Escombros selectos - Alfredo Castellón - E-Book

Escombros selectos E-Book

Alfredo Castellón

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Beschreibung

Un ángel fetichista que roba ropa interior femenina, un grupo de intelectuales quiere imitar a Antoine de Saint-Exupéry, un rebaño de ovejas intenta merendarse a la mujer de Lot ya convertida en estatua de sal... personajes y situaciones hilarantes, una ventana al absurdo más honesto, el único modo de ver la vida sin perder la cordura. Una colección de cuentos que nos lleva a la mirada más íntima del mundo de la mano de su autor.

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Seitenzahl: 254

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Alfredo Castellón

Escombros selectos

 

Saga

Escombros selectos

 

Copyright ©2018, 2023 Alfredo Castellón and SAGA Egmont

 

All rights reserved

 

ISBN: 9788728392492

 

1st ebook edition

Format: EPUB 3.0

 

No part of this publication may be reproduced, stored in a retrieval system, or transmitted, in any form or by any means without the prior written permission of the publisher, nor, be otherwise circulated in any form of binding or cover other than in which it is published and without a similar condition being imposed on the subsequent purchaser.

 

www.sagaegmont.com

Saga is a subsidiary of Egmont. Egmont is Denmark’s largest media company and fully owned by the Egmont Foundation, which donates almost 13,4 million euros annually to children in difficult circumstances.

Prólogo

Gracias querido Alfredo —y gracias querida Rosa, Rosa Burillo, que con tanto esmero cuidas la edición— por encomendarme este prólogo. Gracias porque los cuentos de Escombros selectos, como su título indica, me incitan a escribir, y eso es lo mejor.

Los he leído en varias pantallas, no he podido imprimirlos —me lo impide la arboleda— y hasta en el móvil me atrapan. Leerlos en el móvil es la prueba del nueve o del diez. Siempre cae alguna mota en la pantalla y cuando vas a quitarla se desconfigura todo. Esta lectura interruptus por los abismos del pdf sirve para calibrar la consistencia de lo narrado, que es total: brinca de la vida a la muerte como quien salva un arroyo de piedra en piedra y viceversa.

Tanto me gustan tus cuentos, Alfredo, que me incitan a escribir. Es infalible. No puedo explicarlo pero en cuanto acabe este folio me pongo a teclear ese relato difuso que me sobrevuela desde hace treinta mil millones de años. Gracias.

Hay personas de las que no recibes ni un solo bit de información, ni un fotón. Son enigmas de la biología o de esos ángeles que van y vienen por tus cuentos. Y hay personas que te transmiten su alma sin más palabras. Tú para mí eres una de esas personas transparentes que dejan pasar el mundo.

Querido Alfredo: los cuentos son magníficos, ya puedes estar bien tranquilo. Ah, y no te preocupes por el limbo, que no lo han quitado. Un invento tan genial no se puede erradicar de un plumazo. Bueno, tú sabrás si lo han quitado, pero no creo. Ya dirás algo.

O ya lo dijiste en estos cuentos que —spoiler— se aventuran en casi todas las muertes. Son tan ligeros que se vuelven clásicos en el móvil: dan sentido y vigencia a los mensajes que tintinean desde el éter. El universo se expande, Alfredo, y tú con él, y nosotros contigo: tus cuentos reflejan esa abundancia sin derrochar ni una coma.

Todos cuentos de viajes... al interior y al más allá. Reportajes mínimos de vidas completas, ampliaciones abreviadas de lo esencial.

Una clasificación: de guerra, exóticos, de locos, de amor, de sucidio, bíblicos, de ángeles. Lo bueno, ahora que caigo, es que cada cuento contiene todos esos elementos.

Todos atravesados por esa trascendencia límpida y original que le pones a lo que miras y tocas. Y que es delicada y propia de un dandy discreto, bon vivant de la infancia, tímido, letraheridísimo, insondable y transparente. “Es hermoso morir acompañados por la luz que nunca más veremos”.

