Evenor - Tomás Scarpatti - E-Book

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Tomás Scarpatti

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Beschreibung

En un mundo diferente del nuestro y en un tiempo desconocido, Évenor dejará su vida como artista para dedicarse al arte de la pregunta: la Filosofía. Motivado por ver su obra hecha realidad, emprenderá una búsqueda a través de un camino sinuoso e irregular hacia la verdad, ese horizonte siempre presente, y nos invitará a acompañarlo paso a paso. Aun así, Évenor deberá atravesar situaciones límite inevitablemente, que lo obligarán a caminar con un ojo optimista y otro pesimista para no caer en ningún abismo. Con esa mirada, el filósofo reflexionará y dialogará sobre las cuestiones imprescindibles para llegar al horizonte: ¿Qué verdad creemos buscar? ¿Qué nos ayuda y qué nos impide encontrarla? ¿Qué diferencia nuestro camino de los demás? Y, en definitiva: ¿Qué tanto nos afecta el mundo a medida que avanzamos? Su tratamiento sobre estos temas, en relación con la narración de sus aventuras y desventuras, mostrará la evolución del personaje. Esto resulta en una reflexión única y humilde a la vez.

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Seitenzahl: 380

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Scarpatti, Tomás

Évenor / Tomás Scarpatti. - 1a ed . - Córdoba : Tinta Libre, 2020.

312 p. ; 22 x 15 cm.

ISBN 978-987-708-539-6

1. Narrativa Argentina. 2. Filosofía Antigua. 3. Literatura Fantástica. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,

total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor. Está tam-

bién totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet

o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidad

de/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2020. Scarpatti, Tomás

© 2020. Tinta Libre Ediciones

ÉVENOR

Tomás Scarpatti

TEETETO —[...] según parece, nunca se vislumbrará el final.

EXTRANJERO —Coraje, Teeteto. Es necesario ir siempre hacia adelante, por poco que se avance.

Platón, Sofista, 261b4-6.

Prólogo

DEDICATORIA A SOFOS,MI MEJOR DISCÍPULO

Habrás notado que en la portada dice mi nombre: Évenor. Te preguntarás quién soy y por qué apareció este libro en tu biblioteca, como por arte de magia. Para tranquilizarte, seré breve:

Soy quien ha hecho todo, desde lo mejor hasta lo peor, por Prodigia, la ciudad que tanto amas. Fui artista, filósofo, maestro, revolucionario, fundador, esposo y padre. Fui tu maestro, y tú, mi mejor discípulo. Te enseñé a gobernar, pero para ello debí enseñarte a pensar desde cero —hablo de la filosofía—, invitándote a transitar el sendero hacia la verdad. Ese mismo es el que transité, y ahora debo llegar al final, por lo que esto es tanto una dedicatoria como una despedida. Te digo esto porque, técnicamente, ya no existo. Decidí borrar todo recuerdo sobre mí de la mente de las personas, sin excepciones —de nuevo, por arte de magia— y desapareceré de este mundo en un instante. Quizás, al leer este libro, recuerdes algo, pues mi magia no es perfecta. No debería sorprenderte, pues lo inexplicable no te es ajeno.

Si encuentras cabos sueltos en la historia de Prodigia, supón que allí debió estar un monstruo milenario como yo. Si alguna vez te encuentras con antiguos libros anónimos en la biblioteca, es muy probable que sean de tu maestro. Si no puedes encontrar al fundador de varias escuelas a través del mundo y de numerosas corrientes que culminaron en la fundación de esta ciudad, piensa que quizás haya sido un tal Évenor, pues así fue. Sin embargo, la tragedia acabó con mi vida, por eso, debo irme. Dejo, entre mis cosas, este libro, que es tuyo y solo tuyo. Te pido, a cambio, tu silencio y seguridad al cuidar de mi hijo, pues es probable que recuperes recuerdos importantes tras leer esto.

Este libro no es más que un compendio de pensamientos en voz alta que he recogido una vez que decidí irme de este mundo al otro, desechando lo innecesario. Incluí pocas palabras sobre lo que hice y muchas sobre lo que pensé, pues te será de mayor importancia. A mis hazañas te las dejaré en mi Diario —fíjate en el Collegium si no lo encuentras—. Dibujé cada escrito con el que te encontrarás a su debido momento, pero tiene alguna que otra corrección. Te pido paciencia, porque seguro encontrarás contradicciones y cambios de opinión bruscos a medida que avances. Así como un sendero, este libro está construido por baldosas desiguales. Me fue imposible mantener opiniones idénticas durante mil años, pero eso me resultó beneficioso. Lo único que se mantuvo marcado fue el objetivo.

