Estás con nosotras - Diego Bazán - E-Book

Estás con nosotras E-Book

Diego Bazán

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Beschreibung

Cuatro mujeres distanciadas por más de 200 años comparten un sueño: vivir en una sociedad donde hombres y mujeres sean iguales. Catalina y Bernarda, jóvenes novicias franciscanas de fines del siglo XVIII, emprenden un viaje épico desde la ciudad de Salamanca, en España, hasta una hacienda en el más remoto reino en el confín del mundo. Hacienda Marinas, en el reino de Chile, será el lugar donde ellas extenderán ese sueño, fundando el Monasterio de Nuestra Señora de Salamanca, cuyo objetivo es educar para empoderar a las mujeres de la América Latina. Más de dos siglos después, la hermana Paula Bugueño, religiosa del monasterio y afamada youtuber, es encargada por el Vaticano para llevar adelante la beatificación de una de aquellas novicias, Catalina. Lamentablemente, la religiosa fallece, no sin antes dejar un cuaderno con instrucciones para ser leídas solo por Juanita de los Ríos, periodista investigadora y oriunda de la moderna ciudad Marinas, quien continuará la tarea encomendada por la curia romana. Juanita iniciará un recorrido en la historia que la llevará de vuelta a España, desvelando capa por capa los secretos ocultos desde el año 1800 y que afectarán a la historia de Marinas, la Iglesia y las cuatro mujeres.

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Seitenzahl: 527

Veröffentlichungsjahr: 2024

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Diego Bazán

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de cubierta: Rubén García

Supervisión de corrección: Celia Jiménez

ISBN: 978-84-1068-629-8

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

.

«Ningún hombre o mujer nacido,

cobarde o valiente, puede eludir su destino».

Homero - La Ilíada

Prólogo: Ciudad Marinas

Ciudad Marinas es una urbe, que de ser un pequeño villorrio en la segunda mitad del siglo XVIII y parte de la gran Hacienda Marinas, pasó a convertirse en la principal población dela provincia del mismo nombre. Se ubica a medio camino entre la costa y la capital del país. Se encuentra flanqueada al este por los grandes cordones montañosos de nieves eternas.Tras ellos,la capital nacional de Chile, Santiago del Nuevo Extremo. Por el oeste, los valles que llegan directo al mar conectando con el principal puerto del país Valparaíso.

Ubicado en la bahía de «Alimapu»,tierra roja o tierra quemada en lengua originaria,en 1536 Juan de Saavedra, admirado por su belleza, denominó la bahía y puerto como Valparaíso en recuerdo de su natal «Valparaíso de Arriba», la hermosa localidad española en la provincia de Cuenca. Desde esa fecha y hasta elpresente se transportan de este puerto los productos provenientes del mundo a la capital y el resto del país, siendo paso obligado Ciudad Marinas y su hermoso valle.

Esta ubicación privilegiada para la distribución de productos y comerciodel país,convirtió a la ciudaden una próspera localidad, desde su fundación por el hacendado José Bugueño del Prado en la segunda mitad del siglo XVIII, hasta nuestros días.

La hermosa ciudad está cubierta por un manto de magia. Muchos de quienes la visitan por primera vez sienten cambios profundos en su ánimo, como si se liberaran del peso de las cargas de sus propias historias. En Marinas encuentran consuelo a sus penurias y la ciudad los devuelve a la vida con la fuerza para continuar. Nadie queda indiferente una vez que conoce Ciudad Marinas. La fama de ciudad sagrada la ha puesto en el mapa de los peregrinos que buscan en ella consuelo, reparo y perdón.

Cientos de caravanas, caballos, carretas y carruajes pasaron por Ciudad Marinas en estos siglos. Previo a la modernidad de los coches y autopistas, la ciudad era una parada obligada para los viajeros del puerto al interior y los viajeros del interior al puerto. Esto la convirtió en un lugar estratégico y codiciadoy a sus hacendados,los Bugueño del Prado, en una familia poderosa yacaudalada.

Desde la administración central del país muchos potentados a través de los años pretendieron hacerse de parte o toda la ciudad y la hacienda, no escatimaron en estratagemas y esfuerzos para lograrlo, pero no lo consiguieron.

Su fundador entendió siempre que debía mantener al más fuerte de los aliados de su lado, la Iglesia Católica, por lo que parte significativa de sus ingresos fueron a parar a las santísimas arcas papales.Y fue mucho más allá.Don José Bugueño del Prado entregó los recursos necesarios para fundar un monasterio, el de Nuestra Señora de Salamanca.Donó las tierras, financió las primeras instalaciones y comprometió a sus herederos a continuarcon el soporte económico de la sagrada obra, quedando el clero completamente entregado a él. Con esta táctica aseguró la continuidad de su familia en el control de la hacienda y, más importante,su posesión.

Al correr los años, la familia Bugueño construyó el Colegio Santa Bernarda, la iglesia del monasterio y mantuvieron el financiamiento necesario, tanto de las hermanas como del colegio.A mediados del siglo XX la Iglesia designó diócesis a Ciudad Marinas nombrando a su primer obispo, don Martín García Bugueño, quien era descendiente y parte de la familia del fundador de la ciudad.

Así las cosas, no era de extrañar que el obispo de Ciudad Marinas fuera al menos nacido en la ciudad o la provincia, idealmente con algún grado de parentesco con la familia Bugueño. Para la Iglesia, esta ciudad se convirtió en un lugar muy importante, por la gran labor del monasterio y sus religiosas y la influencia cultural sobre todo en las mujeresde la región, el país y la América latina, influencia que continúa hasta nuestros días.

Los obispos han sido los principales referentes de la ciudad, han tenido poder sobre todas las cuestiones del lugar, no votan ni deciden políticamente, pero sí influyen sobre la totalidad delas cosas, las importantesytambién las cotidianas. Los últimos años eso sí, con el auge de las comunicaciones, el desarrollo de la internet y el empoderamiento de la mujer, Ciudad Marinas se ha visto obligada a evolucionar y su obispo también.

Capítulo 1. El encargo

Un acontecimiento reciente y penoso requiere la presencia lo antes posible en la casa episcopal de Ciudad Marinas de la exitosa escritora y periodista Juana de los Ríos. Ha fallecido la mediática Youtuber hermana Paula, la religiosa creadora y anfitriona del canal de Youtube hermanapaula.tv.

Con una nota concisa pero clara, el actual obispo la invita a una reunión.La profesional vive en la capital. Fue alumna del colegio de Ciudad Marinas y emigró para continuar sus estudios universitarios.

Para Juana, recibir la invitación para reunirse con el obispo de Ciudad Marinas,es una sorpresa. Ella hacía años había dejado la ciudad y perdido el contacto con la gran mayoría de sus conocidos, por eso una nota escrita de puño y letra del jefe de la Iglesia de Marinas invitándola no está en sus planes. La nota no era oficial, tal vez por eso la envió a través de un mensajero que la esperó en la recepción del complejo de apartamentos donde vive.

La nota dice:

«Querida sobrina:

Sé que hace tiempo no tenemos contacto. He sabido que estás muy bien, lo que me alegra mucho.

Necesito que nos reunamos en el obispado, hay un tema urgente que te incumbe y que debo conversar contigo.

Te pido que dejes atrás nuestras diferencias en esta oportunidad y me confirmes a través del mensajero que lleva esta nota.

Este martes a las 11:00 de la mañana nos juntamos en el obispado.

Tu tío Cayetano».

Juana reconocía la letra y el tipo de escritura de la nota; tan breve, tan fría y tan distante. Pero así es su tío el obispo, no por ser una persona poco afectuosa, por el contrario, siempre ha sido tímido y nunca ha sabido expresar sus emociones que le brotan por todos los poros de la piel. Pero ella lo conoce mucho como para saber que lo que haya sucedido entre ellos en el pasado, con esa nota él quiere decirle que necesita estar con ella, por ser su tío y ella su querida pequeña sobrina. Juana le dijo al mensajero que estará el día y la hora citada en el obispado. Confirmó su reunión.

