Esteban vs. los zombies - Federico Monzón - E-Book

Esteban vs. los zombies E-Book

Federico Monzón

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Beschreibung

Un meteorito cae en los bosques de Palermo. De él se desprende algún tipo de virus desconocido que hace que las personas mueran, para luego regresar como zombis hambrientos de carne humana. Rápidamente el virus se expande, y las calles son invadidas por los muertos vivientes sedientos de sangre. Mientras tanto, Esteban, un muchacho con defectos y virtudes, se encuentra en Lanús. Su novia, Magnolia, está en Capital Federal a punto de entrar a un boliche. Ambos deberán enfrentar la nueva amenaza zombi desde sus respectivos lados. Él tratará de rescatar a su pareja enfrentando mil y una complicaciones, mientras ella deberá resistir y buscar refugio. ¿Podrán los amantes volver a verse el uno al otro? Acción, violencia, sangre, y personajes de los más diversos, se irán cruzando en un fin de semana de locura en Buenos Aires.

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Seitenzahl: 219

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Magdalena Gomez.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Monzon, Claudio Federico

Esteban vs. zombies / Claudio Federico Monzon. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2021.

166 p. ; 21 x 14 cm.

ISBN 978-987-708-784-0

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas de Acción. 3. Novelas de Ciencia Ficción. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2021. Monzon, Claudio Federico

© 2021. Tinta Libre Ediciones

Esteban vs. zombies

Federico Monzón

Agradecimientos

Gracias, a Carlos Abate, por todo lo que me enseñó. Me fue muy útil con el correr de los años.

Gracias a Verónica R., Juli F., Noelia Rip, Gia Rodríguez, Brenda L., Lucia Salt, Laura G., Gina Pere, Maca Acos, Romina T., Agus G., Prisila, Gon, Bruja; gracias a todas, ¡genias totales!

Gracias a Pablo Rodri, Emi Zatt, Chino Aleman, Lean Pérez, Diego Sant, Alan Manci, Ariel F.

¡A los que no nombro, también gracias!

A mi familia: Claudio, mi padre; Susana, mi madre; Sofía, mi hermana, ¡gracias!

A vos, la mejor persona del multiverso, Florencia G. Lioncavallo: ¡Gracias eternas!

Prólogo:

A todos los oficiales de policía disponibles, se les ordena que vayan a cercar toda la zona del barrio de Palermo lo más urgente posible; no contestarle ninguna pregunta a nadie, mantener a la gente, en lo posible, dentro de sus casas. A todos los que quieran acercarse, sea caminando o en auto, indicarles de cualquier manera que se retiren. No importa que vivan por la zona: nadie entra o sale.

Se les pide también que, si están de franco, regresen inmediatamente a actividad.

Proceder con cautela porque se cree y estima que, debido al meteorito que cayó en horas de la mañana, algunas personas fueron propensas a infectarse con algún tipo de virus que los vuelve violentos, haciendo que ataquen a cualquier persona sin distinción alguna. El contagio ocurre por cualquier tipo de mordida que los infectados realicen.

Andar con cuidado, tratar de proteger a los civiles y no hablar con la prensa.

A todos los que les llegue este mensaje, comunicarse inmediatamente con sus superiores o ir a la zona a ofrecer asistencia a cualquier otro equipo o unidad sanitaria que encuentren.

Informe de la Policía argentina

Esteban

Esteban se encontraba agotado físicamente, pero no le importaba nada. El pedaleo de la bici lo era todo mientras esquivaba tantos zombis, tanta gente mala, ya que los muertos no fueron los únicos que empezaron a atacar a personas inocentes, la gente mala también salió a las calles esa noche. Se había agarrado a trompadas ya tres veces esa noche en el camino y había empujado a varios muertos que se le habían querido subir encima a ponerle los dientes Cuando eran pocos, se los podía esquivar; el problema surgía cuando se conglomeraban, dificultaban el paso.

El cansancio daba el presente, pero aún había que seguir. Estaba, dentro de todo, en buen estado físico, había buscado la ruta por internet, decía que iba a estar en 30 minutos, pero no tuvo en cuenta que las calles estaban plagadas de zombis, aunque ya estaba en Constitución. Iba tranquilo por la autopista. Tenía planeado bajar derecho por 9 de Julio, pero tuvo que desviarse, ya que había muchos autos chocados, sin contar que, seguramente, había algunos zombis también. Lo último que supo de ella era que estaba encerrada en el restaurante de comida chatarra enfrente del obelisco y que todas las entradas estaban bloqueadas por los muertos. Si bien el lugar tenía ventanas grandes, en la última comunicación me dijo que cada vez había más muertos bloqueando la salida, que los vidrios, pese a ser resistentes y gruesos, no soportarían mucho la embestida de tantos muertos. Al bajar de la autopista, tuvo que doblar en algunas calles imprevistas. Cuando llegó a la plaza de Retiro, necesitaba tomar aire.

