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Los relatos de Roberto Renán son anécdotas de una cotidianidad laberíntica que se muerden la cola en La Habana decadente a la que nos tiene acostumbrados la literatura cubana más reciente. Para salir de la media, Renan se refresca con un tono juvenil que actualiza su trabajo identificado por el cuidadoso manejo de la atmósfera y del lenguaje. El lector tiene en sus manos dos narraciones autónomas. Sin embargo, una vez acabada la lectura, se descubrirá un juego de vinculaciones particulares. Algunos personajes se repiten y otros se cambian en vagas referencias en la siguiente historia. Mientras los desenlaces confirman la independencia de cada lado del díptico, mirados en detalle, sus giros retroalimentan este Espejo de sombra. Como si uno fuera del reflejo confuso y discordante del otro. Un vidrio donde se destaca, como coincidencia central, una existencia coherente en sus hechos pero desatinada en sus consecuencias.
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Seitenzahl: 179
Veröffentlichungsjahr: 2020
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—Díptico—
Roberto Renán
@edicionesisladelibros
Espejo de sombra
Primera edición bajo el título Díptico en Casa Nacional de
las Letras Andrés Bello, Caracas, 2017
Segunda edición corregida en Isla de Libros, Bogotá, 2020
Primera edición electrónica en Isla de Libros
© Roberto Renán, 2020
© Isla de Libros, 2020
Carrera 5, 34-13, AP 101, Bogotá, Colombia
www.isladelibros.com
Dirección editorial: Álvaro Castillo Granada
Edición y producción: Ginett Alarcón
Fotografía del autor: Autorretrato
Logo Isla de Libros: Zilah Rojas
Diseño de cubierta: Nicolás Consuegra
Diagramación: David Arneaud
Conversión a libro electrónico|eBook conversion: Apex
ISBN 978-958-52645-8-8
Extraños
Sonata para clavecín y hombre invisible
I Introducción y rondo capriccioso
IIDolce
IIIAndante con fuoco
A Ariadna y Tony,
mis queridos amigos de siempre.
El viejo llevaba más de un año viviendo solo en el caserón de Buena Vista, desde que su mujer y su hija se fueran a probar suerte al otro lado del Atlántico, a la península de la que hacía menos de un siglo había llegado su propio padre con un objetivo semejante. Eso les había dicho cuando lo discutieran. Pero su mujer, que era quien aportaba el dinero en los últimos tiempos, esgrimió una mezcolanza argumental —algo de la espiral histórica; mucho de las predicciones de una vecina cartomántica—, le pidió que cuidara la casa, los gatos, el jardín...; y a su hijo, que se cuidaran mutuamente; hizo las maletas y se largó con su hija a estrenar pasaporte europeo.
El hijo de su mujer no lo era suyo. Tal vez por eso, tal vez porque siempre le habían indigestado un poco los muchachos—incluso su propia hija si lo pensaba—, lo masticaba pero no lo tragaba. Lo había visto crecer centímetro a centímetro, echándose con descaro al gaznate el rancho que él forrajeara durante años —y todavía a veces— sin recibir el menor reconocimiento, soportando que le escamoteara el tiempo y el afecto de su mujer con esa aberrante cosa freudiana. Así que no puso objeciones, ni averiguó luego, cuando a los pocos días del viaje de ellas, él también se fue.
Al principio había intentado animarse con la idea de que su mujer no aguantaría mucho, y que después de un par de meses, cuando se le pasara el deslumbramiento inicial por la comida y las tiendas llenas de cosas bonitas, por el Madrid pulcro y bien conservado, el frío y el carácter de los españoles la espantarían, y él la tendría de regreso. Entonces la aventura habría servido acaso para que su hija pescara un gallego acomodado que, con mucha suerte, los ayudara a salir del atolladero insular. Pero los meses habían pasado y su hija no había pescado sino una neumonía, y los abrigos del guardarropa de una discoteca. ¿Y su mujer? Para qué contar. ¡Cuidaba viejos! ¿Podía creerlo? Unos viejos más jóvenes que él mismo por menos de mil euros; y el regreso ya no era un tema fundamental de la agenda en sus conversaciones.
