Ni aquí ni allí (AdN) - Tommy Orange - E-Book

Ni aquí ni allí (AdN) E-Book

Tommy Orange

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Beschreibung

Estamos ante una voz que nunca hemos escuchado, una voz llena de poesía y de rabia, que estalla en la página con un apremio y una fuerza asombrosos. Una novela que sorprende por su forma de abordar una Historia compleja y dolorosa, un legado de belleza y de una profunda espiritualidad, así como la plaga de adición, maltrato y suicidio entre los nativos americanos. "Ni aquí ni allí" es un relato intergeneracional con un ritmo implacable sobre la violencia y la superación, la memoria y la identidad, la belleza y la desesperación incrustadas en la historia de una nación y su pueblo. Cuenta la historia de doce nativos americanos, cada uno con una razón personal para ir al gran "powwow" de Oakland. Jacquie Red Featehr hace poco que ha dejado el alcohol y está intentando recuperar a la familia a la que, para su vergüenza, abandonó. Dene Oxendene está reconstruyendo su vida después de la muerte de su tío y va a trabajar en el "powwow" para honrar su memoria. Opal Viola Victoria Bear Shield ha ido a ver bailar a su sobrino Orvil, que ha aprendido danzas tradicionales indias viendo vídeos en YouTube y en esta reunión será la primera vez que baile en público. Allí vivirán una gloriosa comunión y un espectáculo de tradición sagrada y gran boato. Y también vivirán el sacrificio, el heroísmo y una sensación de pérdida inenarrable.

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Veröffentlichungsjahr: 2018

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Índice

Prólogo

Primera parte. Remanente

Tony Loneman

Dene Oxendene

Opal Viola Victoria Bear Shield

Edwin Black

Segunda parte. Reclamo

Bill Davis

Calvin Johnson

Jacquie Red Feather

Orvil Red Feather

Interludio

Tony Loneman

Calvin Johnson

Dene Oxendene

Jacquie Red Feather

Tercera parte. Regreso

Opal Viola Victoria Bear Shield

Octavio Gomez

Daniel Gonzales

Blue

Thomas Frank

Cuarta parte. Powwow

Orvil Red Feather

Tony Loneman

Blue

Dene Oxendene

Opal Viola Victoria Bear Shield

Edwin Black

Calvin Johnson

Daniel Gonzales

Jacquie Red Feather

Octavio Gomez

Edwin Black

Thomas Frank

Loother y Lony

Daniel Gonzales

Blue

Dene Oxendene

Orvil Red Feather

Calvin Johnson

Thomas Frank

Bill Davis

Opal Viola Victoria Bear Shield

Jacquie Red Feather

Blue

Opal Viola Victoria Bear Shield

Tony Loneman

Agradecimientos

Algunas pocas palabras claves y algunas claves en pocas palabras

Créditos

Para Kateri y Felix

Prólogo

En los tiempos oscuros¿se cantará también entonces?—También entonces se ha de cantar.Sobre los tiempos de tiniebla.

BERTOLT BRECHT1

CABEZA INDIA

Había una cabeza india, la cabeza de un indio, el dibujo de la cabeza de un indio con el pelo largo y un penacho de plumas que dibujó un artista desconocido en 1939 y que estuvo apareciendo hasta finales de la década de 1970 en los televisores de todo el país cuando se quedaban sin programas. Se llamaba la carta de ajuste de la cabeza india. Si dejabas la tele encendida, oías un tono a 440 hercios —el que se utiliza para afinar instrumentos— y veías a ese indio, rodeado de círculos que parecían las miras de una escopeta. En medio de la pantalla había algo parecido a una diana, con números que podían ser coordenadas. La cabeza del indio estaba justo encima de la diana, como si lo único que tuvieras que hacer fuera asentir alzando la barbilla para apuntar la mira al blanco. Era solo una cuestión de ajuste.

En 1621 los colonos invitaron a un banquete a Massasoit, el jefe de los wampanoags, para celebrar el tratado al que habían llegado sobre unas tierras. Massasoit acudió con noventa de sus hombres. Esa comida y no otra es la razón por la que aún hoy nos juntamos para comer en noviembre, para celebrarlo como una nación. Pero aquello no fue una comida de acción de gracias, fue una comida para cerrar un tratado. Dos años más tarde hubo otra comida similar que pretendía simbolizar la amistad eterna. Esa noche doscientos indios cayeron fulminados por culpa de un veneno desconocido.

Para cuando el hijo de Massasoit, Metacomet, se convirtió en jefe, los indios y los Peregrinos ya no se reunían para comer. Metacomet, conocido también como Rey Felipe, se vio obligado a firmar un tratado de paz por el que entregaba todas las armas indias. Ahorcaron a tres de sus hombres. Es muy probable, por decirlo suavemente, que su hermano Wamsutta fuera envenenado después de que la corte de Plymouth lo convocara y lo apresara. La suma de todo esto llevó a la primera guerra india oficial, la primera guerra contra los indios, la guerra del Rey Felipe. Al cabo de tres años, la contienda había acabado y Metacomet había huido. Hasta que lo capturaron Benjamin Church, el capitán de los rangers primigenios, y un indio que se hacía llamar John Alderman. Metacomet fue decapitado y desmembrado; descuartizado, para ser más exactos. Colgaron las cuatro partes de su cuerpo en árboles de las inmediaciones para que los pájaros las picotearan libremente. Alderman fue obsequiado con la mano de Metacomet, que guardó en un bote con ron y llevó con él durante años (cobrando a la gente por verla). La cabeza de Metacomet se vendió en la colonia de Plymouth por treinta chelines (el precio vigente por cabeza de indio en aquella época). La ensartaron en una pica y la procesionaron por las calles de Plymouth, para más tarde quedar expuesta en el fuerte de la colonia durante veinticinco años.

En 1673 entre cuatrocientos y setecientos pequots se reunieron para el baile anual del Maíz Verde. Los colonos rodearon su poblado, le prendieron fuego y dispararon a todo pequot que intentó huir. Al día siguiente la colonia de la bahía de Massachusetts lo celebró con un banquete, y el gobernador lo declaró día de acción de gracias. Se celebraron acciones de gracias de este tipo por doquier, siempre que se daba lo que es de justicia llamar «matanzas triunfales». Al parecer, en una de estas celebraciones en Manhattan la gente lo festejó pateando cabezas de pequots por las calles como si fueran balones de fútbol.

