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Un libro en el que se nos enseña a vivir sin juzgar y sin tener miedo. Un libro que aborda lo que nos avergüenza, lo que no corresponde a la imagen de Dios en nosotros. Un libro para vivir en libertad, tras las huellas de los grandes personajes bíblicos cuya desnudez real, moral o psicológica ha sido cubierta por túnicas, mantos y paños de lino: formas "textiles" de la misericordia ilimitada de Dios. La descripción que hace la Biblia del Dios que se encuentra con la vergüenza humana no es la del que condena o acusa, sino la del que restaura. Al revestir a Adán y Eva con túnicas de piel tras la caída, los rehabilita, cubriendo lo que no se corresponde a su imagen y semejanza. Pero esa no será la única vez que Dios nos dé una túnica para cubrir cuanto nos sonroja. Jesús, en la revelación suprema de la cruz, nos deja una túnica sin costuras, que no será rasgada. Es la herencia que, cubriendo nuestra culpa, nos devuelve la plena condición de hijos amados con ternura sin fin. Siguiendo el hilo de las túnicas de diferentes tejidos que aparecen en toda la Biblia, Anne Lécu desarrolla una novedosa y delicada teología de la gracia y de la compasión de Dios.
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Seitenzahl: 161
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Anne Lécu
Has cubierto mi desnudez
NARCEA, S.A. DE EDICIONES
Los soldados, después que crucificaron a Jesús, tomaron sus vestidos, con los que hicieron cuatro lotes, un lote para cada soldado, y la túnica. La túnica era sin costura, tejida de una pieza de arriba abajo. Por eso se dijeron: «No la rompamos; sino echemos a suertes a ver a quién le toca». Para que se cumpliera la Escritura: Se han repartido mis vestidos, han echado a suertes mi túnica. Y esto es lo que hicieron los soldados.
Jn 19,23-24
Índice
Introducción
1. Al principio
Vivir en Dios
Bendición
«Entonces se abrieron sus ojos»
2. «Me entró miedo porque estaba desnudo y me escondí»
¿Desnudo o desnudado?
Vergüenza
Vergüenza y pudor
Vergüenza y conocimiento del bien y del mal: un pecado del espíritu
3. Las túnicas de piel
Adán
Rebeca y Jacob
La morada de Dios
Elías
Juan el Bautista
4. ¿Cubrir o descubrir?
Noé
Palabras hebreas para decir misericordia y perdón
El significado del secreto: cubrir
5. Personajes al desnudo
Moisés
David: «Danzo por el Señor»
La novia del Cantar
La desnudez de Job
El joven desnudo y revestido de Marcos
Pedro se viste para zambullirse
6. Las túnicas preciosas
José
El Sumo Sacerdote y sus vestiduras
Tamar
La ropa rasgada
El Padre pródigo
7. Revestidos de Cristo
La túnica sin costuras de Cristo
Estar preparado para la boda
Esos que están vestidos con vestiduras blancas, ¿quiénes son?
«Estáis revestidos de Cristo»
8. Las s obras de misericordia
La discreción
El desapego de las obras
La alegría
Para no concluir
Colección Espiritualidad
Créditos
Introducción
A la hora de su muerte, Cristo deja una túnica a los que están junto a la cruz. Su túnica. Y echada a suertes, le toca a uno de los soldados. Él nos la deja. Es para cada uno de nosotros. Pues lo que quiere es que seamos revestidos de su vida, cubiertos, protegidos por Él.
La túnica era sin costura, tejida de una pieza de arriba abajo.
En ese momento tan trágico, las consideraciones técnicas sobre la costura, que nos narran no solo que la túnica de Cristo estaba tejida «de una pieza» sino que además «estaba tejida desde arriba abajo», nos dejan perplejos. ¿Para qué tanto detalle? Sin embargo, esta perplejidad puede ser también el punto de partida de una búsqueda. ¿Cuál es el sentido de esta túnica? ¿Tiene algo que decirnos? ¿Habría un hilo del que tirar que atraviese toda la Biblia y que, a través de él, recibamos una enseñanza?
