Escrito en las estrellas - Abril Nieto - E-Book

Escrito en las estrellas E-Book

Abril Nieto

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Beschreibung

"—Beck Collins, el gusto es tuyo. Miro su mano y me río sin poder evitarlo. Lo imito y uno mi mano a la suya, sintiendo una leve corriente eléctrica que podría hasta pasar desapercibida; luego digo: —Alba Leister; pero lo siento, en este caso, el gusto es tuyo." Que estos dos se conozcan antes de tiempo era algo que solo las estrellas tenían planeado. Sobre todo por el lío en el que Alba se encuentra mientras intenta olvidar a Federico, su exnovio, y Martín quiere ganarse un lugar en su corazón. Al mismo tiempo, se desata la pregunta más importante: ¿Qué dice la ciencia cuando dos polos similares se atraen? ¿Cómo puede terminar esto? Con muchos líos más, sin ninguna duda; y secretos familiares, que nadie imaginaba, saliendo a la luz.

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Seitenzahl: 408

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Magdalena Gomez

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Nieto Murano, Abril Roberta

Escrito en las estrellas / Abril Roberta Nieto Murano. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2020.

372 p. ; 22 x 15 cm.

ISBN 978-987-708-739-0

1. Narrativa Argentina. 2. Narrativa Juvenil. 3. Novelas Románticas. I. Título.

CDD A863.9283

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,

total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución

por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidad

de/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2021. Nieto Murano, Abril Roberta

© 2021. Tinta Libre Ediciones

NOTA DE AUTOR

¡Hola! Como leíste, me llamo Abril. No sé bien por qué escribo esto, capaz lo hago como una manera de terminar de soltar la historia y justificarme por algún “error” que pueda llegar a tener (y no hablo de error ortográfico o de coherencia), que quizás no notes y solo vea yo.

Esta historia fue la primera que terminé de escribir (no la primera que tuve ni la primera que empecé) porque, de un momento a otro, toda la trama cerró en mi cabeza y tuvo sentido. Alba apareció con Federico y Martín y, unos días después, Beck hizo acto de presencia. Antes que nada, te cuento que ellos tienen mucho que decir y mucho que sentir. Disfrutalos como los disfruté yo, con sus fallas y sus frases tiernas (porque sí, los tres tienen de todo). Y ni hablar de Alba, la protagonista. Una mezcla de emociones que ya van a conocer.

Probablemente este libro no sea el próximo best seller, ni tampoco es lo que pretendo. Solo quería contarte que escribí la historia que hubiese querido leer. Con mucho amor. Y mucho drama. Bien como a mí me gusta. Y quisiera disculparme, en cierto sentido, si no es la gran cosa; pero es una parte de mí que me llevó mucho más tiempo del que te imaginás, dolores de cabeza y no dejarme pensar en nada más hasta que no vi la palabra “Fin” escrita.

Te voy a agradecer en la sección correspondiente, pero también te quiero agradecer ahora por haberme dado una oportunidad al leerme y conocer lo que escribo; lo que ocupa, a veces, mucho tiempo en mi cabeza.

Así que dejo de extenderme y te dejo leer en paz. Cuando termines el libro, o en el proceso, no dudes en mandarme un mensaje contándome todo lo que se pase por la cabeza. ¡Un saludo!

A todos los que creen en mí.

Prólogo

—Me di cuenta de que te quiero en mi vida, Alba —susurra muy cerca de mi boca. Lo miro directo a sus ojos verdes mientras sonríe.

—Ya estoy en tu vida.

—Sí, pero de otra forma —comenta. Mira mis labios antes de plantarme un beso con ternura.

Se separa unos centímetros para buscar algo en el bolsillo de su campera; saca de ahí una cajita pequeña color violeta.

—Antes de seguir hablando, quiero darte esto —dice, al tiempo que abre la tapa de la caja. Un dije con forma de estrella brilla colgado de una fina cadenita plateada.

—¿Qué es esto? —pregunto con voz débil.

—Una muestra, para que entiendas cuánto te quiero. Y… quiero pedirte un favor.

—Decime.

—Nunca te la saques; pase lo que pase.

—¿Aunque llegue a odiarte? —pregunto divertida, levantando la vista hacia sus ojos.

—¿Por qué llegarías a odiarme?

—No sé. Nadie conoce lo que las estrellas tienen planeado.

—Bueno. Aunque llegues a odiarme —responde. Me río, emocionada.

—Prometido.

Noto cómo las lágrimas comienzan a subir por mi garganta y quieren salir de mis ojos, pero antes de que lo hagan, me doy vuelta y recojo mi pelo. Su mano pasa por delante de mi cara y luego abrocha la cadena en torno a mi cuello. Cuando vuelvo a girarme hacia él, tomo el dije entre mis dedos sin poder dejar de sonreír.

—¿Estás… llorando? —pregunta y sonríe. Limpia al momento una lágrima que consiguió resbalar por mi mejilla.

—No quiero que me veas llorar —susurro.

—Sos hermosa igual —indica, también susurrando—. Entonces… ¿te gustaría ser mi novia, Alba?

Mi sonrisa se expande aún más, si cabe, por mi cara. Alzo la vista al cielo estrellado antes de acercarme y rodearlo con mis brazos para luego plantarle un beso. Su perfume me envuelve y mi corazón se acelera.

—Hace mucho tiempo que estaba esperando que me lo preguntaras, Fede.

Capítulo 1

No sé dónde estoy. Lo único que sé es que esté donde esté, estoy segura.

Siento su presencia y su perfume, ese que siempre usa y, desde que nos conocimos, me encanta.

Me doy cuenta de que me encuentro en su auto, en el asiento del acompañante; afuera es de noche, y no recuerdo cómo llegué hasta acá. Escucho su respiración en el asiento de atrás. Sé con certeza que es él y… mi corazón se acelera.

—Alba… —oigo que susurra.

Suspiro, sintiéndome segura con él, para calmar mi pulso acelerado, y me recuesto en el asiento mirando hacia el interior del vehículo. Cierro los ojos.

A los pocos segundos noto sus labios sobre los míos. Sonrío en medio de un beso y mi corazón parece más feliz que nunca. Él también sonríe. Una mano la poso sobre su cuello, y con la otra le revuelvo el pelo.

Nos separamos y me encuentro con sus ojos verdes, que me miran con amor. Cuánto tiempo esperé para ver otra vez esa mirada. No puedo separar mi vista de su rostro, ese que me tiene tan enamorada.

No recuerdo haber sentido antes algo tan fuerte por alguien. Su sonrisa se expande y siento que algo se mueve en mi interior.