La primera novela de un nativo, y la primera escrita en California, en 1854, es obra de un cheroqui llamado John Rollin Ridge. Su Vida y aventuras de Joaquín Murrieta está basada en un bandido mexicano que era conocido por ese nombre y que, al parecer, vivió realmente en California, hasta que en 1853 fue asesinado por un grupo de rangers de Texas. Para demostrar que lo habían matado y poder cobrar la recompensa de cinco mil dólares por su cabeza, se la cortaron. La conservaron en un bote con whisky. También se quedaron con la mano de su compinche, Jack Tres Dedos. Los rangers se llevaron la cabeza de Murrieta y la mano de Jack de gira por California y fueron cobrando un dólar de entrada por el espectáculo.

La cabeza india en el bote, la cabeza india en una pica, eran como banderas izadas, para ser vistas y proyectadas a lo largo y ancho. Al igual que la cabeza india de la carta de ajuste que nos proyectaban a los estadounidenses dormidos mientras zarpábamos desde nuestros salones, a través de las resplandecientes ondas hercianas color mar azul verdoso, hasta las orillas, las pantallas del Nuevo Mundo.

CABEZA RODANTE

Existe un viejo cuento cheyene sobre una cabeza rodante. Oímos contar que hubo una familia que se mudó del campamento donde vivía para ir a instalarse al lado de un lago, padre, madre, hija e hijo. Por la mañana, cuando acababa su danza, el padre le cepillaba el pelo a su mujer y le pintaba la cara de rojo antes de irse a cazar. Cuando volvía, ella tenía la cara limpia. Después de que esto ocurriera varias veces, decidió seguirla y esconderse, ver qué hacía mientras él no estaba. Se la encontró en el lago, con un monstruo acuático, una especie de serpiente, enroscado en un abrazo a su alrededor. El hombre cortó en pedazos al monstruo y mató a su mujer. Luego les llevó la carne a sus hijos, que notaron que sabía distinta. El hijo, que seguía tomando pecho, dijo: «Sabe igual que mi madre». Su hermana mayor le dijo que no era más que carne de ciervo. Mientras comían, entró rodando una cabeza. Salieron corriendo y la cabeza los siguió. La hermana se acordó del sitio donde jugaban, lo gruesos que eran allí los espinos y, con sus palabras, hizo que los arbustos cobraran vida tras ellos. Pero la cabeza se abrió paso y siguió avanzando. La niña recordó entonces un sitio donde había rocas apiladas en montones intrincados. Las rocas aparecieron cuando habló de ellas, pero, como no consiguieron detener la cabeza, tuvo que marcar una línea muy profunda en el suelo, originando una honda grieta que la cabeza no pudo saltar. Sin embargo, después de que la lluvia arreciara durante días, la grieta se llenó de agua. La cabeza la vadeó y, al llegar al otro lado, se dio la vuelta y se bebió toda el agua. La cabeza rodante se sumió en una gran confusión y se emborrachó. Quería más. Más de cualquier cosa. Más de todo. Y siguió rodando sin más.

Pasando a otra cosa, algo que debemos tener presente es que nadie hizo rodar cabezas por escaleras de templos. Eso se lo inventó Mel Gibson. Pero los que vimos la película seguimos viendo esas cabezas rodando por escaleras de templos en un mundo que pretendía recrear la verdadera realidad amerindia del México del siglo XVI. A los mexicanos antes de ser mexicanos, antes de que llegaran los españoles.

Todo el que ha querido nos ha definido a su manera, y seguimos padeciendo difamaciones a pesar de lo fácil que resulta consultar por internet datos sobre la realidad de nuestras Historias y sobre nuestra realidad actual como pueblo. Está la típica silueta del indio derrotado y triste, están las cabezas rodando por escaleras de templos, está todo en nuestra cabeza, Kevin Costner salvándonos, John Wayne matándonos a tiros con su Peacemaker, un italiano llamado Iron Eyes Cody haciendo de nosotros en el cine. Tenemos al indio con la cara surcada de lágrimas de la campaña de Keep America Beautiful (también Iron Eyes Cody), y al indio loco estrellalavabos que era el narrador de Alguien voló sobre el nido del cuco, la voz de la novela. Tenemos todos esos logos y distintivos de los equipos. La copia de una copia de la imagen de un indio en un libro de texto. Desde la punta norte de Canadá, la punta de Alaska, hasta el extremo más meridional de Sudamérica, a los indios nos quitaron de en medio y luego nos redujeron a una imagen con plumas. Nuestras cabezas están en banderas, sudaderas y monedas. Estuvimos primero en los peniques —cómo no, el céntimo indio— y luego en el níquel del búfalo, ambos antes incluso de que nos reconocieran el derecho a votar como pueblo. Ahora, como la propia verdad de todo lo ocurrido en la Historia mundial, y toda la sangre derramada en matanzas, están fuera de circulación.

LA MATANZA COMO PRÓLOGO

Algunos crecimos con relatos de matanzas; relatos sobre qué le pasó a nuestro pueblo no hace tanto, sobre cómo logramos recuperarnos de eso. Oímos contar que en Sand Creek nos segaron con sus obuses. Una milicia de voluntarios al mando del coronel John Chivington vino decidida a matarnos: éramos sobre todo mujeres, niños y ancianos. Los hombres estaban cazando. Nos dijeron que izáramos la bandera americana. La izamos e izamos también una bandera blanca. Rendición, decía en su ondear la bandera blanca. Los esperamos bajo ambas banderas mientras venían hacia nosotros. Hicieron mucho más que matarnos: nos desgarraron, nos mutilaron, nos partieron los dedos para quitarnos los anillos, nos cortaron las orejas para quedarse con nuestra plata, nos arrancaron la cabellera. Nos escondimos en los huecos de los troncos, nos enterramos en la arena de la orilla de los ríos. La sangre corrió por esa misma arena. Nos arrancaron a bebés nonatos de nuestras barrigas, nos quitaron lo que pretendíamos ser, nuestros hijos antes de ser hijos, nuestros bebés antes de ser bebés, nos los arrancaron de las entrañas. Partieron blandas cabezas de bebé contra árboles. Después se llevaron partes de nuestros cuerpos como trofeos y los expusieron en un escenario en el centro de Denver. El coronel Chivington bailó con extremidades nuestras en sus manos, con vello púbico de mujeres, borracho, bailó, y el gentío que se congregó ante él tenía si cabe más delito, por jalearlo y reír con él. Era una fiesta.

