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A principios del siglo XX, la República Argentina era uno de los destinos que más inmigrantes europeos atraía. El país ofrecía inmejorables condiciones para adquirir tierras a bajo costo y un ambiente de paz, trabajo y progreso, lo que atraía a familias enteras que ansiaban darles a sus hijos una mejor calidad de vida. Muchos jóvenes, en su mayoría varones, se animaban a dar el gran salto solos para sumar sus brazos al enorme mercado laboral. Llegados al puerto de Buenos Aires, los inmigrantes llenaban los trenes y se internaban en el país, bajándose a lo largo de los ramales, siguiendo sus instintos, en alguna estación. Otros, angustiados, llegaban al extremo de poner a sus hijos menores de edad en manos de conocidos para que los llevaran con ellos de Europa a América, en un desesperado intento de librarlos de situaciones de enfermedad o pobreza. Esperanza 11 es la aventura de un joven español que llegó al sur de la provincia de Mendoza en 1911, sin más tesoro que su oficio y su inteligencia. En la colonia que eligió para establecerse, todo estaba por hacerse: las calles, las instituciones, el comercio. Él pondría manos a la obra para moldear tanto ese pueblo como su propia vida. Sumando de a una las piezas, construiría su empresa y su familia, y terminaría por convertirse en el tronco de un enorme árbol genealógico, repartido en dos continentes. También es la historia de cómo en esta aventura anidó una historia de amor única e inolvidable, que creció a fuerza de vencer dificultades y de cruzar el océano. Una y otra vez.
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Seitenzahl: 180
Veröffentlichungsjahr: 2022
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Gil, María Alejandra
Esperanza 11 / María Alejandra Gil. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2022.
160 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-987-817-884-4
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas Históricas. I. Título.
CDD A863
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2022. Gil, María Alejandra
© 2022. Tinta Libre Ediciones
A la familia de mi marido, que me prestó los personajes que aparecen en esta historia. A partir de escribirla, aprendí a amarlos.
A todos aquellos que en cualquier época, se animan a hacer realidad sus sueños, sin importarles cuánto tiempo y cuánta distancia los separen de ellos.
Esperanza 11
Abdón y Martina
1911-1919
Cuando Abdón y Martina llegaron al sur de la provincia de Mendoza, a principios del siglo XX, a lo ancho de la Argentina se estaban formando numerosas colonias, que era como se llamaban los pequeños emplazamientos de pobladores, principalmente dedicados a actividades agrícolas. La mayoría de ellos eran inmigrantes que tomaban el tren en Buenos Aires y se iban bajando a lo largo de su recorrido en algún punto que les llamaba la atención, siguiendo sus instintos.
El lugar se veía un poco más grande que su Villanázar natal, allá en la provincia de Zamora, en el norte de España. Pero mientras que en su pueblo solo iban quedando los mayores, que apenas alcanzaban a mantenerse cuidando sus cultivos y algunos animales, a estas nuevas poblaciones los jóvenes como ellos llegaban en bandadas. El comentario de las posibilidades de progreso corría de boca en boca. Muchos viajaban en grupos, desde sus pueblos y se instalaban en alguna de esas colonias, a las cuales les daban su nombre, carácter y personalidad recordando sus países de origen.
Las viejas casas de Villanázar se agrupaban alrededor de la antigua iglesia donde se habían casado un año atrás, conectadas por callejas angostas e irregulares, siguiendo una geografía sinuosa. Aquí todo era llano, despejado y amplio. Las calles diseñadas en un tablero de dibujo, se veían anchísimas, y las construcciones, distanciadas. Todo lo que sus ojos veían tenía el aspecto de recién nacido. Aunque la cantidad de habitantes crecía sin descanso, el lugar no aparentaba estar densamente poblado. Desde la plaza y un pequeño edificio para la administración, la ocupación de los amplios terrenos que se dedicaban a los cultivos, se irradiaba en una extensión más allá del alcance de la vista.
