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Colorado, 1864. Tras sobrevivir a la masacre de Sand Creek donde fueron asesinados alrededor de 200 nativos americanos, Star es trasladado a una prisión-fortaleza de Fort Marion, donde lo obligan a aprender inglés y a practicar el cristianismo por orden de Richard Henry Pratt, un carcelero evangélico que más adelante fundará la Escuela Industrial India de Carlisle, una institución dedicada a erradicar la historia, la cultura y la identidad nativas. Una generación más tarde, el hijo de Star, Charles, acaba en esa misma escuela, donde es maltratado por el que fuera carcelero de su padre. Mientras sufre el duro trato de Pratt, Charles se refugia en los momentos que comparte con una joven compañera de estudios, Opal Viola, y juntos imaginan un futuro lejos de la violencia institucional que persigue a sus familias. Oakland, 2018. Opal Viola Victoria Bear Shield intenta mantener unida a su familia tras un suceso que cambia el devenir de todos sus miembros. Su sobrino nieto, Orvil, ha sobrevivido a un tiroteo, pero al despertarse en el hospital ha empezado a buscar compulsivamente vídeos sobre tiroteos escolares en YouTube y está desarrollando una dependencia de los analgésicos. Su hermano pequeño, Lony, que también estuvo presente, sufre trastorno de estrés postraumático y, para intentar darle sentido a lo que ha vivido, se hace cortes en secreto y realiza rituales de sangre esperando que lo conecten con su legado cheyene. Opal, que también se encuentra perdida, experimenta con las ceremonias y el peyote en busca de una forma de curar las heridas de su familia. *Uno de los mejores libros del año por The New York Times Book Review *Finalista del Premio Goodreads 2024 *Finalista del Premio Booker 2024
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Seitenzahl: 491
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Esta es una obra de ficción. Todos los nombres, personajes, lugares y sucesos que aparecen en ella son producto de la imaginación del autor o bien se utilizan de manera ficticia. Todo parecido con personas reales, vivas o muertas, y acontecimientos o localizaciones reales es completamente casual.
Para todo el que esté y no esté sobreviviendoa esa cosa llamada y no llamada adicción
En cuanto a civilizar a los indios, soy baptista porque creo que debemos sumergirlos en nuestra civilización y, una vez los tenemos ahí abajo, retenerlos hasta que queden completamente empapados.
Richard Henry Pratt
Había niños, y luego estaban los niños de los indios, porque los despiadados habitantes salvajes de estas tierras americanas no tenían niños, sino sabandijas, y las sabandijas se convierten en alimañas, o eso decía el hombre que quiso hacer pasar una masacre por un ejercicio de control de plagas en Sand Creek, cuando setecientos borrachos se presentaron con cañones al amanecer, y luego, casi cuatro años exactos después, otra vez lo mismo en el río Washita, donde acabaron acorralando a setecientos caballos indios y sacrificándolos de un tiro en la cabeza.
Ese tipo de episodios recibió el nombre de batalla y más adelante —a veces— masacre en la guerra más larga de Estados Unidos. Más años en guerra contra los indios que como nación. Trescientos trece. Después de matar y expulsar, dispersar y acorralar a los pueblos indios para meterlos en reservas, y después de que la población de búfalos en libertad quedara reducida de unos treinta millones a unos pocos cientos, pues la idea era que «todo búfalo muerto es un indio menos», llegó otro eslogan de campaña dirigido al problema indio: «Mata al indio, salva al hombre».
Cuando las guerras indias empezaron a enfriarse y el robo de tierras y de soberanía tribal se convirtió en algo burocrático, fueron a por los niños indios y los metieron a la fuerza en internados donde, si no morían de lo que entonces llamaban «consunción» mientras los mataban de hambre; si no acababan enterrados cumpliendo con sus deberes mientras los adiestraban para realizar labores agrícolas o industriales o los sometían a una servidumbre forzosa; si no terminaban inhumados en cementerios infantiles o en tumbas sin lápida o perdidos en algún lugar entre la escuela y su hogar tras haber huido, sin sepultura, sin paradero conocido, perdidos en el tiempo o entre el exilio y el refugio, entre la escuela, las tierras tribales, la reserva y la ciudad; si conseguían superar las palizas y las violaciones habituales, si sobrevivían, se construían una vida y formaban una familia y un hogar, era única y exclusivamente por lo siguiente: esos niños indios estaban hechos para cargar con más de lo que estaban hechos para cargar.
Pero, antes incluso de los internados, ya en 1875, tomaron como prisioneros de guerra a setenta y un indios y una india en Oklahoma y los subieron a un tren con destino a San Agustín, en Florida, donde los encarcelaron en una prisión-fortaleza abaluartada: un fuerte de estrella. Era el fuerte de mampostería más antiguo del país y había sido el primer asentamiento europeo del Estados Unidos continental, construido por orden de los españoles y a costa de los indios a finales del siglo xvii con coquina, una amalgama de conchas antiguas que con el tiempo se convierte en roca. A ese fuerte de estrella construido para defender la ruta comercial atlántica, los españoles le dieron el nombre de castillo de San Marcos, por san Marcos, patrón, entre otras cosas, de los presos, y más adelante y bajo dominio estadounidense se convirtió en Fort Marion, llamado así por Francis Marion, héroe de la guerra de Independencia de Estados Unidos al que apodaban Swamp Fox, zorro de los pantanos, y que tenía fama de violar a sus esclavas y cazar indios por diversión.
Su carcelero, Richard Henry Pratt, ordenó que les cortaran el pelo y los vistieran con uniformes militares. Pratt dispuso también que a los prisioneros de guerra indios de Fort Marion les dieran libros de contabilidad para dibujar. A quien mejor se le daba el dibujo era a un cheyene del sur llamado Howling Wolf, lobo que aúlla, porque mucho antes de eso ya había hecho lo mismo sobre pieles de búfalo para contar relatos. En los libros dibujaba las cosas desde muy lejos y muy arriba. A vista de pájaro. Eso no había ocurrido así antes, en las pieles. No fue hasta después del largo trayecto en tren de Oklahoma a Florida, con cadenas de hierro en las muñecas y los tobillos, cuando Howling Wolf empezó a dibujar desde donde las aves veían el mundo. Los pájaros son quienes mejor ven a cualquier criatura con espinazo, son sagrados porque surcan los cielos y, con una sola de sus plumas y un poco de humo, las oraciones llegan a Dios.
Los indios tenían permiso para vender sus dibujos a los blancos que iban a visitar a los prisioneros de guerra, esos individuos kiowa, comanche, cheyene del sur, arapajó y caddo, a verlos bailar y disfrazarse de indios, a contemplar esa raza en extinción antes de que desapareciera por completo y llevarse a casa un dibujo, una judía de mar pulida o un arco y una flecha, cosas a las que llamaban curiosidades, como si fueran souvenirs de un parque de atracciones o un zoo humano, lugares populares por entonces y en los que solía encontrarse a indios. Esas estampas de la vida india dibujadas por indios sobre páginas pautadas para llevar la cuenta de cualquier tipo de transacción se vendieron como si fueran el primer arte indio. Pratt aprendió de su experiencia en la prisión-fortaleza y la convirtió en modelo para su Escuela Industrial India de Carlisle, que abrió solo un año después de que liberaran a los prisioneros.