De pronto, el brillo en su mirada cambia.

—Alba —dice, esta vez con un tono más firme—. No quiero que sigamos estando juntos.

Frunzo el ceño sin saber qué responder, sintiendo que ya viví esto, y solo lo miro fijo unos segundos. Oigo que suspira antes de desaparecer de mi campo visual.

El timbre a lo lejos hace que la imagen comience a difuminarse hasta que todo queda en negro. Me siento derecha, sobresaltada. «Mierda». Fue un sueño… pero parecía tan real.

«¿Un sueño? No puede ser, me quedé dormida».

El timbre vuelve a sonar.

—¡Alba! —oigo que grita Santiago.

—Abrí vos, yo ya voy —respondo, también gritando.

Me paro de un salto del sillón, me saco la ropa que llevo puesta y me pongo la malla debajo de un vestido veraniego. Salgo casi corriendo de la habitación y me encuentro con Emma y Mía en medio del pasillo.

—Alba —saluda Emma, sonriendo—. Justo íbamos a buscarte.

—No me digas que te quedaste dormida… —comenta Mía riendo.

—No sé por qué pensás eso —respondo bromeando—. ¿Llegaron todos juntos o solo ustedes?

—Casi todos…

Antes de que pueda preguntarle quién no vino, llegamos al living y me pongo a saludar a los tres chicos. Cuando llego al lado de Martín, me sonríe y se acerca para plantarme un beso cerca de los labios, poniendo una mano en mi cintura.

Hace un par de meses, con Martín llegamos a una especie de pacto silencioso según el cual solo puede haber besos entre nosotros, pero a veces presiento que él querría llegar a más… y yo no quiero, no tengo ganas. A ver si me explico bien: no me gusta; me atrae físicamente, me gusta cómo es conmigo y, principalmente, me gustó que estuviera conmigo cuando eso necesité. Además, digamos que todavía…

—Federico no viene —dice Manuel de pronto, interrumpiendo mis pensamientos—. Le surgió una pelea y su entrenador le avisó anoche que tenía que viajar a primera hora.

Federico es mi exnovio. Actualmente nuestra relación es un tira y afloja; discutimos bastante antes de que las vacaciones comenzaran y no lo vi más desde el último día de clases, que fue hace como una semana y media.

—Mejor… —oigo que murmura Martín por lo bajo. Lo miro y pongo los ojos en blanco. No se llevan muy bien.

—Bueno, una lástima que no haya venido —comienza a decir Juan—. Tengo calor, ¿podemos ir a la pileta?

—Si tanto calor tenés… ¿por qué seguís esperándonos? —le pregunta Mía con una mirada desafiante.

—Estaba esperando que salieras vos también, así te puedo tirar conmigo.

Mi amiga lo empuja y se ríe nerviosa mientras caminamos los seis hacia la puerta que da al patio.

—Hermanito, ¿no venís? —pregunto, girándome hacia Santiago, que está sentado en el sillón jugando a la Play. La claridad que entra a estas horas en la casa hace que su pelo castaño parezca más claro que el mío aun.

—Ahora los alcanzo, ya casi termino el partido.

Apenas cruzo la puerta, el calor me sofoca y África salta sobre mí para saludarme mientras mueve la cola. Martín agarra la pelota de su boca y se la lanza lejos para que corra a buscarla.

Miro hacia la pileta cuando unas gotas me salpican y veo a Juan y a Mía salir de debajo del agua. El pelo rubio de mi amiga parece más oscuro por estar mojado.

—¡Al fin! —exclama él, pasándose una mano por la cabeza para tirarse su pelo marrón oscuro hacia atrás. Por suerte Martín y Manuel no son de los que te tiran a la pileta como Juan, pero Federico sí lo era; siempre que tenía la oportunidad, lo hacía.

Camino hasta el borde cuando el resto también se zambulle, me saco el vestido y lo tiro sobre una reposera pero, cuando me preparo para saltar, unas manos me empujan por la espalda, haciéndome caer al agua.

El agua fría me empapa y siento como si pudiera respirar mejor sin tanto calor. Salgo de debajo del agua y veo a Santiago reírse. Lo fulmino con la mirada y le muestro el dedo corazón de mi mano izquierda. Segundos después, salta y nos salpica a todos.

Estamos más de media hora dentro del agua. Empezamos jugando al vóley; hacemos un equipo Mía, Emma y yo, y otro ellos cuatro. Aunque eran mayoría, terminamos ganando. El resto nos lo pasamos haciendo carreras entre nosotros.

Juan me gana una y se burla en mi cara. Odio perder, por lo que salto sobre sus hombros y lo meto debajo del agua, riéndome. Cuando sale me tira agua, pero se ríe de todas formas.

—Creo que el sábado hay una fiesta —comenta Martín, minutos después de salir de la pileta, sentado en una reposera a mi lado.

—Vayamos —responde Mía mientras vuelve a ponerse los lentes. Se los había sacado antes de que Juan la tirase al agua.

—Todavía no sé qué voy a hacer mañana, menos lo que voy a hacer el sábado —respondo.

—Pienso lo mismo —opina Santiago—, aunque no creo que vaya.

—Nosotros tres seguramente sí —oigo que dice Juan.

—¿Trajiste la guitarra? —le pregunto a Manuel, que asiente—. ¿Querés traerla? Emma podría cantar.

—No voy a cantar —responde rápido la castaña al escucharme, a la vez que su cara delgada parece entrar en pánico. Manuel sonríe divertido y se levanta para buscar el instrumento. Mi amiga tiene una voz muy dulce, pero nunca canta frente a nadie que no seamos Mía o yo.

—Yo canto con vos —le dice Mía, arrugando con ternura su pequeña nariz.

—Puede cantar alguien más, no yo. ¿Martín? ¿Juan? ¿Santiago? —Los tres niegan con la cabeza y veo la diversión en sus ojos. Mi amiga suspira y me mira con mala cara.

No puedo evitar reírme con su expresión.

—Cantemos las tres —propongo.

—¿Preparo mate? —pregunta Santiago.

Todos negamos con la cabeza y mi hermano suspira con frustración. Santiago ama tomar mate, como buen argentino; el problema es que a ninguno del grupo le gusta. No hay un porqué, solo que nunca nos hicimos con la costumbre; pero él no pierde oportunidad de preguntar.

Manuel vuelve y se sienta otra vez.

—¿Alguna de Abel Pintos? —nos pregunta Mía.

—Elijan ustedes, a mí me da lo mismo —respondo.

—¿Emma? ¿Cuál te gusta?

—¿“Motivos”?

