Esposa oculta - Carrie Weaver - E-Book
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Esposa oculta E-Book

Carrie Weaver

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Beschreibung

Hasta que Eric entró en su vida, Maggie McGuire había llevado una vida impecable. Ahora se veía obligada a cruzar el país para pedir ayuda para su hijo, no para ella, a la familia de Eric. Una vez allí, descubrió con horror que Eric ya estaba casado. J.D. McGuire estaba acostumbrado a solucionar los enredos provocados por su hermano, pero aquél era el peor de todos. Y antes de que pudiera hacer nada, Eric fue asesinado y Maggie se convirtió en sospechosa. Aunque le habría encantado alejarse de todo aquello, J.D. no tardó en darse cuenta de que deseaba ayudarla. Pero, ¿cómo iba a confiar en ella si sabía que le estaba mintiendo y que su hermano no era el padre del hijo de Maggie?

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Seitenzahl: 296

Veröffentlichungsjahr: 2018

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2005 Carrie Weaver

© 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Esposa oculta, n.º 258 - noviembre 2018

Título original: The Secret Wife

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com

 

I.S.B.N.: 978-84-1307-242-5

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Prólogo

 

 

 

 

 

CATORCE dólares y treinta y siete céntimos eran todo lo que se interponía entre Maggie McGuire y la indigencia. Se metió el cambio en el bolsillo, junto con los billetes húmedos y arrugados.

El área de descanso de la autopista de Oklahoma estaba bastante desolada para ser viernes por la mañana. O eso imaginaba Maggie. Ella raramente se aventuraba más allá de los límites de Arizona.

Echó una miradita por la ventanilla del coche y vio que David se retorcía mientras dormía. El asiento del coche era demasiado estrecho. El bebé necesitaba espacio para estirarse y rodar.

¿Qué clase de madre arrastraría a su hijo por todo el país hasta Arkansas? ¿Y para qué? ¿Por si acaso Eric reaparecía en aquella reunión familiar? ¿Eric, que pensaba que la familia era un lastre en su vida?

Maggie se había dicho que no tendría que llegar a aquello, que perder el trabajo no era el fin del mundo. Sin embargo, había descubierto rápidamente que no había muchos trabajos a los cuales pudiera llevarse a su bebé, sobre todo en los trabajos nocturnos. La guardería donde había trabajado durante los seis meses anteriores había sido perfecta, pero el edificio iba a ser demolido y en su lugar se construiría un centro comercial.

Mientras se apartaba el pelo de la frente, se imaginó que la coleta se le habría deshecho en algún lugar de Nuevo México. En aquel momento tenía la melena rojiza suelta, salvaje, recordándole que no podía permitirse ni un corte de pelo.

Eric.

Miró al cielo. Estaba despejado, y el aire era fresco y cálido. Inocente.

Ella también había sido inocente, hacía mucho tiempo.

David comenzó a gimotear.

Maggie miró a su bebé, y experimentó un fuerte sentimiento de protección.

Eric había echado por tierra sus sueños, pero la había dejado con un regalo precioso.

Un regalo al que casi se le habían terminado la leche en polvo y los pañales.

Sintió pánico al hacer recuento del contenido de la bolsa del bebé. Había cuatro pañales y cuatro dosis de leche. A Maggie le ardían los ojos mientras su mente fatigada hacía las cuentas.

Aquello le concedía seis horas más, como máximo.

Y quedaban todavía ocho para llegar a McGuireville.

Precisamente en aquel momento, el quejido de hambre del bebé resonó en su cabeza. David tenía clavados sus ojos en ella, con una mirada suplicante. Como si su culpabilidad maternal no fuera suficiente, Maggie estaba segura, por algún motivo, de que las autoridades sabrían el minuto exacto en el que la última gota de leche pasara por los labios de David. Y se lo quitarían. Exactamente igual que se habían llevado a su sobrina, Emma.

Maggie irguió los hombros y se apartó de la cabeza el espectro de que podía perder a su hijo. Nadie podría decir que era una madre inepta cuando tuviera un graduado en la mano y un trabajo decente. Pero, hasta entonces, debía la renta y las clases. Y entre ella y las autoridades sin nombre y sin rostro que la obsesionaban sólo se interponían catorce dólares.

El grito de hambre de David hizo que se pusiera en acción. Abrió la puerta del coche y desabrochó el cinturón de seguridad de la silla. El niño se quedó muy quieto, esperando con impaciencia.

Ella le besó una mejilla húmeda por las lágrimas, y después la otra.

—No te preocupes, cariño. Mamá va a arreglarlo todo muy pronto.