Igual que mis padres, no admito la muerte ni el tiempo. Me molesta el calendario, el reloj y sus monsergas. Estas carencias me permiten leerte en vida y estar a tu lado sin forzar los adverbios. Si hay que hacer algo, se hace. Pero a mala gana y con alegría. Ahora me encorre la hora, me quedan unos minutos para enviar esto: no importa, Alfredo, en esta línea pongo la eternidad, como tú haces en tus cuentos. Y ahí me quedo... y me voy. (Lo que sigue lo escribiré ayer, en el futuro).

Y por ese caminito de los abetos joviales viene o va el finísimo humor que atraviesa la tragedia sin tocarla, como el Espíritu Santo hizo en su día para asombro y misterio del mundo. Humor alfredisiaco, sensualidad en las comas, en las pausas, en la exactitud impecable de los diálogos. Vas en un ferry a la muerte y desde allí mandas crónicas como un corresponsal sin acreditación, un aventurero que se ha colado.

Pertenezco a la casi extinguida cofradía de los amigos de Enrique Gómez Padrós, Harry, “que con tanto cariño pellizcaba la yugular del amigo”. Eso me habilita para escribir esta incitación porque Harry nos enseñó a gozar de la escritura y el cine. Seguro que te estará pellizcando el cuello, y te dirá que lo tienes de primera.

Como casi todo el mundo doy cursos de escritura. Este oficio me ha afinado el oído para descubrir lo que sobra. Te digo, Alfredo, que ya lo sabes, que eres perfecto. Tus palabras traspasan el alma sin rozar la física. Se te puede leer en un móvil porque escribes en el aire. Lo demás ya es tu pura virtud y la sensibilidad saludable del mundo que has viajado por dentro. Gracias, querido Alfredo, y vamos ya, que despega el globo.

 

Mariano Gistaín

La palabra es la luz

de la sangre.

María Zambrano

I

Itinerario sentimental

A Félix Romeo

In memoriam

Antoine de Saint-Exupéry en su libro Ciudadela propone la construcción de una fortaleza en una tierra donde todos los pasos tendrían sentido. Confieso que esta frase me ha hecho pensar. Le he dado multitud de interpretaciones pero no he llegado a ninguna conclusión, no la encuentro y prefiero razonarla con detenimiento. Efectivamente, todos los pasos tienen sentido pero, ¿hacia dónde?, hacia adelante, hacia atrás, hacia el cielo, hacia la tierra, hacia el túnel o la cueva pues teniendo ambos en común la oscuridad y el silencio, el túnel es un pasaje, la cueva no. Los pasos hacia la luz tienen sentido viniendo de la oscuridad, aunque también podría ser lo contrario. Según intuyo, esos pasos tendrían algún sentido si se dirigieran a las alturas. Si se alejaran de la tierra. Pasos alados. ¿Los pájaros los tienen?, no lo sé. Sigue la incógnita. Para mí, el único movimiento con sentido es el que dan los creyentes hacia su cielo porque son como impulsos de la imaginación. Aunque, a lo mejor, el insigne aviador se refiera a ese cielo de los creyentes: la Ciudadela como casa del Padre. Entonces nos estaría hablando de la salvación. ¿Le obsesionaba al escritor la salvación cristiana? No creo. Yo pienso que buscaba otra cosa. ¿Pero el qué? ¿Qué es lo que buscaba? Es una frase que puede crear confusión. De pronto pensé que quizá, pronunciada desde el aire tendría más sentido. Y así debió ser, pues el hecho de ser aviador... Todas estas dudas sobre la frasecita se las manifesté a unos amigos jóvenes y además escritores de éxito. Yo sabía que el autor Saint-Exupéry les interesaba, ya que desde muy niños habían amado su famoso Principito. Así que una vez expuestas mis dudas esperé su contestación.

El primero en tomar la palabra fue Antón C, el escritor gallego afincado en Aragón. Digo afincado con toda la intención del mundo, ya que mora en una finca del pueblecito turolense llamado La Iglesuela del Cid, qué bonito nombre, por cierto.

