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¿Cómo sería un mundo comandado en un 100% por algoritmos? Pasaron más de 2.500 años. El siglo xxi es la antigüedad y el planeta Tierra es apenas un rincón de la galaxia, compuesto por cinco diminutos continentes. Ya hace mucho tiempo que la escritura se abandonó. En su lugar, todos los seres están conectados a una red de sabiduría e inteligencia que todo lo sabe: Éter. En un universo de paz perfecta y donde la escasez no existe, algo inquieta al protagonista. No sabe bien qué es, pero un verbimensaje de su amigo del formatorio, Mönschy, le dispara la curiosidad, tal como hacía cuando eran niños. Con la invitación para encontrarse en su planeta natal, la Tierra, comienza el viaje, que decide registrar en un cuaderno escrito a lápiz, como hacían los antiguos. Será un viaje al pasado, un tiempo para pensar cómo sería el mundo sin Éter… En su novela debut, Rafael Mallo presenta un texto de ciencia ficción que, como toda obra que habla del futuro, abre nuevas reflexiones sobre el presente. ¿Cómo evolucionará la inteligencia artificial? ¿Qué haremos ante el fin de la escasez? ¿Es posible la paz perfecta? ¿Cómo serán los vínculos entre las personas? A través de diálogos profundos e impactantes imágenes que nos reconectan con la belleza del mundo, el autor logra un relato fluido con el cual es posible tanto discutir como dejarse llevar por la magia de la historia.
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Seitenzahl: 169
Veröffentlichungsjahr: 2023
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ÉTER
RAFAEL MALLO
Mallo, Rafael
Éter / Rafael Mallo. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : OyD Ediciones, 2023.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-631-90140-2-0
1. Literatura Argentina. 2. Ciencia Ficción. I. Título.
CDD A863
© 2023, OyD Ediciones
© 2023, Rafael Mallo
No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446 de la República Argentina.
Dirección editorial y corrección: Nicolás Scheines
Diseño de tapa y maquetación: Adriana Llano
Imagen de tapa y fotografía de solapa: Malnez
Conversión a formato digital: Estudio eBook
[email protected] García del Río 4645 2º4, Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
A todos quienes, sabiéndolo o no, me han enseñado.
Creo haber logrado escribir los registros que me propuse. Cada conclusión me llevó a nuevas preguntas. Al final de cada sendero se inauguraban otros más. Hace milenios que los humanos no escribimos. El lenguaje existe aún. La escritura no. Solo hay un idioma en todas las galaxias. En esta sociedad de paz perfecta y bienestar completo parece inútil aprender el uso de la escritura. Sin embargo me empeñé en ello. El idioma lo elegí adrede entre los que se hablaban en los siglos XXI a XXIII, cuidando, inclusive, el estilo de aquella época en la que el hábito de escribir se abandonó. Hoy —y en el futuro— cualquier ser podrá comprenderlo usando la red de inteligencia y sabiduría algorítmica a la que nuestras mentes están conectadas. Escribir importa dejar suspendido el sentir y el pensar en el infinito perdurable de los textos. He intentado atrapar la profundidad de las sorpresas que viví a medida que me internaba en los laberintos de la humanidad. Viajé al pasado y solo quiero dejar un refugio para quien intente un viaje hacia atrás, quizás hasta hoy, y de allí en más.
Si Mönschy no me hubiese citado para volver a vernos después de tantos años en nuestro amado planeta Tierra, no habría escrito jamás. Tampoco habría tenido contacto con algo tan exótico como un lápiz y un cuaderno.
Un lápiz y un cuaderno. La Tierra es el único planeta en el cual podría toparme con elementos semejantes. El curioso artefacto al que antiguamente llamaban «cuaderno» no es sino una pequeña pila de papeles cortados en idénticos tamaños, unidos por uno de sus bordes más largos y protegidos por dos tapas y una cubierta o lomo. Otro tanto pasa con el lápiz: un prisma circular de madera con un centro de grafito. Al lápiz hay que pelarlo como a una fruta para que escriba. ¿Qué utilidad habría en un lápiz y un papel en una sociedad que todo lo tiene? ¿Qué utilidad tendría un oasis en el espacio si no se ha de viajar a una lejana galaxia? Pero yo alcancé algún conocimiento sobre las escrituras y desde entonces me empeñé en descubrir cómo y de qué manera podría dejar mi testimonio puesto en un lugar que lo hiciera independiente de toda otra información. Mi pensamiento vivo sobre lo perdurable de la palabra escrita en un papel. El cuaderno y el lápiz son mi oasis.