Rápidamente, aunque algunos zombis lo estaban persiguiendo, logró refugiarse con su bici dentro de un puesto de panchos de aquella mítica plaza Argentina. En buenos tiempos, supo ver a muchas personas pasar, y muchos de ellos eran pungas. Esos sí que fueron buenos tiempos comparado al panorama que se veía ahora. Los muertos deambulaban buscando a su siguiente víctima. Esteban no era un gran pensador, pero rápidamente se dio cuenta de que los monstruos salidos de las peores películas de horror se podían esquivar. Si bien eran rápidos y conservaban su fuerza humana, esta era igual a la que portaron en vida. Claramente, enfrentarse a aquel musculoso zombi no fue igual que cuando tuvo que empujar a aquella abuela zombi. Fueron luchas bravas, pero logró sobrevivir.

Ya con toda su energía recargada después de tomar aire, corrió rápidamente la improvisada traba del refugio que tuvo que forzar, ya que una chica corría peligro. No era cualquier chica, sino su novia. Él sabía que era una locura lo que estaba haciendo, pero Esteban tenía en claro que las mujeres eran su perdición, en especial ella. Magnolia era fantástica, había conocido a otras mujeres, pero ninguna era tan genial como ella. Alcanzó a ver por un agujero que había dos zombis cerca, pero se podían esquivar fácilmente. Sin pensarlo más, corrió las trabas y salió andando en la bici a máxima velocidad. Lo que no esperaba era que justo un tercer muerto que no era visible por el agujerito se chocara. «La puta madre», se dijo para adentro. Estaba tan cerca y ni se movía. Cayó con la bici boca al suelo, dándose un terrible golpe, pero gracias a la adrenalina ni lo sintió. Se levantó rápido, empujó al espanto, se volvió a subir y pedaleó. Pedaleó porque su vida dependía de ello, salió disparado para un costado de la plaza, notó que los zombis lo empezaron a seguir, pero que gracias a Dios no iban tan rápido como los otros que se había cruzado. Un científico, definitivamente, sacaría enormes conclusiones con la experiencia de campo que él había vivido esa noche. Había algunos muy rápidos y otros lentos, ponían su atención en vos una vez que te tenían cerca, pero, si te alejabas rápidamente, desistían y ponían su interés en otra cosa.

Avanzó un poco más por aquella plaza, vio cómo dos muertos se entretenían con el cadáver de un policía. Se veía que era musculoso, pero su físico no le ayudó a zafar de ser devorado. Era una imagen triste si te la ponías a analizar, todo lo que estaba pasando era muy triste, pero más triste aún era para Esteban imaginar perder al amor de su vida. Siempre tenían peleas y estaban cada tanto al borde de colmar la paciencia del otro, pero distintas cosas habían hecho que se banquen uno a otro. Es por eso que Esteban Brancciari se la había jugado esa noche. A veces se preguntaba si era por acostumbramiento o por comodidad que salía con ella, pero la realidad es que no, la chica era una dinamita, no te daba comodidad y detestaba el acostumbramiento. Salió a buscarla porque en el fondo la amaba, haría lo que fuera por ella, aunque, claro, se preocupó un poco también si él no estaba loco por salir una noche con la aparición de criaturas salidas de una película de terror, pero, bueno, eso no importaba. ¡Importaba pedalear y pedalear hasta el obelisco para rescatarla!

Esteban Brancciari le repitió hasta el hartazgo a Magnolia unas horas antes que ese fin de semana no saliera, que se quedaran en casa viendo una peli o algo en la tele o, incluso, jugando uno de esos difíciles juegos de mesa que a ella le apasionan y que a él le cuestan tanto, pero ella insistió en que era el cumple de su mejor amigo el cual conocía desde que era chica, era alguien muy importante para ella. Cuando Esteban trató de argumentar un poco más su respuesta, ella arremetió con un “qué celoso sos; si seguís así, te voy a dejar. No me das espacio, sos insoportable, soy una persona libre y puedo decidir lo que yo quiera”. Hasta dijo su frase favorita que no sé por qué se la repetía siempre: “ni mi mamá me puso tantos peros como vos”.

