Esto es mi cuerpo - Anne Lécu - E-Book

Esto es mi cuerpo E-Book

Anne Lécu

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Beschreibung

Impactada por el asesinato en 2016 del P. Jacques Hamel mientras celebraba la Eucaristía ante una asamblea de apenas diez personas, Anne Lécu quiso profundizar en el sentido de la Eucaristía no desde el punto de vista teórico, sino desde el punto de vista del fiel. A lo largo de las páginas de este libro, la autora nos explica, con un lenguaje sencillo y cercano y mediante una meditación arraigada en la realidad, qué significan y qué implicaciones teológicas y sobre todo espirituales tienen las distintas partes y ritos de la misa: la entrada y los ritos iniciales, la proclamación de la Palabra, la predicación, la profesión de fe, la preparación de los dones, la plegaria eucarística, la comunión y el envío. La Eucaristía, como recapitulación de la vida cotidiana de los creyentes, es el lugar donde nos conformamos con Jesucristo y donde toda la creación alcanza su plenitud en el Hijo de Dios, que se encarnó, murió y resucitó por nuestra salvación.

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Seitenzahl: 181

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Prólogo

El 26 de julio de 2016, un martes por la mañana, fue asesinado en su iglesia de Saint-Étienne-du-Rouvray el padre Jacques Hamel, durante una misa en la que participaban menos de una decena de personas.

Un viejo sacerdote ordinario, unos fieles ordinarios, una iglesia ordinaria, un día ordinario de la semana marcado, eso sí, por la celebración de san Joaquín y santa Ana, padres ordinarios de una joven ordinaria, María, cuya vida fue transformada por un acontecimiento extraordinario, puesto que fue llamada a convertirse en la madre de Dios.

Esta tragedia me ha perseguido durante mucho tiempo, porque me ha hecho tomar conciencia de la distancia que existe entre la infinita grandeza de lo que sucede en cada Eucaristía –aunque sea la más pobre en apariencia– y una cierta negligencia anestesiada por mi parte. Si es verdad que escribimos para enfrentarnos a aquello que nos atormenta, la muerte del padre Hamel ha avivado algunas brasas dormidas y ha despertado en mí el deseo de profundizar en el sentido de la Eucaristía, no desde el punto de vista teórico, sino desde el punto de vista del fiel, incluida la gran pobreza de algunas de nuestras celebraciones. Lo que ocurre en la misa desde el punto de vista del fiel, desde nuestro punto de vista: eso quería analizar. ¿Quién sabe? Puede que esta celebración –que se ha convertido en algo extraño para gran parte de nuestros contemporáneos–, aunque sea pequeña o pobre, sea capaz de transformar nada menos que el mundo. En ese contraste entre una celebración ordinaria y lo extraordinario que en ella se desarrolla, resulta trágico –aunque no tan extraño– que un sacerdote de 85 años sea mártir de la Iglesia precisamente en una Eucaristía. Este hecho no debe llevarnos a magnificar esta terrible tragedia. Sin embargo, la vida de este sacerdote y de todos aquellos que se le parecen, humildes y discretos, remite a aquello por lo que esta fue entregada: la vida de los hombres y el servicio de Dios. La Eucaristía, en cuanto recapitulación de la vida más ordinaria de los creyentes, es el lugar donde nos configuramos con Cristo y donde, por la gracia de aquellos que en ella participan, el mundo se configura con Cristo encarnado, crucificado y resucitado. Que el padre Hamel interceda por nosotros para que podamos comprender y vivir realmente el misterio que celebramos. Porque en la Eucaristía Dios, como diría santa Teresita, viene a «mendigar» un espacio en nosotros.

Introducción

Cuando, al principio del libro del Éxodo, Dios se da a conocer a Moisés –ese asesino fugitivo que no sabe enlazar dos palabras seguidas sin morirse de angustia–, le dice, entre otras, dos cosas fundamentales. Para empezar, se presenta en estos términos: «He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído el clamor que le arranca su opresión y conozco sus angustias. Voy a bajar a liberarlo» (Éx 3,7-8). Después, cuando le ha explicado que desea liberar a su pueblo de la esclavitud, y al ver las dudas de Moisés, le dice: «Yo estaré contigo, y esta será la señal de que yo te he enviado: cuando hayas sacado al pueblo de Egipto, adoraréis a Dios sobre este monte» (Éx 3,12).

