Esperando el amanecer - Julia Angelillo - E-Book

Esperando el amanecer E-Book

Julia Angelillo

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Beschreibung

¿Dejar una carrera exitosa para ser el hacedor de tu propia vida? Para Marcos, el protagonista de la novela, esta decisión es crucial. La música lo fue todo, pero ya no puede continuar con esa vida. Quiere cumplir su sueño: ser una persona común. Necesita que lo amen por ser él y no el aclamado cantante Frank Marcó. Las cartas están echadas y dispuestas para comenzar el juego, pero la vida siempre guarda ases bajo la manga. Julia Angelillo, con una prosa precisa, explora la complejidad de los mandatos familiares, las paradojas del éxito y las heridas abiertas de un pasado que no termina de sanar. A través de la mirada de Marcos, el lector podrá descubrir que cada día es único, porque ese día no se volverá a repetir.

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Seitenzahl: 488

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Magdalena Gomez.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Angelillo, Julia

Esperando el amanecer / Julia Angelillo. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2022.

388 p. ; 22 x 14 cm.

ISBN 978-987-817-110-4

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas Románticas. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2022. Angelillo, Julia

© 2022. Tinta Libre Ediciones

Prólogo

El cielo o el infierno se compone de todos los objetos, sensaciones y pensamientos que los hombres tuvieron en la tierra. Esos objetos, esos pensamientos, esas sensaciones determinarán el porvenir de ese lugar infinito.

Silvina Ocampo

Esperando el amanecer es la primera novela de Julia Angelillo y con seguridad no será la última. El lector tiene en sus manos una novela romántica de pura cepa, ya que tanto el amor como la enfermedad están atravesadas por los códigos del género: triángulos amorosos, disfraces y alter-egos, comunicación fallida, desencuentros y una buena dosis de emociones. Pero el valor del libro no reside allí, sino en su atmósfera. Es inevitable no contagiarse de esa fruición que tienen los personajes por contar y escuchar historias. Sobre todo Marcos, el protagonista, quien nos confía su vida en primera persona. Es él quien fascina a Mina con una serie de pequeños relatos que se van anexando al de la propia vida y que tienen como protagonistas a su gente más cercana: los afectos que la música le legó. Nosotros, junto a Mina, percibimos la pasión con la que Marcos narra, y deseamos que este Sherezade Popstar no se detenga, como lo hizo con sus canciones. ¿Será que la narración reemplaza a la canción? Más bien se superponen, son expresiones gemelas porque ambas son artes del tiempo, porque sonidos, silencios y timbres son los soportes de los significados, y sin su música (tonal o verbal) no hay romance posible. Marcos canta y cuenta, el único modo que tiene para recordar y resignificar su carrera, su familia y su identidad.

La música es el elemento que atraviesa cada historia. Es el común denominador: conecta a la gente, universaliza sus voces. Su carácter de lenguaje compartido hace que la música sea polivalente. Por un lado, es utilizada como herramienta de transformación, anestesia contra el dolor, salvavidas contra la muerte, compañía en el duelo. Es un instrumento de rescate, conjuga la trascendencia de la oración con la hondura de lo metafísico. Por otro lado, la música es el camino a la fama, la exposición mediática, la neurosis y sus peligros. Ser músico cercena, divide al protagonista en dos: la figura pública versus el individuo íntimo. Esta identidad ambigua es uno de los conflictos de mayor relevancia en la novela: ser o parecer. Porque Esperando el amanecer, más que a peripecias románticas, nos enfrenta a dilemas inmensos: qué hacer con el nombre, con la muerte, con el cuerpo que encierra pasiones y enfermedades, qué hacer con la herencia y los mandatos familiares. Son dilemas que atraviesan geografías y dialectos, que se expresan en letra y música, que pueden surgirnos ante una puesta de sol, en medio de un embotellamiento o en el camerino, con la ansiedad típica de los minutos previos a un recital.

La música lo llena todo, desde el nacimiento hasta la muerte. Es un pulso vital, anárquico y omnipresente, aprehendido en el seno familiar, repetido como un eco de voces atemperadas que condensan el paso del tiempo. La música aligera la espera; narrarla le da un sentido.

M. Luján Foggia - Lucas E. Foggia

Esperandoel amanecer

Julia Angelillo

Capítulo 1

Y sos tierra y cielo, calma y viento.

Sos grito y silencio, sos suave melodía.

Te prometo que no existirá el díaen que no amanezca amándote.

Julia Angelillo - Esperando el amanecer

Aunque me llevó tiempo, para cuando llegué a mi casa la decisión ya estaba tomada: dejaría mi carrera. No había nada ni nadie que me hiciera cambiar de parecer. Arranqué a los 13 años, cuando alguien del mundo de la música me escuchó y vio el potencial que tenía en mi voz. A pesar de la edad comencé a cantar. Utilicé el seudónimo de Frank Marcó. Tuve tanta popularidad que después de 20 años sobre los escenarios seguía como el primer día: amado y aclamado por mis fanes y mis pares en todo el mundo. Podía interpretar desde una canción de rock o reggaeton hasta áreas de ópera de Giacomo Puccini o todo lo que me propusiera o tuviera ganas de cantar, aunque las canciones más pedidas por mi gente eran esas que, sin importar el ritmo, tocaban las fibras más íntimas del corazón.

La música siempre fue todo para mí, vino marcada en mi ADN. ¡Tantas veces me rescató! Fue refugio en los peores momentos. Me dio la posibilidad de recorrer el mundo varias veces y de estar con personalidades de la realeza, mandatarios de distintos países, empresarios, deportistas y muchos personajes de la cultura. Sin embargo, lo más importante que me había dado la música fue poder llegar a la gente: mis fanes, mi público. Por ellos llegué al lugar en que estaba.

Viví mi carrera con gran intensidad. Le entregué muchos años, tal vez los mejores. Esos en los que debería haber estado en la cancha gritando un gol de mi equipo de fútbol, RiverPlate, o en un boliche besando a una chica, sin que al día siguiente apareciera en la primera página de algún medio. Me hubiera gustado tener la posibilidad de estar tirado en la cama sin bañarme por una semana, emanando ese hedor hormonal que invade toda habitación adolescente; planear vacaciones con amigos; o simplemente esperar el colectivo en la esquina de casa para que me lleve a algún lugar o a ninguno (dependiendo del ánimo que tuviera).

Sí, le había entregado mucho, quizá mi propia libertad: libertad que no me quitaba la música, sino las giras, los contratos y escenarios, luces, vestuarios, entrevistas, fotógrafos, productoras…

Regresé a casa después de una larga gira que, para mí, fue eterna. Aún vivía en Milán, con mis padres. Y aunque varias veces mi psicóloga me había sugerido que viviera solo, necesitaba sentir el abrazo familiar cuando llegaba después de varios meses de ausencia y reconfortarme en ese olor a hogar tan particular. En especial deseaba comer lo que Paula, mi madre, cocinaba. Me llenaba el corazón pensar en el regreso a casa: era el único lugar en donde me sentía yo, Marcos Enzo Bianco. Al otro, al famoso, Frank Marcó, Franky para las admiradoras, lo dejaba al bajar del avión, en el aeropuerto.

Descansé unas horas. El olor a torta que venía desde la planta baja me despertó. Tomé una ducha rápida y bajé siguiendo la ruta del aroma a vainilla, manzana y canela que había invadido todos los ambientes. Touché,ahí estaba junto al café humeante: mi torta preferida. Al verme, mi madre sonriendo confesó:

—¡No perdés el hábito! Sabía que no era necesario ir a despertarte: el olor de la torta lo haría por mí.

La abracé fuerte y, como era costumbre en mí, la besé en la frente.