En otras ocasiones he pensado que la túnica sin costuras es una metáfora del fondo de nuestro ser sin costuras, no tocado por la corrupción, por la culpa, nunca destruido por nuestros fracasos, siempre intacto, a imagen y semejanza del Creador, sea lo que sea lo que hayamos hecho. Esta túnica, dejada por el Hijo de Dios a la hora de su muerte, podría cubrir lo que, en nuestras vidas, no le hemos confiado a Él. Frente a un mundo que quiere desvelar la culpa, acusar al culpable, la misericordia de Dios vendría a cerrar los ojos y tapar la culpa.
Desde hace tiempo, soy muy sensible al tema de la transparencia. Es necesario verlo todo, saberlo todo, para poder confiar y vivir con otros. Utopía y mentira, una vieja cantinela. Tenemos la representación de un Dios que sabe todo sobre nosotros porque lo ve todo. «Dios te mira cuando haces una trastada», se les decía a los niños. «El ojo estaba en la tumba y miraba a Caín», escribió Víctor Hugo. Actualmente, el ojo que nos mira parece más bien una cámara de videovigilancia, pero la idea sigue siendo la misma. Sin embargo, no me imagino al Dios bíblico espiando todos nuestros actos. Si el ser profundo de Dios es misericordia, significa que Él «cierra los ojos» a todo lo que nos aleja de Él. Cubre con un velo, un manto o una túnica lo que es mejor olvidar. Y lo olvida. A Dios no le interesa el pecado. Le parte el corazón que nos preocupemos más del pecado, nuestro y del vecino, que de Él y de lo que en nosotros está habitado y revestido por Él.
No hace mucho, dos comunidades dominicas me pidieron que les diera un retiro. Y me lancé a investigar sobre la túnica sin costura, sin otra guía de interpretación que la de los Padres de la Iglesia, que leían la Biblia desde la luz de Cristo muerto y resucitado. En esta búsqueda, la bula del papa Francisco que convocaba el jubileo de la misericordia (11 de abril de 2015) me animó a ahondar en el significado de esta túnica, que podría ser la túnica de la misericordia.
Esta lectura en forma de búsqueda es seria y risueña a la vez. Es un vagabundear entre túnicas de piel y mantos de lino; es una lectura muy táctil, donde se encuentran telas, pero también el pudor, la desnudez, la vergüenza, la piel del ser humano y la ropa que ha escogido para vestirse. Que el lector no se sorprenda por el carácter itinerante de estas páginas. Dejando aquí y allá una piedrecita blanca, acabaremos por encontrar nuestro camino. Obviamente el texto que presentamos habla la lengua de la experiencia cristiana de Dios, que es mi lengua materna. Pero gracias a mis hermanos de Egipto, no olvido que hay otras lenguas para decir de otro modo la experiencia de Dios.
Quiero dar las gracias, ante todo, a quienes me empujaron a comenzar esta búsqueda y, especialmente, a quienes me invitaron a predicarles este Evangelio de alegría que nos hace vivir: mis hermanos dominicos, del convento de San-Jacques y del convento de Notre Dame du Rosaire en El Cairo.
1AL PRINCIPIO
La primera túnica aparece en el Génesis. Como en todas las grandes historias, hay que comenzar por el principio.
Vivir en Dios
En el primer relato de la creación, Dios dijo:
Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra, y manden en los peces del mar y en las aves de los cielos, y en las bestias y en todas las alimañas terrestres, y en todos los reptiles. Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, varón y hembra los creó (Gén 1,26-27).
Esta semejanza de Adán a Dios se transmitirá a sus hijos y a los hijos de sus hijos, hasta nosotros. Es nuestra semejanza a Dios.
Tenía Adán ciento treinta años cuando engendró un hijo a su semejanza, según su imagen, a quien puso por nombre Set (Gén 5,3).
Adán, cuyo nombre significa «terrenal», a la vez hombre y mujer, está hecho a imagen y semejanza de Dios.
Dios creó al hombre para la inmortalidad y lo hizo imagen de su propio ser (Sab 2,23).
He ahí la primera morada del ser humano, su primer hogar: la imagen y semejanza de Dios. Tal vez eso sea el Edén: no un lugar, sino un modo de ser, de habitar con Dios.