Reconozco que mi inmortalidad no me pudo hacer eterno, pero sí mi pensamiento, que vengo a comunicarte. Notarás opiniones diversas, efecto del tiempo que me tocó vivir, y te ayudarán a seguir caminando por el sendero prodigio. A estos escritos los hice para mí en mi soledad, pero las ideas aquí esbozadas son para todos, por lo que te invito a compartirlas. Estoy seguro de que alimentarán tu mente y te darán más información para pensar activamente, lo cual te será útil como Consiliario.

Es ahora momento de volver sobre mis primeros pasos para ver qué hice mal y qué hice bien, reconociendo errores y aciertos, para hacerte recordar tanto a ti como a mí cuál es nuestro objetivo —que no creo que hayas olvidado—: “conocer la verdad”. Lo tienes escrito en la puerta principal de tu casa.

Primero, deberé darte contexto narrando lo que recuerdo de las etapas clave de mi larga vida. Los escritos siguientes son de mi juventud en Estagira, mi ciudad natal, pero pude editarlos un tanto en estos últimos años. Espero que los aprecies y te inspiren a seguir. Mientras tanto, me despido de la memoria de todos, y también de este peligroso mundo.

Con tristeza y orgullo,Évenor

·1·

Narración:una vida (in)tranquila

Nací en Estagira, ciudad pequeña y llena de historia. En ese momento era colonia de Atenas. Mi padre era un artista de renombre, de estilo conservador y muy atento con su familia. Mi madre era igual o más afectiva que él, y había heredado de mis abuelos una posada exitosa. Fui el segundo hijo, mi hermano mayor murió de una enfermedad extraña antes de que yo naciera. Lo que no sabían es que yo viviría enfermo toda la vida, de algo mucho más raro.

Viví una vida relativamente acomodada en Estagira. De mi niñez y adolescencia recuerdo poco, pero nada importante. A los veinte comencé a estudiar a tiempo completo en la Escuela de Arte, siguiendo la inspiración que me causaba mi padre. No buscaba renombre como él ni tampoco dinero, sino simplemente una vida cómoda. Si bien tenía otros intereses, la calma que me producía dibujar y pintar, así como servir a la sociedad con bellas obras me era suficiente. Me hice independiente en una época de paz y prosperidad, más allá de todas las batallas que se estaban gestando detrás de la cortina.

Hasta entonces, el único amigo verdadero que tenía desde la niñez era Anteo. Quizás conozcas Comentarios a la historia, Vida de los más ilustres pensadores egipcios y los seis libros sobre Dialéctica —todos son de su propia mano, por más que se los atribuyan a sus discípulos—. Mientras yo pintaba, él leía. Mientras yo ganaba premios, él viajaba por todo el mundo. Se especializó en la Filosofía de la Historia, y trabajó como filólogo en Egipto. Volvió y fundó la Escuela de Filosofía en Estagira, al lado de la de Arte, en donde yo comencé a enseñar a mediana edad.

Anteo era una persona excelente. Sonreía y reía todos los días, pero no por ser demasiado optimista o ingenuo, sino por genuina inteligencia, pues era plenamente consciente de su finitud. Él fue quien me contagió el hábito de preguntarme todas las mañanas: “¿quién soy? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy?” y a veces incluía “¿soy el mismo de ayer?” e intentaba contestarlas a todas cuando era oportuno. Me sirvieron toda la vida.

Lamentablemente, no recuerdo muchos detalles —de hecho, casi todo lo que me queda de esas épocas está escrito en mi Diario—. Lo primero que se me viene a la mente de esos tiempos, además de mi comodidad, es el enorme cuadro que pinté como proyecto de tesis en la escuela. Se llamó Prodigius Civitatem —en un idioma muerto, “Ciudad Prodigiosa”— y en él estaba detallada la ciudad soñada, la más bella utopía que pensé era imposible de cumplir. ¡Por supuesto que era imposible, pues creía que no me alcanzaría el tiempo para plasmarlo en la realidad! La pintura fue exitosa y pronto comencé a trabajar para varios aristócratas, gobernadores de la ciudad. Eran buenos tiempos, y no puedo evitar sentir nostalgia y algo de tristeza al recordarlos.