A partir de 1879, los padres indios recibieron presiones, coacciones y amenazas de acabar en la cárcel si se negaban a enviar a sus hijos a la escuela. En un caso, unos padres hopi de Arizona que se habían resistido a seguir esas órdenes fueron enviados a California, a Alcatraz, para cumplir nueve meses de castigo. A los presos les arrebataron la ropa, les dieron uniformes militares, les dijeron que estarían allí hasta que aprendieran más allá de toda duda que sus costumbres malignas estaban mal. Los metieron en cajas de madera más pequeñas que las celdas de aislamiento que se construyeron más adelante para la famosa y atroz prisión. Durante el día los obligaban a serrar grandes troncos para convertirlos en maderos más pequeños, como en la representación del sueño de los dibujos animados. Cuando los dejaron libres y los devolvieron a Arizona, siguieron resistiéndose a llevar a sus hijos a las escuelas y volvieron a pasar más tiempo encarcelados.
Algunos padres indios comprendían que sus hijos eran rehenes retenidos para fomentar un mejor comportamiento por parte de las tribus más problemáticas. A otros niños los sacaban a la fuerza de sus casas y los metían en lo que los indios llamaban caballos de hierro, estruendosos trenes que cruzaban territorios desconocidos para llevarlos a unas escuelas en las que padecían enfermedades y hambre, y donde les enseñaban que todo lo que suponía ser indio estaba mal. Por ley se aprobó que los niños indios asistieran a esas escuelas, igual que se ilegalizaron la medicina india, sus ceremonias, ritos y rituales.
En Carlisle les enseñaron que debían convertirse en indios de Carlisle. Una tribu nueva compuesta por muchas tribus pero que no pertenecía a nadie, solo a la escuela, que a su vez pertenecía al Gobierno estadounidense que la financiaba.
En cuanto llegaban al centro, les cortaban la melena, les quitaban la ropa y les daban nombres nuevos, además de uniformes militares, lo cual equivale a decir que la guerra empezaba de inmediato. Todos los días realizaban instrucción militar y marchaban como contra sí mismos en batallas diarias que tenían lugar primero de fuera adentro y luego de dentro afuera, igual que una enfermedad. Si los niños indios hablaban inglés en lugar de sus lenguas nativas, al principio los recompensaban, pero recibir una recompensa por no hacer cosas indias no era ni mucho menos todo. Palizas, calabozos y un sinfín de otras formas de maltrato eran habituales. Se suponía que había que matar todo lo indio si querían salvarlos. Más adelante se llegó a decir que los niños indios de los internados tuvieron tantas probabilidades de morir como los soldados de una guerra mundial.
Todos los niños indios que alguna vez fueron niños indios no dejaron de ser niños indios jamás, y acabaron teniendo, no sabandijas, sino más niños indios, cuyos niños indios siguieron teniendo niños indios, cuyos niños indios se convirtieron en indios americanos, cuyos niños indios americanos se convirtieron en nativos americanos, cuyos niños nativos americanos se denominarían a sí mismos nativos, o indígenas, o ndn, o usarían los nombres de sus naciones soberanas, o los nombres de sus tribus, y muy a menudo tendrían que oírse decir que no eran la clase correcta de indios para ser considerados indios de verdad por parte de muchos estadounidenses que de toda la vida habían aprendido en el colegio que los únicos indios de verdad eran los de Acción de Gracias, desaparecidos tiempo ha, esos que amaban a los Peregrinos como a la muerte.
Internados como el de Carlisle existieron por todo el país y durante casi cien años operaron bajo los mismos principios que este. Durante décadas, la tasa de abandono escolar entre los nativos ha sido una de las más altas de Estados Unidos. Hoy sigue duplicando la media nacional.
Convertirse en un no indio como pretendían que ocurriera en Carlisle conllevaba matar al indio para salvar al hombre, tal como había afirmado el fundador de la escuela, y eso significaba que serían los niños indios quienes tendrían que encargarse de morir.
Cuídate del hombre que no hablay del perro que no ladra.
Proverbio cheyene
La conocida como masacre de Sand Creek o de Chivington, pese a algunos detalles ciertamente censurables, fue en general una de las acciones más justificadas y beneficiosas que jamás tuvieron lugar en la frontera.
Theodore Roosevelt
[Árbol genealógico:]
Me pareció oír pájaros esa mañana justo antes de las luces del alba, después de despertar de repente y con miedo a unos hombres tan blancos que eran azules. Había soñado con hombres azules de aliento azul, y los cantos de los pájaros eran los lentos chirridos de las ruedas, el avance de los cañones de montaña que se acercaban a nuestro campamento al amanecer.
Llevaba semanas con las pesadillas que culminaron esa mañana, así que había empezado a dormir con mi abuela Spotted Hawk, halcón moteado. Ella rezaba por mí antes de que cerrara los ojos para dormirme, me soplaba humo en la cara después de liar un poco de tabaco en una farfolla de maíz y luego me cantaba esa canción que me calmaba la respiración y me hacía notar los párpados pesados.
Desde dentro del tipi pensé que eran truenos, o búfalos, luego vi las luces anaranjadas y violáceas del alba a través de los agujeros que las balas habían abierto en las paredes.
Fuera, la gente corría o moría allí mismo, abatida en plena carrera.
Al recordarlo, todo lo vivido antes de Sand Creek parecía pertenecer a otra persona, a alguien a quien conocí una vez, igual que conocía la sonrisa perfecta de mi madre y la torcida de mi padre, la forma en que ambos dirigían la mirada al suelo cuando se sentían orgullosos de su hijo, o cómo clavaban los ojos en mí cuando les hacía enfadar, la forma en que mis hermanos y hermanas se burlaban de mí tirándome de los lóbulos porque tenía las orejas grandes, o cómo me hacían cosquillas en las costillas y me obligaban a reír hasta que casi lloraba de esa forma que me hacía detestarlo y adorarlo, pero sobre todo detestarlo. Nuestro campamento, con nuestros compañeros animales y las grandes hogueras que encendíamos, los ríos y los arroyos en los que jugábamos durante el verano o evitábamos en invierno; las cacerías para las que veía prepararse a los mayores, cómo se reían con alivio al regresar, contentos de haber conseguido alimento para todos, y tras las que encendían el fuego y rezaban y cantaban con solemnidad al animal y a nuestro Dios creador, Maheo.
Todo lo que había existido antes de lo sucedido en Sand Creek regresó al interior de la tierra, a las profundidades de esa peculiar quietud del suelo y de la muerte.
Durante la masacre, mientras se producía, entre las balas y los gritos y los cuerpos caídos por todas partes, Spotted Hawk empujó a un niño hacia mí como diciendo: llévatelo contigo. Yo era joven por entonces, apenas más que un niño también. El pequeño que mi abuela me había encomendado tenía unas pecas alrededor de los ojos que parecían salpicaduras de sangre. Cuando una persona tenía pecas, solía ser porque los blancos habían entrado en contacto íntimo con la vida de alguien de nuestro pueblo y habían provocado algún desastre. Una vez, a uno de mis tíos lo mataron de un tiro justo delante de mí, un blanco solitario que vino a cobrarse venganza mató a mi tío de un disparo en la nuca, y en la cara de Spotted Hawk quedaron salpicaduras de sangre repartidas igual que las pecas de ese niño, ese niño que tenía las mejillas hinchadas como si acumulara la saliva, como si estuviera demasiado asustado para tragársela.