Si bien él sentía algo de celos, comprendía perfectamente que él era su novio y ellos eran sus amigos desde hace muchos años, incluso antes de que él apareciera en su vida. Dos personas distintas que fácilmente podrían existir el uno para el otro, que había recuerdos irremplazables de vivencias con ellos que nunca se iban a borrar o ser reemplazados por él. Ella confunde muchas veces esos sentimientos. Esteban no sabía expresar bien sus sentimientos y, además, cada vez que lo intentaba, parecía un gruñón de aquellos. Ella apreciaba los buenos gestos de Esteban, pero siempre tuvo algo de temor, aunque seguía dándole oportunidades. Se las había ganado con sus buenos tratos y buenos momentos, pero ese fin de semana él tenía un mal presentimiento, había escuchado noticias en la semana, como tragedias, conspiraciones, gente provocando violencia al azar en distintas zonas del mundo, pero lo pequeño estalló en la cara de todos y se volvió gigante: fue la caída de ese extraño meteorito en los bosques de Palermo. Parece que ese sábado había bajado desde el espacio exterior un meteorito que no fue rastreado por ningún radar, ni de Argentina, ni de Estados Unidos, ni del resto del mundo. Eso hizo que un extraño virus se propague por toda la gente que había estado dando vueltas y paseando aquel día. Aunque pareciera mentira, las noticias llegaban muy lento, gente infectada que caía desmayada, todo muy rápido. Esteban había estado escuchando desde la tarde eso, aunque no pudo prestar mucha atención, ya que estaba trabajando, pero la tele que tenía prendida en el local donde trabajaba lo anunciaba. No era una tele para que él holgazaneara, sino era una de esas que están mas de decorado para los clientes. Las noticias no parecían buenas, pero con tan poco margen de horas, con todos los amigos de ella insistiendo para ir, la salida estaba lejos de cancelarse, pese al aviso de las noticias que recomendaban quedarse en casa.

Esteban se había despedido alrededor de las 21:00 hs. Él solo se había enterado de que algo extraño estaba pasando en la capital gracias a las noticias; ella se iba a la casa de una amiga, donde estarían muy poco tiempo. De ahí partían al centro en colectivo, salvo que el hermano mayor de la amiga se copara a llevarlas en el auto, hacia la fiesta Dark Anime Fest, un encuentro que se hace una vez al mes, donde pasan música japonesa/metalera/gótica que va rotando de lugares todos los meses. A veces se hace en Palermo; otras, en Congreso. Este sábado tocaba a unas pocas cuadras del obelisco, no recordaba bien la dirección, pero sabía que quedaba sobre la calle Rivadavia.

Por los pocos detalles que compartía Magnolia, el grupo que la iba a acompañar esa noche estaba formado por su mejor amigo que, a su vez, era el cumpleañero. Su mejor amiga, que odiaba a Esteban desde que comenzó la relación, ya que era muy celosa y nunca le había gustado que hayan formado un vínculo, y el último grupo que se sumaría, supuestamente, eran otros amigos de ella que se pusieron en pareja.

Se juntarían en el local de comida rápida del obelisco y de ahí irían al lugar más tarde. Según Magnolia, nunca era divertido entrar temprano a los boliches porque no habíanadie. Era divertido arrancar cuando ya hubiera gente en la fiesta o, al menos, un par de borrachos más adentro. El lugar fue recomendado por los propios amigos de Esteban, se lo habían señalado cientos de veces en el pasado, lo tenía de imagen, pero no de números en su cabeza. Una vez que se despidió de Magnolia, hizo un rato de tiempo, intentó jugar a la play, ver una película, distraerse hablando con amigos através del teléfono, pero nada. Cuando sintió hambre y el estómago gruñó demasiado, se decidió ir al quiosco que estaba a dos cuadras acomprarse una caja de Patys para hacerse la cena de esa noche. Tenía comida más saludable en la heladera, pero para sus adentros se dijo «ya fue», quería una buena hamburguesa con queso cheddar. El plan era decidirse a ver una película, comer algo muy poco saludable, luego dormir un rato y levantarse temprano para mirar el celular por si le había mandado algún mensaje, como “venime a buscar que estoy completamente borracha”, como ya había pasado hace no tanto tiempo. En fin, se calzó las zapatillas, buscó las llaves de la habitación que alquilaba, que, pese a que por fuera se veía bastante mal, por dentro era un mundo distinto. Una vez vestido medianamente decente salió.

