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Los poemas del libro Euridiciente configuran la memoria de una gitana, de una nómada que recorre el mundo en un exilio de siglos. Los versos de este libro, a veces son una sola letra, una palabra rota, un tartamudeo grave; otras, forman un torrente que reverbera. La voz lleva el ritmo de la sangre calé que la recorre en doble ascendencia, la paterna española y la materna rumana. Del cante jondo cruza su voz hacia la melancólica doina de amor, doina de la soledad extendida en un vibrante gorgeo, canto impregnado de dor. Dor es la palabra que caracteriza el sentimiento del pueblo Rumano, desasón en cuerpo y alma del presente, anhelo de aquello que se ha perdido, Dor es certeza de habitar un exilio y al mismo tiempo Dor es compañía, es la soledad que acompaña, la doina es otro cantar por soleares.
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Seitenzahl: 86
Veröffentlichungsjahr: 2019
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Pizarro, Águeda, 1941-
Euridiciente / Águeda Pizarro. — Cali : Programa Editorial Universidad del Valle, 2019.
168 páginas ; 22 cm. — (Las ofrendas)
1. Poesía colombiana 2.Vida cotidiana - Poesías I. Tít.
II. Serie.
C0861.6 cd 22 ed.
A1647626
CEP-Banco de la República-Biblioteca Luis Ángel Arango
Universidad del Valle
Programa Editorial
Título: Euridiciente
Autor: Águeda Pizarro Oniçiu
Director de la colección: Julián Malatesta
ISBN: 978-958-5599-07-9
ISBN-PDF: 978-958-5599-08-6
Colección: Las ofrendas
Primera edición
Rector de la Universidad del Valle: Édgar Varela Barrios
Vicerrector de Investigaciones: Jaime R. Cantera Kintz
Director del Programa Editorial: Omar Díaz Saldaña
© De la presente edición: Universidad del Valle
© Águeda Pizarro
Diseño y diagramación: Alejandro Soto Perez
Este libro, salvo las excepciones previstas por la Ley, no puede ser reproducido por ningún medio sin previa autorización escrita por el autor.
El contenido de esta obra corresponde al derecho de expresión del autor y no compromete el pensamiento institucional de la Universidad del Valle, ni genera responsabilidad frente a terceros.
Cali, Colombia, septiembre de 2019
Diseño epub:
Hipertexto – Netizen Digital Solutions
PRÓLOGO
LAS SOLEDADES DE ÁGUEDA
PRESAGIOS
CUERPO PRESENTE
OFRENDA
ABUELUMEN
NOCTURNO
EURIDICIENTE
DELIRIO DE EURIDICE
NUNCA
LA HIJA DE LIRA
DELIRIOS
CIUDÁDIVAS
PARAÍSO
CARBONCILLOS Y SANGUINAS
SAHUMERIO, SABIO, HUMO, RÍO
EURÍ DICE SU ELEGÍA
EPISAGIOS
MEMÓRFICA
UMBRAL
ADIÓS
FUGAZ
SAETA
URDIMBRE
NOTAS AL PIE
La poesía es un abrirse del ser hacia dentro y
hacia fuera al
mismo tiempo. Es un oír en el
silencio y un ver en la obscuridad.
“La música callada, la
soledad sonora.” Es la salida de sí,
un poseerse por haberse
olvidado, un olvido por haber ganado
la renuncia total.
Un poseerse para no tener ya nada que
dar; un salir de sí enamorado,
una entrega a lo que no se
sabe aún ni se ve.
Un encontrarse entero por haberse enteramente
dado
MARÍA ZAMBRANO
Por: Cristina Valcke
[Orfeo]… no quiere a Eurídice en su verdad diurna y en su encanto cotidiano, que la quiere en su oscuridad nocturna, en su alejamiento, con su cuerpo cerrado y su rostro sellado, que quiere verla no cuando es visible, sino cuando es invisible, y no con la intimidad de una vida familiar, sino como la extrañeza de lo que excluye toda intimidad, no hacerla vivir, sino tener viva en ella la plenitud de su muerte.
MAURICE BLANCHOT
El espacio literario
Descender al olvido es el duro trabajo de la memoria, en la jondura de su cante, la poeta zigzaguea, rompe la continuidad, se despeña por las cuchillas de los acantilados donde la palabra ha perdido su nombre. Águeda-Eurídice ha muerto en el mito, condenada a revivir y a remorir por generaciones, no sabe quién es, se pierde de sí, de su voz que no es el sonido de Orfeo.
En busca de la palabra negada, de la última murmuración del cuerpo que por mucho tiempo fuera la contraparte, en armonía o en disonancia del propio, el yo poético se engaña, se confunde hasta la muerte. ¿Dónde más puede lanzar su red para atrapar lo que le fuera negado después de siglos de espera?
Al ver bailar a Israel Galván en el escenario de la Maestranza, el filósofo e historiador del arte Georges Didi-Huberman, recuerda que uno de los palos flamencos es el cante por soleares (por soledades) y descubre que el estilo particular de este bailaor responde al mismo principio que anima a los “soleaderos”, se trata del movimiento “en carne viva, en el substrato, en la materia de sus soledades”1(p.20). La interpretación del baile de Galván hecho por el filósofo, resuena al leer los poemas del libro Euridiciente. Como el bailaor, Águeda Pizarro se mueve en sus soleares, su ancestro andaluz la empuja en este peregrinaje de sílabas, la poeta canta entre, desde, con sus soledades, para, hasta y hacia sus soledades. La repetición del lamento, la insistencia en el signo, la descomposición de los vocablos, el tartamudeo del verso, la fragmentación de la memoria, la reconciliación con el olvido, responden a la jondura, el remate y el temple que son los movimientos propios de este estilo.