—¡Qué genia, mami! —exclamé relamiendo mis labios—. ¿Y papá? —quise saber—.

—Hace rato andaba por el jardín.

Ella fue hasta la ventana, la abrió y gritó:

—Enzo, vení que vamos a merendar.

En pocos minutos mi padre estaba adentro. Se acercó y acarició mi cabeza con una mano y con la otra robó una porción de la torta de manzana que estaba sobre la mesa. Mi mamá lo miró feo.

—¿Qué? —expresó él al ver la mirada que le había echado—. Acaso no es que… ¿los últimos serán los primeros?

Ellos dos habían manejado mi carrera desde sus comienzos. Por eso, después de contarles algunas cosas sobre la gira, les dije cómo me sentía y les hablé de la necesidad que tenía de vivir una vida sin escenarios, sin luces y en privado. Me escucharon con atención. Al terminar, mi padre me reveló que hacía tiempo que lo estaban esperando:

—Tu mamá me decía que no te veía bien, ella creía que tenía que ver… bueno, ya sabés: siempre tiene presentes aquellos fantasmas...

—Perdón, mamá, yo…

—Vos sos quien la está pasando mal, no entiendo qué tendríamos que perdonarte. Lo habíamos charlado con papá, queríamos dejarte descansar de la gira para hablarte porque no te veíamos bien.

—Mirá, Marcos —continuó mi padre—, solo queda el recital de Verona, para cerrar la gira de los veinte años, podemos aprovechar y decir que es tu despedida. Vos dijiste hace un tiempo que a partir del próximo año querías tomar un descanso, así que hace un tiempo largo que no renuevo contratos con nadie. Nos parece bien que comiences a tener una vida un poco más privada. Por la parte económica, sabés que hay más que suficiente para vivir sin trabajar tres vidas más, sin contar con lo nuestro. Y encima, vas a seguir recibiendo dinero de regalías de todo lo que tenés hecho.

—Marcos —agregó mi madre—, lo que vos quieras y decidas… siempre, siempre, lo vamos a apoyar.

—Ya lo sé. Arreglen todo para que se sepa que voy a dar mi último recital, que me retiro. Vemos de armar algo bien grande en Verona.

—¡Cómo voy a disfrutar esto! —expresó mi papá frotándose las manos—. Más de uno va a tener un brote psicótico y eso me pone demasiado feliz.

—¿Por el brote psicótico o por mi retiro?

Él sonrió con picardía, me miró por encima de los lentes que traía puestos y con placer confirmó:

—Las dos cosas me hacen muy feliz, aunque lo tuyo tiene más relevancia… obvio.

Mi mamá, que era incapaz de desear nada malo a ninguna criatura que existiera sobre la faz de la tierra, lo fulminó con la mirada, dio un suave golpe sobre la mesa, se levantó de la silla y exclamó:

—Mejor voy a empezar a preparar esas milanesas con puré que tanto te gustan, así celebramos tu libertad y no tengo que escuchar ciertas cosas.

Me dio un beso en la frente y mientras caminaba hacia la cocina, mi padre le reclamó que a él no lo había besado; ella volvió sobre sus pasos y en un acto de generosidad desmedida dijo que tenía besos para todos y le dio uno en la boca.

Cuando confirmé que ella ya no podía escucharnos, le pedí a mi papá que me acompañara a mi cuarto porque quería mostrarle algo. Subimos las escaleras en silencio. Cuando entramos, le dije que cerrara con llave, nunca se sabía si mi mamá podía llegar a aparecer. Fui hasta el armario. Ahí guardaba mi caja fuerte, la abrí y saqué una pequeña caja de cartón, se la di y le confesé:

—Esta hubiese sido otra opción para poder seguir sobre un escenario. Me atormentaba el hecho de considerarla como alternativa.

—Es bueno saber que esa opción está en una caja fuerte. Espero que…

—Tranquilo, papá —lo interrumpí. Quería ahorrarle el doloroso cuestionario que, con seguridad, había comenzado a fabricarse en su cabeza—. ¿Vamos a caminar un poco por el parque, antes de que anochezca?

Volví a guardar la droga en la caja fuerte, le di un abrigo mío del armario a mi padre y tomé otro para mí. Estaba por llegar el otoño en Italia y, si bien durante el día se podía andar en mangas cortas, por las noches refrescaba mucho. Me di cuenta de que se había quedado mal por lo de las drogas y lleno de preguntas que no tardaron en aparecer:

—¿De dónde sacaste eso, Marcos?

—Papá, la gente como yo no la saca, ni la compra, se la dan. Vas al baño antes de subir al escenario y, cuando salís, en el camerino la tenés preparada y cortada para consumir. Te estrechan la mano, no para desearte suerte o expresar simpatía, sino para dejarte un par de gramos en un sobre o píldoras de muchos colores. En los últimos recitales la misma gente de la disquera se encargaba de proveerla: decían que me veían para abajo, que con una línea la iba a romper en el escenario.

—¿Y vos?

—¿Yo qué?

—¿La usaste, les hiciste caso?

—No, ya te lo dije. Pero no voy a negarte que más de una vez me quedé dormido con uno de esos sobre la mesa de luz.

—¿Por qué no me hablaste antes? ¿Por qué llegar a esto?

—Por lo de siempre, pa… cláusulas, contratos, giras. Queda un solo recital… ¿No es así? Cumplí con los diez años de contrato, otros cinco años, más cinco extras, ¿cierto? Este es el momento, ya no quiero saber más nada, papá. A Frank Marcó le queda solo un recital y deja de existir, para que vuelva a la vida Marcos Bianco, Marcos Enzo Bianco.

—¿Vos sabés que para nosotros el único que existe es Marcos? Espero que nunca hayamos hecho algo para que pienses que el artista estaba primero.

—Jamás se me cruzaría por la cabeza algo así. Sé que vos y mamá nunca quisieron esta vida para mí, eso siempre estuvo más que claro. Fui yo quien eligió hacerla. Quizás los mandatos de Francis y de la nona sigan dando vueltas, no lo sé. Son los mejores padres, siempre estuvieron atentos a todo, se ocuparon de rodearme de buena gente…

—¿Rocco y Nino sabían de esto?

—Sí, hace rato que lo saben. Rocco lo agarró del cuello a Charly Argüello, el de la disquera, cuando lo vio preparando una línea mientras yo me estaba cambiando. Le dio una trompada que le partió la ceja y terminó en un hospital, estábamos en Rio de Janeiro. Una situación de mierda. Obvio que nada se supo y Charly dijo que se cayó y se golpeó contra un escalón.

—Tendríamos que haber seguido acompañándote en las giras, como lo hicimos en tus comienzos.

—¡Claro que no! ¿No te parece que estoy grande para eso? Además, ya no era vida para ustedes y mamá me espantaba a todas las mujeres.

Nos reímos. Caminamos un poco más.

—¿Qué van a hacer ellos? —preguntó mi papá.

—¿Quiénes?

—Rocco, Nino, el resto de la banda. Martín… ¿Sabe todo esto?

—Nino me dijo que, si no tomaba una decisión, me fuera buscando otro guitarrista, y Rocco que cuando terminara el último recital se volvería a Sicilia, que ya le pesaban las baquetas y que quería estar en el nacimiento de su nieta, que por mí culpa se había perdido el de sus hijos varones. Al resto les puedo conseguir dónde ensamblarse. Es gente de mucha experiencia. Y por Martín… me manda mensajes todo el tiempo para saber cómo estoy. Me contuvo mucho en este último tiempo.

