Estaciones de Osiris - Ricardo Parada Castillo - E-Book

Estaciones de Osiris E-Book

Ricardo Parada Castillo

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Beschreibung

Una serie de catástrofes dejaron al planeta Osiris como un terreno hostil, las ciudades se convirtieron en tumbas congeladas, el cielo se cubrió de cenizas, la tecnología ha quedado inservible y el conocimiento perdido. Han pasado veinte años desde aquel desastre, los supervivientes se refugian en diferentes sitios. Dakota es uno de ellos quien, tras enterarse de que las estaciones siguen en funcionamiento, se une a una estas sin saber que en una misión de suma importancia se encontrará con un enemigo peligroso y desconocido.

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Seitenzahl: 108

Veröffentlichungsjahr: 2024

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Ricardo Parada Castillo

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz Céspedes

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Celia Jiménez

ISBN: 978-84-1181-980-0

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

PRÓLOGO

La humanidad avanzó a una velocidad gigante, la carrera espacial logró sumar grandes triunfos hasta ese momento, establecer una base permanente en Marte; los siglos pasaron y la humanidad amplió sus horizontes para expandirse al resto de la galaxia. La tecnología progresó hasta tal punto que las construcciones a nivel planetario se convirtieron en una realidad, además de la ingeniera genética, la cual fua aplicada a las siguientes generaciones para librarlos de enfermedades, errores de la herencia genética y potenciar sus capacidades como una mejor resistencia, digestión, fuerza, agilidad y un pulgar extra en las dos manos. La conquista planetaria siguió a otros sistemas solares donde unos se aliaron en convenios con diversos sistemas, pero otros decidieron ser más independientes, tal fuel el caso del sistema donde se encontrada el planeta Osiris.

El planeta Osiris hoy es un terreno hostil, las ciudades donde vivíamos ahora son tumbas congeladas, el cielo azul que nos transmitía paz estuvo cubierto de cenizas durante años, la tecnología que creamos, la cual nos brindaba ayudad y nos facilitaban la vida, hoy no es más que chatarra inservible y el conocimiento acumulado por nuestros ancestros se perdió cuando la red se desconectó. No siempre fue así, hace veinte años, este planeta era una colonia próspera una donde se aprovechó al máximo el potencial de la energía nuclear.

Ahora la radiación contamina las grandes ciudades y la ceniza volcánica alteró el clima. Mi nombre es Dakota, yo fui una de las afortunadas que pudo ponerse a salvo antes de que el desastre comenzara. Durante años, estuve viviendo bajo tierra, moviéndome entre sistemas de metro, escondiéndome de las personas hostiles, alimentándome de los pocos recursos que encontraba; hubo un tiempo donde estaba acompañada, pero eso no terminó muy bien. Hace poco, lo único que hacía era contar municiones, raciones, revisar la carga de la linterna y limpiar filtros, pero hace unos meses me topé con un grupo el cual tiene montado un pequeño campamento en la superficie libre de radiación, pero los mutantes y bandidos abundan, por lo que decidí quedarme. Suelo hacer ciertas incursiones para ellos como buscar recursos, piezas, medicamentos y cazando.

CAPÍTULO 1 Un día más de trabajo

—Ya te dije: son treinta balas por la carne de conejo.

—¿Qué? Ayer dijiste que la recompensa era de cuarenta y cinco balas.

—Así es, mujer, ayer estaba a cuarenta y cinco y hoy a treinta. Últimamente, los escaracos están de moda.

—¿Ah, sí? ¿Tú ves a algún gobierno controlando la economía? Porque yo no.

El hombre se muestra molesto.

—Mira, ese es el precio que tiene hoy, tómalo o déjalo.

—Al diablo, me llevo el conejo.

Después de mi comercio fallido, regresé a mi dormitorio.

—¿Puedes creer que ese estafador volvió a cambiar los precios?

—Vaya, tranquila, Dakota. Escucha, son cosas del mercado, ¿sabes? Los precios suben y vuelven a bajar, solo hay que esperar el momento indicado.

—Ahh, dile a la carne que no se pudra entonces. —Respira fuerte.

—¿Qué te pasó? Usualmente, no te veo tan enojada.

—Ese idiota me irrita y, bueno, ya falta poco para mi periodo, tendré que buscar más de esa pastilla para la próxima semana.

—Ah, ya veo, suerte para ti, que los químicos para esa cosa abundan.

—Mmm sí, me siento tan afortunada… Bueno, tengo que salir a buscar balas.

Estaba a punto de salir cuando recordé que me quedaba poca munición.

—Oye, Favio, ¿cuántas balas de rifle te quedan?

—Como unas veinte… ¿Por?

—Bueno, los conejos no se quedan quietos esperando a que los maten, ¿sabes?