DURO, RÁPIDO

En teoría, llevarnos a las ciudades iba a ser el último paso necesario en nuestra asimilación, absorción, borrado, la culminación de una campaña genocida de quinientos años. Pero la ciudad nos renovó y nosotros la hicimos nuestra. No nos perdimos entre el desbarajuste de edificios altos, la corriente de caras anónimas, el incesante ruido del tráfico. Nos encontramos los unos a los otros, fundamos nuestros centros indios, hicimos florecer nuestras familias y nuestros powwows*2, nuestras danzas, nuestras canciones, nuestras labores de abalorios. Compramos y alquilamos casas, dormimos en las calles, bajo los puentes de las autovías; estudiamos, nos enrolamos en las fuerzas armadas, poblamos los bares indios del Fruitvale en Oakland y de The Mission en San Francisco. Vivimos en poblados de vagones en Richmond. Hicimos arte e hicimos hijos e hicimos sitio para que nuestro pueblo fuera y viniera entre la reserva y la ciudad. No nos mudamos a las ciudades para morir. Las aceras y las calzadas, el cemento, absorbieron nuestra opresión. El cristal, el metal, el caucho y los cables, la velocidad, las avalanchas de gente: la ciudad nos acogió. Por entonces no éramos indios urbanos. Fue parte de la Ley de Recolocación de Indios*, que formaba parte a su vez de la política de Terminación de Indios*, que era y es justo lo que su propio nombre indica: hacerlos parecer y actuar como nosotros, que se conviertan en nosotros y desaparezcan del todo. Pero no todo fue de esa manera. Muchos fuimos por elección propia, para empezar de cero, para ganar dinero o para vivir una experiencia nueva. Algunos fuimos a las ciudades para escapar de las reservas. Nos quedamos después de luchar en la Segunda Guerra Mundial, y también en Vietnam. Nos quedamos porque la ciudad suena igual que una guerra y, una vez que has estado en una, ya no puedes irte de la guerra, solo puedes mantenerla a cierta distancia; y eso es más fácil cuando la tienes cerca, para verla y oírla, el metal rápido, los tiroteos constantes a tu alrededor, los coches yendo y viniendo como balas por calles y circunvalaciones. La tranquilidad de la reserva, los poblados a los lados de la carretera, las comunidades rurales, esa clase de silencio solo hace que el sonido de tu cerebro encendido resuene mucho más.

Ahora muchos somos urbanos. Si no porque vivimos en ciudades, porque vivimos en internet. Dentro de la torre rascacielos con infinidad de ventanas de navegador. Solían llamarnos indios de acera. Nos llamaron urbanitas, superficiales, falsos, refugiados sin cultura, manzanas. Las manzanas son rojas por fuera y blancas por dentro. Pero lo que somos es lo que nuestros antepasados hicieron, cómo sobrevivieron. Somos los recuerdos que no recordamos, que viven en nosotros, que sentimos, que nos hacen cantar, bailar y rezar como lo hacemos, sentimientos derivados de recuerdos que llamean y florecen inesperadamente en nuestras vidas, como la sangre que atraviesa una manta desde una herida provocada por una bala descargada por un hombre que nos dispara por detrás para arrancarnos la cabellera, la cabeza, por una recompensa o simplemente para librarse de nosotros.

La primera vez que vinieron a por nosotros con sus balas, no paramos de movernos a pesar de que la velocidad de esas balas doblaba la de nuestros gritos, ni siquiera cuando nos partieron la piel con su calor y su velocidad, cuando nos hicieron añicos los huesos, los cráneos, nos agujerearon los corazones, ni siquiera entonces paramos nosotros de seguir adelante, incluso después de ver cómo las balas hacían ondear nuestros cuerpos en el aire como banderas, como las muchas banderas y edificios que se levantaron en lugar de todo por lo que antes reconocíamos esta tierra como tierra. Las balas fueron premoniciones, espectros de sueños de un futuro duro, rápido. Las balas siguieron avanzando después de avanzar a través de nosotros, se convirtieron en la promesa de lo que estaba por venir, la velocidad y la matanza, las líneas duras, rápidas, de fronteras y edificios. Lo cogieron todo y lo desmenuzaron hasta convertirlo en un polvo más fino que la pólvora, pegaron tiros al aire para celebrar sus victorias y esas balas perdidas salieron volando hasta la nada de las Historias mal escritas y pensadas para ser olvidadas. Las balas perdidas y sus consecuencias aún siguen aterrizando sobre nuestros cuerpos ingenuos.

