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El presente libro, merecedor del I Premio de Ensayo Círculo de Bellas Artes, supone una aguda reflexión en torno a las raíces culturales europeas, más allá de estereotipos y tentativas de reducción. Continuador de la reflexión iniciada en Geofilosofía de Europa, Europa o la Filosofía, es un epílogo nada complaciente, un matiz más que pone en duda alguas de nuestras certezas. En una época de relaciones globales no es posible el planteamiento de una "gran política", sin un ejercicio crítico de nuestra historia como el que ofrecen estas páginas.
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Veröffentlichungsjahr: 2020
Massimo Cacciari
EUROPA O LA FILOSOFÍA
Traducción deFrancisco Campillo
EDITAA. Machado Libros
Labradores, 5. 28660 Boadilla del Monte (Madrid)[email protected]•www.machadolibros.com
Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida ni total ni parcialmente, incluido el diseño de cubierta, ni registrada en, ni transmitida por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, ya sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electro-óptico, por fotocopia o cualquier otro sin el permiso previo, por escrito, de la editorial. Asimismo, no se podrá reproducir ninguna de sus ilustraciones sin contar con los permisos oportunos.
© de los textos: Massimo Cacciari© de la traducción: Francisco Campillo© de la presente edición: Machado Grupo de Distribución, S.L.
REALIZACIÓN: A. Machado Libros
ISBN: 978-84-9114-300-0
Pensar Europa
Dos discursos alemanes
La Europa de María Zambrano
Europa o la Cristiandad
Europa o la filosofía
Europeísmo
CUALQUIER idea que se tenga sobre Europa y su futuro está llamada hoy a la confrontación con lo que Europa es. Es compren- sible cómo, a la vista de las tragedias que hoy mismo siguen ensan- grentando el Este europeo, se puede caer en la tentación de resolver el problema afirmando que, en un sentido político, Europa simple- mente no es. Pero esto no sería sino un signo de impaciencia romántica, de “romanticismo político”. En realidad, y ésta es mi opinión, las más asombrosas demostraciones de impotencia polí- tica que Europa ha ofrecido en estos años deben ser reconducidas al estudio de los fundamentos de su actual política. Debemos inten- tar explicar, tomando como punto de partida las ideas-guía de la política europea, su extrema dificultad o, incluso, su impotencia a la hora de presentarse como protagonista allí donde la crisis de equilibrios pasados llega a su fase final, allí donde los conflictos ya han dejado de parecer conciliables “administrativamente”. En definitiva: ¿el hecho de que Europa aparezca hoy como un objeto político no identificado puede interpretarse como expresión de su esencia política ?
Y es que, en realidad, la segunda mitad del siglo XX ha concluido con un acontecimiento sin duda extraordinario, cuya relevancia, no sólo política, sino también simbólica, es innegable. Con la moneda única concluye un proceso de integración económico-comercial, que ha podido llevarse a cabo precisamente porque ha sido “rigurosamente” pensado en estos términos. Es decir: una visión política, muy consciente de sus propios límites, ha sabido en estos más de cincuenta años mantener la búsqueda de estadios de integración cada vez más avanzados dentro de límites rigurosamente económico-financieros. El actual carácter de indefinición política de Europa es producto de una estrategia política. Afirmar, como se hace desde distintos foros, que sólo ahora cabría plantearse el problema de la “forma política” europea es, sin duda alguna, practicar el “romanticismo político”. El extraordinario éxito de la integración económico-financiera nace gracias a la debilidad política de las “potencias” por excelencia de la historia moderna: los estados- nación europeos. Si no se tiene claramente presente este aspecto, no se entenderá en absoluto ninguno de los acontecimientos actuales ni nuestro “futuro presente”. Sobre la base del poder de los estados europeos lo único que habría sido concebible sería una continuación ad indefinitum de la “guerra civil”, porque su solución, protagonizada por la victoria de uno de ellos, era y habría seguido siendo inconcebible: ésta es la trágica lección del “siglo largo”, que va desde 1848 hasta el final de la Segunda Guerra Mundial.