Juana pensó que sería un buen momento para rehacer las enemistades que alguna vez se crearon en Ciudad Marinas, o más bien dicho con algunos de la ciudad. Además, se dijo «me vendría bien cambiar un poco de ambiente».

Ella había terminado recientemente una relación de forma inesperada, cuando descubrió que su novio por tres años le estaba siendo infiel. Juana nunca pierde el control, al contrario, su formación profesional, su intelecto, le impide caer en alguna salida de tono. Ella encuentra que no tenía sentido perder los estribos, para eso están por ejemplo,los argumentos de un sano debate. Pero en esta oportunidad decidió no contenerse.

Envió un chat a su novio Alejandro «Comprenderás que tus cosas están en una maleta y espero que las retires de MI apartamento antes de las 19:00 horas, que vuelvo del gimnasio… ah… y las llaves las dejas en MI cocina».

Nada de explicaciones ni por favor.Él conocía bien la razón de tan sorpresivo mensaje, tal vez por eso no respondió, por la vergüenza de enfrentar lo indesmentible, pensó Juana.

A las 19:00horas, como de costumbre, después del gimnasio, Juana entró al apartamento y allí seguía la maleta. En menos de diez minutos alguien trata de abrir la puerta, pero Juana puso el cerrojo de seguridad que solo se abre por dentro. Preguntó.

—¿Quién es? —Ella sabe quién es porque lo vio a través del ojo de buey de la puerta.

—Juanita, soy yo, Alejandro.—Con voz de ruego se presentó el ahora exnovio.

—Alejandro, te dije que tus cosas no las quería ver en mi apartamento —le respondió Juana desde el otro lado de la puerta.

—Pero Juanita, no te puedes enojar tanto, déjame pasar y arreglemos las cosas.

Esa sola frase hizo que Juana, ahora sí, perdiera el control, la educación, la cultura, todo.

—Alejandro, ahora mismo voy a tirar tus cosas por el balcón, ¡ahora mismo!

—Juanita,¡te volviste loca!Pero cómo se te ocurre semejante estupidez, te apuestoque estás con la regla, por eso estás como trastornada.

Ahora sí a Juana se le nubló la mente, ahora sí este «machista de jardín de infantes va a saber quién soy cuando me enojo», pensó. Tomó la maleta la abrió y desde el balcón lanzó todo el contenido. La ropa de Alejandro comenzó a planear por los aires, ya que el apartamento de Juana está en un piso ocho. Algunas prendas incluso cayeron en otros balcones, unos pantalones llegaron más allá de la esquina, hasta la vereda opuesta. Por los gritos de Alejandro cuando llegó a la calle comenzaron a asomarse en los distintos balcones del edificio muchas mujeres, que veían este espectáculo de telenovela.

—Juanita, estás loca, de verdad,¡estás loca! ¡Y además igual debo entrar para sacar la pantalla de TV! —gritó Alejandro desde la calle.

«Cierto», pensó Juana, la famosa pantalla de TV de setenta pulgadas que le costó «dos mil trescientos dólares» como siempre se pavoneaba.«Que tenía Wi Fi, que tenía esto, que tenía lo otro», eso también a ella la tiene hasta más arriba de la corona.

—¡Tienes razón, Alejandro! Lo bueno que es ultraliviana ¿Cierto?¡Pues aquí va para que no te molestes en subir!

Juana, en ese instante, lanzó la pantalla de TV por el aire.Observó en cámara lenta cómo la «ultraliviana» era llevada por la brisa de la tarde varios metros más allá, justo en medio del cruce de las avenidas principales. Uno de sus bordes fue el primero en tocar el pavimento, se dobló y quebró y luego, en el mismo segundo, un tremendo autobús la pisoteó, una y otra vez, con todas sus ruedas. Juana sintió un placer inmenso, un desahogo que hace tiempo no tenía. Luego miró hacia la cocina y vio el mando de la pantalla de TV, esa herramienta tan propia de los hombres como que al tenerlo en sus manos sienten el poder que de verdad no tienen.

—¡Ah! Y Alejandro,¡que no se te quede el mando! —Juana estiró el brazo, hizo una pausa para que Alejandro observe bien y soltó el mando.

Este cayó en picada porque no tenía nada de aerodinámico y se hizo millones de pedazos en la acera. Juana está feliz, pero más lo estuvo cuando sus vecinas de distintas edades la aplaudieron y vitorearon«¡así se hace!»,«¡ídola!»,«¡grande!»,«¡master!».

Un guardia de la policía se acercó a Alejandro.

—Ha visto usted lo que ha hecho esa loca.¡Lo ha visto!

—Yo no he visto nada —le dijo el policía mirando las decenas de mujeres asomadas en sus balcones. Entendió que no se enfrentaría a una jauría de hembras con ganas de atacar.

—Pero ¡cómo! —Reclamó Alejandro.

—Le insisto, yo no he visto nada, y ahora le ruego que recoja este desorden y se retire de aquí.

Las mujeres de esos apartamentos sintieron el placer de Juana, sintieron el orgullo de estar unidas y apoyarse. El orgullo de la mujer que todo lo puede, que en tiempos pasados en el más absoluto silencio y discreción eran las que sostenían la sociedad.Pero ya no más silencio ni discreción, ya no quieren escuchar esa frase,«detrás de todo gran hombre siempre hay una gran mujer», ellas son protagonistas de los cambios.Si apoyan a un hombre será porque ellas así lo han decidido, no porque la sociedad se los imponga.

.

El día martes, Juana, a primera hora salió en dirección a Ciudad Marinas. Siempre ella se imaginaba cómo debió haber sido el cruce de los cordones montañosos antes de las autopistas y carreteras. ¿Cuánto demoraba el trayecto entre Santiago del Nuevo Extremo y Ciudad Marinas? Tal vez un par de días; ahora, en cambio, si la ruta está despejada y conduciendo a una velocidad prudente, debiera llegar en una hora y media a lo sumo.

A medida que avanza por la autopista recordó el reciente episodio de su exnovio. ¿A lo mejor fue demasiado? se preguntaba, pero luego se respondía que no. La deslealtad en otras épocas se pagaba con la vida, ahora no, pero sigue siendo un valor importante. ¿Cómo se puede vivir o trabajar con alguien si no puedes confiar? La confianza es la base de todas las demás actitudes que uno puede esperar de una persona. ¿Porqué hay gente que no lo logra entender? ¿Por qué el ser humano ha perdido la lealtad y la confianza? Estas dudas rondan por su cabeza.

El acceso a la ciudad es una rotonda florida, con cientos de miles de plantas de lavanda que inundan el ambiente con su aroma y penetra al interior de todos los coches que se acercan. Es el perfume inconfundible de esta región en la primavera y el verano. En la plaza de la rotonda existe un monolito construido con piedras extraídas de la famosa vertiente ubicada en las quebradas de los cerros de la ciudad. El monumento tiene una gran inscripción:

«Bienvenidos a Ciudad Marinas hogar del Monasterio de Nuestra Señora de Salamanca».

Sí, el monasterio pensó Juana. Podría haber tenido cualquier conflicto en el pasado con el obispo, incluso con toda la comunidad, pero nunca olvidaría el gran aprecio y cariño que tenía por el monasterio, las hermanas religiosas, el Colegio Santa Bernarda que es parte del complejo y de cómo le entregaron a ella y cientos de alumnos y alumnas la mejor educación y formación posible. Ella sabía que gran parte de su éxito profesional se debía a la labor de estas abnegadas y grandes mujeres que, vistiendo sus sencillos hábitos color café, con una cuerda a la cintura y una mantilla blanca cubriendo sus cabezas, les entregaron los conocimientos que ellas mismas habían adquirido en años de formación colegial y universitaria.