Sólo quedaban ocho horas más hasta McGuireville.

Capítulo 1

 

 

 

 

 

MAGGIE irguió los hombros y se preparó para lo imposible. Hacer una escena.

La puerta del gran salón de baile estaba ante sus ojos. Debido al dolor de cabeza y a los gritos de David casi le resultaba imposible pensar.

—Shh —dijo, y se colocó al bebé en la cadera—. Mamá lo arreglará todo, cariño —le prometió, aunque su tono de voz no era convincente, y sólo consiguió hacer que el niño llorara aún con más fuerza.

Tenía que hacerlo. No le quedaba más remedio.

Abrió la puerta antes de que el estómago se le rebelara por lo poco que había comido y por un terrible miedo a las confrontaciones. Al entrar, sintió una oleada de aire acondicionado, y el ruido sordo de las conversaciones se cernió sobre ella.

El aroma de la comida, de los platos de carne, pescado, verduras y patatas, consiguió que le rugiera el estómago de hambre y que se le hiciera la boca agua. Pareció que incluso David se calmaba por aquella abundancia.

Ella recorrió la sala con la mirada. Lo habría conocido en cualquier parte. Maggie podía estar ciega, sorda o aturdida, y aun así, sabría que él andaba cerca. La mera electricidad que provocaba su presencia era suficiente para causarle escalofríos.

Nada.

Maggie observó los preciosos vestidos, los trajes de verano. Sus pantalones vaqueros desgastados y sus zapatillas deportivas viejas no estaba a la altura, ni mucho menos.

—Creo que no voy adecuadamente vestida —le susurró a David—. Deséame suerte.

Le pareció que tardaba años en atravesar el salón, aunque sabía que debía de parecer un corredor de marcha moviendo los codos, concentrado en llegar cuanto antes a la meta. Finalmente, llegó hasta la tarima y se dio la vuelta frente a toda la gente que llenaba la habitación.

—Discúlpenme —dijo, pero su voz no llegó ni tan siquiera a la primera fila de mesas.

—Discúlpenme —repitió, un poco más alto.

Ellos apenas interrumpieron sus conversaciones.

A ella le ardía la cara. Aquél no era su lugar. Y si tuviera mucha suerte, la tierra se la tragaría.

Entonces miró a los ojos confundidos de su hijo y decidió que la vieja Maggie tendría que aprender nuevos métodos de hacer las cosas.

Se tragaría lo poco que le quedaba de orgullo y haría la escena más grande, ruidosa y desagradable que pudiera. Hasta que Eric saliera de su escondite y aceptara la responsabilidad de su hijo.

Lo que necesitaba era un megáfono, y la buscó con la mirada por la tarima.

Había un estrado muy cerca, con micrófono incluido, probablemente, para dar discursos sobre cómo los santos McGuire habían fundado el pueblo. Sin la ayuda de nadie, habían impulsado la economía. Habían engendrado vástagos de negocios.

Salvo Eric, claro. La oveja negra.

Maggie observó una vez más la multitud, con la esperanza de poder resolver aquello silenciosa, discretamente. Pero no lo vio por ninguna parte.

Probablemente estaría en el bar, divirtiéndose con alguna camarera.

Bien, pues ella iba a asegurarse de que él oyera lo que tenía que decir, incluso desde el bar.

La nueva Maggie caminó hasta el estrado y tomó el micrófono. Un chirrido muy agudo sobresaltó a David.

El silencio se hizo en aquella enorme sala, salvo por el grito de irritación de David.

Maggie intentó atraer la atención.

—Siento interrumpirlos durante su comida, señores. ¿Me oyen bien desde el final de la sala? No. Bien, entonces hablaré un poco más alto. Bien, ahora que ya tengo su atención, dejen que les cuente lo canalla que es Eric McGuire y después podrán seguir cenando.

La única respuesta fue un salón lleno de gente boquiabierta. Quizá fueran todos tontos. Quizá Eric fuera el más listo de toda su familia.

Aquella idea hizo que Maggie comenzara a hablar lentamente, pronunciando exageradamente, como si su público no entendiera el inglés.

—He dicho que… ¿dónde está ese canalla, vago, escoria de Eric McGuire?

En aquella ocasión, todo el mundo debió de oírla muy bien, porque todos dejaron escapar exclamaciones y jadeos de asombro, mientras seguían mirándola con los ojos muy abiertos.

—No puedes esconderte de mí, Eric. Sé que estás por ahí. Quítale las manos de encima a esa camarera y ven aquí a enfrentarte a mí como un hombre.

