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En 2022 se cumplió el 100 aniversario de un evento histórico mundial apenas hoy recordado en la Europa contemporánea: el incendio de la "Perla del Egeo", Esmirna, actual Izmir, la floreciente, multicultural y cosmopolita ciudad portuaria del Imperio Otomano que a comienzos del siglo XX fue una de las capitales más prósperas e integradoras de distintos pueblos, etnias, culturas y religiones de Asia Menor. El incendio de la ciudad en septiembre de 1922, en el que murieron decenas de miles de personas, puso punto final a una tolerante convivencia entre griegos, turcos, judíos, armenios, europeos y estadounidenses. A la Guerra Greco-Turca siguió un intercambio poblacional planificado que llevó al éxodo de casi dos millones de cristianos ortodoxos y musulmanes, sentando el precedente de la limpieza étnica que tendría lugar en los años siguientes del siglo XX. Entrelazando en un cuidadoso equilibrio la tarea del investigador con la narración histórica y personal, a través del relato de su viaje, diarios, testimonios e informes, Lutz Kleveman nos lleva desde la Grecia y Turquía actuales y la reciente crisis de los refugiados hasta la resplandeciente Esmirna previa al incendio. La historia nos transporta desde el estudio de las causas de la catástrofe de 1922 hasta una reflexión sobre las consecuencias de la caída de Esmirna para Europa.
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Seitenzahl: 585
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Para
Maria, Burcu y Sandra
«Como
cuando aciertas
a entrar una noche
a la ciudad que te crio
y después la destruyeron desde los cimientos y la volvemos
/a levantar
y luchas por trasladarte a otros tiempos
para volver a hallarte…»
Yorgos Seferis
Se encienden las primeras luces de la ciudad.
Apenas se ha ocultado el sol, las nubes se tiñen de rojo ígneo. En la lejanía se divisan las montañas del Peloponeso.
Hace ya algunos meses que vivo en el Cavo d’ Oro. El hotel me pareció un buen lugar para empezar a escribir este libro. Mi habitación tiene vistas a la amplia bahía portuaria de El Pireo, desde donde contemplo los barcos que zarpan y regresan del mar Egeo.
El Cavo d’ Oro ha conocido tiempos mejores, el vestíbulo es una máquina del tiempo que me transporta a finales de los años sesenta: cabinas telefónicas de madera, ceniceros pushdown en las mesas, pinturas al óleo de batallas navales y el rincón de la realeza, donde cuelgan retratos enmarcados de reyes griegos. «Nuestras viejas glorias», señala Giorgos, el director del hotel, mientras rocía los cuadros con un poco de perfume.
No quedan ya muchos huéspedes. También algunos de los residentes permanentes han abandonado el hotel. Desde hace días no veo a mi vecina, una prostituta jubilada que suele ofrecerme dulces en el ascensor.
La pandemia también ha llegado a Grecia. Muchos ferris han suspendido su trayecto para mantener, según dicen, las islas libres del virus durante el mayor tiempo posible. La bahía se extiende apacible y sin olas, tan solo algunos buques de carga prosiguen su camino. El Pireo es el último gran puerto de la porosa frontera sudoriental de Europa. Hace apenas cincuenta años, cuando el mar Mediterráneo estaba aún abierto, a El Pireo llegaban barcos de pasajeros procedentes de todas las grandes ciudades portuarias del Mediterráneo: Alejandría, Trieste, Argelia, Marsella, Estambul y Beirut.
Y de Izmir, la antigua Esmirna.
Durante la crisis de la deuda una empresa pública china compró el puerto. Ahora pertenece a la Nueva Ruta de la Seda con la que China pretende introducir con más fuerza aún sus productos en el mercado europeo.
El libre comercio es bienvenido por Europa; la libre circulación de personas no tanto. Solo cuando los campos de refugiados en las islas del Egeo están completamente abarrotados, se traslada al continente un cargamento de mujeres y niños a través de El Pireo.
Ayer cerraron todos los bares en El Pireo, entre ellos también mis bares habituales, el King George y el Beluga. Solo las iglesias continúan abiertas para que la gente pueda rezar.
Me pongo una americana y voy al único lugar que queda para tomar un buen trago: la Veranda, el bar del hotel.
«¿Todavía aquí?», saluda Daphne, la joven camarera, mientras me sirve una cerveza Mythos en la barra. «Se rumorea que dentro de poco van a imponer un confinamiento».
Con la vista abierta al mar, sus antiguas columnas de madera y sus sillas de ratán, el porche del hotel irradia el vago encanto de una mansión colonial. Soy el único cliente. Daphne saca de su bolso un pintalabios y un rímel para maquillarse en el gran espejo que hay tras los estantes de botellas. Es greco-alemana. Sus padres se conocieron en Berlín del Este, en una manifestación anarquista en 1980. Tres semanas después se mudaron juntos a El Pireo. «Mis abuelos se quedaron pasmados cuando vieron al punki alemán con cresta de mohicano», dice Daphne con una sonrisa. Cuando, años más tarde, sus padres se separaron, él regresó a Alemania. Daphne lleva mucho tiempo sin verlo. «Sigue siendo punki y trabaja digitalizando obras marxistas-leninistas».
Nos entra la risa a ambos.
—¿Qué te ha traído a Grecia?
—Vine aquí para informar sobre los campos de refugiados —contesto—. La ruta de los Balcanes y eso.
Me mira con escepticismo:
—¿Ningún motivo personal, ninguna mujer?
—Bueno, como mucho una mujer que me dejó.
—Entiendo, entonces tú también estabas huyendo.
—Más o menos —respondo evasivo—. En cualquier caso, gracias a ello encontré otra historia: el gran incendio de Esmirna en septiembre de 1922, que causó entonces una enorme ola de refugiados.
—Lo sé —contesta Daphne con seriedad—. Mis abuelos huyeron entonces de Esmirna. La mitad de Atenas fue construida para los griegos de Asia Menor. En los bares de El Pireo a veces todavía se escucha la Smyrneika, el canto tradicional de allí.
—Esmirna tuvo que ser una ciudad fascinante, extremadamente cosmopolita —continúo—. Personas de todo el mundo convivían allí, de religiones y culturas diferentes, como hoy en día ocurre en Londres o Nueva York. Tal vez Esmirna fuera la primera verdadera ciudad global.
—Hasta que la quemaron.
—Sí, hasta el gran incendio, un crimen horrible con decenas de miles de muertos. Y Europa se quedó mirando de brazos cruzados. Todo lo que sucedió entonces es incomprensible. Sobre ello estoy escribiendo.
Daphne me sirve otra cerveza y se abre una también. El bar del hotel está abierto hasta tarde, todavía nos quedan algunas horas.
—¿Entonces ya has viajado a Esmirna, es decir, a Izmir?
—Sí, hace un año, con el ferri desde El Pireo.
—¿Y qué encontraste?
—Una historia desconcertante.
—Cuéntamelo todo.
El ferri zarpó entrada la noche.
Con la chimenea echando humo negro nos adentramos en el mar. Los motores del barco se sentían incluso en la cubierta superior. El aire húmedo se enfriaba, olía a hollín de gasóleo y algas marinas. Las gaviotas chillaban.
Subí a la borda, desde donde se veía Atenas resplandecer en la noche sobre el remolino de popa. La iluminada Acrópolis, descollando por encima de la oscura cresta del monte Himeto, yacía como una isla en un mar de casas grises. Cuanto más nos alejábamos del puerto, más se empequeñecía el Partenón hasta reducirse a un puntito luminoso que terminó apagándose como una chispa.
El último reducto de Europa, por lo menos de una cierta idea de Europa; eso me parecía aquella Atenas cuyo tembloroso reflejo desaparecía lentamente en el horizonte.
Después me acerqué a la proa y medité sobre el destino de mi viaje: la ciudad de Izmir en la costa occidental turca, la antigua Esmirna.