El rostro de Spotted Hawk, igual que hacía siempre, escondía todo lo que sentía por dentro. Señaló una yegua frunciendo los labios y, cuando el niño y yo montamos en ella, le dio una palmada en la grupa y salimos al galope. Volví la mirada y vi caer el cuerpo de Spotted Hawk. Jamás llegaría a saber si fue por una bala, para cubrirse o para hacerse la muerta. Sabía que las arañas lo hacían, había visto una araña negra con una marca de un rojo vivo en la tripa hacerse la muerta. Me había escondido a esperar, a esperar y observar, y entonces vi cómo cobraba vida justo antes de abalanzarme sobre ella y pisarla con fuerza. Años después, en Florida, la primera vez que vi la forma de un reloj de arena y comprendí que representaba el tiempo encarnado en la delicada caída de la arena a través de un estrecho paso de cristal, recordé la marca de esa araña y que había formas de hacerse el muerto y luego regresar a la vida.
Un perro consiguió seguirnos desde el campamento. Era todo negro salvo por una mancha blanca en el pecho, tenía las patas largas, el pelaje desaliñado y los ojos amarillos como el sol. Justo después de ver al perro, noté un dolor agudo y salté de la yegua pensando que algo me había mordido. Al llevarme la mano a la parte baja de la espalda me encontré con una herida húmeda. Miré la sangre y me dio la sensación de estar cayendo por el aire. Entonces me quité las polainas y me las enrollé en la cintura con la esperanza de parar la hemorragia. El niño me ayudó a vendarme y luego hizo lo poco que pudo para sostenerme mientras subía otra vez a la yegua, porque yo estaba muy débil para hacerlo solo. Después de eso me quedé dormido y, al despertar, vi que era de noche.
El niño y yo nos acurrucamos entre un montón de mantas que mi abuela había conseguido cargar en la yegua. Por la mañana encontramos al perro hecho un ovillo entre los dos. Todavía me ardía donde había entrado la bala, pero ya no sangraba. Pensé que no se habría metido muy dentro y quise encontrarla con los dedos, sacarla si podía.
Cuando el sol se puso otra vez por el oeste a nuestra espalda, con su ausencia llegó un frío penetrante. Dormimos debajo de la yegua, que estaba de pie.
Sentí que mi abuela le había rezado al animal diciéndole qué hacer. Era capaz de galopar como si la llevara una corriente, y seguimos los antiguos cauces del agua, a lo largo de los arroyos secos, con la masacre cada vez más atrás, su recuerdo todavía sobre la piel, sus sonidos resonando aún agudos y cortantes en los oídos. Avanzamos por entre los árboles y los campos como jóvenes fantasmas.
Esa noche, antes de dormir nos miramos el uno al otro sin decir nada. Supe entonces que, por mucho que quisiera, no podría hablar. No era capaz de decir nada y tampoco sabía si alguna vez lo había hecho. Creía recordar haber hablado, pero, cuanto más tiempo pasaba, menos seguro estaba de que mi boca hubiera proferido sonido alguno. Tampoco sabía si el niño no decía nada por ese mismo motivo, o si era porque ya se había dado cuenta de que yo era una de esas personas extrañas que no sabían hablar.
¿Hasta dónde llegaremos?, pareció preguntarme señalando con la barbilla y los labios en la dirección en la que íbamos.
Hasta donde los soldados nos maten, contesté con una mirada amplia alrededor, gesticulando como si sostuviera un rifle y cerrara un ojo para apuntar, y echando después la cabeza hacia atrás como si me hubieran disparado.
¿Lucharemos esta vez?, preguntó el niño levantando los puños.
¿Crees que deberíamos habernos quedado a luchar?, respondí señalando con los labios hacia el lugar del que veníamos.
Morir habría sido mejor que esto, pareció contestar frotándose la tripa, refiriéndose al hambre que apretaba.
Ese perro de ahí nos ayudaría a llegar más lejos, dije señalando al animal y enarcando las cejas.
No, repuso el niño. El perro no, contestó bajando la mirada y sacudiendo la cabeza con vehemencia.
Continuamos durante lo que pareció muchísimo tiempo dejándonos llevar por la yegua. Sin embargo, cuando empecé a notarme demasiado débil para mantenerme despierto y el niño se puso a lloriquear, no pude seguir negando la carne de caballo sobre la que íbamos sentados.
Ya teníamos encima la noche invernal, de manera que, si pensaba hacerlo, tendría que decidirme pronto. Amarré la yegua a un árbol con un nudo corredizo que me habían enseñado para una ocasión justo como esa. Si tenías que comerte a un caballo, así era como había que atarlo primero. Pero no maté a la yegua, porque de su parte trasera salió un potrillo. Cayó de lado con un ruido como de golpe mojado y al principio intentó ponerse de pie, pero no pudo, luego se quedó tumbado, luego se quedó quieto. El niño se limitaba a mirar, incapaz de seguir de pie, sentado algo más allá con la boca muy abierta. El perro ladraba mientras la madre intentaba reanimar al pequeño dándole empujoncitos con el hocico. Me acerqué más al potro para ver si había vida en él y entonces me asaltaron una serie de preguntas indeseadas: Si el potro estaba muerto, ¿nos lo comeríamos? ¿Mataría antes o después a su madre para comérnosla también? ¿Tendríamos que pelearnos con el perro por la carne? Y, si peleábamos y lo matábamos, ¿nos lo comeríamos a él? Tenía demasiada hambre. El viento empezó a soplar con fuerza y el perro llegó corriendo, pero entonces cayó de lado como si lo hubiera alcanzado una bala. Miré alrededor para ver si nos disparaban y me protegí los ojos del polvo que levantaba el viento, tan estruendoso que no dejaba oír nada más. El niño tenía la cabeza escondida entre las rodillas y me pareció oír que gritaba, pero tal vez fuera el viento también. Levanté la mirada y vi una nube tenue que cruzaba por delante de la luna. Una luz oscura atravesaba esa nube y bajaba desde el cielo igual que una lluvia lejana. Corrí hacia el niño, le tiré del brazo para levantarlo y nos escondimos debajo de las mantas.
A la mañana siguiente desperté y vi a la madre yegua todavía allí tumbada, pero muerta, y al perro haciendo como que ladraba con el morro, aunque de él no salía ningún sonido, y entonces se puso a toser y vomitó hierba de un verde brillante. Me acerqué a la yegua muerta y busqué al potro, pero no encontré nada, ni siquiera restos de su nacimiento. Había oído hablar de madres que se comían a sus mortinatos y me pregunté si habría pasado eso, si habría sido eso lo que la había matado.
Afilé una rama en una roca, luego encendí un fuego. Tenía que actuar antes de que la carne de caballo se estropeara. Me comí enseguida la mitad del hígado del animal y le pasé el resto al niño, que lo aceptó con apetito. Después corté carne de donde me resultó más fácil. Permanecimos todo el día en aquel lugar, comiendo de vez en cuando, y al terminar no nos atrevimos a mirar lo que quedaba de la yegua detrás de nosotros.