Mi padre me pidió que por favor tirara aquella droga que tenía en mi caja fuerte. Pasó el brazo sobre mi hombro, suspiró y puedo decir, sin temor a equivocarme, que más contento que yo expresó:

—¡Señor Marcos Enzo Bianco: una nueva vida nos espera! Aunque por ahora vayamos a un futuro más cercano.

—¿Que está relacionado con las milanesas de mamá?

—¡Así es, caballero! A mí me tiene a comida de dieta, cuando venís vos hace tortas, milanesas con puré y estoy seguro que de postre tiene preparado el tiramisú.

—¡No tenés idea de cuánto extraño la comida casera, papá! Eso sin contar que la mamma cocina como los dioses.

—Antes cocinaba más: ahora puras ensaladas.

—¿Todavía no pudiste convencerla de contratar a una persona que la ayude en los quehaceres?

—Después de cuarenta años, es de lo único que no podemos hablar. A la señora que viene dos veces por semana solamente le permite ayudarla con la limpieza.

Mi madre era especial. Nunca quiso tener personal doméstico en la casa: quería hacerlo ella, sobretodo… la comida. Solo le permitió a Teresa ayudarla, cuando vivíamos en Buenos Aires, y mientras mi hermano Francis estaba internado.

Decidimos ponerle fin a la caminata por el jardín porque había refrescado mucho. Seguimos conversando dentro de la casa sobre la gira, los amigos y el último recital, hasta que mi mamá nos llamó a cenar. Después de estar tanto tiempo afuera, comiendo en restaurantes, hoteles y aviones, aquellas milanesas con puré y el tiramisú caseros fueron lo mejor que me había pasado en meses; y la idea de estar a un recital de mi libertad, lo mejor en años.

Capítulo 2

Cada uno buscacomponer su historiay cada ser se cargaráel don de ser capaz y ser feliz.

Almir Sater y Renato Texeira - Tocando al frente

Mis abuelos paternos eran músicos. La abuela Rosa tocaba el piano y se autodefinía como maestra, y el abuelo Antonio, a quien nunca conocí porque murió cuando mi padre apenas tenía un año, había sido un tenor muy popular en su pueblo y en los pueblos vecinos, tanto que lo venían a buscar para que fuese a cantar en los casamientos y festividades de santos y patronos, además de ser el más solicitado por los hombres del pueblo para que le llevara serenatas a sus prometidas. Jamás aceptaba dinero por cantarlas, pero como todos conocían la debilidad del abuelo por el vino, en agradecimiento, le regalaban una o dos botellas, que consumía con amigos antes de llegar a la casa, aunque las dos botellas eran solo el comienzo. A esas había que sumarle otras que iban apareciendo. Cuando había serenatas… Antonio regresaba borracho y si había borrachera el pueblo entero escuchaba las peleas con Rosa.

Pero borracho o no, Antonio fue el amor de su vida, un amor que disfrutó poco porque una noche después de haber dado una serenata, regresando a la casa, el corazón de Antonio se detuvo. Fue muy difícil para mi abuela, así que, para que no se quedara sola a los diecinueve años y con un hijo chiquito, la familia de Rosa, con la aprobación de ella, decidió que debía casarse otra vez. Así eran las cosas en aquella época y por esos lugares del sur de Italia. Giuseppe fue su segundo esposo, era un pariente de la esposa de su hermano. Con él y con mi papá chiquito viajó a la Argentina, pero al poco tiempo de llegar, tuvo un accidente en el trabajo y mi abuela volvió a enviudar. Así que ella decretó que eso del matrimonio no era lo suyo y entre la costura y las clases de piano y canto se las arregló para criar sola a mi padre y darle la posibilidad de hacer la carrera de abogado.

La enfermedad de mi hermano hizo que yo desde muy chico pasara mucho tiempo con la nona Rosa (así quería que la llamáramos sus nietos). A los cinco años ya me había enseñado arias de ópera y canzonetas italianas. El repertorio también incluía algún que otro tango o bolero y eran infaltables las canciones de su cantante favorito, Roberto Sánchez, más conocido como Sandro. Supo educar mi voz de tal forma que los profesores que luego fui teniendo quedaban asombrados. Utilizó una técnica italiana de canto antigua, algo que pocos usaban por ese entonces. Trabajó con mi voz de tal forma que sería difícil deshacer lo andado. Pero no todo era un lecho de flores con ella, tenía métodos poco pedagógicos conmigo. Quizá el más traumático fue que hacía unas galletas de miel que sabía que me gustaban, por lo cual si yo cantaba bien, aplicando la técnica que me enseñaba y entrando a tiempo y sin desafinar, me dejaba comerlas, de lo contrario, sin pena ni remordimiento. Estando el plato con las galletas sobre la mesada de la cocina, a veces me iba de su casa sin probar ni siquiera una. Ya de grande, en algunas reuniones familiares, cuando se jactaba de haber sido mi mentora, me encargaba de recordarle y reprocharle aquellos traumáticos momentos: “Me enseñabas como a los perros: si hacía bien lo que me pedías me dabas una galleta”.

Siempre sentí que aunque ella no tuviera título o un certificado que lo avale, mi nona Rosa fue la mejor maestra de canto, supo transmitirme el amor por la música; la mejor maestra de la vida y la mejor nona de todas las nonas, aunque a veces no me dejara comer las tan deseadas galletas de miel.

Mi padre conoció a mi madre el primer día que comenzó a trabajar en una empresa de autopartes. Quedó deslumbrado por aquella morocha de ojazos marrones que estaba en el sector de contaduría y que, días después supo, era la hija del dueño. Las expectativas que él había generado, con respecto a una futura salida a tomar algo con aquella muchacha, se habían esfumado. Pero la atracción comenzó a ser mutua. A mi madre también le gustaba aquel apuesto muchacho de metro ochenta, rubio y de ojos claros, aunque competía con las otras cinco mujeres que trabajaban en la misma oficina, todas deslumbradas por el nuevo empleado. La excelente situación económica de mi mamá intimidaba un poco al apuesto Enzo. Pensaba que, cuando la hija del dueño supiera que era un simple estudiante de abogacía y el hijo de una inmigrante, no querría salir ni siquiera a la esquina con él. Cuando mi papá logró vencer los temores y prejuicios, se animó e invitó a salir a la hija del dueño de la empresa. La cuestión del romance fue rápida, ya en la segunda salida dejaron de ser compañeros de trabajo para pasar a ser algo más y ese algo más los llevó a que, después de unos años, cuando él se recibió de abogado, decidieran casarse.

Mi mamá perdió a la suya, Elsa, en un accidente de auto, cuando apenas tenía catorce años. A su papá, Aurelio, le costó superar la ausencia de su esposa; parecía como si al irse Elsa se hubiera llevado un pedazo de él, y con el resto que le quedó intentó hacer lo mejor que pudo para sacar adelante la familia de dos que había quedado. Fue difícil para ambos.

Para el abuelo Aurelio, la llegada de Enzo, según nos contaba mi mamá, había sido una bendición: “Después de tanto tiempo veo feliz a mi hija”, decía. Pero el pobre Aurelio no pudo disfrutarlo mucho: un año después de que mis padres se casaran, él falleció de forma repentina mientras estaba trabajando en la empresa. Fue justo el día que lo habían invitado a cenar porque querían darle la noticia de que sería abuelo. Partió sin saberlo. A mi mamá ya no le quedaba familia, se aferró a su esposo con más fuerza y él la sostuvo con todo el amor que era capaz. El embarazo y nacimiento de mi hermano Francisco fue un bálsamo sobre el dolor que aún sentía por la ausencia de su padre.

