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La pregunta es: ¿de qué depende el estilo amoroso de cada persona y la satisfacción en las relaciones de pareja? En esta obra se hace énfasis en la influencia que tiene la historia del apego y de las amistades propia y de la pareja, junto con la educación e historia sexual, como factores explicativos del estilo de apego de los jóvenes y adultos. Todo ello, contextualizando estos temas en un análisis de la crisis del sistema de cuidados en la sociedad actual y el rol especial que pueden ejercer los padres, abuelos y amistades. Asimismo, se reconoce la importancia del temperamento y personalidad de los dos miembros de la pareja, señalando qué tipo de temperamento y personalidad favorece o dificulta las relaciones en la pareja. Se justifica también por qué el propio temperamento y personalidad se relacionan con el estilo de apego y de amistades, dándose, en buena medida, la mano. Finalmente, se pone de relieve que la vida es rica y compleja, por lo que cada persona y pareja acaba teniendo una biografía sexual y amorosa que influye y está influida por los numerosos factores de la convivencia real, la familia que se crea, etc. Ya sabemos, «el algodón no engaña». Conocerse y saber dar lo mejor de uno mismo, cuidar y ser cuidado, amar y ser amado, es el mejor camino hacia el bienestar propio y el de los que nos rodean. Seamos biófilos, amantes de la vida propia y ajena. Nadie nace condenado al odio, la violencia o el abuso, todos podemos llegar a amar y ser amados, cuidar y ser cuidados. En este libro podremos comprender de qué depende y sobre todo aprenderemos la importancia de conocerse a uno mismo y conocer a la pareja.
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Seitenzahl: 321
Veröffentlichungsjahr: 2022
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FÉLIX LÓPEZ SÁNCHEZ
Prólogo
1. Introducción: somos seres familiares
1.1. La crisis del sistema de cuidados
1.2. La familia y las relaciones de parentesco
1.2.1. La pluralidad de formas familiares
1.2.2. ¿Qué es lo que caracteriza a la situación actual de la familia?
1.2.3. ¿Cómo definimos la familia?
1.2.4. Los posibles marginados de la familia (abuelos, personas con discapacidad y personas solteras sin hijos) y los que deciden vivir solos
2. El sistema de cuidados
2.1. Sistema de cuidados de los hijos
2.2. Contenidos de los cuidados en la primera infancia
2.3. Características del sistema de cuidados
2.4. El rol de los abuelos
2.5. Sistema de cuidados en la pareja
3. El apego como vínculo primario
3.1. Las capacidades del recién nacido
3.2. Los sistemas de relación del recién nacido: exploración y filiación a la especie
3.2.1. El sistema de exploración
3.2.2. El sistema de filiación, preferencia o amistad
3.2.3. El sistema sexual
3.2.4. El sistema de agresión y defensa
3.3. El mundo emocional: el humor, las emociones y los sentimientos
3.4. Los afectos
3.4.1. El apego
3.5. ¿Puede cambiar el estilo de apego a lo largo de la vida?
3.6. ¿Cuáles son las diferencias entre apego hijos-padres y en la pareja?
4. Estilos de apego y estilos amorosos
4.1. El origen y consistencia de los estilos amorosos
4.2. Estilos amorosos
4.2.1. Estilo de apego seguro y vida amorosa
4.2.2. Estilos de apego inseguros: ansioso-ambivalente o preocupado
4.2.3. Estilos de apego inseguros: la evitación de la intimidad amorosa
4.3. Otras clasificaciones enriquecedoras
4.4. Estilos de apego en la infancia y en la vida adulta
4.4.1. La educación sexual en la familia (López, 2005; 2006; 2020)
4.4.2. Aprendizajes básicos en la relación de apego en la infancia y en la pareja adulta
5. La historia de amistades y los estilos amorosos
5.1. ¿Qué es la amistad?
5.2. Funciones de la amistad
5.3. ¿Hay diferentes estilos en la amistad?
5.4. ¿Por qué la historia de amistades es importante para las relaciones sexuales y amorosas?
6. ¿Por qué es tan importante saber amar en las relaciones sexuales y amorosas?
7. Otros factores que influyen en las relaciones amorosas
7.1. Factores que construyen quiénes somos
7.2. El temperamento, la personalidad y los estilos amorosos (Forshund y Duschinsky, 2021; Caver, 1997)
7.2.1. Temperamento y apego
7.2.2. Personalidad y apego
7.3. Estabilidad y cambio en el temperamento, la personalidad y los patrones o estilos de apego
7.4. La importancia de la personalidad y el estilo amoroso de las dos personas y de la relación cotidiana entre ambos miembros
7.4.1. La personalidad de ambos miembros
7.4.2. El ajuste y la satisfacción en la vida cotidiana real
8. Otras tipologías amorosas
8.1. La teoría triangular y las siete formas de estar en una relación amorosa
8.2. La teoría de los colores del amor
8.3. Teoría evolucionista
8.4. Teoría cognitiva: los «esquemas» sobre el amor y las relaciones
8.5. La diversidad de discursos amorosos
8.6. Una propuesta filosófica: del deseo y la vulnerabilidad emocional al encuentro amoroso
Bibliografía
Créditos
¿Por qué unas personas se sienten seguras y satisfechas, mientras otras tienen inseguridad, ansiedad, dependencia, miedo a la intimidad o insatisfacción en las relaciones sexuales y amorosas?