—Yo creo —me dice— que tienes razón, una frase así tan solo empieza a tener sentido si la concebimos pensada por un hombre que se sentía feliz volando, que abandonaba un mundo envuelto en una guerra estúpida y se alzaba a un cielo solitario, donde todo empezaba a tener sentido al verse alejado de una tierra maltratada por los que más debían cuidarla.

—Sin embargo yo pienso que desaparece más que por rechazo, por atracción. El que habla es Félix R, el Gordo. Y sigue argumentando. Antoine era un aventurero y lo que él buscaba no lo había encontrado en la tierra, así que empinó su avión hacia el cielo que tanto le atraía, y desapareció, así de simple. Y sin salirme del contexto de su libro, añadiré que se fue en busca de la ciudad del Padre, del padre con mayúscula.

—Eso es muy bonito pero carece de lógica —el que contradice a Félix es su amigo Mariano G, también novelista. Mostrando el libro de Saint-Exupéry, expone su argumento. Lo que propone el fabulador es la construcción de una ciudadela, aunque en la ficción el que quiere construirla es un príncipe del desierto que habla como Caíd de unas tierras dominadas por su padre y en la que los pasos; es decir, los caminos, tendrán por fin un sentido.

—El aventurero, el aviador Antoine, aquí se transforma en profeta: el desierto como templo de purificación—, el que opina ahora es Ismael G.

En este punto, y habiendo escuchado los argumentos de mis jóvenes amigos, intervengo yo para centrar la discusión, de nuevo, en la frase que me intriga y que quiero descifrar: bueno, yo creo que en esa ficción el novelista busca la soledad en la que comprender mejor el mundo que le rodea y al fracasar, decide intentarlo desde el cielo, desde la soledad absoluta. Allí, quizá, tengan sentido los pasos que damos en nuestra existencia.

—Yo pienso —dice Antón C— que desaparece el día en que comprende que el sentido de las cosas tiene que cambiar, pues el que conoce no le gusta.

—Eso mismo pienso yo —corrobora Mariano—. Además estoy convencido de que fue así. La verdad estaba de su lado, y allí donde fuera, esa verdad le acompañaría. Intenta crear una ciudadela en la que reine la armonía pero al no lograrlo, decide conducir su avión hacia las alturas y buscarla allí.

—En su conciencia, pienso yo —es el gordo Félix el que toma la palabra— en su conciencia, esa Ciudadela ya estaba construida, pues en el momento en que elige el aislamiento, el recogimiento, la quietud, ya está marcando el camino, los obstáculos casi salvados, los cimientos de su nuevo aposento, construidos.

—Efectivamente, y a partir de ahí todos sus pasos empiezan a tener sentido —afirma Ismael G.

—Así es —ratifica Félix—. Aunque esa ciudad...

—Una ciudad del hombre sin el hombre. ¿Y una ciudad así para qué sirve? —El que ha interrumpido y pregunta ha sido Mariano—. ¿Por ahí iba tu pregunta, verdad Félix?

—Yo quería asociar ciudad con templo y llegar por ese camino a alguna solución, quizá cristiana, aunque no creo que en Saint-Exupéry tenga mucho sentido.

—Pienso que la casa, la Ciudadela, la quiere construir para su espíritu, de lo contrario sería inhumano crear un vacío tan... Bueno, después de todo un lugar para el espíritu tiene más sentido que para la nada. Él era un hombre sensible y un fracaso, aunque tan solo fuera espiritual, era significativo —opino yo.

—Pero para averiguar ese sentido espiritual que propones tendríamos que situarnos donde él lo intentó —afirma Ismael.

—¿Quieres decir que tenemos que subir...? —le pregunto.

—Desde luego —me contesta con rotundidad, y prosigue,— la única forma de encontrar sentido a la frasecita es analizarla desde donde él la concibió: el aire.

—¿Y quién sabe volar? —pregunto yo—. La carcajada es general, si bien Mariano G nos interrumpe diciendo:

—Para situarnos en una atmósfera semejante a la de Saint-Exupéry no hace falta avión. Cerca de mi pueblo hay un campo aerostático donde podemos alquilar un globo y...