Ya solo el sonar de su nombre —casi mítico, como la Atlántida sumergida—, Esmirna, olía a mirra, a camellos cargados de higos, alfombras y humeantes narguiles. Sonaba a puertos legendarios, ricos comerciantes y erotismo oriental. «Perla del Egeo»; por este nombre fue conocida la multiétnica ciudad otomana. Sus habitantes griegos hablaban de myrovolos Smyrni, la Esmirna de fragante perfume. Hasta el siglo XX convivieron pacíficamente en ella varias culturas y religiones: griegos, turcos, armenios, judíos, estadounidenses y muchos europeos. Sobre todo ingleses, franceses e italianos probaron fortuna en esta metrópoli única.
El apogeo cosmopolita de la ciudad encontró un final terrible cuando esta quedó atrapada entre los frentes de la guerra greco-turca de 1919-1922. Tras la ocupación de Esmirna por los griegos en mayo de 1919, el ejército turco reconquistó la ciudad en septiembre de 1922, la incendió y la quemó casi por completo. En las llamas perecieron en pocos días decenas de miles de civiles. Murieron calcinados, brutalmente masacrados o se vieron obligados a lanzarse al agua, donde se ahogaron en masa. Todo ello ocurrió a la vista de varios buques de guerra británicos, franceses e italianos que fondeaban completamente armados en la bahía de Esmirna. Sus comandantes, sin embargo, lejos de intervenir, permanecieron de brazos cruzados observando los sucesos homicidas.
El gran incendio de Esmirna fue un crimen de guerra inconcebible. Provocó una crisis de refugiados que transformaría Europa para siempre. Casi todos los cristianos supervivientes fueron expulsados por la fuerza de Asia Menor, así como todos los musulmanes de Grecia, lo que llevó a un intercambio poblacional sin precedentes.
Desde entonces, los horribles acontecimientos de los años veinte del siglo pasado han sido en gran parte olvidados o silenciados. Sin embargo, hoy, casi exactamente cien años más tarde, una nueva crisis de refugiados ha tenido lugar en el Egeo mientras Europa es desgarrada por un reavivado y agresivo nacionalismo. La historia parece repetirse. «Es hora», pensé, «de traer al presente algunas viejas lecciones».
En mi viaje a Izmir quería averiguar cómo había podido suceder el incendio, qué había ocurrido exactamente y qué consecuencias había tenido la tragedia hasta hoy para Europa y Turquía.
Intenté liar un cigarro sin que el viento se llevara el tabaco. La costa del Ática ya quedaba muy lejos. También las gaviotas, que nos habían acompañado hasta entonces, se dieron la vuelta. Tan solo se escuchaba el sonido de las olas que rompían contra la proa. El ferri se zambulló en la noche como una nave espacial en el universo, en el cosmos del Egeo, donde las luces de las islas dispersas titilaban como estrellas.
Henry Miller escribió que en Grecia un hombre puede encontrarse a sí mismo. Eso deseaba yo, porque desde la ruptura mi vida se parecía al archipiélago del Egeo, roto en miles de pequeñas islas, la mayoría de ellas yermas y rocosas. Si toda gran expedición permite también un viaje interior, entonces esperaba, siendo honesto, poder en este viaje de exploración recoger los fragmentos dispersos de mí mismo y ensamblarlos de nuevo. Para ello el Egeo me parecía un buen lugar, sin que pudiera decir bien por qué. Tal vez fuera por la luz, ese azul ligeramente brillante y diáfano que por fuerza habría de alegrar un alma pesada, nórdica como la mía. En todo caso, lo que buscaba no era solo una historia, sino una experiencia que me permitiera volver a conectar con otras personas.
«¿Tendré éxito con todo esto?», me preguntaba mientras bajaba desde la cubierta superior a mi camarote y me preparaba para dormir.
Cuando a la mañana siguiente desperté y miré por el ojo de buey ya habíamos alcanzado las aguas de la costa occidental de Turquía. A estribor se alzaban las montañas de Anatolia. Sobre sus crestas giraban molinos de viento; tras ellos pronto saldría el sol. Mi teléfono mostraba alternativamente redes móviles griegas y turcas. Había llegado a la zona fronteriza entre Europa y Asia.
El viaje nocturno había sido tranquilo, con olas planas y prolongadas que me arrullaron durante el sueño. Desde nuestra salida de El Pireo, el barco había recorrido varias islas —primero Siros y otras Cícladas, luego Icaria, del Egeo oriental y, por último, Samos—. En aquel momento nos dirigíamos hacia el norte, hacia Kavala, la ciudad portuaria tracia.
Salí del camarote para ir a la cubierta superior. El barco parecía despertar lentamente. En los bancos de madera, bajo chaquetas y mantas finas, yacían los pasajeros que no podían permitirse un camarote. Llevaban sus escasas posesiones en bolsas de plástico. Los niños se acurrucaban junto a sus madres mientras dormían, los padres fumaban su primer cigarro. ¿Eran viajeros o refugiados? ¿De dónde venían? ¿Adónde iban?
Entre la bruma, frente a la proa, apareció Quíos, en donde esperaba un ferri más pequeño que navegaba hasta la costa turca. La topografía de la isla era insólita: montañas con cimas afiladas se elevaban hacia el cielo como la espalda de un dragón dormido. En el albor del amanecer se distinguían algunas pendientes arboladas con robles y pinos; otras estaban yermas y eran del mismo gris calcáreo que las Cícladas. En el oeste de la isla las montañas descendían casi en picado hasta el mar; al sur y al este se extendían verdes y frondosas llanuras costeras salpicadas por pueblos aislados. En la orilla los árboles frutales parecían estar en flor.
Para ser sincero, antes de mi viaje nunca había oído hablar de Quíos. La isla, con una población de unos cincuenta mil habitantes, después de todo la quinta más grande de Grecia, era mucho menos conocida turísticamente que sus vecinas del Egeo oriental, Lesbos y Samos. Y, no obstante, por lo que me había dado tiempo a leer, era evidente que Quíos había jugado un papel importante en la historia de Europa. Gracias a su posición estratégica en las rutas comerciales marítimas entre el Mediterráneo occidental y oriental, la isla llegó a ser muy próspera en la Antigüedad. En la Politiká, Aristóteles ya calificó Quíos como la patria de mercaderes y comerciantes, y el historiador ateniense Tucídides describió a los de Quíos en su Historia de la Guerra del Peloponeso como los más ricos de todos los griegos, que desde muy temprano apostaron por formas democráticas de gobierno para la polis y produjeron muchos poetas y filósofos —el más famoso fue Homero, de quien se dice que supuestamente se crio en Quíos en el siglo VIII a. C. y que compuso sus versos allí—. ¿Será que la verdadera isla natal de Odiseo no era Ítaca sino Quíos?
La prosperidad de la isla continuó creciendo durante el Imperio romano. Testimonio de ello fueron cuatro corceles de bronce, probablemente fabricados en Quíos, que se harían conocidos en todo el mundo. En el siglo V la cuadriga fue enviada por orden imperial a la capital romana oriental, Constantinopla, desde donde los cruzados católicos, tras el saqueo poco cristiano de la ciudad en 1204, se la llevaron como botín a Venecia, donde la colocaron en el portal principal de la Basílica de San Marcos. De allí, casi seis siglos más tarde, robó Napoleón los cuatro caballos de bronce y los hizo colocar en el Arco del Triunfo de París. Después del Congreso de Viena regresaron a Venecia y contemplaron nuevamente desde la Loggia dei Cavalli la plaza de San Marcos, antes de que los itinerantes originales fueran trasladados en 1977 al Museo de la Catedral y sustituidos por copias más sencillas.
La Naturalis Historia, la enciclopedia de historia natural del erudito romano Plinio el Viejo (23-79 d. C.), contiene un hermoso pasaje sobre Quíos y el origen del nombre de la isla: cuenta la leyenda que en aquel lugar moraba en la antigüedad una encantadora ninfa cuya piel era tan blanca que la llamaban Chióni, «nieve» en griego antiguo. Gracias a esta leyenda, las mujeres quiotas se ganaron la fama de estar entre las más bellas del Imperio romano y, más tarde, del bizantino y del otomano.