URBANIDAD

Los indios urbanos han sido la generación nacida en la ciudad. Hemos estado desplazándonos durante mucho tiempo, pero la tierra se desplaza contigo como la memoria. Un indio urbano pertenece a la ciudad, y las ciudades pertenecen a la tierra. En este mundo todo se conforma en relación con el resto de seres vivientes y no vivientes de la tierra; todas nuestras relaciones. El proceso que da a toda cosa su forma actual —químico, sintético, tecnológico o de otro tipo— no impide que el resultado siga siendo un producto de la tierra viva. Edificios, circunvalaciones, coches: ¿no son de la tierra? ¿Los han traído desde Marte, desde la luna? ¿Es porque han sido procesados, manufacturados, o porque los manipulamos? ¿Tan distintos somos nosotros? ¿Acaso no fuimos en otro tiempo algo completamente diferente, Homo sapiens, organismos unicelulares, polvo espacial, teoría cuántica indeterminada previa al Big Bang? Las ciudades se forman de la misma manera que las galaxias. Los indios urbanos se sienten como en casa cuando caminan a la sombra de un edificio del centro. Hemos acabado conociendo el perfil del centro de Oakland mejor que cualquier cordillera sagrada, los bosques de secuoyas rojas de las colinas de Oakland mejor que cualquier otro bosque más salvaje y frondoso. Conocemos el sonido de las autovías mejor que el de los ríos, el aullido de los trenes lejanos mejor que los aullidos de los lobos, conocemos el olor a la gasolina y al cemento recién echado o la goma quemada mejor que el de las tuyas gigantes, la salvia o incluso el pan frito con manteca, que nada tiene de tradicional, de la misma manera que las reservas no son tradición. Pero nada es original, todo viene de algo que vino antes, que una vez no era nada. Todo es nuevo y está condenado. Cabalgamos en autobuses, trenes y coches por, sobre y bajo llanuras de cemento. Ser indio nunca ha tenido que ver con regresar a la tierra. La tierra está en todas partes y en ninguna.

1 De “Poemas de Svendborg” en traducción de José de la Calle. Cuadernos hispanoamericanos, núm. 203 (noviembre 1966), pp. 354-369.

2* Los lectores encontrarán al final del libro «Algunas pocas palabras clave y unas claves en pocas palabras» con una breve relación de términos, marcados en el texto mediante asteriscos, que pretenden aclarar algunos conceptos con los que los lectores del original podrían estar más familiarizados que los de la traducción española (N. de la T.).

Primera parte

Remanente

¿Cómo puedo no conocer hoy tu rostro mañana, el que ya está o se fragua bajo la cara que enseñas o bajo la careta que llevas, y que me mostrarás tan solo cuando no lo espere?

JAVIER MARÍAS1

1 De Tu rostro mañana. 1. Fiebre y lanza, Madrid, Alfaguara, 2002 (N. de la T.).

Tony Loneman

El Sindro se me apareció por primera vez en el espejo cuando tenía seis años. Ese mismo día mi amigo Mario, colgado de las barras del columpio que había en el patio, me había dicho: «¿Por qué tienes esa cara?».

No recuerdo qué hice, y sigo sin saberlo. Me acuerdo de los manchurrones de sangre en el metal y el sabor a metal en la boca. Recuerdo a mi abuela Maxine zarandeándome por los hombros en el pasillo delante del despacho del director, yo con los ojos cerrados y ella con el pss ese suyo que me suelta siempre que intento explicarme cuando es mejor que me calle. Recuerdo que iba tirándome del brazo como nunca me había tirado, y luego el silencio en el coche, de vuelta a casa.

Cuando llegamos, delante del televisor, antes de encenderlo, vi mi cara en el reflejo negro. Era la primera vez que la veía, mi propia cara, como la veían todos los demás. Cuando le pregunté a Maxine, me contó que mi madre se había dado a la bebida mientras me tenía dentro, me contó muy pero que muy lentamente que yo tenía Síndrome Alcohólico Fetal. Lo único que le oí decir fue «Sindro», y luego volví a plantarme delante del televisor apagado y me quedé mirándola, a mi cara ocupando toda la pantalla. El Sindro. Intenté recuperar aquella cara que había descubierto allí, que volviera a ser mía, pero no lo conseguí.

La mayoría de la gente no tiene que pensar qué significa o deja de significar su cara como tengo que hacer yo. La cara que te devuelve el espejo, el reflejo, la gente ya no sabe ni cómo la tiene. Esa cosa por delante de la cabeza, eso, eso no lo verás nunca, igual que nunca vas a ver tu propio globo ocular con tu propio globo ocular, igual que nunca olerás qué olor tienes... Yo sí, yo sé qué cara tengo. Sé lo que significa. Tengo los ojos caídos como si fuera puesto, como si estuviera ciego, y la boca me cuelga medio abierta todo el tiempo. Hay demasiado espacio entre cada parte de mi cara: ojos, nariz, boca, desperdigados como si un borracho los hubiera derramado allí al ir a coger otra copa. La gente se me queda mirando y luego aparta la vista cuando ve que estoy viendo que me miran. Eso también es por el Sindro. Mi fuerza y mi maldición. El Sindro es mi madre y por qué bebía, es la forma en que la Historia va a parar a una cara, y todas las formas en que he sobrevivido hasta ahora a pesar de la mierda de vida que he tenido desde el día en que la descubrí ahí en el televisor, sosteniéndome la mirada como un puto villano, un malo de película.

Ya he cumplido los veintiuno, o sea, que si quiero, puedo beber. Pero paso. Yo lo veo así, ya bastante tomé cuando era un crío en la barriga de mi madre. Emborracharse ahí metido, un puto bebé borracho, o ni eso, un renacuajo de mierda, atado a un cordón, flotando en una barriga.

Me dijeron que soy medio tonto. No así, no me dijeron eso, pero el caso es que no aprobé el test de inteligencia. El percentil más bajo. El último peldaño. Mi amiga Karen me contó que hay muchas clases de inteligencia. Es la terapeuta a la que todavía sigo viendo una vez por semana en el Centro Indio (al principio iba obligado, me mandaron después del incidente con Mario en la guardería). Karen me dijo que no le dé importancia a lo que intentan decirme sobre mi inteligencia. Me explicó que los que tenemos SAF estamos en un espectro con muchos grados de inteligencia, que los test de inteligencia son tendenciosos, y que yo tengo una intuición muy potente y mucha sabiduría callejera, que soy listo para lo que importa, cosa que yo ya sabía, aunque es verdad que me gustó que me lo dijera, como si realmente no lo supiera hasta que ella lo dijo con esas palabras.

Soy listo, más o menos: sé lo que está pensando la gente. Lo que quieren decir cuando dicen que se refieren a otra cosa. El Sindro me ha enseñado a mirar más allá de la primera mirada que te echa la gente, a buscar la otra, la que hay justo detrás. Lo único que tienes que hacer es esperar un segundo más de lo normal y la puedes pillar, ves lo que están pensando ahí detrás. Sé cuando alguien está vendiendo cerca de mí. Me conozco bien Oakland. Sé distinguir cuándo va a venir alguien a vacilarme, en plan cuándo es mejor cruzar la calle y mirar al suelo y seguir andando. También sé distinguir a un cagado. Eso es fácil, lo llevan encima como si tuvieran un cartel en las manos diciendo: «Ven a por mí». Me miran como si ya hubiera hecho alguna movida, así que, ya puestos, podría hacer esa movida por la que me están mirando de esa manera.