Ella observó las puertas dobles, pero ningún canalla, ni nadie más, entró al salón.

Una anciana de la segunda fila de mesas estaba intentando respirar. El tipo que estaba a su lado, que llevaba la cabeza afeitada y tenía las espaldas como el Monte Rushmore, le dio un vaso de agua y unos golpecitos en la mano, solícitamente.

David estaba succionando el hombro de Maggie, dejándole una mancha húmeda en la última camiseta limpia que tenía. El bebé tenía hambre, y la paciencia no era una de sus virtudes. Exactamente igual que su padre.

—Miren, éste es David. Es el hijo de Eric. Nosotros no hemos venido a causar problemas. Sólo necesitamos… ayuda.

La anciana jadeó mientras continuaba mirándolos de una forma muy extraña. El hombre que estaba a su lado le susurró algo al oído, le apretó el hombro y se dirigió hacia el estrado. El tipo era pura fuerza de la cabeza a los pies. Se tiró del blanquísimo cuello de la camisa mientras se acercaba a ella. La chaqueta le quedaba como un guante.

Se movía con elegancia y control, como si estuviera en una competición de culturismo de las que ella había visto en la televisión. El brillo malvado de sus ojos le dio a entender a Maggie que a él le encantaría sacarla de allí a patadas.

El hombre subió a la tarima y se colocó frente a ella para bloquearle la vista de la asamblea y viceversa. Estaba dispuesto y era capaz de bloquearle así la oportunidad de conseguir una vida mejor para su hijo.

—Eric —gritó ella—. Lo único que quiero es hablar…

Entonces, Maggie se quedó boquiabierta, cuando él sacó una galleta y se la dio a David. El llanto del bebé se ahogó cuando el niño comenzó a mascar extáticamente los carbohidratos. Después, el hombre le quitó a Maggie el micrófono y la tomó por el antebrazo.

—Pero…

—¿Quieres saber dónde está Eric? —le dijo él, con una voz grave que le retumbaba en el pecho.

Ella elevó la barbilla.

—Sí.

—Entonces, ven conmigo.

—No voy a ir a ningún sitio hasta que no hable con Eric.

—Hablarás con él —le dijo el hombre, con una sonrisa que no le alcanzó a los ojos, y con una voz suave aunque poco sincera.

Ella se mantuvo firme, mirándolo fijamente. Estaba claro que aquel tipo tenía la intención de sacarla de allí y entregarla a los guardias de seguridad.

—La gente ya ha pasado un mal rato —le dijo él, señalándole la sala llena de espectadores silenciosos—. No necesitan esto —le dijo, con los ojos entrecerrados, y después señaló al niño con la cabeza—. Ni él tampoco.

—Tiene un nombre. Se llama David McGuire.

El hombre la miró con dureza. Después volvió la cabeza y miró a la anciana. Cuando volvió a dirigirse a Maggie, lo hizo en un tono de desesperación.

—Por favor. Iremos a cualquier sitio a comer algo. Hay una cafetería muy cerca de aquí. El bebé… David, ¿no es eso? Él tiene que estar cansado y hambriento.

A ella le rugió de nuevo el estómago ante la mera mención de la comida. Su hijo se le retorció, apoyado en su cadera. Tenía la camiseta húmeda entre el cuerpo del niño y el suyo. Caliente y acre, sólo sería cuestión de minutos que el olor a orina de bebé se extendiera por el escenario.

—Sólo si me prometes que me dirás dónde está Eric. ¿Prometido?

—Por supuesto.

David también emitió su voto, en forma de grito enfadado. Había terminado la galleta y quería más. En aquel mismo momento. Y también un pañal seco.

—De acuerdo. Pero será mejor que no se trate de un truco.

Él extendió las manos hacia el bebé, pero David las apartó de un manotazo. Si el hombre no tenía galletas ni un biberón, él no quería tener nada que ver con el extraño.

—Ven conmigo.

Ella asintió, pero aparentemente, él no la creyó. La tomó por el codo y la sacó de la sala. Maggie sintió doscientos pares de ojos siguiéndolos hasta que llegaron a las puertas.

Mientras seguía a aquel hombre por el vestíbulo, Maggie no pudo evitar preguntarse cómo había llegado a aquella situación, al punto de haber sacrificado el respeto por sí misma y sus valores.

Pero, en realidad, no era un misterio. Todo se remontaba a Eric. Ella no había tenido ni una oportunidad. Ni una, desde la primera mirada.

Capítulo 2

 

 

 

 

 

EL HOMBRE titubeó, y después sostuvo la puerta para que Maggie saliera. Por su expresión tensa, quedaba claro que él no estaba seguro de que ella se mereciera tal cortesía.