El abuelo Aurelio había creado un sistema de inyecciónparavehículos, que le permitió amasar una gran fortuna. Mi madre, única heredera de ese gran imperio, no solo se quedó con la empresa, las cuentas en los bancos y las propiedades, sino con la patente de ese sistema de inyección creada por su padre. Muchas empresas del mundo la disputaron, pero una firma alemana se quedó con ella, por lo cual mi mamá recibió una suma millonaria en dólares. Eso hizo que el bienestar económico no fuera una preocupación para la familia.

A pesar de toda esa fortuna mi papá no abandonó las leyes: eran su vocación y le había costado mucho recibirse, así que continuó ejerciendo como abogado a pesar de la abultada herencia recibida. Por muchos años trabajó para una empresa de autos italiana, que lo contrató como gerente general del departamento de legales, en su sede de Argentina.

Después del nacimiento de mi hermano pasaron algunos años antes de que mi madre volviera a quedar embarazada; para ser exactos: cinco. El día que le dieron la noticia, Francisco se puso feliz al enterarse que llegaría alguien con quien jugar, aunque dicen que de pronto, como llevado por un rayo, salió corriendo hasta su habitación y volvió trayendo entre sus manos un camión de bomberos gigante que le habían dejado los reyes magos. Era de color rojo con franjas negras y amarillas a los costados; tenía una escalera que giraba y se iba desplegando y alcanzaba el metro de altura, más alto que él, y hasta una manguera que se desenroscaba y tiraba chorros de agua si se apretaba un botón amarillo que estaba oculto en la parte trasera. Pasaba horas con aquel camión, muchas veces, solo viendo girar las luces de la sirena. Con mucha seriedad se acercó a mi padre con su tesoro más preciado y con el ceño fruncido le expuso:

—Lo voy a querer a mi hermanito, pero este camión de bomberos es mío, así que ponele mi nombre para que él no lo toque.

Mi padre tomó su portafolio y sacó un marcador negro de punta gruesa y con tinta indeleble, y en la puerta del lado de conductor del camión escribió bien grande “Francis”, porque así lo llamaban todos.

—Ya está —dijo regresándole el camión—, tiene tu nombre, nadie lo va a tocar.

—Bueno, ahora mi hermanito puede venir cuando quiera —manifestó con el ceño más relajado.

El día que nací, no saben si eran celos, ansiedad, felicidad o una mezcla de las tres, pero a Francis se lo veía bastante excitado, así que tuvieron que llevarlo a que me conociera. Yo estaba en una cunita al lado de la cama de mi mamá; él entró a la habitación del sanatorio corriendo, se acercó a la cuna y me susurró:

—Hola, soy tu hermano Francis y te quiero mucho. Pero mi camión de bomberos es mío y no te lo puedo prestar porque lo necesito. Nuestro papá le escribió mi nombre.

Pero el tema con el camión de bomberos todavía no había terminado, según me contaron faltaba algo más. Cuando mi mamá y yo fuimos dados de alta en la clínica para irnos a casa, Francis nos esperó muy ansioso, preguntando a uno y otro cuándo llegaríamos. Al vernos entrar, exclamó:

—¡Por fin llegaron! ¿Qué pasó? La nona Rosa estaba asustada porque ustedes tardaban —recriminó indignado con las manos en la cintura.

Todos se rieron y eso a Francis lo enojó más. La nona Rosa me arrebató de los brazos de mi mamá y fue a sentarse al sillón del living para hacer todas esas monerías que hacen las abuelas a sus nietos recién nacidos. Mientras, Francis tomó la mano de mi padre y lo llevó a su habitación y regresó con el tan mentado camión de bomberos. Mi hermano fue directo hacia el sillón donde estaba yo.

—Nona, porfis, poné a Marcos para que me vea porque le tengo que mostrar algo.

La nona Rosa, que me tenía acurrucado sobre su pecho, me giró de tal forma que él pudiera verme a los ojos.

—¿Ves, Marcos? —expresó mostrando el nombre que estaba escrito—. Acá dice “Francis”… te lo dije. ¿Ves que no miento? Con este camión vos no podés jugar.

Dicen que comencé a llorar, vaya uno a saber si tenía hambre, sueño o gases. Lo cierto es que Francis tomó mi llanto como algo personal por lo que acababa de decirme. Alzó la vista, miró a mi mamá que fue a rescatarme de los brazos de la nona y se justificó:

—Perdón por hacerlo llorar, mamá, pero tenía que decirle lo del camión.

Ese camión de bomberos siempre fue mi meta, aun cuando ya no estaba en edad de jugar con autitos, Francis lo dejaba bien a la vista para que lo deseara. Aunque, algunas veces, él no estaba y yo lo tocaba y hasta jugaba. Imagino que siempre lo supo, como sabía de tantas otras cosas, pero del camión… nunca me hizo ningún comentario.

Capítulo 3

Y otra vez tú, abriéndome tus alas, me sacas de las malas rachas de dolorporque tú eres el ángel que quiero yo.

Robbie Williams y Guy Cambers - Angel

Durante dos años, la felicidad había llegado a nuestro hogar para instalarse y vivir por siempre. Pero, así como llegó, dio un portazo y se fue. Al poco tiempo de cumplir siete años, Francis comenzó con fiebre alta, hematomas en el cuerpo y hemorragias nasales, un conjunto de síntomas que requirió de una rápida hospitalización. No tardaron mucho en diagnosticarle leucemia. Esa felicidad, que alguna vez convivió con nosotros, regresaba en pequeños instantes y solo tenían que ver con un alta médica, el recuento de plaquetas o glóbulos blancos normales, o una quimio exitosa.

Cuando Francis estaba internado, yo me quedaba con la nona Rosa y con ella había poca TV, pocos juegos, pocos amigos; en fin, poco de todo aquello que hace un niño de seis, siete o nueve años de edad. Todo fue reemplazado con clases de canto, piano, guitarra. Algunas veces, no tantas como me hubiera gustado, me quedaba en casa de un matrimonio amigo de mis padres: Marta y Pedro Bonardi.

El regreso de mi hermano a casa hacía que mi vida diera un giro de ciento ochenta grados: sentía que me rescataba porque en cierta forma me devolvía mi vida en familia y un poco de mi niñez. Y como él sabía mucho de niñez no vivida, a la hora de jugar conmigo parecía más chico que yo. No quería que nadie me apartara de su lado y, si mi madre venía a buscarme para llevarme a alguna de las clases extras que tenía, le protestaba:

—Él no se va, se queda con su hermano que salió hace poco del hospital y no tiene con quien jugar a la play.

Nuestra mamá no le negaba nada y eso Francis lo tenía muy claro, aunque ella no era tonta y se daba cuenta del jueguito de mi hermano. Había una especie de pacto que nunca fue pactado para que yo pudiera disfrutar de ser niño y, a través de mí, él tenía la posibilidad de serlo también.

A mi hermano le gustaba oírme cantar, estaba fascinado con mi voz. En una de las habitaciones de la casa había un piano con el cual la nona Rosa, algunas veces, me daba las clases de canto. Un día mientras estábamos jugando un partido de fútbol en la play me preguntó:

—Nene… ¿a vos nunca te dijeron que cuando cantas sos un fenómeno?

—La nona me dice que canto bien, nada más —contesté sin darle importancia porque estaba muy ocupado intentando meterle un gol en el juego.

—No, Marcos —expresó mi hermano al darse cuenta de que no había entendido nada de lo que había dicho—, cuando digo fenómeno me refiero a algo sobrenatural. Yo tengo una teoría sobre vos. Creo que, mientras estuve internado, una nave espacial te abdujo y los extraterrestres te insertaron un chip en la garganta y te devolvieron, es por eso que cantás tan lindo.

Me reí, pero seguía sin entender ni una sola palabra de lo que estaba diciendo. Solo resonó en mi cabeza nave espacial y extraterrestre; del resto, ni idea.