Maxine me dijo que soy un hombre-medicina*. Me contó que no hay mucha gente así, y que cuando llegamos, a la gente más le vale saber que parecemos distintos porque lo somos. Que tienen que respetarlo. Aunque yo no me he sentido respetado por nadie, la verdad, salvo por Maxine. Dice que nosotros somos cheyenes. Que los indios somos tan viejos como esta tierra. Que antes todo esto era nuestro. ¡Todo esto! Joder, pues sí que tenían poca sabiduría callejera en aquellos tiempos. Mira que dejar que llegara el hombre blanco y se lo quitara todo de esa manera... Lo triste es que seguramente todos esos indios lo sabían, pero no pudieron hacer nada. No tenían armas de fuego. Por no hablar de las enfermedades. Me lo contó Maxine. Nos mataron con su mugre y sus enfermedades de hombres blancos, nos echaron de nuestra tierra, nos metieron en otras tierras cutres donde no se puede cultivar una puta mierda. Me jodería mucho que me echaran de Oakland porque me la conozco de puta madre, del Oeste al Este, del Este Profundo y vuelta, en bici, en autobús o en el cercanías, en el BART. Es mi único hogar. No sobreviviría en otra parte.

A veces me doy vueltas por toda Oakland con la bici solo para verla, a la gente, las distintas barriadas. Puedo pasarme el día dando vueltas con los cascos puestos, escuchando a MF Doom. La MF es por Metal Face, Cara de Metal. Es mi rapero favorito. Lleva una careta metálica y dice sin problemas que es un villano, de los malos. Antes de eso solo oía lo que ponían por la radio. Pero alguien se dejó el iPod en el asiento de enfrente en el autobús, y lo único que había era Doom. Supe que me gustaba cuando oí la frase: «Tengo más suelo que un calcetín con un tomate». Lo que me gustó es que comprendí lo que quería decir del tirón, como al momento. Lo del suelo, que tener un agujero en un calcetín le da personalidad al calcetín, que está raído, ha visto mucho suelo, mucha vida, y también que como que se te ve el pie por debajo, hasta la suela del pie. Es un detalle pequeño, pero me hizo sentir que no era tonto y eso. Que no era lento. No del peldaño inferior. Y me ayudó porque el Sindro es lo que me ha dado suelo, vida, y el Sindro es una cara raída.

Mi madre está en la cárcel. A veces hablamos por teléfono, pero siempre tiene que soltar alguna mierda que me da ganas de dejar de hablar con ella. Me dijo que mi padre vive por Nuevo México. Que ni siquiera sabe que existo.

—Pues dile a ese hijoputa que existo —le dije yo.

—Tony, la cosa no es tan simple.

—A mí no me llames simple. No me llames simple en tu puta vida. Esta mierda es culpa tuya.

A veces me cabreo. Es lo que tiene a veces mi cabeza. Da igual las veces que Maxine me cambie de instituto, que siguen expulsándome de todos por meterme en peleas, siempre me pasa lo mismo. Me cabreo y de pronto ya no sé nada. Noto que se me acalora la cara y se endurece, se me pone como metálica, y luego, laguna mental. Soy un tío grande. Y fuerte. Demasiado, me dice Maxine. Pero yo lo veo así, me tocó este cuerpo grande para compensarme por lo mal parada que había salido mi cara. Por lo menos así saco algo en limpio de parecer un monstruo. El Sindro. Y cuando me incorporo, cuando me pongo recto que te cagas, todo lo alto que puedo, nadie me viene con mierdas. Salen todos corriendo como si hubieran visto un fantasma. A lo mejor soy un fantasma. A lo mejor Maxine ni siquiera sabe quién soy. Lo mismo soy lo contrario de un hombre-medicina. Lo mismo cojo un día y hago algo, a ver si así se enteran todos de quién soy yo. Lo mismo ese día vuelvo a nacer. Y así me verán de una vez por todas, porque no les quedará otra.

Todo el mundo creerá que lo hago por dinero. Pero ¿quién es el listo que no quiere dinero? El tema es para qué lo quieres, cómo lo consigues y qué haces luego con él, eso es lo que cuenta. El dinero nunca le ha hecho ninguna putada a nadie. Es la gente. Llevo pasando maría desde los trece. Conocí a unos compadres por el barrio solo de estar todo el día tirado en la calle. Seguramente creían que ya pasaba por eso de estar siempre en la calle, por las esquinas y toda esa mierda. Aunque no sé, lo mismo no. Si hubieran creído que pasaba, seguramente me habrían dado de hostias. Seguramente les di pena. Ropa de mierda, cara de mierda. Casi todo lo que me saco vendiendo se lo doy a Maxine. Intento ayudarla en todo lo que puedo porque me deja vivir con ella, en Oakland Oeste, al final de la Catorce, en una casa que compró hace tiempo, cuando trabajaba de enfermera en San Francisco. Ahora es ella la que necesita una enfermera, pero no se la puede permitir con la paga que le ha quedado de la seguridad social. Me necesita para que le haga todo tipo de movidas, que si ir a comprar, que si acompañarla en el autobús cuando va a por sus medicinas. Ahora también la ayudo a bajar las escaleras. Es increíble que un hueso pueda ponerse tan viejo que llegue a partirse en pedazos, que se te rompa en trocitos enanos por dentro del cuerpo como si fuera cristal. Desde que se rompió la cadera arrimo más el hombro.