Maggie mantuvo alta la cabeza. Estaba en la ruina, cierto, pero todavía tenía orgullo.

—¿Dónde está tu coche? —le preguntó él.

—En el aparcamiento este. ¿Por qué’

Él la miró con la ceja arqueada.

—Tienes un asiento para el bebé, ¿no? Mi coche no está convenientemente equipado para niños.

—Oh.

En su honor, Maggie tuvo que reconocer que él ni siquiera parpadeó al ver su viejo Toyota con los guardabarros distintos. Se limitó a esperar mientas ella trataba de colocar a David en la silla.

Sin embargo, el bebé estaba furioso. Tenía la cara congestionada, y los brazos y las piernas rígidas.

—¿Tienes alguna galleta más? —le preguntó Maggie, sin mirarlo a los ojos mientras le pedía comida. Ninguna madre decente permitiría que su hijo pasara tanta hambre.

Él se dio unos golpecitos en el bolsillo del pecho.

—No. No se me ocurrió tomar ninguna de camino a la puerta. Estaba ocupado.

—Está bien. Quizá podríamos vernos contigo allí. ¿En esa cafetería que has mencionado?

—Ni lo sueñes.

Finalmente, Maggie consiguió meterle los bracitos a David por las correas de seguridad. Al inclinarse hacia delante, sintió que el dolor de cabeza se le multiplicaba cuando un pequeño puñito le tiraba con fuerza de un mechón de pelo. Tuvo que contener un juramento. Estaba a punto de llorar mientras luchaba por conservar la paciencia.

—Va a ser un viaje muy ruidoso —le advirtió al hombre.

—Ya, ya me he dado cuenta. A propósito, me llamo J.D.

—Yo soy Maggie. ¿Está muy lejos la cafetería?

—No, a un par de kilómetros.

—Vamos —«por favor, Señor, que no se me acabe la gasolina».

Él encogió las piernas y se las arregló para encajarse en el asiento. Después se retorció hacia un lado para mirar su salpicadero. J.D. sacudió la cabeza y gruñó.

—¿Perdón?

—Tenemos que ir a una gasolinera. Sal hacia la izquierda. Está muy cerca.

—No necesito gasolina.

—Y un cuerno que no.

—Yo… eh… no tengo mi tarjeta de débito.

—Aceptan dinero en efectivo, como en la mayoría de los sitios.

Maggie rebuscó por su bolso, aunque sabía que no le quedaba ni un céntimo. Finalmente, se rió con incertidumbre.

—Eh… Supongo que tampoco tengo dinero.

—Yo invito. Tú conduce. Este niño me está dando dolor de cabeza.

 

 

J.D. tomo aire y dio gracias al cielo por un descanso de aquel bebé que aullaba. Y también de la última escapada de Eric, que había vuelto para que él resolviera sus consecuencias.

Las luces fluorescentes iluminaban la comida con un brillo verdoso. J.D. miró las estanterías repletas desde una nueva perspectiva. La tienda de la gasolinera parecía un pequeño supermercado. Y era la solución de algunos de sus problemas, al menos, de los más inmediatos.

Maggie estaba en la más completa ruina. Aquello era evidente.

Tomó pañales, leche en polvo y galletas para bebé. ¿Comida para bebé? Le parecía que el bebé tenía la misma edad, más o menos, que el hijo de su amigo Kirk: unos ocho o nueve meses. El pequeño Brandon se comía todo lo que había a la vista, incluyendo puñados de pelo de gato. Pelos de gato recién arrancados.

Mientras J.D. tomaba frascos, latas y pañales, se preguntaba cómo se había visto metido en aquella situación.

La respuesta era evidente. Por costumbre. Por la costumbre de arreglar todos los desaguisados de Eric. Y aquel desaguisado no era muy distinto del resto, salvo por la mujer. Ella era más joven de lo normal, y tenía una melena de rizos rojizos y brillantes. Las pecas que tenía en el puente de la nariz hacían que pareciera una granjera.

Eric debía de haber sufrido una digresión de su predilección habitual, las rubias de pechos del tamaño de Texas, porque aquella chica era distinta.

Pero la historia era la misma.

—Eric me ha dejado embarazada. Necesito dinero. Me marcharé si me ayudas.

Aquélla estaba mintiendo, como las otras. Pero su abuela se moriría si tenía que pasar por todo aquello de nuevo. Ella siempre esperaba que fuera verdad, aunque sabía que era imposible. Siempre esperaba que Eric hubiera traspasado sus genes rubios y de ojos azules y le hubiera dado un nieto McGuire al que adorar.

