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En un posible futuro, los humanos han llegado a colonizar pacífica y desordenadamente los confines del universo hasta tal punto que han olvidado todo vestigio de la Tierra… La joven Elsa Layns, piloto de transporte, cubre las rutas espaciales a bordo de su veloz nave de carga aceptando cualquier encargo, por peligroso o incierto que sea… Eso incluye llevar a un extraño pasajero junto con su hija y un misterioso cargamento en un viaje lleno de peligros, enfrentarse a sus miedos más profundos al invocar el Protocolo Ripley, un procedimiento establecido en el pasado para responder a señales desconocidas de origen no humano, y mostrar toda su inteligencia, destreza y habilidad para vencer en el juego y salvar la vida. Estrellas del meteoro es una novela de aventuras que sigue la estela de los clásicos de ciencia ficción del siglo XX.
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Veröffentlichungsjahr: 2015
Víctor Sánchez González
ESTRELLAS
DEL METEORO
{COLECCIÓNMETEÓRICA}
Primera edición, octubre 2015
© Víctor Sánchez González, 2015
© Esdrújula Ediciones, 2015
ESDRÚJULA EDICIONES
Calle Martín Bohórquez 23. Local 5, 18005 Granada
www.esdrujula.es
Edición a cargo de
Víctor Miguel Gallardo Barragán y Mariana Lozano Ortiz
Diseño de cubierta: Óscar Giménez
«Reservados todos los derechos. De conformidad con lo dispuesto en el Código Penal vigente del Estado Español, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes reprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria, artística, o científica, fijada en cualquier tipo de soporte sin la preceptiva autorización.»
A mi padre, que me llevó a ver
La guerra de las galaxias
todas las veces que se lo pedí.
A mis hijos Sergio y Clara.
Lejos, muy lejos, en un espacio y un tiempo
en que la Tierra no es más que un sueño...
LIBRO PRIMERO
PIRATAS DE LAS RUTAS ESPACIALES
USO DE VUELO Nº 2.1.7.:
El piloto de una nave de transporte es responsable de:
1. La seguridad de la tripulación y el pasaje.
2. La integridad de la carga.
3. El cumplimiento del plazo de entrega.
4. La observancia y garantía del comercio libre y pacífico de las rutas espaciales.
5. La respuesta a cualquier llamada de auxilio, señal de desastre o de cualquier otra índole.
Cualquier omisión o contravención de este uso llevará consigo la pérdida total de emolumentos.
—No me gusta llevar tripulación...Ni carga...Odio volar...
Elsa bebió otro trago de Azul y verde. Ya no sabía cuántas copas se había tomado. Todo le daba vueltas y acabó por caer de bruces sobre el frío metal de la barra.
—Eh, eh, preciosa. —La voz parecía venir de la profunda caverna de un obscuro y rocoso asteroide—. No deberías oxigenarte tanto.
—O... Oscar —acertó a responder ella, recuperando momentáneamente el sentido antes de caer de nuevo en un profundo sueño.
Cuando despertó estaba sentada en el fondo del local. En un asiento redondo. Mullido. Con una mesita delante que parecía una rueda metálica. Se sentía cansada, pero mejor. Mucho mejor. Alzó la cabeza. Lo veía todo desde allí. La barra larga. Las otras mesas. Las luces de colores. Daba igual dónde o cuándo estuvieras; todos los tugurios de las estaciones espaciales parecían igual de calurosos, atestados y malolientes.
—No le hagas ni caso, he volado con él —dijo en voz alta, señalando al hombre que conversaba con su amigo Oscar al fondo de la barra.
—Vamos, Elsa Layns, ¿tú has volado conmigo? Apenas has volado contigo misma —respondió el aludido con una risotada.
—Oh. ¡Brillantes Supernovas! ¡Penn! ¿De verdad eres tú? Hacía tanto que no te veía... Te conservas bien para tener más años que una enana blanca.
El hombre soltó otra sonora carcajada, pero Elsa continuó su ataque:
—¡Viejo pirata!
—¿Acaso tú no lo eres, belleza del espacio?
—Vamos, vamos —terció Oscar—. Ninguno de los dos lo sois, no existe la piratería. Solo el comercio libre y pacífico, como todos sabemos.
Antes de volver a caer en un profundo sueño, Elsa llegó a atisbar juntos a los dos hombres y a oír el principio de la conversación entre el astuto Lawniker Penn y su joven amigo y mecánico de vuelo Oscar Smit: «¿Aún sigues con la Súper Rubia? Todavía hay un puesto para ti en la Gigante Roja. Freno necesita un ayudante para las reparaciones complejas. Ella sigue sin embarcarte en la nave, ¿verdad? Conmigo viajarías como un miembro más de la tripulación. Vuelos largos y bien remunerados».
Por desgracia, se quedó profundamente dormida antes de escuchar la respuesta de su compañero y poder sacar conclusiones.
Law Penn, el apuesto capitán y veterano patrón de las rutas espaciales. Siempre atento y educado, tan alto, tan delgado y con su traje de vuelo azul obscuro siempre impoluto, sin ninguna arruga, el pelo limpio, la barba afeitada y ese olor arrebatador a perfume masculino. Y su amigo Oscar, joven como ella, no muy alto pero fuerte, y guapo como ninguno, con su pelo marrón que le caía por la frente y las gafas azules que lo hacían tan irresistible.
—Elsa, ¡Elsa!
Alguien la estaba zarandeando por los hombros. Abrió los ojos. Debía de haberse quedado otra vez dormida en la cantina, porque había estado soñando; soñando con esos dos hombretones.
—¡Elsa! —Era Oscar el que la reclamaba—. Ponte de pie. Al fondo hay unos viajeros que quiero que conozcas. Están interesados en un transporte.
Se levantó con lentitud y comenzó a andar con pasos torpes.
Quizás no había sido buena idea elegir un atrevido e insinuante vestido de estación para ir a la cantina de pilotos, pero ¡qué galaxias! De vez en cuando le apetecía dejar el traje de vuelo verde y las botazas y vestirse de chica por una vez, aunque eso significara ser el blanco irresistible de las miradas de sus compañeros, rudos hombres del espacio.
Elsa era la única mujer piloto independiente de la Ruta 5.
Antes de llegar a la mesa miró su reflejo en un panel transparente que daba al espacio exterior. Se alisó la cintura y la falda, aunque no era necesario, pues el conjunto, de tonos rosados que cambiaban sutilmente con la luz, se ceñía a su piel como el imán al metal. Se miró el pecho; en el lado izquierdo refulgía como una estrella joven su emblema de piloto, una flecha dorada.
Aprovechó para componerse un poco el cabello, que le caía a pico de la nuca a los hombros en una melena corta que se sacudía grácilmente con los movimientos de su cabeza. Hacía poco, un tipo de la barra le había dicho que su pelo era del color de la luz de un sol planetario, y sus ojos, del azul de un haz de energía. ¡Veloces cometas! Qué cosas tan bonitas le dedicaban a veces sus compañeros en las estaciones espaciales. Aunque no siempre. Algunos pilotos se mostraban esquivos, o la menospreciaban por el hecho de ser mujer y piloto.
