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Mallorca, año 2023. Germán y sus amigos celebran que han terminado el instituto yendo de acampada a una zona rural de la isla. En mitad de la excursión, el grupo encuentra un misterioso castillo que no figura en ningún mapa, y al que solo Germán se atreve a entrar. En el mismo lugar, pero 1113 años antes, la princesa Brantaa, hija de un cruel guerrero que aspira a derrocar el Imperio bizantino, cae presa de una maldición que la deja atrapada en un castillo, condenada a no abandonarlo nunca más. Siglos después, cuando Brantaa ya está resignada a que su vida quede en pausa en el momento del encantamiento para el resto de la eternidad, un "visitante del futuro" se materializa en el castillo, trayendo una nueva esperanza para Brantaa de romper la maldición y la promesa de un mundo nuevo por descubrir. El encuentro entre los dos protagonistas de épocas y mundos distintos marca el inicio de una novela llena de acción, magia, aventura e intriga que combina la narrativa histórica con la distopía futurista.
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Seitenzahl: 2101
Veröffentlichungsjahr: 2023
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Pedro Juan Romaguera Márquez
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
Ilustraciones: Pedro Juan Romaguera Márquez
ISBN: 978-84-1181-088-3
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
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PRÓLOGO
La historia que narra Eternidad es la de un encuentro: el encuentro entre sus dos protagonistas, Germán y Brantaa, dos jóvenes que proceden de mundos y épocas diferentes y que en principio parecen no tener en común más que su edad. No obstante, a medida que avanza la acción, descubren que les acercan más cosas de las que les separan. Aunque les distancian siglos, comparten no solo gustos y puntos de vista, sino un mismo sentido de la justicia, la ética y la moral que será lo que les lleve a unir fuerzas y embarcarse en la aventura que se despliega a lo largo de los capítulos de la novela.
Entre las páginas de Eternidad no solo se encuentran sus dos jóvenes protagonistas provenientes del pasado y del futuro, sino que también se funden géneros literarios diversos. Eternidad propone una mezcla de novela histórica y fantástica, conjugando una trama clásica de aventura y romance con capítulos de novela histórica, todo ello aderezado con un toque de ciencia ficción que especula sobre nuestro futuro a corto y medio plazo, pero sin olvidar tampoco el análisis sociopolítico del presente. Serán las voces de Brantaa y Germán las que se alternen a lo largo de la narración para describir con detalle el tiempo del que cada uno procede: desde el punto de vista de quien lee la novela en el momento de su publicación, el tiempo de Brantaa es el pasado histórico —cae víctima de la maldición en el año 910—, mientras que el de Germán es la actualidad —el año 2023—. Se combinan así pasajes de narrativa histórica en los que se reconstruye con rigor y precisión el mundo de la joven guerrera medieval, con otros en los que el autor juega a especular sobre el futuro más próximo para los lectores, del que procede Germán, proponiendo una narración futurista con tintes distópicos.
El castillo congelado en el tiempo donde está atrapada la princesa es el punto de encuentro simbólico perfecto para la fusión entre estas dos líneas temporales y estas dos maneras de narrar. Al inicio parece que los dos mundos sean irreconciliables, la maldición imposible de romper, la existencia pasada de Brantaa incompatible con el futuro del que Germán procede. Sin embargo, la transición de una dimensión a otra les resultará a los protagonistas fluida y natural, así como lo serán para el lector las idas y venidas entre la narrativa histórica, la fantasía y la ciencia ficción, todo ello tejido sobre la estructura arquetípica de la novela de aventuras, donde sabemos que los protagonistas lograrán vencer las dificultades y el bien triunfará sobre el mal.
La segunda parte de la novela se sitúa en un escenario que, perteneciendo a la actualidad, resultará muy familiar al lector. El autor sabe insertar reflexiones sobre la actualidad sociopolítica de nuestro país que no escaparán al lector atento, y que usa hábilmente como base sobre la que construir la realidad presente y futura en la que ambienta esta parte de la narración. Este entramado de tiempos, voces y personajes se cerrará con un epílogo que salta todavía unos pocos años más allá hacia el futuro. Esta estructura tripartita acompaña a la perfección al mensaje que se repite a lo largo de toda la historia: que no solo es posible, sino deseable, rescatar del pasado cosas valiosas que tienen la capacidad de contribuir a que nuestro futuro sea mejor. Y que, aunque transcurran los siglos, los valores que perdurarán siempre serán los mismos, porque son estos los que desde siempre nos permiten convivir en comunidad, sin importar el tiempo al que pertenezcamos.
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1. LLEGAN MEJORES TIEMPOS
Instituto Maremagnum, Paseo Mallorca (Palma de Mallorca).
Jueves, 18 de mayo de 2023. Las temperaturas en la capital de las Baleares eran altas, rozando los veinticinco grados Celsius; el cielo azulado invitaba a perder la vista en él. Pocas nubes a lo lejos, blancas como el algodón y que no estaban dispuestas a descargar una sola gota de agua.
Era un día enormemente feliz y esperado por Germán, un estudiante de dieciocho años, y sus colegas, puesto que era la última jornada de curso en el instituto.
El último día de clase tenía un sabor muy diferente a los de hacía semanas. Entonces, los exámenes presionaban hasta tal punto que ningún alumno disfrutaba nada de lo que hacía, y solo los más confiados en sí mismos buscaban una «válvula de escape» mirando su programa favorito de televisión en familia, normalmente antes de ir a dormir pronto porque, al día siguiente, había otro pesado día de exámenes. El tiempo que se había arrancado a la familia, a los amigos o al ocio; semanas y meses enteros, se había plasmado en las hojas de respuesta de los exámenes. Luego vinieron los resultados, siendo los éxitos directamente proporcionales a las horas de estudio. No obstante, eso de irse a la cama pronto, sabiendo que mañana sería todo igual que el estresante día anterior, es algo que no gusta nada a los estudiantes.
Pero el estrés ya había quedado atrás, y esa última clase se saboreaba teniendo en cuenta que era solo una despedida que los profesores brindaban a los alumnos, les deseaban suerte y esperaban que recordasen felizmente su paso por el instituto.
Segundo de bachillerato B era el aula de Germán y de sus colegas Juan y Paco, además de la de otros diecisiete alumnos más entre los que, a pesar de sonar a típico y tópico, había todo un catálogo de personajes estereotipados: el introvertido, la que cambia de novio cada semana; el que, haga lo que haga, le irá siempre bien por ser hijo de un cargo político con dinero…
En la clase todos se llevaban bien. Eran muy escasos los malos rollos y las enemistades. Habían formado un grupo que pretendía seguir en contacto en los años posteriores; «durante toda la vida», decían ellos, como decimos todos con esa edad y, desgraciadamente, pocas veces se cumple.
Germán y sus mejores amigos eran los frikis, pero también los «payasos» del instituto. Y a mucha honra. Todo el mundo tiene derecho a juntarse con quien más concuerda, y es normal que los grupos de colegas se formen por aficiones en común. El grupo de Germán, que se conocía desde prácticamente la infancia, había sido unido por su pasión por los ordenadores, los cómics, las películas de ciencia ficción, las risas y la certeza de saber que, por nada del mundo, se iban a fallar entre ellos.
La profesora, entre pósteres de geología, biología y astronomía, felicitaba a los que habían aprobado el curso y deseaba suerte a los que deberían recuperar en septiembre.
Germán aprobó todo, aunque tuvo que esforzarse como él jamás se habría imaginado. Juan, exactamente lo mismo y a Paco le quedan dos asignaturas pendientes de las que tendría que examinarse en septiembre; pero eso le daba igual, tanto que estaba medio dormido en clase. Germán hacía garabatos en su agenda, para él era como un «diario de combate»: la frase «examen chungo» estaba por casi todas partes, en muchas ocasiones incluso en un mismo día del calendario.