J.D. dejó las cosas sobre el mostrador.

—Esto y quince dólares al surtidor tres.

La madre de David estaba echando gasolina cuando él volvió. Ella tenía la mirada fija en el surtidor y estaba ruborizada. Se comportaba como si tuviera orgullo y el hecho de aceptar las bolsas que él llevaba en las manos lo hiriera. Interesante.

El sonido de unos aullidos se expandía por alrededor del coche. El ruido hizo que J.D. tuviera la tentación de retirarse de nuevo a la paz de la tienda.

Tomó aire, abrió la puerta y recibió el primer castigo del disgusto del bebé. El pequeño estaba casi de color púrpura, y tenía los puños apretados. Estaba retorciéndose para escapar de la silla.

—Eh… David… shh —le dijo J.D. Se sintió raro al pronunciar aquel nombre. Era su segundo nombre, también.

Nada, sólo más gritos.

Rápidamente, abrió una bolsa de galletas y le ofreció una.

El niño lo miró como diciendo «ya era hora, idiota», y agarró la galleta.

Mientras la mordisqueaba furiosamente, observó a J.D. con interés. Blandió el puñito y comenzó a mover los brazos y las piernas alegremente. David le hizo unos suaves sonidos de aprobación.

Aquello hizo que J.D. se sintiera mejor.

Salió del coche y sonrió a la mujer.

—He conseguido que dejara de llorar.

Ella asintió, pero no lo miró a los ojos.

Su logro no la había impresionado en absoluto.

El silencio los rodeó mientras ella dejó la manguera en el surtidor. Entonces, ella se volvió y lo miró.

Y su mirada inquietó a J.D. Tenía los ojos verdes. Profundos. Sinceros.

—Gracias.

Él gruñó una especie de respuesta, sólo Dios supo qué, y entró de nuevo al coche.

Fueron hacia la cafetería en silencio, sólo roto ocasionalmente por el galimatías de satisfacción del bebé.

Cuando aparcaron el coche, J.D. hizo un gesto hacia el asiento trasero.

—Hay pañales en la bolsa, por si acaso crees que David necesita que lo cambies.

La mujer apartó la mirada durante unos segundos.

—No tenías por qué hacerlo.

Él se encogió de hombros.

Caridad. A él no le gustaba tenerla, y se imaginaba lo difícil que resultaba aceptarla. Para ser una caza fortunas, Maggie era muy sensible a la hora de pedir ayuda.

—Hay leche en polvo y algunas cosas más.

Entonces, Maggie comenzó a protestar, pero él alzó la mano para acallarla.

—Así es como hacemos las cosas por aquí. No es nada más que la hospitalidad sureña. Y puedes devolvérmelo cuando encuentres la tarjeta de débito.

—Sí. Te lo devolveré.

«Cuando las ranas críen pelo».

—¿Por qué no cambias al bebé? Yo pediré algo de comer. ¿Te parece bien unas hamburguesas?

Ella asintió. Él observó cómo echaba el asiento hacia delante, giraba la espalda y agarraba el abridor de la puerta. La descolorida camiseta se le subió hasta las costillas, y dejó visible parte de su piel, blanca y vulnerable.

J.D. se volvió y se encaminó hacia la cafetería antes de que pudiera hacer alguna tontería, como posar la palma de la mano en su espalda desnuda y cálida. Le pareció que seguramente ella no se tragaría el pretexto de que lo hacía por ayudar.

Encontró una mesa y vio cómo ella se dirigía al servicio con el bebé en una cadera y la enorme bolsa de pañales rebotándole en la otra.

Estaba delgada. Muy delgada. A Eric no le gustaban normalmente las del tipo anoréxico, pero J.D. tenía que admitir que ella tenía cierto encanto, unos ojos enormes y el rostro ovalado.

Tomó la carta que le ofrecía la camarera mientras castigaba mentalmente a su hermano, disgustado y decepcionado.

«Maldito seas».

Maldito por mentir, por decir que había cambiado, por hacer pasar a su abuela aquello de nuevo. Por ser su favorito, se lo mereciera o no. Y maldito fuera por echarle aquel lío encima.

El carraspeo de la camarera lo sacó de su ensimismamiento. Miró hacia arriba y le pareció que conocía de algo a la mujer. Se había graduado con Eric. ¿Cómo se llamaba?

—Darlene —dijo, al leer su nombre en la tarjeta de identificación—. Lo siento, creo que estaba soñando despierto.

—No tiene importancia, J.D.