En esos meses había tenido oportunidad de pensar en muchas cosas, o mejor, de recordar muchas cosas. Nunca le había gustado pensar más de la cuenta. Le parecía que si uno le daba demasiadas vueltas a un asunto, terminaba por encontrarle un pero, y todo resultaba más complicado. Sin embargo, en las interminables tardes de soledad —antes de la hora de buscar el pan o darle la comida a los gatos—, y en las frecuentes noches de desvelo, se le hacía imposible no recordar, y con el recuerdo, dejar pasar ciertas preguntas que se parecían demasiado al pensamiento. De un día a otro, sin más concierto o lógica que el hecho casual que le provocaba el recuerdo —la brocha de afeitar sobre la cerámica del baño; el silbato del amolador de tijeras...—, el viejo iba regresando a diversos momentos de su vida, si bien con una sensación contradictoria. De tan lejanos, los recuerdos no le parecían propios, sino algo que hubiera escuchado contar en alguna parte; aunque no pudiera imaginar que aquellos recuerdos organizados sin el menor objetivo en torno a una vida pudieran conducir a otro sitio que no fuera aquel momento, aquella casa y aquella soledad. Había algunos episodios que le parecían definitivos... El abandono de su primera mujer, por supuesto... Llevaban treinta años de casados cuando la dejó; lo hizo por una mujer más joven que su propia hija recién fallecida en el atentado de Barbados. Y eso le había traído problemas con sus compañeros del Partido que, después de haberse cansado de mirarle el culo a la difunta, se habían sentido obligados a desaprobar su actitud y empezaron a darle el esquinazo.
Esa especie de acuerdo tácito con su nueva mujer, que la verdad, no le había costado mucho: su nueva hija a cambio de los hijos de su hija muerta. ¿No querían su casa y su prestigio acaso? ¿No lo querían?, su exmujer y su distinguido yerno militante. Pues que los tuvieran, ¡que se los metieran por el culo!, y que de paso se quedaran con sus nietos y con sus obligaciones económicas para con ellos; en definitiva, él no había sido quien gozara haciéndolos. No podía saber cómo hubieran sido las cosas de haberse quedado con su primera mujer. Tal vez se habría repuesto de la pérdida de su hija, habría ayudado a criar a sus nietos, en fin... la vida continuaba, ¿no? Luego se hubiera jubilado... ¡Pero qué estaba pensando! La verdad, ya estaba medio chocho. ¿Se había repuesto de la pérdida acaso? ¿Era posible reponerse de algo así? ¿Eh? ¿Era posible? ¡Felo pégate al agua! ¡Felo pégate al agua...! y la explosión y el fuego... ¡Mierda! Qué muerte tan negra la de esa gente. Y él sin poder creer en dios. ¿Y su hija, su piel, su sangre...? achicharrada. A-chi-cha-rra-da. Se acordaba de una vez que en la milicia, a un compañero le había explotado una granada en la mano… le habían quedado un par de huesos astillados colgando del brazo sin carne... ¿Se había repuesto entonces? Ni siquiera encontraron todos los pedazos de su cuerpo, y en el velorio público solo había podido ver su foto encima de una caja cerrada. ¿Se había repuesto o sencillamente lo evitaba, bordeándolo como un ciclista, un charco? ¡Se resingaba en la madre de todos los americanos! Que se metieran la Guerra Fría por el culo, a ver si se tuberculizaban. ¡La resingada de su madre, y la de todos los hijos de puta de la CIA! ¡Que le hubieran dejado ponerle un dedo encima a ese remaricón de Posada Carriles para que vieran!
«Psss... Oye... Aquilino, Aquilino… ¿quieres platanitos?». «¡Qué coño platanitos, chico!». La voz aflautada de un vecino lo había sacado de sus elucubraciones. «¡Ya te dije que todavía tengo!». «¿Y huevos? ¿Quieres huevos?». «Ya tengo aquí», dijo acomodándose la entrepierna, y luego soltó una risotada carente de alegría. Entre una cosa y otra había salido al portal, como un sonámbulo, mordiéndose desde adentro las comisuras de los labios, un gesto habitual en él, a ver un rato los gatos de su mujer, pero al mismo tiempo estaba en otro sitio allá dentro de su cabeza. «Y qué, todavía ¿no te han mandado la verdolaga de este mes?». «¿Qué verdolaga de qué carajo, chico?». «Eh, Aquilino», ahora era otro, «llegó el pollo. ¿Te marco?». «¿Eh?... sí, ya voy para allá». «Sí, márcale, porque si no va a terminar comiendo mierda solo». Ahora el segundo vecino sonreía: «Ah... siempre es mejor comer pollo acompañado. ¿No?». Pollo acompañado les iba a dar él. ¡Menudo par de hijoputas estos que le habían tocado de amigos en este barrio! Un exsoldado de Batista, con un muerto encima y todo, que se ganaba los frijoles revendiendo huevos y platanitos, y un gallego comerciante que no vendía unos calzoncillos desde el 68, y ahora vivía de la pensión española. La suma de todo contra lo que alguna vez había luchado. Ahí los tenía. Pero eso había sido en otra época, se podía decir que en otra vida. Ahora la lucha era más sencilla; se trataba de sobrevivir, de sobrevivir la mayor cantidad de tiempo posible. ¡Qué coño sabrían esas tiñosas de lo que era comer pollo, si ni dientes tenían para mascar carroña! Eso eran sus mujeres: carroña. Y volvió a forzar una risotada.