Caminando hacia el quiosco, notó en la esquina de su casa a una persona parada contra la pared, pensó que era un ladrón, ya que las calles son peligrosas.

Dicha persona desprendía un aura un tanto siniestra, pero, mientras más se acercaba, más notaba que estaba parado tambaleándose como borracho o drogado. Una vez que pasóa su lado, pudo ver bien la cara de alguien que parecía tan joven como él, que, a su vez, tenía el rostro lastimado, que le faltaba un pedazo de cachete, como si alguien le hubiera arrancado un pedazo de un mordisco. Esteban, de pensamientos rápidos, no quiso saber cómo habría sido esa escena que le dejó semejante herida. Tras pensarlo mejor, también notó que su piel se había puesto levemente gris, quizás por la pérdida de sangre de esa herida, aunque tampoco tenía sentido que siguiera parado, debería estar desmayado. Esteban era una persona caritativa, pero un tanto lento para reaccionar. Cualquiera hubiera intentado brindar ayuda o preguntar si esa persona estaba bien, pero él no hacía eso, se quedó unos segundos contemplando más de lo debido al pobre flaco desfigurado que tenía adelante. Como si fuera una película, sacó una aterradora conclusión: estaba muerto. Sí, estaba muerto y parado al mismo tiempo, no podía ser posible. Definitivamente tantas películas ya estaban haciendo estragos en su cerebro, pero él no pensaba otra cosa, ese ser estaba muerto, muerto y parado.

El muerto, que tenía enfrente, llevaba una campera azul parecida a una que tenía en casa, aunque esta campera estaba notablemente más nueva, con un manchón enorme de sangre. Esteban, a pocos pasos, decidió salir de su mente para seguir caminando. Eso fue un grave error, ya que, cuando el muerto reaccionó, se había convertido en una bestia. Esta, al notar que tenía alguien cerca, se abalanzó con una energía imprevista sobre el muchacho que solo iba al quiosco por algo de comida rápida. Gracias a Dios, Esteban tenía buen estado físico, soportó la primera embestida y logró forcejear contra esta bestia que, a mordiscos, quería clavarle los dientes. Esteban empujó contra la pared a la joven de la campera azul, casi cae hacia atrás, pero pudo mantenerse en pie. Al notar que este volvía a atacar, decidió darle una poderosa trompada que hizo que su cabeza chocara fuertemente contra la pared de esa vivienda. Esteban, con la mano adolorida, más que golpear a una persona sentía que había golpeado un saco duro, se preguntaba si los vecinos sospechaban o escucharon algo de eso que estaba ocurriendo afuera, calculó que ya que el muerto no emitía sonidos más que un débil gruñido. Además, Esteban tampoco había gritado en ningún momento, por unos segundos olvidó que esa cosa no parecía un humano vivo normal y temió que lo haya matado. «Fue en defensa propia», pensó rápidamente, pero, cuando se quiso dar cuenta, el monstruo ya estaba de pie nuevamente atacando, como si de un filme se tratase, se le abalanzó rápidamente. Esta no era una pelea anticipada ni nada, la adrenalina del momento ya había tensionado sus músculos cuando se relajó unos segundos. Rápidamente se puso en alerta nuevamente para defenderse; esta vez la criaturametió unas patadas un tanto más lentas después del terrible primer golpe. Una vez que derribó sus piernas, se cayó al suelo y Esteban decidió huir del lugar. No quería seguir golpeando a semejante espanto. Si el séptimo arte le había enseñado algo, era que quedarse esperando o tomando a los zombis de humanos era sentencia de muerte, o, al menos, eso pasaba en el cine.

Huyó despavorido hasta llegar a la pizzería del barrio cuando en la puerta notó lo peor: dentro del lugar había sangre por todos lados. En el fondo, tras el mostrador, había ciertos movimientos que no quiso llamar ni nada; una vez más el silencio era útil, apartando la mirada, a pasos muy rápidos, hasta que decidió correr. Sin meditarlo demasiado, decidió volver a su casa, no pensó en los vecinos ni en nadie más. Una vez dentro de su casa, Esteban tomó todo el aire que podía con sus pulmones, muchas ideas se le cruzaban por la cabeza, pero una, principalmente, es la que lo invadió: Magnolia estaba en el centro. Calculó la hora, ya que ella se había ido a las 21:00 h. Había pasado bastante, tenía que hacer algo, debía llegar hasta ella para versi estaba bien. Esteban, sin pensarlo mucho, supuso que tendría que ver con el meteorito en Palermo. Esa gente infectada estaba más grave de lo que parecía, habían llegado hasta Lanús, por ende, toda la zona del centro debía estar infestada.