Los estilos o maneras de amar son bastante estables y favorecen o crean dificultades para gozar, sentirse bien, tener bienestar subjetivo, decimos en psicología, satisfacción o felicidad, en sentido popular.
¿Cómo la biografía sexual y amorosa de las personas se va construyendo y de qué factores depende?
En otras publicaciones hemos estudiado la importancia del deseo, la atracción y el enamoramiento (López, 2020), la ética de las relaciones sexuales y amorosas (López, 2015; 2017), o los conocimientos y actitudes de una buena educación sexual (López, 2005; 2020).
En este caso nos centramos en el estudio e influencia de los afectos sociales y otros factores. Un entramado de influencias que acaban conformando nuestra manera de gozar y amar.
1.Sistema de cuidados y modelos de los padres y la familia.
2.Formación del apego seguro en la infancia-adolescencia.
3.Amistades en la infancia, la adolescencia y la juventud.
4.Empatía, generosidad y altruismo en la vida adulta.
5.Otros factores como:
a)Generales:
—Herencia biológica.
—Herencia social (familia, escuela, comunidad y generación).
—Experiencias sexuales y de amistad positivas o negativas.
b)Temperamento y personalidad.
c)Ajuste con la pareja que formamos.
6.Estilo amoroso seguro en la juventud y resto del ciclo vital.
7.Sistema de cuidados en la nueva pareja y familia.
A pesar de estas influencias, cada uno de nosotros podemos y debemos tomar conciencia de nuestra historia: analizar y reelaborar todas estas influencias, afrontar los conflictos y sucesos vitales negativos, si ha sido el caso, y responsabilizarnos de nuestra biografía sexual y amorosa. Porque, a pesar de los condicionamientos, la vida sexual y amorosa está en el reino de la libertad. Tenemos un amplio margen para aprender a usar bien esta libertad evitando los malos usos y aprendiendo a amar.
Las sociedades democráticas actuales nos permiten ser dueños de nuestra biografía sexual y amorosa respetando la de los demás. La naturaleza nos ha hecho libres para poder decidir nuestra vida sexual y amorosa. Sigue siendo necesaria una educación sexual con un modelo biográfico y ético (López, 2020).
De ello también dependerá que podamos evitar la violencia, los abusos y las agresiones sexuales, la discriminación de las minorías, la discriminación de las mujeres y tantas cosas más.
Defender los derechos humanos, los derechos de la infancia y los derechos sexuales, por un lado, y prevenir, detectar, denunciar y perseguir todos los delitos contra la libertad sexual (López, 2014), por otro, nos hace dignos, éticos y eficaces.
Los humanos somos una especie entre otras muchas; pero, sea por el diseño divino (como creen las personas religiosas) o como resultado de una larga evolución, somos una especie con características muy especiales, por muchas razones: capacidades mentales, emocionales, sexuales, afectivas, sociales, culturales, etc. Tenemos conciencia de nosotros mismos, reconocemos nuestra identidad, nuestra conciencia del Yo y la memoria de nuestra biografía personal y única. También tememos capacidades mentales extraordinarias, incluidos el pensamiento simbólico y el lenguaje, que nos permiten comunicarnos, generar y transmitir conocimientos, etc.
Cada uno de nosotros somos una unidad psicosomática (hace tiempo que la ciencia ha abandonado la concepción dualista alma-cuerpo) con tres dimensiones entrelazadas: biológica, mental-lingüística y emocional-social. Tres dimensiones porque cada una de ellas tiene especificidad en su funcionamiento. Entrelazadas porque las tres están unidas, en interacción continua.
El cuerpo y su fisiología es un entramado de sistemas que podemos abordar desde muchos puntos de vista, como hacen la biología, la bioquímica y la medicina.
El mundo emocional es un entramado de humores, emociones, sentimientos y afectos sexuales (deseo, atracción y enamoramiento) y sociales (sistema de cuidados, apego, amistad y amor empático-altruista. De ellos se ocupan la psicología, la sociología y la sexología.
La mente es un conjunto de procesos complejos de atención, percepción, representación, interpretación, memoria, razonamiento y lenguaje. La psicología, la psiquiatría y la lingüística estudian esos temas.
Así de complejos somos: seres llenos de posibilidades, para obrar bien o mal, porque tenemos capacidad para tomar decisiones sobre muchos aspectos de la vida, aunque otros están fuera de nuestro control. Es decir, tenemos una libertad limitada de la que debemos responsabilizarnos para nuestro bien, el de la familia y el de la comunidad.
Somos, además, mamíferos, homínidos, sociales y culturales.
En este libro nos centraremos en los afectos sociales. Los afectos sexuales han sido tratados en otras publicaciones (2020).
Los seres humanos no solamente nos buscamos unos a otros movidos por la sexualidad (deseo, atracción y enamoramiento), sino también por motivaciones sociales. Somos seres sociales que no podemos sobrevivir ni resolver nuestras necesidades en soledad. La dependencia social forma parte de la naturaleza humana, porque los recién nacidos (durante varios años, al menos) no pueden sobrevivir físicamente sin adultos que les cuiden. Y los adolescentes, adultos y personas viejas no alcanzan el bienestar sin vincularse afectivamente a algunas personas.
