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¿Por qué ser generosos? Porque, como se nos dice en la Biblia, «hay más dicha en dar que en recibir». Sin perder nunca de vista esta afirmación, el autor, que conoce de primera mano el enorme potencial de la generosidad gracias a su extensa experiencia de ayuda a comunidades necesitadas, reflexiona sobre esta necesaria virtud, sus características y sus diversas manifestaciones. Después de identificar los motivos por los que nos cuesta ser generosos, nos propone un itinerario –dar lo material, nuestro tiempo, nuestra atención y escucha, nuestra empatía, nuestro perdón…– y plantea cómo ha de ser la generosidad en el amor, en los conflictos, en medio de un mundo egoísta y consumista, con quienes aún no están aquí, con los enfermos, ancianos y moribundos. Por último establece, desde la parábola de las diez doncellas, los límites de la generosidad.
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Seitenzahl: 97
Veröffentlichungsjahr: 2024
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A todos los amigos y amigas de
«La Resurrección» de Bogotá,
por su generosidad.
Hay más dicha en dar que en recibir.
He 20,35
La vida se alimenta de días generosos.
Si se ha podido dar, la muerte es otra.
Joan Margarit, La época generosa
Preámbulo
Un camino poco transitado
Todos tenemos carencias. Y todos tenemos algo para dar. En cierto modo, vivir es el arte de decidir qué nos importará más: estar pendientes de lo que otros pueden brindarnos, o preguntarnos por lo que nosotros les podemos ofrecer.
Hay en nosotros una mirada depredadora, que nos lleva a ver el mundo desde la óptica de lo que nos falta y a preguntarnos en todo momento qué podemos obtener de los demás. Y hay una mirada generosa, que se fija en las necesidades de los que nos rodean y se pregunta qué podemos aportarles. El protagonismo que otorguemos a una u otra mirada decidirá, en gran medida, qué clase de persona seremos.
Más allá de nuestros talentos, de nuestra inteligencia, simpatía o carisma personal, más allá de nuestra personalidad o temperamento, lo que termina definiéndonos, aquello que al final queda, es nuestra generosidad o egoísmo. Alguien puede resultarte atractivo y seducirte por su belleza, por su encanto, por su lucidez, por su fortaleza, por sus habilidades artísticas, por infinidad de cosas; sin embargo, si a todo esto no añade la generosidad y, por el contrario, en medio de sus cualidades empiezas a percibir en él o en ella el espíritu del depredador, que solo busca en ti y en los demás aquello que podáis darle para subsanar sus carencias, es muy probable que la relación con esa persona se complique y enrarezca. En cambio, puede que de entrada alguien te resulte anodino, gris, insulso. No obstante, si poco a poco descubres en él un espíritu genuinamente generoso, una voluntad sincera de darse, de ofrecer su tiempo, su cercanía y sus bienes a quienes le rodean, es muy probable que termines encantado con su compañía y amistad. Generosidad y egoísmo son fundamentales a la hora de determinar nuestra presencia en el mundo y la impronta –positiva o negativa– que dejamos en los demás.
Sin embargo, ser generosos nos cuesta. El desprendimiento sigue siendo, hoy igual que siempre, un camino poco transitado. Hay algo primitivo y visceral, arraigado en lo más profundo de nuestra naturaleza, que nos asegura que la generosidad es peligrosa. Dar, o dar con excesiva frecuencia y prodigalidad, se nos antoja como una actividad plagada de riesgos, contraria a nuestros intereses, en la que podríamos terminar perdiendo demasiado.
El sistema económico en el que vivimos, marcado por el énfasis en el derecho casi sagrado a la propiedad privada y en las leyes inapelables de la oferta y la demanda, donde todo tiene un precio y donde parece que nada pueda regalarse, también nos previene en contra del desprendimiento –tal vez intuyendo que, en un mundo gobernado por la generosidad, el mercado perdería relevancia–.
En definitiva, la formulemos con más o menos lucidez, la pregunta que nos confronta es muy simple: ¿por qué, ser generosos?, ¿por qué tendría que ser mejor ofrecer y regalar nuestros bienes –materiales, y también nuestro tiempo, nuestro interés y nuestras energías– que intentar que los demás nos regalen los suyos?