Estas palabras tan sencillas de Dios son fundamentales, puesto que instauran la liturgia como señal del fin de la esclavitud. ¿Y eso qué quiere decir? Pues que, después del don de la creación a Adán y Eva, después de la promesa hecha a Abrahán de una vida más allá de la suya, Dios se compromete con Moisés a liberar a su pueblo oprimido por la esclavitud para que le adore. Se trata de una atrevida promesa en la que Moisés aprenderá a creer, y nosotros con él. De manera que los israelitas solicitan al faraón que les deje salir tres días al desierto para ofrecer un sacrificio a Dios. Esa salida, si el faraón la concede, significará el fin de la esclavitud. En la Biblia, el sacrificio no es la condición previa para una acción de Dios, sino la señal de gratitud del pueblo por esa acción. Incluso en los sacrificios de expiación se trata de dar las gracias a Dios, agradeciéndole el perdón que nos ofrece. En todo sacrificio existe una dimensión de acción de gracias. Y cuando los creyentes instrumentalizan el sacrificio, los profetas les recuerdan que a Dios le repugna esa instrumentalización. Sin embargo, el faraón no quiere dejar salir al pueblo. Cada vez que una plaga se abate sobre Egipto, el faraón está a punto de dejarlos partir, pero en cuanto la plaga se acaba, cambia de opinión. Moisés –ayudado por su hermano Aarón, que le presta su voz– va a enfrentarse con el faraón y establece con él un pulso cada vez más tenso. Pero, a diferencia del egipcio, Moisés cree en la promesa de Dios. Por eso, las aguas del mar Rojo se abren. Las aguas de la muerte se abren y los vivos las cruzan por tierra firme, mientras que todo aquel que ya está muerto, muere. Es la Pascua del Señor.

Lo más sorprendente es que la salida de Egipto supone el comienzo de una larga travesía por el desierto. El culto debido a Dios acaba siendo un fracaso, pues los israelitas lo sustituyen por un becerro de oro. ¡Si al menos fuera un toro! La verdadera liberación para los israelitas implica darse cuenta de que la parte egipcia aún sobrevive en ellos. Siguen echando de menos las cebollas (cf Núm 11,5), las certezas, las costumbres y la vida que llevaban en Egipto. Uno no se hace libre de la noche a la mañana. Cada generación tiene el deber de liberarse. Sin embargo, lo que Dios ha prometido a Moisés es que adorarle en el monte equivale a aprender a ser libre. Y ser libre es aprender a adorar a Dios. La liturgia es el agradecimiento del pueblo liberado a Dios. La auténtica libertad consiste en adorar a Dios. Y cada vez que la liturgia vuelve a instaurar una esclavitud, renuncia a la promesa que Dios hizo a Moisés. Cada vez que la liturgia pone un obstáculo para el encuentro con Dios, se convierte en idolatría. En ese sentido, la liturgia es indisociable de la ética cristiana, que no es un juicio entre el bien y el mal, sino un agradecimiento por la liberación recibida. Porque no hay libertad sin agradecimiento, sin acción de gracias. No hay libertad sin liturgia. Nuestra vida es libre cuando se convierte en un agradecimiento por lo que hemos recibido, en un agradecimiento a nuestros seres queridos, a nuestros contemporáneos, a nuestros predecesores y a Dios. Toda ética cristiana, antes de ser un cuerpo doctrinal, es un gesto de agradecimiento. Cuando queremos a alguien hacemos todo lo posible por complacerle, para darle las gracias por su presencia. Ese es el sentido profundo de la ética: comportarse de tal manera que toda nuestra vida sea una acción de gracias a Dios por sus dones. En el Éxodo, el don de la Ley llega después del don de la creación, después de la promesa de vida y de la liberación de la esclavitud. El Decálogo es una manera de ayudar a los israelitas a dar las gracias a Dios por sus dones. No es un requisito previo al don de Dios, sino una nueva forma de desplegar ese don. La Ley, por lo tanto, no es un fin en sí misma. La finalidad de la Ley es el amor que la inspira. Porque el espíritu de la Ley es el amor. Y la letra mata, pero el espíritu da vida.

No se puede, en el ámbito bíblico, hacer teología o liturgia únicamente a nivel teórico. Si un especialista en la Trinidad no es capaz de explicar a un público más amplio hasta qué punto la confesión de ese misterio tiene implicaciones directas en el terreno de la política actual, no es un verdadero teólogo. Si un teólogo moralista no escucha las preguntas –muchas veces dolorosas– de sus contemporáneos, su discurso resultará hueco o, lo que es peor, totalmente incomprensible. Si durante la misa escuchamos el relato del Éxodo, que celebra la liberación de la esclavitud, y negamos las esclavitudes contemporáneas a las que estamos sometidos, y de las que somos cómplices, es que algo no funciona. Por medio de Jesucristo, Dios se interesa por la vida de los hombres, por la vida de cada hombre, de cada mujer, de cada niño. Cuando celebramos a Cristo y su vida, entregada como alimento para nutrir nuestra vida, no podemos dejar de interesarnos por todo ser humano y por la vida de nuestros contemporáneos. Todo puede someterse a examen, porque en Cristo, la fe está definitivamente a salvo.