El especial emplazamiento de la colonia, en el extremo oeste del Ferrocarril que llegaba desde Buenos Aires, casi de espaldas a la capital provincial, le daba una característica diferente a otros pueblos de Mendoza. Su conexión más fuerte era con la llanura pampeana y con la Capital Federal, con trenes que podían llevar la producción local directo a la zona más rica del país. Del mismo modo, recibía en forma directa toda clase de mercaderías y productos, muchos de ellos, provenientes del exterior.
Y por medio del Ferrocarril Oeste también, recibía su capital más importante: estos inmigrantes, principalmente europeos, que llegaban al puerto bonaerense, dispuestos a ofrecer su trabajo, conocimientos y oficios, a cambio de la posibilidad de adquirir tierras donde desarrollar sus cultivos, industrias y comercios.
Al lugar elegido por Abdón y Martina lo llamaban Colonia Alvear, porque los terrenos donde crecía habían pertenecido a don Diego de Alvear. Sus herederos compraron y vendieron sus partes entre algunos de ellos, intuyendo las posibilidades que tenía la región de convertirse en la continuación de la rica llanura pampeana. Más tarde ingresaron también capitales chilenos, apostando todo a la conexión de los océanos Atlántico y Pacífico por medio del ferrocarril. Al tiempo de dedicarse al loteo de las distintas partes de la colonia, los precursores iban realizando el trazado de las calles, abriendo canales de riego que acercaran el agua del río a los cultivos, y haciendo todas las mejoras que la creciente cantidad de pobladores necesitaba. Rápidamente se ponían sobre los hombros el progreso de la región, con escasa ayuda del gobierno provincial, que en 1914 proclamaría la creación del departamento de General Alvear, formalizando una independencia del de San Rafael que ya regía en los hechos. Sus pobladores se habían acostumbrado a gestionar todo por su cuenta, dándole al lugar su distintivo carácter independiente, proactivo, donde la iniciativa privada motorizaba toda la actividad. Nacida como sociedad anónima, la Colonia se manejó por mucho tiempo, más como una empresa que como una villa.
A Abdón no le faltaba ninguna de las características del inmigrante típico. Tenía ambición, capacidad de trabajo y espíritu de sacrificio. Pero también tenía algunas cualidades distintivas, algunas, ni siquiera él sabía todavía que las tenía. En su país, era bastante común que los jóvenes como él buscaran mejores oportunidades de vida en América. Los dos lugares más elegidos eran Estados Unidos y Argentina, uno tan prometedor como otro.
Cumpliendo el servicio militar, Abdón había tenido que luchar en la guerra Hispano-americana, cuando Cuba recibió la ayuda estadounidense para independizarse de España. Era natural entonces, que al intentar su sueño americano, hubiera elegido el país del sur. Mientras aún se encontraba en estado de reserva del ejército de su país, hizo su primera incursión en Argentina, consiguiendo empleo en tareas del campo. Más adelante, encontró trabajo en un importante taller de máquinas agrícolas, enclavado en un nudo ferroviario, en la provincia de Buenos Aires. Allí creció en el oficio de herrero y carpintero, y comenzó a tomar conocimiento de lo que estaba pasando al oeste del país, con las novedades que traía el Ferrocarril Pacífico, que llegaba cargado de los productos de las fincas, las viñas y las bodegas. Las personas comentaban la creciente actividad agrícola, ganadera y comercial que estaba en ebullición en aquella región.
Su contracción al trabajo durante más de dos años para el mismo taller y su austeridad en los gastos, le posibilitaron en poco tiempo reunir un pequeño capital como para ayudar a sus familiares e incentivar a algunos de ellos a dar el gran salto hacia América para forjarse una mejor situación.
En 1909 había viajado a Villanázar. Allí recibió la baja definitiva del ejército, por lo cual era libre de disponer sobre su futuro. A instancias de su hermano Daniel, contrajo matrimonio con Martina, originaria de su mismo pueblo.