Las cuerdas suenan dulcemente cuando Manuel las rasga, y el sonido nos envuelve. Mía se lanza a cantar la primera estrofa y Emma canta la segunda, frunciendo un poco sus cejas anchas al escuchar su propia voz. Yo me les uno en los estribillos.

Más tarde, mis padres llegan del trabajo e invitan a mis amigos a quedarse a cenar. Como mis amigas iban a dormir en mi casa, solo falta que los tres chicos confirmen.

Después de cenar las pizzas que mis papás compraron, los siete vamos caminando a comprar helado para luego comer en mi casa y mirar una película.

—Tenemos que ir a esa fiesta que mencionó Martín hoy —dice Mía, después de que los chicos se fueran y mientras hacemos las camas para acostarnos.

—¿Por qué? —pregunta Emma.

—Para aprovechar a estar con Juan.

Emma me mira y nos reímos.

—No te prometo nada —respondo—. ¿Podemos ir a dormir? Tengo sueño.

Después de acostarnos, oigo el sonido de mi celular que informa sobre un nuevo mensaje. Me estiro para agarrarlo de la mesita de noche. Cuando leo quién es el remitente, casi se me cae el celular de las manos.

—¿Quién es? —pregunta Emma, apoyándose sobre su codo para mirarme mejor.

—¿Adivino? Por la reacción… —comienza a decir Mía, pero la interrumpo.

—Federico.

[FEDERICO]: Hola, Alba. Perdón por no ir hoy y no avisarte antes, le dije a Manuel que lo hiciera por mí.

[YO]: Sí, no te preocupes, nos dijo.

Espero que no me hayan extrañado.

¿Cómo te fue en la pelea?

Bien, gané.

Felicitaciones.

Gracias.

¿Pensás que nos vamos a poder ver alguno de estos días?

Capítulo 2

Abro los ojos de golpe sin recordar lo que estaba soñando hace unos segundos.

Me giro para un costado y agarro mi celular de la mesita de noche. Miro la pantalla; es sábado y son las diez de la mañana. Me paso la mano por la cara para despabilarme un poco, pero las ganas de seguir durmiendo no se van.

Suena mi celular y en el identificador de llamadas aparece el nombre de Martín. Sonrío, negando con la cabeza.

—¿Vas a hacer todas las mañanas lo mismo? —pregunto sarcásticamente cuando atiendo.

—Buenos días, bella —saluda, ignorando mi pregunta—. No puedo creer que estés despierta a esta hora.

—Callate.

—¿Al final decidiste ir a la fiesta de hoy? —pregunta luego de reírse.

—Creo que sí, ¿Juan y Manuel van a ir?

—Sí —responde y, luego de unos segundos, dice—: Espero que no me dejes solo por estar con ellos.

Pongo los ojos en blanco aunque no me ve, pero suspiro para que escuche.

—Martín, ¿algún día vas a dejar de ser tan celoso? Son mis amigos y estamos en el mismo grupo, por si no te acordás.

—No me acordaba.

—Sos insoportable —comento luego de reírme.

—Sí, pero igual me querés así.

—Algo, así que sentite afortunado por eso, sabés que no suele pasar.

Escucho su risa del otro lado mientras me vuelvo a acostar sosteniendo el celular contra mi oído, y cierro los ojos con una pequeña sonrisa en el rostro.

—Yo también te quiero, ¿sabías? —dice de repente.

—¿Cuánto?

—Mucho, para mi gusto. Me encantás, Alba, cada día más.

Me quedo en silencio sin saber qué decir. Sí, lo quiero, pero siento que más como amigo que de otra forma.

—¿Dónde es la fiesta de hoy? —pregunto nerviosa, cambiando de tema.

—Cerca de tu casa. Después te paso bien la dirección.

—Gracias, nos vemos ahí entonces.

—Dale, chau.

Cuelgo la llamada. Miro las estrellas pegadas en el techo de la habitación, que brillan porque todavía no está la cortina descorrida y la habitación sigue a oscuras.

Cierro los ojos y la imagen de los ojos verdes de Federico se me aparece de repente sin que sepa por qué, pero sonrío instantáneamente. A los pocos minutos vuelvo a sumergirme en un sueño y me duermo por completo.

—¡Albaaa! —Abro los ojos de golpe al escuchar el grito de mi mamá.

—¡¿Qué?! —contesto, también gritando, y me paso una mano por la cara.

—¿Te querés levantar, por favor?

Suspiro y me estiro a lo largo de la cama. Busco el celular y, cuando lo encuentro, entro en las conversaciones que tengo sin leer.

Una es de Mía, que pregunta, en el grupo que tenemos con Emma, si vamos a hacer algo a la noche. Abro el chat y le comento sobre la fiesta de la que hablamos el otro día.

Sigo viendo las conversaciones y me quedo paralizada. Federico. Lo abro rápido.

Por lo que leo, quiere contarme que también va a ir a la fiesta y saber si yo voy. «¿Para qué?». No puedo evitar sonreír, pero luego me tapo la cara con una almohada. «Esto va a ser para problema».

Me levanto de la cama, descorro las cortinas para que entre la luz del sol, salgo de mi habitación y me dirijo por el pasillo hacia la cocina, donde está mi mamá. Cuando me mira, sonrío. Debo estar despeinada y con mucha cara de dormida. Ella también sonríe.

—¿Te pudiste despegar la almohada de la cara, bella durmiente? —pregunta con sarcasmo.

—¿Qué hora es?

—Las doce del mediodía.

—Es tarde.

—Sí, ¿me querés ayudar con esto? En un rato van a llegar tu papá y Santiago —dice.

—¿A dónde fueron?

—Jorge quería ver cómo iba tu hermano con las clases de manejo que había tenido.

Asiento. Mi hermano quiere sacar el carnet de conducir y desde hace unos días le están dando unas clases para aprender las cosas básicas. «Mejor que aprenda, así después aprovecho a que me lleve a donde quiera ir».

Mientras la ayudo con lo que necesita, le cuento lo de la fiesta de hoy a la noche y me da permiso para ir.

—Van a ir Martín y Federico —digo al final.

La relación con mi mamá fue siempre de mucha confianza, no hay secretos entre nosotras. Aunque con mi papá también es así, es ella la que está al tanto de lo que pasó y pasa con Federico y de los sentimientos que me demuestra Martín. Le cuente o no le cuente las cosas, sabe leerme y adivinarlo.

—Bueno, igual no tendría que ser un problema, porque vos y Martín no son nada… Además, ¿cuántas veces lleva enojado en lo que va del mes? —agrega con ironía.

—Demasiadas. Pero si no somos nada serio es porque yo no sé si siento lo mismo que él —la interrumpo.