Además de al comercio marítimo y a un gran mercado de esclavos, la isla debía su fabulosa riqueza a un producto en particular que solo existía en Quíos: la almáciga. Los arbustos de esta especie de pistacho crecen en diversos lugares de la tierra, pero, por razones que aún no se comprenden del todo, solo en el sur de Quíos su corteza exuda una savia resinosa. Ya en la Antigüedad se extendió su uso como cura milagrosa medicinal y cosmética, y era vendida desde Quíos a los más remotos puertos mediterráneos. También después de la división del Imperio romano en el año 395 d. C., cuando Quíos cayó en manos de la parte oriental y más tarde del Imperio bizantino, el valor de la almáciga siguió aumentando constantemente. Cuando alcanzó el nivel de la sal y de la plata en la Edad Media, las poderosas Venecia y Génova comenzaron a luchar con Constantinopla por el dominio de la isla.
A finales del siglo XIII, los debilitados emperadores bizantinos finalmente entregaron Quíos a los genoveses, en parte también como agradecimiento por haber liberado Constantinopla de la brutal dominación de los cruzados venecianos. En la capital imperial, al este del Cuerno de Oro, los genoveses controlaban ya el distrito de Pera, actual Beyolu, donde habían construido una ciudadela y la prominente torre de Gálata. En Quíos, los nuevos amos fundaron la sociedad mercantil Maona, cuyos aristocráticos clanes mafiosos gobernaron la isla durante los siguientes doscientos años. Llevaban nombres tan ilustres como Grimaldi, Adorno, Negroponte, Giustiniani, Scaramanga y Casanova. Bajo su gobierno Quíos se convirtió en un próspero eje comercial de carácter católico, una amalgama de Occidente latino y Oriente bizantino.
También Cristóbal Colón, el genovés más famoso, se asentó en Quíos cuando aún era un joven desconocido, entre los años 1474 y 1475, para aprender de sus compatriotas marinería y navegación. Por supuesto, tampoco a él se le escapó lo singular y valiosa que era la almáciga. En una carta que Colón escribió al rey español Fernando de Aragón tras su descubrimiento de América, prometía regresar de la expedición con «tanto oro como Él requiera, además de especias, algodón y almáciga, que por lo general solo se encuentra en Quíos». Admitamos que en este punto el marinero se dejó llevar, puesto que, aunque los arbustos de lentisco crecían en abundancia también en Cuba, su corteza no secretaba ni una gota de la tan anhelada resina.
Los otomanos, que se apropiaron de la isla en el siglo XVI, la rebautizaron acertadamente como Sakiz Adassi, la isla de la almáciga. El valor de la resina de lentisco llegó incluso a alcanzar el nivel del oro después de que se corriera la voz de que la almáciga era un afrodisíaco para las mujeres. A partir de entonces, los propios sultanes exigieron disponer de la sustancia para mantener felices a las damas de sus harenes. La resina parecía tener mejor efecto cuando las damas la masticaban durante horas. Así, precisamente en la Sublime Puerta de Constantinopla, se inventó el primer chicle del mundo. A cambio de suministros fiables de la droga del amor, los sultanes concedieron a los habitantes de Quíos privilegios únicos: casi no tenían que pagar impuestos y se les permitía, vigilados solo por una pequeña guarnición de soldados turcos, gestionarse completamente por su cuenta. Esto incluía el derecho de tocar las campanas de la iglesia los domingos, lo que no se autorizaba a ninguna otra congregación cristiana en todo el Imperio otomano, y también de usar turbantes blancos, un privilegio que, por lo demás, solo estaba reservado a los musulmanes.
Así que no es de extrañar que en la isla se desarrollaran una gran prosperidad y libertades insólitas. Cuando, en 1810, el escritor escocés John Galt viajó por el Mediterráneo oriental con su amigo poeta y filoheleno Lord Byron, de quien sería su primer biógrafo, también recaló en Quíos. Galt escribió con entusiasmo sobre la isla: «Es el paraíso de la Grecia moderna, más productiva que cualquier otra isla y más grandiosa. Nos acercamos a la ciudad navegando plácidamente junto a viñedos y plantaciones, inhalando las fragancias especiadas que emanaban sus acantilados y bosquecillos. Las casas blancas contrastaban con los árboles de hoja perenne que las ensombrecían, y parecían pequeños palacios entre limoneros, limas, olivos y granados»1.
Cuando, doscientos años después, mi barco entraba en el puerto de Quíos, las montañas brillaban en el horizonte con la luz del sol naciente. Desde la cubierta superior contemplé la ciudad que rodeaba la dársena del puerto: no podía calificarse de pintoresca. La arquitectura a lo largo de los muros del muelle era una intrincada mezcla de edificios más o menos modernos, cuyas fachadas no habían recibido una nueva mano de pintura desde hacía mucho tiempo. No existía el menor rastro de las casas blancas y azules que adornaban las postales. Además de algunos campanarios, también llamaba la atención un alto minarete, que debía pertenecer a una antigua mezquita de la época otomana.
El capitán ejecutó una elegante maniobra que detuvo bruscamente el barco en una dársena bastante pequeña y, haciendo una pirueta, lo giró 180 grados sobre su propio eje para finalmente atracar con la popa. Un grupo de hombres barbudos que estaba a mi lado asintió con satisfacción. «Es una hazaña que en toda la flota pocos pueden lograr». Bajé a la cubierta inferior, donde frente a los camiones aparcados ya se reunía la gente lista para salir, algunos en motocicleta, la mayoría a pie. Niños y ancianos, artesanos, parejas de enamorados y popes ortodoxos esperaban pacientemente en la penumbra a que el portón trasero se abriera y descendiera.
Fue un momento mágico: la luz del sol se filtró en la bodega, primero desde arriba y después desde delante, y un nuevo mundo se abrió. Estaba convencido de que incluso los habitantes de la isla más familiarizados con aquello aún debían de sentir algo de ese estremecimiento mágico que me invadió cuando un marinero retiró la barrera de cuerda y los que esperábamos desembarcamos por fin a través de la escotilla de popa con el paso apresurado o reverente del que pisa nuevamente tierra firme; un territorio nuevo para mí, una isla inexplorada.
Fue esta difusa sensación embriagadora, intensificada por el sol de la mañana, la que me hizo cambiar mis planes al instante. El ferri a la costa turca y a Izmir podía esperar, antes pasaría unos días en Quíos para explorar la isla. Así que me eché la mochila al hombro y caminé a lo largo del muro del muelle. Junto a unos barcos de pesca yacía amarrada una patrullera de la Marina francesa, la Jean-Francois Deniau de Tolón. En su mástil, bajo la tricolor, ondeaba una bandera de Frontex, la Agencia Europea de la Guardia de Fronteras y Costas, y algunos marineros fregaban aburridos la cubierta de acero gris.
Aunque aún era una hora temprana de la mañana, los cafés del puerto ya estaban abarrotados de gente. Los ancianos bebían té a sorbos, fumaban cigarros y jugaban al tavla, el backgammon de la región del Egeo. Adolescentes somnolientos llegaban en sus escúteres, por supuesto sin casco, para tomar su primer espresso freddo. Decidí celebrar mi llegada con un café turco, que aquí, por supuesto, se llamaba café griego, a pesar de que la preparación, la lenta ebullición del café molido en una cafetera moka, era absolutamente idéntica en ambos, al igual que el tipo de granos y las pequeñas tazas en las que se servía. Fueron, sin embargo, los turcos otomanos los que llevaron la cultura del café a los Balcanes y hasta Viena, donde creció de la mano del espíritu nacionalista de la época, de modo que el mismo café se llamaba «albanés» en Tirana y «búlgaro» en Sofía. Incluso en la cosmopolita Sarajevo, donde el concepto del café turco había perdurado más tiempo, ahora la infusión llevaba dentro una banderita bosnia. Esto era tanto más absurdo en cuanto que los propios granos, independientemente de donde uno bebiera sus tazas, probablemente procedían de Indonesia o Colombia.
—¿De dónde es usted? —me preguntó el camarero mientras me servía el café.
—De Alemania —respondí sonriendo.
—Ah, un Schäuble —dijo, y siguió su camino.
Algo perplejo, le perseguí con la mirada. La crisis financiera ya había pasado años atrás, pero por lo visto no estaba olvidada. Al menos no me había llamado Hitler.
