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Un día de otoño de 1903, el astrónomo norteamericano William H. Wright llegaba al puerto de Valparaíso. Había cruzado los océanos con un enorme telescopio y todas sus piezas, un espectrógrafo, múltiples espejos incluso el domo que recubriría esta tecnología de vanguardia de la época. Buscaban replicar el Lick Observatory, ubicado en California y así indagar los astros que no eran visibles desde sus latitudes. El distante Chile sería su hogar en los próximos años. Difícil le resultaba imaginar que la astronomía llegaría a ser, un siglo más tarde, una actividad de fundamental importancia en el pequeño país del fin del mundo. Menos, que su propio trabajo sería una pieza clave en el desarrollo científico de los chilenos. Se iniciaba así la construcción de un pequeño observatorio en Santiago, en lo alto del cerro San Cristóbal. Más de cien años después, en 2010, el Observatorio Manuel Foster, como se llamaba entonces, adquiría la categoría de monumento histórico y consolidaba su carácter patrimonial en un país que se había levantado como un polo astronómico mundial. Los detalles que alinean la historia que destina a Chile a estos astrónomos pioneros podría formar parte de la mejor novela de aventuras. En ese mismo registro de amenidad la autora nos presenta esta sólida investigación histórica que ilumina los orígenes de nuestra astronomía.
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Veröffentlichungsjahr: 2019
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BÁRBARA SILVA AVARIA
La ciencia es una manera de pensar que descansa sobre preguntas metódicas, diálogo y consenso. Es una búsqueda sin fin y uno de los más potentes desafíos que como humanidad tenemos: comprender nuestro entorno y a nosotros mismos. Pero el pensamiento crítico que la ciencia ejercita no es solo materia de laboratorios y estudios de campo, es también una poderosa herramienta en un mundo en el que el conocimiento y el diálogo son la base de la democracia.
La COLECCIÓN CIENCIA & VIDA busca irradiar la voz de científicos que quieran hablarle a la sociedad y ayudarnos a comprender el mundo, admirarlo y desafiarlo; promoviendo ciudadanos más racionales y curiosos, soñadores e inquisitivos.
COMITÉ EDITORIAL
Marcela Colombres RabyAndrés Gomberoff SelowskyArturo Infante ReñascoCarolina Torrealba Ruiz-TaglePablo Valenzuela Valdés
Silva Avaria, BárbaraEstrellas desde el San Cristóbal. La singular historia de un observatorio pionero en Chile (1903-1995) / Bárbara Silva Avaria
Santiago de Chile: Catalonia, 2019
ISBN: 978-956-324-715-2ISBN Digital: 978-956-324-731-2
ASTRONOMÍA Y CIENCIAS AFINES520
HISTORIA DE CHILE983
Ilustración y diseño de portada: Ximena MoralesDiseño y diagramación: Sebastián Valdebenito M.Corrección de textos: Cristine MolinaDirección editorial: Arturo Infante Reñasco, Carolina Torrealba Ruiz-Tagle
Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, en todo o en parte, ni registrada o transmitida por sistema alguno de recuperación de información, en ninguna forma o medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin permiso previo, por escrito, de la editorial.
Primera edición: julio 2019
ISBN: 978-956-324-715-2ISBN Digital: 978-956-324-731-2Registro de Propiedad Intelectual N° A-304945
© Bárbara Silva A., 2019
© Catalonia Ltda., 2019Santa Isabel 1235, ProvidenciaSantiago de Chilewww.catalonia.cl – @catalonialibros
Cuando comencé a trabajar como historiadora, nunca pensé que escribiría un libro de historia astronómica. Atreverse a incorporar temas nuevos y asumir este bellísimo desafío fue posible por distintas personas, a las que quiero agradecer. Quienes elegimos trabajar en el área de las humanidades, aprendemos a convivir con largos periodos de investigación y escritura, que se transforman en parte de nuestras vidas. De ahí que sea necesario extender los agradecimientos a todos quienes fueron parte de este libro, en sus distintas etapas.
Esta investigación se inició a finales de 2014, con la postulación a un proyecto Interdisciplina de la Vicerrectoría de Investigación de la Pontificia Universidad Católica de Chile, en conjunto entre el Instituto de Astrofísica y el Instituto de Historia. Allí comenzó la historia de este libro que no hubiese sido posible sin el esfuerzo y entusiasmo de Olaya Sanfuentes y Gaspar Galaz. Gracias a ellos llegué a involucrarme en la historia de la astronomía, para reconstruir la historia del observatorio del Cerro San Cristóbal. En ese momento, y a pesar de haber estado innumerables veces en el San Cristóbal, reconozco que ni siquiera sabía que allí había un observatorio centenario.
En ese entonces, aún estaba en la fase final de mi tesis doctoral, e involucrarse en una nueva investigación parecía altamente arriesgado. Además, esta era una investigación inusual, en la que muchas veces no podía entender el lenguaje de los astrónomos. Afortunadamente, decidí involucrarme en ese problema, en el que pude aprender y valorar el trabajo con otras disciplinas. Incluso más allá, este proyecto me permitió renovarme como investigadora y entrar en el fascinante campo de la historia de las ciencias, que una y otra vez demuestra su enorme potencial. La historia del observatorio fue el primer paso a través del cual pude dar un nuevo significado a mi trabajo previo en historia cultural y política. Por todo esto, agradezco profundamente a Olaya y Gaspar pues ellos fueron clave en este nuevo comienzo.
A pesar de que el financiamiento de la Universidad Católica terminó al cabo de un año, decidí continuar con este proyecto, y en ello, el apoyo del Instituto de Astrofísica fue muy importante. Le agradezco a Leonardo Vanzi, del Centro de Astro-ingeniería UC, ya que a través de algunos de sus proyectos pudimos aventurarnos a buscar fuentes históricas en California, mediante las cuales fue posible reconstruir la primera etapa del observatorio. En la estadía de investigación en Mary Lea Shane Archives, en Special Collections de University of California Santa Cruz agradezco la ayuda y paciencia de Luisa Haddad. Del mismo modo, la amabilidad de Paul Lynam, astrónomo en el Lick Observatory permitió que mi vista allí fuera una gran experiencia, y la generosidad de Nora Boyd, de University of Pittsburgh me ayudó con información clave.
En la investigación en Chile, agradezco de manera muy especial a Ester Acuña y Abel Barrera, que conversaron entusiasta y pacientemente con nosotros, y compartieron sus memorias de la vida en el cerro. Del mismo modo, agradezco a Leopoldo Infante, Nikolaus Vogt y Hernán Quintana, que fueron muy generosos con su tiempo y sus recuerdos.