Esteban intentó comunicarse con su remisería amiga, pero el sistema de remises de la aplicación del celular no estaba funcionando. Era hora de tomar una decisión. Se cambió la ropa que tenía puesta por una mejor, se puso sus mejores zapatillas y su campera de cuero, el jean más resistente y cómodo que tenía. Definitivamente, no iba a entrar al boliche; pero, si lo hubiera hecho, no estaría para nada fuera de lugar. En ese momento se lamentó por no haber comprado esa arma que tanto quería, más que nada para seguridad propia, pero desde chico le habían enseñado que “las armas las carga el diablo”. Salió rápidamente a la calle para ver si la remisería que estaba a unas cuadras podría llevarlo, aunque lo dudaba. Cuando por fin logró llegar, se percató de que el lugar también había sido atacado. La mujer que atendía el teléfono, una señora mayor, de más de 65 años, estaba en su asiento de siempre, en el que Esteban la veía tomar los viajes, detrás de una mesita que oficiaba de mostrador, estaba ahí como siempre, pero su cabeza había sido violentada completamente, mordida por más de tres bocas distintas, aparentemente. No quedaba nada, apenas unos mechones de pelos colgados. Esteban se sorprendió no solo por la horrorosa escena, sino también por lo poco asustado que se sentía; él siempre se consideró un loco, pero no esperaba que una situación demencial no lo impresionara. Era raro para los sentimientos: cosas chiquitas que nadie le daba importancia a él le producían heridas enormes y cosas abismales que a cualquiera le producirían perder un poco la razón él las afrontaba con calma, siempre sabiendo qué hacer. De repente, vio de la mano de enfrente a la remisería a otro muerto parado, el anterior era flaco como él y le dio bastante pelea, el que había posado los ojos en Esteban en esta ocasión era alguien mucho más alto que él, un pelado con toda la boca llena de sangre, estaba en musculosa y era muy musculoso, con una agilidad imprevista cruzó corriendo la calle. Definitivamente, Esteban no esperó a que llegue y salió corriendo. En ese momento un vecino de la remisería salió, claramente se lo veía desconcertado, capaz había escuchado los ruidos y al fin se animaba a salir a mirar qué estaba pasando. El pelado violento se olvidó de Esteban y lo atacó, pobre hombre, hubiera esperado un poco más dentro de su casa, aunque, bueno, no había tiempo de ayudarlo, ya estaba siendo masticado. Esteban corrió y corrió hasta llegar a la parada del bondi en Hipólito Yrigoyen. A lo lejos vio unas peleas que se producían en la entrada de un bar, miro rápidamente para todos lados y desechó completamente que pasara algún colectivo; o, si pasara, no lo iban a subir. Claramente la violencia estaba escalando más y más en distintas zonas, temió por el bienestar de su amor.

Entonces empezó a caminar, pasó por un conocido lugar de comidas que estaba bloqueando como podía la entrada, veía a lo lejos algunas peleas, pero nada tan catastrófico como pintaban en las películas. Ahí se detuvo un momento en un lugar sin llamar mucho la atención de aquellos zombis, zombis argentinos. Se lo tuvo que repetir en su mente varias veces: años de problemas, inflación, corrupción, hambre, que nos critique todo el mundo y ahora zombis. «Qué le vamos a hacer», pensó Esteban para sus adentros. Si sus padres estuvieran vivos, se habrían preocupado mucho por ellos, pero por una vez en su vida agradeció a Dios que mejor estuvieran en el cielo (o donde sea que vayan las personas que dejan este mundo, en situaciones más normales que estas). Solo tenía a su chica, se preguntó qué estarán haciendo sus amigos, intentó llamarlos antes de salir de casa, pero ninguno contestó el teléfono. «Ojalá sobrevivan», pensó. Intentó llamar una vez más a su novia, pero nada, seguía sin contestar. Le rezaría a cualquier dios con tal de saber que estuviese bien.