Figura 1.1.—Esquema simplificado de la especie humana.
Los afectos sexuales son necesarios para la reproducción de la especie, aunque entre los humanos cumplen otras muchas funciones sexuales, amorosas y sociales. Los afectos sociales son necesarios para que la supervivencia, la crianza y la socialización de cada niño sea un éxito. Los afectos sociales aseguran que cada niño que nace se sienta impulsado y motivado para formar parte de una familia y un grupo social, y que los adultos se sientan impulsados y motivados para criar, cuidar y socializar a los hijos. En concreto, este doble impulso o motivación se expresa en un conjunto de conductas del menor y de los adultos que tienen básicamente el fin de asegurar la supervivencia de cada niño y del grupo, así como la socialización de todas las personas.
Somos seres para el contacto y la vinculación. De cómo resolvamos nuestra vida emocional y los afectos depende en gran medida nuestro bienestar o malestar.
El afecto más necesario es el apego, como veremos. Pero no puede ser un vínculo seguro y eficaz si a lo largo de la infancia y la adolescencia no tenemos figuras de apego adecuadas y cuidadores incondicionales, afectivos y eficaces. Si eso no sucede, sufriremos de soledad emocional, la más dolorosa y destructiva, porque es una falta de satisfacción de nuestra necesidad de vinculación. Por eso comenzamos este libro con el sistema de cuidados, que es el que garantiza la supervivencia y el adecuado desarrollo a lo largo de la infancia y la adolescencia. El sistema de cuidados y el apego a los cuidadores es la esencia de la familia, cuyo núcleo lo forman, al menos, una persona adulta con capacidad de cuidar y una cría que se vincule a ella. Claro, que es mucho más ventajoso para la infancia tener varias figuras de apego y una amplia red familiar.
Pero no es suficiente el vínculo del apego. Es necesario que las crías se socialicen más allá de la familia, que tengan una red de amistades, compañeros de juego y escuela, vecinos, conocidos, etc. Es la red de relaciones sociales más allá de la familia. Esta red es hoy más necesaria por la reducción de la familia nuclear. Si no se resuelve esta necesidad, se sufre de soledad social. La amistad es muy importante desde los 3 o 4 años, y esencial en la pubertad-adolescencia. Los amigos y amigas son lo más importante de la red social, la mejor respuesta a la necesidad de afiliación a personas, grupos, comunidades, etc. Por eso dedicaremos también un capítulo a la amistad.
La solidaridad, la generosidad y el altruismo o amor son una necesidad social. A lo largo de la vida siempre los necesitamos por diferentes motivos. Y en toda organización social hay personas marginadas o necesitadas de ayuda. No hay una sociedad tan justa que lo haya evitado. Las enfermedades, catástrofes y diferentes avatares de la vida nos hacen muy vulnerables. Por eso, numerosas tareas y obras humanas solo son posibles con la cooperación y el trabajo en equipo y con personas solidarias.
De hecho, si no conseguimos socializar a las personas en estos valores, el egoísmo acaba destruyendo a las personas y a las comunidades o haciéndolas muy hostiles e inseguras.
Por último, nuestros afectos sexuales ponen de manifiesto nuestra necesidad de contacto placentero y de vínculos amorosos de naturaleza sexual. La soledad sexual-amorosa es compatible con la vida, pero se trata de una motivación tan grande que no es fácil vivir sin resolverla. Solo por razones personales muy poderosas, o por no encontrar la persona o personas que respondan a nuestros afectos sexuales, puede entenderse renunciar a esta motivación. Por cierto, los afectos sexuales y sociales están abiertos toda la vida, incluso en la vejez (López, 2012; 2018).
Antes de entrar de lleno en los capítulos dedicados a los afectos sociales, daremos una visión general de la familia y reflexionaremos sobre un grave problema social de nuestra cultura: la crisis del sistema de cuidados. Esta crisis contamina y pone en riesgo la vida (especialmente en la infancia y la vejez dependiente), las relaciones de pareja, la formación de familias, la demografía de numerosos países y el bienestar de las personas. El malestar afectivo y los problemas de soledad en nuestra cultura no están hoy en la represión sexual, como diagnosticaba Freud (1915; 1930) a principios del siglo XX, sino en la crisis del sistema de cuidados, la piedra angular de todo entramado familiar y social. Es la nueva patología de querer ser cuidado, pero sin cuidar a los demás.
Lo que me ha motivado a escribir este libro son dos hechos fundamentales para la especie humana: la importancia de la familia y la crisis del sistema de cuidados, una catástrofe para la humanidad si se llegara a generalizar.
Las redes de parentesco familiar son esenciales, pero la crisis del sistema de cuidados es una amenaza para ellas, porque la familia es la institución cuidadora por excelencia.
La familia es, de hecho, la institución social más importante y mejor valorada, como señalan todos los estudios sociológicos y psicológicos. Y lo sigue siendo, aún hoy, a pesar de la crisis del sistema de cuidados.
