Esperanza - Martí Colom Martí - E-Book

Esperanza E-Book

Martí Colom Martí

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Beschreibung

Martí Colom defiende en este ensayo la importancia de optar a diario por la esperanza, de vivir con los ojos abiertos hacia lo que todavía no podemos ver. Y, en la tesitura única que nos toca vivir en la actualidad, ofrece respuestas a algunas preguntas de fondo que hoy se hacen realmente ineludibles: ¿En qué consiste realmente la esperanza? ¿Dónde hunde sus raíces? ¿Tiene algún sentido? ¿Es sensato vivir en la esperanza? ¿Cómo seguir siendo personas esperanzadas? ¿Cómo puede la esperanza ser el mejor combustible para la solidaridad, hoy más necesaria que nunca? La esperanza –afirma el autor– tiene un papel fundamental en la vida de toda sociedad. Frente a las voces que intentan convencernos de que no podemos hacer nada para vivir mejor, de que ya está todo hecho o dicho, de que el futuro está decidido de antemano, está la actitud de mantener nuestros ojos bien abiertos hacia un mundo sospechado que hoy todavía nos elude: ojos abiertos en clave de esperanza.

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Seitenzahl: 227

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Índice

Portada

Portadilla

Créditos

Nota Previa

Preámbulo

1. El animal esperanzado

2. El evangelio de la esperanza

3. La esperanza, fermento de solidaridad

4. Guiados por la esperanza

5. Dos ex cursus, desde la fe

Conclusión

Notas

Colección dirigida por Luis López González

Martí Colom Martí (Barcelona, 1971) estudió Antropología en Barcelona y Teología en Milwaukee (EE.UU.). Es sacerdote y ha ejercido su ministerio pastoral entre comunidades de inmigrantes en los Estados Unidos, y también, durante diez años, en el suroeste rural de la República Dominicana. Desde 2015 vive y trabaja en Bogotá, donde actualmente está al cargo de una parroquia situada en un barrio popular del sur de la capital colombiana. En 2017 publicó La renuncia, su primera novela. Con Esperanza se adentra en el terreno del ensayo.

© SAN PABLO 2020 (Protasio Gómez, 11-15. 28027 Madrid)

Tel. 917 425 113 - Fax 917 425 723

E-mail: [email protected] - www.sanpablo.es

© Martí Colom Martí, 2020

Distribución: SAN PABLO. División Comercial

Resina, 1. 28021 Madrid

Tel. 917 987 375 - Fax 915 052 050

E-mail: [email protected]

ISBN: 9788428561143

Depósito legal: M. 13.357-2020

Impreso en Artes Gráficas Gar.Vi. 28970 Humanes (Madrid)

Printed in Spain. Impreso en España

Todos los derechos reservados. Ninguna parte de esta obra puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio sin permiso previo y por escrito del editor, salvo excepción prevista por la ley. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la Ley de propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código Penal). Si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos – www. conlicencia.com).

Vivir sin esperanza es dejar de vivir.

F. DOSTOYEVSKI

Para mis padres, Lluís y Fina,

y para mi hermano Francesc,

quienes desde muy pequeño me enseñaron

a vivir con esperanza.

Nota Previa

El texto de este libro estaba escrito, y listo para su publicación, antes de que la pandemia del Covid 19 nos golpeara a todos con su embate inesperado. De hecho, lo había ido trabajando y modificando, en distintas lecturas y relecturas, desde hace algunos años. La versión final, que ahora se publica, llevaba varios meses terminada cuando estalló la pandemia. Y, sin embargo, la situación creada por el virus y sus efectos a largo plazo (sociales, económicos, culturales, políticos, psicológicos) hacen que el mensaje de este libro cobre, de repente, una renovada vigencia. En un mundo donde muchos han perdido o visto amenazada su esperanza, en un mundo que deberá plantearse el rol de la solidaridad incluso con más urgencia que antes, los planteamientos que ofrecemos a lo largo de estas páginas se hacen, de repente, más actuales y relevantes. Tal vez fue oportuno que no se publicara antes. Tal vez es ahora, en la tesitura única que nos toca enfrentar, cuando las preguntas de fondo que aquí nos planteamos se hacen realmente ineludibles: ¿Cómo seguir siendo personas esperanzadas? ¿Tiene algún sentido la esperanza? ¿Dónde podemos encontrar fundamentos para vivir sin renunciar a ella? ¿Cómo puede la esperanza ser el mejor combustible para la solidaridad, hoy más necesaria que nunca?