Estos últimos veinte años, Juana solo volvía a la ciudad para visitar a su familia directa; sus padres, hermanos y en algunas oportunidades a amigos o amigas. Procuraba pasar lejos del obispado, lejos de la Plaza Central de Ciudad Marinas. No deseaba estar cerca del lugar que tantos conflictos le provocó de niña.

Esa gran plaza, que en tiempos pasados fue el centro de la Hacienda Marinas, era además el punto de referencia para los viajeros. Contaba en cada una de las cuatro esquinas con unas palmas o palmeras centenarias altísimas, visibles desde kilómetros de distancia. Su perímetro estuvo rodeado por un largo y alto muro que la protegía de cualquier intento de saqueo, sea de los habitantes originarios del valle o de los forajidos tan comunes en el 1800. El muro colapsó en el terremoto de 1822 y no volvió a ser reconstruido. Hasta el día de hoy existe en el lado sur la casona de don José Bugueño del Prado y su esposa, en plena restauración y próxima a ser convertida por los herederos en un elegante hotel boutique. Por el norte, las bodegas y estancias de trabajo de la hacienda, también restauradas y transformadas en la casa y oficina obispal de la provincia de Marinas. En el centro, tal vez el mayor símbolo de la estancia por entregar vida a todos sus habitantes, la gran fuente de agua de piedra que recibe continuamente el vital líquido de la famosa vertiente ubicada en los cerros, que se cuenta está allí desde tiempos remotos.

Juana se acerca a la plaza para aparcar su coche y sintió que mágicamente ese rencor y resentimiento desaparecían de su cabeza y alma. Sin entender lo que está sucediendo, percibe cómo esa carga se aleja de ella y lo acepta, como quien recibe un regalo de alguien que nunca se imaginó que le haría un presente. Cuidad Marinas le está entregando su amor, le está preparando para un recibimiento silencioso y con los brazos abiertos. Ciudad Marinas recibe a su hija pródiga diciéndole: «te estábamos esperando, Juanita».

Juana descendió de su vehículo con un ánimo distinto, con una energía que no sentía hace mucho tiempo y que solo se encuentra en la ciudad de sus antepasados. Se detuvo frente al obispado, la gran casona que de pequeña la intimidaba, pero que ahora sentía tener el control sobre ella. Hacía pocos momentos se le había entregado el poder de Ciudad Marinas, la urbe algo le quería decir, algo quería de ella y tenía que averiguarlo entrando a la reunión con su tío, el obispo.

Para Juana no era desconocido ese lugar. Cientos de oportunidades de pequeña corrió y jugó en estos salones. Sus relaciones familiares con muchos de los religiosos que vivieron allí le permitieron acceder sin mayor inconveniente pero, a pesar de conocerlo como la palma de su mano, le infundía respeto, incluso a veces algo de temor.

El salón principal de la casa del obispo de Ciudad Marinas se encuentra llena de antigüedades de los siglos en que ha estado esta gran casona de estilo colonial español en la plaza central de la ciudad.

El techo impacta por lo alto. Tal vez por haber sido en su origen las bodegas de la hacienda. Está revestido con maderas torneadas y finamente talladas: cedro, rosal, caoba, nogal, aunque no se logra distinguir muy bien qué maderas son porque la luz es tenue. A pesar de ser un día brillante, las altas ventanas con pequeños cristales de colores que las revisten no permiten atravesar los rayos de sol. Esos vitrales, que son un gran decorado, a la vez oscurecen la habitación.

Los muebles no dejan de impresionar. También en maderas nobles y finamente trabajadas se mezclan distintos siglos y épocas, pero cada uno se destaca en el lugar que le corresponde haciendo del conjunto una hermosa vista. Pinturas de las superioras del Monasterio de Nuestra Señora de Salamanca, comenzando por doña Catalina de Poblete, su fundadora, de los obispos anteriores y de los hombres santos que a fines del siglo XIX hicieron el peregrinaje a los lugares sagrados de esta región, descansan sobre las paredes como si fueran testigos inertes de lo que allí sucede y sucederá.

El escritorio del señor obispo es tal vez lo que más destaca, muy alto, largo, señorial, como marcando distancia entre la autoridad de la iglesia y quien lo visita. Tal vez lo único que llama la atención es la silla detrás de ese escritorio, de cuero, pero moderna, pareciera ser la silla de un alto ejecutivo de una corporación secular más que la de un obispo y cardenal de la iglesia.

Casi sin provocar sonido con sus pasos, se acerca la asistente del obispo, la señora Clarita, una mujer bella, bien vestida, más bien pequeña, pero muy hermosa. Tal vez de unos 65 años. Vestida de forma impecable, pero no formal, educada, atenta y distinguida, muy del tipo de las mujeres de esta ciudad que siempre se ha enorgullecido por la belleza, cultura y la gran capacidad de trabajo de sus mujeres.

—Pase por acá, señorita, el señor obispo regresa en unos 10 minutos… por favor, tome asiento. ¿Le puedo ofrecer algo para beber? Tal vez una taza de té o un vaso de agua de nuestras vertientes, famosas en el mundo entero.

—¡Un vaso de agua me encantaría!

—Porqué me parece conocida su cara ¿Nos conocemos?

—Por supuesto, Clarita, soy hija de la señora Dorotea de los Ríos, soy la menor, Juana.

—Juanita, pero ¿eres tú?... cómo has crecido, eres toda una mujer… ¡por Dios! ¿Dónde has estado todos estos años?

—Sí, soy yo… ¿Qué sorpresa, verdad? —responde sonriente Juanita, como una pequeña niña descubierta en una travesura.

—¡Dame un abrazo, por Dios!

Hace 20 años Juanita habría rechazado ese abrazo, pero ya su resentimiento con Ciudad Marinas había terminado, tal vez el madurar en el conocimiento y la escritura le ha permitido darle sentido a todo lo que sufrió. Ahora ese abrazo tiene para ella un único gesto de afecto sincero por ella y por ese momento.

Sentir el perfume de Clarita mientras la abraza, el mismo de su madre y de muchas mujeres de la ciudad, la lavanda, que crece por todos los rincones de los valles y cerros de la provincia, y que inunda en verano con su fragancia toda la región, trae en ella los más hermosos recuerdos de su infancia y adolescencia pero, por sobre todo, el recuerdo de su querido colegio de las hermanas religiosas, las amigas y amigos y las miles de horas de conversación, las miles de horas de alegría.

—Válgame Dios que sí… cuéntame de ti mientras llega tu tío… ¿Cuántos años han pasado?… ¿20 tal vez?

—Sí, creo que 20.

—Vamos, Juanita, dime, ¿qué ha sido de tu vida?

—Bueno, después del colegio, me fui a estudiar Literatura y Letras en la Universidad Católica de la capital y una vez finalicé mis estudios comencé a dar cátedra en la misma universidad.

—Pero qué bien, Juanita, tu madre debe estar orgullosa de ti.

—Sí, la verdad que sí, aunque a veces demasiado orgullosa.—Juanita sonríe.

—¿Yo pensé, Juanita, que eras periodista?

—Aún no lo soy, estoy finalizando los estudios para obtener el grado de Periodista.

—¿No será mucho estudio, Juanita? ¡Literatura y Periodismo! —Y con una sonrisa de orgullo de madre, Clarita muy alegre volvió a abrazar a Juanita—. ¿Y te has casado? ¿Tienes novio?

—Noooo, ni lo uno ni lo otro.

—Cierto, hoy las mujeres esperan más tiempo… pero ya te casarás y a lo mejor vuelves a la ciudad con tu familia.

—Ya veremos, Clarita, lo veo difícil por el momento.