El sistema de cuidados es intrínseco a todos los tipos de familia. Sin él, las crías de la especie humana no podrían sobrevivir, porque nacen totalmente dependientes de los cuidadores. Incluso cuando somos adultos, quedarse sin cuidadores, es una tragedia emocional, y sufrimos, en un grado u otro, lo que llamamos «soledad emocional»: carencia de vínculos familiares afectivos incondicionales y eficaces.
Digamos, por el momento, que el «sistema de cuidados» está preprogramado en todas las hembras de los mamíferos (también en otras muchas especies) de forma instintiva, y aseguran la proximidad, la protección, la alimentación y el resto de cuidados, entre ellos los siguientes: contacto corporal, higiene, salud, comunicación e interacción íntima, alimentación, refugio, trasporte, estimulación sensorial, etc.
En otras publicaciones hemos hecho una taxonomía de las necesidades en la infancia y adolescencia (López, 2008).
Las crías de los mamíferos y también de otras especies se «improntan». Establecen un vínculo con su madre, a la que reconocen enseguida, que les impulsa a mantener la proximidad y el seguimiento, cuanto le es posible.
Las crías humanas se «apegan» a la madre y sus cuidadores (personas que les protegen, alimentan, acarician, etc.). Pero el sistema de cuidados y el apego no son en la especie humana instintos propiamente dichos, sino una pulsión más abierta que busca el contacto y la vinculación. Depende de la interacción que establecen las cuidadoras o «figuras de apego» y las crías, como veremos al estudiar el apego. Por eso, las madres humanas pueden matar, abandonar, donar, vender o maltratar a sus hijos, aunque este sea un comportamiento muy minoritario. El éxito de este proceso de vinculación está menos asegurado en los humanos, justo porque se trata de un proceso más abierto, rico y, finalmente, libre.
En la mayoría de los mamíferos, los machos no saben quiénes son sus crías, por lo que, en el mejor de los casos, les cuidan, en cuanto cuidan a la manada, como una cría más.
En los humanos, los padres biológicos se saben padres y se sienten motivados y responsables de colaborar en el sistema de cuidados. También lo hacen los abuelos y otros familiares. Esta responsabilidad está apoyada en la alianza con la pareja, el compromiso mutuo y la decisión de tener y cuidar a los hijos e hijas, la memoria del padre y la madre, los valores (fecundidad, cuidados, mantenimiento de la tribu, pueblo o país, etcétera). Las leyes y costumbres sociales sobre protección de menores, desempeñan también un papel importante.
Los afectos sexuales son también un impulso vital a coitar y vincularse, aunque la sexualidad humana ha dado un salto cualitativo y está, como hemos escrito en muchos textos, en el reino de la libertad. No es un instinto propiamente dicho que asegure la procreación de la especie. Nosotros podemos y debemos tomar decisiones sobre el hecho de tener relaciones sexuales y descendencia.
Para entender lo que hemos llamado «crisis del sistema de cuidados» es necesario enmarcarla en el contexto de nuestro país, que solo vamos a esbozar: las características del sistema económico, la globalización (ambos factores conllevan una gran movilidad social), la crisis demográfica, el cambio de valores asociados al proceso de individuación y el estilo de vida de los españoles.
Pero antes de reflexionar sobre las causas, invito a los lectores a empezar por señalar algunos de los indicadores de la crisis del sistema de cuidados.
Por mi parte, señalo los siguientes (aunque no todos ellos sean negativos, si los consideramos desde el punto de vista de los derechos individuales o desde el razonamiento sobre sobrepoblación humana actual):
—El valor de la fecundidad y cuidado de los hijos sigue teniendo mucho peso, pero no tanto como en el pasado. No son pocas las personas que, por decisión propia o razones diferentes, deciden no tener pareja o no tener hijos.
—Quienes deciden tener hijos lo hacen, en general, biológicamente más tarde, a veces demasiado tarde, y tienen menos.
—Cada vez más personas viven solas y no forman una pareja y una familia, incluso aunque valoren mucho su familia de origen.
—Los padres se quejan, con razón, de los costes económicos y de dedicación que conlleva tener hijos.
—Una minoría de adolescentes y jóvenes se socializan mal por el inadecuado funcionamiento familiar y escolar, la falta de educación y ética, las conductas de riesgo, el maltrato de los hijos o de estos a los padres y abuelos, etc.
—Algunos comportamientos adolescentes, por ejemplo, el botellón y determinadas conductas de riesgo asociadas a su ocio, aumenta el temor a tener hijos.
—Una parte importante de la población sufre de soledad emocional, social o amorosa. El suicidio de adolescentes ha pasado a ser la primera o segunda causa de su muerte.
—Los problemas de disciplina y conducta son una gran preocupación social, Al menos en el 15 % de los padres de adolescentes. Hemos pasado del autoritarismo de los padres al «no saber qué hacer» para resolver los conflictos (López, 2008).
—Las personas dependientes y las muy mayores han pasado en gran número a ser cuidadas en residencias de mayores.
Desde el punto de vista económico, el pensamiento dominante de esta sociedad liberal de mercado nos adoctrina con una idea de progreso simplista que le permite conseguir que los ciudadanos, no todos, claro está, valoren demasiado el dinero que obtienen de su trabajo y la oportunidad de convertirse en grandes consumidores.