«Guardaré la agenda para echarle un vistazo dentro de algunos años, así recordaré estos momentos y, quién sabe lo que sentiré, tal vez añoranza, tal vez felicidad. Felicidad por haber superado estos tiempos de exámenes, añoranza porque seré más viejo, tendré menos pelos en la cabeza y este feliz día de hoy no volverá nunca más…», pensó Germán, convencido de que ese era el mejor día del mejor año de su vida. Una vida en la que, precisamente, estaba situado en la edad que siempre, durante toda su existencia, iba a querer tener: dieciocho años. Esa es la edad que todos desean, tanto si aún no la tienen, como si hace tiempo que la tuvieron.
Germán vivía cada instante de ese día sabiendo que todo iba a ser irrepetible. Era consciente de que el resto de su vida, que esperaba que fuera larga, como todo el mundo desea, iba a recordar sus dieciocho años y el fin del instituto. El paso de ser un adolescente a ser un adulto joven, con las posibilidades que ello conlleva, era fascinante. Él deseaba ser un Peter Panque se mantuviese eternamente con esa edad dorada y es que, como dijo el actor alemán Martin Held, «todo el mundo quiere llegar a viejo, pero nadie quiere serlo».
Mientras tanto, Juan se dio cuenta de que Paco estaba ya totalmente dormido en clase, y se lo comunica, susurrando, a Germán, que estaba sentado a su lado.
—Eh, mira a Paco, se ha quedado «roque», pues mira que si esta noche nos tiene que llevar en «la nave»…
«La nave», así era como el grupo de colegas denominaba al viejo Seat Seiscientos azul de Paco, ese «halcón milenario» que los llevaba a todas partes con la «L» de novato de su conductor.
Germán lo miró y pensó que era normal que estuviese dormido, ya que había estado jugando a un video juego toda la noche anterior, para celebrar el fin de exámenes. Entonces le dijo a Juan, también susurrando:
—Es normal: el «pavo» ha venido al instituto sin haber dormido, decía que tenía «partidas pendientes al Half Life 2» del ordenador, pero no te preocupes…
Germán cogió un trozo de papel, hizo con él una bola y, vigilando que la profesora no le viera, lo lanzó a la cabeza de Paco. Este reaccionó y enseguida supo que quien acabó con su sueño había sido Germán. Entonces lo miró con expresión de «¿por qué lo has hecho?», pero realmente se sentía agradecido por haberle despertado, evitando así represalias de la profesora, que parecía muy amable ese día de fin de curso, pero podría ocurrir algo feo si se diera cuenta de que alguien la ignora tan descaradamente como para quedarse dormido en clase. La verdad es que a nadie le caía muy bien esa maestra en concreto: tenía un mal humor a todas horas que no venía a cuento. Germán y sus colegas pensaron más de una vez que, por eso de ser un «pomelo agrio» —como se calificaba a sí misma—, y por tener tan mal humor, le saldría más de una úlcera. El hecho de que fuera la tutora de la clase y tuviera una especial facilidad para comunicar todo tipo de «incidencias» sobre el comportamiento de los alumnos al director, le añadía unos puntos de «respeto». Todos la recordarían por estos hechos y por ser un esbirro del director, no por su amabilidad. Germán y sus colegas pensaban que su gran frente, en la que, según el joven, «podía aterrizar un 737-500», era fruto de tantos años poniendo cara de mal humor a los alumnos.
Había, en cambio, otros profesores que sí iban a ser recordados con una sonrisa por toda la clase. Era el caso del profesor de robótica, el de tecnología y el de historia. Ellos sí habían demostrado querer buscar una especie de comunión especial con los alumnos, a los que ayudaban en todo lo posible, sabiendo que ellos también habían sido jóvenes, cosa que otros pocos profesores —como la tutora «pomelo agrio»— parecían haber olvidado. Los alumnos captaron el mensaje de «buen rollo» que estos profesores habían dado durante todo el curso, y esto les hizo estudiar y aprender con más ganas sus materias.
Paco escribió una nota y se la tiró a Germán: «Gracias por despertarme, aunque podrías haber tardado un poco más: en mi sueño, Silvia ya se estaba empezando a quitar la ropa». Germán sonrió al recibir ese papelillo; se refería a una chica de Teruel que trabaja de cajera de un supermercado en Palma.
Entonces ocurrió algo que alegró a todo el instituto: la campana sonó por última vez ese curso. Si tuvieran birretes, estos saldrían disparados. Pero lo que volaba ahora en el ambiente eran las ganas e ilusiones de realizar unas vacaciones perfectas, vacaciones que casi todos ya habían diseñado a su manera.
Paco salió, apresurado, de la clase. Se despidió de sus colegas con un «hasta luego, trolls», ya que había quedado con Irene —una chica del mismo curso y grupo de amigos, pero de otra clase: segundo de bachillerato A—, porque había perdido una apuesta que había hecho con ella sobre si vendría o no depilada de las axilas la profesora tutora. No se las había depilado ni siquiera en fin de curso y, como consecuencia de haber perdido la apuesta, tenía que invitarla en un bar de la calle Jaime III, cerca del instituto, a un helado.
Germán y Juan habían acordado que, cuando hubiera acabado la clase, se reunirían en el pasillo central con Marta. Era la otra componente del grupo, de diecisiete años, que estudiaba primero de bachiller, un curso inferior al de Germán y al del resto de colegas. Marta, Irene, Paco, Juan y Germán formaban un excelente grupo de amigos que se había conocido en el colegio años atrás. La amistad entre todos ellos era excelente, era un grupo en el cual todos confiaban ciegamente en cualquiera del resto.
En el pasillo, que parecía temblar con tantos estudiantes abandonando el instituto apresuradamente, Juan y Germán se reunieron con la más joven del grupo.
—¿No van a venir Irene y Paco? —preguntó la chica.
—No, luego los vemos. Han ido aquí al lado a tomar un helado, dicen que pasemos a verlos. Paco le debía un helado a Irene por lo de la apuesta de la Chewbacca,que sigue sin depilarse —dijo Juan.
—Pues casi mejor dejarlos. Le habrá venido bien perder la apuesta, seguro que hasta lo había planeado: creo que a Paco le «pica» un poco la camarera del bar donde ha ido con Irene. Aunque bueno, ¿a quién no le tira él la caña? —respondió Marta.
—Les tira ficha a todas —replicó Germán.
—Y bien que hace, la verdad —aseguró Juan—. Aunque si fuese como yo, sería mucho más fácil para él.
—¿A qué te refieres? —quiso saber Marta.
—A que los hombres me envidian y las mujeres me codician —bromeó.
—¡Qué fantasma! —exclamaron los otros dos, riendo.
Todos vivían con sus padres. En el caso de Germán, solo con su madre. Aunque sus progenitores estaban separados, había bastante «buen rollo» entre ellos. Además, cenaba cada viernes con su padre.
Paco, por su parte, pensaba que, en cuanto ahorrase algo de dinero, alquilaría algún estudio de esos de treinta metros cuadrados, para llevarse allí a sus ligues «hasta que decidiera sentar cabeza, dentro de mucho tiempo». No obstante, al igual que el resto del grupo, había prometido no perder el contacto nunca con los demás, por lo que todos intentarían vivir en el mismo municipio —o, al menos, en la misma isla— en el futuro, y pasar el mayor tiempo posible juntos. Definitivamente Paco era el fiestero del grupo. En edad era el mayor, el único con coche y carnet de tipo B, la cual cosa le daba libertad para ir a ver a sus flirteos en diferentes puntos de Mallorca.
Germán estaba en proceso de obtener el carnet, pero estos exámenes finales le habían hecho pausar los estudios de la autoescuela. De hecho, estaba pagando veinte euros al mes con tal de no perder la matrícula y poder retomar esos estudios, en cuanto acabase las celebraciones de fin de curso, en unos días.