—Sí, ya sé, pero eso no tiene por qué ser un problema, hija. También sé cómo sos vos y lo que te pasa con Federico… al igual que sabemos todo lo que pasó —dice y me mira—. Mientras no juegues con ninguno, hacé lo que sientas.

Asiento y vuelvo a concentrarme en lo que estaba haciendo.

Más tarde, les escribo a Mía y a Emma un mensaje para que vengan a mi casa, así nos preparamos y vamos juntas a la fiesta. Martín me manda la dirección, y es a unas diez cuadras de mi casa.

Camino hasta la habitación de mi hermano, que queda en diagonal a la mía, y golpeo con los nudillos para llamarlo.

—¿Qué querés? —pregunta desde el otro lado de la puerta.

—Tengo una idea, hermanito —le respondo con una sonrisa, aunque no me vea.

Escucho sus pasos acercarse, y luego lo veo al otro lado de la puerta.

—Pasá —dice, haciéndome lugar.

Entro y me siento en la cama, mientras él vuelve a su lugar en la silla que está frente al escritorio con su computadora.

—Te escucho.

—Ya que estás con todo eso de aprender a manejar —empiezo a decir—, la fiesta sobre la que habló Martín el otro día es acá a unas diez cuadras, o algo así.

—¿Vas a ir? —Asiento—. ¿Con quién? Además de con los chicos.

—Van varios de la escuela, y Mía y Emma vienen un rato antes a casa. Mi idea era que nos llevaras, así aprovechás a practicar.

Se queda mirándome unos segundos en los que temo que diga que no. La verdad es que podríamos ir andando, pero, sinceramente, no tengo nada de ganas de caminar diez cuadras con sandalias o lo que me ponga en los pies.

—Está bien —dice por fin, y yo sonrío.

—Qué buen hermano sos —exclamo con sarcasmo.

—Ya lo sé. Ahora esperemos que papá me preste el auto.

—Yo me encargo de eso.

—Mejor —dice, y me guiña un ojo. Vuelve a dar vuelta su silla para seguir usando la computadora.

—¿Qué estás haciendo? —pregunto con curiosidad antes de salir.

—Comprando por internet un juego para la computadora.

—¿Es usado?

—Sí.

—¿A quién se lo comprás?

—Yo qué sé, no lo conozco.

Camino hasta mi cuarto y me siento en el borde de mi cama, dejando que mis pies cuelguen sin tocar el piso. Me quedo mirando hacia ningún punto en especial, pensando en muchas cosas y en nada a la vez.

Tengo calor, me paro y voy hacia la ventana para mirar cómo está afuera. El sol brilla en lo alto del cielo. Busco en los cajones de mi mueble la malla y luego voy al baño a cambiarme.

Cuando salgo, vuelvo a dirigirme hacia la habitación de mi hermano. Toco fuerte la puerta para molestarlo y, después de que me contesta, le digo de ir a la pileta; lo mismo hago con mis padres cuando paso frente a ellos en el living.

Camino hasta el patio y me doy cuenta de que definitivamente sí hace calor. África viene corriendo con su pelota en la boca; me agacho para acariciarla y luego tiro la pelota lejos para que corra a buscarla. Camino hacia el borde de la pileta y me siento en él para poner los pies en el agua.

Aún estoy en el patio cuando el sol parece comenzar a ponerse. Mis papás y mi hermano entraron en la casa hace unos minutos, y yo me quedo recostada en una reposera mirando el cielo, esperando que llegue rápido la noche para ver las estrellas.

Escucho la puerta cerrarse y me vuelvo, una chica rubia con lentes de borde rojo viene caminando con una sonrisa en los labios hacia mí. Mía desprende buena energía en cada lugar al que va, lo que no sorprende por la sonrisa contagiosa que tiene todo el tiempo y por cómo llama la atención con su sola presencia.

—¿Emma todavía no llegó? —pregunta después de saludarme. Niego con la cabeza.

Se sienta en una reposera al lado mío y me cuenta que en la mochila, que colgó en el respaldo de su asiento, trajo distintas prendas de ropa porque no decide qué ponerse, y todos sus maquillajes. Muy común en ella. Estamos hablando de la fiesta cuando le cuento que Federico también va a ir.

—Complicado, pero lo supuse —comenta—. ¿Y qué vas a hacer?

—No sé, de verdad que no lo sé —suspiro—. ¿Podés llamar a Emma? Para ver cuándo viene.

Asiente y saca su celular del bolsillo trasero del pantalón. Activa el altavoz cuando comienza a llamar.

—¡Hola! —saluda eufórica Emma del otro lado—. ¿Ya estás con Alba?

—Sí, acá estoy —digo, y la saludo.

—¿Estás viniendo?

—Sí, perdón que no les avisé, ya salgo para allá…

—Te parecés a Alba en época de escuela —comenta Mía interrumpiéndola. Me río y la empujo despacio.

—Ya salgo de mi casa, espérenme.

Mi amiga y yo nos miramos cuando escuchamos el tono con el que responde, y que no se ríe del comentario de Mía. A la media hora, toca el timbre en mi casa.

—¿Qué pasó, que llegaste más tarde? —pregunto mientras pasa a la casa y nos saluda.

—Mis papás comenzaron a discutir cuando estábamos por salir y yo me fui de la casa para no escucharlos.

—¿A dónde fuiste? Yo me acuerdo de que cuando mis papás seguían juntos y discutían, hacía eso, me iba a caminar por el barrio —comenta Mía, con una pequeña sonrisa forzada, al recordar la relación de sus padres.

Cuando los papás de Mía se separaron fue un golpe duro para la rubia, y también repercutió sobre nosotras dos. Tras tantos años siendo mejores amigas, la línea entre amistad y familia era muy borrosa, y que sus padres hubieran tomado esa decisión fue algo que también nosotras sentimos muy cercano, casi como si fueran nuestros propios padres; pasamos tantas cosas juntas, que a veces pienso en cómo sería mi vida sin ellas y se me oprime el corazón.

—Sí, también hice eso.

—Bueno, sabés que por cualquier cosa podés venir acá y estar todo el tiempo que quieras —digo, guiñándole un ojo. Abro la puerta de mi habitación para que pasen.

—Y cuando lo hagas, me avisás y yo también vengo —comenta mi otra amiga.

Comenzamos a prepararnos. Mía tarda otros treinta minutos en decidir qué ponerse; una remerita roja ajustada que le marca el pecho con una pollera negra y sandalias a juego, con bastante plataforma para disimular su baja altura. Yo elijo un vestidito azul eléctrico algo suelto y sandalias blancas, con mi medallita con forma de estrella reluciendo en mi cuello. Emma ya vino con la ropa decidida: un vestido rosa, también con sandalias blancas. Nuestros calzados, sin tanta plataforma.