Las sociedades democráticas con un sistema liberal de mercado, aun siendo la mejor alternativa actual, dan prioridad a la economía. Pero ni siquiera consiguen tener éxito en su proyecto de seres humanos como «trabajadores y consumidores», y dejan numerosos ciudadanos en el paro o, aun trabajando, en la miseria. Son cada vez más las voces que escriben y gritan contra este capitalismo triunfante.
Es decir, se prioriza la economía, pero tenemos graves problemas económicos, que usted conoce muy bien y no vamos analizar aquí. Problemas que se están agravando por el cambio climático y las medidas urgentes que deberemos tomar.
Desde el punto de vista del reconocimiento de los derechos y la legislación, hemos mejorado sustancialmente: derechos humanos, derechos de la infancia, derechos de la mujer, derechos referidos a la vinculación y desvinculación de las parejas, derecho a salud y escolarización, derecho a las diversidades familiares, sexuales y sociales, etc.
La vida personal de millones de personas tiene hoy mejores condiciones de bienestar subjetivo y objetivo; para la mayoría, no tiene sentido la nostalgia del pasado.
Incluso hay leyes que nos protegen y defienden de los abusos del pasado sistema familiar autoritario, en el que tantas veces los menores eran maltratados, las mujeres sometidas y las minorías perseguidas.
No se trata de negar aquello en que hemos mejorado, sino de tener una actitud crítica con el presente, analizar las nuevas alarmas y no olvidar que la humanidad puede mejorar, pero también empeorar, o hacer ambas cosas a la vez, según qué aspectos tomemos en consideración.
La globalización es un proceso irreversible porque se ha globalizado la economía, los medios de comunicación, la cultura y, cada vez más, los valores y el estilo de vida. No ponemos en cuestión las muchas ventajas (mayor libertad de movilidad de las personas, mejores comunicaciones, mentalidad más abierta, intercambio de productos e intercomunicación cultural, etc.), pero es un proceso lleno de contradicciones. Entre ellas, el aumento de los nacionalismos, la persistencia de las guerras entre naciones o grupos tribales, la pérdida de determinadas culturas, las migraciones descontroladas, la deslocalización de empresas, la tensión entre las potencias más poderosas, la explotación de los emigrantes extranjeros, las redes internacionales de la mafia, la droga, la prostitución, la venta de armas, etc.
No parece que la globalización se esté haciendo desde un sentimiento y unos valores de hermandad universal, de especie que se sabe y reconoce en igualdad de derechos y obligaciones, a la vez que sabe preservar la riqueza de su diversidad.
Desde el punto de vista de las familias la globalización ofrece nuevas alternativas para formar parejas y familias diversas, cambiar de país, viajar, conocer y moverse por el mundo. Pero conlleva el riesgo de sufrir una movilidad excesiva, en muchos casos no voluntaria, que fragmenta las familias y las aleja, la no adecuada aceptación en el país de acogida, las dificultades de la deseada interculturalidad, etc.
La crisis demográfica en España no ha dejado de agravarse en las últimas décadas. Nacen pocos niños y niñas, y nacen demasiado tarde, como nos confirman los pediatras cada año. Cada vez hay menos familias, más parejas sin hijos y más personas que viven solas. Por supuesto que cada persona tiene derecho a organizar su vida sexual, amorosa y familiar como considere oportuno y pueda, pero en términos demográficos somos un país en crisis. Y los hijos que se tienen o adoptan son pocos y, con frecuencia, con cuidadores demasiado mayores.
Necesitamos emigrantes para que funcione nuestra economía, pero no tenemos una política eficaz de integración con sus familias, tan fragmentadas en muchos casos. El número de menores extranjeros que vagan por los centros de menores, nuestros barrios y nuestras calles, no deja de crecer.
Por último, han cambiado los valores y el estilo de vida de los españoles, especialmente entre los más jóvenes y los que están en edad de formar nuevas familias.
Los cambios económicos y profesionales nos han obligado a priorizar la formación escolar y posescolar. Es lo que llamamos currículum. Esto ha conllevado un cambio muy importante en la jerarquía de valores para el tema que nos ocupa. Muchas personas prefieren o se ven obligadas (según los casos) a priorizar el currículum profesional o personal sobre otros valores, incluidos los familiares. De hecho, son demasiadas las personas que retrasan muchos años la formación de parejas o tener hijos. Un problema agravado por la dificultad de encontrar trabajo.
El proceso de individuación, el reconocimiento de los derechos de cada persona y muy especialmente el de ser autónomo para tomar decisiones sobre la vida sexual y amorosa ha sido otro gran logro social. Pero a la vez hace más probable que, usando su libertad, muchas personas no se sientan motivadas para formar una familia o para tener hijos. De hecho, el valor de la fecundidad y otros relacionados con la decisión de tener hijos (antes casi era una obligación reforzada con una serie de presiones y costumbres culturales) ha perdido peso en la sociedad y en las decisiones de las personas. Incluso hay movimientos que contradicen este valor.
Dar vida no debe ser nunca una obligación, pero mantener este valor debe formar parte del patrimonio de la especie. Y facilitar económica, legal y educativamente esta decisión, la más importante de cuantas podemos tomar, es esencial. La naturaleza (o Dios, si usted lo cree así) nos ha concedido la libertad de poder dar o no vida (en otras especies la supervivencia está asegurada por los instintos).