Por la mañana, cuando nos acercamos a un riachuelo de agua amarga, teníamos la boca manchada de sangre. No sé cuánto tiempo caminamos después de eso hasta que vi a un joven en un caballo negro. Era Bear Shield, refugio de oso.
Bear Shield nos llevó a un campamento donde la mujer cheyene más vieja que había visto jamás le dijo al niño que tomara mi nombre. Mi nombre, antes, había sido Bird, pájaro. A mí me dio uno nuevo señalando el cielo, donde acababa de aparecer la primera estrella nocturna, y señalándome luego a mí.
El perro estuvo con nosotros una temporada, pero, cuando ya no quedaba nada más que cazar y el hambre empezó a doler demasiado, ese perro —igual que muchos otros— acabó devorado.
Aunque yo nunca respondía, a Bear Shield le gustaba hablar y solía hacerlo conmigo, al principio en cheyene y luego, cuando se dio cuenta de que no iba a contestar nada, en inglés. El inglés lo había aprendido de su padre, que había sido explorador y había viajado un tiempo con el ejército estadounidense antes de dejar el trabajo y unirse a la Sociedad de Guerreros Cheyenes, los soldados perro.
Un día, Bear Shield dijo que más nos valía irnos por nuestra cuenta y no quedarnos a morir en el campamento. Le dije al niño que siguiera con la anciana que nos había hecho cambiar de nombre y, a la mañana siguiente, Bear Shield y yo partimos en su caballo.
Pareció que solo pasaran inviernos. A veces era como si el mundo se hubiera acabado y estuviéramos aguardando la llegada del siguiente. Más a menudo era como si esperase que regresaran los sonidos de la guerra, que las primeras luces del alba trajeran consigo a unos hombres azules que volverían a aniquilarnos y a dispersarnos, a menguar nuestra presencia en la tierra, igual que con los búfalos, a darnos caza y matarnos de hambre y acorralarnos como por entonces había oído que hacían con los pueblos indios de todas partes.
Vimos y comimos muchas cosas extrañas mientras vagamos juntos buscando a nuestra gente, buscando un lugar donde poder quedarnos. No teníamos una casa a la que regresar, así que continuamos con nuestra existencia errante. Atrapábamos conejos y pavos y serpientes, y nos los comíamos. Asaltábamos carromatos y campamentos cuando nos topábamos con alguno, y poco nos importaba que fueran de blancos o de otros indios, mientras supiéramos que podíamos salir ilesos de allí. El hambre parecía mantenernos con vida al tiempo que amenazaba con matarnos. No sabría decir dónde estuvimos todos esos años porque nunca estábamos mucho tiempo en un mismo lugar. Una de las primeras cosas que robé fue una yegua y nunca fuimos buenos el uno con el otro; ella no quería que la montara y no podía culparla. La dejé libre en cuanto encontré otro caballo que robar. No me importaba vivir así, pero esa existencia desgastaba. Y, al final, cuando tuvimos que hacer daño a otras personas para mantenernos a salvo, supe que debíamos encontrar otro camino, uno mejor.
Cada vez que nos quedábamos en algún sitio el tiempo suficiente, Bear Shield montaba su tambor. También me enseñó a hacerlo. Con piel, piedras, una cuerda, un asta para tirar de la cuerda y tensar la piel, y un poco de agua en el fondo de un caldero de hierro. En el fondo del tambor poníamos siete piedras que representaban las siete estrellas que parecían rodear la luna en el cielo nocturno. Nunca supe por qué las llamaban soldados perro ni por qué teníamos ese relato sobre una niña que daba a luz a unos perros que luego se convertían en estrellas. Una pega que tiene no hablar es que resulta difícil hacer preguntas concretas, así que la mayoría de las cosas que no entendía sencillamente tenía que aceptarlas.
El tambor sonaba con fuerza, así que cuando lo tocábamos siempre nos alejábamos lo suficiente para estar seguros de que nadie nos oiría, y nos acercábamos al agua si podíamos encontrarla. El tambor emitía un sonido profundo y pesaroso, y yo tenía que ajustar la fuerza con la que tensaba la piel para conseguir un tono más alegre, para librarme de esa intensa sensación de que se me podría tragar. Cuando lograba que sonara como yo quería, al tocarlo sentía que regresaba algo que había escapado de mí. Por eso tocaba siempre que podía. A veces Bear Shield también cantaba, buscaba algo que quedara bien con el tono del tambor, con mi ritmo. No sabía si conocía esas canciones de antes o si se las inventaba sobre la marcha. Un dolor y una pérdida indescriptibles nos acompañaban allá donde íbamos. Tanta hambre y tanto sufrimiento… Pero con el tambor entre ambos, y con los cánticos, se creaba algo nuevo. Golpeábamos y cantábamos y de todo ello salía una especie de belleza atroz que lo elevaba todo en su canto.
El lugar en el que nos asentamos durante más tiempo quedaba cerca de Fort Reno. Por entonces estábamos bastante exhaustos y habíamos oído que allí podríamos entregarnos y que nos darían alimento y cobijo. Sin embargo, poco después de llegar nos dijeron que los cheyenes del sur habían cometido una infinidad de crímenes contra el ejército de Estados Unidos y el asesinato especialmente truculento de una familia llamada los German, y que tenían que apresarnos para que pagáramos por esos crímenes. Nos llevaron a Fort Sill a treinta y tres de nosotros, encadenados con grilletes de hierro, y luego nos subieron a un tren hacia Florida.
Pasamos tres años como prisioneros de guerra en una prisión-fortaleza. Nuestro carcelero era un hombre taciturno que se llamaba Richard Henry Pratt. Siempre iba con los hombros encorvados y la mirada gacha. Pratt era adusto y anodino, con una nariz que destacaba en su rostro como un monumento de piedra en una colina sin nada más de particular. Le teníamos cierto aprecio porque su intención parecía buena y, aunque a veces daba la sensación de que se tomaba demasiado en serio a sí mismo, al principio nos hizo reír contándonos una historia sobre unos kiowas a los que conoció y que lo vistieron con todo el traje ceremonial y le pintaron la cara. Por cómo narraba su relato, sin dejar de reír mientras el traductor cheyene traducía, también nosotros reímos con él, al principio por educación, pero luego porque nos pareció divertido, o porque Pratt nos convenció con su risa de que resultaba divertido que unos indios lo hubieran disfrazado de indio y le hubieran pintado la cara para dedicarle un cántico y bailar delante de una hoguera. No mucho después de que nos contara esa historia, se llevaron nuestras mantas y nuestra ropa, nos las cambiaron por uniformes militares y nos dijeron que no podríamos seguir vistiendo como indios. Ya nadie se reía mucho por entonces.
Los primeros meses en la prisión-fortaleza fueron los más duros y muchos prisioneros enfermaron. Algunos murieron. Dos se quitaron la vida, y eso sin contar a Gray Beard, barba gris, que quiso colgarse en el tren y luego fue abatido de un tiro cuando intentaba escapar.
Los muros de la prisión estaban cubiertos de algo viscoso, algo oscuro y velludo que olía mal, y no estábamos acostumbrados a la humedad, a que el aire resultara espeso y mojado, como si el océano se hubiera levantado y una capa de calor procedente de él se cerniera sobre la tierra.