El éxito de la propuesta es coreado por todos, y sin más dilación nos conjuramos para salir hacia Barbastro a la mañana siguiente.

El campo está a pocos kilómetros de la ciudad en dirección a los Pirineos. Allí los vientos son ideales para ese tipo de navegación. Antes yo he conseguido escaparme al cementerio y he depositado un clavel rojo en la tumba de mi gran amigo Enrique G P, un deseo que puedo cumplir al fin, después de tantos meses anhelado. Me acompaña su sobrino Cuchi, también amigo de todos nosotros.

Y fue precisamente Cuchi el que nos proporcionó el globo, pues su hermano Manolo conocía... Explicadas las razones, y comprendido nuestro deseo, nos lo consiguió gratis e incluso colaboró con su experiencia a ponerlo en vuelo. Cuando ya estábamos a punto de salir, Félix se bajó del globo y se fue hacia unos matorrales para mear. Pero con tan mala fortuna que se quedó enredado entre sus ramas y empezó a pedir ayuda. Los primeros en acudir en su auxilio fueron Cuchi y su hermano, sobre todo al descubrir que las ramas que lo aprisionaban eran de la planta conocida como mandrágora que, aparte de amodorrarlo, ya habían empezado a succionarle la sangre. Con el susto los hermanos Gómez descuidaron el globo que empezó a subir y subir sin control alguno. No obstante, antes de desaparecer entre las nubes, pudieron comprobar cómo, al fin, el pobre Félix era rescatado de la voraz herbácea que de seguro hubiera dado buena cuenta de él, dada su particular contextura y abundancia de carnes.

El globo, como ya he dicho, ascendió rápidamente despojado de un lastre tan poderoso como el del gran Félix y, en menos de una hora, se plantó sobre el río Esera y la ciudad de Graus, justo cuando empezaban a bailar las comparsas de cabezudos y caretas en la Plaza Mayor en celebración de sus fiestas: “A las doce del día doce, las campanas baldiarán y en San Miguel la Rondalla, los mozos prepararán. A madrugar, drugar, drugar, a madrugar les zagals...” Ése era el canto que se escuchaba en la Plaza mientras el globo descendía hasta quedar atrapado en un balcón de la antigua casa de Joaquín Costa lo que causó gran regocijo entre los “mocés” de la fiesta. El chiflo, los tambores y el chicotén se callaron. Murmullos de asombro y expectación sustituyeron al sonido de los instrumentos. Algunos de los danzantes se quitaron las caretas y pudimos distinguir, con gran alegría, a un grupo de amigos. Entre éstos se encontraban los hermanos Azín, Alquézar, la novelista Ana María N con su marido, también escritor y periodista, Juan D L y el restaurador, Emilio L y J L A con Ignacio M P, ellos también debieron de reconocernos porque inmediatamente se dirigieron hacia el Ayuntamiento con intención de ayudarnos. Una vez arriba, y superado su asombro por nuestra accidentada aparición, iniciaron el rescate al tiempo que preguntaban el porqué de nuestro viaje en globo por aquellos parajes. Explicado el motivo, inquirimos por el suyo, que no era otro que el de seguir la ruta del aventurero aragonés, Pedro Saputo, héroe y protagonista del famoso libro de Braulio Foz. “Visitamos ciudades y paisajes por los que el autor se aventurara” —nos aclaró Ramón A y Ana N prosiguió diciendo: —Emilio nos prepara las comidas y los vinos que se citan en el libro—. Nos pareció una buena idea y prometimos incorporarnos en cuanto terminara nuestro viaje.

Durante la conversación que casi era a voces, por la distancia de la balconada a la barquilla del globo, nuestros amigos lograron liberarnos. Pero en vez de bajar, el viento se nos llevó con tal rapidez que ni siquiera nos dio tiempo a despedirnos. La rondalla de la Plaza y sus copleros al vernos subir, nos despidieron con una cancioncilla cuyos versos recordaban a Lope de Vega: ¡Oh libertad preciosa, no comparada al oro, ni al bien mayor de la espaciosa Tierra!