Cenamos las tres juntas con mis papás y mi hermano. Al rato, cuando estamos en la habitación maquillándonos frente al espejo, él toca la puerta.

—¿Listas? —pregunta apenas abro la puerta, pasándose una mano por su pelo castaño claro.

Está apoyado en el marco, con las llaves en una de las manos.

Miro hacia atrás, al interior de mi habitación, y veo a Mía pintándose las uñas.

—No, yo no —responde.

—Pero si ya las tenías pintadas —le reprocha Emma.

—Sí, pero no combinaban.

Emma pone los ojos en blanco, se acerca a su mochila y saca un libro. Se tira sobre mi cama y comienza a leer. Yo solo me río por su reacción y le pido a Santiago que nos espere un rato más.

Salimos de casa quince minutos después y nos subimos en el auto, no sin antes escuchar cómo mis papás me piden que tengamos cuidado.

—Por favor, no choques. Quiero que lleguemos enteras —digo al subirme en el asiento del acompañante. Mis amigas se sientan en la parte de atrás.

—Mejor callate —contesta mi hermano mirándome de manera cómplice, y nos reímos.

Al primer intento de arrancar, se le para el auto. Yo me río más fuerte, con Mía y Emma acompañándome.

—Ya va, chicas, ¿eh?, ténganme paciencia.

—Traeme el auto en una sola pieza —oigo gritar a mi papá.

Después de otro intento, lo consigue; maneja bastante bien para las pocas clases que tuvo. A lo largo del recorrido, yo me la paso asomada por la ventana contemplando las estrellas. Llegamos a la casa en donde es la fiesta cinco minutos más tarde; bajamos del auto y le tiro un beso a mi hermano.

Es una casa de dos pisos blanca, con luces de colores que se ven dentro. Hay mucha gente. Miro a mis amigas y me pongo nerviosa, no sé por qué. Comenzamos a caminar en dirección a la escalera para pasar por la puerta principal.

—¡Eh! —oigo que exclama Emma antes de entrar.

Me doy vuelta y veo a un chico pelirrojo acercándose unos pasos hacia mi amiga; se ponen a hablar. Emma decide quedarse allí, y acordamos más tarde hablar para encontrarnos.

Mi mano se apoya sobre el picaporte dorado de una puerta alta. Tomo aire y lo suelto, empujo la puerta con Mía detrás.

Entro en la casa con una sonrisa en los labios, cuando mi mirada se encuentra con los ojos verdes brillantes de Federico y su sonrisa arrogante. Noto cómo mi corazón comienza a latir más fuerte dentro de mi pecho.

—No seas tan obvia —susurra mi amiga a mi lado.

Federico me mira de arriba abajo sin descaro; es un idiota, pero igual me sigue encantando. Le sonrío, intentando mirarlo desafiante, y obvio el detalle de que está con chicas que no conozco a su alrededor. Decido ir a saludarlo cuando avanza un paso hacia mí.

—Guarda —vuelve a susurrar Mía, advirtiéndome. No se ha movido aún de mi lado y mira divertida la escena.

No entiendo a qué se refiere hasta que repaso mi alrededor con la mirada y lo veo. Martín está en la otra esquina de la casa con Juan y Manuel, cerca de los parlantes por donde suena la música. Parece notar mi mirada fija en él porque me mira y rápidamente aparece su sonrisa sincera, como cada vez que me ve, en su rostro. Le devuelvo la sonrisa, nerviosa por la situación.

Para que no haya problemas, decido ir a saludarlo primero. Hago dos pasos pero noto cómo unas manos me toman suavemente de las muñecas, después de percibir el perfume tan característico de Federico. No le quito la mirada a Martín, pero puedo notar cómo su expresión cambia totalmente. «Mierda».

—Bueno, creo que después nos vemos, Alba —comenta mi amiga riéndose.

Me giro para mirar a quien me lleva caminando despacio hacia la cocina que está a la derecha de la entrada, donde no hay tanta gente. Antes de llegar, me mira y baja los ojos hasta mis manos, para luego entrelazar sus dedos con los míos; se acerca más a mí y me susurra al oído, haciendo que todo el vello de mi nuca se erice:

—Hace rato que te estaba esperando. Y ese vestido te queda genial; ya sabés cuánto me gusta verte con él.

Sonrío sin que me vea. Claro que lo sé, hasta creo que inconscientemente por eso me lo puse. No le digo nada y seguimos caminando.

Llegamos a la cocina y veo a varios chicos sirviéndose tragos en unos vasos de plástico. Federico me apoya contra una pared y se acerca más a mí. Acuna mi rostro entre sus manos y yo aprovecho para mirarlo: su mandíbula marcada, sus cejas anchas y la nariz que se esancha un poco más en la punta; intento no embobarme mucho.

—¿Me extrañaste aunque sea un poco? —pregunta a pocos centímetros de mis labios.

—¿Necesitás que te responda eso? —pregunto divertida, siguiéndole el juego, y una sonrisa asoma por sus labios. De golpe es como si la discusión de la última vez que nos vimos desapareciera.

—Sinceramente… —comienza a decir, para luego darme un beso muy cerca de los labios—. Sí, quiero tu respuesta. —Otro beso, esta vez del otro lado—. Porque hace mucho que no nos vemos, creo que desde que terminaron las clases; y yo sí te extrañé.

No puedo evitar sonreír como una boba. Sé que estoy actuando como tal, pero me es imposible pensar con claridad cuando él está a mi lado; menos, si es con esta distancia entre nuestros cuerpos.

Sus manos se posan ahora en mi cintura.

—Ni vos te creés eso, Fede…

—Mirá, esto es así: si no querés creerme, no me creas. Pero no te miento.

Se acerca para besarme y cierra los ojos, pero un segundo antes corro la cara, esquivándolo.

—Martín se va a enojar, si no está enojado ya —comento.

—¿Qué hay entre ustedes?

Dudo un instante antes de hablar.

—Es difícil —contesto—. Parece quererme de verdad.

—¿Y si es mentira lo que te dice?

—No creo. Me lo recuerda todo el tiempo. Además, ¿por qué sería mentira?

Sus pulgares me acarician en círculos pequeños la cintura.

—¿Querés que yo te diga que te quiero? —Se pone serio—. No es necesario que te lo repita siempre para que sea verdad, pero te quiero. Y mucho. Nunca dejé de hacerlo.

La expresión “mariposas en el estómago” la puedo comprobar ahora. Como cada vez que estoy con él.