Contaré como mejor pueda los sucesos. No es fácil con Éter interviniendo.
Mi amigo me envió por la red un mensaje que me conmovió hasta el alma. Hace muchos años nos habíamos visto por última vez y no sabía nada de él. Mönschybomrik, a quien en el formatorio llamábamos «Mönschy», era una persona especial. De chicos éramos muy unidos. Yo le decía «camarada» y él a mí, «compadre». Tenía obsesión por la historia primitiva. Le atraía todo lo relativo a la humanidad pregaláctica, pero en especial le fascinaba esa época en la que se dejó de escribir.
Recuerdo aquella tarde en la que nos confesó su pasión por ese período de la historia. Habíamos pasado una mañana fantástica. Éramos cinco jóvenes amigos echados sobre el pasto del parque que daba al río, las manos bajo la nuca y los ojos bien abiertos mirando hacia un cielo celeste profundo que se iba apagando irremisiblemente. Hablábamos con la vista perdida en la nada. No sé por qué razón las reflexiones llegan por la tarde o por la noche. Aquella tarde Mönschy volvió a su duda recurrente, acerca de si éramos afortunados por haber nacido en nuestro tiempo. Se centraba sobre todo en el hecho de haber sido programados por un sistema, sin padres. Comparaba la gestación humana con la actual generación sintética a partir del banco de ADN. Imaginaba cómo habría sido ver salir a un pequeño desde dentro del cuerpo de la madre. Hoy nacemos en laboratorios de natalidad y luego los formatorios se encargan hasta una juventud temprana en que llegamos a ser «viables». Nos conectan desde muy pequeños a la red de inteligencia y sabiduría, hasta que estamos en condiciones de vivir junto a los demás, en armonía.
Aunque sabíamos de lo que Mönschy hablaba, pues estábamos conectados a la misma y única red de inteligencia y sabiduría, nuestro amigo ponía algo especial en sus discursos, insuflando en nosotros un interés vivo por el pasado. A él debo que haya imaginado con fascinación cómo habría sido mi vida en aquel mundo.
De vez en cuando lo asaltaba una suerte de melancolía y se quedaba callado. Estaba convencido de que desde el momento en que el algoritmo superó a la inteligencia humana y se configuró definitivamente como Éter, nuestros hábitos y modos de vida quedaron paralizados en el tiempo.
Fuimos muy compañeros durante la infancia. Tuvimos una vinculación muy fuerte, más unidos que el resto. Era también muy divertido. En esta sociedad de iguales mi amigo daba la nota. Nunca volví a ver a alguien destacarse así, de manera tan natural. Era inevitable centro de cualquier reunión. Su gusto por la historia ya es algo exótico, pero mucho más lo es la atracción por la escritura, una forma de comunicación que no se practica desde hace unos dos mil seiscientos años.
Al cumplir veinte ya fuimos viables, y Mönschy decidió partir a otros mundos en pos de estrafalarias exploraciones historiográficas que tanto lo deleitaban. Insistió mucho en que lo acompañe. Confieso que dudé, pero al final decidí hacer un camino propio hacia una constelación muy alejada de la que mi camarada escogió como destino, y desde entonces no nos volvimos a ver. Durante los primeros años hablábamos mucho por el hologramador. Nos encontrábamos en conversatorios virtuales para contarnos cómo iban nuestras cosas, pero recuerdo que después de cinco años comenzó a ser difícil la comunicación. Poco a poco fuimos perdiendo aquel contacto casi cotidiano. Cada vez menos videopostales. Recuerdo una en especial en la cual se lo veía sentado en un living sobre pilas de libros, los brazos abiertos en «V» hacia el cielo amarillo del planeta en que se instaló, desde un ventanal transparente muy grande y, detrás de él, ese animal tan peculiar, con una cola enorme, que parecía una especie de reptil. Si bien intenté mantener prendida la llama con hologramas tridimensionales, Mönschy solo me enviaba algunas videoteatralizaciones planas, bidimensionales, y unas pocas imágenes, al estilo de fotografías de la antigüedad que tanto le gustaban. En el último tiempo apenas cambiamos algún verbimensaje.