El evangelio responde a esta cuestión con una frase sencilla y contundente, una de esas máximas geniales que huelen a verdad: «Hay más dicha en dar que en recibir» (He 20,35). La pronuncia san Pablo en el libro de los Hechos de los apóstoles, atribuyéndola a Jesús. Lo llamativo, por supuesto, es que no plantee el asunto en términos morales: no dice que dar sea lo más bueno, lo más correcto, lo más justo o lo más virtuoso. Atento a los deseos últimos del corazón humano, lo que afirma Jesús es que la generosidad es fuente de felicidad para quien la cultive y ponga en práctica. Tal vez no siempre hemos sabido ver que una de las preocupaciones esenciales del Evangelio es la felicidad humana, y que en él no hay nada que menoscabe o contradiga nuestra búsqueda instintiva de la dicha y la plenitud. Por eso es buena noticia.
Seguramente no haya habido épocas de la historia más generosas que otras: lo más probable es que siempre haya existido una proporción similar de gente desprendida y de gente egoísta. En todo caso, hubo momentos en que la generosidad de algunos logró inspirar a la mayoría, y otros (estos, desgraciadamente, más numerosos) en que la mezquindad se impuso y marcó el rumbo del conjunto. Lo que es indudable es que nuestro tiempo no puede contarse entre los mejores, ni hacer grandes alardes de altruismo. Más bien cabría decir que globalmente padecemos un tremendo déficit de generosidad: sus consecuencias abarcan desde la inconciencia con que caminamos por el filo del abismo de la crisis climática hasta la indiferencia con que contemplamos el drama de la inmigración, la feroz desigualdad económica que define nuestro siglo o la polarización que nos divide en bandos ideológicos irreconciliables.
No sé si con más generosidad se arreglarían milagrosamente todos los problemas del mundo. Sí estoy convencido de que las cosas mejorarían si más personas se dejaran guiar por ella en los distintos ámbitos de la vida –familiar, social, político y económico–. Por eso me parece importante ahondar en las raíces de la generosidad, recordar qué dice la fe cristiana a propósito de ella, caer en la cuenta de lo que obstaculiza su camino, reflexionar sobre sus dinámicas, sobre el papel que puede jugar en el amor, en los conflictos, en los momentos difíciles de la vida y pensar, también, cuáles son sus límites.
En las páginas siguientes desgranaré diversas reflexiones, muy breves, sobre estas cuestiones, sin perder nunca de vista la observación bíblica de que hay más dicha en dar que en recibir. Me parece que en esta frase se esconde una verdad muy fecunda, capaz de orientar nuestras vidas: una verdad que constituye el mejor elogio que podemos hacer de la generosidad, y que, por ello, nunca deberíamos olvidar.
Capitulo 1
La generosidad, esencia del Evangelio
La felicidad humana es una de las preocupaciones primordiales del Evangelio. A Jesús le importa que seamos dichosos, y su mensaje es buena noticia precisamente porque contiene, entre otras cosas, una senda –peculiar, eso sí– hacia la plenitud –que es otra forma de nombrar la felicidad–. Es posible que este énfasis de los evangelios en la dicha sea una de las claves de su éxito y explique por qué, después de dos mil años, seguimos leyéndolos y siguen generando interés. De hecho, cuando despojamos a los evangelios de su preocupación por la alegría de las personas y los convertimos –como tantas veces hemos hecho– en un frío compendio de normas morales, en un manual de piedad o en un tratado más o menos ininteligible sobre la naturaleza de Dios, se pierde su esencia. Porque sí, es obvio que el evangelio expone una idea sobre de Dios, y establece los fundamentos de una moral y de una espiritualidad, pero nunca deberíamos perder de vista que, en todas esas dimensiones, la felicidad de las personas tiene un papel protagonista. El Dios de Jesús quiere que seamos felices; la moral que se nos invita a practicar nunca exige el precio de nuestra desdicha; la espiritualidad que se nos propone redunda en nuestra alegría.