Juan tenía permiso de moto A1, con el cual podía hacer uso de la Yamaha YBR 125 que le ayudó a comprar su padre, quien, de vez en cuando, también usaba.
Juan, Paco y Germán tenían sus pequeños ahorros porque, desde los dieciséis años, trabajaban para el ConsejoInsular de Mallorca en la isla de La Dragonera tres días a la semana, durante dos meses cada verano. Allí montaban y llevaban el mantenimiento de una red de pequeños abrevaderos para los animales voladores y terrestres de esa pequeña isla.
—¡Ya veréis qué «pasada» será la acampada de esta noche! —exclamó Marta.
—¡Sí, molará, desconectaremos totalmente! Por cierto, yo iré con mi moto, tenemos que vernos todos en casa de Paco, como ya acordamos ––añadió Juan.
—Luego hablaré con Irene y Paco; pero de todas formas él ya me había dicho que quedamos esta noche a las ocho en su casa, así él nos llevará a nosotros en su coche. Como supuso que irías con tu moto, dijo que te pasaras también por su casa, haríamos un poco de fiesta y ya luego saldríamos. Yo mejor me voy marchando ya a casa, que no quiero que se me pase el bus, nos veremos a la hora acordada en casa de los padres de Paco —confirmó Germán.
—¡Venga! ¡Hasta luego tío, que vaya guay! —clamaron Marta y Juan mientras Germán desaparecía en dirección a la parada del bus.
Germán cruzó el puente del Paseo Mallorca sobre la riera y pasó por la heladería donde estaban Irene y Paco, en la calle Jaime III.
—Mira, Paco, ahí viene Germán.
—¡Buenas! —se saludaron todos.
—Entonces todos a las ocho en tu casa, ¿verdad, Paco? Eso es lo que les he dicho a Juan y Marta —dijo Germán, sin sentarse en la mesa que compartían sus dos amigos.
—Sí, claro —afirmó Paco.
Irene, atenta, les recordó que no había que olvidarse de nada importante:
—No tenemos que olvidarnos de llevar los sacos de dormir, comida, linternas…
—Claro, claro. Ni las cartas del Magic,ni una tableta para ver una película, ni unos refrescos… —añadió Paco.
—Pero siéntate, troll. Tómate algo con nosotros —señaló Irene.
—Es que paso de tener que esperar al autobús media hora si no subo al que pasa dentro de diez minutos.
—¡¿Qué más da?! Yo te llevo a tu casa en «la nave», como otras veces —sugirió Paco.
—Da igual, mejor lleva a Irene, que tiene que ir a casa de su tía, donde está su madre.
—Está bien, como quieras. Buena suerte, troll —respondió el mayor del grupo, sabiendo que no le iba a convencer.
—Además, llevo buena música para ir escuchando en el camino —aseguró Germán antes de abandonar la heladería.
Los tres colegas se despidieron hasta las ocho de la tarde de ese mismo jueves. Todo lo planificado estaba, por fin, a punto de florecer.
Instantes más tarde Germán se introdujo en el bus; había bastante gente, no en vano era hora de salida de muchos estudiantes y trabajadores. Allí, de pie, aunque no podía ver sus respectivos video clips, los cuales recordaba bien,iba escuchando el tema Por temer al lobo… ¿Nos come el pastor? de La Máquina de Flores, que emanaba de su mp3; también escuchaba bellas melodías como Power, de Salva Aleixandre y Fran Lenaers; The Dachstein Angels, de Wally Badarou; Encantamiento, de Chris Spheeris y Paul Voudouris; Pure, de Solarstone; My Happy Song, de Nicholas W. Lott; Frog, de Carbon Based Lifeforms y las preciosas canciones españolas Vivimos siempre juntos, de Nacho Cano y Mercedes Ferrer; Peces de ciudad, de Ana Belén, Es por ti, de Cómplices y Tal como soy, de Tino Casal.
Le gustaba mucho la música instrumental y electrónica alejada de las «birrias comerciales» que inundan los locales «de moda». También le gustaban otros autores, más «pequeños», como Michael Brückner —especialmente su obra favorita Small Steps Towards The Light—, que luchaban por hacerse conocer. Siempre ha pensado que la música de los ochenta y principios de los noventa —y la actual que se hace con amor al arte y no a la fama—, es «la música de verdad». De hecho, tenía varios temas listos para escuchar la siguiente ocasión que saliera con su reproductor de mp3: Real Gone Kid, de Deacon Blue; On the beach, de Chris Rea; Jesus To A Child,de George Michael; Our House In The Middle of the Street, de Madness; One Day In Your Life,de Anastaciay You, de Ten Sharp.
Germán estaba feliz pensando que, por fin, lo que tanto había esperado ya había llegado: el fin de curso. Eran días para olvidar las interminables horas de estudio, los madrugones para ir a exámenes, los repasos de última hora en el autobús, los «¿qué has puesto en la pregunta tres?», los «creo que ese examen me ha ido “como el culo”». Un horizonte lleno de tantas cosas geniales por hacer se había presentado hacía solo unos pocos minutos. Se trataba de saborear esos momentos en los que ya sí podría dedicar tiempo a sí mismo, disfrutar de su familia, de sus amigos, de su ordenador, de salir con su vieja bicicleta ––que, de tanto estudiar y no usarla, parecía tener polvo de siglos encima––, de su gimnasio; en definitiva, de sus cosas.
El joven salió del autobús en la calle Eusebio Estada. Ya estaba deseando obtener el carnet de coche y conducir cualquier utilitario sencillo y manejable. Para ir por Mallorca con sus amigos, un vehículo de tipo turismo de los básicos era algo ideal, incluso uno de esos automóviles de motor 800CC sería suficiente, si bien siempre había sentido un cariño especial por los vehículos antiguos, como el ya vendido Citroën Mehari de su padre o el Seat Seiscientos de Paco. A pesar de todo, sabía que su madre le iba a ceder su viejo Hyundai Atos para que le hiciera de «taxista» gratuito mientras «se soltaba» para la conducción en la «jungla de asfalto».
Germán llegó poco después a su casa. Estaba deseando entrar por la puerta, sobre todo porque tenía ya algo de hambre y su madre le había enviado una foto de Telegram de unos canelones que había preparado para celebrar el fin de curso de su hijo.
—¡Ya estoy aquí!
—Hola, campeón. ¿Qué tal el último día de clase? Ha sido solo un poco de charla, ¿no?
—Sí, han dicho cosas para los que han aprobado y suspendido, la fecha de las reválidas y cuatro cosas más. Ha estado bien, he arreglado los planes con los colegas. Ya sabes que esta noche vamos de acampada.
—Sí, ve con cuidado, nos iremos llamando. Yo por la tarde iré a pasar dos días con mi amiga Lucía, que ha salido de una operación de los juanetes y necesitará que le echen una mano en casa, así nos distraemos un poco mientras tú estás de acampada.
Después de comer unos canelones buenísimos, Germán recibió llamada de su padre para felicitarle por haberlo aprobado todo. Este viernes no iban a cenar juntos en Son Espanyolporque él ya estaría acampando.
—¿Y vas a hacer las pruebas para llegar a pilotar aviones o tienes alguna otra idea en mente? —le preguntó su padre.
—Pues… pienso hacer la selectividad. Si bien no tengo del todo claro qué hacer, seguramente sea alguna carrera tecnológica, electrónica o informática, ya sabes que me gusta todo esto… pero eso sería en caso de que no me fueran bien las pruebas selectivas para la oposición de ingreso a la Academia General de Aire. Ya sabes que quiero apuntar alto e intentar llegar a ser alumno de piloto de MirageF1 MF2000. No obstante, además de esto, quiero hacer alguna otra cosa, si bien a nivel de hobby. Quisiera dibujar algo, hacer clases de patrón o incluso capitán de yate… el saber no ocupa lugar y ya sabes que yo soy un tipo que no puede estar sin hacer nada; soy alguien inquieto. No te preocupes, que no voy a dejar de estudiar, y me pillaré algún trabajo para pagarme las clases de todo lo que haga, al menos hasta que logre entrar en la Academia General del Aire, si es que lo logro, claro.