Para la futura esposa, el noviazgo no pudo haber sido más corto, sin embargo, se había mostrado firmemente dispuesta a acompañarlo en esta aventura a tierras lejanas. Aunque sabía que iba a extrañar enormemente a los hijos de su único hermano, Nemesio; sus sobrinos Veremundo, Vicencio y Bertín, confiaba en que pronto tendría sus propios niños a los que dedicar sus cuidados. Una semana después de dar el sí en la iglesia local, partieron juntos hacia América y hacia el matrimonio. Abdón retomó de inmediato su trabajo en el taller, en la provincia de Buenos Aires, y permanecieron allí durante un año más, juntando cada peso ganado, hasta principios de 1911, cuando decidieron dirigirse a esa maravillosa tierra prometida, al sur de Mendoza.
Por su parte, los hermanos de Abdón, habían comenzado a dispersarse también del pueblo natal. Dos de ellos vivían en Madrid, donde comenzaban a formar sus propias familias. Otro, trabajaba en Benavente. El padre de todos ellos, Ramón, ya hacía años que se había vuelto a casar luego de enviudar de su primera esposa. Esta nueva mujer, de mejor posición social y económica, le había facilitado la posibilidad de ser nombrado Juez Municipal.
De modo que cuando llegó a la Colonia, no tenía compromisos ni obligaciones más que con su esposa. Todo con lo que contaba para labrar su futuro eran sus manos, su rectitud y su disposición al trabajo. Su formación escolar era básica, tanto como para no ser considerado analfabeto. La habilidad para los negocios y la capacidad proveedora con que ayudó a familiares durante años, se manifestarían más adelante, constituyéndose en el pilar en que todos se apoyaron. Sobre sus hombros se formó la rama americana del árbol genealógico, mas nunca olvidó la parte española, que sus hermanos se encargaron de seguir acrecentando, procreando numerosos hijos. Durante años envió remesas a sus hermanos, sobrinos y cuñadas, cuando estas enviudaron. Su solidez moral y cristiana fue además, el sostén emocional de cada uno de ellos cuando atravesaron momentos de angustia, guerras y tragedias personales.
Pero nada de esto estaba en sus planes cuando, apenas llegados con Martina, sus ilusiones se limitaban a formar su propia familia, y a mantenerla con el fruto de sus esfuerzos.
La mayoría de los recién llegados al pueblo se integraban a las actividades agrícolas. El cultivo más importante era la alfalfa, destinada a servir de alimento al ganado, que extendía su explotación desde la fértil llanura pampeana hasta estos parajes más áridos. Abdón, en cambio, apostó a proveer a toda esta floreciente industria y a otras que se irían dando más adelante, del oficio en el que se había formado en su etapa bonaerense.
Apenas llegado, invirtió sus ahorros en una parcela situada en el medio de una gran manzana, donde la ancha calle principal se extendía hacia la zona despoblada. A solo 500 metros de lo que sería más adelante pleno centro de la ciudad, desde su lote recién comprado tenía a la vista una pequeña lagunita bordeada de vegetación alta, donde años después los clientes de su negocio irían a probar las armas que él vendería.
Instaló un taller de herrería y carpintería para los primitivos medios de transporte de la época, que llevaban los productos de la tierra desde el campo hasta el ferrocarril o el pueblo, para su comercialización. Comenzó dedicándose a hacer y reparar las ruedas de sulkys y carretas, con una gran fragua, la iniciadora de toda su actividad empresarial. De arreglar estos vehículos, que eran numerosísimos en el pueblo, pasaría a construirlos en el taller. Los entregaría patentados, como exigía la ley de la época, constituyendo su venta un ingreso importante. Comercializaba también cadenas, pinturas, clavos, maderas, toda clase de materiales y herramientas que la industria y la vida doméstica de un pueblo naciendo necesitaban. Por extensión, se le encargaban todo tipo de trabajos relacionados con hierro y madera: afilar y reparar herramientas del campo, hacer mesas, ventanas, cajones, carros, rejas. Realizaría cruces, ornamentos y cajones mortuorios para el cementerio, que naturalmente también, a la par del pueblo, iría recibiendo sus primeros ocupantes.