El hábito, el hábitat y el habitus tienen la misma raíz. En los orígenes de la vida monástica, el habitus es una manera de ser, un estilo de vida, manifestado por un lugar habitable, no estrictamente geográfico (el monasterio), sino un lugar para la vida en común, así como una forma de vestir, un hábito. La descripción de una prenda exterior, el hábito, es también la descripción de una forma de ser. Siempre es más o menos así. Yan Plantier, que enseñó filosofía en la cárcel, descubrió que los jóvenes con los que trataba gastaban en ropa tres veces más al año que los estudiantes acomodados de Secundaria. Su «uniforme» tenía que ser siempre nuevo, y consistía en chándal y zapatillas de deporte de marca, preferiblemente blancas: como un «abrigo rico del pobre»1. La ropa marcaba su modo de ser, su manera de habitar el mundo, sobre todo porque su vivienda —la celda de la prisión— no era un hábitat digno de ese nombre.
Al principio, Adán, hombre y mujer, no solo habita en la casa de Dios, sino que habita en Dios. No hay diferencia entre su manera de ser y la de su Creador. Tal vez la desnudez de Adán es simplemente eso. Podemos anticipar que este relato de los orígenes no solo nos cuenta la historia del paraíso perdido, sino más bien la de aquello a lo que todos estamos llamados: vivir con Dios, vivir en Dios. Esto es lo que dice Pablo en su Epístola a los Efesios, cuando afirma rotundamente que somos elegidos por Dios «desde antes de crear el mundo, para ser santos y sin defecto en su presencia, por el amor». Y este «nosotros», creo firmemente, abarca a todos los hombres.
¡Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor, Jesús Mesías, que, por medio del Mesías, ¡nos ha bendecido desde el cielo con toda bendición del Espíritu! Porque nos eligió con Él antes de crear el mundo, para que estuviéramos consagrados y sin defecto a sus ojos por el amor; destinándonos ya entonces a ser adoptados por hijos suyos por medio de Jesús Mesías —conforme a su querer y a su designio—, a ser un himno a su gloriosa generosidad. La derramó sobre nosotros por medio de su Hijo querido (Ef 1,3-7a).
Ser santo y sin defecto en presencia del Creador es la vocación profunda del ser humano. La persona realizada que vive su vocación primera de «ser creada a imagen y semejanza de Dios», es llamada, como lo fue María, a vivir santa y sin defecto (inmaculada) en presencia de Dios. La persona que habita con Dios, lo más cerca posible de Dios, vive ya esta santidad. La que ama está protegida por el amor de Dios, abrazada por Él y liberada del pecado.
Todo el que ha nacido de Dios no comete pecado porque su germen permanece en Él; y no puede pecar porque ha nacido de Dios (1 Jn 3,9).
Bendición
Ser creado a imagen y semejanza de Dios significa también tener la capacidad de bendecir. La primera función del lenguaje, la que expresa la buena relación entre los seres humanos y Dios, es la posibilidad de decir bien del otro. Y esto es lo primero que hace Dios después de crear a Adán: bendecirlo y hablarle. «Creced y multiplicaos, llenad la tierra...» (Gén 1,28). La primera palabra que Dios dirige a Adán es para decir bien de Él. Y si el ser humano, Adán, hombre y mujer, es creado a imagen y semejanza de Dios, quizá lo que más le asemeja a Dios es el verbo, la palabra comunicada, para que a su vez ella bendiga y multiplique la bendición recibida. Adán, que ha recibido de Dios el don de nombrar los animales, los domina con su palabra. Pero la palabra permite sobre todo dar la palabra; ella permite decir bien y bendecir. Abrahán, el padre de los creyentes, lo ha aprendido, él a quien Dios dirá: «Bendeciré a los que te bendigan». Él es el padre de los creyentes porque, como verdadero hijo de Dios, ha aprendido a hablar.