—Pero si querés, dejo de meterme entre ustedes. No les quiero arruinar lo que tienen, sea lo que fuere —sigue diciendo, y yo dejo de sonreír. Comienza a alejarse, pero lo detengo agarrándolo de la mano por impulso.

—No, no es eso —digo rápidamente. Parece no creerme—. En serio, Federico. —Sonríe con algo de satisfacción y asiente—. Ahora me voy con los demás, después nos vemos, ¿sí?

Mi corazón parece que en cualquier momento va a salir disparado de mi pecho. No digo nada más y me separo de él para buscar a Martín.

Cruzo el umbral de la cocina, paso frente a la puerta de entrada y sigo hasta donde antes lo había visto. Hay chicos en los sillones, algunos hablando y un par besándose. Miro hacia el lugar de los parlantes; no está. Ni él, ni Manuel, ni Juan.

Observo a mi alrededor con más detenimiento para ver si está alguno de ellos o alguien que conozca, y sí, hay bastantes chicos que conozco del colegio, pero no tengo ganas de estar con ellos. A los que me miran les sonrío como saludo, y me devuelven la sonrisa.

Veo una puerta de cristal que dirige hacia un patio trasero en donde hay una pileta y más gente —dentro y fuera de ella—, así que decido salir. Allí están, los tres, y Mía.

—¿Podemos hablar? —le pregunto a Martín, luego de saludar a todos y notar que él ni siquiera me mira.

—¿De qué querés hablar, Alba?

Sigue sin mirarme, y me molesta.

—¿Podés mirarme aunque sea? —pregunto de mala manera.

Hace lo que le pido y sus ojos marrones me perforan.

—No sé qué viste, ni qué te imaginás que pasó —comienzo a decir—, porque siempre te enojás por tus suposiciones sin saber realmente cómo son las cosas —lo acuso.

Me mira perplejo durante unos segundos sin decir nada.

—Vi cómo te agarró, y que se fueron caminando, y lo que no vi fue que te hayas negado a seguirlo; porque no, directamente lo seguiste. ¿Qué quería?

—Eh… —dudo, pensando a toda velocidad—. Quería contarme y preguntarme algo sin importancia —miento, y bajo la mirada nerviosa.

Odio mentir y odio que me mientan, pero aunque no seamos nada es mejor decirle una pequeña mentira antes de que se arme más lío.

Su expresión se relaja y mis hombros también, suelto un aire de mis pulmones que no había notado que estaba conteniendo.

Aunque no me guste, no quiero perderlo. Es una buena persona… mas allá de algunas actitudes que tiene y que llegan a sacarme de quicio.

—Está bien.

Como nos habíamos alejado unos pasos de los chicos, nos acercamos en silencio hasta ellos.

—¿Se van a meter en la pileta? —nos pregunta Juan a mí y a Mía.

—No trajimos malla —contesta.

Siguen hablando entre los cuatro y de vez en cuando me río de algo que dicen, pero tengo la cabeza en otro lado y no tengo muchas ganas de hablar. Parece que Martín lo nota.

—¿Estás bien?

Asiento y no pregunta más, por suerte. Miro a mi alrededor; varios chicos y chicas están en la pileta riendo, otros se mueven al ritmo de la canción que suena por los parlantes, y algunas luces de colores y otras blancas que hay en la pared son las únicas que iluminan apenas el patio, por lo que algunos aprovechan para besarse en los rincones a los que no llega esta luz tenue.

Entre todo el ruido de la música y las conversaciones de los demás, escucho la puerta del patio abrirse y me doy vuelta. Federico sale con un chico que ubico de la escuela y varias chicas que parecen un poco más grandes que ellos. Él me mira y me guiña un ojo, le contesto sonriendo débilmente. Siento un manojo de celos y me enojo conmigo misma por eso.

—¿Querés algo para tomar? —pregunta Martín, sacándome de mis pensamientos.

—Sí, claro, traeme lo mismo que vos te prepares, por favor —contesto, y asiente.

Martín se va y me quedo mirándolo mientras lo hace. Luego me acerco más al grupo para escuchar lo que hablan.

—Espero que no tomes mucho alcohol hoy, Juan —dice Mía riéndose.

—Callate, que la última vez que tuvimos una fiesta no seguiste muy bien tu consejo.

Manuel y yo nos reímos. Me acuerdo de ese día, Mía tomó de más y no paró de bailar en toda la noche.

—¿Tomaron algo ya? —pregunto al ver sus vasos de plástico vacíos.

—Nos servimos dos veces cerveza de aquel barril —contesta Manuel, señalando algo detrás de mí.

Me doy vuelta para mirar a donde señala y veo un barril con un grupo de chicos alrededor, sirviéndose en sus vasos. Entre esos chicos distingo a Federico hablando con su amigo, pero vuelvo a mirar al otro lado.

—¿Vos todavía no tomaste nada? —le pregunto esta vez a mi amiga. Sonríe y no necesito que me conteste para saber la respuesta—. Lo único que te pido es que te controles.

Los chicos se ríen y Mía los imita. Yo, en cambio, pongo los ojos en blanco.

—Perdón que los interrumpa, ¿puedo hablar con Alba un segundo? —La voz de Federico suena a mis espaladas un instante antes de que sus manos rocen mi cintura.

Ninguno contesta y me miran directo a mí. Miro a Mía, que me sonríe para después cambiar a Federico y asentir.

Me doy vuelta y su boca queda a escasos centímetros de la mía. Lo miro directo a sus ojos verdes y capto su mirada sobre mis labios con una de sus clásicas sonrisas arrogantes, y mi pulso comienza a acelerarse. Otra vez.

Apoyo despacio mis manos en su pecho y lo empujo levemente para que camine hacia atrás; lo hace sin dejar de mirarme directo a los ojos. Bajo las manos y las pongo en mi cintura, sobre las suyas, antes de escuchar la puerta abrirse y ver a Martín aparecer con dos vasos de plástico en sus manos.

Aparto las manos de Federico de mi cintura y me alejo un paso de él.

—Uh, tu noviecito apareció —susurra.

Martín me ve y pone la misma cara de antes; se acerca caminando con paso firme, me entrega mi vaso de mala manera y comienza a alejarse sin decir una palabra ni mirar a Federico, que sonríe ante la situación.

—Creo que no le caigo bien —vuelve a susurrar cuando el otro ya está lejos para poder oírlo.

—Se lleven bien o no, estamos en el mismo grupo; no lo estropeen, por favor. Así que callate.

—O, si no… me podrías callar vos —dice, ignorando todo lo que le dije antes y acercándose un paso hacia mí.