Tuvo que tomar personal a su cargo apenas se instaló, ya que había tanta actividad que no podía atender todo solo. Sus empleados lo recordarían siempre como un jefe recto y exigente, pero que cumplía al pie de la letra con sus obligaciones patronales y les pagaba puntualmente. Y para todos ellos, la mayoría muy jóvenes y también inmigrantes, tenía un trato paternal.
Con los años, iría adquiriendo los lotes vecinos, ampliando paulatinamente el negocio, agregando rubros y servicios. Además, construiría las casas que fue utilizando, primero él y Martina, y luego sus sobrinos con sus respectivas familias, cuando fueron creciendo.
Diez años más adelante, acompañando los progresos de la zona, en el taller ya se hacían soldaduras y se vendían repuestos para calderas. Más adelante llegarían máquinas agrícolas, que todavía eran traccionadas a sangre. Y pronto, los primeros tractores del pueblo, junto con automóviles, neumáticos y combustible. La empresa se especializó en la reparación de todos estos vehículos. Tan significativa era la presencia del negocio en esos años, que bastaba dirigir una carta a “Colonia Alvear, taller mecánico” para que fuera entregada sin equivocaciones.
Además de la actividad laboral, Abdón y Martina desarrollarían una intensa vida social, formando parte, como la mayoría de los llegados del extranjero, de las sociedades que los agrupaban por sus países de origen, con el ánimo de ayudarse mutuamente en las necesidades que fueran surgiendo en su nueva tierra. La realidad es que estas asociaciones no solo se dedicaban a orientar a los recién llegados y recrear tradiciones, sino que además impulsarían juntos el progreso de la nación que habían elegido para instalarse.
Así, mientras Abdón se convertía en uno de los fundadores de la Sociedad Española de la Colonia Alvear; Martina, fervorosa católica, contribuyó a la iglesia local con sus frecuentes donaciones para equipamiento del templo, puertas, bancos, reclinatorios y dinero para gastos. La presencia del sacerdote parroquial en la mesa familiar, era obligada al menos una vez por semana, y muchas veces brindó también alojamiento en su casa a los religiosos de paso. Colaboraba con los necesitados, arreglando o tejiendo con sus propias manos ropa para ellos. Años más tarde contribuiría a fundar el primer colegio religioso del lugar.
Hacia 1919, cumpliendo también diez años de matrimonio, y de llegados al pueblo, era evidente que Abdón y Martina no podían procrear. Mientras el negocio seguía en fuerte expansión, agregando servicios y productos, la falta de hijos de su sangre dificultaba la proyección a futuro, sin herederos naturales. Mientras tanto, en España, los sobrinos de Martina estaban llegando a la adolescencia. La desolación que ensombrecía a toda Europa luego de la Gran Guerra, hacía que los jóvenes se siguieran sintiendo ilusionados de emigrar a lugares que les ofrecieran mejores oportunidades de trabajo y progreso. Entre esos lugares estaba la Argentina, que comenzaba en esa época una etapa de prosperidad y reactivación luego de las dificultades que habían atravesado las exportaciones durante el conflicto bélico.
Víctor, otro emigrante de origen español, forma parte del círculo de amistades más íntimas de Abdón y Martina. Su enorme negocio de ramos generales, compite en algunos rubros con el taller, situación que solo genera bromas entre los amigos, tan próspera es la actividad comercial del pueblo que hay oportunidades para todos.
Esta mañana Víctor se presenta buscando a Abdón, quien está hablando con Don Ángel, un cliente, junto a la fragua. El diálogo que Víctor escucha, pinta a su amigo de cuerpo entero.
—La cosecha no viene tan bien como esperábamos, tendremos que ver si los precios mejoran más adelante —expresa don Ángel—, por eso le pido que el sulky sea lo más económico posible, nada de lujos —dice, con la vista clavada en la tierra.
Abdón limpia con un paño sus manos engrasadas, nunca deja de ensuciarse para indicarle a los empleados cómo deben hacer el trabajo.
—Amigo, las cosas se hacen bien, o no se hacen —Con sencillez ofrece su mano a don Ángel, cerrando el trato sin más necesidad que este apretón—, ya veremos más adelante cómo ha de pagarse. Usted quédese tranquilo.