En Ciudad Marinas la historia de las mujeres es casi siempre la misma. Se educan en el Colegio Santa Bernarda, que es extrañamente mixto, siendo en siglos pasados el único de su tipo en el país y que además está a cargo de las religiosas del Monasterio de Nuestra Señora de Salamanca. La educación que esas abnegadas mujeres entregan se enorgullece de ser una de las mejores del continente. Esa excelencia permite a sus alumnos, mujeres y hombres, continuar sus estudios en las mejores universidades y formarse como profesionales prácticamente todos. Luego la historia es muy similar entre las generaciones, porque vuelven a la ciudad, unos se casan y forman familias numerosas, otros simplemente deciden permanecer solteros. Siempre ha sido un misterio el porqué emigran tan pocos, se dice que por la calidad de vida, otros afirman que es la magia de la ciudad.

Algunas mujeres retornan e ingresan al Monasterio de Nuestra Señora de Salamanca, que durante dos siglos ha sido el centro de la vida de esta provincia. Se le considera incluso un lugar sagrado, pues en las vertientes de los cerros sobre los cuales está emplazado tanto el monasterio como sus construcciones, su fundadora doña Catalina de Poblete habría sido salvada de una muerte segura por la Virgen María. Es así, que a modo de un eterno agradecimiento, doña Catalina decide fundar el monasterio, siendo la primera superiora. Conocida la existencia de este lugar santo y la historia de salvación de su fundadora, muchas jóvenes de alta alcurnia fueron ingresando y tomando los votos para consagrarse en una vida religiosa, pero activa, como doña Catalina deseaba que fueran sus «hijas en Cristo».

El monasterio se convirtió en una luz del conocimiento no solo para el estado, sino que también para toda la nación y el continente latinoamericano. De sus muros egresaron grandes religiosas, que continuaron expandiendo la cultura, en especial entre las mujeres de las distintas latitudes de la América hispana.

A mediados del siglo XIX se funda el Colegio Santa Bernarda en los terrenos del monasterio, llamado así en honor a doña Bernarda de Salvatierra, religiosa franciscana que llegó a estas latitudes poco tiempo después de doña Catalina y que falleció de una corta y dolorosa enfermedad.

El colegio era uno de los grandes sueños de doña Catalina, que solo deseaba expandir el conocimiento en la población. Se decide incorporar tanto mujeres como hombres en sus aulas, algo revolucionario para la época, pero práctico, puesto que las religiosas del monasterio serían sus docentes y así no habría necesidad de contratar más educadores para cubrir las plazas si el alumnado estaba en distintos salones según su género.

En esta misma época se nombra «de Nuestra Señora de Salamanca» al monasterio en honor a la ciudad española de origen de su fundadora; la santa y piadosa doña Catalina, conocida por sus increíbles habilidades curanderas, entrega al prójimo y de gran cultura. Se decía de ella incluso que habría estudiado en la mismísima Universidad de Salamanca y que durante muchos años recorrió la provincia de esa ciudad curando y sanando enfermos de todo origen social cumpliendo un rol de médico pero que, por el hecho de ser mujer, no tendría los certificados que lo demostraran en aquella época.

Por el trabajo de doña Catalina en la constitución del monasterio y su posterior legado en la fundación del colegio y formación de tantas mentes influyentes en los siglos XIX y XX, no solo en el país, sino que a nivel continental, es que se decide iniciar un proceso de beatificación como primer paso para la búsqueda de la santificación de doña Catalina. El propio papa Francisco ha solicitado celeridad en la causa, pues la Santa Sede celebraría contar lo antes posible con otra beata de origen latino y sumarla a la reciente beatificación de Mama Antula, la amada religiosa jesuita Argentina. Es actor de la causa de Catalina y a la vez obispo competente don Cayetano Gómez, obispo de la provincia de Ciudad Marinas.

Antes de los diez minutos de espera, ingresa el señor obispo a la sala. Un hombre de 55 años, de muy buena presencia, de contextura atlética, vestido en traje negro con camisa negra y el tradicional alzacuello blanco de los sacerdotes. Sus zapatos, como siempre, muy bien lustrados y brillantes como que la vida se le fuera en eso. No trae la cruz ni el anillo de oro cardenalicio, se podría confundir con un simple sacerdote, pero eso a él no le preocupa, de hecho nunca le ha importado con quién lo confundan.

El obispo de Ciudad Marinas, don Cayetano Gómez, es oriundo de la ciudad y, formado en el colegio de las religiosas, continuó sus estudios en medicina en la capital; y una vez titulado decidió ingresar a la iglesia. Se ordenó sacerdote a los treinta años, apenas siete años después ya estaba siendo nombrado obispo. Un hombre reconocidamente brillante, intelectualmente completo, de una profunda cultura y además músico. Su prédica y escritos han sido destacados por ser más bien contemporáneos, siendo objeto de admiración de los jóvenes, pero rechazado en los círculos más tradicionales de la Iglesia. Hacía pocos meses, y para sorpresa de muchos en la curia y en el país, fue nombrado cardenal por el nuevo papa, reflejando de alguna manera en ese nombramiento el apoyo a las ideas innovadoras y de apertura de la Iglesia que el propio Francisco espera implementar.

—Querida sobrina, qué gusto verte… ¡qué bien te ves!—exclamó el obispo.

—Hola, tío,¿o debo decir señor cardenal?

—No quiero que tú me trates como señor cardenal nunca, aunque tu vida dependiera de ello… ¡ven para abrazarte!

Juana, en ese instante, se dejó querer por su tío, quien siempre la apoyó y acompañó en los momentos difíciles. Un fuerte abrazo entre ambos selló esa amistad que nunca se debió romper.

—No, tío, te lo mereces.Sé que nunca buscaste ser obispo ni menos cardenal, por eso más respeto tu nombramiento. Tal vez cuando partí a la capital pensaba en ti y tu nombramiento como algo arreglado, no sé, lazos familiares con los cardenales, esas cosas, pero luego de todos estos años y lo que has hecho por la ciudad y la provincia no me cabe la menor duda de que nunca ha sido tu intención ser protagonista de nada.

—¿Perdón? ¿Y dónde quedó la Juanita rebelde que dejó la iglesia el mismo día de mi nombramiento? Y lo peor, que apenas tomé el cargo me lo has dicho claramente… «ya no creo en Dios y menos en sus obispos»… y partiste.

—Sigo siendo la misma, tío, pero más calmada y mesurada—respondió Juana con una sonrisa tierna y una mirada de mucho afecto a don Cayetano, logrando en él esa expresión de tío orgulloso que hacía tiempo no mostraba.

Juanita observa la mano izquierda del sacerdote, divisa un anillo de plata en su dedo meñique, pero no lleva el de oro cardenalicio, sin embargo, ese mismo anillo de plata tallado con flores lo ha visto antes, pero no recuerda dónde.

—¿Y tu anillo de cardenal?

—No se lo digas a nadie Juanita, pero se me perdió.No sé dónde lo dejé, tal vez en un baño de algún aeropuerto u hotel, no tengo ni la menor idea. Tuve que pedir otro. Debiera llegar en los próximos días, pero este debo pagarlo yo.

—¿Qué? ¿Perdiste el anillo cardenalicio? ¿Por qué no me extraña? ¡Recuerdo que mi madre siempre me dijo que tú lo pierdes todo!

El obispo sonrió, pero de una manera que Juanita no pudo interpretar, la verdad es que el anillo de oro estaba guardado en el único lugar que debiera estar, allí donde parte del corazón del obispo siempre estuvo, entre los tesoros de la hermana Paula.

—Querida Juanita, muchas veces he pensado en llamarte para pedirte perdón, no quería que volvieras en los recuerdos que tanto daño te hicieron, y preferí que siguieras tu maravillosa y exitosa vida como catedrática y periodista, pero de verdad te pido perdón, por favor, perdóname.