Todos podemos experimentarlo: cuando le decimos a alguien que es guapo, se vuelve bello. La bendición reviste de gracia y luz a quien ha sido bendecido. Del mismo modo, cuando decimos a alguien que es bueno o que es digno de confianza. Bendecir a alguien es siempre facultarle para que a su vez bendiga. La palabra de bendición se multiplica. No solo hace lo que dice —bendecir—, sino que también capacita al bendecido para que él bendiga a su vez.
En este primer relato no se menciona el vestido. Lo que tiene lugar es la bendición. Al bendecir al ser humano, Dios le da todo. «Y vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno». Los exégetas dicen que en este primer relato del Génesis la fórmula hebrea «Dios dice» se repite diez veces, formando una especie de «decálogo». Es necesario insistir en este punto porque para quien vive en Dios, el decálogo es un gesto de creación y de bendición y no un código prescriptivo.
«Entonces se abrieron sus ojos»
Luego viene el segundo relato de la creación:
Luego plantó Yahveh Dios un jardín en Edén, al oriente, donde colocó al hombre que había formado. Yahveh Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles deleitosos a la vista y buenos para comer, y en medio del jardín, el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal (Gén 2,9-10).
Hay dos árboles en el jardín: en el medio, el árbol de la vida, y sin que se especifique dónde (¿en medio del jardín? ¿En otro lugar?), el árbol del conocimiento del bien y el mal, que Chouraqui, en su traducción, llama «el árbol de la penetración del bien y del mal». En ese momento, la mujer todavía no ha sido sacada del costado de Adán.
A continuación, se describen cuatro ríos que riegan el jardín del Edén. Seguidamente Dios da a Adán este conocido mandato:
Tomó, pues, Yahveh Dios al hombre y le dejóen el jardín de Edén, para que lo labrase y cuidase. Y Dios impuso al hombre este mandamiento: «De cualquier árbol del jardín puedes comer,mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio» (Gén 2,15-17).
Después, como no es bueno que el hombre esté solo, Dios modela los animales y se los presenta para que les dé un nombre. Pero como el hombre no ha encontrado en los animales «una ayuda que lo acompañe», Dios lo sumió en un letargo y de su costado formó una mujer. Al grito de alegría del hombre le sigue un grito de bendición: «¡Es hueso de mis huesos y carne de mi carne!». Se llamará mujer [ishá], porque fue sacada del hombre [ish]. El capítulo termina con esta precisión: «Ambos estaban desnudos, el hombre y su mujer, y no estaban avergonzados, uno frente al otro» (Gén 2,25). Observamos que, a partir de este momento, ya no se habla de Adán, sino de un hombre y de una mujer.
El capítulo 3 del Génesis permite que entre en escena un nuevo personaje, la serpiente. Criatura entre las demás, es astuta, y su palabra es perversa, equívoca, pues lo que hace decir a Dios, Dios no lo dijo así: «¿Así que Dios os ha dicho que no comáis de ningún árbol del jardín?» (Gén 3,1).
De la misma manera que la bendición se multiplica produciendo otras bendiciones, la distorsión de la palabra también es contagiosa y reconocemos esta deformación de la serpiente en las palabras de la mujer, que a su vez tergiversa la palabra de Dios. «Del fruto del árbol que está en medio del jardín, Dios nos ha prohibido comer o tocarlo bajo pena de muerte». (Gén 3,2-3). Eso no es lo que Dios había dicho: «No comerás del árbol del conocimiento del bien y del mal, porque el día en que comas de él, serás reo de muerte». No estaba prohibido tocar el árbol del conocimiento del bien y del mal, sino comerlo. Pues el árbol en medio del jardín era el árbol de la vida. Por lo tanto, hay una confusión de árboles y una confusión múltiple, de la que la serpiente se sirve para argumentar: «¡Nada de pena de muerte! Lo que pasa es que Dios sabe que, en cuanto comáis de él, se os abrirán los ojos y seréis como Dios, versados en el conocimiento del bien y del mal» (Gén 3,5).
Entonces, la mujer y el hombre comen del árbol del conocimiento del bien y del mal (que era «bueno para comer», «atractivo de ver» y «deseable para el discernimiento», traduce la Biblia Segond2).