También ha cambiado el estilo de vida gracias a que tenemos horarios laborales más cortos que en el pasado (con demasiadas excepciones en España), más recursos económicos y una oferta de ocio muy diversa y atractiva. La vida se ha vuelto más lúdica, aunque vamos hacia una sociedad en que casi toda forma de ocio cuesta dinero. El mercado y sus valores nos organiza la vida para tener que comprar el ocio desde la infancia. «Disfrutar de la vida» (que es un valor positivo) y gozar de la libertad sin «atarse a obligaciones y compromisos» aparece así como un nuevo valor frente al coste de tener hijos y cuidarlos. No es infrecuente escuchar: «vamos a esperar, queremos disfrutar de la vida unos años». Este nuevo valor, positivo y respetable, también contribuye al retraso del nacimiento de los hijos, los cuales nacen hoy en España demasiado tarde en relación al que es el período biológico mejor para ser madre.
El valor de la igualdad laboral y general entre el hombre y la mujer es obviamente, por fin, un valor reconocido en las declaraciones de derechos y las leyes. Podemos decir que, aunque queda mucho por hacer, han cambiado mucho las condiciones de vida de la mujer. El feminismo nos ha ayudado mucho a conseguir los avances ya logrados. Pero el feminismo denunció, desde que las mujeres empezaron a trabajar fuera de casa (un avance para su igualdad y autonomía económica), que ellas sufrían una doble explotación como trabajadoras fuera de casa y como amas de casa. Una doble explotación que el propio movimiento obrero, sus compañeros de trabajo, no comprendieron bien. De hecho, esta fue una de las razones que provocaron el nacimiento y desarrollo del movimiento feminista. Los hombres eran muy revolucionarios, pero dentro de casa seguían siendo clasistas o machistas, como prefiere denominarlos el feminismo. Aunque han cambiado las cosas y hay muchos varones que se han incorporado al trabajo doméstico, lo cierto es que aún hoy no han alcanzado la igualdad en ninguno de sus dos campos de trabajo: en la casa familiar (incluido el cuidado y la educación de los hijos) y en el mundo laboral. La falta real de coherencia con el valor de la igualdad entre hombres y mujeres convierte a estas, en muchos casos, en las únicas cuidadoras de la familia.
Y, como he escrito y seguiré repitiendo, cuidar es un valor que, además, genera bienestar y salud, pero hacerlo en un régimen de esclavitud, discriminación y explotación es una grave injusticia. Finalmente, cuando se da esta situación, se contribuye a que no pocas mujeres rechacen o tengan resistencias a formar familias. Y así se comprende que parte del feminismo tenga un discurso poco familiar, si se me permite decirlo así.
La familia es una red de vínculos afectivos (entre todos los miembros) y sexuales (entre los progenitores): vínculos entre la pareja, si es una familia convencional, entre los padres y los hijos, entre los hermanos, con los abuelos, tíos y primos.
Es un sistema complejo de relaciones de parentesco horizontales y verticales basadas en la biología compartida, las costumbres culturales y los compromisos legales alimentado por los vínculos afectivos, la colaboración y los cuidados mutuos.
Su origen es la alianza entre los cónyuges o, al menos, un adulto que tiene la capacidad de cuidar a un menor, y un menor que se vincula a quien le cuida.A partir de este núcleo, la complejidad y la riqueza de la familia se ven reflejadas en la figura 1.2.
Figura 1.2.—Complejidad y riqueza de la familia.
Los vínculos, las costumbres y las leyes que regulan la familia nuclear, e incluso la extensa de manera más débil, son muy diversos y afectan a todos.
Por otra parte, en Occidente las diversidades familiares son muy numerosas, y representan una mayor riqueza y libertad para los adultos.
La pluralidad de formas familiares es tan grande que no es fácil definir el concepto de familia. Si lo hacemos desde el punto de vista convencional, una familia nuclear es un grupo de personas formado por los padres y los hijos, que comparten una casa y tienen asignados roles y funciones distintos, y convierten este lugar en un refugio y en un espacio socializador. Si lo hacemos desde el punto de vista de los adultos, una pareja, aun sin hijos, puede formar una familia. Estos serían los dos tipos más convencionales de familia nuclear, mientras por familia extensa se entiende la red que abarca a abuelos, tíos y primos.
Pero si lo hacemos desde el punto de vista de los menores de edad, se considera que una familia es, al menos, un vínculo afectivo de apego, de un niño o niña, hacia el adulto que le cuida. Este vínculo es el que da consistencia a la familia, y se considera la condición necesaria para que pueda decirse que el menor de edad tiene una familia, o forma parte de una familia.
Los tipos de familia pueden ser muchos:
—Una persona vive sola, sin relaciones o vínculos familiares con otras. Ella es su propia familia. Es un tipo de familia discutible, de forma que podría decirse también que esta persona no tiene familia; aun así, algunos autores incluyen esta situación en las tipologías de familia.
—Dos personas o más que se agrupan de forma estable con o sin lazos de parentesco sanguíneo. Es también una familia discutible y podría decirse que se trata de dos hermanos, o dos personas amigas.