MARTÍ COLOM

15 de abril de 2020

Preámbulo

«Por un mundo sospechado / concreto y virgen detrás / por lo que no puedo ver / llevo los ojos abiertos»1. Estos hermosos versos de Pedro Salinas describen una actitud fundamental del ser humano, tal vez nuestra actitud más propia, tal vez la más fecunda, la que puede hacernos mayor bien y cuya pérdida sería más trágica: la actitud de quien espera y sueña con una realidad que todavía no posee ni puede percibir. Es la actitud de quien, a pesar de no vislumbrar lo que anhela, se mantiene expectante, porque de algún modo sabe, o por lo menos sospecha, que su anhelo no es una quimera y que tarde o temprano se concretará y hará visible. El poeta no lleva los ojos abiertos para observar lo que tiene a su alcance y ha visto ya mil veces, y que es, además, todo lo que lo mantendría cómodamente instalado en su presente, o acaso prisionero en él. Abre los ojos precisamente para captar lo que todavía se le escapa, pero que intuye cierto, y que puede abrirle horizontes novedosos de libertad, de crecimiento y de alegría. Cerrar los ojos sería renunciar a la esperanza.

¿Y en qué consiste exactamente la esperanza? ¿Qué se le opone? ¿Dónde hunde sus raíces? ¿Qué clase de personas somos si nos guía la esperanza? ¿Qué ocurre si la perdemos, o si nunca la hemos tenido? ¿Es en verdad deseable llegar a ser personas esperanzadas? ¿Es sensato vivir en la esperanza? ¿Hay razones para renunciar a su atractivo? ¿Qué función puede llegar a desempeñar en nuestras vidas individuales y en nuestro caminar colectivo?

Las siguientes páginas son una modesta tentativa de internarnos en el amplio campo que plantean estos interrogantes.

Empezaremos examinando la esperanza desde una perspectiva antropológica e histórica, argumentando que ella –y solo ella– nos hace plenamente humanos y que, por lo tanto, es un ingrediente imprescindible para el crecimiento de personas y sociedades. En el segundo capítulo propondremos una visión específicamente cristiana del tema, fundamentada en lo que llamaremos el evangelio de la esperanza. En el tercer capítulo nos preguntaremos por los desafíos concretos que nuestra época plantea a la esperanza, y en el cuarto intentaremos ver cómo los hilos presentados en los anteriores tres confluyen en el reto (individual y colectivo) de dejarnos guiar por la esperanza, de optar por ella y de asumir los riesgos que esta opción implica. Acabaremos, en el quinto capítulo, con dos ex cursus desde la fe que terminarán de subrayar –o por menos esa es la intención– la centralidad que la esperanza tiene, o debería tener, para quienes quieren vivir el evangelio de Jesús.

Avancemos algunas de las certezas de las que partimos, para mostrar desde un buen comienzo nuestras cartas y definir las coordenadas desde las que enfocaremos nuestra reflexión: creemos que la esperanza ha jugado, juega y puede seguir jugando un papel fundamental en la vida de toda sociedad; creemos que no es una ingenuidad (y explicaremos por qué) comprender la historia como un proceso en el que, poco a poco, la esperanza ha ido ganando terreno al miedo, su perpetuo contrincante; y eso sin caer en concepciones trasnochadas según las que, a lo largo de los siglos, el progreso humano habría sido lineal, constante, exento de dolor, de desvíos funestos o de pasos en falso.

Entendemos también, desde una postura creyente, que el cristianismo no se puede comprender sin referencia a la esperanza de Jesús que revelan los evangelios, y creemos, en concreto, que esta implica una esperanza antropológica: esperanza en el ser humano y en su capacidad para el bien. Hablaremos de una fe cristiana que busca a Dios pero que no concibe atajos religiosos hacia la trascendencia: se decanta, por el contrario, por el camino (esperanzado) de la fraternidad humana.