¿Cómo sabía ella su nombre si él no recordaba el suyo sin leer la tarjeta?

Era muy sencillo. Él era un McGuire, aunque sólo fuera de apellido, no de sangre. Los McGuire eran respetados en aquel pueblo. Su dinero podía comprar mucha buena voluntad.

Tomó nota de dejarle una propina generosa, y pidió hamburguesas de queso para él y para la pelirroja. Patatas fritas. Ensalada de col. Dos vasos grandes de té. Parecía que al último error de Eric le vendría bien tomar proteínas. Aquello, junto con la cafeína, harían que ella pudiera soportar lo que iba a decirle.

J.D. vio que ella se acercaba ala mesa. Tenía unas profundas ojeras. Seguramente, la más suave de las brisas podría llevársela.

Maggie tragó saliva y se obligó a mirar a J.D. a los ojos mientras iba hacia la mesa. No era un crimen ser pobre, pero la expresión de pena que él tenía en el rostro le dio a entender que era muy triste.

Ojalá hubiera tenido un sitio donde ducharse y cambiarse antes de enfrentarse a los McGuire. Pese a que se había lavado la cara con agua fría y se había peinado con los dedos, sabía que tenía muy mal aspecto. Su madre la habría repudiado.

Maggie contuvo una carcajada histérica mientras se sentaba a la mesa. Su madre ya la había repudiado. Pero por crímenes mucho peores que la falta de aseo personal.

El hombre observó cómo ella se colocaba a David en la rodilla. La galleta se le había terminado hacía tiempo y el bebé estaba comenzando a quejarse de nuevo. Pobrecito. Había sido un día muy largo para los dos.

Se sacó un biberón de un bolsillo lateral y dijo:

—Lo he mezclado con agua caliente en el servicio —la ayuda, algo a lo que no estaba acostumbrada, había hecho que se le formara un nudo en la garganta. Qué diferentes podrían haber sido las cosas si… No. No iba a pensarlo—. Gracias por la leche y todo lo demás.

—De nada. Hospitalidad sureña.

Podría acostumbrarse fácilmente a aquella hospitalidad. Y la asustaba.

—Dame el recibo. Soy estudiante, y te pagaré cuando…

¿Cuándo?

¿Cuando pagara la renta? ¿Cuando tuviera los armarios llenos de comida y pañales? ¿Cuando se licenciara y tuviera su título de ciencias funerarias en la mano?

Aquélla sería la única oportunidad que tendría de devolverle el dinero a aquel hombre.

—Toma. Págame cuando puedas.

Ella tomó el ticket doblado y lo metió en la bolsa de los pañales.

—Conoces muy bien a los bebés. ¿Tienes hijos?

Pareció que él se quedaba muy asombrado al oír aquella pregunta. ¿Por qué? Debía de tener unos treinta y cinco años. Era sólido, bueno, y guapo. Un hombre que probablemente tenía esposa e hijos en casa.

—No. Pero un par de amigos míos sí. Y una vez que llegan a esta edad —dijo J.D., mirando a David—, con una galleta se quedan callados si tienen hambre o se aburren.

—Una observación muy astuta, J.D. No sé cómo te apellidas, aunque me imagino por la reunión del pueblo que tu apellido es McGuire.

Él sonrió.

—Sí. J.D. McGuire. ¿Y tú?

—McGuire. Maggie McGuire.

Él abrió unos ojos como platos al oír aquello. Después frunció el ceño, como si ella hubiera dicho la cosa más despreciable del mundo.

—Eso no tiene gracia —le dijo.

—No tenía intención de ser graciosa.

—Hacerte pasar por su mujer no te va a servir de nada.

Maggie estiró la espalda. No estaba preparada para aquel tipo de enfrentamiento. Con Eric, sí. Había tenido tiempo de prepararse para enfrentarse con Eric durante los miles de kilómetros que había recorrido. Pero ¿aquel tipo? Él hacía que se sintiera como si estuviera haciendo algo malo. Algo inmoral.

—No me estoy haciendo pasar por nada. Simplemente he sido amable y me he presentado. Tú has sacado tus propias conclusiones.

—Mis conclusiones no tienen nada que ver con esto. Ya hay dos señoras McGuire. Una es mi abuela. La otra es Nancy, la mujer de Eric.

¿La mujer?

Aquella palabra le rebotó en la mente, le bajó por la garganta y llegó al estómago con la fuerza de una pedrada.

—Eso es imposible. Yo soy su mujer.

—Mira, yo no te conozco, pero pareces una buena persona. Mi hermano ha hecho cosas malas en su vida, aunque no creo que haya sido capaz de cometer bigamia.