—Una pareja heterosexual sin hijos o con hijos propios o adoptados (podríamos clasificar este tipo en cuatro subtipos de familia).
—Una pareja homosexual sin hijos o con hijos propios o adoptados (que también podríamos clasificar en cuatro subtipos de familia).
—Familia monoparental: madre-hijos o padre-hijos, siendo estos propios o adoptados (que podríamos también clasificar en cuatro subtipos de familia).
Estas familias tienen a la vez diferentes orígenes, compromisos y versiones:
—Familias de hecho o familias basadas en compromisos jurídicos reconocidos socialmente.
—Familias formadas originalmente o reconstruidas a partir de otras familias, por ejemplo, cuando una familia monoparental con hijos pasa a ser una familia de una pareja de adultos con niños procedentes de otras relaciones de pareja.
—Familias en las que viven juntas varias unidades familiares por razones diferentes, como falta de vivienda o costumbres culturales.
—Familias que reagrupan a miembros que se han quedado solos (los abuelos, por ejemplo).
Si a estas casi infinitas posibilidades unimos otras diferencias culturales como es el caso de las familias en la poligamia o poliandria, nos damos cuenta de que los seres humanos tenemos infinitas formas de organización familiar.
En protección de menores, hablamos de familia de acogida (la que se hace cargo temporal de los cuidados de un menor) y familia adoptiva (cuando pasa a formar parte de una nueva familia de forma estable).
En realidad, las familias en las que se puede vivir son muy diversas, si se tienen en cuenta todas las posibilidades anteriores. A ellas habría que añadir el caso de los menores tutelados por el Estado; es decir, que no pertenecen a ninguna familia, aunque pueden haberla tenido durante un tiempo o pasar a tenerla en el futuro.
Antes teníamos una familia convencional, sujeta a leyes, normas y roles muy precisos: heterosexual, casi siempre con hijos, en estrecha relación con la familia extensa, estable, con roles internos muy definidos bajo la jerarquía del padre, etc., en la que prácticamente no se podía elegir nada. Todo venía dado y tenía que ser de una determinada manera.
Ahora en la familia, después de un largo proceso social de individuación, las personas concretas pueden tomar decisiones con libertad: formar una familia o no, elegir la forma de su familia, su grado de compromiso, tener hijos o no, el sexo de la pareja, el tiempo que dura la relación, los roles que se establecen dentro de la familia, etc. La libertad ha llegado a las formas de vinculación, a la propia relación familiar y a la posible desvinculación posterior. La familia, el tipo de familia, su dinámica interna y su duración dependen de la voluntad de los miembros, en el caso de los adultos.
Por ello, ya no existe un único modelo básico de familia, sino que se trata de una diversidad cada vez más amplia.
Es muy difícil hacer un balance general. En todo caso, nos atrevemos a decir que hoy la sociedad permite a los individuos organizar mejor sus relaciones, también las relaciones familiares. Desde este punto de vista, creemos que es bueno que las personas ganen en libertad, aunque debemos aprender a usarla para alcanzar el bienestar propio y asegurar el de los niños y niñas, los viejos y las personas con discapacidad, que son los que pueden sufrir más las consecuencias de posibles irresponsabilidades adultas. Bienvenido el derecho a la libertad de vinculación y desvinculación, pero seamos responsables en el uso de estos derechos.
La familia es y va a seguir siendo el núcleo afectivo y socializador fundamental para los niños y hogar para los adultos y viejos. Sus formas serán diversas, pero seguirá teniendo una importancia fundamental.
Los estudios actuales, por otra parte, revelan que la familia es el valor más importante y la institución social más apreciada. Lo cual es lógico, porque cuanto más individuales seamos, más necesitamos y valoramos el refugio, la seguridad, el afecto y las ayudas de todo tipo que nos da la familia. Para los menores, la familia nuclear es más necesaria que nunca, porque, en muchos casos, no tienen relación con la familia extensa, no asisten a una escuela en la que puedan encontrar profesores que asuman su educación integral, ni pertenecen a unidades socializadoras como el pueblo o el barrio. La familia es hoy, de hecho, el principal factor protector de riesgos, el primordial agente socializador, el refugio afectivo y social, el mediador fundamental con otros agentes educativos como la escuela, los amigos, los medios de comunicación, etc.
Los cambios económicos y sociales del liberalismo avanzado han traído modificaciones de la familia; pero la hacen aún más necesaria, porque los individuos están más desprotegidos en una sociedad de libre mercado en el que tienen que luchar para sobrevivir, hacer méritos, encontrar trabajo o pasar años sin autonomía económica. La sociedad se hace menos protectora y más hostil, por lo que la familia es el refugio y sostén, cada vez más necesarios. La vulnerabilidad humana está más desprotegida.
La alternativa a la desprotección de la familia nos hace depender de los diferentes servicios sociales (guarderías infantiles, residencias de mayores, escuela obligatoria, centros de menores, centros de día, etc.
El núcleo son, al menos, dos personas, un cuidador eficaz y un niño que se vincula a él; o dos adultos vinculados que se cuidan mutuamente.
Desde el punto de vista de la infancia, los menores tienen la necesidad de establecer un vínculo de apego seguro, estable y eficaz, al menos con una persona adulta que les cuide.