Las condiciones para el progreso de integración se han creado gracias a, y no a pesar de, la extraordinaria debilidad de los estados europeos al término de su guerra civil secular. La utilización de esta debilidad –diría más, la utilización de la crisis actual del estado- nación europeo impulsada por los grandes ámbitos de la globalización (economía, finanzas, tecnología, cultura)– ha producido ese excepcional resultado político que supone la moneda única, es decir, la creación de un espacio único, gobernado homogéneamente, de política monetaria.
¿Cómo debemos entender ahora Europa?, ¿qué ideas dan forma a su configuración actual? Es imposible que su génesis no determine profundamente tanto su organización presente como sus transformaciones futuras. ¿Puede un organismo que ha hecho de su propia debilidad política el arma fundamental de su afirmación funcionar más allá del momento actual?, ¿y puede no funcionar?, ¿subsisten en su situación actual gérmenes positivos de cara a inminentes y posibles metamorfosis?, ¿o éstas son concebibles sólo como “catástrofes”, consecuencia de cambios repentinos?
Nuestra única opción de análisis es partir de las ideas que dominan hoy en la praxis política europea. Puede decirse que hay realmente una auténtica filosofía de Maastricht, no difícil de definir – toda ella determinada por la historia que precede a la integración–. Su principio fundamental, su fundamentum inconcussum, del cual debe partir cualquier explicación, pero que, a su vez, y precisamente en cuanto fundamento, debe permanecer indemostrable, se llama estabilidad. Han sido todos los traumas, todas las angustias de la “gran guerra civil”, los que la han impuesto. Su valor va infinitamente más allá de meros criterios financiero-administrativos. También en este caso estamos ante una decisión política: la de impedir decisiones políticas que puedan resquebrajar esa red de intereses recíprocos y ventajas económicas que han gobernado el proceso de integración.
Pero no es suficiente. Un corolario del principio de estabilidad es la irreversibilidad del proceso mismo. La integración debe poder desarrollarse cada vez más, pues, de otro modo, su estabilidad iría a menos: con el fin de que tal desarrollo no suponga un peligro para su propio fundamento aquél debe presentarse como algo irreversible; es decir, las sucesivas fases de la integración deben poder parecer, por así decirlo, “previstas” ya en la fase actual, implícitas en su sustancia. No hay lugar para las decisiones, no hay lugar para la elección “aventurada”, sino para la evolución, el crecimiento “natural” de una estabilidad alcanzada.
Si nos fijamos bien, lo que aquí está en juego es toda una “filosofía del tiempo”, todo el significado del moderno “proyecto”. El tiempo se concibe como una función lineal del equilibrio entre los factores del estado presente; sus contenidos son extrapolables a partir del análisis de tal equilibrio. Por ello, el “mejor proyecto” consistiría en calcular el “crecimiento” óptimo de los factores actuales, respetando el vínculo que posibilita la estabilidad del equilibrio de los mismos. Sería demasiado fácil criticar la arcaica rigidez epistemológica de un modelo como éste, que bien parece reflejar una ingenua visión historicista-progresista (pero la adopción de un punto de vista indeterminista-probabilístico pondría en discusión el aparato completo de los principios que, hoy por hoy, rigen la integración europea). Cualquier asunción, en el modelo, de “posibilidades” irreducibles a la primacía del “acto” comportaría necesariamente que las fases sucesivas de la integración no serían simple evolución del estado presente, y no podrían, por ello, garantizar el equilibrio del mismo –y, en definitiva, implicaría que tales fases no serían concebibles sino como decisiones políticas, que es justamente aquello que el fundamentum inconcussum de la estabilidad debe evitar–. Por ello, es absolutamente esencial que la decisión esté des-politizada, que se transforme en mero cálculo administrativo. La des-politización del proceso de integración, cabe decirlo una vez más, es el arma política esencial para garantizar su proceso de desarrollo y su éxito.