Mientras Elsa avanzaba, sus estilizadas botas resonaban en el suelo metálico. «Ah, gravedad artificial. Qué gusto», pensó. En su nave no siempre funcionaba, y cuando lo hacía, el anticuado motor gravitacional generaba un calor extremo en el interior de la cabina y las demás estancias, lo que resultaba extremadamente agobiante en los viajes largos.
—Me llamo Elsa Layns —se presentó al llegar, al tiempo que tomaba asiento junto a Oscar—. He oído que están interesados en un transporte.
—Si es una nave rápida... —dijo su interlocutor.
—Extremadamente —interrumpió Oscar antes de que ella respondiera. Con Elsa no era un buen comienzo dudar de las prestaciones de su aeronave, y no quería que la situación, y el negocio, se le escaparan de las manos—. Voy a hacer las presentaciones —continuó, tragando saliva—. Este es el Profesor Doctor Arturo, experto en Historia Antigua. Y esta es su encantadora hija Maya. —Elsa los miró e hizo un gesto indiferente con la mano.
—Axel Arturo, coleccionista de arte y... empresario. —El hombre le tendió la mano y Elsa se la estrecho con sorpresa. Estaba acostumbrada a un trato distante, más común en las rutas estelares.
El profesor era un tipo delgado, de pelo cano y facciones marcadas. Su hija parecía extremadamente joven; tenía el cabello muy largo y obscuro, ojos grandes, mirada curiosa y una espléndida sonrisa. A Elsa le llamó la atención su extraordinaria belleza. Tenía la tez morena, como bronceada por el sol de un planeta cálido. Los habitantes del espacio eran todos de piel muy pálida, blanquecina, cuando no directamente macilenta. Elsa aún seguía algo mareada por el exceso de Azul y verde, así que fue directa al ígneo núcleo planetario de la cuestión.
—¿Cargamento y destino?
—Nosotros dos —dijo el hombre con voz grave y pausada—. En principio hasta el séptimo planeta de este mismo sistema. Creo que no es una distancia muy larga. Después, y con un cargamento aún por determinar, a un destino que no puedo revelar por el momento.
—¿Qué pasa? —Elsa intentó mostrarse franca ante tanto misterio y esbozó una media sonrisa—. ¿Algún problema en especial?
—Digamos que queremos evitar embarazosos contactos aduaneros. El motivo de nuestro viaje es acudir a una importante exposición de objetos antiguos. Es probable que realicemos alguna adquisición.
—Yo no transporto pasajeros —sentenció Elsa tajantemente; apoyó las manos en la mesa con intención de levantarse—. Solo mercancías.
—Vamos, Elsa —intervino Oscar, posando su mano derecha en el muslo de ella—. Estas personas están en una situación complicada, en medio del espacio, dispuestas a ofrecer una importante suma de dinero y pasar por alto las comodidades de un crucero con tal de pasar desapercibidas y llegar rápido a su destino.
No retiró la mano de la pierna desnuda de ella y siguió intentando convencerla.
—Llegaremos rápidamente en subluz. Un par de saltos, a lo sumo tres. La bonificación es substanciosa.
Elsa lo miró. Estaba algo turbada. Sonrió levemente, y pareció que Oscar iba a apartar la mano, pero no lo hizo, sino que comenzó a acariciarle con suavidad, aumentando la turbación de la joven piloto. Azorada, notó que sus mejillas enrojecían y le palpitaba el corazón. ¿Realmente sabría este chico el efecto que producía en ella tan solo con una caricia?
—Me gustaría viajar también —añadió Oscar, sosteniéndole la mirada desde muy cerca.
La propuesta de su compañero la desconcertó.
—Viajo siempre sola. —El tono de Elsa había cambiado.
—Lo sé, pero creo que en esta ocasión podría serte de utilidad —rebatió su amigo, al tiempo que apartaba con suavidad la mano del muslo de ella, que ya empezaba a mostrar su incomodidad.
La chica inspiró profundamente, tratando de reponerse del subidón emocional. El autoservicio le había servido otro vaso de frío y humeante Azul y verde.
—Va a ser un poco más caro —dijo Elsa tras volver a dejar el vaso, abriendo las manos sobre la mesa y dirigiéndose a su posible cliente.
—¿Cuánto?
—7000 créditos más de lo que hayan acordado con Oscar.
—¡Serían 17 000! —protestó la joven Maya con expresión de sorpresa. Su padre le apoyó una mano en el hombro para calmarla y se dirigió a Elsa.
—Le ofrezco un cartucho de 2000 ahora, más 20 000 en tabletas cuando lleguemos al destino final.
Achispada por la borrachera y aún un poco excitada por las caricias de Oscar, Elsa trató de vencer su agitación y sobreponerse al mareo para ordenar sus ideas antes de tomar una decisión. Los convertibles eran menos habituales que el pago automático, pero igualmente válidos. Sí. Era un buen negocio.
—De acuerdo. Saldremos cuando estén listos —sentenció—. Muelle de carga 94.
El hombre hizo una seña a su hija y ambos se levantaron de la mesa. La negociación había concluido.
—¿Tú has visto? —le dijo Elsa a su amigo cuando se quedaron solos—. Esos dos deben de estar desesperados. O tener unas expectativas de negocio muy altas. ¿Qué más sabes?
—Bueno, el transporte que tenían contratado los dejó tirados en esta estación por un trabajo mejor. Tienen mucha prisa porque la feria a la que van está a punto de comenzar. Parecen de fiar.
—Está bien. No obstante, comprueba que nos han transferido créditos en curso. Ah, y olvídate de venir.
Elsa apuró su bebida y, cuando se iba a levantar para marcharse, tuvo la sensación de que la estancia volvía a girar a su alrededor y cayó desmayada.
Cuando despertó estaba en su nave, tendida en el asiento del domo principal; el pelo le caía por toda la cara y tenía puesta la ropa de la noche anterior. Se incorporó rápidamente, descansada y con la mente despejada. Las borracheras de fluidos oxigenados marean y producen desmayos, pero no dejan secuelas. Respiró aliviada al recordarlo. Después tomó el interfono de la nave con el botón pulsado para dejar un mensaje a su amigo.
—Oscar, por si escuchas esto... Estaba muy borracha anoche, ¿verdad? No hace falta que respondas. Gracias por traerme de vuelta. Espero que no aprovecharas la ocasión para meterme mano. —Su risa resonó en la estancia vacía.
Terminó la grabación y se puso en marcha. Debía poner la nave a punto y había mucho que hacer. Pero antes, una placentera ducha caliente.