Por supuesto, quiero agradecer a los ayudantes de investigación que de un modo u otro se hicieron parte de esta historia. Agradezco a Constanza Poblete, Jorge Mujica y Pascal Torres por su interés inicial, y a Bárbara Ossa por su gran trabajo en ordenar y sistematizar nuestra bibliografía. El trabajo de Francisca Espinosa fue fundamental a través de las conversaciones con los actores del Foster y del trabajo en archivo, así como por la energía que le imprimió a este proyecto. Luego, como ayudante de investigación, Diego Caro pudo manejar grandes cantidades de información, que no siempre estaba organizada de manera lógica. El paciente y acucioso trabajo de Diego, con quien además pude trabajar y discutir la estructura del libro fue valiosísimo. Y por último, agradezco la colaboración de Nicolás López, quien afortunadamente se sumó a este proyecto, y me ayudó a completar algunos vacíos en las fuentes, y trabajar en el manuscrito final. En todo este proceso, el apoyo permanente de Marisol Vidal y Mileny Ayala fue muy importante.
También agradezco a FONDECYT, ya que el proyecto postdoctoral 3170099 Astros y galaxias desde el sur me permitió trabajar en la investigación sobre la historia de la astronomía en Chile durante la segunda mitad del siglo XX e incorporarlo a este libro.
Doy las gracias también a quienes se hicieron parte de este proyecto en sus últimos pasos. Alejandro Clocchiatti amablemente revisó el manuscrito, y me ayudó a asegurar que mi aventura con la astronomía no generara confusiones científicas, y sin duda sus comentarios fueron muy valiosos. Fundación Ciencia y Vida y Editorial Catalonia, y en especial Carolina Torrealba, mostraron gran entusiasmo en este libro, y les doy las gracias.
Para terminar, no quiero dejar de agradecer a amigos y colegas que apoyaron esta locura que emprendí en algún momento, y que con paciencia conversaron cientos de veces conmigo para discutir las ventajas y oportunidades de trabajar temas nuevos en la disciplina histórica. Doy las gracias de manera muy especial a William San Martin y a Álvaro Rodríguez, que me ayudaron y me acompañaron en la investigación en California. Tantos amigos, historiadores y no historiadores, me apoyaron con su entusiasmo en esta aventura y me animaron de un modo u otro a seguir: Alfredo Riquelme, Fernando Purcell, Claudio Rolle, Rafael Gaune, María Montt, Daniela Serra, Carla Rivera, Rodrigo Henríquez, Kamyar Aram, Cassandra Young, y los compañeros del Laboratorio de la Historia de la Ciencia, Tecnología y Sociedad. Todos ustedes son parte de este libro y de esta historia, y les agradezco profundamente su cariño y compañía.
(John Muir, My First Summer in the Sierra, 1869)
Era el 18 de abril de 1903. El astrónomo norteamericano William H. Wright llegaba al puerto de Valparaíso, después de un viaje de casi dos meses, acompañado de su esposa y de su asistente, H. K. Palmer. El 28 de febrero de 1903 se había embarcado desde San Francisco, a cargo de una misión astronómica1. En realidad, era una misión astronómica tanto por su objeto de estudio como por la envergadura de su tarea. Él y su equipo se proponían iniciar una serie de investigaciones sobe los astros desde el hemisferio sur, y ese objetivo implicaba la difícil misión de trasladarse de un extremo a otro del planeta, cargando todo el equipo necesario. El vapor escogido fue el Perú, que cruzó los océanos con un enorme telescopio y todas sus piezas. La elaboración de toda esta infraestructura y materiales necesarios se había hecho bajo el diseño de un observatorio gemelo: el Lick Observatory, ubicado en Mount Hamilton, en San José, California, que se replicaría en las latitudes del sur.
En aquel barco cargaron el domo que daría forma y recubriría aquella tecnología con la que profundizarían sus conocimientos sobre los astros. Traían piezas que ensamblaban una tecnología de vanguardia; habían embarcado un espectrógrafo y su complejo rompecabezas para hacerlo funcionar. Entre esos instrumentos se encontraba una serie de precisos y particulares espejos que permitirían generar el reflejo correspondiente para usar la técnica espectrográfica e internarse en las dimensiones aún por descubrir de la astrofísica. Mediante el registro de espectros de las estrellas más brillantes, obtendrían la información que buscaban acerca de esos astros que no eran visibles desde las montañas de la soleada California.
Al observar el puerto de Valparaíso, Wright tuvo la sensación de que esos espejos mostraban también otra dimensión. Habían viajado miles de kilómetros hacia el sur y se encontraban con un escenario pintoresco, pero extrañamente familiar. Los paisajes del lejano país de Chile resemblaban de manera inquietante los parajes de su propio hogar, cercano al delta del río Sacramento. La vegetación, el clima, aquellas montañas que veían desde el océano generaban una extrañeza de sensaciones que parecían conocidas.
Ahí terminaban largos años de preparativos de esta misión y comenzaba una etapa nueva en su experiencia científica y humana: su vida en el sur. El país anfitrión, el distante Chile, sería su hogar por los próximos años. Transitoriamente, debe haber pensado Wright. Todavía desconocía que el trabajo de los californianos en el hemisferio sur se extendería mucho más de lo que alguna vez imaginaron. Tampoco sabía que la astronomía llegaría a ser, décadas más tarde, una actividad de fundamental importancia en ese pequeño país del fin del mundo, y menos aún podía imaginar que su propio trabajo sería una pieza clave en el desarrollo científico de los chilenos. Solo era un astrónomo gringo, que intentaba desembarcar en el puerto escogido del Pacífico sur y comenzar una aventura personal y profesional que transitaría hacia esferas insospechadas de la ciencia y de las relaciones transnacionales.
Así, al mismo tiempo que comenzaba el siglo XX, se iniciaba la construcción de un pequeño observatorio, en lo alto del cerro San Cristóbal. Más de cien años después, en el año 2010, el Observatorio Manuel Foster, como se llamaba entonces, adquiría la categoría de monumento histórico y consolidaba su carácter patrimonial2, en un país que se había levantado como un polo astronómico mundial. Hacia 1903, la trayectoria del Observatorio Foster, una de las primeras aventuras astronómicas en Chile, había estado a cargo de científicos norteamericanos que viajaron hasta el cerro San Cristóbal. Esta es su historia.
El interés por los astros ha sido, posiblemente, una continuidad en la búsqueda de conocimiento de los seres humanos. La observación de los cielos y la necesidad de comprender qué pasa ahí arriba, donde la mirada humana ya no puede ver más, ha estado presente, quizás de manera transversal, en prácticamente todas las civilizaciones. Las posibilidades de develar aquella estructura estelar suponen consecuencias en distintas dimensiones: se trata de descubrimientos científicos, pero ellos también se vinculan con el propio entendimiento de la humanidad y cómo han cambiado las visiones de mundo3. Al intentar comprender los astros, además, queda en evidencia cómo la historia de la ciencia y de la astronomía ha tenido, inevitablemente, una dimensión global que ha conectado a distintas culturas y sociedades4.