Mi corazón se acelera otra vez al recordar cuando, hace unos meses, nos decíamos eso antes de besarnos; sé que él también se acuerda y que por eso lo dijo. Intento ignorarlo.

—¿Qué me querías decir? —pregunto para que no note que lo recuerdo, aunque sé que no sueno muy creíble porque me tiembla la voz.

—Quería saber si te ibas a meter a la pileta.

—No, no sabía que tenía que traer malla —comento.

—Sabés que no es necesario para tirarte.

Suspiro al oírlo.

—Ni se te ocurra tirarme con ropa, que después voy a tener frío —le digo, sin sonar muy convincente.

—A vos te gusta el frío —responde sin dejar de sonreír.

—En serio, Federico. —Trato de parecer más seria—. ¿Vos sí te vas a meter?

Pero no me escucha, está mirando el cielo y sé que lo hace a propósito. Lo imito y distingo rápidamente la Cruz del Sur. Nos quedamos unos segundos en silencio, mirando únicamente las estrellas que se ven hoy.

—¿Encontraste alguna constelación? —pregunto, luego de distinguir algunas más.

—No —contesta, y me río.

Me acerco un poco más, extiendo una mano y señalo la primera agrupación de estrellas que localicé.

—¿Distinguís aquella? —pregunto en un susurro.

Baja su mirada hacia mí y la vuelve a subir al cielo.

—Esa es…

Me quedo en silencio un momento esperando a que diga el nombre, y bajo la mano cuando me mira otra vez. Lo miro y puedo sentir su cálido aliento.

—Cruz del Sur —termino en otro susurro apenas audible.

Abre la boca para contestar pero, antes de que salga su voz, una risa a nuestro lado se le adelanta. Me giro y veo cómo Emma se ríe mientras se tapa con ambas manos la cara.

—¡Ay! —–exclama destapándose, y veo sus mejillas coloradas—. Es que ustedes son tan tiernos cuando están así. —Y vuelve a reír.

Paso una mano por mi pelo antes de hablar.

—Ya estás borracha, ¿verdad, Emma?

—Claro que no —contesta sin dejar de reír.

Me alejo de Federico, que ríe con Emma, y tomo a mi amiga de la muñeca para llevármela hacia otro lado. Cuando me doy vuelta en dirección a mis amigos, no veo a un chico que viene caminando y me lo choco, haciendo que el contenido del vaso lleno que llevaba se desparrame por todo el piso. Estuvo muy cerca de salpicarme el vestido.

Levanto la vista del suelo mientras Emma se ríe a mi lado y me encuentro con un chico de pelo castaño muy oscuro varios centímetros más alto que yo, que también acaba de levantar la mirada del piso salpicado con toda la bebida derramada. Sus ojos azules miran directo a los míos con expresión enojada.

—Podrías mirar por dónde caminás —dice con un tono que me molesta bastante. Me quedo embobada mirando sus ojos y él tampoco corre la mirada de la mía.

—¿Y vos qué? ¿Tenés algún problema en la vista? —pregunto de mala manera, segundos después.

Sin decir nada, corre la mirada y sigue caminando mientras yo me quedo viéndolo alejarse. Los músculos de su espalda y sus hombros se marcan debajo de su remera oscura con cada paso que da.

Aunque sea lindo, tiene aspecto de ser un imbécil. Y la gente imbécil suele caerme mal.

Capítulo 3

Al rato de traerme la bebida, y de verme hablando con Federico, Martín se va de la fiesta. Los chicos me dicen que no me preocupe, que ya sé cómo es; y sí, lo sé, por eso mismo cada vez estoy más cansada de su actitud. Aunque en este momento sé que tiene razón.

O eso creo.

Estoy sentada en una reposera cerca de la pileta, mirando otra vez el cielo nocturno y las estrellas; es algo que nunca me canso de hacer. Tengo a Emma sentada al lado; por suerte, ya no está tan borracha como hace un rato. La medianoche pasó hace más de tres horas y media y, aunque comenzó a estar más fresco el aire, algunos siguen todavía en la pileta, divirtiéndose.

—¿En qué pensás? —me pregunta Emma sacándome de mis pensamientos. Mía, que está sentada a mi otro lado, también se asoma para escuchar mejor.

—Sé que hoy tiene razón en enojarse —comienzo a decir—, pero estoy un poco cansada de los celos constantes, por todo el mundo, que tiene Martín. —Hago una pausa para tomar aire—. Porque no fue solo hoy, ni solo por lo que pasó, es todos los días igual; tengo que pensar en no nombrar a ningún chico para que no se ponga celoso. Ni que fuera de su propiedad.

Dejo de hablar y miro a mis dos amigas, que acercan sus reposeras a la mía.

—¿Y qué vas a hacer? —pregunta Mía.

—Creo que se da cuenta de que lo que sentiste, y sentís, por Federico es muy fuerte todavía. Para mí, no se siente seguro y tiene miedo a perderte —reflexiona Emma—. Y no es el único que se da cuenta de que aún querés a Federico. —Cuando dice esto sonríe. Emma siempre prefirió que yo estuviese con Federico.

Mía pone los ojos en blanco al ver sonreír a Emma. Ella prefiere a Martín.

—Pero… no somos nada. Con ninguno de los dos.

—Lo que tuviste con Federico ya pasó, Alba. Tenés que superarlo —dice Mía.

—Sí, ya lo sé —contesto rápido—. Y quiero superarlo, pero es muy difícil; y Martín, con sus actitudes, no me ayuda. Súmenle que Federico se acerca y me provoca todo el rato.

—Mirá, como acabás de decir, Martín y vos no son nada en este momento. —Oigo bufar a Mía, sabe lo que va a decir a continuación—. Entonces, ¿por qué no aprovechás para pasar el rato con Federico? Parece que lo único que hace esta noche es buscarte.

Busco con la mirada al rubio de ojos verdes que alteró mi corazón en más de una ocasión. Lo veo a lo lejos, otra vez rodeado de chicas. Mira para mi lado y me descubre observándolo, me guiña un ojo mientras sonríe y vuelve a mirar hacia otro lado.

—Tengo una pregunta —le dice Juan a Mía. Luego de la conversación que tuve con mis amigas, ellos se acercaron con una silla cada uno y se sentaron con nosotras, formando un círculo—. ¿La querés oír?

—Voy a tratar de prestarte atención —contesta mi amiga, haciéndose la desinteresada.

Me río imaginando lo que va a preguntar.

—¿Qué pasaría si… —comienza a decir, mirándola de reojo y pasándose una mano por su pelo castaño— te agarro y te tiro conmigo a la pileta?