En la mesa de al lado algunos hombres habían interrumpido su partida de cartas y miraban con actitud interrogante al camarero. «Germanós», dijo él. Asintieron y siguieron jugando sin volver a mirarme. «Qué bien que lo hayamos hablado», pensé. Apuré mi taza, puse una moneda sobre la mesa y continué mi camino.
En el extremo sur de la dársena del puerto había una hilera de edificios neoclásicos. Debían datar de la época posterior a 1913, el año en el que el Imperio otomano cedió las islas del Egeo Oriental, como Quíos, al Reino Griego. Aunque la Grecia moderna ya se había independizado de los otomanos en 1830, durante muchas décadas solo comprendió una pequeña parte del actual territorio nacional; y solo a raíz de las guerras de los Balcanes de 1912 y 1913, el reino, extremadamente pobre, fue ampliado por Macedonia, Creta y otras tantas islas del Egeo.
Me detuve frente a una vieja mansión. El encalado blanco se había desconchado de los pilares y la mayoría de las ventanas estaban cubiertas con contraventanas de madera. Un letrero oxidado colgaba de una valla de hierro forjado que surgía entre los narcisos: «Hotel Kyma». Miré a mi alrededor. Justo al lado estaba el Chandris, un moderno hotel de lujo con piscina y balcones con vistas al puerto. En comparación, el Kyma parecía una barraca que, sin embargo, para aquel cuya sensibilidad estética se hubiese visto marcada por el encanto decadente de la Europa del Este de los años noventa, adquiría un poderoso atractivo.
En la sala de recepción brillaba una luz débil. En las paredes, revestidas de roble, colgaban grandes cuadros al óleo de barcos de vela. Olía a madera y a libros polvorientos, una enorme escalera curva conducía al piso de arriba. Cuando todavía estaba observando el entorno, admirando las lámparas de araña y el techo pintado de estuco, un señor mayor salió de una habitación detrás de la recepción y me saludó: «Bienvenido al Kyma, mi nombre es Theodore, soy el propietario. ¿En qué puedo ayudarle?».
Le devolví el saludo y pregunté si disponían de una habitación libre.
«Por supuesto que tenemos habitaciones libres», dijo el hotelero con la sonrisa cansada de un hombre que había decidido que ya nada en la vida le sorprendería. «Desde que tenemos aquí el campo de refugiados ya no vienen muchos turistas a Quíos. Parece que los europeos temen tener que compartir la playa con los árabes. Bueno, venga conmigo, le enseñaré dos o tres habitaciones». Se pasó la mano por la calva y cogió las llaves de la pared.
Mientras Theodore me guiaba por la gran escalera doble, le pregunté sobre la historia de la mansión. Se le iluminaron los ojos y empezó a relatar: un rico armador de nombre Ioannis Livanos la había construido en 1917 como residencia familiar. Quería que tuviera un gran parque y vistas al mar. La llamó Kyma, ‘Ola’ en griego, pero no llegaría a disfrutar demasiado de la casa de sus sueños. Durante la guerra contra los turcos de 1919-1922 fue requisada por el ejército griego y utilizada como cuartel de los oficiales de la retaguardia. Veinte años después, durante la ocupación alemana, el edificio sirvió de cuartel general a las tropas de la Wehrmacht1. «Entonces era la mansión más hermosa de toda Quíos», dijo Theodore. «Los oficiales alemanes estaban felices de ser destinados aquí. Y al lado se alojaban la Gestapo y las SS».
Una vez más, me había quedado claro que aquí había buenas vibraciones. ¿Hasta dónde tenía que viajar para escaparme de esa maldita Zwölfjahreskammer2?
Después de la guerra, el armador dejó que la propiedad se deteriorara hasta que el padre de Theodore la compró en los años sesenta y la convirtió en un hotel. «El primer hotel privado de Quíos», recalcó el hijo con orgullo cuando llegamos al primer piso. Theodore se detuvo y miró el largo y vacío pasillo que se extendía ante nosotros. «Sabe, mi abuelo ya fue hotelero, era dueño del Bristol en Odessa, el mejor hotel de la ciudad. De joven emigró con sus tres hermanos de Quíos a Rusia. Aquello fue a finales del siglo XIX, cuando la isla aún pertenecía al Imperio otomano y los griegos ambiciosos no tenían buenas perspectivas en este lugar». En Odessa, por el contrario, ya existía desde hacía tiempo una gran comunidad de griegos pónticos, como se llamaba a los helenos del Mar Negro, que amparó el rápido ascenso de los hermanos.
«Uno de mis tíos abuelos se hizo comerciante, otro estudió medicina y llegó incluso a ser médico de cámara del zar ruso. Y mi abuelo se dedicó al negocio de la hostelería. Mi padre nació todavía en el Hotel Bristol. Pero entonces llegó la Revolución rusa en 1917 y los bolcheviques nacionalizaron el hotel. Le puedo decir que todavía existe hoy en día en Odessa, cerca de la famosa escalera, ya sabe, la de la película de Sergei Eisenstein. Pero mi abuelo y sus hermanos tuvieron que huir de la Unión Soviética porque ya no querían tener allí ni a capitalistas griegos ni a médicos zaristas, así que regresaron a Quíos. Aquí es donde creció mi padre, y yo también».
Por un momento, Theodore pareció reflexionar sobre cómo habría transcurrido su vida si en lugar de en la isla hubiera crecido en Odessa, quizás en el mismo Hotel Bristol; pero el hotelero, que había heredado el Kyma de su padre en 1983 y que, desde entonces, como él decía, había pasado casi todos los días de su vida entre sus habitaciones, se estremeció levemente y abrió con la llave la puerta de un dormitorio. Tenía una cama estrecha, un armario y una vista interminable sobre el estrecho entre Quíos y Turquía. Nos acercamos a la ventana, cegados por la luz del día.
—Qué bonito —dije.
—Sí, se está bien aquí. —Theodore suspiró—. Si no fuera por esos malditos armadores, están arruinando el turismo.
Ya había leído que casi toda la flota mercante griega estaba controlada por los quiotas, que eran considerados en todo el país como particularmente listos y hábiles para los negocios. Más de la mitad de los grandes armadores del país —los Livanos, Pateras, Chandris, Lemos, Lyras y Samonas— procedían de Quíos. Sus familias se habían beneficiado de la tradición de comercio marítimo de la isla y pronto —a menudo durante la diáspora griega— habían construido flotas que operaban internacionalmente. Su mayor éxito lo lograron cuando, en el año 1946, el Estado Norteamericano puso a la venta miles de los llamados Liberty Ships por poco dinero. Eran simples y robustos barcos de acero que los estadounidenses habían suministrado a los británicos durante la Segunda Guerra Mundial. Gracias a los buenos contactos en Washington, los quiotas fueron los primeros en enterarse del trato y aprovechar la oportunidad.
El legendario armador Aristóteles Onassis, natural de Esmirna, también pudo adquirir algunos barcos, pero la mayoría de los casi cien Liberty Ships fueron entregados a los quiotas, formando así la base para la constitución de la flota griega que, con un valor de casi 100.000 millones de dólares, se convirtió en aquel momento en la mayor flota mercante del mundo. Hasta hoy, sus propietarios han sido en su mayoría quiotas, y aunque muchos de ellos viven la mayor parte del año en Atenas o Londres, mantienen grandes propiedades en la isla, donde cada verano pasan sus vacaciones.
—Y luego, claro, a los armadores les gusta tener toda la isla para ellos —dijo Theodore—. No quieren turistas aquí, ni hoteles ni restaurantes donde los jóvenes de la isla puedan trabajar. Prefieren que tengan que enrolarse en sus barcos, como han hecho siempre. Solo se ha construido un gran hotel, ese de ahí. —Theodore señaló el Hotel Chandris, construido por el armador del mismo nombre. El enorme bloque sobresalía varios pisos por encima del Kyma, robándole mucha luz y la vista al puerto—.
—¿Cómo pudo conseguir ese Chandris una licencia de construcción para semejante monstruo? —pregunté.