Maxine me obliga a leerle antes de acostarse. No me gusta porque leo muy lento. A veces se me mueven las letras, como bichillos. Así, de repente, cuando les da la gana, se cambian unas por otras. Aunque hay veces que las palabras no se mueven. Cuando se quedan así quietas, tengo que esperar para asegurarme de que no van a moverse, así que al final tardo más en leerlas que cuando puedo recomponerlas después de mezclarse. Maxine me obliga a leerle movidas indias que no siempre pillo. Aunque me gustan porque cuando lo pillo, lo pillo muy dentro, ahí donde duele, pero te sientes mejor porque sientes eso, algo que no sentías antes de leerlo, que te hace sentirte menos solo y como que ya no te va a doler tanto. Una vez utilizó la palabra «demoledor» cuando terminé de leerle un pasaje de su escritora favorita, Louise Erdrich. Decía algo de que la vida acaba partiéndote el alma, y que para eso estamos aquí, y que vayamos a sentarnos debajo de un manzano y escuchemos cómo caen las manzanas y se amontonan a nuestro alrededor, desperdiciando todo ese dulzor. En su momento no lo entendí, y ella se dio cuenta. Tampoco me lo explicó. Pero luego leímos otra vez el pasaje, y el libro entero, y lo pillé.

Maxine siempre me ha conocido bien y ha sabido leerme como un libro abierto, mejor que nadie, incluso que yo mismo, como si no supiera todo lo que estoy mostrándole al mundo, como si también mi propia realidad la leyera lentamente, por cómo cambian las cosas a mi alrededor, cómo me mira y me trata la gente, y lo mucho que me cuesta enterarme cuando tengo que volver a recomponerlo todo.

Si ha pasado todo lo que ha pasado, la movida en la que estoy metido, ha sido porque un día, en el aparcamiento de una licorería en Oakland Oeste, se me acercaron unos chavales blancos de los chalés de los montes, vinieron directos a mí, como si yo no les diera miedo. Se notaba que estaban cagados de estar allí, en aquel barrio, porque tenían la cabeza como una veleta, mirando de aquí para allá, pero yo no les daba miedo. No sé, como que pensaron que, con esta cara, no tenía pinta de hacerles ninguna movida. Como si fuera demasiado lento para hacer cualquier movida.

—¿Tienes nieve? —me preguntó uno con una Kangol que era igual de alto que yo.

Me entraron ganas de reírme. Solo un puto niñato blanco llamaría «nieve» a la coca.

—Puedo conseguir —respondí, aunque tampoco estaba seguro de poder—. Volved dentro de una semana, a la misma hora. —Le preguntaría a Carlos.

Carlos es lo peor, no te puedes fiar de él. La noche que se supone que iba a pillármela me llamó y me dijo que no podía, y que fuera a ver a Octavio y la pillara yo mismo.

Me bajé en la parada de Coliseum del BART y desde allí fui en bici hasta la casa de Octavio, en el Este Profundo, por la Setenta y Tres, a la altura de donde estaba el centro comercial Eastmont, antes de que las cosas se pusieran chungas y tuvieran que convertirlo en una comisaría.

Justo cuando llegué, estaba saliendo un montón de peña de la casa, como si acabara de haber una pelea. Me quedé un rato acoplado en la bici, a una manzana, mientras veía a los borrachos venga a dar vueltas a la luz de las farolas, parecían tontos, como polillas borrachas de luz.

Cuando encontré a Octavio, estaba ciego perdido. Siempre que veo a la peña así me acuerdo de mi madre. ¿Cómo era cuando se emborrachaba conmigo dentro? ¿Se lo pasaba bien? ¿Me lo pasaba bien?

De todas formas, Octavio tenía la cabeza bastante bien, aunque arrastraba las palabras cantidad. Me pasó el brazo por los hombros y me llevó al jardín, donde tenía un banco de pesas montado bajo un árbol. Me quedé mirando mientras se ponía a hacer varias series con una barra sin pesas. Para mí que no se dio ni cuenta de que no tenía las pesas. Esperé a ver cuándo me preguntaba por mi cara. Pero no me dijo nada. Me estuvo hablando de su abuela, de que le había salvado la vida después de perder a toda su familia. Me dijo que le había quitado una maldición con piel de tejón, y que llamaba «gachupines» a todos los que no eran mexicanos o indios, por la enfermedad que les pegaron los españoles a los nativos cuando llegaron (y decía también que los españoles eran la propia enfermedad que habían traído). Me dijo que nunca había querido convertirse en lo que era, y yo no supe bien a qué se refería, si a ser un borracho, un camello borracho, ambas cosas o nada que ver.

—Yo por ella daría hasta la sangre de mi corazón —dijo Octavio.

La sangre de su corazón. Es lo mismo que siento yo por Maxine. Me dijo que no pretendía ponerse en plan sensiblero ni mierdas, pero que lo que pasaba es que en realidad nadie le hacía nunca caso. Yo sabía que era porque estaba ciego. Y que luego no se acordaría de una mierda. Pero después de eso, cada vez que necesitaba algo, iba directamente a pedírselo a él.

Resultó que los pringaos aquellos, los niñatos blancos de los montes, tenían amigos. Nos sacamos un buen dinero aquel verano. Hasta que un día que fui a reponer, Octavio me dijo que pasara y me sentara.

—Tú eres nativo, ¿verdad?

—Sí —le dije, preguntándome cómo lo sabría—. Cheyene.

—Cuéntame en qué consiste un powwow.

—¿Para qué?

—Tú cuéntame.

Maxine había estado llevándome a los powwows de toda la zona de la bahía desde que era pequeño. Ya no, pero yo antes bailaba.

—Nos vestimos de indios, con plumas, abalorios y esas movidas. Bailamos. Cantamos y tocamos un tambor así muy grande, compramos y vendemos movidas indias, rollo joyas, ropas y cuadros.

—Ya, pero ¿para qué lo hacéis? —quiso saber Octavio.

—Por dinero.

—No, fuera de coñas, ¿por qué lo hacen?

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes? ¿De qué vas?

—Que no sé, para sacar pasta te he dicho, coño ya.

Octavio me miró con la cabeza ladeada, en plan: «Recuerda con quién estás hablando».

—Pues para eso mismo vamos a ir nosotros también al powwow.

—¿Al que van a hacer en el estadio?

—Exacto.

—¿Para sacar pasta? —Octavio asintió y luego se volvió y cogió lo que al principio no entendí que era una pistola, una pequeña y blanca blanca—. ¿Qué coño es eso?