Aquella era una de las ventajas de estar atracada en una estación espacial. Agua limpia y corriente a chorro de cohete, solo con enchufar la manguera y pagar su alto precio. Pero Elsa acababa de cobrar una espléndida bonificación por la última descarga de veinte contenedores de piezas de recambio; podía permitirse ese y otros pequeños lujos, como el atracón de Azul y verde de la noche pasada. Incluso había resuelto el espinoso asunto del reabastecimiento de la nave.
Alpha 3 era una estación totalmente automatizada. No había ni que negociar con el administrador. Este tipo de instalaciones, que viven del trasiego de naves de transporte por su ruta, tienen potestad para fijar libremente el pago por sus servicios. Sobre todo los más preciados: agua, oxígeno y combustible, por ese orden.
Aquí el trato era aséptico y el precio, justo, por eso Elsa la usaba como estación base. Limpia, cómoda y fiable. Muy conveniente si había que permanecer en ella más tiempo del deseado hasta conseguir un nuevo cargamento que transportar por el espacio, cosa que en esta ocasión no había sucedido, gracias de nuevo a Oscar. Ella no se consideraba buena negociante, era una labor que delegaba en su atento, educado y guapo amigo. Conseguir contratos bien bonificados se le daba tan bien como la mecánica, su principal cometido desde que lo conoció hace unos años, cuando Elsa se estableció por su cuenta como transportista independiente tras servir durante un tiempo con Lawniker Penn en la Gigante Roja.
Oscar fue quien le recomendó adquirir a precio de ganga un pequeño carguero que iba a ser desguazado. Una nave de dimensiones reducidas, algo anticuada pero rápida y potente. Él la arregló y ella la pilotaba. Ese había sido el trato. Pero, poco a poco, el chico se había vuelto imprescindible como ingeniero, relaciones públicas, socio y hasta a veces amigo.
Después de ducharse, Elsa echó la ropa usada al higienizador. Vuelta a los tonos apagados del traje de vuelo. Ya habría más momentos para lucir otro atrevido modelo de estación en la cantina de pilotos. Sonrió para sí.
El transporte de mercancías por las rutas estelares era una profesión de tíos. Sus compañeras de la Academia se decantaban sobre todo por enrolarse en cruceros de pasajeros, un trabajo menos solitario y más lucrativo. Pero ella quería ser su propio capitán y vivir a la aventura.
Estaba pensando demasiado. «Chupé más oxígeno del debido la noche anterior», recordó.
La noche anterior.
El día y la noche.
Elsa había nacido en una nave y prefería hablar de ciclos, pero, como a todos los niños del espacio, le habían enseñado a medir el tiempo en días, meses y años como en la Tierra, planeta al que se atribuía el origen de todos los humanos que pueblan el universo. Siempre se decía que esto o aquello provenía de la Tierra o ya se hacía o decía allí, aunque nadie supiera con certeza científica si existió jamás aquel planeta, el supuesto origen único de la raza humana. Fuera leyenda o realidad, Elsa estaba conforme con la forma de organizarse en días compuestos de tres ciclos: trabajo, ocio y sueño. Con ello se preservaba la salud y el óptimo rendimiento del individuo, como se decía que hacían nuestros ancestros allá en la Madre Tierra, que daba una vuelta sobre sí misma en ese tiempo, la mitad de luz y la mitad de obscuridad. Así, en cada nave, en cada estación, colonia y asentamiento del espacio, como si nos alumbrara un mediano Sol planetario y giráramos en torno a él, se seguía esa organización temporal en días, que también muchos denominaban rotaciones por ese mismo motivo.
También se decía que las condiciones ambientales en las estaciones y los planetas habitados procedían de la Tierra. Una mera consideración, pues el espacio siempre es negro, vacío y frío. Aun así, los humanos necesitamos para respirar una composición del aire específica y poco corriente en el universo, y nos sentimos cómodos en un determinado nivel gravitacional que, se conjetura, era justo el de ese supuesto planeta. ¿Vendríamos todos entonces de esa... Tierra?
¡Por todas las galaxias! Claro que no, se respondió a sí misma; los humanos hemos vivido siempre en naves y estaciones, y colonizado planetas con ellas.
Elsa dejó a un lado los pensamientos transcendentales y se centró en la rutina previa al despegue.
La estación era gigantesca. Contaba con innumerables puertos, cada uno con su anillo de anclaje mediante un tubo transparente. Había montones de naves. Enormes cargueros, yates de recreo, minúsculas lanzaderas, transbordadores de tamaño medio, una gigantesca fortaleza volante de reparaciones... y también la pequeña Vega. La astronave de transporte de Elsa.
Menuda e insignificante al lado de las otras, con su forma cónica de aristas planas, el morro estrecho, dos estilizados alerones a ambos lados del fuselaje que le proporcionaban estabilidad aerodinámica, y en la cola, el motor de gravedad y las dos potentes turbinas de propulsión.
A Elsa le gustaba su nave y le encantaba volar.
Partida de la Estacion Alpha 3
Elsa estaba esperando a sus dos pasajeros en el pasillo de entrada.
—Comandante Layns —Arturo inclinó levemente la cabeza a modo de saludo.
—No me llame comandante. Esto no es un aeroplano de vuelo atmosférico —le sonrió ella—. Si quiere puede llamarme capitana, señora o simplemente Elsa.
—Por supuesto, señora.
Al llegar al tubo de embarque vieron la cubierta irregular de color gris de su nave de carga.
—¿Vamos a viajar en eso? —preguntó la joven Maya a su padre nada más llegar al mirador.
—Con esa cubierta puede parecer un montón de chatarra debido a las numerosas modificaciones que hemos introducido. —Elsa trató de mostrarse amable—. Pero es rápida y de fiar. Si son tan amables de ir pasando... Creo que tenemos prisa.
—Padre, ¿qué son esos signos tan extraños? —dijo Maya señalando al morro de la nave.
—Ay, hija mía. Cuanto siento que hayas crecido en el planeta de tu madre, con la formación tan escasa que se recibe en estos tiempos, y que yo no he podido completar como habría querido. —Hizo un gesto de resignación y continuó explicándole a su hija—: Es griego clásico, un lenguaje de la Tierra.
—Te enseñan su alfabeto en la Academia de vuelo —interrumpió Elsa—. No vale para nada, salvo para poner el nombre a las naves.
—¿Por qué no se pone en Interlingua? —Elsa no respondió a la pregunta de la jovencita.
—Es una tradición milenaria —terció el padre—. Los primeros científicos, navegantes y estudiosos de la Tierra usaban esa lengua, y de ella provienen también los nombres que damos a las estaciones y los planetas. A las estaciones se les nombra con una letra del alfabeto griego seguida de un número, a los planetas se les dan nombres legendarios procedentes de esa cultura ancestral junto con el color de su superficie. ¿No es así, señora?
—Eso creo —apuntó Elsa sin entrar en más detalles; había topado con un sabelotodo.
—Mira, hija —continuó entonces el hombre—; el lenguaje que hablamos hoy en día, Interlingua o Neolengua, no es sino una mezcolanza de los más usados en el Planeta Madre.