En este sentido, tal vez podríamos jugar con el título de la primera encíclica del papa Francisco y sugerir que, además de La alegría del Evangelio podríamos hablar del Evangelio de la alegría. No es solo que vivir el Evangelio nos alegre –cosa que es muy cierta–. Es más que eso: es que el propio Evangelio contiene una meditación en torno al tema de la felicidad. La búsqueda de los caminos por los cuales las personas alcanzamos la dicha es uno de los ejes principales del mensaje cristiano. De eso habla Jesús cuando dice: «He venido para que tengáis vida, y vida en abundancia» (Jn 10,10). Es decir, que no se trata solo de ir sobreviviendo o malviviendo, cubriendo apenas nuestras necesidades más básicas y sorteando de la mejor manera posible las crisis que nos vayamos encontrando en el camino; la misión de Jesús es dar vida en abundancia, y en esta abundancia está incluida, y ocupa un lugar primordial, la felicidad. Lo que sucede, eso sí, es que los medios que el Evangelio propone para alcanzarla son poco convencionales, y contradicen tanto nuestro instinto como lo que para muchos constituye el sentido común. Y aquí es donde entra en juego la generosidad.
No sabemos si Jesús realmente pronunció la frase que Lucas, autor del libro de los Hechos de los apóstoles, pone en boca de Pablo, en su discurso a los responsables de la comunidad de Éfeso:
Os hice ver en todo que hay que trabajar para socorrer a los necesitados, acordándoos de aquellas palabras del Señor Jesús cuando dijo: «Hay más dicha en dar que en recibir» (He 20,35).
La máxima no aparece ni una sola vez en los escritos de Marcos, Mateo, del propio Lucas o de Juan. Sin embargo, tiene un indiscutible sabor a autenticidad y a Evangelio. En consonancia con lo que venimos diciendo, y en consonancia también con las Bienaventuranzas, que no definen el camino del cristiano en clave moral, de cumplimiento de la Ley, sino en clave de búsqueda de la felicidad –no dice rectos y justos son los pobres de espíritu, los humildes, los buscan la paz, los que tienen hambre y sed de justicia... sino felices quienes hacen todo esto–, también aquí el acento está en que la opción por la generosidad es fuente de alegría.
Según Jesús, la entrega y el desprendimiento son condición indispensable para alcanzar la dicha. Lo deja muy claro, entre otros, el episodio del hombre rico que se le acerca buscando el sentido de su vida (Mc 10,17-22). Cuando Jesús lo invita a poner en práctica una generosidad radical («Una cosa te falta: vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres», v. 21) el otro frunce el ceño y se va entristecido, «pues tenía muchas posesiones». ¡Qué fundamental y qué lúcido, este adjetivo que el narrador utiliza para describir el estado de ánimo de aquel hombre temeroso! El apego a sus muchas posesiones le impide seguir la invitación de Jesús. Y, como resultado, la tristeza hace presa de él. El egoísmo es la razón de su desdicha.
Es evidente que hablar de desprendimiento en estos términos lo hace mucho más atractivo que si se hablara de él como de un precepto, de algo que hay que hacer porque así está mandado. Las leyes y las normas son necesarias para la convivencia, pero su cumplimiento raramente toca nuestra fibra más íntima o nos conmueve. La búsqueda de la felicidad, por el contrario, es un anhelo profundamente humano. ¿Quién no quiere encontrar el modo de ser feliz?
El evangelio afirma que subsanamos nuestra carencia fundamental, que es la carencia de sentido –la falta de propósito, del saber para qué estamos aquí[1]–, cuando, en vez de preocuparnos por nosotros y nuestras necesidades, nos preocupamos por los demás y sus carencias. La simplicidad del argumento puede llegar a resultar sospechosa; sin embargo, en él anida una verdad de la que puede dar testimonio cualquiera que alguna vez haya hecho algo por alguien, desinteresadamente, y a resultas de ello haya experimentado la satisfacción íntima y duradera que nace de los gestos generosos. Salir del pozo de la autorreferencialidad e interesarse por la vida y las necesidades de los demás es una forma de plenitud.
Muchas tradiciones espirituales y religiosas identifican la humildad