¿Y este arma puede funcionar? Sólo bajo una condición, implícita desde siempre en toda “filosofía de la historia” progresista de cuño liberal, que es la siguiente: que la estabilidad-irreversibilidad del sistema esté garantizada de modo inmanente por el respeto a las reglas del mercado y del libre comercio. Sólo el mecanismo de mercado parece capaz de permitir una estabilidad irreversible (o, como máximo, simples oscilaciones respecto a su “línea”).
La idea de un progreso estable, o de una estabilidad progresiva, alcanzable mediante mecanismos que se presuponen semiautomáticos, o, en cualquier caso, “anónimos”, sustraídos a la casualidad y el arbitrio, es, naturalmente, una vieja utopía. Incluso podríamos decir que se trata de la quintaesencia misma de la utopía. ¿De hecho, qué representa la utopía sino una cualidad necesaria para el desarrollo de los conocimientos, de las tecnologías, de un bienestar en ausencia de conflicto y decisión política? Pero aquí se presenta con un nuevo vigor y con un realismo muy distinto. La utopía se enfrentó en su tiempo con la “aurora” de la voluntad de poder de los estados; la “irreversible estabilidad” de Maastricht supone, en cambio, su irreversible decadencia. La posible eficacia de los automatismos administrativos tiene un fundamento muy distinto: ningún estado podría hoy imaginar un nuevo diseño para Europa según sus particulares poderes nacionales. Por el contrario, son los principios de integración los que han de rediseñar los poderes de los Estados. Y su “poder” es el de las reglas de la competencia y del mercado.
Pero hay una razón de mayor profundidad, “antropológica”, diríamos, que hace que hoy resulte “realista” la utopía de una progresiva-irreversible des-politización de Europa. El “hombre europeo” vive hoy el espacio europeo como un espacio de seguridad y tutela, un “lugar protegido”, la garantía de una defensa de sus intereses, eminentemente económica, cada vez más eficaz. El “hombre europeo” vive en la actualidad el proceso de integración como el ocaso definitivo de la necesidad de recurrir a cualquier decisión política en sentido propio. Y es presionando sobre esta muy enraizada necesidad como los estados-nación han sabido vencer en su interior todo tipo de resistencia ideológica y cultural, antes que económica y política, a la adhesión al esquema comunitario. Estamos ante un rasgo fundamental de la situación europea que siempre se olvida cuando se deplora la “ausencia política” de Europa en ciertas situaciones de crisis: los gobiernos de los estados europeos que forman la Comunidad no sólo no podrían jamás “convencer” a sus propios ciudadanos de la adopción de políticas de intervención activa, con todos los consiguientes riesgos militares y los costes económicos que ellas conllevarían, sino que correrían el riesgo, al pretender dar esa imagen protagonista de la política europea, de provocar en sus países graves reacciones contrarias al desarrollo de la integración. El homo democraticus europeo, “justo” heredero de aquel otro descrito por los Tocqueville y los Nietzsche de antaño, exige una Europa económicamente fuerte y políticamente débil.
¿Podrá mantenerse en pie semejante híbrido?, ¿se trata de una situación estable o, por el contrario, destinada a agotarse con mayor o menor rapidez? Sea como fuere, parece evidente que la idea-guía de la construcción comunitaria, que es, hoy día, la de una estabilidad obtenible sólo a través de la “homologación” del espacio europeo en relación con los mecanismos de competencia y mercado, se corresponde totalmente con la concepción de la política que el “hombre europeo” ha ido elaborando también sobre la base de las trágicas experiencias vividas en este siglo –es decir, la de la política como algo que, por su esencia, es causante de crisis y conflictos–. Podríamos quizá arriesgar un paralelismo: el “hombre europeo” está dispuesto a “reconocerse”, hoy en día, en la Comunidad, contra el conflicto político, del mismo modo que se “reconocía” en su Estado, “deus artificialis”, contra las “guerras de religión”.