Por esto, no es de extrañar que desde la antigua Grecia hasta las culturas indígenas americanas5 la elevación de la mirada haya sido parte de esa dimensión humana del conocimiento. En otro contexto histórico, la observación y el registro de los astros también se integró en la creación y proliferación de universidades en la Europa medieval6. Luego, durante la época de los descubrimientos y las exploraciones europeas hacia otros territorios, lógicamente, las técnicas de navegación precisaban de conocimientos astronómicos. De hecho, en la Europa moderna, la profundización de la astronomía fue un sello de la producción científica7. Grandes nombres de la astronomía, como Copérnico, Brahe, Kepler o Galileo, son parte de ese proceso de expansión del conocimiento.
En otros parajes del mundo, aun en la lejana Latinoamérica, Chile no fue la excepción a esta curiosidad astral que ha estado presente en las comunidades humanas a lo largo y ancho del planeta. En términos de la ciencia moderna8, ya con la llegada de los españoles a estas tierras se encuentran los primeros registros de las estrellas australes. De hecho, en la Historica relacion del Reyno de Chile, Alonso de Ovalle dedicó un capítulo a describir los cielos de estas tierras y sus constelaciones9. Antes de este pasaje de Ovalle, se produjo el primer registro de astronomía en el actual territorio chileno, relativo a la observación del eclipse de luna de 1582, por instrucciones de la Corona española10. Siglos después, en medio de los desafíos de la construcción estatal de los años posteriores a la independencia, Bernardo O’Higgins tuvo intenciones de construir un observatorio astronómico en Chile, iniciativa que nunca se concretó11.
Estas iniciativas, aunque no hayan sido más que breves observaciones o tan solo proyectos, dan cuenta de un interés instalado incluso en las tierras del fin del mundo. Más aún, el equipo de astrónomos a cargo de William H. Wright que llegó a Chile a comienzos del siglo XX no fue el primero en arribar a nuestro país: una importante misión norteamericana había trabajado en suelo chileno hacia mediados del siglo XIX. Sin embargo, ambas expediciones fueron muy distintas entre sí.
En 1849, una expedición de Estados Unidos, a cargo del teniente naval James Melville Gilliss, había estado un par de años en Chile. A su cargo se había construido el primer observatorio astronómico en el centro de Santiago, en la cumbre del cerro Santa Lucía. El comienzo de esta expedición fue en 1848, cuando el Congreso de los Estados Unidos, acogiendo una propuesta del observatorio astronómico de Washington, indicó que se formara una misión científica que viajaría al hemisferio sur. Según el historiador decimonónico Diego Barros Arana:
Debía observar esta, simultáneamente con los observatorios del norte, los planetas Venus y Marte durante sus respectivos términos estacionarios y oposiciones en los años 1849, 1850 y 1852. La comisión haría además en el hemisferio sur otras observaciones astronómicas, y también las relativas a la meteorología y el magnetismo, y las que fuere posible tomar respecto a los temblores de la tierra12.
De esta manera, queda en evidencia cómo, hacia mediados del siglo XIX, la ciencia astronómica todavía se vinculaba estrechamente con otras disciplinas, como la sismología o la meteorología. En cuanto a las tareas propiamente astronómicas, su encargo era la observación de los tránsitos de Venus y Marte, lo que se complementaría con las mediciones de la distancia entre la Tierra y el Sol, a través de la paralaje solar13.
De hecho, el inicio de la astronomía en Chile se ha situado “como una consecuencia directa de la llamada misión Gilliss”14. Esta iniciativa de Washington tuvo financiamiento público: “Convencido el Gobierno de Estados Unidos de adoptar un nuevo método para la determinación de la paralaje solar, pasó a costear la expedición astronómica que desde un punto del territorio chileno debía practicar las observaciones necesarias”15.
El teniente Gilliss llegó a Chile acompañado de tres ayudantes y, según Barros Arana, con los instrumentos más indispensables para instalar un observatorio provisional. La expedición era novedosa, pero también muy limitada y modesta en sus condiciones de operación. Aun así, podría tener más éxito que un intento previo por parte del Gobierno chileno de establecer un observatorio astronómico, iniciativa que se había discutido algunos años antes y que nunca llegó a realizarse. Según el ministro de Chile en Washington en esos años, Manuel Carvallo, la falta de hombres con la adecuada preparación en estas ciencias llevó a desistir de dicho proyecto16.
Tal vez por estos motivos, cuando la misión Gilliss desembarcó en Chile a fines de octubre de 1849 encontró una excelente acogida por parte del Gobierno chileno. La hospitalidad fue más allá de las bienvenidas protocolares: por ejemplo, al decidir que el observatorio provisional se instalaría en el cerro Santa Lucía, en el centro de la capital, el Gobierno se ocupó de nivelar parte de la cumbre del cerro17 .
Además, a cambio de las facilidades para su recibimiento, el Gobierno de Chile habría acordado una suerte de compensación, que se dirigía, precisamente, a la posibilidad de contar con un observatorio nacional. Se estableció que el Gobierno adquiriría las instalaciones e instrumentos de la misión norteamericana, una vez que esta hubiera cumplido sus objetivos. Además, se acordó que tres chilenos se sumarían a las actividades de la misión Gilliss, “Para aprender las necesarias técnicas y quedar en condiciones de manejar todos los instrumentos y realizar las observaciones correspondientes”18. El objetivo detrás de ese aprendizaje era implementar el Observatorio Astronómico Nacional19.
Gilliss pasó tres años en el país, llevando a cabo las tareas encomendadas a su misión científica. Después de regresar a los Estados Unidos, presentó cuatro extensos volúmenes al Poder Legislativo norteamericano20. En ellos se describían sus tareas astronómicas, pero también sus observaciones en torno a la fauna y flora, la fisonomía urbana de Santiago, la meteorología, sismología, entre otros21.
Además, producto de la gestión de Gilliss, Chile pudo contar con publicaciones del Smithsonian y, a su vez, el Gobierno chileno envió una colección de los Anales de la Universidad de Chile. Con esto, “las comunicaciones científicas entre los Estados Unidos y Chile quedaron oficialmente abiertas, ya que el intercambio de libros y revistas entre el Smithsonian y nuestra universidad puede seguirse en forma continuada a lo largo del siglo XIX”22. Durante su estadía en el país, Gilliss y su equipo construyeron sólidas relaciones con los chilenos y, en términos institucionales, estrecharon vínculos con la Universidad de Chile. De hecho, Gilliss fue nombrado miembro honorario de la Facultad de Física y Matemáticas de esa casa de estudios23.