—Plástico.

—¿Funciona?

—Está hecha con una impresora 3D. ¿Quieres verlo?

—¿Verlo?

Salimos al patio y apunté la pistola contra una lata de Pepsi que había colgada de un cordel, con las dos manos, la lengua fuera y un ojo cerrado.

—¿Has disparado alguna vez un arma?

—No.

—Te van a petar los oídos.

—¿Puedo? —pregunté.

Pero antes de que me respondiera sentí que mi dedo apretaba solo y luego, bum, la detonación que me atravesó. Por un momento me quedé sin saber ni lo que estaba pasando. Fue apretar y salir el sonido del estallido, y todo mi cuerpo se convirtió en estallido y caída. Me agaché sin querer. Hubo un pitido, por dentro y por fuera, un único tono que se fue poco a poco, como alejándose, o metiéndose hacia dentro. Miré a Octavio y vi que estaba diciéndome algo.

—¿Cómo? —dije, pero no me oía ni a mí mismo.

—Así es como vamos a atracar ese powwow —oí por fin que decía Octavio.

Me acordé de los detectores de metal que hay a la entrada del estadio. El andador de Maxine, el que usa desde que se partió la cadera, pitó al pasar. Fuimos los dos un miércoles —en noche especial de entrada a dólar— a un partido de los Athletics contra los Texas Rangers, que es el equipo del que Maxine era hincha cuando vivía de pequeña en Oklahoma porque allí no tenían equipo propio.

Cuando ya me iba, Octavio me pasó un folleto del powwow con la lista de los premios y el dinero que daban en cada categoría de danza. Cuatro de cinco mil. Tres de diez mil.

—Es bastante pasta.

—No me hace gracia meterme en una movida así, pero le debo dinero a uno.

—¿A quién?

—Y tú qué tienes que saber...

—¿Te has cabreado?

—Vete a casa.

La noche antes del powwow Octavio me llamó y me dijo que iba a tener que esconder yo las balas.

—¿En los arbustos? ¿Estás de coña?

—No.

—¿Y se supone que tengo que tirar balas entre los arbustos de la entrada?

—Mételas en un calcetín.

—¿Que meta balas en un calcetín y las tire en los arbustos?

—¿Qué te he dicho?

—No sé, es que...

—¿Qué?

—Nada.

—¿Te has enterado?

—¿Y dónde pillo balas, de qué tipo?

—En el Walmart, del 22 corto.

—¿No podéis imprimirlas también?

—Eso todavía no lo saben hacer.

—Vale.

—Ah, y otra cosa.

—Dime.

—¿Sigues teniendo movidas indias para ponerte?

—¿Movidas indias? ¿De qué me hablas?

—No sé, lo que se pone la peña, las plumas y esas mierdas.

—Ah, vale, tengo.

—Pues te las pones.

—Ya no creo ni que me quepan del todo.

—Pero ¿te cabrían?

—Sí.

—Póntelas para el powwow.

—Vale —dije, y colgué.

Saqué el traje ceremonialy me lo puse. Fui al salón y me paré delante del televisor. Es el único sitio de la casa donde puedo verme de cuerpo entero. Meneé un pie y lo levanté. Vi el aleteo de las plumas en la pantalla. Extendí los brazos, hundí los hombros hacia abajo y luego me acerqué al televisor. Me ajusté la correa a la barbilla. Me miré la cara. El Sindro. No lo vi. Vi a un indio. Vi a un bailarín.

Dene Oxendene

Dene Oxendene sube de dos en dos las escaleras mecánicas inertes de la parada de Fruitvale. Cuando llega al andén, el cercanías que creía que iba a perder se para en el sentido opuesto. Una única gota de sudor le baja por una sien desde el gorro de lana. Se la enjuga con el dedo y luego se quita el gorro y lo sacude, enfadado con él como si fuera el gorro el que sudara y no su cabeza. Mira hacia el fondo de las vías y suelta una bocanada de vaho que ve elevarse y luego desaparecer. Le viene olor a tabaco y le entran ganas de fumar, aunque siempre que fuma se cansa. Quiere un cigarro que le dé fuerzas, una droga que funcione. Se niega a beber. Fuma demasiada maría. Nada funciona.

Dene mira los grafitis que hay garabateados en la pared de la pequeña cámara de ventilación de debajo del andén. Lleva años viendo esa misma firma por todo Oakland. El nombre se le ocurrió cuando entró en secundaria, pero pasó mucho tiempo hasta que lo usó: Lens, lente.

La primera vez que vio a alguien firmar iba en el autobús. Estaba lloviendo. El chaval iba detrás del todo. Dene se dio cuenta de que el chaval se había dado cuenta de que Dene estaba mirándolo. Una de las primeras cosas que había aprendido cuando empezó a coger el autobús en Oakland fue a no quedarse mirando, a no mirar ni de reojo, aunque tampoco es que no mires nada de nada. Una especie de saludo por respeto. Miras y no miras. Todo con tal de evitar la pregunta «¿Y tú qué miras?». No hay respuesta buena para esa pregunta. Si te la hacen es que ya la has cagado. Aquella vez esperó el momento oportuno y vio que el chaval escribía tres letras en el vaho de la ventanilla del autobús: «VCO». Pilló al instante que significaba ‘vacío’. Y le gustó que el chaval estuviera escribiéndolo en el vaho de la ventanilla, en el vacío entre las gotas, y también que no fuera a durar, como las firmas y los grafitis.

La cabeza del tren aparece seguida de su cuerpo y toma la curva de entrada en la estación. A veces el desprecio por ti mismo te llega de golpe. Por un segundo no sabe si saltar, bajar a las vías y esperar a que aquel peso rápido le quite de en medio para siempre. Seguramente saltaría demasiado tarde, rebotaría contra el lateral del tren y solo conseguiría reventarse la cara.