En definitiva, queremos plantear la importancia que tiene vivir con los ojos abiertos hacia lo que todavía no podemos ver, optando a diario por la esperanza. No vaya a ser que alguien o algo (ya sea una voz muy honda procedente de nuestro interior o potentes discursos ajenos) un mal día nos convenza de que no podemos hacer nada para vivir mejor, de que ya está todo hecho o dicho, de que el futuro está decidido de antemano, sin que nosotros podamos influir en él, ni trabajarlo, construirlo o madurarlo: de que nuestro único papel consiste en proteger, miedosos, lo que ya tenemos, o creemos tener.

Tal vez no habría peor tragedia que prestar oídos a estas voces y olvidar el potencial y la vigencia de la esperanza. Estamos convencidos de la importancia que hoy tiene, igual que la tuvo ayer y siempre, la actitud de mantener nuestros ojos bien abiertos hacia un mundo sospechado que hoy todavía nos elude: ojos abiertos en clave de esperanza.

1. El animal esperanzado

1. Entre la búsqueda de seguridades y el anhelo de progresar

En los seres humanos conviven en tensión dos impulsos de capital importancia: por un lado, el deseo de obtener seguridades, de conservar lo que poseemos y de estar (y sobre todo de sentirnos) protegidos. Por otro lado, el anhelo de superar nuestros propios límites, de mejorar la situación presente y de progresar. En cierto modo, todos vivimos marcados por estos dos impulsos y por nuestra decisión de obedecer a uno o al otro.

La búsqueda de seguridades y de protección nos acompaña desde que nacemos. Se expresa, en primer lugar, en nuestro instinto innato de autopreservación, que compartimos con el mundo animal. Detrás de este instinto básico palpitan milenios de evolución durísima, a lo largo de la cual nuestra especie aprendió a defenderse con ingenio y creatividad de toda suerte de amenazas. El ser humano no podría existir sin un saludable instinto de autopreservación que le aconseja ser prudente, buscar refugio ante el peligro y evitar todo lo que le pueda hacer daño. Sin embargo, el deseo de obtener seguridad y protección va más allá del simple instinto de autopreservación. Es la tendencia a desconfiar de lo desconocido, que nos empuja hacia lo firme y estable, que nos lleva a buscar el orden y la permanencia, a repetir las prácticas que nos han dado buen resultado (en todos los ámbitos de la vida) y a mirar con recelo lo novedoso y lo que nunca se ha hecho. En el fondo, en la raíz de nuestro comprensible deseo de seguridad y de protección está siempre el miedo a perder lo que poseemos: la vida, la salud, el amor, la mucha o poca paz de que gocemos y el dominio más o menos logrado de nuestro entorno inmediato. Dado que este entorno está en perenne transformación, la amenaza a nuestra estabilidad es también constante, de modo que el deseo de seguridad está siempre justificado. No habría que minusvalorar la importancia formidable de este impulso, que late (aunque no siempre nos demos cuenta) en la raíz de muchas de nuestras decisiones diarias, planteamientos, dudas e iniciativas.

En tensión con esta búsqueda de seguridades está nuestro anhelo de superar los propios límites y de progresar. Existe en la persona, en efecto, al lado del instinto de autopreservación, el instinto de autosuperación: el ser humano sueña. Sueña con mejorar sus condiciones de vida, sueña con conocer mejor su entorno y a sí mismo, sueña con la dicha, con desentrañar los secretos de su origen, de su presente y de su futuro (somos «el hombre en busca de sentido», según la clásica expresión de Viktor Frankl1), y así, a la vez que buscamos protección y seguridades, somos también personas inquietas, tentadas por la audacia, exploradores de lo desconocido.

Esta búsqueda de sentido y de progreso vive en tensión con el deseo de seguridad y de protección precisamente porque nos empuja hacia lo ignorado y lo que nunca se ha probado: nos invita a arriesgarnos y a ser intrépidos. Si el miedo era la fuerza principal detrás del deseo de seguridad y protección, la esperanza enciende el anhelo de superación de los propios límites. Son como dos voces que nos hablan sin descanso desde lo más hondo de nosotros mismos: el miedo para advertirnos que las cosas podrían ser peores, y la esperanza para sugerir que podrían ser mejores. El miedo nos recuerda todo lo que podemos perder, fijándose en lo que ya tenemos, mientras que la esperanza nos invita a imaginar lo que nos falta, lo que todavía nos queda por lograr, el potencial que no hemos usado, las capacidades que estamos desaprovechando.