A pesar de que hubo intentos por parte del Gobierno chileno de retener a Gilliss para que se hiciera cargo del inicio de la astronomía en el país, hacia 1852 el teniente regresó a Estados Unidos24. Cuando se programó aquel regreso, el Gobierno chileno negoció la compra de los instrumentos traídos por la expedición25. Karl Wilhelm Moesta, que se había desempeñado como uno de sus asistentes, quedó a cargo del nuevo proyecto del Gobierno26. Un círculo meridiano de cuatro pulgadas y un refractor ecuatorial de seis pulgadas se convirtieron en el equipo básico del Observatorio Nacional, que se vincularía a la recientemente fundada Universidad de Chile. Así, en medio del siglo XIX, nacía lo que sería el Observatorio Astronómico Nacional, en lo alto del cerro Santa Lucía. Hacia 1856, el observatorio se trasladó a la Quinta Normal, “en razón a la inestabilidad instrumental por las oscilaciones detectadas en el cerro Santa Lucía, atribuidas al movimiento diario del Sol. Las nuevas instalaciones se concluyeron en 1862”27.
Esta experiencia de viajes, intercambios y relaciones entre norteamericanos y chilenos volvería a experimentarse hacia comienzos del siglo XX, pero ahora por iniciativa de los científicos del Lick Observatory de California. Esa nueva expedición del naciente siglo XX se vinculaba a la acción de un hombre, James Lick, quien había tenido su propia aventura en el hemisferio sur, aunque muy lejos de cualquier objetivo científico. Los espejos entre Chile y California volvían a conectar mucho más que la geografía o el paisaje, y reflejaban no solo espacios, sino también experiencias humanas a través del tiempo.
Décadas antes de esa primera experiencia de la astronomía moderna en el lejano Chile, se gestó una historia particular en el norte del continente. Los sucesos de Estados Unidos en la década de 1820 se conectaron de maneras insospechadas con el desarrollo científico de nuestro país.
Por esos años, James Lick, un joven perteneciente a una familia de carpinteros de Pensilvania, se enamoró de Barbara Snavely, una chica de familia acomodada. Cuando ella se dio cuenta de que estaba embarazada, Lick se presentó ante el padre de Barbara para pedir la mano de su hija. Sin embargo, para Henry Snavely, Lick no era un pretendiente suficientemente bueno. Le dijo al joven enamorado que solo cuando él tuviera una propiedad tan grande y costosa como la suya podría pedir matrimonio a Barbara28.
Después de esta profunda decepción, Lick se propuso generar una fortuna que le permitiera cumplir las exigencias de Henry Snavely y casarse con su hija. Dejó su pueblo natal en Pensilvania y fue a Baltimore, donde aprendió a construir pianos. Aunque progresó rápidamente y poco tiempo después ya tenía su propio negocio de pianos en Nueva York, quería acelerar aún más la adquisición de su fortuna. De ese modo, viajó a Sudamérica, ya que se enteró de que había un mercado de pianos que valía la pena, y que su oficio podía ser más valorado y mejor pagado allá.
Llegó a Buenos Aires y levantó su negocio con rápido éxito. Hacia 1832, Lick pensó que ya tenía una fortuna suficiente para reclamar la mano de Barbara. Pero, al volver a Pensilvania, con sorpresa se enteró que ella se había casado con otro hombre y se había ido del pueblo, llevándose a su hijo29. La sorpresiva noticia colmó de frustración a James Lick, quien volvió a Sudamérica, pues su motivación para instalarse nuevamente en Estados Unidos se había esfumado.
Sin mayores propósitos que cumplir en Argentina, Lick se mudó a Valparaíso, en Chile. Por ese entonces, Valparaíso era un modesto puerto del Pacífico, pero fundamental para la navegación interoceánica, pues era una suerte de parada obligada después de cruzar el estrecho de Magallanes30. Por esta razón, ya comenzaba a atraer inmigrantes y tímidamente comenzaba a configurarse como una ciudad en expansión, diversa y casi cosmopolita.
Después de algunos años, hacia 1836, Lick decidió dejar Chile e intentar mejor suerte en Lima. Su fortuna continuaba creciendo en Perú y permaneció ahí cerca de diez años. En ese momento, a mediados de la década de 1840, los conflictos entre Estados Unidos y México crecían, debido a la independencia y posterior anexión de Texas, territorio que había pertenecido a México. Los desencuentros entre la Casa Blanca y el inestable Gobierno mexicano fueron en aumento, hasta que estalló la guerra entre ambos países. La victoria americana fue aplastante, y México, en medio de otra serie de problemas administrativos y de gobierno31, finamente firmó el acuerdo que cedía a los Estados Unidos la mayor parte de los territorios en disputa, dentro de los cuales se encontraba la zona de la actual California.
James Lick partió hacia San Francisco, por ese entonces un pequeño pueblo del oeste, y llegó a comienzos de 1848. El far west norteamericano era un espacio de libertad, un lugar donde era posible comenzar una nueva vida, más allá de linajes, apellidos, abolengos y tradiciones. Era una tierra nueva. Además, a través del negocio de los pianos, Lick ya había construido una cuantiosa fortuna, por lo que el dinero no era un problema para él. Si bien parecía algo absurda la decisión de invertir buena parte de su capital en propiedades en la costa oeste, casi en cuanto James Lick llegó a California comenzó a comprar tierras ahí. Pero esa percepción de inversión cambió rápidamente, ya que pronto comenzó la fiebre del oro en ese lugar, lo que transformó drásticamente las condiciones pueblerinas de San Francisco.
La llegada de cientos y cientos de personas que esperaban cambiar sus vidas con el sueño de encontrar oro hizo que el pueblo rápidamente se convirtiera en una ciudad dinámica32. Muchos de ellos provenían de la costa este de Estados Unidos, y el viaje hasta California era sumamente complejo. De hecho, una de las opciones más viables era viajar por barco, rodear Sudamérica, pasar por el estrecho de Magallanes —con la respectiva parada en Valparaíso— y seguir rumbo al Pacífico norte33. Así, ya a mediados del siglo XIX, California y la costa sur del Pacífico se vinculaban con rutas de comunicación que buscaban ser eficientes y seguras. En parte, esas condiciones de conectividad a través del Pacífico serían fundamentales para poder comprender la llegada de los astrónomos norteamericanos a Chile, cerca de cincuenta años después.
Con el correr de los años, Lick se convirtió en un gran magnate del oeste. Era un hombre solitario, cuya primera motivación, la de vengar aquellas palabras de Henry Snavely, ya no tenía sentido. Aquel amor de su juventud, Barbara, había muerto. Cuando su hijo, John, tenía treinta y siete años, lo llevó a California, pero su relación fue una desilusión más. El hijo no tenía habilidad para los negocios y casi nada en común con James Lick. John regresó a la costa este y, de hecho, no fue parte de su testamento34.