Ya en el tren, va pensando en el comité de selección que se le viene encima. No para de imaginarse a los jueces como tipos de seis metros de altura, mirándolo desde arriba, con caras alargadas y desencajadas, como dibujos de Ralph Steadman, un plantel de viejos y blancos, todo narices y togas. Lo sabrán todo sobre él. Lo odiarán en su fuero interno, con todos los posibles conocimientos sobre su vida que tengan a su alcance. Se darán cuenta enseguida de que no cumple los requisitos ni por asomo. Pensarán que es blanco —cosa que es solo medio cierta— y, por tanto, al último al que le concederían una subvención cultural. Uno no ve a Dene y sabe que es nativo. Es un no blanco ambiguo. A lo largo de su vida lo han tomado por mexicano con frecuencia, le han preguntado en más de una ocasión si era chino, coreano, japonés, una vez salvadoreño, aunque la mayoría de las veces la pregunta le llega así: «¿Tú qué eres?».

El tren entero va mirando el móvil. Dentro del móvil. Le viene olor a meado y lo primero que piensa es que es él. Siempre ha temido descubrir que en realidad lleva toda la vida oliendo a meado y a mierda sin saberlo, que nadie se ha atrevido a decírselo, como Kevin Farley desde que estaban en quinto y que acabó suicidándose el verano después del primer curso de instituto, cuando se enteró. Mira a la izquierda y ve a un hombre mayor hundido en su asiento. El tipo vuelve en sí y se incorpora en el sitio y luego remueve los brazos como para comprobar que sigue teniéndolo todo, aunque en realidad seguramente no tenga nada. Dene se cambia de vagón y se queda al lado de las puertas, mirando por la ventanilla. El tren levita en paralelo a la autovía, a la altura de los coches. Cada velocidad es distinta: los coches van a una velocidad corta, inconexa, intermitente. Dene y el tren se deslizan sobre las vías como un único movimiento y velocidad. Estas velocidades variables tienen un rollo cinematográfico, como cuando en una película hay un momento que te hace sentir algo por razones que no puedes explicar. Algo demasiado grande para sentirlo, por debajo, y por dentro, demasiado familiar para ponerle nombre, ahí delante de tu cara todo el tiempo. Dene se pone los cascos, le da al modo aleatorio en el móvil, salta varias canciones y se queda con el There, there de Radiohead. La frase que más se pega es «Que lo sientas no significa que esté ahí». Antes de que el tren se meta bajo tierra entre las paradas de Fruitvale y Lake Merritt, Dene mira al otro lado del cristal y ve la palabra, otra vez ese nombre, Lens, allí en el muro justo antes de bajar.

Se le ocurrió lo de firmar como Lens volviendo a casa en el autobús, el día que su tío Lucas llegó de visita. Poco antes de llegar a su parada, miró por la ventanilla y vio un flash. Alguien le había echado una foto a él, o al autobús, y del fogonazo, de las luces azul, verde, morado, rosa, le vino el nombre. Escribió Lens con permanente detrás del respaldo del autobús, justo antes de su parada. Al bajarse del autobús por la puerta de atrás, vio que el conductor achicaba los ojos en el retrovisor grande de delante.

Cuando llegó a casa, su madre, Norma, le dijo que iba a venir a verlos su tío Lucas, el de Los Ángeles, y que la ayudara a ordenar y a poner la mesa. Lo único que recordaba de su tío era cuando lo levantaba en volandas y lo lanzaba en el aire y no lo cogía hasta que casi había tocado el suelo. No era algo ni que le gustara ni que le desagradara especialmente. Pero era un recuerdo visceral: ese cosquilleo en la barriga, esa mezcla de miedo y diversión, ese estallido involuntario de risa a media caída.

—¿Dónde ha estado metido? —le preguntó a su madre mientras ponía la mesa.

Norma no respondió. Luego, cuando durante la cena le preguntó directamente a su tío dónde había estado metido, había sido su madre la que había respondido por él.

—Ha estado liado haciendo películas... —le dijo antes de mirar a Dene con las cejas arqueadas y terminar la frase—, por lo que parece.

Comieron el clásico de la casa: puré de patatas con carne picada y judías verdes de lata.

—Yo no sé si «parecerá» que he estado liado haciendo películas, pero lo que sí parece claramente es que tu madre cree que le he estado mintiendo todo este tiempo —dijo Lucas.

—Perdona, Dene, si te he dado la impresión de que pensaba que mi hermano ha estado «haciendo el indio».

—Dene, ¿quieres que te cuente la película en la que estoy trabajando ahora? —le preguntó su tío.

—Cuando dice «trabajando», se refiere en su cabeza —apuntó su madre—, que ha estado «pensando» una película, vamos, te lo digo para que tú lo sepas.

—Cuéntamela —respondió Dene mirando a su tío.

—Pasará en un futuro no muy lejano. La idea es que una tecnología alienígena colonice Estados Unidos. Pero creeremos que nos la hemos inventado nosotros mismos, que es nuestra. Al final acabaremos fundiéndonos con la tecnología y nos convertiremos en una especie de androides y perderemos la capacidad de reconocernos entre nosotros, cómo éramos antes, cómo nos comportábamos en el pasado. En realidad ni siquiera nos veremos como una raza cruzada, medio extraterrestre, porque creeremos que es nuestra tecnología. Pero luego la idea es que aparezca un héroe cruzado e inspire a lo que queda de los humanos a volver a la naturaleza. A huir de la tecnología y recuperar nuestro antiguo estilo de vida, a volver a ser los humanos que éramos antes. La idea es acabar con una secuencia a cámara lenta que le dé la vuelta a la de 2001 de Kubrick, en plan un humano reventando un hueso. ¿Has visto 2001?

—No.

—¿La chaqueta metálica?

—Eh... ¿no?

—La próxima vez que venga te traigo todo mi Kubrick.

—¿Qué pasa al final?

—¿Dónde, en la peli? Está claro: ganan los colonizadores alienígenas. Aunque pensaremos que hemos ganado al volver a la naturaleza, de vuelta a la Edad de Piedra. Lo que pasa es que ya hace tiempo que no lo «pienso» —dijo entrecomillando la última palabra con los dedos a la vez que miraba hacia la cocina, donde se había ido su madre cuando su tío se había puesto a hablarle de la película.

—Pero ¿has hecho alguna vez alguna de verdad?