—De acuerdo, te daré la mitad, con la condición de que traigas una jugosa recompensa.

—Así que quieres que me juegue el cuello por ti.

—Por nosotros, recuerda que somos un grupo, debemos cuidarnos. Además, no tienes por qué ir sola a las incursiones siempre.

—Sí, lo sé.

Me dirigí a la cabaña de contratos para buscar alguno con una recompensa decente.

—Hola, Dakota, han pasado unos días desde la última vez que te vi.

—Hola, Lara, sí, lo sé, estuve probando suerte con la cacería y no me resultó tan bien.

—Vaya, ¿y eso? Pensé que eras buena cazadora.

—Lo soy, pero algunas personas no valoran los productos que traigo.

—Mmm, entiendo. Créeme, no eres la única que opina lo mismo.

—Bueno, cambiando de tema: ¿qué tienes para mí hoy? ¿Cuál es la más alta?

—Ya que lo dices, hace unos días un señor hizo una oferta bastante tentadora.

—¿Ah, sí? ¿Cuánto ofrecía?

—Doscientas noventa balas.

—¿Qué? ¿Cuál era el trabajo, matar a un oso?

—No lo recuerdo muy bien, pero tenía que ver con entrar a la ciudad, en la zona muerta.

—La zona muerta… ¿Podrías llamarlo? Me gustaría saber de qué se trata.

—Claro, espéralo en la mesa 7, su nombre es Francis.

Esperé unos quince minutos hasta que llegó un hombre un poco anciano y se sentó en la silla con dificultad.

—Usted es Francis, ¿verdad?

—Sí, ese soy yo. Tú debes ser la cazarrecompensas Dakota.

—Así es, escuché sobre el trabajo y me interesa.

—Bueno, entonces seré breve: en la ciudad, en concreto en el hospital Sambul, necesito que me traigas algunas dosis de un medicamento, a cambio, te daré doscientas noventa dalas y una pistola termita 50.

En ese momento, pensé: «¿Solo eso? ¿Tantas balas por unos medicamentos? ¿Qué pasa hay algún problema?».

—Me preocupa un poco mi máscara de gas, tiene algunas fracturas, pero me las podré arreglar.

—Ahh, ya veo así que es eso, te prestaré la mía, así tendrás más posibilidades de volver.

—Vaya, gracias. Acepto el trabajo, partiré mañana por la mañana.

CAPÍTULO 2 Un posible aliado en la cuidad

Han pasado algunas semanas desde que no voy a la ciudad, la temperatura aquí es baja, por no mencionar la radiación, que me obliga a llevar la máscara de gas en todo momento. Hablando de esto, la que me dio el contratador es realmente buena: tiene dos filtros y se despliega sola cuando pongo mi mentón; aparte del visor, mucho más amplio y cómodo; es increíble.

Me muevo con cautela en la ciudad atenta de que nada ni nadie me embosque y también de lo que pueda encontrar en las ruinas. Llego hasta una de las esclusas y bajo al subterráneo, si bien podría llegar de igual forma al hospital por la superficie, voy por allí porque estoy protegida de la radiación y el aire tóxico. Además, bajo tierra hay menos obstáculos físicos. Durante mi camino me encuentro con ropa vieja, unos colchones y un filtro, indicadores de que alguien vivió aquí.

Aunque ahora este lugar está deshabitado, cuando los volcanes hicieron erupción, los subterráneos y las estaciones de metro sirvieron como refugio para millones de personas. Lo sé porque, unos días antes de que la red cayera, las personas recibían mensajes de familiares o amigos avisando de que estaban en los subterráneos de sus respectivas ciudades y también de gente que estaba en las estaciones de los asesores espaciales, todos tenían la esperanza de que sus gobiernos los rescataran. De alguna manera, esa esperanza se perdió cuando la red cayó y la gente tomó la justicia por su mano.

Ya estoy cerca de la parada del hospital, doblo la esquina y veo a una manada pequeña de under lurker, saco el rifle de asalto y disparo antes de que noten mi presencia, acabo con tres de ellos y el resto se queda al margen, les apunto insistentemente para hacerles saber que estoy aquí. Cuando llego al pasillo, les cierro la puerta de acceso, ya estoy al lado, así que preparo la máscara, voy armada con un rifle de asalto y una pistola de bajo calibre.

Entro al hospital, ahora tengo que buscar la medicina, reviso el almacén y encuentro unas gasas y alcohol, tendré que subir a los pisos superiores. En un almacén pequeño encontré lo que buscaba y algunos medicamentos de más, no sé lo que son, pero, tal vez, pueda venderlos. Voy saliendo cuando dos sujetos me disparan sin previo aviso, en mi posición actual estoy en desventaja táctica. Rompo uno de los vidrios y corro hasta la azotea, allí bloqueo la puerta y les hago creer que sigo escapado me coloco encima de la puerta esperándolos. Una vez derriban la puerta, espero a tenerlos a tirio y disparo.