Por eso no existe una oposición fundamental entre liturgia y ética, entre vida espiritual, compromiso pastoral y actividad intelectual, entre mística y teología. La unidad del misterio cristiano unifica la teología dogmática, la ética, la liturgia y la mística. La vida mística es para todos, porque la vida en el Espíritu es para todos. Cuando nos dejamos transformar por lo que celebramos, nos convertimos en lo que estamos llamados a ser y somos por gracia del Señor: hijos e hijas de Dios, partícipes de la vida divina.

Cuando suenan las campanas de la iglesia, hombres, mujeres y niños salen de su casa, una mañana fría o una tarde de primavera, en la tristeza o en la alegría. ¿Qué ocurre? ¿Qué ocurre cuando, siguiendo los pasos de sus predecesores, solos, dejando a sus familiares en el calor del hogar, viendo una película o haciendo ejercicio, los fieles se dirigen a la iglesia? ¿Qué les empuja a ir? ¿Qué esperan? El viento arrastra el sonido de las campanas. Ese sonido va en busca de los creyentes. «Ya es hora –les dicen–. Ya es hora de detener el paso del tiempo para sumergirte en lo desconocido. Ven si quieres». Con el sonido de las campanas es Dios mismo quien, discretamente, llama a nuestra puerta. Cuando no hay campanas porque molestan a la gente, o porque en ciertos países la celebración debe ser discreta, se trata de una llamada silenciosa que, aun así, resuena a la hora convenida.

Puede que se conozcan o puede que no. A veces son amigos, a veces tan distintos que nada habría podido juntarlos. Pero aquí están. Vienen a esperar un acontecimiento. Dejar una casa para ir a la iglesia, aunque esta se encuentre a doscientos metros, implica un desplazamiento, el comienzo de un éxodo. Ningún hombre, ninguna mujer viene a la ligera. Ninguno. Y quien cree venir por costumbre puede encontrarse acogido por una palabra que no esperaba. Una palabra que se dirige únicamente a él.

Puede que no sepamos muy bien por qué venimos. Puede que si nos lo preguntaran no supiéramos explicarlo. Puede que a veces estemos decepcionados, terriblemente decepcionados porque nos sentimos extraños a lo que se vive en la iglesia. Y, sin embargo, lo que nos une es escuchar una palabra de Dios y sobre Dios, celebrar su presencia por medio de gestos y cánticos y, finalmente –increíble misterio–, convertirnos juntos en Aquel a quien celebramos.

Lo que nos une no es una evidencia, sino una doble espera. En el fondo de cada uno de nosotros, sea cual sea nuestra existencia y nuestro recorrido como creyentes, ya seamos clérigos o laicos, comprometidos con la comunidad o de paso, hijos pródigos o hijos mayores, lo que nos une es una inmensa espera: «¿Es verdad?». ¿Es verdad que Dios está presente en el mundo y en nuestra vida, en sus desgracias, sus miedos, sus pecados y sus instantes cotidianos? ¿Es verdad que nuestra vida es, en cierto modo, «más grande» que nosotros mismos, que Dios nos atrae hacia Él y que, al hacerlo, nos pone en pie, nos levanta y nos eleva para su mayor gloria y alabanza? Este Evangelio, esta Buena Noticia, como comúnmente se dice, ¿puede verdaderamente soportar el peso del mundo, transfigurarlo, salvarlo? «¿Está el Señor en medio de nosotros o no?» (Éx 17,7).

En realidad no somos tan distintos de los israelitas en el desierto. Somos igual que nuestros contemporáneos. Lo que nos atraviesa y nos quema por dentro son, fundamentalmente, las preguntas últimas de la existencia: ¿qué es la muerte? ¿Y la vida? ¿Qué es la muerte dentro de la vida? ¿Por qué enferman y mueren nuestros seres queridos? ¿Por qué hay conflictos y sufrimientos? ¿Por qué somos tan frágiles? ¿Por qué nos cuesta tanto reconciliarnos? ¿Qué es vivir en la verdad? ¿Es posible que nos hayamos equivocado de vida? ¿Cómo reparar lo irreparable? ¿Qué carga debo soportar y cuál, por el contrario, soltar? ¿Qué debemos transmitir a nuestros hijos y cómo? ¿Estamos condenados a una dispersión de las opiniones y las religiones, a una especie de relativismo frente al cual estamos desarmados? ¿En qué vamos a convertirnos? ¿Qué nos sucederá? ¿Cómo es posible soportar la existencia? ¿Por qué, para quién cuento en esta vida? ¿Quién me echará de menos el día que falte? ¿Existe de verdad un fundamento para estas cuestiones, una tierra donde la justicia será para todos, un cielo que enjugará todas nuestras lágrimas? ¿Es eso cierto? Y lo que es más importante, ¿es cierto para nuestra época actual? ¿Qué es lo que sigue siendo válido en esta época? Si esperamos a Dios, ¿significa eso que Él también nos espera a nosotros?