—Al menos estamos de acuerdo en algo.

Eric había sido un estúpido en muchas ocasiones. Pero había sido un estúpido encantador y cariñoso, y Maggie no podía creer que hubiera sido capaz de hacer algo que le hiciera tanto daño. Que le hiciera tanto daño a su hijo.

Sin embargo, tenía muchas dudas. Él nunca había creído que David fuera hijo suyo. Su discusión sobre la paternidad había sido muy intensa. Ella había empezado a tener pérdidas, y había temido que perdería el bebé. Después de eso, Eric no había aceptado ni rechazado la paternidad. Simplemente, le había seguido la corriente, se había asegurado de que comiera bien, de que descansara, y le había sugerido nombres para el bebé.

Y cuando ella le había dicho que había puesto su nombre en el certificado de nacimiento de David, él se había limitado a sonreír tristemente y le había dado un beso en los labios. Después había tomado al recién nacido de sus brazos y se había sentado en la mecedora del hospital.

No, él no podía ser tan cruel.

—Quizá esté equivocada, esa tal Nancy.

—No. Yo fui el padrino de su boda, que se celebró justo después de que Eric terminara la universidad. Y si hubiera habido un divorcio, yo me habría enterado.

Entonces fue cuando Maggie sufrió el segundo choque. Todo lo que ella había creído que era cierto estaba en peligro. J.D. estaba mintiendo. Tenía que estar mintiendo.

—¿Acaso me estás gastando una broma pesada? —le preguntó Maggie.

—No, en absoluto.

—Si estás diciéndome la verdad —susurró ella, mientras abrazaba al bebé con fuerza—, entonces yo no estoy casada. Y David es…

—Un niño precioso y sano —dijo él, y se inclinó hacia delante—. Eso es lo único que importa.

—¿Por qué estás siendo tan amable?

El hombre se pasó una mano por la cabeza.

—No estoy siendo amable. Sólo te estoy diciendo la verdad. Algunas veces, mi hermano es un auténtico idiota, y hay gente inocente que sale perjudicada.

En aquel momento, Maggie se dio cuenta de que el hombre había dicho que Eric era su hermano, no una vez, sino dos, y apoyó contra el respaldo de la silla.

—¿Tú eres Jamie?

—Sólo para mi abuela. Y para Eric, si no estoy demasiado enfadado con él.

—No te pareces en nada a él.

—Me lo dicen a menudo. Misma madre, distinto padre. El padre de Eric era mi padrastro.

—¿J.D. significa James David? —le preguntó ella. No había visto ninguna foto del hermano de Eric, pero se había imaginado que tendría el mismo pelo rubio y los ojos azules, como él.

—Sí, en efecto. Pero yo prefiero J.D. —respondió él, y señaló a David con la cabeza—. ¿Su nombre es una coincidencia?

—No. Eric quería que David se llamara como tú. Él hablaba mucho sobre ti, como si fueras un héroe.

Pero no siempre había sido una comparación agradable. Algunas veces, cuando su hermano había bebido una cerveza de más, el resentimiento se le reflejaba en la voz. El gran Jamie, siempre haciendo lo correcto, siempre pensando que era el mejor.

—Lo dudo. No nos llevamos muy bien.

Ella se quedó en silencio, observando cómo a David se le cerraban los ojos. Su padre tenía muchos defectos. Maggie esperaba que David hubiera heredado las buenas cualidades. Su generosidad, su entusiasmo por la vida. Su forma de alargar las manos y tomar aquello que quería.

—Necesito hablar con Eric y resolver esto.

J.D. miró su reloj.

—Tendrás que esperar hasta mañana. Así estarás… eh… más fresca, antes de verlo.

—Y así tú podrás advertirle que estoy aquí.

—La idea se me ha pasado por la cabeza.

—Ni hablar. Quiero verlo ahora mismo.

—No puedes. Está en una carrera, fuera del pueblo. Por eso no estaba en la gran comida familiar. Sus prioridades están un poco liadas.

—No me digas —comentó Maggie, mirando pensativamente a David—. ¿Has dicho que estaba en una carrera?

—Sí. Ya sabes cómo es. Unos cuantos tipos dan vueltas y vueltas por un circuito en coche hasta que todos ellos han chocado o hasta que alguien gana.

—Claro que sé lo que es una carrera. Allí fue donde conocí a Eric. Pero él lo había dejado. Me dijo que…

—¿Y lo creíste?