Ambas voces tienen razón. El miedo no miente en su advertencia de que nuestra existencia podría empeorar, y la esperanza suele decir la verdad cuando sugiere que podría mejorar. Y en esta encrucijada vivimos: entre la búsqueda de seguridades y el anhelo de superación, entre el miedo y la esperanza.

No sugerimos, por supuesto, que esta tensión sea la única clave interpretativa para comprender a la persona, ni siquiera la más importante, pero sí nos parece que la oposición entre el deseo de seguridad y el anhelo de progreso puede ayudar a analizar y a explicar satisfactoriamente procesos y situaciones muy diversas.

2. Realistas y soñadores

Cada cual vive la tensión entre el miedo y la esperanza de una manera distinta. En algunas personas predomina la búsqueda de seguridades como principal fuerza motriz de sus vidas, y en otras prevalece el deseo de progresar. Uno mismo puede alternar etapas de su vida en que una u otra de estas fuerzas sea la dominante. Lo que es indudable es que en cualquier grupo humano encontraremos dos actitudes, que responderán a uno y otro impulso: la actitud de los que podríamos llamar «realistas» y la de los «soñadores». Los realistas enfatizarán siempre las circunstancias reales, concretas y sobre todo limitantes en que el grupo existe y se mueve, y, por lo tanto, la necesidad de no arriesgar lo ya logrado, para no perderlo. Son los que prestan sus oídos a la voz del miedo. Los soñadores subrayarán las oportunidades de crecimiento que se presentan al colectivo, y la posibilidad (para ellos atractiva, incluso imperiosa) de correr el riesgo de romper con las prácticas habituales para mejorar lo que ya se tiene y alcanzar nuevas metas y cotas superiores de desarrollo. Han escuchado la voz de la esperanza.

Sería un error presentar uno de estos dos impulsos como indefectiblemente negativo y el otro como positivo. Sobre todo, porque no se trata tanto de juzgar su valía como de reconocer su existencia en toda colectividad: están presentes en todo grupo y ninguno de los dos es prescindible. Sin unas seguridades mínimas, la vida en la intemperie, en el caos, en la provisionalidad permanente, sería inhumana: provocaría una angustia insoportable y nos haría vulnerables frente a un entorno (físico, social, emocional) que en verdad es, muchas veces, amenazante, e imposibilitaría nuestra existencia. También es impensable una vida sin un mínimo anhelo de superación de los límites. No se puede vivir en la parálisis absoluta, ya que el crecimiento es constitutivo de quien somos: el cambio forma parte de nuestras coordenadas espacio-temporales.

Por lo tanto, más que sugerir que uno de los dos impulsos debería desaparecer para dar vía libre al otro, vemos que en principio lo deseable sería lograr un cierto equilibrio entre ellos, pues cuando una sociedad se decanta en exceso hacia uno de los dos polos, sin contemplar los beneficios del otro, el resultado suele ser desastroso. Hay, por ejemplo, contextos socioculturales en los que el miedo prevalece de forma abrumadora: podemos pensar en situaciones donde la vida humana está tan amenazada por circunstancias hostiles (climáticas, medioambientales, sociales, políticas...) que en ellas lo más sensato es el deseo de seguridad. En estos contextos la dificultad estriba en que las personas vivirán obligadas a ceñirse a dinámicas pensadas para asegurar su conservación, y estas, inevitablemente, limitarán su libertad, fijando en gran medida el curso de sus vidas. El predominio del miedo lleva al ser humano a actuar sin creatividad, repitiendo de modo obsesivo las prácticas, ya conocidas, que le aseguran la supervivencia. Lo vemos en sociedades preindustriales muy rudimentarias, donde las amenazas del entorno físico a la misma vida del grupo son tan obvias y constantes que en ellas el polo del miedo prácticamente anula el polo de la esperanza: el resultado es que se reducen a un mínimo las opciones para el desarrollo, y las alternativas a vivir «de otra manera» casi desaparecen. Ahí donde las circunstancias hacen que prevalezca por encima de todo la búsqueda de seguridad y de protección, el destino de las personas queda atado a unos cauces muy marcados, de los que es dificilísimo salir. Dificilísimo, no imposible: porque el deseo de seguridad, por potente que llegue a ser, nunca borra por completo el anhelo de superación (y por eso sigue siendo verdad que nadie está condenado de forma definitiva a ningún determinismo).