Maya resopló, pero seguía interesada.
—¿Y qué pone?—preguntó.
—Vega —respondió Elsa.
—Es el nombre de una estrella de la constelación de Lira. Según los planisferios terrestres, claro está —apuntó el padre.
—Vamos, papá —rebatió la joven Maya con tono burlón—, siempre estas con lo mismo: la Tierra, terrestre, terrícola... el Planeta Madre. Eso no son más que cuentos de viejas que ya no se cree nadie. No existe ese lugar mítico y maravilloso del que siempre hablas.
Elsa sonrió. Buen golpe. El padre se mostró flemático. Como si no diera importancia a las palabras de su hija. No en vano, la opinión que esta acababa de mostrar era la más extendida y mayoritaria en las colonias. Quizás en todo el espacio.
—¿Y usted, capitana? ¿Piensa que existe o existió la Tierra?
Elsa se detuvo, tomó aire y respondió mirándole a los ojos.
—Escuche, profesor: he viajado por los confines del universo, por galaxias, nebulosas, sistemas complejos o simples, y nunca, nunca, he encontrado evidencia alguna de un planeta único que fuera origen de la raza humana.
—Entonces —preguntó el hombre—, ¿de dónde venimos?
—De todas partes y de ninguna. Yo no tengo respuestas, solo me dedico a pilotar.
El hombre se limitó a esbozar una leve sonrisa y no prosiguió con la conversación. Por su parte, la joven piloto bajó la vista y siguieron caminando hacia el interior. Elsa se dio cuenta de que Maya lo miraba todo con sorpresa y curiosidad. A lo mejor era la primera vez que salía de su mundo caluroso y soleado, en el que debía vivir con la tonta de su madre, lejos de las fuentes del conocimiento y el pozo de sabiduría de su padre.
«¡Campos de fuerza magnética! —pensó—.¡Que tipo tan raro!»
Sonrió y se dirigió a la joven Maya en voz baja.
—Entre nosotras, para mí que estos son signos inventados por algún académico loco para darse importancia. La Tierra, la Tierra... —repitió en tono de burla y con voz masculina—. ¿Dónde está la Tierra?
Las dos chicas rieron, y Elsa abrió la compuerta de entrada con su clave e indicó a sus pasajeros dónde podían acomodarse.
Al entrar en la cabina de mando se encontró a Oscar sentado en el asiento del copiloto. Llevaba puesto su habitual pantalón de trabajo, muy similar al traje de vuelo, y una minúscula camiseta que le ceñía el torso y dejaba a la vista sus fuertes brazos. Le sonrió y él le devolvió el saludo.
«¡Brillantes Supernovas! —pensó—. ¡Planetas habitables! Esta guapísimo.»
Elsa se consideraba una joven atractiva, y tenía la sensación de gustarle también a Oscar desde siempre, pero se sentía confusa. Quizás él pensara que ella no le hacía caso. Salvo alguna insinuación graciosa, no le hacía proposiciones, y por eso a ella le seguía atrayendo muchísimo.
—Yo también voy —dijo resuelto el joven.
—Ni lo sueñes.
—Puedo serte útil aquí.
—No te hagas el tonto —le espetó Elsa mientras ocupaba el puesto de mando a la izquierda de la cabina—. Conozco tu razón para venir. Tiene el pelo largo, una cara preciosa, voz dulce, formas muy sensuales, cintura estrecha, piernas esbeltas, y se llama Maya. Todo esto no tiene nada que ver conmigo ni con el viaje. —Tomó el comunicador—. Abróchense los cinturones. Nos vamos a desenganchar.
Luego se dirigió a su amigo.
—Todos menos tú. ¡Fuera!
—Pero...
Elsa se llevó la mano a la cintura, donde el chico sabía que la astuta piloto llevaba siempre un pequeño pincho eléctrico. El joven mecánico se puso colorado. Ella le había hecho ver que se había percatado de sus intenciones y que, tenaz y obstinada como era, no cambiaría de parecer. Así que se resignó a su suerte y les deseó a todos buen viaje.
—¿Qué ocurre, capitana? —preguntó Maya al verlo salir tan deprisa.
—Yo viajo siempre sola. Vuelve a tu asiento.
La muchacha hizo un evidente gesto de decepción. Elsa pudo ver en él que la bellísima jovencita también se sentía atraída por Oscar. Cuando llegó junto a su padre, pudo oírse un suspiro. Por un momento, Elsa se sintió muy celosa. No habría podido soportar los flirteos entre esos dos durante todo el viaje, por corto que fuera.
Elsa no miró la pantalla del compartimento trasero. Se limitó a ajustar los controles y avisar a la torre de zona. Tenían que soltar los enganches y todo el cableado desde allí. Esperaba que tardaran poco tiempo en comprobar que se habían realizado todos los pagos automatizados y que su cuenta con la estación estaba del todo saldada. Luego serían libres de abandonar el puerto espacial. «Esperemos que con poco tráfico», pensó.
Los usos de vuelo obligaban a alejarse de la estación lentamente antes de fijar rumbo y tomar velocidad. Elsa acarició los mandos con los dedos.
—Me encanta volar —dijo en voz alta.
Al soltarse la nave, sintió en el estómago la característica sensación de caída. Enseguida se perdía la gravedad y se comenzaba a flotar hasta que el cuerpo tocaba el cinturón del asiento. Perdido el soporte vital de la estación, la Vega tenía que activar el suyo propio. Aún tardaría un rato en notarse la gravedad artificial autónoma, generada por un pequeño motor con dos aspas ovaladas situadas en el techo, muy cerca de las toberas de cola, y que se integraban en el fuselaje cuando la nave estaba atracada.
Mientras se empezaban a accionar, la astronave se movió lentamente hacia atrás y luego hacia delante, dejando cada vez más lejos la estación espacial. Elsa tenía los dedos índice y pulgar de la mano en el extremo del sensible mando de aproximación. Leves movimientos, casi imperceptibles para un ojo inexperto, que la joven piloto ejecutaba con delicada precisión. Pasaron muy cerca de un enorme carguero, largo como un tubo de combustible, con cientos de contenedores ensamblados en una fila interminable que acababa en un módulo de propulsión con cuatro gigantescos quemadores.
—Mira—dijo como si la escucharan—, es la Orión. ¡Adiós, Peluco!
Saludó con la mano. A través del panel lateral se veía la cabina de la otra nave.
—¿Dónde vas, Layns?—se escuchó por la radio de corto alcance.
—No muy lejos, tío.
—Que te vaya bien.
Elsa sonrió. A medida que la Vega dejaba atrás el puerto espacial empezaron a verse menos naves. Poco a poco, los distintos objetos sueltos, una tarjeta por aquí, un puntero por allá, que flotaban por la cabina en un vuelo indiferente comenzaron a caer. Elsa sintió que se aflojaba la presión que ejercían los cinturones en sus hombros y su cintura, a la vez que su trasero se posaba lentamente en el asiento. La gravedad artificial se iba haciendo notar, y pronto podrían andar de nuevo por la nave como si estuvieran en un mundo pesado.