Y de río en río, ahora estábamos sobre el Ebro. Y era tan fuerte la velocidad del aire, que en menos de una hora nos plantamos en Zaragoza. Al divisar las torres de las catedrales el viento amainó y el globo se balanceó por entre las cuatro torres del Pilar. En una de ellas pudimos divisar a nuestro amigo, Luis A en compañía de los actores, Gabino D y Jorge S. Al vernos nos saludó con afecto y se dignó dedicarnos el bolero titulado: “Contigo en la distancia”, que interpretó con enorme sentimiento. Se lo agradecimos mucho y a punto estuvimos de poderle hacer el coro junto a los actores, dada la cercanía de la canastilla del bólido a su paso por la torre. Después el globo se plantó en el centro del templo y, por un momento, creímos que se iba a posar en sus bóvedas, pero volvió a ascender un poco hasta llegar a una segunda torre, precisamente la que daba a la plaza. Una música conocida llegó hasta nosotros. ¡No podía ser!, pero sí que lo era; nada menos que el “Canto a la libertad” de José Antonio L. Nuestra alegría fue inmensa e inmediatamente nos pusimos a tararearla: “Habrá un día en que todos al levantar la vista veremos una tierra que ponga libertad...” Mis amigos y yo saludamos, esta vez desde más lejos, al abuelo, calificativo cariñoso con que sus jóvenes amigos lo han apodado. Mariano, que estaba muy impresionado por el contratiempo de Félix, le lanzó un ruego que no sé si llegó a oír el cantante.

—Coge la mochila y vete a Barbastro, —le dijo— que al Gordo se lo está comiendo una mandrágora, Antón y yo le recordamos que ya estaba a salvo, pero él insistió. El mensaje no le llegó al abuelo, pero sí al profesor y amigo, Eloy F que estaba en la torre de enfrente, y a la que la barquilla del globo se había acercado. Eloy estaba dando una clase de Historia Económica de la catedral a un grupo de alumnos y al oír la noticia se lanzó escaleras abajo dispuesto a rescatar a Félix, costara lo que costara. Era evidente que no había oído nuestras voces disuasorias, pues llegamos a verlo atravesar la Plaza del Pilar a toda prisa seguido de sus fieles alumnos y algunos curiosos que se unieron a la carrera. Entre los espontáneos salvadores estaba Antonio A, que casualmente rodaba en aquella plaza su controvertida película titulada: En carne mortal, trémula, una coproducción de FAY Films y el Cabildo Cardenalicio y como ejecutivo de esa insólita producción estaba otro amigo, Alejo L que, no entendiendo el motivo de la huída, se quedó allí gritando a los salvadores para que volvieran. Que la cámara estaba preparada y que el dinero es sagrado y que...

En la cuarta torre, la canastilla del globo dio al través con la aguja del pararrayos y se trabó férreamente, pero gracias a la ayuda del famoso fabulador oscense, Javier T pudimos seguir adelante. Durante el tiempo que tardamos unos y otros en desatascar la nave pudimos averiguar los motivos por los que Javier había ascendido a la torre. Por lo visto alguien le había asegurado que las lágrimas del cocodrilo, bebidas a una cierta altura y en absoluta soledad, producían infalibles efectos afrodisíacos. Al cocodrilo lo tenía metido en una cesta de mimbre que había apoyado en una de las repisas del arco adintelado que sostenía la campana. Cuando nosotros aterrizamos, con tan mala fortuna, todavía no había logrado arrancarle ni una lágrima y eso que ya llevaba casi cuatro horas en la procura. Descubrimos que tenía un estetoscopio con el que auscultaba el corazón del saurio para averiguar los grados de impresión que iba logrando. Nuestra curiosidad, ante tan insólita situación, hacía inevitable la pregunta: ¿cómo pretendes conseguir esas lágrimas? La respuesta fue rotunda: le cuento historietas tristes de animales. Mariano le sugirió que probara con una “sargantana”, es uno de sus reptiles preferidos, le dijo. Se la enseñas y desenseñas varias veces y cuando llore se la das. Ya verás cómo funciona mejor que los cuentos. Ismael, al que la idea de Mariano le pareció maravillosa, cazó en un santiamén, un par de “sargantanas”, o su equivalente en castellano, lagartijas, para que T intentara poner en práctica la sugerencia. El fabulista oscense agradeció la idea y una vez desliada la barquilla del pararrayos nos despidió con grandes muestras de agradecimiento. Mariano emitió su conocido grito de salutación: ¡Viva Javier T!, acompañado de un, ¡queremos al monstruo!, que nos sorprendió, por no entender si se refería al propio Javier o al cocodrilo, no obstante respondimos diligentemente todos, incluidos José Antonio L y Luis A que también habían escuchado la vehemente exclamación.