La alternativa contraria es más difícil de imaginar, pues en realidad no existen colectivos donde ya se viva con tanta seguridad que solo quede el anhelo de desarrollo. Si esto fuera posible, si un grupo se guiara solo por sus ansias de crecer e ir «más allá», sin asegurar (aunque fuera mínimamente) la conservación de lo que tiene, empezando por la vida de sus miembros, se estaría suicidando. Podemos pensar, a modo de ejemplo, en comunidades religiosas que en un momento determinado de su historia han profesado la fe en la llegada inminente del fin del mundo: convencidas de la inmediatez del juicio final, se han despreocupado por su misma supervivencia y entonces han desaparecido, porque no se puede vivir en la intemperie, en la despreocupación total por las dimensiones prácticas de la vida. O bien, en otros casos, han tenido que redefinir, matizándola y suavizándola, su creencia en el fin del mundo, que han dejado de suponer tan inmediata. Otro ejemplo podría ser el de muchas comunas hippies de los años sesenta y setenta del siglo XX: en ellas primaba de tal manera la esperanza de que se podría cambiar el mundo y superar todos los límites impuestos hasta entonces por el sistema antiguo contra el que se levantaron, que la búsqueda prudente de organización y (a través de ella) de seguridades pareció una preocupación burguesa, para la que no había tiempo. A resultas de ello, muchas de estas experiencias fueron efímeras, porque sus protagonistas no supieron mantener en tensión saludable el anhelo de progreso con el deseo de seguridad.

Resumiendo: el peligro de las actitudes «realistas» es que pueden provocar la muerte por parálisis o por asfixia, mostrando que la obsesión por la seguridad puede ser fatal. Su discurso se fundamentará en dos pilares: primero, en la necesidad de repetir prácticas y fórmulas que hasta el momento presente han funcionado, sin salirse del guion marcado por ellas. En segundo lugar, en el aislamiento respecto a toda realidad exterior, diferente y que, por serlo, se percibe como peligrosa. Creen los «realistas» que así burlarán las condiciones amenazantes del entorno, este entorno que según su parecer, ya lo dijimos, es sobre todo limitante y amenazante. Aquí el problema es que ambos pilares son falsos: porque la repetición de prácticas ya probadas será, tarde o temprano, insuficiente e inadecuada para enfrentar los retos nuevos, y llegará el día en que las viejas soluciones no resolverán los problemas inéditos que sin duda surgirán. Además, el aislamiento respecto a «lo distinto» (que en términos absolutos es utópico, pues ningún grupo puede realmente aislarse por completo de su entorno y del contacto con otras realidades humanas, y mucho menos hoy), en la medida en que se pueda lograr, siempre será perjudicial: todo colectivo humano necesita el estímulo de lo distinto y la riqueza que los otros le aportan para sobrevivir. La parálisis no es viable como forma de vida. A la larga, el estancamiento erosiona la seguridad del colectivo, en vez de garantizarla, como pretendían los abogados del miedo.

El peligro que tiene la actitud de los «soñadores» es que pueden provocar la muerte por desintegración. Deseosos de mejorar sus condiciones de vida y apasionados por lo que perciben como oportunidades que el entorno les ofrece (para ellos, claro está, el entorno es sobre todo prometedor), estos abogados de la esperanza pueden contribuir a lanzar de modo letal al colectivo entero por una pendiente irreflexiva de transformación acelerada y asimilación acrítica de todo tipo de propuestas, en el transcurso de la cual pierdan el rumbo, la cohesión y su misma identidad. El olvido de prácticas que todavía funcionaban y la creencia de que prácticas nuevas ya podrán funcionar (quizá de forma prematura) pueden aniquilar el grupo. Soluciones que a pesar de ser imperfectas tenían su validez solo deberán sustituirse por soluciones nuevas cuando estas hayan demostrado su eficacia, no antes. La excitación permanente (como opuesta a la parálisis) tampoco es viable como forma de vida, y así la persecución constante y febril de nuevos retos, en vez de promover el desarrollo del conjunto, como ellos pretendían, lo imposibilita.