—De ahora en más voy a llamarte fenómeno.

—¿Fenómeno?… Bueno —respondí como si nada.

Y así fue como empezó a llamarme, excepto cuando había algo serio para decir o recriminar: ahí volvía a ser Marcos.

A medida que pasaba el tiempo, la salud de Francis se iba complicando: le costaba responder a los tratamientos y los tiempos de internación eran cada vez más prolongados. ¡Cuánto lo extrañaba! Siempre quería ir a visitarlo. En contadas ocasiones me llevaban, pero solo podía verlo a través de un vidrio por pocos minutos y como un favor especial, porque los menores no podían estar ahí. Aprovechaba al máximo el poco tiempo que me permitían y, mediante un teléfono, un día le cantaba, otro le contaba chistes y otros, en los que lo veía muy mal, solo lo saludaba con la mano o le tiraba besos a través del vidrio. Me angustiaba la enfermedad de Francis, pero más ver su deterioro. Trataba de canalizarla a través de la música y el canto. Siempre estaba buscando nuevas canciones para aprender, pensando cuál le podría gustar, ponía lo mejor de mí para que salieran perfectas. A veces mi abuela me retaba porque elegía canciones difíciles para mi edad. Armaba todo un repertorio para mi hermano, las anotaba en un listado para que él pudiera elegirlas cuando le dieran el alta y volviera a casa. Existía un lazo muy profundo entre nosotros dos, que se haría, con el correr del tiempo, cada vez más fuerte.

Un año antes de su muerte, Francis había recibido un tratamiento muy intenso de quimioterapia, con el que lograron detener el avance del cáncer. Pero su estado era desastroso: delgado, pálido y sin pelos en ningún lado.

Cuando recibió el alta, mis padres quisieron celebrarlo con un almuerzo e invitaron a Marta y Pedro, con sus tres hijos. Santiago era el hijo menor del matrimonio y mi mejor amigo; nacimos con pocos días de diferencia: él, veintiséis de noviembre, y yo, primero de diciembre. Los otros dos hijos eran mellizos, Joaquín y Roxana, y tenían un año menos que Francis. Mi papá y Pedro eran amigos de la infancia. De niños, vivían a un par de cuadras de distancia uno del otro. Fueron juntos a la escuela primaria y secundaria, y en la universidad cada cual eligió su carrera, aunque la amistad continuó a través de los años.

El día de la celebración del alta de mi hermano, los adolescentes juagaban con la play, Santiago y yo disfrutábamos de la pileta, los papás hacían el asado con la compañía de un malbec mientras discutían de fútbol y las mamás preparaban las ensaladas. Cuando pasé por la cocina para ir a mi habitación a cambiarme la malla, escuché que hablaban de mi hermano y el humor negro que tenía con respecto al cáncer. No entendí nada de lo que decían.

Nos sentamos a la mesa y las bromas, los cuentos, y las anécdotas no faltaron. Fue un almuerzo relajado, con muchas risas, algo de vino para los grandes y mucha comida para todos. Hacía tiempo que no estábamos los cuatro juntos. ¡Qué lindo se sentía eso! Las sobremesas en mi casa eran eternas, así que Francis se retiró a su habitación a descansar, mientras los adultos seguían hablando de política y economía. Los mellizos se fueron a terminar el juego que habían dejado pendiente en la play, esta vez Santiago los acompañó y yo desaparecí de la reunión y aparecí en la habitación de Francis portando una bolsa.

—¿Qué trajiste, fenómeno? —preguntó mi hermano que estaba sentado frente a su computadora.

Saqué una máquina para cortar pelo, espuma y una maquinita de afeitar. Puse todo sobre el escritorio.

—¿Te querés afeitar los bigotes? —preguntó mientras se reía—. Ni pelusa tenés en la cara.

—Quiero pelarme la cabeza como vos.

Francis frunció las cejas sin pelo, inclinó la cabeza hacia un costado y, como si hubiera escuchado mal, me pidió que repitiera lo que había dicho.

—Quiero estar pelado como vos —expliqué—. Ninguno de los de esta casa va a querer hacerlo.

—Obvio, estoy de acuerdo con los de esta casa —expresó alzando la voz—. ¡Vos estás loco, nene!

—Ponele que lo esté. Entonces… o lo hacés vos, que sos grande, o lo hago yo que tengo nueve años. Pero si lo hago solo me puedo cortar y lastimar y después vos te vas a sentir remal porque yo estoy lastimado.

—Marcos, no necesito que vos te peles —aseguró mientras tomaba mis manos.

—Pero yo sí, porque vos sos mi héroe y quiero parecerme a vos.

—¿Tu héroe? ¿Vos me viste? Mirame bien… ¿Héroe? ¿De qué héroe hablás?

Hice silencio por unos segundos, quería ser preciso en lo que iba a decir. Todavía tenía mis manos entre las suyas y eso me dio coraje para responderle.

—Yo escucho hablar a papá, a mamá o la nona y siempre cuentan de los dolores que tenés, de cuánto estás sufriendo… pero nunca escuché que vos te quejaras, eso es porque sos fuerte y soportás lo que sea, como los héroes. Y cuando voy a la clínica, te veo pinchado por todos lados, con muchos cables en tu cuerpo y sale el doctor Diego y dice que la estás peleando, que luchas contra esa enfermedad de eme. Entonces ahí imagino a todos esos héroes que pelean contra los malos y siento que sos uno de ellos, peleando todo el tiempo contra tu enfermedad. Quiero ser como vos, porque para mí sos mi héroe, el más fuerte. No necesito que uses máscaras o capas, conmigo no las necesitás porque sos mi hermano.

Francis se cruzó de brazos, suspiró e hizo silencio. Luego miró al piso para que no me diera cuenta que se le habían llenado los ojos de lágrimas, esperó que se le pasara y al cabo de un rato me dijo:

—Menos mal que tu héroe no es Superman. ¡Punto para tu locura!

—¿Me vas a pelar? —pregunté ansioso.

—Sí, pero hay dos cosas que quiero decir antes.

—¿Qué cosas?

—Eso de la maquinita de afeitar, por más que sea un poco más grande, ni idea. Acordate de que la mayor parte de mi vida la pasé sin pelos, nunca usé una. Y lo segundo…

—Lo segundo ya sé lo que es, y la elegí: es una que te gusta a vos.

—¿La de Mariah Carey? —preguntó con entusiasmo.

—Sí.

Cerré los ojos y empecé a cantarla. No sentía el paso de la fría máquina sobre mi cabeza, sino la cálida y suave mano de mi hermano, que me llegaba al alma. Experimenté un gozo profundo y una sensación indescriptible de paz mientras las estrofas salían de mi boca:

—Como un libro,que no sabes el final…

Miré por un espejo que colgaba en la pared de la habitación, y vi que Francis, parado detrás de mí, se había dado permiso para llorar. Yo seguí con el canto:

—Y en cada página el amor…

Y la verdad es que sí fueronpáginas de amor imborrables las que escribimos mi hermano y yo en el libro de nuestras vidas, entre cabellos y lágrimas en el piso de su habitación aquel día.