—Si tienes dinero, en Grecia puedes conseguir cualquier cosa —dijo Theodore encogiéndose de hombros. Como contribuyentes y caritativos donantes, los armadores tenían gran influencia sobre el ayuntamiento. Continuó—: Allí no se decide nada en contra de su voluntad.
Después de la construcción del Hotel Chandris, los políticos locales aprobaron una ordenanza que prohibía construir ningún hotel más alto en toda la isla. Al mismo tiempo, llevaban décadas retrasando la ampliación del aeropuerto de Quíos, cuya pista de aterrizaje era demasiado corta para los grandes aviones modernos. De esa manera, los aviones de los principales operadores turísticos como TUI o Neckermann no podían aterrizar, por lo que las agencias se veían obligadas a llevar a los turistas de sus viajes organizados a otras islas. También la construcción del muelle para cruceros había fracasado hasta el momento debido a la resistencia de los armadores.
—Ya solo nos quedan los pocos viajeros individuales que llegan en barco o avioneta —informó Theodore suspirando—. Y, por supuesto, los turistas turcos que llegan en ferri desde Izmir. Ahora son nuestros principales clientes. Pero la mayoría se quedan solo uno o dos días.
Sus palabras denotaban la tristeza de una existencia que había perdido su promesa, la perspectiva de un futuro mejor; aunque también podía ser imaginación mía, pues uno siempre ve el mundo a través de las gafas que lleva puestas en ese momento. El hotelero me entregó la llave de la habitación y salió al pasillo. Yo me quedé en la puerta y pregunté:
—¿Soy el único huésped en el hotel?
—No, hay otro huésped —dijo Theodore, y pareció querer agregar algo antes de cambiar de opinión—. Seguramente tendrá la oportunidad de conocerlo.
En realidad, me sentí bastante aliviado al saber que Quíos se había librado hasta el momento del turismo masivo, al contrario que Mykonos o Santorini. La isla prometía una experiencia de viaje de lo más auténtica. Estaba emocionado y tenía curiosidad. Después de una ducha rápida, volví a salir inmediatamente. ¿Había algo más hermoso en la vida que explorar un nuevo lugar?
Desde el puerto torcí hacia las callejuelas del centro de la ciudad. Una vez más, la mayoría de los edificios eran de hormigón. La arquitectura medieval había sido destruida por un fuerte terremoto en 1881, pero, a pesar de ello, el barrio del bazar del período otomano permanecía casi intacto: la gente deambulaba frente a pequeñas tiendas construidas las unas junto a las otras. Había establecimientos de artículos para el hogar, almacenes de especias, carnicerías, queserías. En el centro, justo en medio, se hallaba una antigua mezquita del siglo XIX, cuyo minarete ya había visto desde el ferri. Había sido exquisitamente restaurada y convertida en un museo —sin embargo, de arte bizantino-cristiano, lo que no encajaba del todo con el edificio—.
Alguien había pintado unos grafitis en la pared de una casa, en apariencia relacionados con la crisis de los refugiados. Junto a un símbolo antifascista ponía: «Real eyes realise real lies»3. Era cierto lo que había dicho Theodore: a Quíos le faltaban los típicos bares turísticos happy hour y las tiendas de baratijas. Únicamente algunos letreros con la inscripción «Hosgeldiniz» daban la bienvenida a los turistas turcos que estaban de paso. Era una curiosa realidad paralela, teniendo en cuenta las tensiones políticas entre Ankara y Atenas que una y otra vez habían llevado a conflictos diplomáticos e incluso a simulacros de combate entre aviones de caza turcos y griegos sobre las islas del Egeo Oriental.
En una plaza arbolada se erguía un monumento dedicado a un tal Jason Kalambokas, un combatiente de la resistencia fusilado por la Wehrmacht poco antes de su retirada en 1944. Completaba la estatua una gran lápida conmemorativa de mármol en la que estaba grabada el nombre del héroe. Al dar la vuelta a la lápida hice un descubrimiento curioso: en su parte trasera figuraba el nombre de un oficial alemán, un tal Hermann Westhauser, que también había fallecido en Quíos en 1944. Encima resaltaba todavía la cruz de la Wehrmacht y, en su centro, había una esvástica que solo había sido borrada superficialmente. Debajo de los datos biográficos, fallecido a los 32 años, se leía con claridad: «Por el Führer y la Gran Alemania». Por lo visto, sin pensárselo dos veces, habían utilizado la lápida de un alemán para honrar al partisano griego.
Me quedé sorprendido, ¿dónde era posible encontrar algo así? Sin duda, con seguridad el mármol no había sido barato, pero en Francia o Italia sería impensable que un combatiente de la resistencia y un soldado del ejército alemán compartieran una lápida. También en Alemania se percibiría este doble uso como irreverente o hasta indignante. En Grecia, en cambio, en apariencia no se abrigaban tales reservas. Esto podía deberse al hecho de que los partisanos, la mayoría de izquierdas, y los que colaboraban con los nazis, de derechas, tras el fin de la ocupación alemana habían provocado una cruel guerra civil de la que los anticomunistas, con el apoyo de los EE. UU., finalmente resultaron vencedores. En lugar de reconciliarse con sus adversarios de izquierdas, durante la Guerra Fría, especialmente durante la Dictadura militar de los Coroneles de 1967 a 1974, la derecha se vengó de manera sangrienta en reiteradas ocasiones incluso de los descendientes de los partisanos. Desde entonces habían pasado décadas, pero la sociedad griega seguía profundamente dividida y la guerra civil era, incluso en las familias, un gran tabú del que apenas se había hablado (con la consecuencia verdaderamente excepcional en Europa de que casi no existían ceremonias oficiales en memoria de los combatientes de la resistencia antialemana).
Sin embargo, esta lápida guardaba la verdad más profunda de que, en las guerras, perpetradores y víctimas podían no quedar tan lejos. ¿Era esta ya una primera lección sobre la historia y la cultura del recuerdo en el espacio cultural posotomano? No obstante, esta evidencia también incluía el hecho de que, independientemente de qué punto de la lápida se mirase, solo era posible ver o bien el nombre de uno de los fallecidos o bien el del otro, pero nunca ambos al mismo tiempo. Solo era posible un enfoque literalmente unilateral. Si no se estaba dispuesto a cambiar de punto de vista, y con ello de perspectiva, uno podía lamentar exclusivamente a su propio caído, mientras que la víctima no reconocida del otro lado se convertía en el único perpetrador, a quien se culpaba de todos los sucesos históricos.
Esto también sucedía, según sospechaba, en el conflicto permanente entre turcos y griegos. Por eso, de pie ante este peculiar monumento, me propuse firmemente ir y venir entre Turquía y Grecia tantas veces como fuera necesario, y cruzar una y otra vez las supuestas fronteras: entre Europa y Asia, entre el espacio cultural cristiano y musulmán, entre democracia y autocracia. Aunque estos términos aprehenden la realidad solo de forma muy aproximada. Quería, en definitiva, variar los lugares y las perspectivas para encontrar en su síntesis algo verdadero.
Desde el monumento, seguí mi camino hasta llegar a unas altas murallas que rodeaban el barrio del Kastro, donde las tropas bizantinas, después las genovesas y más tarde las otomanas habían estado estacionadas. Un puente de piedra conducía a una puerta de la época del dominio genovés que todavía hoy en día es conocida como Porta Maggiore. Una inscripción en latín sobre el arco del portal había sido raspada, probablemente en la época otomana, hasta hacerla ilegible. A través de la larga y oscura entrada de la puerta entré en el núcleo medieval de la ciudad, que me recibió con una extraña tranquilidad. Por las callejuelas tortuosas, todavía adoquinadas, caminaban únicamente algunas personas de aspecto humilde. En el Kastro todo transcurría como en un pueblo. También aquí había una vieja mezquita y una antigua escuela coránica, aunque cerradas a cal y canto y bastante desmoronadas. Las inscripciones arábigo-otomanas sobre las entradas eran aún parcialmente legibles, pero algunas habían sido rayadas deliberadamente. Detrás de una cerca había un pequeño cementerio turco cuyas tumbas estaban decoradas con los típicos turbantes de piedra otomanos. Estaban sorprendentemente bien conservadas.