En ese momento Esteban vio pasar a un repartidor en bici de estas aplicaciones de moda, era una bici bastante linda, notó y lamentó no tener la suya Desafortunadamente, el repartidor llevaba auriculares y estaba en otro mundo, vaya a saber si llevando un pedido o dando vueltas para regresar a su casa, pero fue atacado por dos zombis, dos chicas bastante bien producidas se le abalanzaron encima y se hicieron un festín con la carne de su víctima. Esteban vio una oportunidad y la tomó, se fue corriendo y tomó la bicicleta del muchacho asesinado, una poderosa Mountain Bike negra. Por lo visto, andaba joya y no tenía absolutamente ningún detalle, entonces decidió mandarse hasta capital, esperaba llegar pronto. Tenía que seguir derecho por Hipólito Yrigoyen, luego tomar la autopista en Avellaneda y, finalmente, mandarse hasta la 9 de Julio, con algo más de suerte encontraría a Magnolia aún con vida.

El pedaleo arrancó disparejo, la bicicleta se notaba que no estaba preparada para que la use cualquiera, tenía detalles, los cambios, la altura del asiento, todas esas pequeñas cosas que se ajustan al dueño se sentían completamente. Esteban estaba en una bici que no le pertenecía, aunque no había tiempo de frenar para acomodar, debía hacer suya esa bici. Con el pedaleo, rápidamente se dio cuenta de que las calles por venir estaban completamente desiertas para lo que era un sábado a la noche. A lo sumo, había algunos autos pasando, pero a lo lejos también había más oscuridad que la de costumbre. ¿Cuánto tardaría en caer el sistema eléctrico? Bueno, esa pregunta no podía ser contestada en ese momento. Con las calles fue conociendo un poco mejor el poder de la bicicleta que tenía, también sirvió que no haya ningún auto viniendo por ningún lado, ir derecho por semejante avenida de zona sur en tiempos normales hubiera sido imposible, pero ya estaba en viaje, debía llegar al centro.

Noemí González

Noemí González acaba de cumplir hace unas semanas sus 18 años. Ella estaba contenta porque esperaba una gran fiesta, pero, lamentablemente, durante la noche del festejo se desató una tormenta terrible, había gastado en comida y alcohol, pero la lluvia impidió que viniera la gente, ya que ella tenía amigos de zonas muy alejadas a Lanús, algunas de ellas eran del Tigre y Olivos. Además, la mayoría de sus amigos tenían su edad, casi ninguno tenía auto o padre dispuestos a traerlos, o dinero para un remís con semejante lluvia torrencial que hubo.

Este fin de semana se había propuesto cambiar su suerte, había organizado una juntada en los bosques de Palermo con sus amigos, se iba a tomar el 37 o el 160 para poder llegar a tiempo, tenía una hora o más de distancia, ni hablar si había tráfico que haría que todo se demore más, el encuentro era a las 14h puntual en Plaza Italia. Lamentablemente, alrededor de las 12:30h cayó un meteorito en una parte de Palermo que no escuchó bien, la zona había sido totalmente cerrada para investigar, parece que fue el epicentro, ya que por la tele mostraban que muchas calles habían sido cortadas e insistían que el público no anduviera por la zona.

Todos acordaban por el celular de dejarlo para otro día. Noemí no podía creer su mala suerte, estaba enojadísima, su hermana mayor para sacarla un poco de la frustración decidió llevarla a recorrer locales en Lanús centro, así se distraía un poco.

Para no sentirse mal, decidió usar toda la ropa que había seleccionado para ese día: un enterito de jean con una remera a rayas debajo, era una ropa muy hermosa que le había regalado su abuela por su cumpleaños.

Salieron caminando hasta la parada del bondi en 25 de Mayo y San Martín, de ahí tenían que esperar a cualquiera que las dejara en la estación, pero ante la demora y por sugerencia de su querida hermana mayor decidieron ir caminando. El clima estaba hermoso; además, eran calles muy transitadas.

A las pocas cuadras pararon en un quiosco, se compraron una botella de agua y siguieron, aunque se demoraron unos minutos de más, ya que a su hermana le gustaba mucho el muchacho que atendía, ella no le veía nada de atractivo.

Cuando al fin llegaron a la zona máscéntrica de Lanús, ya eran alrededor de las 18:00h de la tarde. Pararon en una joyería muy linda que tenía buenos precios, ahí atendía un joven muy guapo, Noemí no quería admitirlo porque estaba todavía en algo sin nombre con un amigo, pero ese chico de la joyería casi tan mayor como su hermana se llamaba Esteban Brancciari, siempre que iban tenía un trato ejemplar. Sin darle vuelta en su mente, se lo quería comer en dos pancitos.