—Desde que te conozco te han gustado esos aviones. Como es tu pasión, te animo. Por mi parte tendrás todo lo que esté en mi mano para ayudarte. Es una buena forma de tener trabajo de por vida, primero como piloto de avión militar y luego podrías pasar a piloto comercial, porque esos estudios sí que son caros y ya tendrías más de medio «camino» hecho…
—Cierto. Por lo tanto, quiero probar a hacer la oposición, hacerlo lo mejor posible para entrar en el curso de admisión y luego formarme: empezar con un monomotor básico a hélice de paso fijo, luego pasar a avioneta avanzada, más tarde al C101 o Pilatus y, finalmente, estar a los mandos de un viejo MirageF1 modernizado a MF2000. Lo intentaré, no lo dudes. Volar siempre ha sido mi sueño.
—Pues toda la suerte del mundo… seguro que todos tus colegas te animan.
—Sí, tengo unos «hermanos» excelentes. Ahora, al menos durante un mes, quiero desconectar de todo. Tengo que salir con los amigos, seguir con lecturas atrasadas (tengo un montón de cómics 1984 y Ramblaantiguos por leer), seguir haciendo algo de deporte, cosas de esas que he tenido que apartar por los exámenes.
Tras despedirse por teléfono de su padre y quedar para cenar el viernes de la siguiente semana, Germán vio con su madre un simpático episodio de Jackass y luego decidió ir un rato, por primera vez en varios meses, a encender el ordenador para algo que no fuese estudiar:
—Voy un rato a mi habitación. Escucharé música y encenderé el ordenador para jugar alguna partida guardada desde hace meses, después me daré una ducha y ya luego saldré a casa de los padres de Paco —le dijo a su madre. Ya se despidieron, porque ella se marchaba en ese momento a unas lecciones de informática básica para personas mayores, a pesar de que Germán, cuando había tenido tiempo, le había dado algunas clases. No obstante, ir a ese curso le servía de excusa para charlar un poco con sus amigas y luego tomar un ‘cortadito’ descafeinado como siempre. Luego iría a casa de su amiga Lucía.
Germán llegó a su «espacio»: su habitación, que era además su oficina. Estaba llena de estanterías atiborradas de libros de texto, de novelas de Isaac Asimov, Kim Stanley Robinson, Michael Crichton, obras de divulgación como Roswell, secreto de Estado, de Javier Sierra, antiguos cómics como su última adquisición: todos los volúmenes de Tanguy y Laverdure —buenísimas aventuras de aviación militar con guion de Jean Michel Charlier y dibujo magistral de Albert Uderzo y de Jijé—, y para los que había estado ahorrando últimamente.
La única pared que no tenía una estantería era la reservada para su pequeña cama de noventa centímetros y para una mesa rinconera de cristal, de ciento ochenta, en la que estudiaba y donde estaba su ordenador. Se trataba de un sistema sobremesa con procesador AMD Sempron 2650 a tope de memoria RAM —los dieciséis gigabytes DDR3 a 1333 megahercios que admitía— que usaba para estudiar y, en periodos libres ya algo lejanos pero que habían vuelto, para jugar alguna partida a algún juego antiguo tipo Half Life 2 episodio 2, 0 A.D., Everquest o Neverwinter Nights 2 y sus mods, tanto oficiales como de fanboys. Era un procesador antiguo, sencillo y básico, muy superado por las bestias gaming de sus colegas del grupo, que se burlaban de él cuando jugaban partidas en línea. Marta, Irene, Paco y Juan, sabiendo que el ordenador de Germán no podía mover los modernos juegos en 4K, 2K ni 1080, dejaban de jugar a los más modernos shooters y hacían una partida online, esta vez ya sí con él, a juegos clásicos como el Age of Empires Conquerors.
—«¡Es que tu procesador no mueve ni el Tetris!», le escribió, meses antes, Paco.
—«¡Oye! Estoy muy orgulloso de mi “chip”, no necesito una gráfica 3090 ni un procesador de doce núcleos para ser feliz. Además, me sobra para abandonware y para estudiar. Y yo… estudio, no como otros», le respondió en el chat de Telegram del grupo.
Se echó sobre la cama y encendió el pequeño radio despertador de su mesita de noche. Era un buen regalo que le habían hecho sus colegas en su último cumpleaños, el decimoctavo. Conectó al dispositivo un pendrive: era hora de escuchar a Jean Michel Jarre —su músico favorito— y algo de Djuma Soundsystem como Les Djinns, Die Milchstrasse de Boris Brejcha o temas más conocidos como Rain, de Ryuichi Sakamoto, Palladio, de Karl Jenkins o, pasando a otro estilo, Fantasy, de Earth, Wind and Fire o Hooked on a Feeling, en la versión de Blue Swede. Terminó escuchando algunos bellos temas de Jeremy Soule, excelente compositor de música de video juegos como Neverwinter Nights o The Elder Scrolls; escuchó concretamente Heart Of The Forest, The Gathering Storm y Secunda, temas que le parecían sumamente relajantes.
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«Genial, ahora empieza la buena vida: un mesecito libre para desconectar de todo. Realmente tres meses, pero bueno, al menos uno en que voy a disfrutar de la vida como Dios manda», pensó. «Tal vez vuelva a la Dragonera a ayudar a los profesores de biología y geología, y así ganaría algo de “pasta” como los dos años anteriores en que trabajé como ayudante con los abrevaderos de la diminuta isla, antiguo refugio de piratas medievales», siguió planeando. A Germán le gustaba mucho pensar en este tipo de historias; en cada paseo por Palma o por los pueblos, se imaginaba que esos caminos por los que él estaba, antaño fueron lugares de conquistas, de amores, de guerras y de pasiones desde tiempos remotísimos.
Instantes más tarde dejó la mente en blanco y se dejó llevar por la música que emanaba de su radio despertador. Luego encendió el ordenador.
«Los colegas tienen ordenadores gaming de última generación, pero mi Sempron 2650 es suficiente para juegos antiguos, y hace demasiadas semanas que no me pongo delante del ordenador a echar una partidita», pensó mientras se preparaba para jugar una partida a un mod creado por unos fanboys de Neverwinter Nights 2 y se adentraba en sus gigantescos y fascinantes mundos medievales.
Pasó una hora y Germán se dio una ducha que lo dejó como nuevo, volvió a su habitación llena de pósteres y dibujos de autores japoneses y aviones por todas partes. Para él, dormir rodeado de dibujos de Hayao Miyazaki, Akira Toriyama, Koji Inada, Mark Schultz, Richard Corben, Jaume Marzal Canós, Emili Freixas y del gran Naoki Urasawa, entre otros, y rodeado de pósteres de aviones como los antiguos MirageIII y F1era estar en la gloria. También tenía pósteres de marcas de hardwarede informática, él se consideraba también bastante friki de estas cosas, al igual que sus colegas. La informática a nivel usuario y el hardware les «flipaba» a todos los del grupo. Tras la ducha, se vistió con unos pantalones del mismo color de los que se había quitado —el color azul marino le gusta bastante— y una camiseta con la imagen de su avión favorito: Mirage F1.
Germán se puso a mirar las noticias de la tarde, poniendo especial interés a la previsión meteorológica en Mallorca. Quería saber qué tiempo haría, aunque nada iba a cancelar la acampada con sus colegas: ni la lluvia, ni el frío, ni el calor intenso. Esto último sería lo más común en las próximas jornadas. Ya hacía un mes de una calor agobiante, pegajosa y húmeda, parecía que el verano se imponía cada año antes y duraba más tiempo, con inviernos suaves… estaba por pensar que algo le ocurría al planeta, o algo se le estaba haciendo al mundo para que se calentase, a pesar de que cada vez había más vehículos menos contaminantes. Era como si alguien pérfido pulsase una especie de botón para que la gente se agobiase cada año más por ese calor pegajoso.