Los años pasaron, e inevitablemente Lick envejeció, solo y con una riqueza que nunca imaginó tener. De algún modo, el magnate quería permanecer en la memoria de California, y el enorme y lujoso hotel que había construido en San Francisco no parecía suficiente. Ya enfermo, el cuestionamiento de cómo ser recordado y qué tipo de memorial debía construir para sí mismo comenzó a ser parte de sus preocupaciones. En ellas, surgió la idea de construir un telescopio gigante, lo que posiblemente fue influenciado por otros, vinculados a la Universidad de California35. Esta idea quedó consignada y detallada en la escritura de su fidecomiso. Lick destinó 700.000 dólares —en aquella época, toda una fortuna— para este objetivo:
con el propósito de comprar la tierra, construir y situar sobre esa tierra […] un poderoso telescopio, superior y más poderoso que cualquier telescopio construido, con toda la maquinaria relativa a ello y apropiadamente conectada a él, o que sea necesaria y conveniente para el telescopio más poderoso en uso, o adecuado a uno más poderoso que cualquiera ya construido, y también un observatorio apropiado conectado con él36.
En ese mismo documento consignó que sería “la corporación conocida como los regentes de la Universidad de California” quienes se harían cargo de estas instalaciones. Allí mismo ya se establecía que este sería su legado y su recuerdo, pues el telescopio y el observatorio llevarían el nombre de “The Lick Astronomical Department of the University of California”37.
Su fortuna nunca tuvo el destino que él buscó: torcer la voluntad de la familia Snavely y lograr la compañía de Barbara. Lick murió y nunca llegó a ver construido aquel telescopio que sería su legado. Pero ese dinero fue el origen del Lick Observatory, construido en Mount Hamilton, en las afueras de San José, California. Poco después de finalizada la construcción, la tumba de Lick fue trasladada al subsuelo del observatorio38. Debajo de aquel telescopio, que en algún momento fue el más poderoso que se había construido, aún están sus restos, que vigilan y cuidan a los astrónomos que se han desempeñado por años en esa montaña que mira hacia la bahía de San Francisco.
Veinte años después de la muerte de James Lick, un astrónomo en ese observatorio, William Wallace Campbell, comenzó a indagar acerca de la posibilidad de instalar una misión de observación en el hemisferio sur. Lick nunca habría imaginado que su propia travesía de amor y desengaño, que lo había llevado hasta la lejana Sudamérica, sería replicada —pero ahora con propósitos científicos— por los astrónomos que trabajaban allí en su observatorio: en el Lick Observatory.
La conexión entre Chile y California, que primero fue experimentada por James Lick y luego por los astrónomos liderados por William Wallace Campbell, de algún modo tomó una nueva vida con la intención de contar su historia, que llevó a la escritura de esta obra: Estrellas desde el San Cristóbal.
Este libro es fruto de un proceso de investigación motivado por el Instituto de Astrofísica de la Universidad Católica de Chile, actualmente a cargo del Observatorio Manuel Foster, antes llamado Observatorio Mills, o bien, la Estación Austral del Lick Observatory. Producto de esa motivación por conocer más acerca de este espacio de astronomía, con carácter patrimonial, surgió una investigación interdisciplinaria, cuyo objetivo fue reconstruir esa historia y explicar cómo un observatorio llegó a la cima del cerro San Cristóbal a inicios del siglo XX. Desde la historia podíamos entender aquel proceso, y desde la astronomía podíamos comprender las tareas y las mentes de sus protagonistas.
La investigación incluyó la búsqueda de fuentes en diversos archivos de Chile y de California. Entre ellos se incluyen el Archivo de Prensa de la Biblioteca Nacional de Chile, el Archivo Nacional de la Administración, el Archivo Histórico de la Universidad Católica de Chile, el archivo Mary Lea Shane Archives of the Lick Observatory Endowment, University of California Santa Cruz, California State Library y The Lick Observatory Archives, San José, California. A través de las fuentes encontradas en estos archivos reconstruimos la historia de encuentro y desencuentro entre los astrónomos norteamericanos y el Chile de comienzos del siglo XX.
A su vez, estas fuentes permitieron comprender la complejidad de aquella intersección y presentar análisis en torno a líneas políticas, culturales, científicas y globales. De esta manera, la experiencia científica, combinada con la comprensión de formas de vida y culturas distintas, abre puertas interpretativas para observar cómo se construye el conocimiento científico y cómo este circulaba por mundos conocidos y aún por conocer39. En esa producción de conocimiento, si bien se incrementa el avance de la ciencia —en este caso, de la astronomía—, también se develan las maneras en que otros seres humanos, en un pasado distante, enfrentaban las incertidumbres del universo. A través de esas transformaciones en el saber, también se observaban a sí mismos40.
Esta historia de la Estación Austral del Observatorio Lick permite establecer una mirada histórica desde lo alto de un pequeño cerro: el San Cristóbal. Al comenzar la investigación descubrimos que los espejos que traían los astrónomos eran las piezas clave para el equipamiento. Sin embargo, esos espejos no serían los únicos que producirían un reflejo; también las sociedades chilena y estadounidense se mirarían la una a la otra a través de la astronomía. No se trataba solo de la similitud geográfica entre Chile y California, sino también de sus condiciones geológicas. Y no era solo el territorio, sino que esos espejos estaban también en los ojos de los protagonistas, quienes reflejaban esas visiones del otro. Entre esos espejos del observatorio, los reflejos dan cuenta de múltiples caminos para conectarse con un pasado americano; así, por una parte, la historia latinoamericana y la de Estados Unidos se entrecruzan y, por otra, a través de ellos podemos construir una perspectiva cultural de la historia de la ciencia. Asimismo, se evidencia cómo la política se inserta en las proyecciones científicas, aunque muchas veces no lo haga explícitamente. Los reflejos dan cuenta también de los cambios urbanos, así como de aquella sociedad chilena que sería la anfitriona de esta ciencia.
Esas historias son las que componen las partes de este libro. Al contar la historia del observatorio del San Cristóbal, las aventuras van develando cada una de estas aristas. En la primera parte, la historia se centra en la relación entre Chile y California, a partir de la proyección del observatorio del sur, entre 1903 y 1929. En ello, reconstruimos la preparación de la expedición, que incluyó también las dificultades —casi como una continuidad histórica— para conseguir financiamiento para la ciencia. Esos preparativos no solo eran monetarios, sino que también implicaban la construcción de un sofisticado equipo, así como los primeros contactos con la sociedad chilena. A continuación, en esa primera sección se relatan las experiencias iniciales de los astrónomos norteamericanos en Chile, muchas de ellas expresiones de una brecha cultural con la cual tendrían que lidiar. La huelga del puerto de Valparaíso y la cuestión social, así como las exploraciones para buscar un lugar idóneo para erigir el observatorio, constituyeron parte de esa llegada. Pronto, descubrirían aún mayores reflejos a lo largo del Pacífico, al experimentar el terremoto de 1906, tanto aquellos que estaban en San Francisco como quienes se habían instalado en Chile, apenas con la distancia de unos cuantos meses. Esta historia también cuenta la combinación de vida cotidiana, de acostumbramiento a esa extraña familiaridad del sur y, al mismo tiempo, la constante sorpresa e incomprensión de esta sociedad latina.