Juanita había sido desilusionada por la iglesia y el obispo anterior. Ella lideró a un grupo de niñas y niños para que en el Colegio Santa Bernarda se dieran clases de orientación y apoyo a la sexualidad. Sentía que nada sabían sobre esos temas y que existía una especie de nube que siempre les escondía el derecho a conocer su cuerpo y entender lo que les estaba sucediendo en la pubertad. El obispo anterior no solo lo prohibió, sino que logró aislar a Juanita de las otras familias, incluso de la propia, tomó una inquietud natural de una niña como un frente de batalla. Eso había generado en ella un profundo resentimiento contra todo lo relacionado con la Iglesia y sus religiosos; por eso, cuando su tío fue nombrado obispo pensó que las cosas no cambiarían, porque don Cayetano, su tío, si bien no había apoyado al obispo anterior, se mantuvo al margen. Sin embargo, esta vez don Cayetano, al asumir el cargo de obispo de la provincia de Ciudad Marinas no solo no mantuvo esa política, sino que hizo muchos cambios, entre ellos la clase de sexualidad fue encargada ya no a las religiosas, sino a mujeres docentes que se han especializado en educación sexual. Incluso solicitó expresamente que no se manifestaran juicios de valor en estas clases y se permita la discusión seria y transparente de cualquier tema relacionado.

—Tío, no hay nada que perdonar, todos fuimos víctimas de otros personajes en una historia muy mal narrada, pero tú has cambiado esa historia y su narrativa y eso es lo que a mí me importa.

—Juanita, sé que lo pasaste mal, y te pido disculpas por eso, pero debes creerme que todo ha cambiado mucho.

—Lo sé tío, he leído todo lo que has escrito,¡y por supuesto muchos episodios de hermanapaula.tv!

—No me digas nada, Juanita, no sabes cómo he llorado la partida de la hermana Paula, porfiada como era, ella nunca le hizo caso a las alzas de presión y el Señor no esperó más y se la llevó. La quería como si fuera mi hermana de sangre, nos educamos juntos en el colegio, luego compartimos en la misma universidad, ella en la escuela de leyes y yo en la de medicina, pero siempre estuvimos acompañándonos. Paula, la mejor alumna, con la mejor oratoria, no puedo decir que fuera una santa, pero sí una gran persona y con su programa en la televisión ayudó a muchas personas y a la Iglesia.

La hermana Paula, que su verdadero nombre era María Paula Bugueño, es descendiente de una familia de larga tradición de Ciudad Marinas. Varias generaciones habían dado forma, primero al villorrio y luego a la gran provincia en que se había convertido el lugar. Sus antepasados, junto a doña Catalina de Poblete, construyeron el Monasterio de Nuestra Señora de Salamanca y posteriormente generaron los fondos para la construcción, equipamiento y manutención del Colegio Santa Bernarda; por lo tanto su historia está entrelazada a Ciudad Marinas.

Paula, de niña, fue siempre una pequeña destacada, inteligente, estudiosa, curiosa y muy buena amiga de toda la ciudad. No había iniciativa en la que no participara activamente; todas las ayudas, actividades solidarias o deportivas, fiestas de la comunidad… en todo estaba ella y siempre con una sonrisa en el rostro. Nunca se le conoció un novio, por eso no fue de extrañar que, una vez finalizados sus estudios de leyes, decidiera volver e ingresar al monasterio y como ella dijo al tomar sus votos:

«…hoy me entrego al señor y a mis hermanos y hermanas del mundo entero en cuerpo, alma e intelecto…».

Ese sería un sello de su vida, el intelecto, sobretodo de las mujeres, siempre estaban presentes en sus prédicas y comentarios.

—Tienes razón, tío, Paula le dio a la Iglesia un nuevo aire reformador y cercano a la gente. Entendió y supo utilizar la tecnología para llegar con su mensaje a millones de personas. No sé cuántos suscriptores tiene su canal de Youtube, pero deben ser miles de miles.

—Millones, Juanita, millones.

La hermana Paula había creado un canal en Youtube, en donde de forma coloquial comenzó a transmitir actividades diarias del monasterio. Aquellos momentos en donde las religiosas estaban en actividades cotidianas, como la cocina, el aseo, la jardinería, manualidades, pastelería, las clases en el colegio, en fin, momentos normales que mostraban la simpleza de la vida de estas mujeres. Los videos, que ella subía periódicamente a internet, cada vez tuvieron más y más visualizaciones hasta que el obispo anterior decidió terminar con este «desorden», como lo llamó. Así que la hermana debió dejar de hacer las grabaciones y resignarse a la autoridad de su obispo.

—Pero, tío, en parte gracias a ti se logró llegar a tanta gente, tú autorizaste que Paula pudiera desarrollarse en el canal y por eso no solo te respeto sino que te admiro.

Efectivamente, don Cayetano, al asumir el cargo de obispo, una de las primeras medidas que tomó fue reactivar el canal de Paula, le pidió eso sí que todo el material pudiera ser revisado previamente, porque «hasta el infierno tuve que ir para convencer la reapertura…», le dijo a la hermana.

Paula tenía mucha confianza en su amigo de la infancia, don Cayetano, a veces incluso pensó que esa confianza era algo más, pero siempre desechaba la idea. Ella tendía a confundir la admiración en una persona con los afectos hacia esa misma persona, eso ella lo sabía.

—Y no sabes, Juanita, todo lo que tuve que hacer y a quiénes tuve que convencer para que Paula pudiera comunicarse al mundo a través de su canal. La voy a echar mucho de menos. Le tenía mucho cariño.

—Lo sé, tío, mi madre siempre me dijo que ustedes de pequeños nunca se separaban, incluso una vez me confidenció que hasta pensaba que había algo más entre ustedes dos… de verdad no me importaría, tío, si así hubiera sido.

—Jajaja qué cosas, Juanita, no, nunca tuvimos algo, sí mucho aprecio y respeto. Siempre le decía a Paula… «tú eres mi mejor amigo…», así que nada menos romántico, ¿cierto?

—Estoy de acuerdo, tío, con eso, si Paula pretendía algo obviamente no tenía esperanza.

La cercanía entre Paula y Cayetano era bien comentada en toda la comunidad, no en pocas oportunidades gente mal intencionada trataron de descubrirlos en actitudes «sospechosas», pero al final nunca se demostró nada. Cayetano se iba con mucho cuidado de no dar lugar a dudas y no por él, sino por Paula. Dios sabía que en el fondo de su corazón siempre la amó. Nunca se lo dijo, nunca siquiera se lo insinuó, porque siempre vio en Paula aquella buena mujer que todos veneraban y no sería él quien destruyera su imagen.

—Tío, estás con mucha pena, puedo verlo en tus ojos.

—Así es, Juanita… echo mucho de menos a Paula. Fue muy sorpresiva su muerte.

—Yo creo, tío, que no eres el único que la extraña. ¡En su funeral había mucha gente! Recuerdo que la carretera desde la capital estaba con un enorme tráfico de coches que venían a Marinas.

—Sí, ¡lo recuerdo! Tuvimos que pedir el apoyo de la policía para ordenar a la gente que no dejaba de llegar a la iglesia a despedirla. ¡Fue muy impresionante, Juanita!

—Yo demoré mucho en llegar, tío, y si no es por mi madre que me reservó una posición dentro de la iglesia, nunca podría haberme despedido de ella ni estar cerca de ustedes. Habría tenido que ver el responso en la plaza, en las pantallas que instalaron.

—Era una gran mujer. Se entregó por su monasterio, el colegio, la ciudad con todo lo que tenía, hasta que su corazón no resistió más... Que descanse en paz, es lo único que le pido al Señor.