Entonces se les abrieron a entrambos los ojos, y se dieron cuenta de que estaban desnudos; y cosiendo hojas de higuera se hicieron unos ceñidores. Oyeron luego el ruido de los pasos de Yahveh Dios que se paseaba por el jardín a la hora de la brisa, y el hombre y su mujer se ocultaron de la vista de Yahveh Dios por entre los árboles del jardín (Gén 3,7-8).
Penetrar en el bien y en el mal no parece tan fascinante; permite, sí, que se les abran los ojos, sin duda, pero ¿a qué? El deseo de conocer es insaciable y hace insoportables nuestros límites. El hombre y la mujer se esconden. Y callan. ¿Se cubren con un taparrabos para escapar a la vista de estos límites? Pese a ello, Dios, que se complace en pasear en el jardín donde vive Adán, mantiene siempre el diálogo con el hombre que se ha ocultado y que guarda silencio. «¿Dónde estás?». Y el hombre responde: «Escuché tus pasos en el jardín, tuve miedo porque estaba desnudo y me escondí». Y a continuación se produce el discurso acusador, que es, en cierta manera, la otra cara del engaño de la palabra inaugural: «No soy yo, es la mujer». «No soy yo, es la serpiente». El comer el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal ha producido el desastre del desencanto; de estar desnudos, el hombre y la mujer se encontraron desnudados, con la sensación de no haber conseguido nada y, por el contrario, de haber fracasado y de sentir vergüenza.
Dios no acusa y con paciencia sigue hablando al ser humano. Una vez más, le dirige la palabra: «¿Dónde estás?». No maldice ni al hombre ni a la mujer, sino solo a la serpiente y a la tierra, que se convertirá en un lugar en el que habrá que trabajar duro para poder vivir. Y hace lo que quizá es su primer gesto de misericordia: «El Señor [Yahveh] hizo túnicas de piel para el hombre y su mujer y se las vistió» (Gén 3,21). Al cubrir con túnica de piel al hombre y a la mujer, Dios no cubre su desnudez, sino su indigencia, su vergüenza. Dios, desde el relato de la caída, echa un velo de piel sobre el hombre y la mujer, un hábito, para permitirles habitar el mundo y, haciéndolo, les ofrece la posibilidad de inventar un nuevo habitus, un nuevo modo de vida entre ellos y con Él, su Dios, protegiendo la palabra. El taparrabos que se habían cosido no ofrecía esta posibilidad. La túnica de piel es un regalo de Dios para que el ser humano viva y pueda construir relaciones con su entorno. Es una bendición. Es entonces cuando el hombre puede hablar de nuevo y bendecir. Teodoreto de Ciro, admirado, dice que las túnicas de piel representan la carne mortal que el pecado ha provocado. Admiremos la bondad de Dios «que cuida incluso a los malhechores, al no permitir que les falte el vestido necesario a los que están desnudos»3.
En esta gran inclusión entre la túnica que Dios entregó a Adán y la túnica de Cristo «sin costuras, tejida en una sola pieza desde la parte superior», la túnica que dejó a los suyos (¿a nosotros?) sin que hubiera sido rasgada, es donde quisiera inscribir esta lectura tan «textil» de la misericordia de nuestro Dios.
Yan Plantier, «Les vêtements de marque ou l’étoffe d’un homme», Lumière et Vie, 292, octobre-décembre 2011, p. 32.
Se trata de la traducción francesa de la Biblia realizada por Louis Segond, pastor protestante y teólogo suizo. Publicada por primera vez en 1880, la traducción se hizo directamente de las lenguas originales —hebreo, arameo y griego—, y no del latín, como solía hacerse en la época. Según el teólogo protestante Samuel Amsler, esta traducción es la obra maestra de uno de los mejores hebraístas protestantes de la era contemporánea, cuyo notable sentido del idioma francés impresiona todavía hoy. El escritor Paul Claudel era un ávido lector de esta Biblia, debido a su rigor gramatical y a su calidad literaria. (N. del E.)
Teodoreto de Ciro,Cuestiones sobre el Génesis, 39, en N. Fernández Marcos y Á. Sáenz-Badillos (ed.) Textos y estudios «Cardenal Cisneros», 17, Madrid 1979, p. 345. [http://www.erudit.org/revue]