Ya llegó por fin la hora de salir a casa de Paco, eran las siete y media de la tarde. Unos días o semanas de desconexión y de alegría se acercaban. Telefoneó a su madre para decirle que ya se marchaba, esta le deseó que lo pasase genial.
El camino hacia casa de Paco era agradable: había varias tiendas de informática entre un domicilio y otro, y siempre se podían consultar precios y curiosear un poco las últimas novedades. Sus amigos le habían comentado mil veces que su PC era una «pieza de museo» y que, cuando comprase otro mejor, «fliparía» con los juegos de última generación; pero él estaba contento con los dos núcleos a 1450 megahercios de su Sempron 2650 y, solo cuando se le estropease, compraría otro. «Aunque mi plataforma AM1 es prácticamente indestructible», dijo en el chat del grupo hace un tiempo.
«Mi ordenador tiene que llegar a tener tantos años como el coche de Paco. Compraré un ordenador nuevo cuando este deje de funcionar, pero mi Sempron forma parte de mi vida y me trae muchos recuerdos: muchos datos introducidos para ver fotos de actrices preciosas como Judy Garland, Jessica Lucas, Irene Escolar o Louise Monot, mágicas partidas a emuladores de consola o al Neverwinter Nights 2, etc.», venía a responder Germán siempre que sus amigos se burlaban de él, en broma, por su viejo ordenador.
«Aunque es verdad que ahora los precios de los procesadores y las placas están muy bien», pensó. «El día que este ordenador deje de funcionar, lo echaré tanto de menos como al antiguo AMD C60, con su límite de cuatro gigas de RAM DDR3 a 1066 megahercios, que tan bien me iba», siguió en su pensamiento.
Germán llegó a casa de Paco prácticamente al mismo tiempo que Marta, Irene y Juan. Allí, como habían previsto, comprobaron que el tiempo no era problema y que podían entretenerse porque, ¿qué más daba llegar unas horas antes o después? Sabían que, cuando llegasen, sería de noche.
Paco sorprendió a todos con unos canapés:
—Ahora que estamos todos juntos voy a abrir una botella de vino, yo beberé apenas un sorbo porque he de conducir, pero quiero que sepáis que me gustaría brindar por nuestra amistad.
A los demás les pareció una magnífica idea. En la charla posterior, todos dejaron bien claro que ese grupo debía ser duro como el diamante, indestructible.
Germán tomó palabra:
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—Pensad en toda la gente que pasa por nuestra vida: la mayoría de ellas y ellos pasará sin más y no dejarán ninguna huella en nosotros. Pensad en la Chewbacca, en las «chonis»del instituto, en los que vemos una vez y no más y en los que, como os digo, no nos aportarán nunca nada, esos son la mayoría. Pero en el tren de la vida, en ocasiones coincidimos con personas que realmente nos marcan: nuestros profesores de historia, tecnología y robótica, el camarero del bar del instituto, el frikide la tienda de hardware, otros amigos que, aunque no son del grupo, también son buena gente y nos iríamos a tomar algo a La Forja con ellos (en mi caso Víctor, Toni, algunos del gimnasio, etc.). Luego estamos nosotros, el grupo, y nuestras familias, y lo que hace similar a este grupo y a nuestras familias es que queremos que nos duren el mayor tiempo posible. Todos queremos que nuestros padres pasen de cien años gozando de salud, y todos queremos que este grupo dure para siempre.
—Amén, hermano —respondió el resto del grupo—. Siempre nos tendremos ––añadió Juan.
—Sí, tanto dentro de un año como dentro de mil años —replicó Marta, a la que le llegó a saltar alguna lágrima. Era la más joven y sensible del grupo—. Recuerdo a cada momento lo bien que lo hemos pasado todos juntos, los muchos lugares de pueblo y montaña que hemos visitado en Mallorca, la cantidad de películas y series que hemos visto en nuestras casas todos juntos; como mi serie favorita: Perdidos, la serie favorita de Irene: The Office, la de Paco: Blue Bloods, la de Juan: Big Bang Theory y la de Germán: Piratas, de Mediaset.
––¡¡¿Qué?!! ––se alarmó Germán.
––¡Es broma! ––exclamó Marta, riendo.
—Es que hay tantas… También me encantó Chernobyl. ¿Os acordáis? Buenísima —afirmó Germán.
—Sí, vaya. ¡Qué buena, y qué triste! —respondió Marta.
—No puedo quedarme con una sola. La serie Isabel también, muy buena, con buenísimos actores y actrices; aunque esa la veía con mi madre y no con vosotros. Y cuando quería llorar de risa y tenía tiempo, veía series de dibujos de humor absurdo, buenísimas, como Vaca y Pollo, Antifaz y Mendoza y Manzana y Cebolleta —explicó Germán.
Más tarde, Paco, que tenía algunos problemas con el ordenador, pidió a Germán que le ayudara a resolverlos:
—Quiero ponerme Linux Lubuntuen una partición que tengo reservada para ello, pero ese sistema operativo que tanto te gusta es infernal.
—Para nada. Entiendo que para ti sea un mundo nuevo el softwarelibre, pero te acostumbrarás rápidamente. Recuerda cuando dejamos Whatsapp y nos pasamos a Telegram porque no queríamos nada de Metani que sus directivos nos «metieran» con calzador su pensamiento único. Lo agradeciste como el que más. Con Linux tienes que hacer tres particiones, una para la raíz, otra para documentos y otra para el sistema operativo en sí. Con la RAM que tienes no hace falta que hagas partición de área de intercambios o swap. Las dos primeras pueden ser de pocos gigas, vamos a ponernos manos a la obra.
Unos cinco minutos más tarde el problema de Paco se había resuelto.
—¡Ya ves! Pues sí que te enteras. Muchas gracias, colega, de verdad. ¡Y eso que trabajas con una cafetera! ––dijo Paco, refiriéndose al ordenador de Germán.
—Una cafetera, pero yo tengo WindowsyLinux Mintdesdehace mil años en ella, troll.
Mientras Paco comprobaba, agradecido, que al encender el ordenador podía elegir entre un sistema operativo y otro, Germán volvió al salón. Allí estaba el resto de los colegas. Juan no había podido resistir la tentación de probar, en la consola de video juegos de Paco, un nuevo juego que había salido de los del tipo que más le gustaban: una recopilación de arcade de principios de los años noventa.
Marta e Irene, que casi siempre estaban juntas, observaban unos cómics que Germán había dejado a Paco días antes. Todos los colegas se sentían en una especie de «otra dimensión». Ese momento de ese día iba a ser recordado por todos para siempre con una sonrisa de oreja a oreja y una gran melancolía.
El cerebro retiene, con descomunal intensidad y mientras hay un hilo de vida, la imagen de esas personas que tanto hemos querido —es por eso que la triste última tarde en que Germán vio a su moribunda abuela hace años en el hospital, las últimas palabras de esta fueron «mamá», varias veces, como si ya estuviera más cerca de ella que de este mundo—. Pero el cerebro, que, por ser obra de un ser superior, es mejor que cualquier cosa que jamás inventará el ser humano, además de recordar a la gente que nos ha cuidado y querido, recuerda, por su propia salud —como mecanismo de lucha contra los malos momentos— los instantes agradables. Ese fin de curso del año 2023 y esa tarde-noche de dieciocho de mayo, en casa de los padres de Paco, iba a ser recordada por los cinco colegas mientras sus corazones latieran.
Pasó media hora, entre risas y camaradería, y decidieron hacer un recuento de todo el material que iban a llevar a la acampada. En ese momento, los padres de Paco se despidieron de los jóvenes, puesto que se iban a cenar a un restaurante cercano. Solían hacerlo cada viernes, aprovechando que Paco y sus amigos solían quedar, a pesar de que estaban en jueves.