La primera sección concluye con los años de transformaciones para la expedición norteamericana, entre las décadas de 1910 y 1920. Aquellos cambios se instalaron a partir de las dificultades de financiamiento, pero asimismo se intensificaron con el estallido de la Gran Guerra, así como con las nuevas relaciones con la Universidad de California, hasta que, finalmente, se decidió vender las instalaciones.
La segunda parte del libro se centra en el traspaso del observatorio a manos de la Universidad Católica de Chile, y cómo esta institución se hizo cargo de una tarea realmente astronómica, entre 1929 y 1948. En conjunto con los cambios del observatorio, mostramos las transformaciones en el Chile de los años treinta y cuarenta, así como los desafíos de mantener operativa una estación científica en el fin del mundo. Esta parte concluye con la decisión de cesar las investigaciones en el observatorio.
Por último, la tercera parte cuenta la historia de este observatorio entre sus aperturas y cierres, desde 1948 hasta 1995. Las investigaciones se suspendieron en 1948, pero el observatorio logró permanecer en la segunda cumbre del cerro San Cristóbal. Al mismo tiempo, ya en los sesenta, comenzaba el exponencial desarrollo de la astronomía transnacional en el país, por lo que relatamos cómo el pequeño Observatorio Foster se vinculó a esos conglomerados científicos internacionales. Luego, el observatorio fue reabierto en 1980 y tuvo una efímera nueva vida, hasta que se decidió cerrar, definitivamente, en 1995.
A través de estas tres partes, esta historia que comenzó como la Estación Austral del Observatorio Lick multiplica su interés y su atractivo, tal como los espejos del espectrógrafo multiplicaban los reflejos de esa ciencia. Entre gringos, latinos, científicos y políticos, entre modernidad y ciencia, entre tradiciones y patrimonio, se ilumina la historia de un pequeño observatorio en el hemisferio sur.
Hacia mediados del siglo XIX, la astronomía se consolidaba como una ciencia de prestigio, que se desarrollaba en diversos lugares del mundo. Los países del Atlántico norte lideraban estas iniciativas, dado que, por aquel entonces, contaban con las condiciones materiales y económicas para el progreso científico, a diferencia de los países del sur, asociados con una larga historia colonial o con algún tipo de sujeción imperial. Aun así, la astronomía ya comenzaba a llegar a ciertas zonas de aquel sur decimonónico, como Perú, Sudáfrica y Australia.
A fines del XIX, un grupo de astrónomos de California, liderados por William Wallace Campbell, se embarcaron en la tarea de construir un observatorio en alguna parte del hemisferio sur. Por ese entonces, la comunidad científica comprendía que “había una necesidad urgente por determinaciones sistemáticas de las velocidades radiales de las estrellas australes”41. Según el propio Campbell, sus primeras iniciativas en torno a la idea de encabezar una expedición al hemisferio sur habían comenzado en 189442. El objetivo era ambicioso: la medición de las velocidades radiales de las estrellas brillantes del sur podía dar claves imprescindibles para resolver, como lo llamaba Campbell, “el problema sideral”43. Sin embargo, antes de siquiera explicar de qué se trataba esta misión científica, era preciso conseguir el dinero que permitiera hacerla realidad.
Campbell comenzó las gestiones financieras para poder llevar a cabo esta expedición antes de decidir el lugar donde enviarían la misión o negociar con autoridades locales. Primero era necesario contar con financiamiento. En este sentido, la práctica de la filantropía era habitual en la alta sociedad de Estados Unidos, y parte de ella se vinculaba a las universidades o a instituciones científicas. Por otra parte, nuevamente la fiebre del oro se conectaba indirectamente con la ciencia, en tanto las fuentes de riquezas se diversificaban y aumentaban sustantivamente. En particular, los astrónomos del Lick Observatory ya contaban con una relación con Darius Ogden Mills, a quien el New York Times describía como un filántropo que se había establecido en Sacramento hacia 1848, apenas comenzaba la fiebre del oro44.
Por aquel entonces, la actividad minera y comercial estaba en plena expansión en la costa oeste de Estados Unidos45. Sin embargo, Mills prefirió dedicarse a la actividad financiera y a la inversión en ferrocarriles vinculados a la fiebre del oro, más que a la minería propiamente tal46. Poco después de su primera incursión en la conquista del oeste, Mills fundó el Gold Bank of D. O. Mills & Co. en Sacramento, a lo que siguió su vinculación con el Bank of California, en 186447. Aunque hacia mediados de la década de 1870 trasladó su oficina central de negocios a Nueva York, su nexo con California fue permanente. Ello se evidenció, por ejemplo, en la compra de diversos edificios del centro de San Francisco, así como una enorme propiedad rural en Millbrae. Ante la sociedad, así como ante sus propios ojos, él encarnaba la definición del self-made man, aun cuando se podían rastrear sus ancestros hasta la época colonial norteamericana48.
El propio Mills declaró su percepción acerca de la ciencia en aquella época:
El progreso de la ciencia y de la invención ha aumentado las oportunidades por mil veces, y un hombre puede encontrarlas donde sea que las busque, en los Estados Unidos en particular. Ha causado que el campo del empleo de todo tipo se expanda enormemente, por consiguiente, creando oportunidades allí donde nunca existieron antes49 .
Esta actitud de Mills hacia el progreso tecnológico lo había llevado a involucrarse en distintas iniciativas, entre las cuales destacaba el negocio ferroviario. Sin embargo, para aquel entonces, un hombre de cierta posición social también debía vincularse a determinadas actividades de prestigio social, y entre ellas destacaba la ciencia50.
Hay que recordar que, hacia finales del siglo XIX, la confianza de la sociedad occidental en la ciencia era extendida, y casi incuestionable. A través de ella, el ser humano era capaz de ampliar sus conocimientos y las posibilidades de comprensión de sí mismo y de su entorno. Los avances en medicina, e incluso en psicología, parecían sorprendentes. La biología y la microbiología ampliaban los universos conocidos; las observaciones botánicas y zoológicas se aceleraban y se multiplicaban constantemente, entre tantas otras. Decenas de sociedades científicas agrupaban a los expertos en distintas áreas, que ya se especializaban y diferenciaban entre sí. Los nuevos descubrimientos científicos, y las invenciones asociadas a los mismos, tendían a desplazar el horizonte de lo que era posible. Pero, también, las preocupaciones ancestrales del ser humano se intersectaban con el clima de novedad que otorgaba la ciencia decimonónica. De ese modo, la observación de los astros volvía a reactualizarse una y otra vez, conectándose con el espíritu científico del tardío siglo XIX. Los orígenes de la humanidad se encontraban allí, en alguna parte del cielo estrellado.