«Exacto. Lo que imaginaba». Suelto una carcajada.

—Me voy a otro lado antes de que esto empeore —dice Emma mientras se levanta de su reposera y se marcha. Manuel la sigue con la mirada hasta que desaparece de su vista.

—Siempre hacés lo mismo, pero ¿qué pasaría si antes consigo tirarte yo? —oigo contraatacar a Mía.

Juan se ríe achinando los ojos y niega con la cabeza.

—No lo conseguirías.

—¿Querés apostar? —reta Mía.

—No te conviene eso, bonita.

Mía estira su brazo y estrechan sus manos. Esto no es una buena idea.

—¡Esperen! —exclamo de repente, haciendo que todos me miren—. Dejen que los filme. —Saco mi celular y abro la cámara—. Cuando quieran.

Juan aprovecha que Mía me mira un instante más que él, se levanta de su silla luego de sacarse su camiseta y la carga en sus brazos como puede. Se acerca al borde de la pileta con mi amiga riéndose y gritando que la deje en el piso. Todos a su alrededor dejan de hacer lo que sea que estuvieran haciendo para mirar la escena y dejar un espacio en la pileta para que se tiren.

Y eso hacen, salpicando todo alrededor. Los demás, incluyéndome, nos reímos y aplaudimos cuando ambos salen de debajo del agua. Sigo grabando unos segundos más y luego paro, bloqueando nuevamente mi celular.

—Voy a copiarles la idea —dice alguien a mi lado, y antes de que pueda darme cuenta de quién habla, un brazo pasa por debajo de mis rodillas y otro por mi espalda.

Aunque no sé quién es, instintivamente paso un brazo por su cuello. No tardo mucho más en sentir su perfume y notar que no lleva la camisa, que antes tenía puesta.

—No, no, no —comienzo a rogar—. Federico, ¿qué hacés?

—Es que pensaba… —dice mientras camina despacio hacia el borde de la pileta. Noto cómo todos, ahora, nos están mirando a nosotros, y cómo los músculos de Federico se tensan al moverse.

—¿Vos, pensando? —lo interrumpo sarcásticamente sin poder evitar sonreír, apenas—. Toda una novedad.

—No sé si no notaste tu situación, pero no te conviene decirme cosas así. —Me río antes de dejarlo seguir hablando—. Como te decía… estaba pensando en que la noche está muy linda para meterse en la pileta, y en que me apetecía meterme con vos. Así que dije: ¿por qué no? —El que sonríe ahora es él.

La música para y todos lo alientan para que se tire conmigo.

—No creo que lo hagas —reto.

—Yo, si fuera vos, no estaría tan segura.

Siento cómo salta hacia el agua y me aferro todavía más a su cuello, cerrando fuerte los ojos. Luego de sentir que nos quedamos suspendidos en el aire un segundo, caemos al agua y nos sumergimos totalmente; al hacerlo, el brazo de Federico que pasaba por debajo de mis rodillas se suelta, y sus manos se posan en mi cintura.

Al salir de debajo del agua, mis brazos rodean su cuello y lo miro riendo.

—Sos lo peor —exclamo en broma.

—Me lo suelen decir. —Se ríe y mira hacia el cielo, tratando de parecer desinteresado. Pongo los ojos en blanco.

La música vuelve a sonar cuando todos alrededor comienzan a tirarse a la pileta luego de que nosotros caigamos al agua. Miro a Federico durante unos segundos, repasando con la mirada la curva de su mandíbula, que tantas veces admiré y besé. Se gira y sonríe. Baja la mirada hasta mi cuello.

—La seguís llevando —susurra, más para sí mismo que para mí, mientras toma mi collar con sus dedos, rozándome apenas. Asiento y sonríe de una forma que hacía tiempo no veía, una que parece de verdad. Me mira a los ojos y vuelve su expresión de siempre, o a la que me acostumbré a ver en él estos últimos meses—. Si no te puedo dar un beso, ¿aunque sea me dejás abrazarte? —pregunta—. ¿O tu novio tampoco te deja?

Una risita nerviosa surge de mi garganta, y asiento. Enseguida sus brazos me acercan más a él y nos fundimos en un abrazo. Mi cabeza queda apoyada entre su cuello y su hombro, aspiro su perfume mezclado con el olor a cloro; cierro un momento los ojos y le planto un besito en el costado de su cuello, justo donde lleva el tatuaje de estrella que se hizo un par de días después de regalarme la cadenita. Al sentirlo, hace lo mismo, solo que su beso dura unos segundos más, y hace que todo mi cuerpo sienta un escalofrío desde el momento en que sus labios rozan esa pequeña parte de mi piel.

Levanto mi cabeza y me separo un par de centímetros de su agarre. El resto parece desaparecer, incluyendo la idea de que Martín pueda enterarse de esto, cuando sus ojos se posan en mis labios, y parece que su cabeza se inclina un milímetro. Esta vez no me muevo y permanezco quieta. No pretendo lastimar a Martín, pero, si ahora me corro, me voy a hacer mal a mí. Sé que lo mío con Federico no tiene futuro alguno, pero esto es lo que quiero ahora. Quiero volver a sentir sus labios sobre los míos, quiero ver cómo reacciono a eso.

También sé que voy a arruinarlo todo.

Una de sus manos se posa sobre mi mandíbula, mientras con su pulgar traza el contorno de mis labios. Sonrío. Lentamente comienza a acercarse más a mí.

La sensación de sus labios sobre los míos es algo que todavía, después de cinco meses, no puedo olvidar. El corazón martillea en mi pecho muy fuerte, a punto tal que parece que se me va a salir. Con la mano que todavía tiene en mi cintura, Federico me acerca más a él y el beso se vuelve más intenso. El tiempo que había pasado sin que nos besáramos estaba acumulado en nuestro interior y se notaba con cada movimiento de nuestros labios, que se complementaban.

Cuando nos separamos, le sonrío y él me devuelve la sonrisa. Todo lo demás parece volver a la realidad cuando unas gotas nos salpican la cara desde uno de nuestros costados. Mía me mira desde allí con expresión alarmada; cuando me doy vuelta para mirarla, veo cómo sus ojos miran hacia un punto detrás de mí. Me doy vuelta en esa dirección, temiendo lo peor y separándome disimuladamente unos centímetros de Federico.

Nuestras miradas se encuentran y él comienza a aplaudir con sarcasmo.

—Y eso que no ibas a meterte —comenta con rabia en la voz.

—Martín —susurro, cerrando los ojos.

—Te podés ir a… —Se queda callado sin terminar la frase y deja de aplaudir antes de girar sobre sus talones para dirigirse hacia la puerta de entrada.