Pero no, más bien pensaba que si se hubiera quedado con su mujer ya no estaría vivo. Cuando empezó a engañarla hacía rato que había empezado a morirse. Se había achantado y sabía muy bien lo que venía después de eso: la trombosis, el infarto... Ya no deseaba a su mujer, y no hacía otra cosa que ir a trabajar automáticamente, leer el periódico y ver la pelota, comer, dormir, comer, dormir... ese era el tictac de su reloj biológico. Por suerte ella se consolaba un poco con sus nietos... Entonces había aparecido Tomasa. ¡Tomasa...! veintipico de agostos florecidos, una fruta en el momento exacto de maduración, tersa y fragante. Y lo había obligado a luchar por ella, y esa lucha le permitió olvidarse del tictac que cada vez sonaba con más fuerza dentro de su cabeza, lo había mantenido con vida.
En esos días había tenido el problema con el tipo aquel de la Seguridad. ¡Tremenda jodedera! Tenía que caerle bien, se imaginaba, por los veinte pesos que nunca le pidió que le devolviera. El caso era que el tipo se le aparecía a cada rato en la oficina, y le hacía un montón de preguntas, de esto y de lo otro, a veces repetidas para ver si mentía. Que si fulano fumaba marihuana en el baño del estudio; que si mengano se comunicaba con su hermano gusano; que si esperanceja le pegaba los tarros al marido con el director de personal... ¡Qué coño iba a saber él! Entonces le pedía que averiguara. ¿Que averiguara? ¡Acaso se creían que era Hércules Poirot! Además, le importaba un comino lo que la gente hiciera o dejara de hacer con su vida. ¿Y entonces?... 1981, gira de Irakere por España —¡siempre la cabrona España!—, y a Paquito D’Rivera se le ocurre pedir asilo y quedarse; él era el encargado de garantizar que algo así no sucediera. Hubiera preferido no tener que hacer eso. Nunca le había gustado mentir. Pero ellos lo habían presionado. Eso era lo suyo. Le sabían a la cosa. Era la mentira o plan piyama por el resto de su vida; así que mintió. Dijo que el agente estaba informado y que le había ordenado no intervenir, que le había dicho que querían agarrar a Paquito con las manos en la masa. Para dar un escarmiento, tú sabes. Y lo confirmó cuando lo interrogaron. Se abrió una investigación; al parecer el tipo ya había tenido problemas con Ramiro Valdés y no pudo quitarse la candela de encima. Jamás volvió a verlo. ¿O sí?
Lo cierto era que hacía unos meses le había parecido verlo en el correo, en la cola para cobrar la jubilación, y eso lo había perturbado un poco. De hecho se había quedado pensando en él durante varios días. Bueno, le había parecido que era él, y que antes de irse le hacía una seña, no amenazadora, sino como una especie de saludo; pero no podía estar seguro. Ya le fallaba un poco la vista y, aunque le costara aceptarlo, de a ratos, también la cabeza. Además, ese día se habían demorado pagando, y estaba partido de hambre.
Bueno, después de eso él tampoco había viajado mucho más. México, la Unión Soviética y pare de contar. Su nueva hija empezaba a crecer y se había visto obligado a enterrar el poquito dinero que le quedaba de su vida de dirigente en la ampliación de la casa de la familia de su mujer. Pero... ¡No sabía qué coño hacía pensando en esas cosas! Mejor se apuraba o iba a terminar dándole la razón a sus vecinos y comiendo mierda solo.
En la carnicería pasó un rato agradable, conversando con ellos de esto y de lo otro. Nunca había sido un gran conversador; en los últimos meses, sin embargo, se había descubierto hablando hasta por los codos cuando tenía la menor oportunidad, atacado de una ansiedad incontrolable si lo interrumpían. Y eso, a sus vecinos, acaso aburridos ya de sus propios paquetes, parecía encantarles. Al margen de sus burlas relativas a la diferencia de edad entre él y su mujer, y al detalle de que lo hubiera dejado a su suerte en La Habana, ellos no le demostraban envidia, sino una especie de afecto solidario, y hasta admiración. Y si a veces sonaban crueles, era porque él mismo se la pasaba dándose importancia con su mujercita cuarentona y su casa de dos pisos con azotea, jardín y garaje; con los viajes al extranjero de su pasado, y con la gente importante que había conocido. O peor aún, evitando las partidas de dominó de las tardes y las celebraciones del CDR, como si se creyera mejor que los demás. Pero él no se creía mejor ni la cabeza de un guanajo. Sabía que era un viejo igual que ellos. ¿A quién iba a engañar? Sabía que unas greñas blancas le colgaban de una calva brillante, que olía a carne cruda, y que empezaba a flotar ridículo dentro de la ropa sport que su mujer le mandaba desde España —ay, su mujer, con ese extraño gusto por la ropa colgada en el perchero. Pero también sabía que conservaba todos sus dientes y que, de vez en cuando, sobre todo si la tenía a ella cerca, la sangre le latía en las venas como a un toro.
