dólares, cortesía de Edén, se alisó los pantalones y se mezcló entre el público, prestando atención sobre todo a los hombres, en busca de Lyle. Notó enseguida que no solo los hombres, sino también las mujeres, llevaban puestos elegantes chapas de oro con su nombre, algunas de ellas con joyas incrustadas.

Con una copa de champán en una mano y un canapé de bogavante en la otra, Chad empezó a pasearse entre los grupos de personas mientras observaba las instalaciones, sin hacer nada por ocultar su interés por el recinto. Cualquiera que fuera nuevo allí observaría la elegancia del ambiente, pasearía por las instalaciones y tal vez le pediría a una de las señoras que le hiciera una visita del lugar.

Aunque estaba aprovechando la soledad, sabía que no pasaría desapercibido. Unas sofisticadas videocámaras captaban cada ángulo del patio y todos sus movimientos.

Mientras observaba a las señoras elegantemente vestidas y peinadas, reconoció a varias. Una famosa actriz cómica, una senadora, una presentadora de televisión…

Fue entonces cuando se había topado con la mujer de la silla de ruedas y el puro, y que parecía empeñada en abordarlo. Con la música en vivo y la conversación de la gente, Chad pensó que tal vez la hubiera entendido mal. La impertinente pregunta de la señora parecía fuera de lugar en aquella asamblea de hombres y mujeres elegantes que charlaban con la misma cortesía con la que comían delicias y bebían champán.

—¿Cómo dice, señora?

Ella dejó que el puro le colgara de los labios.

—Le he preguntado si es virgen. Me parece una pregunta bien sencilla.

Por el brillo de sus ojos, Chad se percató de que la anciana estaba disfrutando con su incomodidad.

—Señora, no creo que eso sea asunto suyo.

—Oh, tonterías —le echó el humo en la cara—. Todo lo que pasa en Edén es asunto mío. Yo soy una de las fundadoras, ¿sabe?

—No lo sabía.

Chad se reprendió para sus adentros. Solo llevaba allí unos minutos y ya había ofendido a alguien importante.

—Sin embargo, joven, creo que se ha precipitado. Le estaba preguntando si esta era su primera… visita.

—Sí, señora. Supongo que se me nota —le respondió Chad, que se sentía ridículo y nervioso, pero al mismo confiado en que podría disimular su error con el encanto que sus hermanas lo animaban a utilizar para encontrar otra esposa—. No conozco a nadie. En realida, no sé si venir ha sido una buena idea.

La anciana lo miró con extrañeza. El entusiasmo de su mirada fue sustituido por una astucia que le dio a entender que no tenía un pelo de tonta ni había perdido la cabeza.

—¿No leyó el contrato que firmó?

Pero ¿qué había hecho mal ahora? El contrato, un documento de treinta y cuatro páginas, había requerido de la ayuda de un abogado para explicarle las partes más peliagudas.

—Entiendo que mis servicios han sido adquiridos por Edén S. A. durante un mes.

—Eso es correcto. O bien permanecerás en la piscina, o tus servicios podrán ser contratados específicamente por una mujer durante un periodo de tiempo concreto. Por supuesto, cobrarás una cuantiosa prima si alguien elige contratarte con exclusividad. Eso podría pasar. En mi opinión eres un auténtico bombón —dijo, y le hizo una señal de aprobación.

Chad no sabía si eso era algo bueno o no en esa situación, y no sabía qué opción prefería de las dos. El quedarse en la piscina le daba acceso a tener contacto con más gente durante las funciones de la noche; sin embargo, su libertad durante el día sería limitada a la zona lujosa solo para hombres. Por otra parte, si una mujer requería sus servicios exclusivamente, tendría una zona más amplia por donde moverse día y noche, con lo cual le resultaría más fácil buscar a Lyle y planear un rescate.

La mujer le sonrió entre el humo del puro.

—Las propinas pueden ser bastante sustanciosas si tus servicios son tan demandados como los del último SEAL que vino por aquí. El contrato lo garantiza.

Chad no pestañeó al oír mencionar al otro SEAL, pero su comentario fue la entrada que necesitaba para hablar de Lyle. No tenía dudas de que Lyle habría sido popular con las señoras y se preguntó si habría sido adquirido por una sola mujer o si bien se había quedado en la piscina. Con cuidado de disimular su curiosidad, Chad se encogió de hombros.

—Tal vez lo busque, para que me aconseje sobre las tácticas.

—Yo te aconsejaré. ¿Quieres estar en demanda? Lo único que debes hacer es mirar a una mujer a los ojos y sonreírle.