La canción duró más que el rapado. Y mi alegría un poco, pero solo un poco más que la canción, porque cuando mi padre entró al cuarto de mi hermano y vio lo que me había hecho en la cabeza, comenzó a gritar de tal forma que todos los que estaban en la casa se asustaron y corrieron para ver qué era lo que estaba pasando. A medida que iban llegando y me veían pelado decían: “¿Qué te hiciste?”. Francis disfrutaba la situación y se reía, yo hacía lo posible por poner cara de culpa, pero lo veía a mi hermano reír y me tentaba. Esto provocaba que mi papá se pusiera más furioso todavía. Todos los adultos me gritaban, hasta que alguien dijo: “Y bueno, son cosas de chicos”. Y ahí todo cambió, ya no me gritaban a mí sino que los adultos se gritaban entre sí, situación que Francis aprovechó y con señas me sugirió que me fuera de la habitación escabulléndome por entre los grandes. Pero no había lugar para ir así que Santiago, mi amigo, abrió la puerta del placard y me escondí ahí dentro. Cuando mi padre me buscó para seguir retándome y no me vio, en medio de tanto escándalo, gritó: “¿Dónde está? ¿Dónde se metió?”. Mi hermano se llevó la mano al corazón y gritó:

—Acá. —Se hizo silencio y él continuó—: Hoy el fenómeno se metió acá —volvió a tocarse el corazón—. ¿Qué es lo que les pasa? ¿No pueden ver el gesto de amor de un chico de nueve años? Ustedes los adultos son tan superficiales. Tan…. no sé. No ven más allá de sus narices. ¡Qué bueno que no voy a llegar a serlo!

—¿Por qué sos tan cruel? —expresó mi mamá enfurecida.

—Porque la crueldad forma parte del mundo en el que me muevo, ma… ¡Bienvenida a un mundo en el que un nene de nueve años entiende y trata de suavizar para que sea menos doloroso! ¿Quieren ver lo que hace cada noche cuando ustedes se van a dormir? —Caminó hasta donde estaba la mesa de la computadora, abrió un cuaderno que había allí y desde dentro sacó varios papeles sueltos con listados de canciones—. Todas las noches prepara temas distintos, los anota en una hoja y viene para que yo elija la canción que me gusta; y en esos minutos que puede durar la canción, desaparece todo lo malo de este cáncer de mierda. No sabés cómo espero que se abra esa puerta y aparezca él con la hoja en la mano para escucharlo cantar. Con nueve años, ese fenómeno sabe cómo regalarme minutos de felicidad.

Yo escuchaba todo y cada tanto entreabría la puerta para poder pispiar también. Francis los había dejado sin palabras. Marta le hizo señas a los mellizos y a su esposo para retirarse de la habitación. Vi a mi madre salir y volver con una escoba para barrer los pelos del piso. Cuando terminó, se acercó a Francis y le dijo:

—¡Te amo, hijo! Pero no tenías que permitir que se hiciera eso en la cabeza.

—Tendrías que haberlo escuchado cuando me lo pidió, ma —respondió llorando—, te juro que no tenía chances de negarme.

Mi mamá lo besó en la frente y se fue. Quedaba mi papá en la habitación que, en silencio, seguía limpiando la máquina de cortar pelo; cuando terminó, la guardó en el estuche, la dejó a un costado de la mesa de la computadora y se sentó sobre la cama en donde Francis se había recostado. Parecía muy enojado, porque estuvo un rato largo sin decir una sola palabra, imagino que intentando serenarse para expresarle a mi hermano lo que sentía:

—Te voy a hablar de la misma manera que nos hablás a nosotros. No existe un manual que nos diga cómo ser padres y menos cómo serlo de hijos que tienen cáncer. Hacemos lo mejor que podemos, hacemos lo que nos sale, acompañado de todo el amor que somos capaces de dar. Cada noche, tu mamá y yo estamos detrás de esa puerta escuchando las canciones que Marcos te canta. Lo esperamos tal vez con el mismo gozo y ganas que vos, y ese gozo tiene que ver con que existe en esta casa un ser tan maravilloso y con tanto amor como tu fenómeno. Y obvio que tenés razón al afirmar que tiene gestos de grandeza que los mayores no somos capaces de tener, aunque esos gestos tienen mucho que ver con la libertad que estos adultos… ¿cómo es que dijiste? ¿Superficiales? Le respetamos.

—¿Y por qué no entran, por qué escuchan atrás de la puerta?

—Porque tu hermano lo quiere así. Con tu mamá estamos convencidos de que es su momento de estar con vos, sin vidrios de por medio ni teléfonos, enfermeras o padres y todo lo que hace años los separa. Él disfruta cantar para vos. Sos el único público que a él le interesa tener.

Mi papá tenía razón: no me importaba que otro me escuchara, todo era por y para Francis. Se hizo un largo silencio.

—Tenemos que empezar a prepararlo, papá.

—No sé, porque tal vez….

—No hay tal vez. Vos y mamá lo saben bien. El doctor Sandler se los dijo clarito.

—La verdad, hijo, es que no estamos preparados nosotros. ¿Cómo hacerlo con Marcos?

—Hagan terapia. Marcela, mi psicóloga, me está ayudando mucho, ella me dijo que ustedes deberían estar haciéndola. En la fundación se amontonan los psicólogos, pregunten ahí. Y el fenómeno también la necesita, aunque a él lo voy a ir preparando yo, creo que también me va a hacer bien a mí. ¿Sabés por qué se quiso pelar?

—¿Por qué vos estás pelado?

—Dice que soy su héroe. ¡Mirame, papá! —pidió llorando—. Mirame… ¡Su héroe! Tengo casi quince años, peso cuarenta y dos kilos, estoy pelado, lleno de moretones por todos lados, blanco como la leche. Te juro, papi, ese pibe le da sentido a mi vida, me da ganas de seguir peleándola, me llena el alma.

Mi papá levantó los hombros y llorando tanto como Francis le contestó:

—Y… así son los fenómenos.

—No, pa, solo Marcos es así.

Encerrado todavía en el placard me llené de preguntas: ¿por qué lloraban? ¿Prepararme para qué? ¿Qué sabían ellos que yo no? Muy pronto, más de lo que hubiera querido, llegarían las respuestas a todas esas dudas.

Capítulo 4

Y descubres lo común,no hay un héroe como tú.

Mariah Carey - Héroe

Salomónicamente Francis decidió que esas vacaciones, que él intuía serían las últimas, debían ser en la cabaña que teníamos en Villa La Angostura, en el sur de Argentina. Había estado ahí con mis padres cuando todavía yo no había nacido. La cabaña la mandó a construir mi abuelo Aurelio poco antes de morir, aunque nunca la vio terminada.

El doctor Sandler no estaba muy de acuerdo con que Francis viajara tan lejos, pero la insistencia de mi hermano fue tanta que terminó accediendo al pedido bajo algunas consideraciones, entre las cuales estaba: no hacer el viaje en auto, ya que eran más de 1600 km con tramos muy largos sin población cercana; cuidarlo de los cambios bruscos de temperatura; y, si comenzaba con fiebre, aunque fuera 37,1 °C, debían regresar, y además controlar todos los días si había hemorragia, fatiga, decaimiento o hematomas, entre otras cosas. El viaje se hizo en un avión privado, propiedad de la empresa en la que trabajaba mi papá. Tanto para Francis como para mí, era nuestro primer viaje en avión, por lo cual la ansiedad, la curiosidad, el miedo y la alegría eran algunos de los sentimientos que experimentábamos. Yo me había puesto en verdad muy insoportable. Recuerdo que no dejaba de hacer preguntas: ¿qué sentís cuando sube el avión? ¿Y cuándo baja? ¿Hay baño? Y lo que hacés en el baño… ¿cae? ¿Te ponen paracaídas cuando subís? ¿Y si no sé usarlo? ¿Si no se abre? Me habían asignado algunas tareas esperando que eso me mantuviera entretenido: preparar bolsos, los juegos de la play, el teclado, algunos juegos de mesa. No obstante, nada detenía mi ansiedad. El alivio para los oídos de mi familia llegó cuando el avión despegó y comenzó a elevarse: fue ahí que dejé de hablar y permanecí en silencio, con los ojos cerrados y apretados hasta que el avión se estabilizó, y el resto del viaje me mantuve calladito.