Germán levantó su mochila del suelo y mostró su linterna, un par de walkie-talkies de la marca más básica de un hipermercado; «son muy útiles, y puedes usar la frecuencia que te dé la gana», dijo. También mostró dos paquetes de pilas de repuesto para la linterna.
—Y para que no palmemos de sed y hambre llevo tres botellas de agua, unos bocadillos, una tortilla de patatas, sobres de limonada en polvo y latas de conservas. Ah, y he traído… ¡tachán! ¡Una cámara de fotos instantánea!
Todos «fliparon».
—¿Es que no vas a hacer fotos con el móvil, Germán? El móvil, ya sabes, lo que tiene todo el mundo… —dijo Marta.
—Este Germán es un nostálgico —añadió Juan.
—Claro que tengo móvil, pero este es un regalo que me hizo mi padre cuando cumplí doce años y… bueno, la llevaré.
—Germán, estamos en 1947. ¿No te has enterado? ¡Las nuevas cámaras de fotos son una maravilla! ¡Te permiten hacer tres fotos con flash sin cambiar de lámpara! —bromeó Paco.
—Jajaja, muy gracioso tú, Paco, el que no sabe instalar Linuxjunto a Windows.
—Oye, Germán… esa cámara, ¿hace fotos 4k a 16:9 para ver en la tele? —preguntó Marta.
—¡Sí!
Todos rieron, ese día era fácil reír.
Continuando con el recuento de material, Irene mostró también una linterna, una pequeña radio a pilas, dos paquetes de pilas de recambio y aperitivos como patatas y maíz frito, además de la indispensable agua.
Juan también llevaba agua, un powerbank para recargar su móvil, unos prismáticos y una baraja de póquer. Le encantaba ese juego de cartas y pensaba aprovechar para enseñar, junto a Germán y Paco, a jugar a Irene y Marta, que ya habían dicho que deseaban aprender. En lugar de linterna llevaba un pequeño quinqué LED que funcionaba con pilas y del que presumía por su gran duración hasta que empezaba a perder potencia.
—Las pilas le duran mucho, y es lo mejor que podemos usar para iluminar de manera diferente a como lo hacen las linternas el lugar en el que decidamos acampar. El LED no consume prácticamente nada y tiene bastante potencia.
Para comer llevaba latas de conservas para todos.
—Estos chipirones rellenos en salsa americana son deliciosos. Cuando los como, me emociono.
—Sí, al igual que cuando me haces frag en el viejo Counter Strike una vez al mes. Siempre acabamos cien a cero, o algo así —bromeó Germán.
––Bah, tonterías, en ese juego debo tener una cabeza enorme, por eso siempre me haces headshot —le replicó Juan.
Paco y Marta habían llevado, entre otros alimentos, tostadas y frutos secos. También una linterna cada uno. La más joven del grupo había traído una tableta de diez pulgadas para ver una película que se habían llevado: Monstruoso, de 2008, y que Germán había recomendado y traído en un dvd externo USB. El grupo era enormemente cinéfilo. Hacía meses que venían elaborando un listado de películas que no todos ellos habían visto, y esta en concreto era una de las pocas que alguno del grupo no había disfrutado, en este caso Marta.
—¿Monstruoso? Es de un monstruo horrendo y gigantesco, ¿no? —preguntó Marta.
—¿En serio hay un monstruo? A mí lo que me pareció monstruosamente maravilloso es el cuerpazo que lucía Jessica Lucas —rio Paco—. No, en serio, es muy buena película de Matt Reeves.
—Por cierto, Marta. ¿Ya has terminado de mirar todas las temporadas de Los rompecorazones? —preguntó Germán.
—Sí. Esa serie me encanta. Los actores australianos de los noventa son realmente buenos. Acabé de ver esa serie antes de que empezase la época de estudios para los exámenes y, precisamente esta tarde, he empezado a verla de nuevo, el primer episodio de la primera temporada. Los tengo todos grabados en antiguos VHS, legado de mi madre. Y os recuerdo que esta ronda la veréis todos en mi casa, repetiré el primer episodio para que vengáis a verla entera. Me sé los diálogos de memoria.
—Bueno, me parece bien. La veremos todos al igual que vimos Babe, el cerdito valiente, en tu casa porque era una de tus películas favoritas —dijo Germán, sabiendo que eso a la más joven del grupo le hacía ilusión.
—Es que me gustan mucho los animalitos —respondió Marta, con una gran sonrisa.
—Y James Cromwell es un actorazo, en esa peli está genial. Mi sueño hubiera sido que fuese el protagonista de la versión cinematográfica que hicieran de La Fundación, de Isaac Asimov —replicó Germán.
—Cierto eso que dices. Al menos lo tenemos en Star Trek Primer Contacto —aseguró Juan.
—Ya, podemos hablar de Yo, robot; de Jurassic World, el Reino Caído o de sus películas antiguas. Cuando se es buen actor, se es buen actor en cualquier película. Como el que es buen escritor o buen dibujante, músico, etcétera; y sabéis que Cromwell es uno de mis actores favoritos, junto con Christopher Lambert y Jean Reno o Stephen Lang, recordad No Respires y su segunda parte, esos dos peliculones solo podían ser protagonizados por «actorazos» —expuso de nuevo Germán.
—Exacto, la segunda parte de esa película tiene unos escenarios que me recuerdan mucho la ambientación de video juegos como Manhunt o Max Payne —añadió Paco.
—Ahora que lo dices, eso es muy cierto —respondió Germán.
—¿Cuántos años llevamos viendo películas juntos en nuestras casas? —preguntó Irene.
—Casi media vida. Y regalándonos películas, video juegos de películas y otro merchandising cinéfilo y friki para nuestros cumpleaños o, simplemente porque sí —contestó Paco.
—Y que no falte… ¿Os acordáis de cuando éramos niños y nuestros padres nos llevaban a casa de uno u otro de nosotros para pasar la tarde de viernes y ver un par de episodios de Lazy Town? Marta e Irene no dejaban de bailar al ritmo de sus canciones y a los cuatro nos encantaba esa serie. El tristemente desaparecido StefánKarl Stefánsson nos parecía un actorazo y las chicas estaban enamoradas de él.
—¡Ostras, sí! ¡Qué momentos tan bonitos! Merienda y Lazy Town —recordó Marta.
—Chicos, ha pasado el tiempo rapidísimo —indicó Irene—. Es normal, lo estamos pasando genial, pero habría que mirar el reloj. Recordad que hay que ver la peli que hemos traído.
—Pues muy bien, ya podemos salir, ¿no? —preguntó Juan.
Todos estaban preparados, salieron de casa de Paco y se dirigieron al garaje, a pocos metros del edificio donde vivía, donde este tenía el coche, un Seat Seiscientos de las primeras versiones, concretamente de 1958. El coche, al que los colegas llamaban cariñosamente «la nave», estaba perfectamente conservado tanto de motor como de interior y carrocería. Con su repintado en color azul era una auténtica joya que atraía miradas y tiernas sonrisas allá por donde circulaba. Era un regalo de los abuelos de Paco a los padres de este, y de sus padres a él. Los neumáticos originales eran casi imposibles de conseguir, pero por Internet se podían comprar del tamaño y peso adecuados a las llantas, así como muchas piezas que luego, un mecánico de confianza de Paco, instalaba casi a precio de ganga por el simple motivo del amor que sentía por ese coche cuando le hacía las revisiones cada seis meses, y por la posibilidad de probarlo durante todo un día tras revisarlo.
—Siempre que conduzco este coche siento estar en un maravilloso sueño —festejó Paco.
—La verdad es que es precioso, es normal que lo ames —respondió Germán––. Y el motor es el original. ¡Qué maravilla!