Y el aerostato siguió su arbitrario camino rabeando de un lado a otro a merced de los vientos. Pocas horas después nos encontramos sobrevolando la ciudad de Tarazona, que todos conocíamos por haber estado en ella varias veces agasajados por su Alcalde y demás autoridades. Sobrepasada la ciudad la nave fue perdiendo altura hasta quedar al pairo en una zona cercana al Monasterio de Veruela y en la que, poco tiempo atrás, habíamos enterrado las cenizas de nuestro querido amigo Julio Alejandro.

El globo, después de arronzar varias veces, recaló en un campo descercado. Echamos el ancla y bajamos con intención de rendir homenaje a Julio Alejandro. Cuando llegamos al lugar salieron a nuestro encuentro el Alcalde y otros amigos de la zona. Guardamos unos instantes de silencio, depositamos unas flores y enseguida nos dirigimos al pueblo. El Alcalde nos invitó a comer en compañía de Alberto S, experto catador no sólo de cine sino también de vino. El otro Sánchez, Vicente, visitante aquel día ante una procura esotérica importante junto a Pepe G y Fernando C, hermano de Julio Alejandro. Al terminar la comida, en la que no faltaron los jarretes de ternasco y otros manjares de la comarca, nos dirigimos al lugar de aterrizaje donde gaseamos el globo y proseguimos la aventura.

Ya en el aire descubrimos a doce o catorce ciegos con sus respectivos perros que, agitando rítmicamente sus bastones, nos despedían al tiempo que gritaban: ¡Cabrones, enseñadnos el camino! Nos miramos extrañados sin saber qué contestarles y sorprendidos por la pregunta que, sin duda, daba a entender que ellos sabían... ¿Y quién les había dicho a esos pastores ciegos que nosotros viajábamos en busca de un camino? Sin duda tenían muy desarrollado ese ojo invisible que tantas invisibilidades intuye.

Volamos dos días con sus respectivas noches sobre la Península Ibérica, a veces con tanta bajura que pudimos ver y maravillarnos de nuestra tierra, a pesar del tesón que algunos de sus habitantes ponen en destruirla.

Cuando los víveres empezaban a faltarnos y también el agua, pudimos descubrir, bueno, la verdad es que fue Antón C el que nos anunció, que sobrevolábamos su tierra, Galicia, y que el pueblo que se divisaba a lo lejos era el suyo, Arteixo. El globo, como por arte de magia, descendió lentamente, posándose en la plaza del pueblo. Los paisanos del gallego se acercaron a nosotros con regalos y bombonas de gas para reanimar el globo. Como los anteriores días en Tarazona, comimos en compañía de las fuerzas vivas del pueblo e incluso decidimos hacer noche y recuperarnos, que buena falta nos hacía.

A la mañana siguiente Ismael, Mariano y Antón, trataron de convencerme de la inutilidad de proseguir el viaje, ya que había quedado patente la evidencia de la frase del escritor francés, pues desde el día que montamos en el globo, todos los pasos que habíamos dado habían tenido sentido. No cabía duda de que tan sólo la voluntad de nuestra mente había sido norte y guía de aquel viaje, de lo contrario, ¿cómo podía explicarse que sin haber subido jamás en un artefacto como ése, hubiéramos podido cruzar de parte a parte la Península? Yo les di la razón, pero a esa voluntad, le dije, habría que añadir los sentimientos, lo que demuestra que no hay caminos imposibles para el amor que es, ya no cabe duda, una brújula infalible.