De allí en adelante comenzó una larga charla; recuerdos, risas, bromas, historias y anécdotas de ellos, las familias, la gente de la región. El obispo estaba realmente en un estado de gozo pleno con Juanita, que no dejaba de disparar palabras que se convertían rápidamente en verdaderas novelas. Le contó de su paso por la universidad, cómo se convirtió en docente y escritora investigadora, como ella se autotitula, del proceso para preparar una historia, cómo ha lidiado con la fama que ha logrado en tan corto tiempo y a tan temprana edad, cómo se enfrenta a los críticos y del placer que siente cuando hace clases y comparte sus conocimientos y experiencias con jóvenes estudiantes. Le contó acerca de las niñas que ha enseñado que provienen de Ciudad Marinas, que se ha preocupado de que se instalen en buenos lugares, decentes y que estudien mucho para que sean las mejores de la clase.

—Cómo pasan las horas, Juanita, no hemos dejado a nadie sin su historia… jajaja.

—Sí, tío, la verdad me lo he pasado muy bien y te doy gracias por invitarme…

—Las gracias te las debo yo, que has llenado mi día con alegría y me has hecho muy feliz.

—Bueno, tío… ¿Y a qué vine, qué necesitas de mí? —Decidió finalmente preguntar Juanita.

La cara de don Cayetano, obispo de la provincia de Ciudad Marinas, la con más feligreses que cualquier otra provincia del país y además cardenal de la Iglesia Católica, volvió su rostro melancólico y triste al percatarse de que la larga y divertida charla con Juanita hasta ese momento, no era más que una pausa de lo que es el tema central de esa reunión.

—Tío ¿he dicho algo malo, te he perturbado?... no ha sido mi intención.

—No, Juanita, jamás, eres una mujer maravillosa, y eres tal cual como siempre te he recordado, cariñosa, generosa, inteligente ¡y muy divertida!

Se produce un silencio penoso en la sala que es roto por el ingreso de la asistente del obispo a la oficina.

—Don Cayetano, está casi en la hora de la misa de las 12:30… ¿Confirmo su asistencia?

—No, Clarita, esta reunión se ha prolongado un poco más de lo planeado y aún no terminamos, favor dígale al padre Alberto que la oficie por mí.

—Por supuesto, don Cayetano, yo le digo… Luego me retiro.

—No hay problema, Clarita.

—Adiós, Juanita, y dale mis saludos a tu madre. —Con un fuerte y cariñoso abrazo las dos mujeres se despiden.

—Gracias, Clarita, en tu nombre la saludaré.

Clarita deja la oficina y se produce un nuevo silencio… Juanita no está segura de volver a preguntar el porqué don Cayetano la mandó llamar. La verdad está pasando de estar intrigada a preocupada… ¿Será la salud de mi madre, la hermana del obispo? o tal vez algo más trágico, pero ¿qué puede ser más trágico? ¡La muerte de mi madre! ¡Sí, eso debe ser, ella debe estar desahuciada! Y no me lo ha podido decir en persona. Todas estas ideas pasaban por la mente de Juanita. Hasta que finalmente el hombre de Dios rompe el silencio.

—Juanita, he leído tus estudios con mucha atención. Aunque en ciertos aspectos no comparto tus ideas, creo sinceramente que no solo eres una gran escritora, sino que además te documentas bien y haces el mayor esfuerzo intelectual para ser veraz en lo que escribes.

Y así es. Juanita se destaca por sus investigaciones muy acuciosas sobre el tema que va a escribir o exponer. Su fama de investigadora y de estudiosa de los más variados textos, se ha extendido no solo en su universidad, sino que también en los círculos más exigentes del intelectualismo del país. La caracteriza una personalidad más bien jovial, siempre sorprende por su naturalidad y a la vez profundidad de sus conocimientos al escribir o, mejor aún, al exponer. Da la sensación de que toda esa información hubiera estado siempre con ella.

Por todas esas capacidades y habilidades conocidas ya por muchos de Juanita, fueron razón suficiente para que fuera seleccionada al más importante y apasionante trabajo que jamás ella habría pensado tener, al menos eso pensaba la hermana Paula, ya fallecida.

—Juanita, te he llamado para ofrecerte un trabajo, que la verdad no lo entiendo mucho, tal vez de investigación, de estudio, en realidad la Iglesia es quien te ofrece este trabajo... en realidad ni uno ni otro. —Don Cayetano no lograba explicar nada, al contrario, mientras más hablaba más complicaba las cosas.

—Me intrigas, tío, de qué se trata.

Ya estaba entrandola tarde y la temperatura de la ciudad en el verano es bastante alta a esas horas, por lo que Juanita abrió los ventanales para que comience a circular la brisa por la sala. En realidad lo hizo para darle una pausa a su tío el obispo, no se notaba incómodo, pero sí inseguro. Tal vez por la respuesta que podría darle Juanita a su oferta. Por otro lado, Juanita también necesitaba un respiro para entender bien lo que se le ofrecería.

Las campanadas de la misa comenzaron a hacer vibrar toda la construcción, pareciera que fuera un pequeño temblor. El ruido era bastante fuerte, considerando que la iglesia mayor de Ciudad Marinas se encuentra en uno de los costados de la gran plaza central a cierta distancia, en el mismo lugar donde antiguamente existió una pequeña capilla que se desplomó en el terremoto de 1906.

Juanita observó que, sobre el escritorio de su tío, había una fotografía de la hermana Paula, tal vez de cuando ella había tomado los votos, porque vestía solo el velo en su cabeza. La hermana Paula, a decir verdad, era bastante hermosa, pensó Juanita, no la recordaba así, tan bella a pesar de haber sido su alumna durante años. Tal vez en aquella época, como la hermana estaba siempre vestida con su hábito y toca, no lograba destacar su rostro, ni menos sus profundos ojos color violeta, tan poco comunes. Con aquel velo o túnica de la foto y una luz tenue que cruza el rostro, se ve realmente bella.

—Tengo una copia de esa fotografía —dijo el Obispo al observar la atención que Juanita había puesto a la imagen.

—No, gracias, tío. No te molestes, solo estaba mirando lo bella y hermosa de Paula. No la recordaba así.

Esa sola frase de Juanita finalmente hizo sollozar a don Cayetano quien, con un esfuerzo sobrehumano, logró contener las lágrimas y controlar cada músculo de su cara y cuerpo para no desatar un llanto profundo del alma quebrada, dividida en ínfimos trozos de dolor y pena. Él sabía que la tarea que iba a encomendar a Juanita no podía ser arruinada por sus sentimientos, estaba no solo su nombre en juego, sino también el de toda la Iglesia y el de la hermana Paula, que para él es lo más importante en ese instante.

—Juanita, por favor, toma asiento para que hablemos de lo que te hizo venir para acá.

Juanita se sienta esta vez en un cómodo y fresco sofá de cuero a cierta distancia del escritorio del obispo, tal vez inconscientemente quería dar un mensaje de que no estaba del todo tranquila con la tarea, que aún no conocía, pero que ya le asustaba aceptarla.

Don Cayetano se puso de pie y caminó un par de pasos a un gran mueble. Con una llave antigua, de esas de bronce, abrió una de sus puertas. Adentro se observaban varios cajones, todos impecables, brillantes. Sobre los cajones muchos libros, también muy ordenados y muy pulcro. De sus ropas. el hombre de la iglesia sacó un pequeño llavero con muchas llaves, pequeñas, con una de ellas abrió el primer cajón. De este cajón sacó un pequeño cuaderno de cuentas, como de contaduría, que estaba envuelto por una liga. Se sentó junto a Juanita en el sofá.

—Juanita, este cuaderno era de la hermana Paula. Mira lo que se lee en la tapa y en ese pequeño papel enrollado en la liga.

La tapa decía «Privado»… y ¿el papel?

Juanita toma el papel que ya se veía bastante ajetreado por otras manos, como si lo que allí estuviera escrito fuera una noticia única digna de leer por todos, pero que solo algunos pudieron hacerlo. Lo estira y en una hermosa caligrafía dice:

«Este cuaderno solo puede ser entregado a Juanita de los Ríos». Firma hermana Paula.