Sin embargo no he olvidado a mi amigo del alma. A él debo agradecer haber sentido, sin saberlo entonces, curiosidad. Esa inquietud agradable que brotó en mí para conducirme por los caminos del lenguaje. Pasaron muchos años desde que nos despedimos. Estoy emocionado de saber que nos veremos y no dudé en hacer este viaje a la Tierra, sin otro propósito que nuestro encuentro. Debo reconocer que el verbimensaje de invitación fue un tanto enigmático. Me encontraba fuera de la principal ciudad del planeta Lǜzhōu, en una casa de campo muy agradable, descansando junto a la laguna de aguas verdes mirando los antojadizos colores que formaba la constelación en tan particular sistema solar. Yacía estirado en una reposera de restauración energética que me había ayudado a limpiar mi mente de reflexiones ociosas.
Sobre mi blanco mental apareció un inconfundible llamado de Éter que me hacía saber que tenía un verbimensaje de mi camarada:
# Querido amigo del alma te extraño # Veámonos en nuestro planeta natal # Te espero en la Tierra # Será como un juego pero en verdad no lo es # Si estás de acuerdo envíame tu respuesta como lo hacíamos de chicos e instálate en algún lugar del mar Mediterráneo # Yo sabré encontrarte #
Corto y consistente, el mensaje me sacudió por completo. Tenía la forma de aquellos que nos enviábamos en el formatorio cuando jugábamos a evadir la red con imágenes sin significado para Éter, sino con sentido solo para nosotros. «SSL», decía él, lo que significaba «sin sentido literal». Reí al recordarlo y busqué en mi memoria cerebral una fotografía de un artefacto antiquísimo de la era pregaláctica para enviársela a través de la red. Era la imagen de un avión biplano rojo con un hombre manejando su comando manual. Me pareció una buena forma de aceptar su invitación. Conociéndolo, sabría que esa respuesta sería suficiente. Si así era, no vendría otro mensaje de su parte. Me dispuse entonces a regresar a la amada Tierra a esperar a que mi amigo me halle. Estaba lleno de felicidad.
Apenas aterricé, viajé directo a Siracusa, en la isla de Sicilia, corazón del Mediterráneo. Allí hay construcciones al modo de antiquísimas casas de la era pregaláctica. Me instalé con comodidad en una habitación y me desplomé agotado, hundiéndome en una magnífica siesta.
Al despertar noté con enorme alegría que desde la habitación se veía un jardín. ¡Ah, qué maravilla nuestra Tierra natal! Ver el jardín y llenar mi alma de gozo fue una sola cosa. El perfume que entraba por la ventana me inundó con una sensación de profundo placer. El verde y la fragancia de las flores llegaron hasta mi reclinatorio en un shock de colores y aromas. Sentí volver a la niñez. El inigualable olor a tierra mojada estaba instalado tras la lluvia que había caído con persistencia. Cuando las nubes plomizas comenzaron a ceder en este primer día, se produjo el momento en el que el cielo amenazante se quebró. Tras la espesura gris renegrida asomó una luminosidad difusa que todo lo abarcaba. El verde de los árboles pasó a ser distinto, más intenso, así como el canto de los pájaros fue más diáfano. Cuando reparé en los colores renovados y encendidos, me ganó la certeza encerrada en la esencia de los contrastes. Parecía que los objetos estaban iluminados de un modo especial. Y así era. La fuerza de la luz que venían empujando los rayos del sol colados al azar hacía que una capa pastel, más delgada, trabajara como el pergamino de las viejas lámparas administrando la claridad. Luego de esos primeros momentos, las menguantes nubes que por momentos seguían intentando mantener la oscuridad sufrieron la embestida de estocadas candentes que las iban haciendo desaparecer. Al tiempo que lo diáfano fue ganando espacio, los truenos sonaron más suaves. Eran fieras huyendo, alejándose. Se escuchaba el despertar de las voces de pájaros que reconocí con la emoción de mil recuerdos y, tras ellas, las de otros pequeños animales que salían de sus guaridas, ya seguros.