Y aquel hombre de fortuna de la fiebre del oro, Mr. Mills, también quiso vincularse a esta ciencia de vanguardia: la astronomía. Darius O. Mills se había conectado con el Lick Observatory de California, como miembro del Consejo de Administración51. Esa relación se hizo aún más estrecha cuando, en 1897, donó los fondos para construir el espectrógrafo del observatorio, que llevó su nombre en reconocimiento52.
El espectrógrafo era un instrumento que comenzaba a usarse de manera cada vez más extensiva a fines del siglo XIX. Esta herramienta transforma la luz de la estrella observada en un pequeño arcoíris que es registrado como un trazo en una placa fotográfica. El trazo, llamado “espectro”, permite saber cómo se distribuye la potencia emitida en distintas longitudes de onda o frecuencias. Los astrónomos estudian así los aspectos energéticos de las estrellas, relacionados fundamentalmente con su temperatura. Al observar la distribución de la energía de las estrellas, más que su posicionamiento en el cielo, la espectrografía se enmarcaba en la naciente astrofísica y se diferenciaba de la astronomía tradicional de la época.
Pero la distribución de energía de la luz de las estrellas contiene otras señales. Una de ellas, muy valiosa, son decrementos o incrementos de la energía en longitudes de onda muy específicas que caracterizan la actividad de algunas de las especies de átomos presentes en ellas. Por la forma en que aparecen estas señales en los espectrógrafos los astrónomos las llaman “líneas”, que pueden ser “de absorción” si refieren a una disminución de energía o “de emisión” en caso contrario. Las líneas de los espectros dan información muy precisa acerca de la velocidad con que se mueven las estrellas a lo largo de la línea visual del observador. Esta velocidad, que puede ser en tanto la estrella se aleja o acerca, es llamada velocidad radial. Los científicos de California centrarían el uso de la espectrografía para medir estas velocidades53 .
De hecho, la técnica de la espectrografía, así como las innovaciones que William W. Campbell y William H. Wright —su asistente en el Lick Observatory— estaban haciendo al respecto, parecían ser relevantes y de vanguardia: “Un espectrógrafo de tres prismas, construido en nuestro taller de instrumentación, basado en mis planos, trajo como resultado muchas conferencias entre el Sr. Wright y yo”54 . En esas investigaciones, el espectrógrafo Mills fue una pieza fundamental.
Pero, más allá del financiamiento de aquel instrumento, la relación entre Darius O. Mills y la directiva del Lick Observatory era estrecha y fluida. De modo que, cuando se determinó la necesidad de viajar al hemisferio sur para poder llevar a cabo el estudio de las velocidades radiales de las estrellas australes, el hombre indicado para solicitarle financiamiento era, precisamente, Mr. Mills.
La gran cantidad de dólares requerida para esta enorme tarea era difícil de conseguir. Por esto, cuando en 1900 los astrónomos de Mount Hamilton se pusieron en contacto con Mills para este objetivo, no obtuvieron respuestas favorables. Ante la petición de financiamiento, Mills respondió: “Estoy más bien sobrecargado con donaciones de diversos tipos y, por lo tanto, difícilmente debería desear involucrarme en esto. Confío que habrán encontrado alguien para esta necesidad”55.
Sin embargo, hacia finales de ese mismo año Mills cambió de opinión, y decidió comprometer una enorme suma de dinero en la expedición que los norteamericanos planeaban al hemisferio sur. En una carta de diciembre de 1900 dirigida a Campbell, Mills le informaba que estaba interesado, y que se sentía “inclinado a proveer el dinero para la expedición que observará los cielos australes tal como usted lo ha descrito. Si este trabajo puede ser logrado en dos años por $24,000.00, será mi placer proveer los fondos, y el dinero será recogido como sea requerido por el trabajo”56. Mr. Mills ya estaba comprometido con la entrega del dinero al Lick Observatory. A continuación, los científicos debían dedicarse a planear su aventura en el sur del mundo.
Pocos días después de la respuesta favorable de Mills acerca del financiamiento, los objetivos de la expedición se hacían evidentes para Campbell. La suma de $24.000 dólares podría financiar dos años de la misión, y así profundizar los avances conseguidos hasta ese momento: “el departamento ha estado por algunos años trabajando en el problema del movimiento de las estrellas en la línea de visión. Ya se han asegurado muchos resultados valorables, principalmente por el uso del Espectrógrafo Mills, el instrumento de mayor calidad en su tipo en el mundo”57 .
Al tiempo que halagaba y reconocía la labor de su benefactor, detallaba lo que sería el objeto de sus tareas en el hemisferio sur. Sin embargo, el lugar preciso en el cual se instalarían aún no era claro. El hemisferio sur, aunque no era desconocido, era un mundo extraño para la mayor parte de las sociedades del norte.
Hacia 1900, el director del Lick Observatory dudaba entre América del Sur o Australia para situar su expedición astronómica58. Posiblemente, el país de Oceanía daba algún tipo de seguridad, debido a su cercanía con el Reino Unido y el uso del idioma inglés. Pero, para una estadía de dos años, tal como se planeaba en ese momento, una comunicación expedita y relativamente breve —para la época— podía ser un punto crítico, incluso más importante que la cercanía cultural.
Aun con la incertidumbre de dónde se llevaría a cabo esta misión, para Campbell era certero que la investigación debía ser espectrográfica. Era una técnica en pleno desarrollo, pero la información con que contaban todavía era insuficiente: “A principios de los años 1900, me impresionó mucho la urgente necesidad de observaciones sobre velocidad radial en el hemisferio austral tanto como en el norte”. A continuación, explicitaba aquel desconocimiento de los cielos del sur: “Aunque sepamos el movimiento del sistema solar a través del espacio o conozcamos la estructura del sistema sideral, ciertamente no podemos esperar en basar una solución satisfactoria sobre velocidades radiales de las estrellas confinadas en un medio o en dos tercios del cielo”59.