No afirmo que los poemas del libro, correspondan a la estructura formal del cante jondo, no son los acentos, no las rimas, no las coplas, pero sí el sentido del ritmo, la cascada temblorosa que busca adentro del cuerpo el misterio de su encarnación, el regodeo íntimo de la voz en sus soledades. El poeta español José Ángel Valente reconoce en el cante una experiencia trascendental, de tal manera que explica la jondura como lo entrañal de que hablan los místicos españoles, el cante dice, es un canto hacia adentro del cuerpo y de la voz2. Y hay más, Valente afirma:
La voz aparece o se manifiesta desde lo oscuro, pero sólo para sumergirse de nuevo –y sumergirnos con ella– en lo oscuro. Se llena entonces de sonidos negros, como la debla. La palabra en el cante nos lleva hacia la oscuridad. La oscuridad es su luz. Cuando un cantaor alcanza ese límite extremo, cuando en su cante llega al punto en que la oscuridad y la luz se unifican, ha entrado en el territorio de lo primordial de lo poético, territorio donde el hombre es poseído de la palabra: territorio del duende, o del ángel, o del demonio o del dios. (Poesía y Canto: El río sumergido, p-29)
Qué oportuna equivalencia entre el claroscuro del jondo y el mito de Orfeo y Eurídice. Según Ovidio en Las Metamorfosis, luego de que la ninfa muriera víctima del mordisco de la serpiente encantada, Orfeo desciende al inframundo para recuperar a su esposa. Por arte de la música, la más conmovedora jamás interpretada, el hijo de Apolo logra evadir los peligros y convencer a Hades y a Perséfone de devolver a la luz el cuerpo amado. La pareja tenebrosa solo antepone una condición: Orfeo no ha de volver su rostro hacía el rostro deseado, Eurídice irá tras él, guiada por el sonido de la lira, él no la mirará hasta que ambos hayan sido bañados totalmente por la luz. Separados aún, emprenden el retorno, ambos avanzan de la oscuridad al día, pero, a punto de alcanzar la salida del reino de las sombras, justo en el momento en que la luz está por terminar el dibujo del cuerpo de su amada, él la mira, vuelve sus ojos para encontrarla, quiere abrazarla… En ese desafortunado instante, Orfeo sólo estrecha un humo que se esfuma, es Eurídice quien regresa para siempre a la oscuridad de su muerte.
Euridiciente entona una canción de amigo, aquél tópico nacido para el jondo en el cruce de las jarchas al habib de la Andalucía árabe y la juglaresca gallego-portuguesa, entre los siglos XIII y XIV. El eje de estas canciones es la interpelación al habibi, amigo-amado ausente y el lamento por su falta. En el libro de Águeda Pizarro, las identidades del yo poético y de la autora se confunden3. Aunque el yo de sus versos asuma el nombre mítico de Eurídice, se reconoce a sí mismo como una nueva versión del personaje legendario, de este modo acepta la condición de símbolo que subyace a su personificación, la mujer Águeda enfrenta la muerte que la aparta del esposo, la voz poética dice esta pérdida y se convierte por gracia del arte, en otra voz, se torna Eurídice para ofrecerse al cruce entre la luz y la sombra, para cantar sus soleares.
El libro está compuesto en tres partes, la primera se titula Presagios, contiene los poemas: Cuerpo presente, Ofrenda, Abuelumen y Nocturno. Esta apertura constituye el acto de enterarse de la muerte, la voz poética Águeda, aún no Eurídice, da cuenta del viaje azaroso al encuentro con el cuerpo yacente del amado, ese cuerpo cerrado en donde el beso flota a la deriva, encarnación exacta del recuerdo, presencia contundente de su ausencia. El hombre yerto no atiende el llamado de la vida en las voces de ella esposa y de la hija, los labios del que ha dejado de ser hombre, se obstinan en la negación del verbo, no hubo la última palabra, última mirada, último abrazo, su piel es ahora una campana muda, donde hija y madre enfrentan la experiencia del vacío. Ha iniciado el viaje, la Águeda doliente acude a la fuerza del mito, la única capaz de impugnar el final y de sostenerla en la esperanza.
Así, el segundo poema del libro, sugiere el ritual de la sepultura con una evocación de la danza de las grullas del pueblo Ainú, aves que simbolizan la eternidad del amor conyugal. Desde la remota isla Hokkāido, en sincronía con la zarabanda de cigüeñas que emparejadas van de Egipto a Segovia, hasta el pacífico colombiano de garzas y alcatraces, el crotorar sacude y provoca el desdoblamiento, la desasida alma ave de la viuda invoca la luz de la sombra del que fuera su compañero para que hecho cometa, descienda sobre su pueblo verde y juntos rehagan la migración en el tiempo.
Poco a poco la poeta lía los hados que la conducen a la antigua fábula de la ninfa y el artista. Para llegar hasta la escena, la imagen de la sombra debe adquirir la potencia necesaria que provoque la conversión total al arte. Dos son los nudos que completan el telón de los presagios, el primero es la visitación: los ojos del nieto logran ver la sombra de la luz, el espectro del abuelo, esa nube vertical viva, única para el espíritu del niño aún abierto a los misterios de los cuerpos etéreos. El segundo es un sueño que trae la memoria de otra voz silenciada por la oscuridad, de otro adiós negado: la imagen del hijo muerto en el río del nacimiento. El recuerdo de esta sombra acrecienta la intuición del inframundo, la energía acumulada para cruzar el olvido y juntar los trozos de este otro dolor alienta el giro definitivo al mito.