Un silencio sepulcral invadió el salón, la brisa suave de esa tarde recorría con más libertad que nunca las paredes y los muebles. Los rostros de las pinturas parecían de verdad ser testigos de algo que nadie sabía y que estaría por remecer los mismísimos pilares de la provincia, la ciudad, el monasterio, el colegio y la propia Iglesia.

—¿A mí? ¿Por qué a mí? —exclamó Juanita.

La sorpresa de Juanita fue instantánea, sí, ¿por qué a ella?

—Juanita, créeme que para nosotros también fue una sorpresa. Incluso la simple existencia de este cuaderno es todo un enigma para todas las hermanas, salvo una que fue la que nos lo entregó.

Don Cayetano se acercó un poco más a Juanita, como quien fuera a compartir un secreto.

—Este cuaderno, Juanita, no estaba en las pertenencias de la hermana Paula. Cuando alguien del monasterio fallece solo el obispo puede autorizar el ingreso a la habitación de la religiosa una vez que el médico ha constatado el fallecimiento natural de la hermana. Pues bien, yo autoricé el retiro del cuerpo de la hermana Paula para ser velado, pero no permití el acceso a sus pertenencias hasta no consultar con la Conferencia Episcopal, considerando la importancia de la hermana para los medios de comunicación y para la propia Iglesia.

—Entonces ¿cómo obtuviste este cuaderno y la nota?

—El cuaderno lo tenía una de las religiosas, la hermana Lucía, y la nota venía con él.

La religiosa a la que hace referencia don Cayetano, la hermana Lucía, es una joven con limitaciones intelectuales que la misma hermana Paula acogió en el monasterio cuando era solo una adolescente huérfana. Sus padres habían fallecido en un accidente automovilístico, cuando se trasladabana a su ciudad de origen para ejercer su derecho a voto en las elecciones presidenciales. Así, Paula la adoptó como si fuera su madre y le entregó todo el amor, cariño y aprecio que perdió de sus padres.

Poco tiempo antes de fallecer, la hermana Paula entregó este cuaderno a Lucía, con expresas instrucciones de darlo al obispo en caso de su muerte.

—No entiendo, tío… ¿Y qué te dijo la madre superiora?

—Estaba tan impresionada como todos. Nunca imaginó que la hermana Lucía tenía este encargo de Paula, incluso la pobre Lucía, a quien debes conocer, pues es un ángel viviente, con toda la pena se le había extraviado el papel y pasó varios días de angustia, cuando finalmente lo encontró entre unas rendijas de la pared de su habitación y me lo entregó.

—Pobre ella, me la puedo imaginar, pero ¿y qué debo hacer yo con esto?

—No lo sé, Juanita, debes creerme que nadie ha leído ese cuaderno. Hemos respetado los deseos de la hermana Paula y estamos tanto o más intrigados que tú de lo que la hermana te pedirá.

—¿Cómo sabes que me va a pedir algo aquí?

—Nuevamente, Juanita, no lo sé, pero sí tengo algo claro… dime… ¿Para qué dejas un cuaderno a alguien escrito de tu puño y letra si no es para pedirle algo?

Juanita está desconcertada. No logra procesar lo que está sucediendo ¿Por qué ella? ¿Qué pensaba la hermana Paula que ella podrá hacer?

Fue alumna de la hermana Paula en el colegio al igual que muchas otras estudiantes. Tuvieron un grado de cercanía cuando hubo el conflicto con el obispo anterior, que no les permitió tener unas simples clases de sexualidad en el colegio. Paula la acompañó durante esa etapa de frustración, pero nada más, al menos eso pensaba Juanita. Muchas compañeras y compañeros de ella podrían ser tanto o mejores receptoresde ese cuaderno que, ahora, la hermana Paula le estaba enviando luego de su muerte. ¿Porqué yo? gritaba por dentro Juanita, sin entender la razón.

—¿Juanita?

—Dime, tío.

—¿Qué pasa?

—Estoy confundida, tío. Realmente no confundida, más bien intrigada, preocupada, no entiendo qué está sucediendo, no entiendo el porqué ¿En qué estaba pensando lahermana Paula? ¿En qué, tío? ¡Dime!

—Juanita, yo tampoco entiendo nada, pero creo, y no quiero presionarte, que no tienes más opción que tomar ese cuaderno, levantarte y ver qué es lo que ella quiere... Tú eres la única que puede hacerlo. Paula no dejó más alternativas que tú.

—Lo sé, tío —dijo Juanita ya un poco más entera, más como es ella de verdad, la Juanita de frente en alto, de mirada profunda e investigativa, la Juanita escritora de grandes publicaciones de las letras, de historia, de política, la Juanita reconocida como la revelación de ese año por los medios nacionales gracias a su investigación: «Aduanas ¿La cueva de Alí Babá?» en donde desenmascaró una red de corrupción nunca antes vista en el país. Estaban involucrados ministros de estado, oficiales de aduanas, funcionarios de la policía, hasta guardias de seguridad. Además de su trabajo investigativo y minucioso, se sumó su razonamiento y lógica propias de una mente brillante como la de ella. Llegó a una única conclusión: que gobierno tras gobierno, los últimos 30 años fueron cómplices del ingreso ilegal de grandes volúmenes de productos subvalorados en sus precios reales de importación, por lo que la recaudación de impuestos recibida era miles de millones de dólares menos. Una terrible noticia para el país. Pero lo más grave es que la falta de fiscalización permitió el desarrollo de mafias dedicadas al tráfico de drogas convirtiendo al estado en la mejor y mayor ruta de distribución para los cárteles latinoamericanos. Juanita, por esta investigación, recibió grandes elogios, pero también muchas amenazas.

—Tomaré el cuaderno y me iré con él, pero debes cumplir ciertas condiciones. No quiero que nadie, tío, debes prometerlo, que nadie se comunique conmigo hasta que yo lo haga con ustedes—le dijo al obispo de Ciudad Marinas esta pequeña mujer llamada Juanita, pero grande en autoridad, en personalidad, en presencia.

—Está bien Juanita.—Y en un tono tierno pero solemne don Cayetano continuó—. Al verte creo que esa es una de las razones del porqué Paula te eligió a ti; porque pondrías tus condiciones y cómo se harían las cosas a partir de este momento. Al parecer Paula te conocía más de lo que pensabas.

—Eso espero, tío. Realmente deseo cumplir con la hermana. Sea cual fuere el deseo de ella al entregarme este cuaderno, no la defraudaré tío.

Y así Juanita siguió detallando sus condiciones, más bien exigencias.

—Lo otro, tío, debes jurar que nadie entrará en la habitación de la hermana hasta que yo lo autorice, debes jurarlo, tío, por su alma, por el alma de tu amiga, ¡júralo!

—Lo juro, Juanita, ante ella lo juro. Pero, Juanita, tú debes prometer que no tendrás contacto con nadie, ni comentarás a nadie en lo que estás ni lo que ese cuaderno contiene.—Hizo una pausa y continuó—. También debes saber, Juanita, que Paula me estaba ayudando en recopilar toda la información sobre doña Catalina de Poblete para el proceso de beatificación que estamos impulsando en la Santa Sede, mira que muchos están convencidos que es Santa. Por esta razón también te pido la mayor discreción con lo que encuentres.

—Y claro, al final si algo no es bueno, no se va a saber nunca.¿Cierto, tío? —respondió Juana un poco molesta.

—¡No, Juanita! No, por favor, no creas eso. Tú serás la que emita el reporte final y será público, te doy mi palabra de honor, y para que me creas… Paula me dijo que tenía que ir a Salamanca en España, parece que algo encontraría allá. Por si te interesa verlo, puedes continuar tú ese trabajo y contarías con toda mi confianza.