Solo había un inconveniente: el anticuado motor de gravedad de la Vega calentaba en exceso el interior de la nave. Pronto empezaría a subir la temperatura del domo y de la cabina.
—¿Va todo bien ahí atrás? —preguntó mientras se desenganchaba y sus botas golpeaban el suelo al activarse la gravedad.
—Maya tiene curiosidad por la cabina de mando —dijo Arturo cuando la vio aparecer en el domo principal—. Le he dicho que no le importaría enseñársela, ¿verdad?
La jovencita tenía los ojos abiertos como redondas esferas volantes. Y lo que más parecía impresionarle era la visión del espacio infinito. Para ser una nave pequeña, la Vega tenía una carlinga espaciosa, con visibilidad frontal, lateral y cenital perfecta gracias a tres paneles transparentes en ángulo oblicuo. Elsa le ofreció sentarse en el asiento del copiloto, lo que dejó a Maya loca de alegría.
—Te dejo —dijo Elsa desenganchándose—. No toques nada.
—¿Qué pasa, capitana? —preguntó Maya.
—No te ofendas, es solo que no quiero intimar con los pasajeros —dijo mientras intentaba mantener la sonrisa—. Y no soy tu capitana, puedes llamarme Elsa —añadió desde la distancia tras salir de la cabina. Estaba un poco furiosa por tener a alguien usurpando su sala de mando, aunque fuera una encantadora niña planetaria. Además, tenía unas ganas locas de hacer pis.
No tardó mucho en volver. El baño-ducha estaba justo a la vuelta del domo principal, una sala pequeña de planta poligonal equipada con lo justo, pues la Vega no era una nave de pasajeros. Arturo estaba sentado en un asiento corrido de acolchado hinchable.
—Con permiso —dijo Elsa mientras se inclinaba, con el pecho justo delante de la cara del hombre, para desplegar un panel-consola situado a su derecha—. Tengo que calcular la trayectoria y si voy a tener suficiente combustible.
—¿Suficiente combustible? —repitió el hombre con extrañeza—. Creí que habría cargado la nave a tope.
—Eh, amigo. El carburante y los cartuchos son un bien escaso y muy caro. Nadie viaja ya a tope de combustible.
—Le pido disculpas.
—No ha sido nada. En este sistema está todo cerca. Séptimo planeta, ¿Verdad?
Elsa acababa de desplegar el terminal del computador de a bordo y tecleaba sin cesar pegada a él. En un gesto instintivo se había abierto el cuello de la vestimenta. Ya le apretaba menos.
—Séptimo planeta —confirmó su pasajero moviéndose a un lado en el asiento. Luego dijo algo más, pero Elsa no estaba prestando atención.
—Disculpe. —Arturo utilizó un tono más alto pero educado—. ¿No estaría más cómoda calculando en la cabina de mando y no aquí?
—Estaría en ella —respondió Elsa con una sonrisa— si no hubiera una visita escolar inesperada.
—¡Maya! —gritó el padre desde su asiento.
—No le oirá. Tome el comunicador de la mesa.
Uno de los extremos de la mesita auxiliar del asiento era un pequeño transmisor interno. Arturo lo extrajo y pidió a su hija que volviera de nuevo al domo.
Elsa se percató de que el maduro hombre de negocios y erudito estudioso le estaba mirando los pechos como un adolescente que acude a su primera clase. Sonrió, y con un leve toque de su dedo índice desabrochó un poco más la ajustada prenda, tomo aire, y al llenar los pulmones se le abrió aún más el traje de vuelo, dejando a la vista todo lo que no cubría la camiseta interior. La joven vio caer una gota de sudor por la frente de su pasajero y sonrió de nuevo.
—Pronto tendrá que quitarse eso —dijo señalando el grueso gabán que llevaba puesto el hombre—. El sistema de gravedad artificial en esta nave calienta los habitáculos, y no hay termorregulación.
Elsa sonrió de nuevo y se acercó más al hombre. Le divertía comprometer a su apurado pasajero.
—Un viaje interesante —dijo Arturo; se apartó un poco y abrió los brazos para recibir a Maya en su asiento—. ¿Sabes, hija? —continuó para salir del paso y cambiar de tema—, no hay nada más fascinante que los viajes espaciales. En tiempos fueron un sueño, y ahora hay seres humanos por toda la galaxia...
Elsa perdió el hilo de la disertación, aunque la joven pasajera parecía interesada pues preguntaba constantemente, ya fuera por verdadera curiosidad o por contentar a su dilecto padre.
—Me voy a quedar aquí porque ya casi está —masculló entre dientes.
—Me alegro, así podrá ocupar de nuevo su cabina. Y como te decía —siguió explicándole a su hija— fueron determinantes varios avances científicos y técnicos: el metal anti radiación gracias al cual se podían pasar sin peligro largos períodos de tiempo en el espacio, las mejoras en la motorización, los nanocombustibles y, lo mejor de todo, los cartuchos Asimov, la tecnología de saltos que hace posible recorrer grandes distancias estelares con un chasquido de dedos.
—¿Ha terminado la clase? —interrumpió Elsa intentando no ser brusca—. Los cálculos están hechos. En poco más de un ciclo alcanzaremos nuestro destino.
Arturo levantó el dedo índice para captar su atención, pero Elsa intervino antes.
—¿No me irá a decir que el sistema de medición astronómica también se inventó en la Tierra?
—En efecto, pero lo que quería era formularle una pregunta: ¿por qué tardaremos tanto en llegar? ¿No vamos a ir de un salto?
Elsa suspiró. Ahora le tocaba a ella ser la profesora.
—Como bien sabrá, doctor Arturo, viajar por el hiperespacio no es un juego de niños. Se requieren cálculos muy precisos que el computador de a bordo realiza en parte y el piloto complementa. Esta es una nave vetusta y no está totalmente automatizada. En estas operaciones se invierte gran cantidad de tiempo, incluso rotaciones enteras, días de tres ciclos, mientras que, como les dije, la Vega es muy rápida en velocidad subluz. Para un trayecto tan corto, con un salto saldríamos perdiendo tiempo y gastaríamos un preciado cartucho Asimov, y solo llevamos dos. —Lo enfatizó levantando dos dedos—. Bien; si estamos todos listos, ocupen sus posiciones. Después de la aceleración inicial podrán moverse libremente. Les recomiendo que aprovechen el tiempo de viaje para alimentarse y después dormir un poco.
Una vez fijado el rumbo, Elsa recogió los alerones, hizo un test de integridad del casco y se ajustó fuertemente los cinturones en la cintura y los hombros. Se puso unas gafas oscuras por si pasaban cerca de algún objeto brillante y empujó con la mano derecha el mando de aceleración. La nave cobró impulso hasta alcanzar velocidad de crucero. Poco a poco, los sistemas estabilizaron de nuevo la cabina y pudo soltarse los cinturones. Una gota de sudor recorría su mejilla. Siempre era emocionante ganar velocidad en el espacio.