Junto a don Ángel se encuentra su nieto, un chiquito de unos 6 años, que mira interesado todas las actividades que despliegan los empleados, entre el ruido de martillazos. Cuando suelta la mano de Abdón, don Ángel le dice a su nieto:
—Adolfo, dele la mano al señor. Fuerte, porque es un buen hombre. Acuérdese siempre de que es alguien con quien se puede contar.
Abdón le da un gran apretón a la mano del niño, junto con una gran sonrisa. El pequeño no deja de mirarlo con admiración y respeto. No olvidaría nunca las palabras de su abuelo. Don Abdón siempre fue alguien con quien contar para toda la gente del pueblo. Muchos de los agricultores solían dejar sus ahorros en la caja fuerte de Abdón, sin más trámite que una anotación en sus libros. En aquellos tiempos en que los bancos aún no habían llegado al pueblo, el dinero estaba más seguro allí que en las casitas de las fincas, alejadas del centro, donde podía ser botín de algún bandido rural. Cuando lo necesitaban, simplemente se acercaban al taller y Abdón abría la caja fuerte para devolverle sus pertenencias.
Cuando despide a don Ángel y su nieto, saluda con una palmada a Víctor y se encaminan juntos hasta el rincón donde tiene su mesa y sus libros, en uno de los cuales anota el trabajo encomendado por el cliente, con su caligrafía algo rústica, que podía contener numerosos errores ortográficos, pero nunca uno matemático.
—La gente aquí anda preocupada, Víctor, que si la cosecha no tendrá buenos precios, que esto y que lo otro… pero allá, en nuestra patria, allá sí que las cosas están negras. Hambre, enfermedades, falta de trabajo. Fíjate —le dice a su amigo, extendiéndole una carta para que trate de descifrar los garabateos de Benjamín, uno de sus hermanos.
Mientras Víctor frunce las cejas intentando entender, Abdón le resume lo que ha leído ya hace unos días, y no deja de dar vueltas en su cabeza. La esposa y el primogénito de Benjamín han contraído tuberculosis, como tantos otros españoles en ese año. El único tratamiento que se les sugiere a los desafortunados es reposo, vida al aire libre y baños de sol. Mientras tanto, el salario del padre de familia apenas cubre los gastos mínimos de alimentación.
—Dime tú, ¿cómo pueden dedicarse a recibir el sol y el aire puro, viviendo en pleno Madrid, encerrados en una pequeña habitación, con tres niños más y siendo Benjamín el único que puede trabajar? —Abdón se pasa la mano por el rostro—. Me preocupa tanto, quisiera ayudarlos, pero no veo la forma. Fíjate que hemos mandado llamar al sobrino de Martina, Veremundo, que ya tiene 16 años, para que venga a trabajar al negocio y a vivir con nosotros. Podríamos hacer lo mismo con mi sobrino, pero ya ves, él también se ha enfermado. Es una pena, es muy inteligente, estudioso y dedicado, vieras tú las hermosas cartas que nos manda…
—Qué tristeza, amigo mío. Ya sabes que luego de la boda iremos con Pilar a visitar a la familia, si crees que podemos colaborar de alguna forma, solo tienes que decírmelo, estaríamos encantados. Podríamos llevarles algo, lo que tú dispongas.
Abdón duda unos segundos, y luego dice:
—Mira, ayer se me ocurrió algo, que yo no sé… ni siquiera se lo conté a Martina, quería pensarlo bien —reflexiona un momento más y se decide a hablar—: A ver qué te parece esto. Tú sabes que la mayor ilusión de Martina, bueno, de los dos a decir verdad, hubiera sido tener nuestros hijos, y ella especialmente sueña con una niña, tanto que ha cuidado a sus sobrinos varoncitos... —Abdón empieza a acelerar el discurso, apurando este tema tan incómodo para él—. Mira, nunca hablamos de esto, pero ya te darás cuenta de que no hemos recibido ese milagro, no cuestionamos la voluntad de Dios —Hace una pequeña pausa, pasándose furtivamente la mano por sus ojos—, pero realmente yo creo que podríamos hacerle un bien a María, la segunda hija de mi hermano, si la traemos a vivir aquí. Tiene seis años, los otros dos niños son muy pequeñitos. ¡Martina estaría tan feliz de poder cuidarla, enseñarle cosas, vestirla como una muñeca, ya sabes! Y yo también sería feliz, no te lo podría negar. Para la niña sería una vida más cómoda, y para mi hermano una preocupación menos. —Cierra con un suspiro profundo, mirando intensamente a su amigo, esperando una opinión.