Los realistas estancan al grupo en la dictadura del presente (dirían algo así como: «Solo existe el hoy, y es un hoy que nos ofrece muy pocas opciones») mientras que los soñadores lo desintegran porque han creído en la dictadura del futuro («solo interesa el mañana, y lo importante es que es prometedor»).

La constatación realista de que el mundo es peligroso no debería provocar en el grupo el rechazo a correr por lo menos algún riesgo, pues en correrlos está su posibilidad de seguir existiendo; a su vez, la percepción (también realista) de las oportunidades y promesas que ofrece el mundo no debería llevar al colectivo a rechazar todas sus estrategias de autoprotección, pues también en mantenerlas está su posibilidad de seguir existiendo. Realismo y sueño, deseo de seguridad y deseo de progreso, miedo y esperanza, son, por lo tanto, necesarios.

Sentado lo anterior, creemos que sí es fundamental esclarecer, pensando en colectivos humanos que se debaten entre estos dos impulsos, la cuestión de su equilibrio óptimo, al que antes ya nos hemos referido. ¿En qué proporción deberían darse y sobre todo qué protagonismo (esta es la clave) debería tener cada uno para garantizar la buena salud de un grupo? Los dos impulsos existen y existirán, pero el papel que cada uno desempeñe en el seno de una sociedad concreta determinará el carácter, la vitalidad y, en definitiva, el futuro de esa sociedad. ¿Existe una jerarquía entre ellos? ¿A quién, en último término, debemos entregar las riendas y el timón? O, dicho con otras palabras: ¿en función de qué deberíamos adoptar nuestras decisiones más fundamentales? ¿Del miedo o de la esperanza? Esta pregunta nos parece primordial, y a ella dedicaremos las páginas siguientes.

Para contestarla, nada mejor que intentar recurrir a las lecciones de la historia.

3. La esperanza en la historia: las opciones improbables

Las bestias desconocen la esperanza: en el mundo animal, del que procedemos, solo hay instinto de autopreservación; podríamos decir que en él solo hay miedo. Allí no existe deseo de superar los límites y progresar, que es algo exclusivamente humano. Es decir, que con los animales compartimos el miedo, pero la esperanza es solo nuestra. Por eso podríamos hablar del ser humano como del animal esperanzado, y podríamos decir que el hombre y la mujer son los seres que todavía tienen miedo pero que ya tienen esperanza; o que, a pesar de que todavía temen, ya esperan. Y es que, si el miedo ayuda a preservarnos, quien nos hace crecer es la esperanza. Con lo cual ya hemos empezado a responder la pregunta que nos hacíamos más arriba: porque si bien es cierto que el miedo nos ayuda a sobrevivir, no lo es menos que con él solo podríamos aspirar a sobrevivir. Si lo que buscamos es vivir con mayor plenitud, la esperanza (que es singularmente humana) debe tomar la iniciativa. Ser humanos es vivir en la senda de la esperanza: una senda a bien seguro sinuosa y compleja, incluso laberíntica, que a menudo desemboca en vías muertas, plagada de rodeos, de idas y venidas. Pero solo ella nos conducirá hacia horizontes nuevos de desarrollo.

Bajo este prisma es posible entender la historia como un lentísimo y tortuoso proceso mediante el cual el ser humano se ha ido alejando del predominio absoluto de la búsqueda de protección para ir dando más protagonismo a su anhelo de superación de los límites. No pretendemos construir una nueva, y a bien seguro cuestionable y hasta risible, teoría de la historia, ni nada que remotamente se le parezca, sino algo mucho más sencillo: tratamos de mirar el itinerario del desarrollo humano con los lentes de la tensión miedo/esperanza. La historia es el resultado de infinidad de factores; nuestra modesta observación solo consiste en subrayar que cualquier perspectiva que ignore el papel de la esperanza en el estudio de los procesos históricos será incompleta.