También sumaba el caudal de la experiencia acumulada, y el agradecimiento infinito por esta nueva vida, por esta segunda oportunidad que había tenido sin la molesta interrupción de la muerte; porque estaba convencido de que no era viviendo como un viejo más del montón que le había sacado veinte años de contrabando a la pelona.
Esa noche volvió a escuchar los ruidos. Dormitaba frente al televisor y un portazo lo trajo de golpe a la vigilia en una habitación en penumbras. Por unos minutos permaneció muy quieto en la butaca, escuchando, esperando que sus pupilas cansadas tragaran un poco de oscuridad. Luego, sigiloso, accionó el interruptor una vez, dos, sin resultado. Cruzó la habitación hasta la ventana y la oscuridad en la casa contigua le despejó la duda. Había un apagón. Pero seguía escuchando pasos en el segundo piso.
Lo cierto era que desde que el hijo de su mujer se fuera había comenzado a percibir cosas. Primero, ruidos, que mientras no se convirtieron en portazos, como ahora, o en inconfundibles pisadas hollando los pasillos, había preferido atribuirle a los gatos; luego sombras que no pertenecían a ningún cuerpo, susurros ininteligibles... y finalmente, luces y electrodomésticos que se encendían y se apagaban solos; por no mencionar las cosas que cambiaban de sitio todo el tiempo. Y todas esas percepciones casi cotidianas lo habían llevado a transitar por un festival de estados de ánimo, haciendo si se quiere más precaria su situación. Poco a poco se había ido desplazando de la depresión, por su obvia chochera y la incapacidad de poder confiar plenamente en sus sentidos, al estremecimiento por la variable, increíble, de estar siendo testigo, o víctima —¿quién sabía?—, de un evento paranormal, pasando por el pánico de encontrarse ante el prólogo de su propia muerte. No hacía mucho había escuchado decir a una vieja que, cuando uno se encontraba próximo a la muerte, la realidad comenzaba a resquebrajarse y, a través de esas grietas, era posible echar un vistazo al otro lado antes de irse definitivamente.
En cualquier caso, hasta donde él sabía, la muerte no caminaba. Y los espíritus, si era que tales cosas existían, tal vez caminaran, tal vez no. Pero los vivos sí que lo hacían, y contra ellos había un par de cosas que se podían intentar.
Sintió un chorro de orina caliente bajándole por la entrepierna, y en un instante, valoró el potencial de los objetos que tenía a mano como herramienta de pelea: unos adornos de pesado cristal de bohemia, las trancas de las ventanas... Optó por una de estas. No quería ni imaginarse el disgusto de su mujer si le rompía uno de sus preciados ceniceros. Le sacó la cuerda de la cintura al piyama y, desnudo, se dirigió a la cocina donde ató con firmeza a la punta de la tranca el cuchillo más largo y filoso que tenía. Ahora estaba armado. Respiró profundo y enfrentó la escalera. Se estremecía con una vitalidad inesperada al llegar al hall del segundo piso, desde donde decidió proceder con mayor cautela. Si había un hijo de puta dentro de la casa, estaba a punto de confrontarlo y no quería cometer errores. Pensaba atinarle con aquella especie de lanza en el pescuezo en cuanto lo viera, y después averiguaría. De modo que se abalanzó dentro del primer cuarto, el suyo, e inmediatamente supo, acaso por el olor, su espeso olor casi sólido, la suma de las pestes de cada una de las partes de su cuerpo flotando intacta en el aire, que no había nadie allí. Un ruido procedente del cuarto que solía ocupar el hijo de su mujer, se lo confirmó. Encendió la lámpara recargable que tenía junto a la mesita de noche y la dejó en el suelo. No era consciente del temible aspecto de remoto antepasado cazador que aquella luz le confería a su figura desnuda. Extendió el brazo izquierdo hacia el pomo de la puerta, dejando sobre el tembloroso derecho todo el peso de la lanza. El pomo no cedió. Por lo tanto alguien había echado el seguro por dentro. Sintió un malestar en el estómago, y luego una oleada de sudor frío que le recorría el cuerpo, antes de ver cómo el hall se llenaba de cocuyos y desplomarse.