No fue un problema mayor, solo eran dos saqueadores, sus armas eran peores que las mías, así que solo me quedé con la munición y con la chatarra de sus mochilas. Una vez terminé de saquearlos, escuché un sonido inusual, una turbina acercándose, observé la dirección de la cual provenía y, desde la lejanía, una nave de transporte modificada apareció, pasó cerca del hospital y siguió su camino.

Mientras volvía al campamento, recordé que unos sujetos habían mencionado que un loco había visto una nave de transporte en la ciudad, nadie le creyó porque se supone que todo aparato electrónico debería estar frito gracias al viento solar, calor que un grupo grande pudo haber reparado, pero deberían tener muchos recursos y gente.

Llegué al campamento y me reuní con el contratante.

—Vaya, así que volviste.

—Sí. —Abro la mochila y saco la medicina—. Es esta, ¿verdad?

—Sí, excelente. ¿Cuántos frascos conseguiste?

—Cuatro, son todos suyos si tienes el pago.

—Sí, claro toma. —Colocó las balas y el arma sobre la mesa.

Recojo las balas y reviso el arma

—Bueno, gracias, señorita, esto acabará con mi dolor. —Se levanta de la mesa y se marcha.

—Señor, disculpe olvidó su máscara.

—¿Qué? Ah, esa cosa vieja, no te preocupes, no la voy a necesitar.

—Ah, bueno. —Quién diría que de un simple trabajo obtendría tantas recompensas.

A la mañana siguiente, había una multitud en una de las tiendas de campaña no sabía a qué se debía el alboroto hasta que lo vi. El señor que me había contratado ayer, Francis, estaba muerto.

Una vez sacaron el cadáver de la tienda, se llegó a la conclusión de que se suicidó, no había rastros de agresión en su cuerpo, únicamente se encontraron tres frascos vacíos en su cajón; murió de una sobredosis, se quitó la vida con la medicina que le conseguí.

Cuando lo vi, parecía bien digo, tenía dificultad para caminar, pero no parecía triste o algo parecido, no… No logro entenderlo, aunque supongo que es mejor morir de una sobredosis a un disparo, creo que solo eligió una forma indolora de fallecer.

Semanas después, acepté otro contrato en la ciudad, esta vez, una de esas naves de transporte aterrizó a unas cuadras de donde yo estaba, en un centro comercial. Los espié desde lejos, estaban revisando los diferentes almacenes, parece que solamente están buscando recursos como lo haría cualquier sobreviviente. Me acerqué para poder verlos mejor y de forma accidental hice que una varilla se cayera, eso llamó su atención uno de ellos disparó en mi dirección y yo me agaché.

—Para… ¿Acaso viste un mutante?

—No estoy seguro, señor, pero algo se movió.

—¿Hay alguien ahí? —dijo en mi dirección.

Pienso en qué hacer, no puedo salir y hablar, lo mejor será saber quiénes son. Saco una bomba de humo y la lanzo, una vez este se dispersa, subo al segundo piso con la esperanza de atacar desde otro flanco, pero uno de ellos comenzó a seguirme.

—Ey, espera, ¿adónde vas? —decía mientras me perseguía.

Volteé en la esquina y, apenas se acercó, lo embestí, él resistió el golpe y me empujó hacia atrás. Una vez recuperé el equilibrio, le apunté con mi pistola y él hizo lo mismo.

—Quienes nos ustedes? —le pregunté.

—Ey, tranquila, primor, no queremos problemas, solo buscamos recursos al igual que todos, por cierto, ¿de qué estación eres?

—¿Estación? ¿De qué hablas?

—Las estaciones el sistema de transporte que rodea todo el planeta.

—¿Que? ¿Esas cosas aún funcionan? ¿Las estaciones y los ascensores espaciales?

—Sí, claro. Bueno, funciona medianamente bien. Mira, mis compañeros y yo somos de la estación Calabrius. —Me mostró un emblema que llevaba en su brazo.

No sé muy bien qué pensar, parece buena persona, pero ¿estará diciendo la verdad? Hasta donde yo sé, las estaciones deberían estar inservibles, aunque tiene una nave en funcionamiento, acaso podría ser posible.

—Bien, escúchame, baja el arma y hablemos.

Se escucharon disparos del piso de abajo.

—¿Qué es lo que está pasando? —preguntó aquel hombre por su radio—. Nos atacan los mutantes, suban todos a la nave. Jari, que la nave ascienda y nos recoja en la azotea, vamos, tenemos que subir.