Era la primera tarde y quedé detenido en la contemplación del infinito escenario cósmico. Me pregunté si en la antigüedad los hombres habrán visto un cielo como ese. ¡Ah, si Mönschy estuviese aquí y ahora! Con seguridad se preguntaría tirando de sus pelos cómo sería posible que aquella vieja humanidad de cinco diminutos continentes, dominada por rústicas pasiones, hiciera la guerra bajo el inigualable espectáculo de las tormentas, o ante la danza de los mares.
Recordé a mi amigo flotando en la memoria hasta que sacudí mis ideas y decidí salir a caminar. Había visto que a media hora de caminata, después de pasar el anfiteatro romano, se encontraba un museo interesante que exhibía objetos de la antigüedad.
«¿Cómo estará el camino con esta lluvia?», dije para mis adentros.
# Ya ha despejado y no lloverá # En ese museo se exhiben objetos exóticos # están disponibles para ser llevados sin más ni más #
Marché sin dudar. Al llegar al museo encontré una cantidad de cosas del todo extravagantes, artefactos que por cierto resultaban divertidos por lo difícil de imaginar para qué se usaban en la antigüedad. Luego de un considerable recorrido, divisé el cuaderno y el lápiz, expuestos sobre una pequeña mesa de madera. Sin razón aparente, tuve enormes deseos de encontrarme en ese preciso momento con mi viejo compañero. «¿Podría llevar conmigo estos objetos?», me pregunté mentalmente.
# Sí claro # Están liberados por haber perdido toda utilidad práctica #
Decidí llevar el cuaderno y el lápiz para regalar a Mönschy, aunque luego, afortunadamente, me quedé con ellos para hacer estos registros. Pensé en él viajando desde una lejana galaxia y comencé a recordar tantas conversaciones que tuvimos siendo jóvenes. Tuve la sensación de estar viéndolo, con sus ojos saltones, el pelo desordenado y falto de higiene, gesticulando mientras contaba entusiasmado cómo se vivía cuando el ser humano tenía como único mundo a la Tierra.
Con los recuerdos fluyendo por mi memoria y el cuaderno y el lápiz bajo el brazo, salí del lugar. Él tenía razón. Es fascinante imaginar cómo habrá sido aquella época. Sentí la necesidad de buscar entre tantas maravillas enterradas en el tiempo. Me acuerdo de que Mönschy se preguntaba constantemente por qué desapareció la escritura entre los humanos. Recuerdo que compartía conmigo lo que descubría en los textos antiguos. Me mostraba disimuladas quejas y denuncias solapadas de padecimientos y goces. Me señalaba cómo detrás de fantásticas historias se escondían metafóricas denuncias sobre males de la política, de un rey o de un gobierno, del cual estaría prohibido opinar mal. Revisábamos otras piezas escritas que contenían meras noticias y que llamaban periódicos, invitando a los hombres a que se acercaran día a día a tan rústico material para enterarse de los acontecimientos. Pensando que hace veintiséis siglos que la escritura se abandonó, me pregunté si la vida habrá perdido la cualidad que incentivaba al ser humano a escribir. No lo sé, pero siempre quedó para mí esa pregunta flotando sin respuesta. Hoy el lenguaje fluye solo a través de la palabra y del razonamiento inmanente que nos une con Éter. Percibo que la Tierra sigue teniendo tesoros escondidos. Tal vez Siracusa guardaba esos objetos, en apariencia insignificantes, como puentes al pasado, al lenguaje escrito, a las raíces del pensamiento humano.
Hoy es el tercer día después de mi arribo. Me levanté excitado porque no sé si soñé o si en verdad Mönschy me dio alguna indicación por la red para que nos viésemos en la Academia de Siracusa.
«¿Dónde estará la Academia?», me pregunté.
# No existe una academia en Siracusa # Solo hay una organización a la que llaman Academia en la que se hacen artes especulativas #
Fui al higienizador. En apenas dos minutos salí renovado. ¡Qué agradable sensación! El tiempo seguía un poco nublado, por lo que pensé en pasar por la Academia por las dudas de que el sueño no haya sido un sueño, sino mi amigo. Mientras caminaba me fue ganando una inocultable alegría por estar de regreso en la Tierra. Me divertía tener que hacer algo para evitar la lluvia. Mientras buscaba un puesto que ofreciera algo de comer, mi cabeza volvió a la escritura. La idea de que no existe más el lenguaje escrito me hizo pensar que vivimos sin poner suficiente atención a lo que ocurre. Durante la caminata seguí con mis cavilaciones sobre aquellos hombres del pasado.