—Te lo agradezco, tío, y creo en tu buena intención y también te prometo mi discreción, pero primero debemos saber qué sucedió con Paula.

Capítulo 2. Ciudad de Salamanca

Habían pasado tres años desde que don Juan Gregorio de Poblete y doña Josefa de Robledo contrajeron el sagrado vínculo del matrimonio, con toda la usanza y tradiciones del Madrid de 1773. Pleno siglo XVIII, el Siglo de las Luces.

En aquella época era habitual que los matrimonios fueran por conveniencia. Los novios rara vez daban su consentimiento a los acuerdos y compromisos escritos por sus padres en las capitulaciones, una especie de contrato nupcial en donde poco o nada importaba el amor. Este no era el caso de don Juan Gregorio y doña Josefa, ellos se amaban profundamente y el sí que dieron en el altar fue verdadero y sincero.

Los novios fueron criados en la misma casona familiar de Madrid. De hecho tenían un grado de parentesco, pues sus abuelos eran primos hermanos.

Debido a los distintos acuerdos familiares en matrimonios anteriores coincidían todos en la misma casa y existía el temor de los mayores que al casar a uno de los únicos herederos de ambas familias, esto es don Juan o doña Josefa con algún pretendiente o mujer que fuera externo al grupo familiar corrían el riesgo de quedar en la calle, sobre todo las mujeres aún no casadas o las viudas.

Como la Iglesia no se opone a uniones de primos de segundo grado es que los padres de ambos deciden, por conveniencia, que la unión de ellos es la mejor solución para los intereses de las familias o, mejor dicho, para las ramas de una misma familia.

La vida en la casona era tranquila y sin mayores sobresaltos. Los jóvenes Juan Gregorio y doña Josefa descienden de familias nobles con rentas suficientes como para subsistir y más. Los hombres tradicionalmente han pertenecido al ejército, siendo todos oficiales a las órdenes del rey de turno.

Las mujeres, por su parte, generalmente casadas, por tradición se ha tenido el cuidado de darles la mejor formación posible. Por lo general esta educación se entregaba en los colegios religiosos que por aquella época de los siglos XVII y XVIII eran el lugar de enseñanza de las niñas de la alta esfera social de España.

No era de extrañar que las mujeres de esta familia, lo cual era poco común en esos años, fueran conocedoras de las distintas materias y disciplinas a la par con los hombres. Latín, Ciencias, Geografía, Literatura, incluso las artes de la guerra, esta última entregada por los más ancianos de la casona, todos oficiales retirados. En el hogar familiar se respiraba sabiduría y era un valor muy importante que todos, sin excepción, tuvieran las mismas oportunidades para aprender.

De muchas generaciones, la familia de Juan Gregorio y Josefa era liderada por las abuelas y madres, siendo un verdadero matriarcado. La razón era simple, los hombres debían alejarse largas temporadas, incluso años, a cumplir con sus deberes militares para con la corona y el rey; entonces o no estaban el tiempo suficiente como para cumplir su rol o simplemente estaban muertos o desaparecidos en batalla.

Esta falta de hombres hizo de sus mujeres personajes fuertes, decididas y con un gran sentido del deber y compromiso con su propia descendencia. Para ellas lo más importante era asegurar el bienestar de sus hijos, pero por sobre ellos, sus hijas. Venían de épocas duras para las mujeres y entendían que nadie, salvo ellas y su unión, las mantendría a flote. Los hombres, en cambio, estaban predestinados y con su futuro bastante asegurado por su condición de hombres en una sociedad diseñada para ellos. Se sumaba también su posición como oficiales del Ejército del Rey.

El amor entre los primos, don Juan Gregorio y doña Josefa, había nacido en su adolescencia cuando él dejó de verla a ella como una niña y comenzó a observar los pechos firmes y erectos de la mujer que comenzaba a florecer y que detrás de capas de telas de sus ropas igual lograban asomarse. Una cintura hermosa y cerrada que calculaba que solo con sus manos la podría rodear sin dificultad, soñando con asirla hacia su cuerpo con fuerza, pero con ternura a la vez para sentir su calor, su olor. Cada vez que doña Josefa se alejaba, observaba su caminar como si fuera una joven gacela de caderas redondeadas y bien formadas montadas sobre sobre dos largas y firmes piernas. En esos instantes donde su imaginación le hacía pasar momentos bochornosos, entendía él por qué su madre y la de ella ya no les permitían jugar como lo hacían de niños.

Por su parte, doña Josefa comenzó a verlo como el joven hermoso y de facciones finas cual escultura griega. Torso contorneado por una buena cantidad de músculos y de actitud valiente y amable. Le gustaba observarlo en las distintas actividades del día a día en donde su cuerpo escultural explotaba con toda su fuerza como un dios romano; partiendo la leña, domando caballos, practicando las artes de la espada. Ella, antes que él, sabía que lo amaba.

Ambos, de pequeños siempre congeniaron, se acompañaron, conversaron e hicieron travesuras. Su amistad y compañía mutua era observada con mucha atención por sus familias, pues nadie quería una vez entrada la pubertad, que estos niños dieran alguna sorpresa de la cual todos se arrepentirían más tarde. Es así como por fin se acuerda el matrimonio de ambos por las familias. Por un lado, para asegurar la mantención del status; por el otro, la estabilidad económica de todos los parientes y, no menos importante, tentar a la suerte con un embarazo no deseado.

Se decidió que don Juan Gregorio, al finalizar su formación militar al igual que su padre y sus antepasados en el Regimiento de Infantería Inmemorial del Rey, volvería para contraer matrimonio con doña Josefa, siendo esta propuesta la mejor noticia para ambos. Aunque la espera de los tres años de formación, como suele suceder en los jóvenes, sería muy larga para ellos.

En ese tiempo de obligado alejamiento, él y ella mantuvieron contactos esporádicos, mientras cada uno por su lado se formaba en lo que la sociedad les imponía. Él en la carrera militar para convertirse en el oficial que por tradición le corresponde. Ella en los deberes de una mujer virtuosa futura madre y ama de casa. Y ambos en los modales, comportamientos y tradiciones de su nivel social.

En la España de mediados del siglo XVIII no existía una escuela militar como tal en donde se formaran los oficiales, esta enseñanza se hacía en los regimientos. El más importante era el Regimiento de Infantería Inmemorial del Rey, a donde tradicionalmente los hombres de la familia de Juan Gregorio habían pertenecido, convirtiéndose en personajes de la mayor confianza de la corte y en especial del rey.

Su valentía demostrada en las distintas campañas y batallas a lo largo de los últimos siglos por parte de esta gran familia de soldados era reconocida, por lo que Juan Gregorio ingresaba representando un importante linaje de héroes.

Finalizada su formación militar, el joven oficial es autorizado a casarse, lo que sucedería una primaveral tarde del mes de mayo de 1773 en la tradicional Iglesia de San Nicolás de Madrid, donde los antepasados de ambos históricamente han recibido los distintos sacramentos que exige la fe católica y la Iglesia.

Josefa ha esperado con ansias esta fecha. No haber estado con Juan Gregorio tres años ha sido para ella un sufrimiento enorme, acostumbrada a estar siempre acompañada de su joven galán con quien compartía todos los momentos del día. Si él estaba haciendo algo de hombres, ella lo contemplaba, si ella estaba haciendo algo de mujeres, él disfrutaba viéndola, pero lo mejor era cuando hacían cosas en común, como leer, cantar, contar historias y esconderse de los demás para disfrutar de su amor en la clandestinidad de un pajar, en la oscuridad de un bodegón o en el calor de un ático. Todos sabían en lo que estaban, porque si no estaba ella con espigas de trigo del pajar enredadas en el pelo, él estaba cubierto de polvo de alguno de los áticos de la casona. Les llamaban la atención, pero no mayormente. Ambos eran queridos y mimados por esta gran familia.