Pratt quería mejorar las condiciones, o eso me dijo un día que me llevó aparte para preguntarme si quería aprender a hacer pan y ser panadero. Dijo que nos daría formación como soldados. Que nos inculcaría disciplina y nos asignaría un rango. Que nos proporcionaría armas para que nos custodiáramos, que nos mantendría limpios y uniformados y reglamentados. Pratt afirmó que nos convertiría en lobos del ejército de Estados Unidos. Cuando dijo eso, algo frío me trepó por la columna.
Pero hizo lo que había anunciado. Tuvimos que pasar revista y correr por las mañanas y obedecer a toques de clarín, y al final también a un tribunal indio que enviaba a los condenados a un calabozo que había bajo la prisión-fortaleza como castigo. Después de la instrucción militar llegó la educación.
Aprendí a leer y escribir en inglés con la Biblia. Íbamos a clase en la capilla. Seguramente aprendí a leer más deprisa de lo que lo hubiera hecho de haber tenido la capacidad de hablar. Además, por entonces ya conocía bien el inglés por todos los años que había pasado con Bear Shield.
La Biblia era extraña, en ella había muchas cosas que no entendía ni aun conociendo las palabras. Los libros del libro se llamaban como los nombres de pila de sus autores, igual que el nombre de pila de Pratt era Richard. Si hubiera existido un libro de Richard, habría estado lleno de descripciones de instrucción militar. Eso era lo único que hacíamos siempre, aparte de ir a la escuela y a la iglesia: entrenar para ser soldados, vestidos igual que aquellos hombres a los que algunos habíamos visto exterminar a nuestra gente.
No sabía por qué la Biblia la habían escrito tantas personas, pero me gustaba que no hubiera sido solo una. En ella había belleza y sabiduría, y me esforzaba por interpretar lo que quería decir allí donde parecía querer decirme algo, igual que habría hecho con un sueño que se hubiera quedado conmigo.
Pasé mucho tiempo con los libros de los Salmos y los Proverbios, encontré cierto consuelo en el de Job y agradecí lo mucho que me reconfortaba el lenguaje del de Isaías. «Me ha enviado a vendar a los quebrantados de corazón, a proclamar libertad a los cautivos y, a los presos, apertura de la cárcel; a anunciar el año de la buena voluntad del Señor, y el día de venganza del Dios nuestro; a consolar a todos los enlutados». Me parecía que ese pasaje contenía mucha verdad. En la Biblia había cosas que leía y cuya lectura me sentaba tan bien que jamás habría permitido que no fuera algo tan importante como para haber sido puesto por escrito.
También pasé bastante tiempo con la Revelación. Pensaba que ese libro hablaba de lo sucedido, de lo que aún le sucedía a mi pueblo. También había otro libro muy corto antes del último de la Biblia, uno con un versículo que parecía haber estado dentro de mí antes incluso de llegar a Florida, antes de saber lo que era un mar. «Fieras ondas del mar, que espuman su propia vergüenza; estrellas errantes, para las cuales está reservada eternamente la oscuridad de las tinieblas».
En la segunda parte de la Biblia, el Nuevo Testamento, ese tal Jesús se parecía a algunos cheyenes de los que había oído hablar, jefes y otras personas-medicina que guiaban a su pueblo con el corazón. Y nuestro profeta cheyene Sweet Medicine, dulce medicina, ¿acaso no había nacido del parto de una virgen? ¿No había oído yo relatos de la creación sobre mujeres hechas de las costillas de un hombre? De modo que no pude evitar pensar que tal vez hubiera algo de cierto en ese libro de Dios, en ese Jesús. Sweet Medicine nació de una virgen. Mi abuela me contó que una voz le había relatado a una mujer que una raíz dulce estaba a punto de llegar. En esa historia no había padre, solo una abuela que había criado a Sweet Medicine después de que su madre lo abandonara porque no había ningún padre. Sweet Medicine obró milagros y le enseñó al pueblo cheyene la forma correcta de ser, igual que había hecho Jesús en la Biblia.
Nunca sabré muy bien cuál fue el motivo, pero Pratt nos llevó a una isla llamada Anastasia a pasar unas cuantas noches. Acampamos juntos allí y después de eso nos dejaron un tiempo para nosotros, para estar solos. Regresamos a la isla varias veces más y, al sentir la libertad de no ser vistos, cantamos viejas canciones y nos pintamos. Bailamos y recordamos. Salimos en botes a cazar tiburones y caimanes, comimos su carne dura y pulimos judías de mar, hicimos joyas, arcos y flechas, dibujamos en los libros de contabilidad que nos habían dado para dibujar, y todo ello se lo vendíamos luego a los blancos que iban a vernos. Había gente blanca que iba a observarnos cuando estábamos allí, igual que se habían acercado al tren cuando paramos en Indiana de camino a Florida, cuando decenas de miles, por lo visto, acudieron para ver a los prisioneros, indios de verdad en Indiana, para ver a esa raza en extinción de camino a su cautiverio final antes de desaparecer para siempre y convertirse en historia. Llegaban visitantes blancos desde todas partes para vernos. Y nosotros actuábamos.
Un día desafiaron a Bear Shield a que matara a un toro con un arco y una flecha montado a caballo. El reto tenía algo que ver con la tradición española de enfrentarse a un toro con un manto y una espada. Se lo veía tan inmenso en lo alto de ese caballo que pensé que iba a caerse, pero Bear Shield lo hizo todo tan deprisa y con tanta elegancia, mató al toro sin ningún problema y con una sola flecha, que me sentí orgulloso de él, aunque triste por el animal. Me quedé junto al toro muerto, que tenía la lengua fuera, y pensé que alguien debería volver a metérsela en la boca, o cortársela para comerla. La lengua estaba rica.
Esa fue la primera vez que actuamos haciendo el indio para los blancos. Algunos bailamos y tocamos tambores y cantamos, nos pintamos y nos pusimos plumas. Me fijé en que los blancos se reunían a nuestro alrededor con una extraña mezcla de repugnancia y asombro. Después, Pratt nos comparó con los espectáculos del salvaje Oeste de Buffalo Bill. Dijo que «le dábamos cien vueltas al Buffalo Bill del señor Cody». A esa le siguieron más actuaciones. Actuábamos haciendo de nosotros mismos, intentábamos parecer auténticos para darle veracidad al espectáculo. Como si la existencia estuviera en venta y nosotros hubiéramos vendido la nuestra. Incluso yo bailé una vez. Fingí saber algo que no sabía. No importaba lo que hiciera, los blancos no verían la diferencia. Al final, tampoco yo; parecía que ninguno de nosotros la veía.
Pratt nos entregaba parte del dinero de los espectáculos, y yo iba a la ciudad a comprar mangos y ostras. Compraba papel, pluma y tinta e incluso estuve a punto de empezar una carta para casa, como hacían algunos, antes de darme cuenta de que yo no tenía de eso ni nadie a quien escribirle, así que empecé a dibujar caballos y a vender los dibujos cuando podía.