Pasado un rato fue de nuevo al domo para ver a sus pasajeros. Arturo se había mareado un poco pero parecía ya recuperado.
—¿Todavía no se ha quitado el abrigo? Haga como su hija.
La joven viajera había dejado su capa celeste cuidadosamente doblada sobre el asiento y se había quedado tan solo con una amplia túnica de color turquesa. Una prenda muy elegante, pensó Elsa, aunque a ella le gustaban más ceñidas, bien ajustadas a la piel para permitir todo tipo de movimientos sin enganchones.
—Un vestido muy bonito. —Trató de ser amable; quizás se había mostrado algo brusca en el inicio del viaje. Ahora, con el vuelo encaminado, estaba un poco más relajada.
—Gracias, capitana. Es de un material llamado...
—Seda —interrumpió Elsa—. Lo conozco. Muy escaso y caro. A veces lo he transportado.
—Si, seda, mis queridas señoritas. Si me permite que la llame así... —intervino interesado el hombre, mirando a Elsa.
—Por favor —respondió ella, educada y sonriente. Le iba a caer encima otra disertación sobre el origen terrestre de este elemento.
—Un material de origen natural, un tejido muy preciado que tiene su origen...
—En la Tierra. Por favor papá, otra vez no —rezongó la chica.
—Sí, hija, sí. Todo tiene su origen en allí, en el tercer planeta de un sistema de ocho o nueve alrededor de un sol de tamaño mediano. Los materiales que usamos, la lengua que hablamos, nuestros nombres, la ciencia y el desarrollo tecnológico que nos ha permitido extendernos por diferentes galaxias, nuestro sistema de organización económica...
—Nunca he entendido el sistema económico —cortó Elsa mientras posaba la mano en el antebrazo de su pasajero y sonreía a la otra joven.
—Yo tampoco. —Ambas soltaron una carcajada—. Mi padre sabe mucho de la Tierra —esbozó Maya a modo de disculpa—. Ahora nos hablará de la Enciclopedia Galáctica.
Maya parecía ya saber cómo continuaba el discurso, y las dos rieron otra vez.
—Por favor —pidió ayuda el veterano profesor.
—Sí, Maya. —Elsa intentó reprimir la risa y ponerse seria—. Existe una obra con ese nombre, y habla de la Tierra. Algunos creen que es un relato de fantasía romántica, aunque también contiene conceptos de física y astronomía. La EG cayó en desuso. Nadie la lee ya. Incluso deben de quedar pocos ejemplares o archivos de esta.
—Los jóvenes solo recibís una formación utilitarista. En la Tierra había mucho más... —El pasajero dejó que su mirada se perdiese hacia lo alto de la estancia.
—Mi padre sabe mucho de la Tierra —repitió Maya. Luego lanzó un suspiro y lo abrazó.
—Ya veo —respondió Elsa, levantándose del asiento común—, y es muy apasionado. Puedes aprender mucho de él. Ahora tengo que hacer unos ajustes, luego deberíamos dormir todos un rato.
Todos descansaron sin necesidad de provocar un ciclo de sueño. Elsa dormitó en la cabina con el asiento reclinado. Elsa dormitó en la cabina con el asiento reclinado. Comenzaba a hacer calor y se había remangado el traje verde hasta la cintura. El domo de pasajeros era todo silencio. Fuera, nada parecía moverse. El obscuro espacio aparentaba ser estático, pese a que la astronave era un bólido desplazándose a gran velocidad. Unas horas antes habían dejado atrás un púlsar lejano. Ahora predominaba el negro.
Elsa despertó sintiendo hambre. En algún sitio tenían que estar las barras de proteínas. Guardaba siempre una caja bajo su butaca. Al fin. La abrió con cuidado y comenzó a mordisquear distraídamente. Todo parecía marchar bien, aun así encendió la cámara de circuito cerrado para comprobarlo. Una pequeña pantalla se desplegó sobre el salpicadero. Pasillo de tránsito, domo de pasajeros. Baño. Bodega. Un zumbido en el panel de mandos atrajo su atención y comenzó instintivamente a mirar a ambos lados en busca de algún piloto luminoso activado.
Había una luz encendida. Arriba. Sobre su cabeza. Alerta de llegada. Era extraño; aún no tenía ningún objeto planetario a la vista. Bajó varios interruptores y la luz anaranjada se apagó.
—¡Escáner de largo alcance! —dijo Elsa en voz alta y tono ejecutivo.
El sistema de reconocimiento de voz del computador principal desplegó frente a ella una pantalla con cuadrículas verdes.
—¡Pulso!
Una onda recorrió la pantalla de arriba a abajo hasta desaparecer. Elsa repitió de nuevo la orden con idéntico resultado.
—Escáner de proximidad. ¡Pulso!
Esta vez la pantalla mostró un semicírculo rojo que la cubría por completo desde la tercera cuadrícula.
—¡Parsecs! —exclamó sorprendida—. Ahí está. Y lo tenemos encima.
No había tiempo para pensar. Sus manos se movieron deprisa por el panel frontal. Si los cálculos eran correctos, tenía el tiempo justo para decelerar. Incluso menos. Puso la mano derecha sobre la cuádruple palanca de velocidad y los pies en los pedales. Faltaba una cosa por hacer. Botón rojo del comunicador general.
—Arturo y Maya, permanezcan en sus asientos con el cinturón abrochado. Voy a decelerar ya.
No esperó ni diez segundos. Lo justo para pasar los brazos por los cinturones de seguridad de su propio asiento y apretárselos con fuerza al pecho y a la cintura. Pisó a fondo los dos pedales para desactivar la navegación automática. Al mismo tiempo aferró el mando principal con la mano izquierda para intentar mantenerlo firme mientras con la derecha tiraba hacia atrás de las cuatro palancas de velocidad. Sintió un brusco tirón hacia delante.
—Retropropulsores —gritó—. ¡Activar!
Terminó de bajar las cuatro palancas. La velocidad había descendido, pero las pantallas no confirmaban el despliegue de los retropropulsores, y los necesitaba ahora o no conseguiría detenerse. Otro zumbido de alerta. Varios paneles estaban en rojo. También habían comenzado a pitar los de los laterales. No tenía tiempo de mirar. Repitió la orden, pero los retros no se desplegaban en respuesta a su voz. Tendría que hacerlo manualmente, y para ello debía levantarse de su asiento y no podía.