Francis estaba fascinado por aquello que veía por la ventanilla del avión: “Mirá qué chiquito se hace todo, fenómeno”, me decía. De pronto vociferaba un “¡Guau!”, mientras atravesábamos las nubes acompañado por un suspiro o una sonrisa que le ocupaba el rostro. Y ante la inmensidad de aquel cielo infinito, apoyaba la frente sobre la ventanilla fijando la mirada en algún lugar visiblemente cercano, aunque tan distante a la vez. Todo fue novedoso para nosotros dos, pero para Francis también sería irrepetible. Faltando poco para llegar, nos miró, sonrió y decretó: “¡Estas van ser las mejores vacaciones de mi vida!”.

La avioneta aterrizó en el aeropuerto de San Carlos de Bariloche. Nos esperaba Tobías, para trasladarnos hasta la cabaña, que se encontraba a sesenta kilómetros. Tobías y su esposa Elvira eran un matrimonio de la zona, que mi abuelo había contratado para que cuidara la cabaña mientras la construían. Cuando él murió, mi mamá les cedió un lote en la parte de atrás de la casa y les facilitó todo lo necesario para que pudieran construir la suya, a cambio de seguir con el cuidado y el mantenimiento de todo el complejo.

Era verano, pero había amanecido fresco y con alguna que otra llovizna. La cabaña de madera y piedra estaba sobre una loma. Todo lo que la rodeaba era verde con algunos pinos y notros. Elvira nos esperó con los leños encendidos en la chimenea. Sobre la mesa humeaba el pan casero, manteca y dulce de rosa mosqueta. Chocolate caliente para los más chicos y café para los adultos.

—Increíble que en enero haya que calefaccionar los ambientes —observó mi madre.

—Acá, doña Paula, por más que estemos en verano, algunos días son bien frescos, encima esta llovizna no ayuda en nada. Dicen que mañana va a estar mejor, mientras tanto: leña al fuego.

Había muchas cosas que mis padres querían hacernos conocer y esperaban que el clima cambiara para que pudiéramos salir de la casa y ver los alrededores. El Bosque de Arrayanes, el Camino de los Siete Lagos, el Bosque Sumergido...

Al terminar de desayunar nos acomodamos en las habitaciones. Mientras ordenaba los juegos de la play, mi papá me preguntó si quería ir con él hasta el lago. En un principio me entusiasmó tanto la idea que salí corriendo a buscar un abrigo, pero volví sin él. Miré a mi padre y le dije que mejor fuéramos otro día. Sonrió, acarició mi cabeza y expresó con ternura:

—Como quieras. Si cambias de parecer me avisás y vamos.

Francis que estaba dando vueltas por el living de la cabaña, había escuchado mi negativa de no salir y vino a cuestionarme.

—¡Qué idiota sos, nene! ¿Por qué no fuiste al lago con papá?

—No quiero ir, hace frío y llueve.

—Hace diez grados y llovizna. Tampoco es que estás en el polo sur. Ponete la campera con capucha que tenés y listo. Andá, idiota.

—No quiero ir —volví a decir gritando y enojado.

Francis insistía en que tenía que ir al lago. Comenzamos a pelearnos; recuerdo que fue una situación muy extraña, porque nunca habíamos discutido y menos a los gritos. Me sentí tan mal que salí corriendo de la casa y, cuando llegué a la entrada del sendero que llevaba hasta la cabaña, no sabía hacia dónde ir, no conocía nada. Miré a un lado y al otro. Una mezcla de rabia e impotencia me invadían, quería gritar, correr y hasta decir muchas malas palabras, pero en su lugar agarré una piedra que había en el piso y la arrojé con furia al sendero. De pronto apareció mi padre, traía la campera con capucha que me había sugerido Francis, me la dio y me la puse.

—¿Caminamos un poco? Hasta que te tranquilices —me sugirió mientras extendía su mano para que la agarrara.

Empezamos a andar, tomó un sendero ubicado por detrás de la cabaña, rodeado por un espeso bosque de coihues, cipreses y lengas. Ambos íbamos en silencio y a paso lento. Podía sentir el olor a tierra mojada, mezclado con madera, pino, pasto, y una brisa fresca y algo húmeda pegaba en mi cara.

—¿Más tranquilo? —quiso saber mi papá.

Afirmé con la cabeza. Mi padre siguió hablándome.

—Hay mucha paz en este lugar. Pero todavía falta lo mejor. ¿Ves allá? —dijo señalando el camino hacia adelante.

—¿Dónde está la curva? —pregunté.

—Sí. Cuando doblemos ahí, no vas a poder creer lo que van a ver tus ojos.

Había creado una gran expectativa en mí, tanta que casi no recordaba la pelea con mi hermano. Apresuré los pasos para ir al punto que me había marcado él. Al llegar, se me fue revelando de a poco aquel imponente paisaje. Y cuando lo tuve frente a mí, vi cómo cielo y tierra convergían en el reflejo de aquellas aguas azules: montañas, nubes, árboles, pájaros. “¡Guau!”, exclamé, no podía creer todo lo que estaba viendo. Me senté sobre una enorme roca, clavada en la arena. No me importaba que estuviera mojada por la llovizna y a mi padre tampoco, porque se sentó junto a mí. Hicimos un largo silencio, volvió a mi mente la discusión con mi hermano, miré a mi papá y le pregunté:

—¿Por qué Fran me trato así, pa? Estoy muy enojado. Me dijo “idiota”, me gritó.

—Imagino que no quiere que dejes de hacer cosas por él. Se dio cuenta de que no querías venir conmigo porque él no podía salir por la lluvia y el frío.

Volví a hacer silencio pensando en lo que mi papá me había respondido. Recorrí otra vez con mis ojos el paisaje, para luego confesar:

—Yo no quería venir por otra cosa.

—¿Cómo otra cosa? ¿Por qué no querías venir?

—Porque desde que bajé del avión me duele el oído.

—¿Te duele el oído? ¿Y no lo dijiste?

—No quería que se preocupen por mí.

Me abrazó.

—No se puede aguantar un dolor de oído. Es muy feo ese dolor. Además el viento que hay acá y la llovizna te hace peor. —Nos levantamos de la roca, mi padre me puso la capucha de la campera para que me cubriera las orejas—. Vamos a la cabaña, seguro tu madre sabrá qué darte para eso. Es por el viaje en avión, les pasa a algunas personas.

Emprendimos la marcha de regreso a la casa. Mi papá se sintió mal por lo sucedido. Creo que cayó en la cuenta de que hacían girar todo en torno a Francis porque, faltando algunos metros para llegar a la cabaña, se detuvo y expresó:

—Perdón por suponer, por no preguntar qué te pasa, qué sentís o querés.

Levanté la cabeza para verlo a los ojos. Lo abracé y él a mí. Luego sugirió:

—Vamos a buscar a tu madre para que te quite ese horrible dolor.

Entré a la casa, mi hermano jugaba con la play. Apenas me vio preguntó si me había gustado el paseo. No le contesté, es más: lo miré con mala cara y fui directo al dormitorio, no quería hablar con nadie y el dolor se hacía cada vez más intenso. Me tiré sobre la cama poniendo la palma de mi mano sobre la oreja, como si eso me fuera a quitar la dolencia. Mi madre entró a la habitación, traía un frasco de remedio en las manos.

—Mi vida. ¿Cómo no dijiste que te dolía el oído? ¿Estás llorando?

Me dio la medicación, la olí antes de beberla. Tenía olor a frutilla, pero igual desconfiaba de que aquello tuviera el gusto de lo que había percibido mi nariz. Me hice de coraje y la tomé. Supongo que mi cara confirmó la sospecha que tenía.