Abrió los ojos, parpadeó unas pocas veces y volvió a cerrarlos. La luz, que entretanto había llegado, cayendo a plomo desde la lámpara del techo, le hirió las pupilas. Giró la cabeza y no pudo contener el bufido. Se llevó una mano al cuello y la regresó ensangrentada. Le habían roto la cabrona cabeza. Seguro habían sido varios y uno le había salido por detrás. ¡Maricones!, eso eran. Ahora la puerta del cuarto del hijo de su mujer se encontraba abierta. ¿Qué se habrían llevado? A medida que se incorporaba, apoyándose en las paredes, comenzó a sentir que no solo tenía que luchar contra sus años, o con el tremendo golpe que tenía en la cabeza, sino también con el profundo desánimo y el malhumor que se le echaban encima por haber sido incapaz de evitar que unos hijos de puta se le metieran en la casa, le robaran y terminaran sonándolo. Así de indefenso se encontraba. Una mueca le desfiguró el rostro. ¡Se cagaba hasta en dios! Que no se equivocaran con él, ¡primera y última vez que pasaba algo así!, o dejaba de llamarse Aquilino Piñeira. Recogió la tranca de la ventana y entró en el cuarto del hijo de su mujer.
De inmediato le desconcertó el hecho de que, salvo la cama, medio revuelta, como si alguien hubiera estado durmiendo, todo parecía encontrarse como la última vez que lo viera. No faltaba nada. Allí estaba su aparato de música, sus zapatos, su reguero de cartulinas y pinturas, sus pinceles, su caballete con uno de esos absurdos cuadros de muros a medio a terminar. Parecía que eso era todo lo que había aprendido a pintar el muy cabrón en San Alejandro: muros de acero, muros piedra, paredes de madera... ¡No era extraño que a los veintisiete años siguiera viviendo de su madre so pena de morirse de hambre! Abrió el chiforrober. Tampoco faltaba la ropa. ¿Qué había ocurrido entonces?
Salió, y sin preocuparse siquiera por amarrarse una toalla, o detenerse a restañar la sangre que seguía manándole de la herida, se dispuso a revisar la casa. Se tambaleó por el hall, de una habitación a otra, y luego escaleras abajo, intentando no manchar las paredes. Tampoco en el cuarto de su hija parecía faltar nada ni nada haber sido alterado; mucho menos en el resto de los cuartos, ocupados por enjambres de tarecos que su suegra atesorara durante más de ochenta años, y que su mujer no se atreviera a desechar. El microwave seguía en la cocina, el aparato de video en la sala... chequeó puertas y ventanas, cada sitio que alguna vez le hubiera parecido vulnerable: la pared medio derruida del fondo del garaje, el tragaluz a mitad de la escalera… no había el menor rastro de violencia. Por lo tanto debieron utilizar el juego de llaves del hijo de su mujer. ¿Lo habría perdido el muy inútil?; pero no podía estar seguro.
Los cristales de las ventanas del policlínico empezaron a aclararse y el zumbido del tráfico creció en consonancia con el revolico de los pájaros. Había sido una larga noche y ahora que el mediquito imberbe y soñoliento que lo atendía tratándolo de abuelo terminaba de suturarle la herida, sintió una especie de resaca de borracho. La verdad era que no recordaba haber tenido un nieto tan comemierda, pero qué le iba a hacer.
Una negra gorda con una cofia empercudida que le colgaba de las greñas preguntó si no debían dejarlo un rato más en observación, pero el viejo le aseguró que estaba bien, y en cuanto el médico le liberó el brazo de la presión del esfigmo, agarró la orden de electroencefalograma que acababa de extenderle, le dio las gracias y salió.
¡Qué episodio cerebrovascular ni qué ocho cuartos! Una cabeza partida no era otra cosa que una cabeza partida. Eso, por lo visto, no lo enseñaban en la facultad de medicina. Ya había estrujado la orden al llegar a la altura del cesto de basura del laboratorio, donde comenzaba a formarse una cola de gente con pomitos de excrementos en la mano, y allí la dejó.
Al día siguiente se despertó como de costumbre en algún momento entre las cuatro y las cinco de la mañana y, como de costumbre, se preguntó con zozobra si todavía estaba bien. Un hábito demencial que había adquirido en los últimos meses, y que delataba sus temores al momento fatal en que tendría que aceptar que eso era todo.