Llegué a un parque y mi dicha fue mayor cuando vi a un juglar de la historia entre una considerable muchedumbre. Miré hacia arriba y aposté a que el aguacero no se repetiría, confiándome a la suerte para poder ver a uno de estos tipos que van por las plazas cantando y actuando epopeyas pasadas. Refieren historias muy antiguas en las que cuentan cómo la humanidad era un verdadero desastre. A veces los juglares actúan una sátira y otras veces narran con pretendido rigor histórico. Como siempre, allí estaba la gente escuchando cuán problemático resultaba vivir antes. De manera recurrente me preguntaba por qué será que no contamos con textos que hayan registrado el pasado.
# Los juglares de la historia son lo más parecido a los registros escritos # Narran acerca de épocas anteriores al tiempo en que el hombre salió de su galaxia # Incluso narran cuando el hombre se lanzó al espacio #
Me cuesta imaginar cómo la humanidad ha podido sobrevivir. Cerca del círculo que rodeaba al juglar había un pequeño carro de alimentos sintéticos moldeados como manzanas, avena, yogurts, café y otras tantas cosas que se consumían en épocas de barbarie depredadora. Ya se ven pocos de estos alimentos en otras galaxias. Me gustan porque evocan nuestra naturaleza terrícola. Tomé una banana y me senté sobre el césped. Me deleité escuchado la historia que el juglar había puesto en escena con tan buen ánimo. Lamenté que ya hubiera comenzado, pero alcancé a entender que hablaba sobre un dictador del siglo XXIII de una región de Asia, y despertaron mis ganas de revivir tantas cosas de este mundo que me vio nacer. Más que curiosidad, era la ansiedad por regresar a mi pasado. Solo pude disfrutar del final de la narración y expresé mi pena al muchacho que estaba sentado a mi lado. Le agregué, como si tuviese que dar una explicación, que recién había llegado a la Tierra y que me hubiese gustado escuchar desde el comienzo. El joven me miró con amabilidad y me indicó que al día siguiente el juglar volvería a la misma hora. Le agradecí y, sin perder tiempo, corrí a ver las artes especulativas que tienen lugar en la Academia, donde debía averiguar si mi sueño había sido un sueño.
Mientras caminaba reparé que los humanos vivimos en un constante disfrute.
# Por eso existen las artes especulativas # Sirven para buscar las relaciones lógicas de la información que sin interrupciones hay en esta red de inteligencia y sabiduría # Hoy la vida consiste con exclusividad en la búsqueda de la belleza y el placer # En este magnífico planeta se ha originado casi todo lo que sostiene hoy a la humanidad # Gracias a ello hemos alcanzado una sociedad con paz perfecta y bienestar completos # Las artes especulativas remedan a las antiguas academias griegas que fueron verdaderas iniciadoras de la especulación y existieron hacen aproximadamente unos cinco mil años #
Bajé por la callejuela lateral del parque hasta que se hizo angosta. Al final nacía una avenida cubierta por la fronda de árboles que, para mi fortuna, estaban en su época de dar flor. El perfume y un tapiz violáceo enmarcaban al edificio de la academia dedicada a los artistas especuladores. Entré a una función en la que se puso en escena la teatralización de una actividad muy principal en la antigüedad a la que llamaban trabajo.
# El trabajo era una actividad esforzada y sacrificada para procurar cosas escasas #
La obra no fue gran cosa pero, a pesar del drama, me gustó estar allí. Se trataba del padecimiento de quienes tenían que trabajar en tareas que llevarían adelante hasta la muerte y que insumiría también la vida de toda su descendencia. Tuvo escenas en extremo impactantes y algunas de violencia explícita. A pesar de estar disfrutando, me sentía decepcionado porque tenía la esperanza de que mi sueño no fuese un sueño, y así encontrar a Mönschy entre esa gente. Pero no lo vi.