—¿Entonces te quedas?, —pregunta Antón C— Te enseñaré A Coruña y también...

—No sé, de verdad, no lo sé todavía. Me gustaría quedarme con vosotros, pero por otra parte... pienso que ese templo del hombre que quería construir Saint-Exupéry, todavía tiene sentido y que quizá, ahora, ya esté terminado y pueda...

—¿Y tú crees que este globo te llevará hasta allí? —pregunta dubitativo Mariano— y aunque encuentres esa Ciudadela, ¿quién te asegura que te admitirán? ¿Quién eres tú para...?

—No lo sé, quizá no lo hagan pero, en este viaje, él ha sido nuestro guía. Su albedrío se ha impuesto y...

—Nuestra voluntad ha sido el guía. El globo tan sólo ha seguido nuestros deseos, tú mismo lo has dicho —afirma Ismael.

—Sí, así es, y así lo creo. Estoy convencido de que los recuerdos, los amores, tienen un imán especial.

—¿Entonces?

—Mi voluntad ahora es continuar y ver si ese instrumento aéreo me concede, también a mí, lo que deseo. Quiero encontrar la Ciudadela donde posiblemente habite Saint-Exupéry. Siento, como él, el deseo de construir almas.

—¡Estás loco! —exclama Antón.

—Quizá. No obstante, me gustaría probar. Si lo logro, regresaré a Barbastro y devolveré el globo a sus propietarios.

—Olvídate del globo, lo pagaremos nosotros cuando volvamos —afirma Mariano.

—“No hay ausencia aunque estés fuera de la casa, o del amor, si cumples los pasos del ceremonial”. Son palabras de él, de nuestro Saint-Exupéry. El último humanista.

—Y, ¿puedes decirme dónde reside el límite tras el cual la ausencia se hace separación total? También son palabras suyas —pregunta Antón.

—No lo sé, pero os prometo volver, tanto si llego a cumplir esa locura, como si no. Vosotros, en “la plus belle âge de la vie” podéis esperarme.

—¿Estás dispuesto entonces a seguir la aventura? —Interroga Ismael.

—Sí, y lo voy a hacer ahora, ahora mismo, si no, me temo que no podré.

—Vas hacia una prisión. Una prisión de la que ya no saldrás—, me advierte Antón.

—Emprendo un camino místico de reflexión, para el que la fe es imprescindible. Una fe que Antoine sintió desde la altura.

—Pero él no volvió jamás a nuestro mundo. Quedó prisionero en esas alturas—, dice Mariano.

—¿Y qué es este mundo sino una prisión también? Una cárcel, quizá más bulliciosa que las otras, pero al fin, cárcel y nosotros estamos en ella sin notarlo. Y tras esa reflexión, que no convenció a mis amigos, de eso estoy seguro, monté en el aerostato, tiré del ancla y reanudé esa fuga interminable ante el asombro, sin duda justificado, de Ismael, Antón y Mariano que me despidieron agitando sus pañuelos. Y también pude escuchar sus voces que me advertían:

—Ten cuidado con los satélites.

—Te estrellarás contra un meteorito.

—Los evitaré, no preocuparos, éste es un globo que se hace respetar. Ya nos lo ha demostrado.

—Te apedrearán desde el cielo.

—Eso sólo lo hacen con los intrusos y yo no lo soy—. Y mis amigos, convencidos de que viajo en el globo de nunca más volver, lloran ahora al unísono.

—¡Viva el globo! ¡Viva la altura! ¡Vivan los caminos del cielo! —les grito— pero ya no me oyen.

Y yo me pregunto ahora desde las alturas: ¿Cuántos caminos tendrá el cielo?

Dulce compañía

Toda la vida es por lo menos dos vidas: la real y la soñada.