Después de pasar más de un año en la prisión-fortaleza, justo cuando empezábamos a disfrutar de cierta sensación de libertad, Bear Shield y algunos kiowas tramaron un plan de fuga, pero alguien se lo contó a Pratt y nos pillaron antes de que pudiéramos intentarlo. Yo no había participado en la elaboración del plan porque, menos Bear Shield, todo el mundo creía que era imbécil. Cuando nos apresaron, Pratt solo nos hizo marchar encadenados por el patio durante horas a Bear Shield y a mí para quebrar nuestro espíritu. Cuando ya apenas nos teníamos en pie, sacó unas agujas y dijo que la medicina india era fuerte, pero que la medicina del hombre blanco lo era mucho más. Después de la inyección, empecé a notarme cada vez más débil hasta que me pareció abandonar mi cuerpo, como en sueños, o como si todo se disolviera en una pesadilla. De repente volvía a estar en Sand Creek. Creí ver unas delgadas piernas negras que bajaban de las nubes, pero comprendí que solo era la lluvia a lo lejos. Vi a vista de pájaro a los hombres borrachos arrastrándose hacia el campamento al amanecer. Allí había algo, grande como una montaña, que se cernía sobre la carnicería como si lo que estaba ocurriendo fuera una presa que hubiera cazado y se dispusiera a devorarla. Al verlo todo desde tan arriba como lo estaba viendo, parecía que a mi pueblo lo estuvieran masticando los cientos de balas disparadas con los cañones de montaña. Vi entonces a un hombre que llegaba desde el este y, cuando estuvo lo bastante cerca, supe que era Jesús. Abrió los brazos como si fueran alas y me envolvió en ellas, me elevó por encima de algo sobre lo que yo no sabía que podía elevarme, y juntos sobrevolamos brevemente un lugar, una pequeña gloria brillante y cálida que me hizo sentir más ligero de lo que jamás volvería a sentirme.
Desperté en el calabozo de la prisión-fortaleza. Tenía los labios agrietados y más sed que en toda mi vida. Llevaba años sin pensar en Sand Creek ni soñar con ello, lo había hundido por debajo incluso de la sangre. El Jesús del sueño se quedó en ese lugar profundo y sentí por él un amor tal como si fuéramos familia, y los ancestros, y los nonatos, todo a la vez.
Más adelante nos enteramos de que, cuando parecía que habíamos muerto, Pratt mandó que nos sacaran de allí en carretilla, y que estuvimos ausentes tres días. Pratt lo llamó ceremonia e intentó que pareciera que nos había traído de vuelta de entre los muertos, como Jesús con Lázaro en la Biblia.
Después de eso no hubo más intentos de fuga y Pratt se dio una prisa sospechosa en volver a confiar en nosotros. Supuse que creía en sus métodos y en el poder de la medicina del hombre blanco.
Empecé a imaginar qué haría yo de tener la oportunidad, qué le haría a Pratt, a cualquier blanco, de saber que podría salir impune, o incluso sabiendo que no; solo necesitaba una oportunidad, aprovechar el momento adecuado para hacer todo el daño que me pareciera que acallaría esa maldad que empezaba a hacerme girar tan deprisa como si quisiera volverme del revés, como si quisiera alcanzar todo el odio y la rabia y la tristeza que mantenía hundidos para lograr sobrevivir. Intenté volver a sumergirlo todo una vez más. Pensé en Jesús. Y luego en la aguja. Pensé en lo afilada que estaba al penetrar en mí, y entonces noté una punta que me salía por la espada justo por donde había entrado la bala, donde todavía tenía un bulto. Me llevé un dedo allí para tocarlo. Noté que del bulto salía algo, algo afilado. Pensé en lo que había dicho Jesús de un camello que pasaba por el ojo de una aguja para entrar en el reino de Dios. Tiré con los dedos de esa cosa que salía de mí y noté que empezaba a deslizarse fuera de mi cuerpo. No podía imaginar qué era lo que salía de mi interior, porque no era una aguja, y sin duda tampoco un camello. Entonces salió del todo y, antes de que pudiera comprobar qué era, me desmayé y al despertar más tarde no encontré nada.
Antes de que nos dejaran salir de la prisión-fortaleza, un hombre vino a medirnos la cabeza para hacernos máscaras, moldes de la cabeza con un líquido blanco. Las llamaba máscaras en vida. Quería comparar las cabezas de los indios con las de los blancos. Pensaba que, si las cabezas indias eran más pequeñas, eso podría explicar por qué éramos salvajes. Me quedé helado cuando ese líquido espeso se vertió sobre mí y me envolvió. Estaba frío, y luego caliente, y me apretó toda la cara. Me quedé quieto y entonces se agrietó. Tenía tubos metidos por la nariz para poder respirar. Me pregunté si con eso de la máscara en vida el hombre no se referiría a una muerte. Pensé que a lo mejor me estaba convirtiendo en un objeto que conservar. Pero una cabeza era algo vivo, una cara se movía y cambiaba todo el tiempo y, como en ese momento no podía mover la mía nada de nada, pensé que debía de ser una especie de muerte, una especie de conservación.
Aquel tipo dijo que también le haría una máscara en vida a Pratt, y Pratt se puso una mano en el pecho como si fuera un honor. Cuando me retiraron el molde de la cabeza, lo miré y me sentí orgulloso. Ahí estaba yo. Al tenerlas todas listas, ninguna de las cabezas parecía más pequeña que la de Pratt. De hecho, todas parecían más grandes que la suya. Medidlas, pensé entonces. Medidlas delante de nosotros.
La salida de la cárcel y, después, la documentación para tenernos controlados fue lo que me llevó hasta el nombre de Jude. Algunos de los otros indios se pusieron por nombre los de presidentes famosos de Estados Unidos. Uno se puso Richard Henry Pratt, así todo entero, y Bear Shield se puso Victor por un libro que había leído que se titulaba Frankenstein y que trataba sobre un monstruo creado por el hombre. Bear Shield me dijo que la mujer que había escrito aquel libro conocía a los indios. Que lo había entendido todo desde allá lejos, de donde era ella. Y que hacernos adoptar un nombre como el que ellos querían, hacer que nos convirtiéramos en la clase de personas que querían que fuéramos era lo mismo que el monstruo de esa mujer, lo mismo que ella le hacía hacer al doctor Victor Frankenstein en el libro, y que por eso había escogido él su nombre, porque era el propio Bear Shield quien creaba al monstruo al aceptar uno de sus nombres y vivir la vida que nos exigían los blancos como Pratt. Yo también había leído el libro. Me gustó que el monstruo aprendiera a hablar con el joven Felix y recordaba con mucha claridad un momento en que explicaba que apenas podía describir el efecto que tenía en él la lectura de ciertos libros. También yo me sentía así cuando leía. Qué actividad más apacible, y qué apacible me había vuelto yo, cómo parecía armonizar lo uno con lo otro y cómo me acercaba eso más aún a la lectura, a las palabras de la página, con qué fuerza podían resonar en mi cabeza, casi como si estuviera oyendo las palabras mientras las leía y, a veces, casi como si las estuviera pronunciando yo mismo.