—¡Esto es asqueroso, ma! —expresé casi con arcadas.

—Lo sé, pero te va a calmar el dolor —dijo mientras acariciaba mi cabeza.

Se me caían las lágrimas, cosa que no era frecuente en mí. El remedio que me dio mi mamá de a poco fue surtiendo efecto, tanto que después de un rato me dormí. Al despertar, Francis estaba recostado a mi lado.

—¿Pasó el dolor? —preguntó casi susurrando.

—Sí.

—¿Me puedo quedar un rato más acá, con vos?

—Tengo ganas de decirte que vos también sos un idiota, pero no me sale.

—Ya sé que soy un idiota. ¿Me puedo quedar igual?

—Pero me trataste mal.

—Es uno de los problemas que tenemos los idiotas, tratamos mal a los que queremos —insistió—. Quiero quedarme acá con vos. ¿Puedo?

Mientras me mordía el labio inferior, pensaba en qué le contestaría: ¿lo dejaba o no? Aunque la respuesta era obvia.

—Sí, te podés quedar. —Y agregué—: ¡Yo también te quiero!

Fue una jornada reveladora en mi familia. Verme llorar era novedoso para mi mamá. Para mi papá, verme revolear una piedra movido por la ira, y discutir a los gritos lo fue para Francis. Estas reacciones a todos sorprendieron pero no eran extrañas para mí: solía ponerlas en práctica en la soledad de mi habitación.

Al día siguiente, amaneció con un sol radiante y, aunque estaba fresco luego del desayuno, le dije a Francis que me acompañara porque le quería mostrar algo maravilloso. Tomamos nuestros abrigos y junto con mis padres fuimos a recorrer el mismo camino que había hecho el día anterior. Faltando unos cien metros antes de llegar a la curva, los detuve y les dije:

—¿Ven allá?

—¿Donde está la curva? —preguntó mi madre.

—Sí, ma. Cuando doblas hay una sorpresa. ¡No sabés, Fran, lo lindo que es!

Tomé la mano de mi hermano y lo hice caminar más rápido, quería que lo viera pronto. Al llegar, a Francis se le iluminaron los ojos, fue hasta la orilla del lago y exclamó:

—¡Esto es hermoso!

Y aunque ya había estado el día anterior, volví a extasiarme con aquel paisaje patagónico.

Ese fue el comienzo de jornadas de paseos en familia, de más sorpresas, de juegos y, como no podía faltar, de canciones. En los días siguientes, la salud de Francis y el clima ayudaron para que pudiéramos hacer caminatas entre los arrayanes o viajar en una embarcación para visitar el Bosque Sumergido de Villa Traful, un bosque de cipreses que aparecía desde la profundidad del lago, un paisaje asombroso que se revelaba frente a nuestros ojos. Cada día, en familia, lo disfrutábamos a pleno; siempre había lugares para visitar, paisajes con los cuales sorprenderse, risas, cantos y también, porque no, algunos silencios.

El doctor Sandler había autorizado a la familia para vacacionar solo una semana, pero lo estábamos pasando tan bien que Francis, mientras jugábamos a la play, activó el manos libres del teléfono y lo llamó para pedirle que lo dejara estar siete días más.

—No, hay que hacer los controles, Francis.

—Te juro, Diego, las plaquetas, los glóbulos blancos, los rojos, los azules y amarillos, todos están más que bien y en su lugar. No me sale sangre por ningún orificio, no tengo hematomas, no tengo fiebre. Siete días más te pido, doc. La estoy pasando bien. ¿Sabés cuánto hace que no me siento así? Por favor, doc.

—¿Siete días?

—Sí.

—¿El día 8 estás acá haciéndote los controles?

—Promesa de scout, soc.

—Vos no sos scout, no mientas, Francis.

—Siempre quise serlo y el cáncer no me dejó.

—¡Por Dios, qué personaje! Pasale el teléfono a alguno de tus padres, así hablo con ellos.

—¡Gracias… gracias! Yo te juro, como decía un lord que no me acuerdo el nombre, que “hasta el último momento no me voy a morir”.

—¡Más te vale! Ahora pasame con un adulto responsable.

Yo sabía que Francis le había mentido al doctor Sandler, me entristeció que hiciera eso y él se dio cuenta. Como quien no quiere la cosa me pidió que lo acompañara afuera porque quería caminar. Los dos salimos y como siempre y sin darnos cuenta nuestros pies nos llevaban por el sendero que conducía al lago. Hicimos algunos metros en silencio. Se animó y preguntó:

—¿Qué te pasa, fenómeno? ¿No querías quedarte más días?

—Sí, pero le mentiste al doctor. Ayer cuando estábamos los dos en el lago te sangró la nariz.

—Una sola vez y un poquito, después no volvió a sangrar más. Lo estoy pasando bien, me siento feliz, Marcos… No la cagues por un poquito de sangre. Por favor, no le digas nada a nadie.

—¿Y si te pasa algo?

—Lo hablamos muchas veces. Tarde o temprano me va a pasar, tenés que empezar a convivir con esa idea.

—Siempre que te internan, volvés.

—Pero un día no voy a volver más.

—Y yo… ¿cómo voy a saber cuándo va a ser ese día? —pregunté angustiado.

—¡Uf! Es complicado saber eso, fenómeno. Igual algo se me va a ocurrir. Te prometo que, si no vuelvo más, voy a encontrar la manera de avisarte.

Francis tenía muy claro que vivía tiempo de descuento. Así que los siete días que siguieron fueron intensos, quería aprovechar al máximo cada instante conmigo. Después de almorzar, salíamos a andar por el camino del bosque hasta el lago. Llegábamos a la orilla y ahí nos sentábamos. Algunas veces, me ponía a arrojar piedras al agua mientras Francis leía alguno de los cincuenta libros que había llevado o dibujaba con una rama en la arena. Otras, en silencio los dos admirábamos el paisaje y otras hablábamos.

—A la fundación vienen muchas personas a hablar de Dios.

—¿Los curas? —pregunté

—Sí, también los curas, pero no todos los que hablan de Dios son curas. Al principio no me importaba escuchar a nadie, pero después es como que esperaba que vinieran.

—¿Y vos crees en Dios, Fran? —pregunté.

—Sí, mucho. Me hace bien.

Nos quedamos contemplando aquel paisaje, que por un instante se asemejó a una pintura, o a una fotografía. Las ramas de los árboles permanecían inmóviles, no había oleaje en el agua. Sobre el lago se dibujaban perfectos y sin arrugas el cielo y las montañas, mientras que las aves parecían haberse retirado a descansar.

Francis rompió el silencio y casi susurrando me dijo:

—¡Esto que tenemos frente a nuestros ojos es perfecto! Las montañas, el lago, el cielo. ¿Sabés por qué?

—No —contesté levantando los hombros.

—Porque no lo hizo un ser humano… Fue Dios que mandó a sus ángeles a que lo pintaran para nosotros. Para vos y para mí.

Volvimos a quedarnos en silencio, tanto nosotros, como aquella maravillosa obra que, según mi hermano, era celestial.

Un día antes de regresar a Buenos Aires, Francis le pidió a mamá que preparara algunos sándwichesporque quería almorzar conmigo en el lago. Preparé la mochila y puse algunos juegos, una armónica, cuaderno, lápices. Me costó llevarla cargada en mi espalda hasta el lago, pero no me importó, estaba muy contento por ir de picnic con mi hermano. Aunque la verdadera intención de Francis no era esa. Apenas llegamos junto al lago, lo primero que quise hacer fue sacar lo que tenía dentro de la mochila. Pero Francis me detuvo.