—Por supuesto que sí, motor de Seiscientos español, primeras versiones, antiguo pero valiente.
—¡Es increíble! ¡Qué bueno que salió este motor! ¡Se conserva después de sesenta y cinco años tal y como salió de la fábrica! Veinte caballitos de potencia, noventa kilómetros por hora de velocidad máxima. Tú lo has dicho perfectamente, es un valiente guerrero. ¡Y supera con creces el millón de kilómetros! —exclamó Germán, siempre amante de estos motores antiguos y clásicos.
—Concretamente 1 235 000 —dijo, orgulloso, Paco.
—Es cierto que, si se cuida un motor, se le mima, se le revisa cada poco tiempo y se le da todo lo que pide, se convierte casi en indestructible —observó Germán.
—Cada menos de mil kilómetros le reviso los niveles ––afirmó Paco, sin dejar de mirar con una tierna sonrisa su «nave».
Juan recordó a los demás que había traído su moto porque, además de que no cabrían todos en el coche con tantas mochilas, tenía que pasar por su casa antes.
—Yo salgo ya, que tengo que ir a mi casa antes a hablar con mis padres y darles el mando del aparcamiento donde ellos guardan el coche y yo la moto, porque mi madre perdió el suyo y tienen que hacer una copia. De todas maneras, creo que llegaré antes que vosotros. Quedamos en el lugar acordado, ¿vale? Dejadme llevar algo en el baúl de la moto, aún hay algo de hueco.
—Entendido —afirmó Paco—, cuando me veas llegar hazme destellos con las luces y así sabré dónde estás.
—Muy bien. ¡Hasta luego! —respondió Juan. Se ajustó el casco y puso el pequeño propulsor de su Yamaha YBR 125 roja en marcha.
Juan era un enamorado de su moto: fría en invierno, o en verano si hacía días que no se usaba. Le costaba algo arrancar, pero nada que no solucione una buena patada de arranque y el grifo de la gasolina en posición cebador cuando el botón eléctrico no era suficiente. Una vez que su pequeño corazón empezaba a latir, la diversión estaba asegurada. Con diez euros de combustible, la moto parecía vivir eternamente a pesar de que a sus lomos iba un chaval de metro noventa.
Paco y Germán pusieron las mochilas en el maletero —en la parte delantera del coche—. Gracias a que Juan se había llevado la suya consigo, todas cupieron, aunque con algo de presión. Paco usó un pequeño truco para que, con tanto peso, el antiguo motor se refrigerase mejor: levantó y bloqueó ligeramente la puerta trasera del automóvil, lugar donde iba alojado el pequeño propulsor.
Germán e Irene se sentaron detrás y Marta se disponía a hacerlo al lado de Paco.
—¡Yo casi no quepo en este coche! —exclamó Marta para bromear, ya que cabía perfectamente.
—Venga, sube, que tú tampoco eres Dueñas —dijo Paco para contrarrestar una broma con otra. Irene y Germán se rieron por este último comentario.
—¡Ha estado realmente bien eso de Dueñas, el mítico jugador del mejor deporte: el baloncesto!—celebró Irene, que jugaba en un equipo de basket local.
Marta era una chica de complexión sumamente mesoforma, como toda una fit girl que realmente era. Enormemente atractiva, hacía girar hasta retorcerse las cabezas de todos los chavales que se cruzaban con ella; sus ojos azules, siempre alegres, reflejaban el poder de la juventud; su cabello, rubio y liso, le llegaba por los codos. Para Germán, físicamente venía a ser una fusión entre la actriz Irene Escolar y Christina Rosenvinge cuando, en 1988, cantaba chas y aparezco a tu lado. Medía 157 centímetros, con un peso de cincuenta kilos. Era la más joven, ya que aún no había cumplido los dieciocho años, le encantaba vestir con ropa deportiva y era asidua al gimnasio. Había estado yendo a clases de teatro y le gustaría dedicarse a la interpretación. De momento había aparecido en algunos spots publicitarios —de ropa deportiva y de un centro comercial— y sus colegas estaban convencidos de que llegaría a ser una excelente actriz. Su sueño era crecer como intérprete. El primer paso lo había dado, pero ahora quisiera pasar a alguna serie local y, con el tiempo, si fuera posible, nacional. Seguiría con sus estudios y quería cursar segundo de bachillerato y, posteriormente, geología. Esa era una ciencia que le encantaba. Había quedado fascinada leyendo trabajos sobre el megatsunamide 1958 en Lituya o la tragedia de la presa de Vajont. Le gustaría dedicarse a la investigación en el campo geológico y, en un futuro más lejano, dedicarse a la docencia de esta ciencia.
Irene, con sus 175 centímetros, era la segunda del grupo en altura. Pesaba 63 kilos. Su cabello era negro, rizado y tan largo como el de Marta. Era una chica de aspecto fuerte y voluptuoso, muy guapa, con bello rostro de intelectual presidido por dos ojazos de color avellana bajo grandes gafas vintage cuya exagerada montura parecía la de las azafatas de la primera temporada del programa Un, dos tres… responda otra vez. Algunos decían que era una auténtica nerd. Ese calificativo, lejos de molestarla, le gustaba. Entrenaba baloncesto, deporte en el que competía de manera amateur, algo que, gracias a su altura y conocimientos, se le daba muy bien. Estaba contenta porque, en unas semanas, iba a entrar en un equipo profesional. Cuando se enteró de tan buena noticia, meses atrás, todo el grupo lo celebró y le hicieron una fiesta; la ocasión lo merecía: pasando de aficionada a profesional en el equipo de Palma, tendría un pequeño contrato. Así, uno de los sueños de su vida —ganar dinero con algo que le gustaba tanto como jugar a basket— se había visto cumplido. Además de ello, en el futuro quería dedicarse a la docencia: ser maestra de niños pequeños en un colegio. Para ello debía estudiar la carrera de Magisterio en la UNED.
En cuanto a los chicos, Germán era de complexión media-fuerte, tenía un peso normal para sus 171 centímetros de estatura: 71 kilos. A veces llevaba un poco de perilla, como en el momento de la acampada, aunque normalmente iba totalmente afeitado. Germán llevaba su negro cabello corto y con corte clásico. Su color de piel era entre mediterráneo y caucásico, de ojos color marrón intenso. Presumía de que su padre era uno de los pocos habitantes de Escorca, uno de los municipios más grandes de Mallorca y el menos poblado de todos, lugar de las montañas más altas y los más bellos paisajes de la isla. Era un apasionado de las nuevas tecnologías y de las novelas de ciencia ficción, lector acérrimo de Isaac Asimov, Michael Crichton, Clive Cussler, Kim Stanley Robinson y Robin Cook. También le encantaba leer a Yevgeny Zamyatin, Aldous Huxley y George Orwell, ya que estos tres últimos autores habían reflejado en sus novelas un futuro distópico que temía que un día llegase si los políticos no dejaban de ser incompetentes y el pueblo no dejaba de ser como un rebaño.
Tenía claros sus objetivos en la vida y sabía que había que ir paso a paso; si bien esos pasos debían ser firmes. Deseaba llegar a poder ganarse la vida pilotando aviones militares, concretamente un antiguo MirageF1 actualizado a MF2000; pero si no lograba esa preferencia, le valdría cualquier modelo, ya que realmente le apasionaba la aviación. En unos meses quería dar el paso de intentar ser admitido para la Academia General del Aire. Debía realizar un examen de conocimientos militares y cultura general y, en caso de aprobarlo, podría iniciar sus estudios allí. También entrenaba: iba al gimnasio cuando tenía tiempo. Normalmente, después de un largo día de clases y estudio, solía entrenar pesas o bicicleta estática durante una hora, en el mismo gimnasio que Marta.