Cuando me tocó a mí escoger nombre, fui a buscarlo a una biblia. No logré decidirme hasta llegar al penúltimo libro, después de encontrar el versículo de «Nubes sin agua, llevadas de acá para allá por los vientos; árboles otoñales, sin fruto, desarraigados y dos veces muertos». Ponerse esos nombres nuevos era un poco como volver a morir. Y también me sentía como una nube sin agua. Y sin fruto y desarraigado. Dos veces muerto. Todo ello. Era yo. El libro de Judas. Ni siquiera recordaba que el versículo que seguía a ese era uno que me había impresionado mucho al leerlo por primera vez, aquella primera ocasión en que había leído la Biblia de principio a fin, aquel verso sobre las estrellas errantes.
Me quedé con Star, estrella, de apellido, y escogí Jude como nombre de pila.
En el trayecto de tren de vuelta a Oklahoma vi huesos de búfalos apilados en montones tan altos como hombres a lo largo de kilómetros. Había oído decir que estaba ocurriendo. Las guerras de los Búfalos, lo llamaban. Había oído hablar sobre por qué lo hacían. Cada búfalo muerto era un indio menos. Pero ver todos esos cadáveres de búfalos amontonados así, y las bandadas de buitres y demás carroñeros que rondaban toda esa muerte en círculos, me afectó mucho, devoró lo poco que quedaba de mí y, aunque no podía apartar los ojos de esa visión, quise cerrarlos, no tener que seguir viendo el viejo mundo tan muerto antes de que desapareciera del todo.
En Florida, aunque en la prisión-fortaleza nos obligaron a ir a la iglesia y a renunciar a nuestras costumbres de manta, no me importó que se llevaran las mantas ni lo que creyeran que veneraba antes y que estaba tan mal.
Jamás me habría considerado cristiano, pero el libro de Dios, e incluso el hecho mismo de leer, había cambiado algo en mi interior, me había hecho creer en esa vida silenciosa a la que había nacido, o de la que había nacido, la mañana de la masacre. Llegué a amar la Biblia, y solo en mi fuero interno me resultaba sospechoso que la Biblia en sí no apareciera mencionada en ella. Daba la impresión de que el Libro y el acto de leerlo era una parte fundamental de sus costumbres, pero no salía en él. Aunque el primer libro sí decía que el verbo estaba en el principio de la creación misma, y que el verbo era con Dios, y que el verbo era Dios. Sentía que podía pasarme la vida entera leyendo, sacando cada vez más entendimiento de las palabras, de los libros.
Había muchísimos libros más, muchísimas clases de libros y escritores de libros más aparte de la Biblia, y por suerte la mujer de Pratt, Anna Laura, nos animaba a leerlos para ampliar nuestro conocimiento de la lengua inglesa. Nos daba libros como Moby Dick y Las aventuras de Huckleberry Finn, además del del monstruo que tanto le gustaba a Bear Shield, y poesía de un hombre llamado Walt Whitman, que estaba convencido de haber escrito una especie de biblia a la que llamaba Hojas de hierba, que a mí no me agradó en especial, aunque siempre recordaba un verso: «Esto no es un libro, quien toca esto toca a un hombre»,1 porque había empezado a pensar en los libros como en seres vivos. Como cosas en sí mismas, ya estuvieran escritos por un sinfín de personas un sinfín de años atrás, o hacía muy poco por un extraño anciano blanco, para mí los libros en sí eran vidas independientes, distintos de los cuerpos y las mentes de quienes los habían creado. También yo deseaba escribir uno. Empecé a usar el papel de los libros de contabilidad en los que había dibujado para anotar cosas que parecían ir camino de figurar en un libro algún día.
En Oklahoma, Jesús acudía a mí en sueños, siempre vestido de blanco. En una ocasión era un revisor de tren con una larga barba hecha de espino, y en lo alto de la cabeza llevaba una corona de rosas. En el sueño todo olía mal, sobre todo Jesús, todo el hedor procedía de Jesús. Olía a putrefacción, a muerte, como si haber estado muerto esos tres días le hubiera hecho descomponerse. En otra ocasión, Jesús me llevó a la guarida del león, y dentro de la guarida vivían unos perros enloquecidos que se creían leones, y Jesús me dejó con los perros y cerró la entrada de la guarida haciendo rodar una gran roca. Hasta que en cierto momento también yo me convertí en un perro que creía ser león.
Veía que otros indios se estaban haciendo cristianos, hablaban de Jesús en sus conversaciones e iban a la iglesia los domingos. Yo al principio solo iba de vez en cuando, y solo porque también iban otros indios a los que conocía. Solo para ver cómo me sentiría. Cuando me di a la bebida, en cambio, ir a la iglesia los domingos empezó a ser imprescindible.
Si me di a la bebida fue por pura casualidad o, para el que creyera en esas cosas, como yo, fue el destino. Había salido con la yegua sin ninguna intención más que la de sentir el ritmo de los cascos en el pecho y notar el aire rozándome el rostro cuando el viento soplaba o cuando el animal apretaba el paso, y me topé con un desbarajuste de cadáveres y carromatos, varios caballos muertos y unos cuantos barriles que se habían caído de un carro. Parecía un asalto que había salido mal o alguna clase de percance similar. Uno de los caballos seguía con vida y su carromato estaba en condiciones lo bastante buenas para que me lo llevara a casa, así que eso hice, sin saber todavía qué contenían los barriles.
Durante mucho tiempo se quedaron en el sótano, donde los descargué al llegar. Allí se bajaba si había un tornado cerca. Seguí arando la tierra y trabajando con los animales el día entero, desde la salida hasta la puesta del sol. Para ganarme la vida, como solía decirse. El objetivo desde que había salido de la prisión-fortaleza y estaba en Oklahoma había sido vivir como un hombre blanco, tal como Pratt quería que hiciéramos, y, aunque me hubiera gustado probar a vivir en Hampton o en cualquier otra escuela que me aceptara, como no hablaba, aunque seguramente sabía leer y escribir mejor que ninguno de los demás los prisioneros, enfermo de silencio como estaba, condenado a callar, apenas me consideraban más que alguien de quien compadecerse.
Antes de que me concedieran una adjudicación de terreno en 1887, había trabajado deslomándome para cualquiera que intentara hacer algo con las parcelas que nos habían dado en nuestro territorio indio, Oklahoma, una tierra india con la que poner fin a esa tierra india mayor, ya por entonces demasiado saqueada y ocupada para volver a parecerse nunca a lo que fuera una vez. Pasé años trabajando como callado mozo de labranza para cualquiera que quisiera aceptarme solo con que me ofreciera comida y algo de dinero, o incluso a cambio de nada, solo por tener a otros cheyenes cerca. A veces estaba bien, incluso era bueno; pasar penalidades juntos no resultaba tan horrible como si las hubiera pasado solo.
Y entonces me adjudicaron un terreno. Sesenta y cinco hectáreas es mucha tierra, lo cual es mucha soledad si estás solo. A partir de ese momento fue cosa mía intentar sembrar y mantener unos cultivos que luego pudiera cosechar para comer o hacer trueque o vender. Fue entonces cuando encontré esos barriles.