En el rincón más alejado del Kastro encontré un antiguo hamam con piedras de colores traslúcidas incrustadas en el techo de la cúpula. Eran las mismas piedras que se encontraban también en los baños turcos de Damasco y Budapest. La visión despertó en mí algunos recuerdos de finales de los noventa, cuando viví unos meses en la capital húngara. Por entonces, iba al menos una vez a la semana a los baños Rudas que los ocupantes otomanos habían construido en el siglo XVI bajo la Colina Gellért, justo a orillas del Danubio. Cuando me deslizaba en la piscina de calientes aguas termales, me rodeaban los murmullos apagados de ancianos, el poder y la miseria de sus cuerpos, pero también los rayos de luz de suaves colores que se filtraban a través del techo abovedado hasta el tenue interior. Según el ángulo de incidencia, dominaban a veces los colores verdes y a veces los azules, a veces el rojo oscuro. Cuando fuera anochecía y yo seguía tumbado en el borde de la piscina, me daba cuenta de que las piedras de colores tenían picos como las estrellas y reproducían el firmamento cósmico, bajo el que yo simplemente estaba tumbado, ingenuamente satisfecho con el mundo. Quizá las piedras de colores del hamam turco, más incluso que los monumentos sagrados, eran el verdadero patrimonio artístico que quedaba del Imperio otomano.
A última hora de la tarde, después de haber explorado exhaustivamente la ciudad, volví agotado al Hotel Kyma. Theodore estaba de pie en la recepción y parecía esperarme. Dijo que quería presentarme al otro huésped del hotel y me condujo afuera hasta la terraza. Entre las columnas, de espaldas a nosotros, estaba sentado en uno de los sillones de mimbre un caballero de pelo blanco. Fumaba un cigarrillo y contemplaba el mar. Theodore carraspeó y me presentó. El caballero se levantó.
—Lorenzo di Argenti, enchanté de vous rencontrer —dijo en un francés sin acento—. Theodore ya me ha hablado de usted.
—El Marchese di Argenti procede de una de las familias más antiguas de Quíos —continuó la presentación Theodore—. A ella le debemos el hospital y, por supuesto, la biblioteca.
Con un leve suspiro, el signor Argenti le hizo un gesto de negación con la mano:
—Todo eso fue hace mucho tiempo, mucho dinero malgastado sin sentido. En la actualidad soy ciudadano italiano y cónsul de la República Italiana.
—¿En Quíos? —pregunté, sorprendido.
—No —respondió riendo, señalando la costa turca—. Ahí enfrente, en la ciudad portuaria de Çeşme, al otro lado.
—Ahí es donde voy —le dije, y le expliqué que tenía planeado viajar a Izmir pasando por Çesme. Argenti me escuchó con atención y me recomendó coger sin dudarlo un ferri turco. Me desaconsejó los barcos que circulaban bajo bandera griega, ya que, según él, eran basureros flotantes que estaban para el desguace. El cónsul debía de saberlo bien, porque al parecer viajaba con frecuencia entre Quíos e Izmir.
La cara y la estatura del italiano tenían un aire a Louis de Funès, el actor francés. Con su forma de expresarse vivaz y rica en gestos cambiaba animadamente de una lengua europea a otra.
—No es un pueblo sencillo el griego —dijo de repente, bajando la voz—. Y menos aún los quiotas, que son tercos y están obsesionados con el dinero.
Hablaba ahora con la voz de los conquistadores, de sus antepasados genoveses que habían llegado a la isla en el siglo XIV. Los Argentis por entonces formaban parte de una familia noble cuya empresa comercial, Maona, les permitió gobernar Quíos durante dos siglos. Tenían un palacio urbano en el Kastro y una enorme finca en el Campos, la fértil zona frutícola del sureste de la isla.
—El Argentikon —dijo Theodore mientras nos entregaba un whisky.
—Se construyó en el siglo XVI —explicó Argenti—. Por los mejores arquitectos y maestros de obras de Génova, por supuesto en el estilo ligur de la tierra natal. Todavía mantiene el mismo aspecto porque, tras el gran terremoto de 1881, encargamos su restauración de tal modo que fuera fiel a la arquitectura original. Es una joya magníficamente conservada. Debí haber vendido la propiedad por mucho más dinero.
—Será mejor que te alegres, Lorenzo, de haberte librado del Argentikon —intervino Theodore, que gracias a ello parecía haberse ganado un huésped habitual en el hotel.
Cuando era joven, en los años setenta, Argenti se había hecho cargo de la finca familiar, la única propiedad en Quíos que había permanecido en manos de la misma familia a lo largo de los siglos. Lleno de ambición, había intentado convertirla en un hotel de lujo para huéspedes extranjeros. Al fin y al cabo, tenía los contactos necesarios en la High Society europea, puesto que ya en el siglo XIX los Argentis habían emigrado desde Quíos a Europa occidental. Primero a Trieste y luego a Marsella, donde su padre había venido al mundo. Su madre era una Schilizzi de nacimiento, también de la antigua nobleza; una tía se había casado con el héroe nacional griego Venizelos. Argenti había nacido en Londres durante la Segunda Guerra Mundial, cuando su padre trabajaba allí como diplomático griego. Nada menos que el rey griego, por entonces residente exiliado en Inglaterra, fue el padrino de bautismo del pequeño Lorenzo que, tras la guerra, creció en Londres, Roma y en un internado suizo.
—Debí haberme quedado en Italia —dijo Argenti con la mirada de un hombre que luchaba con el recuerdo de una decisión vital, sin la cual tal vez todo hubiera transcurrido de otro modo. Su padre le había insistido para que continuara con la tradición familiar en Quíos y se hiciera cargo del Argentikon—. Aunque en realidad solo pasábamos aquí las vacaciones de verano. —El hotel funcionó bastante bien durante los primeros años, e incluso el expresidente de EE. UU., Jimmy Carter, pernoctó algunas noches, pero luego los gastos amenazaron con ahogar a Argenti.
—No me extraña, si traías todo en avión desde Italia —intervino Theodore con amago censurador—. La ropa de cama, los jabones, todos los ingredientes para el desayuno, incluso los productos de limpieza.
—Por supuesto —exclamó Argenti—. Después de todo, la idea era tener la mejor calidad, y no se encuentran productos así en Grecia, o solo a precios exorbitantes. Ya es bastante malo que tuviera que emplear a obreros quiotas, esos usureros.
Así pasó el tiempo, una vida en el lugar equivocado (o con la actitud equivocada), solo aliviada por los viajes a Italia y a Europa Occidental. Hacía apenas algunos años, Argenti había puesto el hotel en venta. El comprador fue, por supuesto, un quiota que le estafó. Con el dinero que ganó dio la espalda a Quíos, se mudó a Turquía y, para no aburrirse durante la vejez, ingresó en el servicio consular italiano. Argenti no había encontrado una mujer para toda la vida, había permanecido soltero y no había tenido hijos. Sin descendencia, era ahora, a punto de cumplir los ochenta, el último Marchese di Argenti, el único vástago que quedaba de la noble estirpe que se extinguiría con él.
—Mañana temprano tengo que regresar a Turquía —dijo Argenti.
Con toda su antipatía hacia los habitantes de Quíos, me aconsejó no precipitar mi partida y permanecer unos días más en la isla. «Quíos le ayudará a comprender la antigua Esmirna, entre ambas había muchas conexiones. Vaya a la biblioteca municipal, hay mucho que descubrir allí, y lea los libros de mi padre. No era un hombre fácil, pero sí un escritor inteligente».
Con estas palabras, Argenti vació su vaso, se levantó de un tirón y se despidió por aquella noche.