Paco era el mayor de los chicos en edad por meses. Medía 168 centímetros y era de complexión delgada. Su cabello era muy rizado y tan corto como el de Germán y Juan. Tenía siempre el rostro afeitado y sus ojos eran entre marrones y negros. Era el fiestero del grupo en el sentido de que era a quién más le gustaba salir «de marcha» a locales de ocio nocturno; aunque era consciente de que la mejor fiesta era siempre la que se hacía con los buenos amigos —los del grupo— en casa de alguno de ellos, mirando pelis o jugando partidas. Nunca en la vida visitaría un antro lleno de niñatos pasados de alcohol donde se escucha música comercial de letra extremadamente sencilla, pseudosexual y patética que todos bailan como si fuesen murciélagos en una jaula. Lo suyo era música tranquila, de autor, electrónica y selecta; afición que compartía con el resto del grupo en pequeños y entrañables locales; si eran de pueblo, mejor. Siempre quería que el resto del grupo saliera «de marcha» con él: «cuantos más seamos, mejor sale el taxi, que no me voy a llevar el Seiscientos», decía; pero finalmente siempre acababa en su casa, o en la de Juan, en la de Germán, en la de Marta o en la de Irene, con el resto del grupo, mirando películas o series, o jugando partidas en equipo a partir de las doce o la una de la noche y descubriendo que eso era lo que más le gustaba.
Había suspendido dos asignaturas; «no son muchas», mencionó. Su plan de vida era «sacrificar» algunas semanas estudiando, en un mes y medio, para aprobar las que le habían quedado y ponerse a trabajar. No le apetecía demasiado seguir con los estudios, aunque sabía que siempre estaba a tiempo de cambiar de opinión y retomarlos. Su padre, al que apreciaba a más no poder, tenía una frutería —de frutas y verduras, como siempre decía— y él, de vez en cuando, le ayudaba. Ambos tenían previsto que el negocio familiar pasaría a Paco. Estaba orgulloso de pensar que sería frutero y verdulero, como su padre, hasta que se jubilase. Ese trabajo, su familia y sus amigos era todo lo que necesitaba para ser feliz.
Juan era muy alto: medía 190 centímetros y, por eso, destacaba sobre los demás. Su cabello era rubio y corto, su rostro todavía era barbilampiño. El color de sus ojos estaba entre el marrón y el verde. Realmente frikicomo todo el grupo, dibujaba realmente bien. Si Germán era «devorador» de libros en primer lugar y de cómics en segundo, Juan era al revés; le gustaba más leer cómics que libros. Medio año atrás había ganado un pequeño premio económico que le dio para cubrir sus necesidades de un mes, gracias a la publicación de una pequeña historieta en una revista nacional. Realmente quedó en segundo lugar, pero a todos les encantó su trabajo, que debía versar de una manera cómica sobre televisión basura. En su historieta, todos los miembros de una familia de clase media-baja acababan domiciliando sus nóminas y pensiones en un canal de telebasura en crisis que amenazaba con dejar de emitir su programa de cotilleos. El director del canal de televisión agradeció las donaciones realizando un spot en una hamaca de Cayo Samaná, con un cóctel caribbean sunset en una mano, un puro en la otra y una sonrisa de oreja a oreja en el rostro.
Juan seguiría con sus estudios; quería ir a la universidad para estudiar ingeniería mecánica; aunque, como el saber no ocupa lugar, también se dedicaría al dibujo de cómics. De hecho, prácticamente había convencido a Germán para, cuando tuvieran tiempo, hacer un curso profesional de dibujo de cómic en la Escuela de Arte y Superior de Diseño de Baleares y explotar esos conocimientos, aunque como segunda actividad para los dos.
Paco se detuvo en el polígono de Son Valentí para repostar el Seiscientos. Llenó el depósito de gasolina sin plomo y, muy brevemente, comprobó los niveles de aceite y refrigerante, además de la presión de los neumáticos junto con Germán, quien fue a ayudarle en esta tarea. Los niveles y presiones estaban perfectos ya que hacía dos semanas que Paco los había revisado.
—Más de sesenta años y jamás ha perdido aceite o refrigerante de forma anormal, ¿qué coche de hoy en día sería así de fiable? —se preguntó Paco. Germán estaba encantado de poder subir a ese coche, que estaba prácticamente reluciente.
—¿Y cuándo vas a hacer el examen práctico del carnet de conducir? —le preguntó Paco a Germán, mientras abandonaban la zona de mayor densidad de tráfico de la ciudad.
—Pues vaya, eso también es algo que tengo que hacer en estas próximas semanas. Supongo que en menos de un mes lo habré hecho. Aunque a mí me da la sensación de que aún estoy un poco «verde», el maestro opina que voy bastante bien y que, en poco tiempo, ya me dirá que puedo ir a hacer el examen. No quiero gastar mucha «pasta». Mi madre me ayuda, ya sabes…
––Ya verás que, cuando te pongas al volante por primera vez a solas, te parecerá que vas a los mandos de uno de esos Mirageque te gustan tanto —pronosticó Paco.
—Jejeje, imagino que será así.
—Yo también tengo interés en obtener el carnet de conducir, es algo que tengo pensado desde hace un mes —respondió Irene—. ¿Me recomiendas tu autoescuela? —preguntó.
—Sí, claro, ¿por qué no? Está muy bien. Antes de ayer, cuando nos vimos en el kiosco, acababa de salir de pagar veinte euros para que me conserven la matrícula, ya que con los exámenes no he tenido tiempo de practicar mucho.
—Cierto, te vi en el kiosco. Como siempre, nos intercambiamos el Muy Interesante y el Shonen Jump que compras allí con otras revistas y cómics que adquirimos los demás en otras papelerías, y así todos leemos todo lo que compramos —respondió Irene.
Cuando estaban a la altura de la carretera MA1110 a la altura de Son Sardina, Marta recibió la llamada de Juan:
—Hola Juan, ¿qué tal? ¿Alguna novedad?
—Sí, le había dicho a Paco de vernos en la salida de Esporlas, junto a la Iglesia y su cuartel de Policía, pero no va a ser posible ir desde aquí al Port d’es Canonge: un camión ha roto la caja de cambios y ha quedado obstaculizando toda la calzada. Yo puedo pasar con la moto, pero vosotros no podréis pasar con el coche.
—¿Y cómo lo hacemos? Dímelo, y le pongo el altavoz a Paco, que va conduciendo.
—Dile que tendrá que dar media vuelta y seguir por la autovía hacia Andratx. Él sabrá cómo hacerlo. Como vais a tener que ir por un camino mucho más largo, haré tiempo tomando algo aquí, en un bar de Esporles. Cuando hayáis pasado por la Torre d’es Verger o de Ses Ànimes, avisadme y nos podemos ver en la carretera de bajada al Port d’es Canonge.
—Vale, Juan, te he escuchado. Doy la vuelta en la siguiente rotonda y salgo a la autovía. Tardaremos bastante más en llegar, pero es lo que hay…
—Ya, bueno… Luego cenamos en casa de los pescadores amigos de mis padres, en el Port d’es Canonge —aseguró Juan.
Paco, a los mandos de su Seat Seiscientos, «la nave» para los amigos, salió a la autovía tras pasar frente al hospital de Son Espases. Entonces llegó al túnel de Génova y prosiguió por la MA-1 hacia Calviá, usando la salida de Palmanova, por la carretera comarcal MA-1015.
—Más o menos en una hora y media llegaremos al lugar donde nos espera Juan, es mejor no pasar de ochenta kilómetros por hora en autovía y, de vez en cuando, bajar a setenta o incluso a sesenta para que el motor se refrigere un poco mejor —pronosticó el conductor.
—¿Te bastará la gasolina? —quiso saber Germán.
—Sí, el depósito no es grande, pero el consumo tampoco. Cuando lleguemos a nuestro destino habremos gastado casi la mitad del tanque. Depende de la conducción, como es lógico —respondió Paco.
—¿Ha dicho que cenaremos en casa de unos pescadores amigos de sus padres? —preguntó Marta.