Una noche creí oír algo en el sótano. En aquella época tenía un poco de cereal almacenado ahí abajo y me preocupó que hubiera entrado un animal, así que bajé con un farol para ahuyentar a la bestia. Pero no había ningún animal. Fue como si los barriles hicieran barullo. Por la contrapuerta entraba la luz azul de la luna y noté un poco de viento a mi espalda. Intenté abrir un barril, pero no pude. Por fin conseguí arrancar una tapa con una pala. El olor que salió cuando lo abrí me dio la sensación de quemarme el interior de la nariz. Sabía lo que era. Tal vez lo había sabido desde el principio. ¿Qué otra clase de líquido, porque había oído que era líquido lo que se agitaba ahí dentro, habría intentado robar nadie? En el rincón tenía un cubo con un tazón que usaba para sacar agua del pozo. Metí el tazón y di un trago y lo escupí enseguida, pero luego volví a probarlo y me obligué a tragar. Después bebí un poco más. Y algo más después de eso. Y de golpe un montón. Quería ver qué hacía conmigo. Había oído hablar de la borrachera, por supuesto, había visto a hombres borrachos, blancos e indios por igual. Quería ver qué hacía conmigo, cómo era sentirse así. Y no fue como pensaba. En absoluto. Tosí y tuve arcadas y luego, cuando ya creía que iba a vomitar, oí llegar mi voz. Empezó con la tos y las arcadas, pero luego, cuando oí que venía, intenté que mi voz no parara. Notaba la cabeza ligera y como si me hubieran quitado un peso de alguna otra parte del cuerpo, un peso escondido en algún lugar del que no había sabido cómo sacarlo porque no sabía dónde lo había escondido. Un lugar dentro de mí que no podía encontrar porque no sabía dónde buscar. Y entonces pronuncié estas palabras: «No figura en ningún mapa: los lugares verdaderos nunca figuran en ellos».2 Era de Moby Dick. Fue la primera vez que hablé en inglés. Pero ¿cómo había sido capaz de producir esos sonidos? Si solo había leído esa lengua en mi cabeza, si había estado tanto tiempo sin voz… Tuve que preguntarme si de verdad había hablado. Pero, al llegar la mañana, cuando desperté y oí los pájaros, descubrí que sí podía hablar. Primero tosí, y sentí náuseas a causa de la bebida, pero hablé, dije mi propio nombre. Noté como si tuviera la voz cansada, como si hubiera estado hablando toda la noche conmigo mismo ahí abajo, en el refugio para tormentas, junto a esos barriles. Pero entonces, en la primera ocasión que tuve de hablar con Bear Shield, a quien fui a ver más tarde ese día, descubrí que no era capaz y volví a lo que había hecho siempre, que era estarme callado o, si lo necesitaba, escribir en la libreta que llevaba siempre una pregunta o una respuesta si requería algo más que gestos de la mano o un sí o un no con la cabeza.
Regresé a la bebida esa noche para intentar recrear lo ocurrido. No funcionó. La bebida se convirtió en un hábito nocturno. Y luego en un hábito nocturno y diurno en el que pronto empecé a pensar como en un problema. Y luego en un problema que sabía que no podría solucionar, aunque tampoco quería hacerlo.
Descubrí que los días después de haber bebido más aún de lo habitual, lo cual solía ser los sábados por la noche, percibía con mayor intensidad y me atraía escuchar a la gente hablar de Dios. La sensación de la borrachera aún presente hacía que todo pareciera desatado, desatado y sin peso, como una nube sin lluvia impulsada por el viento. Dejaba que el sermón, las palabras pronunciadas en el oficio religioso, dejaba que significaran lo que mi mente y mi corazón hicieran de ellas, ahí, entre todo lo demás, sin duda borracho todavía, pero algo más que borracho.
La iglesia más cercana a mi terreno era menonita. Un domingo, al salir temprano del culto, vi una yegua amarrada lejos de donde los demás habían amarrado sus caballos. El animal me recordó a aquella yegua de antes, en la que pensaba como en mi aliento después de la masacre. Le cambié la silla por la mía, me llevé la yegua y dejé mi caballo en su lugar, y después de eso me mantuve alejado de los menonitas porque pretendía quedarme con ella, sentía que de alguna manera podía expiar lo que le había hecho a aquella otra yegua cuidando de esta.
La llamé Iglesia, y pensaba en ella como en mi segundo aliento. La idea la saqué de Pratt, que decía que nuestro tiempo en la prisión-fortaleza era nuestra segunda oportunidad y que, una vez hubiéramos superado lo más difícil, la disciplina, y hubiéramos aprendido a caminar por primera vez en inglés, de la mano del Señor, aprendido a vivir junto a cristianos fervientes, con reglamentos y disciplina, que si podíamos soportarlo, sería como recibir un segundo aliento y descubriríamos que podíamos llegar mucho más lejos en la vida de lo que jamás habíamos creído posible. A mí no me importaba mucho lo que Pratt nos creyera capaces de lograr, más bien me había quedado con la idea de recibir un segundo aliento: que, si lograbas superar lo que parecía más duro, conseguías más, y que en algún lugar del cuerpo residía la capacidad de seguir adelante aunque diera la sensación de que ya no podías continuar, que había una reserva de fuerza y energía, para aguantar, que se cobraba un peaje pero no acababa contigo; que podías guardar una parte de ti, oculta incluso de ti mismo, en un lugar verdadero, para cuando más lo necesitaras. Creer en ello te daba la fuerza suficiente para hacerlo realidad.
Cada vez que tenía la ocasión de hablar para ver si de verdad había recuperado la voz y no lo había soñado estando borracho, no era capaz de usarla, no era capaz de invocarla para decir nada. Así fueron las cosas hasta que un domingo por la mañana cambiaron. Oí que había una iglesia nueva a la que simplemente llamaban la Iglesia Nueva. Oí que indios y blancos rezaban juntos en ella.
Desde el fondo de la iglesia abarrotada vi a una mujer que estaba en la parte de delante. No sé por qué me llamó tanto la atención, pero fue como si tuviera que conocerla. Jamás había sentido eso por una mujer. Tenía los brazos levantados en el aire, hablaba en una lengua que ni ella misma parecía conocer. Sus brazos subían cada vez más arriba mientras el pastor no dejaba de exclamar alabemos al Señor, alabemos al Señor, cada vez más alto.
También había otros indios, nadie a quien conociera, pero parecían fervorosos, con las manos bajadas, los ojos cerrados con fuerza y las palmas abiertas como diciendo: aquí me tienes, llévame contigo.
Después del culto oí a un anciano indio decir que en la parte de delante se obraban milagros. La gente se curaba de toda clase de cosas, hablaban en lenguas extrañas y entraban en comunión con el Señor. Decidí que la siguiente vez que fuera me acercaría más. Y, cuando llegó ese domingo, aquella mujer volvía a estar allí, a un par de personas de mí, y era cierto que rezaban por la gente con más fuerza de lo que había visto rezar nunca, se tocaban la frente y gritaban el nombre de Jesús de tal manera que hasta yo llegué a sentirlo en la columna. Cuando el pastor se acercó a mí, ya sabía lo que iba a pedirle, por qué iba a rezar.
De modo que el pastor rezó y la gente empezó a dar vueltas a mi alrededor rezando por que recuperara la voz. El hombre llegó incluso a tocarme la garganta y, cuando lo hizo, exclamé un «Alabado sea Jesús» y tosí tan fuerte que me entraron arcadas. «Alabado sea el Señor», dije con una voz ronca, apenas más que un susurro, y a mi alrededor todo el mundo, incluso la mujer cuya atención tantísimo deseaba, enloqueció en amenes y aleluyas.