Víctor se ha quedado en silencio unos segundos, estos asuntos de los sentimientos son manejados mucho mejor por Pilar, su futura esposa. Le gustaría comentarlo con ella, seguramente tendría las palabras más adecuadas para aconsejar al amigo. Sin embargo y siguiendo un impulso, sorprende a Abdón con una idea que casi ni alcanzó a tomar forma en su cabeza:
—Escríbele a tu hermano, pregúntale si consiente en mandar a la niña. Pilar y yo estaríamos felices de poder acompañar a tu sobrina hasta aquí —dice sonriendo ampliamente.
A Abdón le cuesta terminar de cerrar la idea en su interior, ¡sería la solución perfecta!
—¿Estás seguro, Víctor? ¿No quieres consultar antes con Pilar? No estoy seguro de que quiera completar su viaje de bodas acompañando a una niña en un viaje en barco, ¿no te parece demasiado? —No quiere arriesgar que el plan que acaban de formular entre los dos se vaya a echar a perder.
—Pero no, hombre, ¿qué objeción podría poner Pilar? Si ya la conoces, ya sabes cuánto le gustan los niños. Siempre está cuidando a los hijos de sus primos, es muy maternal. Estará feliz. Vamos, vamos, no te demores, vamos a contarle todo a las mujeres, dale esa alegría a la tuya, y pronto le escribes a tu hermano, seguramente deba hacer arreglos, preparar documentación, papeles de la niña, ya sabes. Y casi me olvido —dice con un golpecito en su cabeza— que te venía a decir que me ha avisado Alfonso que mañana estará aquí para que vayamos al notario a firmar el contrato para la farmacia. Está en todo de acuerdo con lo que hemos estado hablando entre nosotros. Alfonso estará a cargo de la primera farmacia de la colonia, ¡la nuestra! —Se refiere al auxiliar de farmacia que han ubicado en la vecina ciudad de San Rafael, a quien le han ofrecido que se haga cargo de atender el despacho de especialidades medicinales que el gobierno de su país de origen le ha hecho llegar a la Sociedad Española para la atención de sus compatriotas. Víctor preside esa sociedad, y una vez atendidas las necesidades generadas por una epidemia de fiebre tifoidea, han decidido junto con Abdón seguir en el rubro, como actividad alternativa a sus respectivas empresas.
Ninguno de ellos tenía necesidad de tener otro comercio, ni anticipaban enriquecerse con él. Lo que les interesaba era que a la gente del pueblo se le facilitara el acceso a las medicinas. Dejaron sentado en el contrato que Alfonso tuviera condiciones preferenciales para adquirir la farmacia al cabo de dos años, cuando calculaban que ya estuviera trabajando ágilmente y se hubiera recuperado la inversión inicial. Ese era el espíritu que animaba a los pioneros.
Los amigos se abrazan brevemente, algo incómodos con la franqueza con que han desnudado sus sentimientos, y Víctor sale apurado con su sombrero en la mano y una gran sonrisa en el rostro. Quiere pasar por la casa de su novia, que está ocupadísima con los preparativos de la boda, y los arreglos que están haciendo a la casa que ocuparán; antes de volver a su propio negocio, que también se encuentra en plena remodelación y ampliación del local que ocupa toda una esquina de la mejor zona de la colonia, con el fin de poder ubicar mejor los automóviles de General Motors, empresa de la cual ha conseguido recientemente la concesión exclusiva para la zona.
María
1919
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