Trató de pensar. Claro, el botón de bloqueo. Estaba frente a ella. Lo pulsó deprisa. Mantendría la nave en su curso actual. Se soltó los cinturones. Se sentía ligera como una enana blanca. En situaciones críticas, la computadora desactivaba parcialmente las funciones no vitales y eso incluía la gravedad artificial. En dos pasos se plantó en la zona del copiloto. Justo debajo había cuatro grandes paneles cuadrados que sobresalían unos centímetros de la pared. Debía sacarlos hacia fuera usando una gran palanca con asidero metálico disimulada en el fuselaje. Se arrodilló frente a la primera y tiró con fuerza. Había que desplegarla hasta formar un ángulo recto, pero no lo conseguía; la caída de la gravedad le impedía ejercer suficiente contrapeso. Se llevó la mano a la bota para activar las suelas magnéticas y fijó los pies al metal. Tras un gran esfuerzo consiguió por fin liberar la palanca y llevarla hasta arriba. Ahora tenía que tirar de ella hasta que comenzara a moverse. Elsa se incorporó, asió la palanca con las dos manos y puso la pierna izquierda en un saliente de los paneles. Tiró con fuerza y vio como aparecía un cuadrado luminoso de color verde. El panel comenzaba a moverse lentamente. Cambió de posición y se dirigió rápidamente hacia el segundo. Tenía que darse prisa, puesto que los retropropulsores debían estar disponibles para desplegarse a la vez. El segundo ya estaba listo. Mientras tiraba del tercero sintió cómo gotas de sudor resbalaban por sus sienes y luego flotaban por el aire. Ya solo quedaba uno. Tiró con energía. No se movía. Otra vez. Estaba bloqueado. Desesperada, Elsa se puso de pie y dio una patada a la palanca con el talón de su gruesa bota a la vez que lanzaba un grito agudo. Vamos. Vamos. Se agachó de nuevo y probó. Por fin se movía. Ya estaban las cuatro. Volvió rápidamente a la silla y se apretó fuertemente las cinchas de nuevo. Tenía unos segundos; la pantalla principal mostraba una cuenta atrás para el despliegue manual de los retros. Esperaba que no fuera demasiado tarde.
Tomó de nuevo el control y aguardó. Notó un fuerte tirón. Los retropropulsores se habían desplegado. Todos. El curso era uniforme y sin turbulencias. Pero frente a ella solo había obscuridad. Ni rastro del planeta.
—Retromotores —dijo—. ¡Ahora!
Un nuevo tirón llegó acompañado de un rugido seco. Poco a poco, los zumbidos y pitidos se apagaron. Los paneles dejaron de lucir o volvieron al verde, y Elsa notó como la presa del cinturón de seguridad se aflojaba en sus hombros y dejaba más suelta su cintura. Un hilo de sudor cayó por su mejilla hasta los labios, dejando en su boca un sabor salado. La gravedad se recuperaba. Elsa inspiró profundamente y exhaló. Todo seguía obscuro. Negro y sin estrellas.
De pronto, saliendo de la nada, una luz amarilla, brillante y cegadora inundó la cabina. Un flash impactante al que Elsa respondió instintivamente cerrando los ojos y cubriéndose la cara con el antebrazo. Luego tanteó en el aire, pues en situaciones como aquella la nave soltaba unas gafas de emergencia desde el panel superior. Se las puso pero seguía cegada, aunque veía dentro de su habitáculo lo suficiente para activar las funciones del casco de la Vega.
—Frontal. Oscurecer. ¡Ahora!
En pocos segundos recuperó la visión. Ahí estaba el planeta. Grande, de tonalidad marrón, y tras él un pequeño sol que había estado oculto durante toda la aproximación y ahora aparecía frente a ella. Un poco más y habrían entrado en contacto con la atmósfera a una velocidad de reentrada que habría fundido el casco con ellos dentro. Había faltado poco. Respiró profundamente de nuevo y sonrió para sí. Luego aceleró a tope los retropropulsores para dejar la Vega casi detenida por completo y tomó el comunicador.
—Luz verde, la nave se ha detenido. ¿Estamos todos bien? ¿Alguien ha vomitado?
No esperó respuesta. Se echó el pelo hacia atrás con la mano y luego tumbó la butaca para descansar la espalda. La maniobra de deceleración la había dejado agotada. Exhausta, y muy, muy acalorada. Elevó las piernas para sacarlas del traje de vuelo y lanzó este por detrás de su cabeza, dejando al descubierto sus piernas blancas y sudorosas. Tendría que ver como estaba todo detrás. No tenía ninguna gana, pero se incorporó pesadamente y caminó hacia el domo de pasajeros.
—Bueno, ya hemos llegado —le dijo al viejo profesor, que seguía sentado con el cinturón puesto y la cara pálida—. Y con adelanto sobre el horario previsto.
—¿Con usted es todo así de urgente, apresurado y violento, señora Layns?
—No siempre; me sorprendió la cercanía del planeta y tuve que frenar de golpe. —Le sonrió—. Si quiere, puede llamarme Elsa. Lo prefiero.
Elsa estaba frente a él, y se había dado perfecta cuenta de cómo recorría con la mirada su cuerpo de arriba abajo. Ya no era la primera vez.
—Le dije que iba a hacer mucho calor y no me hizo caso —añadió. Sonrió graciosamente mientras movía la cintura, alzaba los brazos y colocaba las manos detrás de la cabeza para hacerse notar aún más.
Arturo se puso colorado. Pillado de nuevo como un jovencito. Bajó la vista y se tocó la ropa. El pobre sudaba a chorros.
—Discúlpeme —dijo llevándose la mano a la boca. Se giró y salió corriendo en dirección al baño. Desde el domo lo oyeron vomitar.
—¿Tú estás bien? —le preguntó Elsa a la chica.
—Si, capitana. ¿Mi padre?
—Se recuperará pronto. Son muchas emociones. Cuando vacíe el estómago se sentirá mejor.
—No, no; ni hablar. No descenderé. Aterrizar gasta mucho combustible.
—Capitana, se lo ruego encarecidamente. Además, ya le he dicho que es un puerto libre durante la feria. Sin controles ni derechos de atraque. Tan solo una gran pista llena de naves, sobre todo yates y vehículos particulares.
—Ya, pero yo me muevo siempre por estaciones. Para bajar a los planetas ya están las lanzaderas.
Elsa abandonó el domo con un gesto de enfado. Al poco rato entró en la cabina su joven pasajera.
—¿Por qué no quiere aterrizar, capitana?
—Maya, no me llames así; yo no soy tu capitana. Apenas mando sobre mí misma y solo soy un poco mayor que tú, ¿verdad?
—Sí, capitana.
Elsa dejó escapar un suspiro, pero decidió no volver a corregir a su pasajera.
—No se lo digas a nadie, pero no me gustan los espacios abiertos. Me incomodan.
—¿Es usted nacida-en-nave?
—Eres una chica muy lista. Ahora ve y díselo a tu padre.
—La verdad es que nos haría un gran favor si bajara con nosotros. No sé lo que quiere adquirir mi padre en esa feria, ni cuánto le va a costar. Lo lleva con mucho secreto y no quiere meterse en lanzaderas.