A la mañana siguiente fui, como me había indicado, a la biblioteca municipal, un edificio neoclásico de altas columnas que parecía un templo. Impresionado, subí las escaleras. La colección, según deduje de un folleto que obtuve a la entrada, abarcaba no menos de 150.000 libros y manuscritos antiguos. La biblioteca de Quíos era, de este modo, no solo una de las más antiguas, sino también una de las más grandes del país. En el vestíbulo colgaba un cuadro de la vista de la ciudad de Quíos en la Baja Edad Media que un tal G. Braun de Colonia había pintado en un viaje a la isla en 1580. Mostraba una ciudad de apariencia muy italiana, una pequeña Génova con magníficos palazzi y altos torreones, las murallas del Kastro y muchos molinos de viento. La ciudad tenía un aspecto muy diferente doscientos años después, como revelaba un enorme óleo que el entonces embajador francés en Constantinopla, un tal Comte de Choiseul Gouffier, había pintado en 1782 tras un «pintoresco viaje por Grecia». Entonces las mezquitas y los minaretes dominaban el paisaje urbano, y los quiotas iban a la moda otomana con turbantes.
Cuando pregunté en la sala de lectura por las obras del padre de Argenti, la bibliotecaria asintió elocuentemente con la cabeza y señaló una estantería donde había varios libros con su nombre. Entre ellos se encontraba una voluminosa antología en la que Philip Argenti había recopilado los relatos de viajeros a Quíos desde las postrimerías de la Edad Media hasta principios del siglo XX. Era un trabajo extraordinariamente laborioso: los relatos de viaje llenaban miles de páginas en tres gruesos volúmenes que el diplomático e historiador había recopilado en las décadas de 1920 y 1930 de archivos públicos y colecciones privadas de toda Europa.
Asombrado, hojeé las páginas ligeramente amarillentas y encontré prolijos relatos de autores de la Inglaterra medieval, la Francia barroca, las tierras alemanas, el Imperio de los Habsburgo, España e Italia. Los textos estaban impresos en sus lenguas originales y también traducidos al griego. Innumerables viajeros, entre ellos muchos aristócratas y escritores, habían llegado a Quíos a lo largo de los siglos. Algunos no habían hecho más que una escala en la isla, tal vez en un viaje de peregrinación a Tierra Santa o en misión diplomática de camino a Constantinopla. En cualquier caso, Quíos parecía haber sido el destino principal de muchos de ellos. ¿Pero por qué? ¿Qué había en Quíos para que todos los viajeros escribieran con tanto detalle sobre su estancia e impresiones?
Cogí el primer volumen con curiosidad, me senté en una mesa y empecé a leer; no dejé de hacerlo hasta muchas horas después, cuando la biblioteca cerró y fuera ya anochecía.
Uno de los primeros viajeros europeos a Quíos fue, en el siglo XVI, Stefan Gerlach, clérigo de Tubinga que más tarde se convirtió en un conocido profesor protestante de teología. De joven, cuando ejercía de pastor privado en la casa del enviado imperial de Constantinopla, fue enviado a Quíos en 1574. Poco antes, los genoveses habían cedido el dominio de la isla a los otomanos. Gerlach escribió con entusiasmo: «Es una preciosa isla de espléndidos edificios, mujeres hermosas, encantadoras montañas con graciosos arroyuelos y múltiples jardines que producen granadas, aceitunas, limones, naranjas agrias y limas». Muy suabo, y como buen tubinés, añadió que se podían comprar hasta cincuenta naranjas amargas por un penique2.
Poco después de Gerlach, en el año 1582, el poeta francés Jean Palerne desembarcó en Quíos. El entonces joven de 25 años se dirigía en peregrinación hacia Jerusalén tras la muerte de su amada poco antes del día de su boda. En Oriente, Palerne trató de aliviar sus penas de amor (lo que me resultaba perfectamente comprensible) y levantar el ánimo con nuevos encuentros. En Quíos encontró un «lugar de libertad» y describió elogiosamente a las mujeres locales como las más bellas de todo el Levante. En especial se enamoró de la visión de las «criaturas del género femenino» que en la iglesia mascaban sin cesar goma de almáciga.
El efecto de la resina como afrodisíaco lo descubriría poco después su compatriota, el barón Jean de Gontaut Biron, embajador de la Sublime Puerta en Constantinopla, al llegar a Quíos en misión oficial en 1605, momento en el que había comenzado ya la exportación de almáciga al harén del sultán. Francia mantenía buenas relaciones con el Imperio otomano y era considerada la potencia protectora de los católicos que vivían allí, especialmente de las órdenes monásticas jesuita y dominica de la época genovesa en Quíos. El diplomático también elogió a las mujeres locales por su gran belleza, dando cuenta de un baile que realizaron en su honor, una folie exotique, durante el cual sus acompañantes femeninas locales se mostraron muy «accesibles» a los deleites nocturnos.
El siguiente relato que encontré en el libro de Argenti contenía una extensa descripción de las mujeres quiotas. El autor, el escritor escocés William Lithgow, que había hecho escala en la isla en 1609 durante un viaje a Oriente de varios años, escribía: «Las mujeres de la ciudad de Quíos son las damas más agraciadas (o, más bien, criaturas angelicales) de toda Grecia y, de hecho, de todo el mundo, y son muy versadas en las relaciones sexuales»3. Parece que por aquel entonces ya existía el turismo sexual, mucho antes de la invención del Grand Tour en el que la aristocracia británica y los poetas alemanes buscaban aventuras eróticas en Italia. El inglés Richard Chandler, que recorrió oficialmente el Egeo en busca de antiguos tesoros artísticos, lo expresó con mayor delicadeza en 1764: «Las hermosas muchachas griegas son el ornamento más hermoso de Quíos»4.
Casi todos los informes de viajes de los siglos XVII y XVIII se ocupaban de las habitantes de la isla con la misma naturalidad con la que los escritores de viajes modernos escriben sobre lugares de interés turístico, monumentos arquitectónicos o restaurantes. «La ciudad de Quíos […] no solo es la más bella de todo el archipiélago, sino también la mejor para el entretenimiento», consideraba un comerciante holandés, Johan Aegidius van Egmont, que en el año 1757 había viajado desde Esmirna a la isla. Sobre las mujeres quiotas dejó escrito: «Sus entretenimientos más comunes incluyen el canto, el baile y los vicios sexuales, a los que en ningún otro lugar se entregan de manera tan desinhibida como en Quíos, lo que despierta en las jóvenes de carácter alegre de las islas vecinas el deseo de venir aquí»5.
Sin embargo, ningún diario de viaje detallaba un encuentro erótico concreto. Es de suponer que muchas de las descripciones nacían de las lascivas fantasías de los hombres reprimidos de las sociedades europeas. En cualquier caso, a los hombres quiotas los viajeros rara vez les dedicaron algo más que algún comentario marginal. El botánico francés Jean de Thévenot, viajero experimentado, escribía escuetamente en 1656: «Los quiotas se entregan al placer y a la embriaguez; al fin y al cabo, son griegos. En cuanto a las mujeres, son muy hermosas, tienen figuras provechosas…»6.
Desde la perspectiva actual, por supuesto, los relatos de viajes parecían descaradamente machistas, pero, después de todo, cada autor es hijo de su tiempo y los valores imperantes. Me fascinaba mucho más el hecho de que casi todos los viajeros que llegaban a Quíos describieran este lugar como un Jardín del Edén cuyas habitantes recordaban a Eva antes de la caída. Sin pudor ni culpa les dirigían la palabra a los hombres extranjeros (algo por lo que, en la Europa católica de entonces, probablemente habrían sido estigmatizadas como putas y quemadas como brujas). Es significativo que ni en la ortodoxa Bizancio ni en el Imperio otomano musulmán hubiera jamás una inquisición o quema de brujas.
La idílica Arcadia tan alabada por los románticos parecía estar situada aquí en lugar de en el Peloponeso, en esta isla de los afortunados donde hombres y mujeres conversaban en público y bailaban juntos en las fiestas populares de Panigyria igual que en la antigua Grecia. «Las mujeres caminan con la cabeza o la cara descubierta y hablan con todos los forasteros», escribía un tal Johann Sommer de Heidelberg en 1641 sin salir de su asombro, sobre todo porque en Quíos había visto limones tan grandes como melones. «Esta isla se llama Scio; es la más hermosa isla que uno puede encontrar […]. Esta isla se puede considerar un paraíso, así es llamada también por muchos»7.