¿Por qué? Porque la esperanza ha estado presente en la vida del ser humano desde el principio: ella alentó el deseo original de nuestros primeros antepasados de ir dominando su entorno, y en la medida en que lo lograron y obtuvieron unas seguridades básicas, pudieron permitirse el lujo de albergar nuevas esperanzas, de soñar, de ser audaces persiguiendo su afán de progreso. Cuando a su vez este afán dio nuevos frutos, el avance logrado incrementó su seguridad, lo cual permitió más audacia y así, sucesivamente, hasta nuestros días. Uno de los momentos cruciales de nuestra historia, entonces, habría sido aquel instante remoto en que por primera vez un homínido anónimo soñó en mejorar su vida y se atrevió, tembloroso, a querer convertir su sueño en realidad. La humanidad habría caminado desde entonces por la senda que va del miedo a la esperanza, y en algún punto de este itinerario nos encontraríamos, hoy, nosotros. De hecho, en esta misma senda seguiremos siempre, y nunca podremos (ni deberíamos) deshacernos por completo del miedo, porque siempre estaremos amenazados por una realidad que jamás dejará de ser peligrosa: nunca dejarán de existir el dolor, la tristeza, la enfermedad y la muerte. Pero sí podremos atrevernos a soñar más y más, en la medida en que nuestros esfuerzos por no quedarnos estancados en el presente sigan dando frutos (y los frutos logrados hasta hoy ya han sido, sin lugar a duda, asombrosos).

¿Qué diferencia fundamental existe entre una sociedad de cazadores y recolectores y nuestra sociedad posindustrial tecnológica? Que mientras en aquella sus miembros estaban constreñidos a repetir patrones de conducta calcados de los de sus padres y abuelos para poder sobrevivir, en la nuestra sus miembros tienen muchas más alternativas. Alternativas que facilitan la toma de lo que llamaremos opciones improbables: aquellas que, fruto del deseo de superación y la esperanza, alguien toma en lugar de otras opciones más normativas, repetidas y seguras, por las que optan la mayoría de los miembros de su grupo. Cuando está dominado por el deseo de seguridad, el ser humano tiende a repetir acciones ya conocidas. Es poco probable que haga algo distinto a lo que ha visto hacer a sus mayores; y, sin embargo, cada vez que el deseo de superación de los propios límites gana la batalla en el corazón de una persona, ella buscará las alternativas que su contexto le ofrece, y podrá decidirse por una opción improbable. Empujados por su anhelo de progresar, hombres y mujeres de todos los tiempos han advertido la posibilidad de ser creativos y aventurarse por caminos previamente desconocidos. El problema es que en sociedades y grupos dominados por la búsqueda de seguridades esta posibilidad prácticamente no existe. Entonces, ¿cómo hemos avanzado? Mediante procesos de enorme complejidad (que aquí no pretendemos simplificar) en los que un factor nada desdeñable ha sido, una y otra vez, la decisión de personas concretas de tomar opciones improbables, aprovechando las escasas alternativas que sus contextos les ofrecían, y así abrieron espacios nuevos de desarrollo para todos. A lo largo de los siglos, la presencia (a menudo sutil) de alternativas y oportunidades ha ido encontrando individuos capaces de advertirlas y de usarlas, para entonces dar pasos que se alejaban de lo que hubiese sido lógico anticipar. Estas opciones improbables han representado y siguen representando saltos que, en un momento determinado, han acelerado el desarrollo de un colectivo humano concreto. Han sido momentos de rompimiento con las pautas de comportamiento establecidas que, siendo las más prudentes, tal vez no eran las más fecundas. Se trata, en definitiva, de momentos en los que la tensión entre la búsqueda de seguridad y el anhelo de progreso se ha resuelto en favor del segundo. Las opciones improbables han sido y seguirán siendo imprescindibles para el desarrollo, y una sociedad evolucionará más o menos según aumenten o disminuyan en ella las condiciones de, o mejor dicho, para la improbabilidad: es decir, las condiciones para la esperanza.

4. El carácter racional y prudente de la esperanza