Elías Canetti

Ella hace tan sólo unos días que ha cumplido diecisiete años. Es bella, deslumbrante, diría yo. Él supera los veinticinco. Alto, moreno; un buen mozo, si nos atenemos a los cánones clásicos. Viven juntos desde hace un año, aproximadamente. La convivencia no está siendo fácil debido a la oposición familiar, pero ellos aguantan con estoicismo, pues su amor está por encima de todo, de todos. No obstante, su rígida educación religiosa les hace temer un desenlace, digamos, matrimonial, cosa que, por el momento, ninguno de los dos desea.

Son las seis de la mañana, el alba está a punto de iluminar la habitación donde duermen. Ella está despierta, él lo hace poco después:

—¿Te pasa algo? —pregunta él.

—Han estado de nuevo —responde ella.

—Esta vez han tardado más.

—Sí, han tardado pero han vuelto.

—¿Cómo notas su llegada?

—Los siento revolotear sobre mis pechos. Es como un enjambre de abejas exasperado.

—¿Y puedes verlos?

—Levemente.

Y después de una pausa el amante, un tanto dolido, pregunta de nuevo:

—¿También esta vez se han llevado la lencería?

—Supongo, lo hacen siempre.

—¿Y para qué la querrán?

—Quizá les sirva de vestido. Ellos siempre visten de blanco, al menos en las pinturas.

—Qué poca imaginación.

—Muy poca, sí. Se aprovechan de la nuestra.

—¿Cómo de la nuestra?

—Quiero decir, de la de los pintores.

—Ya, ¿entonces, cuando te besan están desnudos?

—No lo sé con seguridad, pero pienso que sí.

—¡Qué poca vergüenza! ¿Y después dónde irán?

—Vayan donde vayan, ten por seguro que la confianza y la desvergüenza que tienen conmigo no la tienen con ningún otro ser humano.

—Eso desde luego.

—¿Y por qué me besarán los senos, con la fruición que lo hacen?

—Será parte de su alimento.

—Si he de ser sincera te diré que ya me estoy acostumbrando a ellos y cuando tardan en venir los añoro.

—Añoras una quimera.

—Una quimera angelical.

—Si no fueran invisibles los mataría.

—No irás a ponerte celoso ahora, de algo tan..., de este, digamos, infausto prodigio. Recuerda a san José con la resignación y compostura que recibió el anuncio del Ángel.

—¿Pero tú crees que esos pajarracos pueden llegar a tanto? —No es lo mismo, ellos tan sólo me besan, después se cubren con nuestras cortinas y se marchan. No tienen imaginación. Tú mismo lo has dicho.

—A partir de mañana esconderás toda la lencería de la casa. Quitarás cortinas, visillos, velos y todo aquello que suelen robar para tapar sus inmundicias.

—No creo que ésa sea la palabra adecuada. Al parecer son andróginos.

—Unos andróginos poco equilibrados.

—¿Qué quieres decir?

—Por lo visto en algunos lo masculino predomina sobre lo femenino, al menos en los que te visitan a ti.

—Vuelves a estar celoso.

—Tú me dirás. ¿Qué rezabas de niña cuando te acostabas?

—No me acuerdo muy bien, pero supongo...

—Una vez me dijiste que implorabas a tu Ángel de la Guarda.

—¡Ah, sí! Ahora me acuerdo: ángel de la guarda, dulce compañía, no me desampares... ¿Tú crees que esa oración tiene algo que ver con todo esto?

—No lo sé, pero...

—Es absurdo.

Tras una pausa, un leve sollozo del amante rompe el silencio del alba que ya ha empezado a iluminar la estancia.

—Me entristece que llores.

—No lo puedo remediar. ¿Por qué te habrán elegido a ti, precisamente a ti?

—Un buen creyente como tú debería sentirse orgulloso de que...

—Pues no lo estoy, y sobre eso de creyente te confesaré que cada vez menos. Y te diré algo que hace tiempo barrunto, se me hace difícil hablar, pero...

—Hazlo, te aliviará.

—Bien, te lo diré. Pienso que tu cariño por mí ha cambiado, se ha “maternizado”. ¿Me entiendes?

—Sí, te entiendo. Pero no tienes razón.

—Entonces, al terminar nuestras noches de amor, me decías...

—¿Qué te decía?