Elsa quedó pensativa un instante. Luego hizo una breve exposición sobre los inconvenientes del aterrizaje, haciendo especial hincapié en el gasto inmenso de combustible que suponía. Al final le dijo que se lo pensaría y la invitó a salir de la cabina.
El calor era sofocante. Elsa se acercó al computador y accedió a la información sobre mundos y constelaciones conocidos. El séptimo planeta del sistema se llamaba Artemis Rojo. Era del tipo M, lo que quería decir pequeño, frío, rocoso, con gravedad y un día de aproximadamente tres ciclos. Como la mayoría de los mundos habitados, había sido terraformado antes de su colonización, lo que permitía acomodarlo lo más posible a la vida humana mediante un lento proceso bioquímico. Este planeta en concreto no había quedado mal del todo, con una temperatura no muy fría y aire respirable si se usaba una pequeña mascarilla. Aun así, Elsa seguía sin querer bajar.
Artemis Rojo
Elsa había perdido la cuenta del tiempo transcurrido desde que habían tocado tierra, justo coincidiendo con el amanecer del pequeño sol blanco que iluminaba el planeta. La pista de aterrizaje era un enorme rectángulo, de dimensiones gigantescas en comparación con el pequeño asentamiento de domos prefabricados que se alzaba a su lado. Tal como esperaban, la base hecha de lisa roca arenisca estaba repleta de naves de todo tipo, y el trasiego de personas y vehículos era continuo. Sobre todo en dirección a una enorme cúpula de color cambiante, el escenario del evento que los había reunido allí.
Se había quedado sola desde primera hora. Como eran mundopesados, sus dos pasajeros estaban locos por pisar tierra firme. Maya pretendía alquilar un deslizador para esquiar por los terraplenes de polvo anaranjado de las laderas de las montañas, pero tuvo que acompañar a regañadientes a su padre a la feria de antigüedades. «Te necesito a mi lado, hija —le había dicho—. Yo ya estoy viejo para estas cosas.» Elsa, por su parte, tenía la excusa perfecta para no salir de la nave: realizar un test de integridad del casco. Tenía que averiguar si se habían producido pequeños desperfectos en el fuselaje tras el brusco frenazo al que la había sometido, y eso le llevaría toda la mañana. Al menos había podido abrir las válvulas de aire y reducir la temperatura interior. También tuvo otra pesada ocupación: espantar a los vendedores de combustible, mercaderes de agua, tratantes de géneros diversos, o de noticias, que iban y venían por la pista abordando a los recién llegados. La desregulación de los puertos como aquel, los hacían presa fácil para el mercadeo ambulante, a veces más barato y casi siempre de menor calidad que el intercambio convencional. El agua era de color amarronado y tenía un precio altísimo. El carburante, en cambio, era muy asequible, pero venía en unos bidones metálicos con muestras evidentes de corrosión y pocas garantías de estanqueidad.
Estuvo a punto de comprar varios vestidos de esa tela suave y ligera llamada seda. «Parecerá una princesa», le había dicho el astuto comerciante con su extraño acento al verla vestida de piloto. Fue al único vendedor al que le había abierto la compuerta. Pero al final no se decidió, y ahora estaba tumbada en su asiento de piloto con los pies apoyados en el panel frontal, ataviada con las gruesas botas y la chaqueta verde del mono de vuelo, pues ya comenzaba a notarse el fresco que llegaba del exterior. Casi igual que con el terso, delicado y vaporoso vestido de... hum... ¡Seda! ¿Por qué no se había decidido a adquirir uno? En su lugar se había comprado dos conjuntos de tela sintética, uno morado y otro azul, muy similares a los que llevaba siempre, pero a juego con las botas altas de vestir que ya tenía. Más de lo mismo.
Se subió los cierres de la chaqueta. Anochecía y pronto bajaría más la temperatura. En la pantalla se encendió de nuevo la luz de llamada exterior. «Preparado para transmitir información.» Elsa leyó la pantalla y estiró la mano izquierda para desbloquear el portón de la bodega. Durante toda la tarde habían estado llegando cajas de distintos tamaños adquiridas por Arturo, traídas por eficientes robots estibadores. Elsa no tenía que hacer nada. Las colonias estaban llenas de estos ingenios, muy útiles para trabajos pesados y en condiciones climáticas extremas. Los había de muchos tipos y tamaños, incluso androides extremadamente inteligentes. Ya había observado a varios de aquellos humanoides durante la mañana. En las estaciones espaciales eran muy difíciles de ver, salvo en tránsito; su uso era casi exclusivamente planetario. A Elsa, los robots ni le iban ni le venían, pero incluso en estos días había muchos seres humanos que recelaban de ellos y de la inteligencia artificial en general. Se contaban antiguas leyendas, atribuidas a la Tierra, sobre máquinas rebelándose contra los hombres para destruir a la humanidad. Hal, Skynet, y otros cuentos de viejas dela Tierra para asustar a los novatos. Y lo que no se estudiaba en la Academia se aprendía posteriormente en las cantinas de los pilotos. También se decía que no había nada que temer de los robots, pues obedecían las Tres Leyes, un extraño y ancestral código alfanumérico, insertado en su cerebro positrónico, que les impedía hacer daño a los seres humanos. O al menos eso se decía. Según parece lo había ideado un erudito de la Tierra llamado igual que los cartuchos de energía. ¡Isótopos! ¡Qué imaginación! La Tierra, siempre la Tierra.
A la caída de la tarde, Maya llegó con la cara y el pelo cubiertos de una fina capa de polvo rojo. «Al final me ha dado tiempo a esquiar un rato», dijo la joven sonriendo. «No me lo cuentes, no quiero saber nada», le contestó Elsa. Pidió darse una ducha. Al momento llegó el profesor Arturo portando un pesado cajón alargado de color marrón óxido. Venía jadeando y sin resuello, con la cara enrojecida por el esfuerzo. Había llegado corriendo.
—Elsa —dijo, inclinado con las manos en las rodillas tras dejar caer la caja en el suelo—, ¿podemos salir de inmediato? Tenemos prisa.
No hicieron falta más peticiones o súplicas. Elsa estaba deseando sacar la nave del planeta, así que empezó sin dilación los preparativos.
—¿Podemos salir en ascensión gravítica?—preguntó Arturo.
—¿Qué es eso? —quiso saber Maya.
Elsa explicó que las naves despegaban de los planetas en un ascenso curvo para sortear con más facilidad la fuerza gravitatoria local, pero que la astronáutica moderna había dotado a las astronaves de una motorización que permitía también un ascenso en línea recta. Más veloz y emocionante.
—Pero eso sin duda nos haría gastar demasiado combustible...
La joven tenía razón, pero su padre insistió, y cuando le preguntaron las razones recurrió a vaguedades y frases hechas sobre lo urgente de su misión.
—Está bien, nos meteremos un meteoro por el culo —aceptó Elsa—. Espero que se abrochen bien los cinturones. Abandonar un planeta de esta forma es una maniobra muy movidita.
—Luces de posición. Luces frontales. Estabilizadores de cola.