Una persona sola o varias figuras de apego deben ofrecer un sistema de cuidados eficaz para satisfacer las necesidades biológicas y de salud, las mentales y las emocionales, afectivas y sociales. Si estas necesidades están bien cubiertas, el menor forma parte de una familia adecuada, sea cual sea el tipo de familia del que estemos hablando. Por tanto, la bondad de una familia no está en su convencionalidad, sino en su capacidad de satisfacer las necesidades infantiles.
En otro lugar hemos desarrollado una teoría práctica de estas necesidades infantiles (López, 2008). Su satisfacción o no debe ser el criterio de referencia para considerar a una familia adecuada. Por lo que hace relación a las necesidades afectivas fundamentales, es necesario que el menor pueda:
—Reconocer a la figura de apego y representársela como una persona incondicional, que no le va a fallar nunca y que es eficaz en los cuidados.
—Sentirla como suya, saberse su hijo o hija, estar lleno de sentimientos de seguridad, tranquilidad, gozo, etc.: «sé que me quieren y no me fallarán».
—Disponer de la oportunidad de tener a la figura de apego cerca y accesible, para poderla tocar, abrazar, recibir sus caricias, pedirle ayuda, servirse de ella como base de seguridad desde la que explorar el mundo, etc.
—Saber que esta relación es estable y no está amenazada.
—Contar, al menos, de hecho con una madre o un padre eficaz. Eficaz para resolver todas las necesidades del menor por sí misma o con ayudas de la familia extensa o sociales, porque finalmente en materia de afectos, «obras son amores y no buenas razones».
A partir de este planteamiento nos atrevemos a dar algunos consejos específicos en el caso de algunos tipos de familia.
En el caso de las familias monoparentales, es especialmente conveniente que el padre o la madre dé la oportunidad a las crías de relacionarse con su familia extensa u otras personas adultas o grupos familiares. El menor enriquecerá su entorno afectivo y social, convivirá con más modelos de personas, etc. El propio padre o madre dispondrá de apoyos y ayudas que le permitan llevar una vida laboral y social satisfactoria.
En una relación a dos, el aislamiento con el menor es muy costoso, empobrece la vida del menor y le coloca en mayor situación de riesgo si su madre o padre tienen un problema serio que les impida hacerse cargo de él. No es bueno que el hijo o hija se tenga que jugar la familia «a una sola carta».
En este sentido, además, es bueno tener en cuenta que si bien un vínculo de apego es una condición necesaria y suficiente, es mejor que la cría tenga oportunidad de establecer varios vínculos de apego (con ambos padres, abuelos, otros familiares o adultos).
En el caso de las parejas que se separan (López, 2010),deben saber que uno no se puede desvincular ni desentender de los hijos, no deben hacerlos objeto de disputa, sino apoyarse mutuamente para mantener la doble vinculación con el padre y la madre (salvo casos de inadecuación grave de uno de ellos) y con las dos familias extensas. No hablar mal de la pareja delante de los hijos, no hacer discusiones que asusten a los menores, no arruinar el vínculo con el padre o la madre, no crear dificultades para que se relacione de manera adecuada con ambos progenitores, compartir los criterios educativos, etc. Pueden decirse a sí mismos: «nos hemos separado como pareja, pero mantenemos el proyecto común de los hijos».
El derecho a la vinculación y desvinculación hace referencia a la pareja, no a los hijos, los cuales se tienen para siempre y se debe ser incondicional con ellos, al menos hasta su mayoría de edad.
En el caso de las familias reconstruidas, hay que trabajar con paciencia y tolerancia la mutua aceptación y acoplamiento del padrastro o madrastra con las crías, usar en los conflictos la mediación del padre o madre biológicos, hasta que se haya establecido un nuevo vínculo y autoridad entre el padrastro o madrastra y los hijos de su pareja, no tratar de forma discriminatoria a los hijos propios o a los ajenos, mantener y fomentar las buenas relaciones de los hijos con los padres biológicos, etc.
No siempre es fácil convivir miembros que proceden de diferentes familias, con hijos de uno u otra y también con posibles nuevos hijos comunes.
Los padres o madres heterosexuales u homosexuales no deben hacer en ningún caso militancia de la propia orientación del deseo, sino aceptar de buen grado que el hijo o hija sea diverso a los padres.
En las decisiones sobre las adopciones deben predominar los criterios profesionales frente a los prejuicios, pensando siempre en el bienestar del menor. La orientación homosexual no anula la posible función de paternidad o maternidad, aunque es preciso que los homosexuales sepan que del hecho de pertenecer a una minoría, no siempre bien aceptada, se pueden derivar dificultades para la socialización de sus hijos. Esto hace responsable a la sociedad que les discrimina, no a los homosexuales; pero hemos de cuidar no hacer la revolución instrumentalizando a los menores. Tan inadecuado nos parece impedir la adopción a los homosexuales como sentirnos obligados a ser más tolerantes cuando se les evalúa en los casos de adopción.
Por supuesto, tampoco debe considerarse la heterosexualidad como un seguro de adecuada socialización de los hijos. Adoptemos criterios profesionales buscando el bienestar de los menores y ayudemos a los padres a cuidar y educar bien a los hijos (López, 2008).
Las parejas heterosexuales