Maggie se movió con incomodidad en el asiento. No sabía qué era peor, si que aquel tipo se hubiera dado cuenta de lo ingenua que había sido, o el punto hasta el que había llegado su desesperación.

—No, no del todo. Intenté llamarlo al ver que no recibía los papeles del divorcio, pero no lo encontré en ninguno de los números de emergencia que me había dejado en el pasado. Entonces busqué en Internet en la biblioteca. Él no estaba registrado en ningún punto del circuito amateur.

—¿Y no lo encontraste bajo el nombre de Eric McGuire, con una «A»?

—No.

—¿Y con Johnny Bravo?

Bingo. Su personaje de dibujos animados favorito.

J.D. acababa de entregarle la cabeza del padre de David en una bandeja de plata.

Capítulo 3

 

 

 

 

 

MAGGIE observó el pequeño vestíbulo mientras se balanceaba suavemente con la cabecita de David en el hombro. El motel estaba limpio y ordenado. No era lujoso, pero era agradable y estaba en un lugar retirado.

J.D. dejó la maleta en el suelo y se sacó un rollo de billetes del bolsillo. Separó cuarenta dólares y los puso sobre el mostrador como si fuera cambio. Quizá para algunas personas.

Pagó la habitación durante una sola noche. Seguramente, el hermano de Eric esperaba que Maggie se marchara antes del mediodía.

Tenía mucho que aprender de ella.

Toda la sabiduría sobre el mundo que no tenía la compensaba con agallas. De lo contrario, ¿cómo habría sobrevivido hasta aquel momento?

J.D. le dio la llave y la miró con los ojos entrecerrados.

Ella le dio un beso en la cabeza a David para evitar su mirada inquisitiva.

—Gracias —murmuró.

Dios, se estaba cansando de repetir aquello. Cansada de depender de un extraño. Pero no podía evitarlo. Antes de permitirse el lujo de no tener que apoyarse en nadie nunca más, tendría que graduarse en ciencias mortuorias y convertirse en la mejor directora funeraria de Phoenix.

—Ve a descansar. Yo vendré mañana por la mañana y te llevaré a ver a Eric. Aquí dan de desayunar zumo de naranja y donuts, así que no tendrás que ir a ningún sitio.

La amenaza estaba implícita.

Él no quería que la segunda esposa de Eric desfilara por el pueblo y alguien pudiera verla. Sólo quería que desapareciera como una voluta de humo. Sin escándalos. Sin manchar el santo apellido de los McGuire. Y ella le iba a dejar que saboreara aquella fantasía un rato más.

—Oh, de acuerdo. Estoy agotada. Nos instalaremos y descansaremos.

—¿Quieres que lleve la maleta hasta tu habitación?

—No, gracias, ya me las arreglaré.

—Te recogeré mañana a las nueve.

Ella asintió.

J.D. se dio la vuelta y se dirigió hacia la puerta sin mirar atrás. Problema resuelto. A Maggie no le habría sorprendido verlo sacudiéndose el polvo de las manos.

Maggie se metió la llave en el bolsillo trasero del pantalón y observó cómo él entraba en su furgoneta roja. Ella lo había llevado a recoger su vehículo y después lo había seguido hasta aquel motel. Cuando Maggie se había quedado atrás, él la había esperado. No había forma de que su pequeño Toyota pudiera adelantarlo, así que ella había tenido que esperar una buena oportunidad para deshacerse de él.

Sacudiendo la cabeza, Maggie se preguntó cómo era posible que J.D. y Eric fueran de la misma familia. Él era todo lo que no era Eric, sólido, fiable, controlado. Un contable escondido en el cuerpo de un jugador de fútbol. La clase de hombre que tendría un coche de cuatro puertas. Algo seguro y aburrido. Por el contrario, Eric era un hombre de coches deportivos. Uno podía divertirse y emocionarse con él, pero nunca apoyarse en él.

David se movió en sueños, acomodándose contra su hombro con un suspiro.

Sin embargo, los coches deportivos no eran útiles con los niños.

Maggie sintió una punzada de soledad al ver las luces traseras de la furgoneta de J.D. perderse en la oscuridad. Levantó la barbilla e intentó olvidarse de la presión que sentía en el pecho. Ponerse triste no le iba a pagar las facturas.

Maggie esperó quince minutos después de que J.D. se hubiera marchado. Cuando estuvo segura de que no iba a volver, colocó a David en su sillita del coche y continuó su misión.

No le resultó difícil encontrar el circuito de carreras una vez que le dieron las indicaciones en una supermercado. Atravesó el pueblo, recorrió siete kilómetros y lo encontró justamente donde le había explicado el cajero.