Cuando nos encontramos en la iglesia el domingo, estas son las preguntas que nos acompañan –aunque no estén todo el tiempo presentes en nuestra mente (en ese caso deberíamos recordarlas)–, con la esperanza de que la complejidad de nuestras vidas, de nuestras divagaciones, de nuestras dudas sea tomada en consideración, escuchada, reconocida, tenida en cuenta y –quién sabe– transfigurada.

Eso es lo que hay detrás de ese gesto –ir a misa–, que puede parecer algo anticuado a quien solo conoce la iglesia por lo que ve al pasar (unas señoras mayores cuya asistencia mantiene la iglesia abierta, y los sempiternos folletos y carteles parroquiales). Y, sin embargo, en la iglesia se dan cita las preguntas más fundamentales de los hombres, su mayor desesperación y su mayor esperanza. De nada sirve profundizar en la comprensión de la Eucaristía si antes no estamos convencidos de que a todos, absolutamente a todos nos preocupan las mismas preguntas. Puede que esas preguntas las tengamos reprimidas, ocultas tras preocupaciones triviales. Pero si nos tomamos la molestia de ir a misa, es también porque queremos recordarlas. No nos gusta alimentarnos de respuestas superficiales y consuelos fáciles. No queremos que nos engañen y nos cuenten historias. Nuestros pastores, nuestros obispos, sacerdotes y diáconos deberían saberlo. Y los teólogos de profesión también. El alimento que necesitamos no es la papilla que toman los niños, sino una palabra de carne y de sangre que alimente la vida de los que, en medio de la banalidad del mundo, intentan vivir la extraordinaria novedad del Evangelio, esa novedad tan mal acogida: «No he venido a condenar al mundo, sino a salvarlo» (Jn 12,47). Fundamentalmente, se trata de una cuestión de vida o muerte.

Por eso, antes incluso de intentar acercarnos a lo que ocurre en el interior de la iglesia, debemos tener en cuenta que la situación en sí misma –ir a misa– es escatológica, es decir, guarda una relación directa con el fin de los tiempos y su centro, que es Jesucristo, incarnatus, crucifixus y resurrectus. Desde que suenan las campanas y se reúnen los que allí acuden, sean pobres, viejos o desafinen al cantar, lo que se anuncia es la intersección de nuestra historia con la única historia, aquella que llegó a su cumplimiento de manera definitiva y victoriosa en Jesucristo: la encarnación de Dios en nuestra vida, que se ha convertido en su casa para su mayor gloria.

Una vez que traspasan la puerta de la iglesia, los hombres y las mujeres que van a misa suelen pisar un suelo centenario. En ciertas iglesias, además, hay tumbas bajo el suelo que indican que esa larga historia empezó mucho antes que nosotros, y que continuará existiendo mucho después. Pero las auténticas preguntas de los hombres, las que les empujan a salir en medio del frío de un domingo de invierno, siguen siendo las mismas. ¿Nuestra vida es fructífera o inútil? ¿Qué es lo que justifica nuestra existencia? «¿Está el Señor en medio de nosotros o no?» (Éx 17,7).

Hablaba de una doble espera. Más allá de la gran espera de los hombres, de sus preguntas y su esperanza, hay también una espera –inmensa– por parte del Padre. Él está en el umbral, esperando al hijo perdido y encontrado. Dios no deja de abrir los brazos para que encontremos en ellos reposo; y antes de que suenen las campanas, está esperando a que acudamos a Él. Tiene para nosotros un futuro: su Hijo único, Jesucristo, que se encarnó, fue crucificado y resucitó. El Padre quiere que nos asociemos a ese misterio. Y la celebración de la Eucaristía nos asocia a eso. La verdadera cuestión que encontraremos yendo a misa es la de nuestra encarnación, nuestra pasión y nuestra resurrección con Cristo, pues de allí saldremos victoriosos, resucitados de la muerte y vencedores con él.

«¿Y eso cómo es posible?», os preguntaréis.

Paciencia.

El Padre nos espera.