Durante el siglo XIX, se habían realizado algunas expediciones al hemisferio sur, entre las cuales se contaba aquella de Gilliss a Chile. Sin embargo, la comprensión del universo y sus movimientos debía tener una sólida base científica, que fuera más allá de las observaciones directas que se habían llevado a cabo en otros lugares del hemisferio sur, como en Sudáfrica, o bien, las expediciones a Córdoba, Argentina60. Asimismo, bajo la categoría de “observaciones fotométricas”, se habían realizado algunos proyectos de investigación astronómica, entre los cuales destacaban las iniciativas de Harvard en Arequipa, o la misión británica en Cabo de Buena Esperanza61. A ellos podrían agregarse otras experiencias, como las de Melbourne y Adelaide en Australia62.
En paralelo, hacia fines del siglo XIX, ya tomaba forma uno de los proyectos más ambiciosos en cuanto a investigaciones fotométricas de los astros, liderado por el Observatorio de París. Se trataba de la Carte du Ciel, que incluía distintas observaciones en el hemisferio sur, combinando actividades en Sudáfrica, Australia y también en Sudamérica: en Río de Janeiro, Río de la Plata y Santiago63. Sin embargo, este novedoso proyecto se extendió mucho más de lo esperado y después fue abandonado, sin que tuviera un final exitoso. Según Hearnshaw, este fue “uno de los programas más grandes y ambiciosos que alguna vez se intentaron en ciencia internacional, y por la mayoría de sus cuentas un vergonzoso fracaso”64. Antes de que se enteraran fehacientemente de sus malos resultados, la ausencia de instituciones norteamericanas en la Carte du Ciel se observaba como un gran error, en tanto Estados Unidos quedaría fuera de un proyecto de gran envergadura. Por otra parte, las suspicacias por parte de otros astrónomos norteamericanos con respecto a aquel proyecto llevaban a que se planteara la necesidad de generar una iniciativa propia en el hemisferio sur. Quizás ese fue el escenario indicado en el cual las aspiraciones de Campbell pudieron hacerse realidad.
El director Campbell advertía que, al observar los astros desde la locación del Lick, “La porción del cielo que queda para observación en el hemisferio austral es de alrededor de 2/7 del total”65. El astrónomo Heber Curtis —quien se haría cargo del observatorio de la expedición Mills en Chile unos años más tarde— explicaba esta situación:
Treinta grados al sur del ecuador celestial hasta el polo sur tenemos una región que acumula alrededor de un cuarto del cielo el cual, en comparación con el cielo norteño, era tan terra incognita setenta y cinco años atrás como lo era África central en esa misma fecha, y el cual actualmente contiene muchos campos vírgenes que ofrecen ricos retornos para el astrónomo explorador66.
Esos “cielos vírgenes” motivaban a los astrónomos de California para instalarse en el sur, y era preciso determinar dónde. Este aspecto era relevante para Campbell: “El asunto de una ubicación satisfactoria para la estación observadora era uno de los más importantes. Las estaciones peruanas están muy lejos al norte para el programa de trabajo que empezaba; y, exceptuando al nivel del mar más cercano, el rango de temperatura diurna es grande”67. Por otra parte, aunque la latitud era la correcta, la distancia de navegación y la comunicación con Sudáfrica o con Australia podía ser un gran problema. Por su parte, la elección de Santiago podía ser menos costosa, por el sistema de navegación casi directo que existía entre San Francisco y Valparaíso, y luego podían conectar con la capital chilena por tren68.
Es posible que otros factores también influyeran en un nivel más simbólico para decidirse por Chile, como la relación previa de James Lick con Sudamérica o bien la confianza en el apoyo de los políticos chilenos. Incluso, algunos años antes, una pequeña y transitoria misión del Lick Observatory había estado en Chile, para la observación del eclipse de abril de 189369. Con todo, cuál fue el factor decisivo para decidirse por el sureño país es algo que los astrónomos no registraron.
Hacia 1902, la decisión estaba tomada, e incluso la prensa de California informaba acerca de este viaje de aventuras, de ciencia y de largos kilómetros por recorrer, hasta llegar a Chile. El periódico The San Francisco Call publicó: “Expedición astronómica pronto partirá desde el Observatorio Lick hacia Chile”70. Establecido el país al cual debían llegar, la opción de la capital, Santiago, parecía la más adecuada. “En los alrededores de Santiago de Chile parecía haber ubicaciones mucho más prometedoras, considerando el carácter masivo de los aparatos, los requerimientos de su construcción y el hecho de que la expedición terminaría, probablemente, en menos de tres años”71. Además, había razones climáticas para reforzar esa decisión:
Los informes del tiempo mostraron que Chile central tenía una proporción de cielos claros, pero que la temperatura en Santiago mismo cambia bastante en el día. Sin embargo, se sintió gran confianza en que se encontraría un cambio mucho menor de temperatura en la parte más alta de los cerros […]. Las ventajas de una ciudad que estuviera cerca como un recurso de material y de suministro de mano de obra, en el período de construcción, era evidente72 .
De este modo, la razón para buscar un cerro se fundaba en que la oscilación térmica diaria —es decir, el cambio de temperatura entre el día y la noche— no debía ser muy amplia, ya que, de otro modo, eso podía afectar las condiciones de operación del espectrógrafo. Contrario a lo que podría pensarse, la cumbre del cerro no se justificaba por la humedad de la atmósfera o por las condiciones lumínicas. Aquellos serían factores de suma relevancia, pero algunas décadas más tarde. Por otra parte, en aquella época, y considerando la conectividad de Chile, así como la disponibilidad de recursos, era importante que los astrónomos se ubicaran cerca de una ciudad. Por aquel entonces, las opciones urbanas del país no eran muchas, y el eje Santiago-Valparaíso parecía el más indicado.
Una vez decidido el lugar y conseguido el financiamiento, el proyecto de la estación austral del Lick Observatory se convertía en realidad.
Entre 1894 y 1900, cuando la tarea de llevar una expedición al hemisferio sur era todavía un anhelo, Campbell suponía que él mismo estaría a cargo de la expedición. El viaje era una tarea científica, pero también constituía un fuerte deseo personal. Como en tantas otras oportunidades, los desafíos individuales inciden de manera profunda y decisiva en las trayectorias históricas. Y ese fue el caso de William W. Campbell.
Hacia 1900, el rol de Campbell en el Lick Observatory cambió: fue nombrado director de la institución. Con ello, su participación directa en la expedición al sur se puso en duda: “Cuando los directores de la Universidad, en ese momento, me asignaron nuevas responsabilidades, era necesario un cambio en el plan. Afortunadamente, el Sr. Wright, quien me había asistido en el trabajo con el espectrógrafo Mills desde agosto de 1897, estaba tan deseoso como listo para hacerse cargo de la expedición”73.
Aun con el cambio de su rol en el observatorio, Campbell pensaba que podría supervisar directamente, si bien no la investigación completa, al menos la instalación del telescopio: “Todavía esperaba acompañarla con el objeto de seleccionar la estación para observar e instalar los aparatos y para ver los primeros resultados”74