Cuando salí de la biblioteca, yo también me había enamorado perdidamente de Quíos. Y, sin embargo, la isla no me había mostrado ese día más que uno de sus libros. En él, viajeros olvidados desde hacía mucho tiempo describían Quíos como una especie de Elíseo, el paraíso de la mitología griega en el que personas libres de prejuicios convivían libres y en paz. Ya a finales de la Edad Media, Quíos había sido, al parecer, una primera metrópoli levantina, una antecesora cosmopolita de Esmirna. Casi me sorprendía que las actuales quiotas que vi de regreso al Hotel Kyma no hicieran ningún ademán de dirigirme la palabra. Tampoco me parecieron más atractivas que en otros lugares. Mi enamoramiento estaba destinado solo a sus predecesoras, a la isla de antaño que los viejos relatos de viajes me habían traído al presente. Este era el milagro de la literatura.
A la mañana siguiente tomé prestado un escúter para explorar por mi cuenta la antigua isla paradisíaca. Pasado el pequeño aeropuerto, el camino me llevó hacia la llanura de Campos, donde grandes plantaciones de limones y naranjos se extendían entre magníficas casas de campo. Algunas de ellas, sin embargo, parecían estar abandonadas o derruidas.
En el sur de la isla crecían olivos salvajes y arbustos de lentisco, cuya famosa resina todavía cosechaban hoy los campesinos de la zona. Pronto llegué a los pueblos medievales de la almáciga, que parecían fortalezas genovesas. Las iglesias y las casas con forma de torre, de fachadas esgrafiadas con extraña geometría, daban fe de la antigua riqueza de sus habitantes.
Después llegué a la yerma costa occidental, donde las olas del mar golpeaban las rocas con gran estruendo. Algunas ruinas de atalayas medievales con las que los genoveses se habían protegido de las incursiones piratas todavía se erguían dispersas en el paisaje. En las escarpadas laderas de las montañas, donde los incendios forestales habían arrasado muchos bosques de pinos, los troncos carbonizados se elevaban inquietantemente hacia el cielo. Me detuve para comer en un pueblo pesquero y encontré una taberna que servía gambas frescas. Un estrecho camino conducía a las montañas del interior de la isla, donde el aire se volvía notablemente más fresco y había algunos poblados en ruinas. Parecían deshabitados, con los muros cubiertos de maleza.
La diversidad paisajística de la isla era impresionante, pero, al mismo tiempo, la Quíos actual parecía diferente del paraíso que conocía por los diarios de viajes. Aunque, ciertamente, había pasado mucho tiempo desde entonces, en las ruinas del pueblo abandonado se percibía una sensación de ruptura, una herida que no había terminado de cicatrizar. ¿Qué había ocurrido aquí en el siglo XIX? La buena vida no había durado mucho más, eso ya lo sabía. En la biblioteca había libros que hablaban de una terrible masacre en Quíos. Al parecer, al igual que Esmirna, esta isla libre había sido violentamente destruida. En cualquier caso, desde hacía tiempo estaba claro que Quíos iba a ser algo más que una simple etapa intermedia en mi camino a Esmirna. Tenía que averiguar cómo estaban conectados los destinos de ambos lugares.
La carretera regresaba a la costa oriental trazando curvas cerradas. Pasando junto a molinos de viento bellamente restaurados, llegué a Vrodadho, donde desde siempre habían vivido familias de marineros acaudalados. Aquí se encontraba el destino final de mi excursión, que también habían visitado y descrito muchos de los viajeros de la antología de Argenti: la Daskalopetra, la piedra del maestro, donde se cuenta que Homero enseñó poesía. Se creía que era aquí donde el laureado príncipe poeta ciego había hecho recitar a sus alumnos los versos de la Ilíada y la Odisea. Parecía un buen lugar donde recibir inspiración para mi viaje. Por lo demás, Quíos apenas tenía testimonios que ofrecer de la Antigüedad, ni templos ni palacios; lo cual, en el fondo, me vino bastante bien, porque las ruinas antiguas nunca me han fascinado demasiado, al igual que los mitos griegos con todas sus criaturas míticas incestuosas, que a menudo me parecen bastante desconcertantes. En este sentido, me diferenciaba probablemente del clásico burgués culto capaz de deleitarse con cada pilar desnudo de un templo.
Ni siquiera estaba claro si la guerra de Troya descrita en los poemas homéricos había tenido lugar realmente o era solo una leyenda. La ciudad de Troya, cuyos restos Heinrich Schliemann afirmó haber descubierto, puede que nunca haya existido. Tal vez tampoco importaba si era realidad o ficción, porque, después de todo, la historiografía ha sido siempre una creación de mitos sin importar lo lejos en el tiempo que hayan quedado los acontecimientos descritos. Estaba de acuerdo con Egon Friedell, el historiador cultural vienés, para quien no cabía duda de que la escritura de libros históricos no posee carácter científico, pero sí artístico y moral: «La historiografía es la filosofía de los sucesos […]. La mente humana debe buscar la idea que se oculta en cada hecho, el pensamiento que es su pura forma»8.
Por supuesto, el estudio de la antigua Grecia con la aparición de las primeras ciudades-estado y el antecedente temprano de su democracia era muy instructivo, pero el Imperio bizantino y la dominación otomana habían tenido, sospechaba yo, un impacto mucho mayor en la cultura griega contemporánea. Por eso me interesaba más la historia más reciente, que llegaba hasta la actualidad.
No obstante, con gusto hacía una excepción para el gran príncipe poeta, aunque se sabe tan poco de Homero que incluso en Grecia tienen dudas sobre si alguna vez existió. Sobre el tema Goethe ya era escéptico, al igual que Schlegel, y Nietzsche, en su discurso inaugural en la Universidad de Basilea, también afirmó que el caso de Homero se acercaba más a la leyenda que a la historia.
Que Homero, si es que vivió, haya nacido realmente en Quíos, está, por supuesto, igualmente envuelto en la bruma del mito y es algo muy controvertido. Lo mismo afirman varios lugares del Mediterráneo oriental, entre ellos Izmir. Después de todo, la fama del poeta es un atractivo comercial para los turistas.
Hablaba en favor de Quíos como lugar de procedencia que Homero nombrara la isla varias veces en sus obras y también la mencionase en la Odisea. En el noveno canto, la descripción de Ítaca, la isla natal del héroe, encaja bastante bien con Quíos. Además, en un himno homérico a Apolo, el autor se retrató a sí mismo como un «viejo ciego que habita en la rocosa Quíos». Era también sabido que el ciego Homero no escribía él mismo sus versos, sino que se los dictaba a sus alumnos; precisamente allí donde ahora yo aparcaba mi escúter para subir una cuesta cubierta de arbustos de adelfa, al pie de una montaña llamada, muy oportunamente, Epopeya. Al cabo de unos minutos, en una elevación rocosa, encontré la famosa piedra rodeada de bancos de roca en los que, según dicen, los discípulos de Homero se habían sentado. El lugar ofrecía una vista de muchos kilómetros sobre el sur de la isla, el estrecho y las montañas de Anatolia.
«¡Ay de mí! ¿Qué hombres deben de habitar esta tierra a la que he llegado?», se preguntaba Odiseo en el sexto canto de la Odisea, después de que las tempestades de Poseidón hubieran arrojado su balsa a la isla Esqueria, habitada por los feacios, en cuya playa el héroe había sido despertado de su sueño exhausto por Nausícaa, la agraciada hija del rey. También yo mismo, en busca siempre de mi Ítaca, del lugar en este mundo al que pertenecía, me preguntaba, con la vista sobre Quíos y la costa turca, cómo serían sus habitantes. «¿Serán violentos, salvajes e injustos, u hospitalarios y temerosos de los dioses?»9
Era fácil imaginar a Homero, si alguna vez existió, recibiendo allí arriba la inspiración de sus hermosos versos. Sin embargo, lo único que los arqueólogos han podido comprobar es que las piedras constituían un antiguo lugar de culto donde griegos y romanos veneraron a la antigua diosa Cibeles, la gran Madre Tierra. «Un lugar poderoso», pensé. «No se podía negar»; pero en vez de dejarme ins