1

Incarnatus

¡Bienvenidos!

Tomad asiento

¿Quién no ha experimentado nunca una cierta emoción al entrar en una pequeña iglesia románica, o en una basílica famosa, o en una iglesia contemporánea, o en una iglesia bretona adornada con estatuas multicolores, o en una catedral gótica? Cuánto arte, cuánto trabajo, cuánta belleza, pero también cuántas penalidades y cuántos muertos para honrar a Dios y darle cobijo. La ambición y el poder nunca han estado ausentes de estas construcciones que, aun así, no pueden ocultar la verticalidad del hombre que aspira a algo más grande que él. ¿Qué albergan estas iglesias? Albergan el cuerpo: el cuerpo de los creyentes reunidos, el cuerpo de los hombres y las mujeres que están en la iglesia, pero también el cuerpo de Cristo bajo las especies eucarísticas. Resulta sorprendente el contraste entre ese trocito de pan que se guarda en el sagrario y la grandiosidad de algunos edificios. Las iglesias no son casas como las demás.

Tradicionalmente, estas construcciones están orientadas hacia el este, para indicar que el verdadero sol naciente es Jesucristo, luz de nuestra existencia. Cuando entramos en una iglesia caminamos de poniente a levante (o naciente): el centro de nuestra vida, su origen, está delante de nosotros y no detrás. Antes que nosotros, otros han caminado hacia el este sobre piedras gastadas. Todos esos pasos nos preceden y nos ofrecen un camino practicable. La inmensa multitud de aquellos que nos han precedido está ahí, y nosotros estamos aquí gracias a ellos.

Debemos detenernos en cada uno de los términos que designan este espacio.

El atrio es el lugar de transición en el que hacemos un alto, que ya no pertenece a la calle pero que aún no es la iglesia. En las construcciones más grandes, el atrio exterior se prolonga en una especie de atrio interior, el nártex, en el que antiguamente se detenían los catecúmenos –los hombres y las mujeres que habían solicitado ser acogidos en la comunidad de creyentes–, en una especie de zona restringida, a la espera de ser iniciados en los misterios de la fe y después bautizados. De la misma forma que se entra progresivamente en la iglesia, se entra progresivamente en la comprensión de los misterios de la fe. Cada hombre y cada generación deben volver a hacer este recorrido: entrar no solo en el edificio, sino también en las palabras transmitidas por sus predecesores y, a su vez, expresar sus experiencias con sus propias palabras. Al entrar en la nave nos sentimos transportados en una gran barca. La Iglesia es ante todo una historia de barcas, tempestades y vientos contrarios, barcas en las que los discípulos tiemblan antes de aprender de su Maestro que no deben temer al viento. Porque el viento, muchas veces, está en nosotros, y en nosotros está también la voz que puede calmarlo: «¡Calla! ¡Cálmate!» (Mc 4,30), dice Jesús al viento que sopla en el mar. Y el viento y el mar se calman. Las capillas laterales toman su nombre de la capa de san Martín –su manto–, reliquia que se conservó en un santuario que, por extensión, se llamó «capilla». ¡Qué hermoso descubrimiento etimológico! ¿Quién no ha deseado refugiarse un día en una de esas capillas para hablar con Dios en privado, envuelto en una especie de capa, a salvo de las miradas? En Occidente, las iglesias tradicionales tienen forma de cruz latina. En su arquitectura recuerdan el gran cuerpo de Cristo en el que nos convertimos. El tabernáculo [o sagrario], del latín tabernaculum, evoca ante todo la tienda en la que los israelitas se refugiaban cuando estaban en el desierto, así como la tienda de la reunión, que destinaron como lugar reservado para encontrarse con Dios. Porque Dios, desde toda la eternidad, se vació de sí mismo para dejar espacio al hombre. Ahora, la tienda que Jesucristo ha elegido habitar haciéndose uno de nosotros es nuestra vida: «Habitó entre nosotros», escribe Juan en su fulgurante prólogo. El tabernáculo de la iglesia donde Dios se deja habitar remite al creyente a su propia vida, modesta pero valiosa, convertida en templo del Espíritu Santo. El ábside[1] evoca el lugar donde Jesús reposó la cabeza en la cruz, mientras que el crucero (el lugar de intersección entre la nave principal y la transversal o transepto), un espacio normalmente vacío alrededor del cual se encuentra el pueblo de Dios, evoca el corazón del edificio y el corazón de la asamblea. Esa asamblea no celebra en torno a un espacio vacío, sino que aprende a convertirse ella misma en un espacio vacío para su Señor. En el lugar más secreto de la iglesia, cuando esta es lo bastante grande, puede haber una cripta