Ser reconocido mas no alabado por mis pinturas: eso me hacía feliz. Ver el asombro de mis clientes ante mis enormes cuadros enmarcados me alimentaba día tras día con una inmensa satisfacción y, a la larga, bienestar. Sin embargo, eso no me bastó por muchos años, pues, como dije, tenía otras pasiones. Ya debes saber bien de cuáles estoy hablando.

Cada tanto, me escapaba a la escuela de al lado para escuchar las clases de Anteo y tomar nota. Cursé varios seminarios y leí todos los clásicos con la excusa de que me servían de apoyo para crear nuevas pinturas. Incluso, llegué a enlistarme para unirme a la Escuela oficialmente, pero mi padre me persuadió de lo contrario. Una lucha ideológica estaba tomando lugar en Atenas y varias ciudades alrededor. Comenzó como una campaña fría entre las sombras, pero poco a poco se fue convirtiendo en batallas violentas y divisiones claras entre sectas. No era un buen momento para la filosofía, por lo que mi padre me recomendó alejarme y seguir como artista, y lo comprendí.

Seguí estudiando a escondidas bajo el título de artista. Seguí pintando, vendiendo y ganando premios. Mis padres envejecieron orgullosos de su único hijo, y yo crecí viendo la cara de satisfacción de mis clientes. Mientras tanto, Anteo siguió con su Escuela, que creció cada vez más. Pero, llegado cierto punto, la remuneración emocional que tenía al pintar me dejó de bastar. Ahora que pasó tanto tiempo, puedo pensarlo de otra manera. Quizás lo que yo quería era, simplemente, ser el cliente. Quizás yo quería asombrarme con el arte. Quizás era yo quien deseaba leer los dibujos y no simplemente contemplarlos al pasar. Quizás, por más que lo escondiera, yo mismo quería vivir del asombro, pero del más originario. Una parte de mi mente me pedía a gritos cambiar mi estilo, pasar del arte del dibujo al arte de la pregunta: la filosofía.

El cambio fue paulatino y en secreto. Cambié felicidad y bienestar por tranquilidad y conocimiento. Después de varias discusiones con mi padre, di a luz a una voluntad inquebrantable, sobre la cual incluyo a continuación varios textos. Al final, tomé el camino correcto, al menos respecto de la verdad. Es por eso que me hice una idea fuerte de qué es un camino, y de cuando es bueno un desvío.

Así reconocí mi intranquilidad y me decidí a buscar mi tranquilidad. Y mi decisión fue justificada. Después de todo, ya desde joven me interesaba por lo imposible, por lo inexplicable...

·2·

Caminos y desvíos

Este mundo está dotado, por un lado, de territorios inexplicables y cargados de poder y, por otro, de apariencias explicables que no sobresalen. A causa de ambas, queremos aventurarnos en una búsqueda. El objetivo no será más que la verdad, si es que existe, pues el simple hecho de conocerla hará que todo haya valido la pena. Evidentemente, no sabemos cómo es la verdad. Podríamos caracterizarla más adelante, pero solo tentativamente. A esta búsqueda la llamaremos, para facilitar la comprensión, el camino hacia la verdad, y será el sendero que deberemos recorrer, paso a paso, hasta llegar al final.

Primero, debemos aclarar cómo luce el camino desde el primer paso, con qué nos encontraremos y cómo avanzaremos. Así, incluiremos siempre, en los escritos procedentes, cómo nos afectará el mundo al transitar. Después de todo, no somos cosas dadas, independientes del mundo. Si así lo fuera, no emprenderíamos la búsqueda de lo verdaderamente real. Más bien, estamos en relación con todo —incluidos nosotros mismos— necesariamente, y es poco lo que podemos controlar respecto a eso. En cada paso deberemos apropiarnos de ciertas relaciones, teniéndolas en cuenta o bien desechando otras, siempre con el objetivo como criterio principal. Si nos encontramos con algo digno de reconocimiento, lo llevaremos con nosotros; si no, lo dejaremos de lado. Tanto la destrucción como la construcción de baldosas nos serán provechosas para el viaje. Por eso veremos, al caminar, qué deberíamos destruir y qué deberíamos construir.

El camino, como dijimos, conduce a la verdad —y esto es primordial—. Pero no por ello buscaremos caminar de forma lineal hacia ella, sino que aceptaremos la posibilidad del error siempre, y después avanzaremos. Así, nos encontraremos con varios temas que requieren examen, según la ocasión, pues sabemos que el pago por nuestra libertad es verse cara a cara con cada posibilidad. A estos temas los podemos llamar peajes, pues nos impedirían seguir caminando al obligarnos a parar y observar —o pagar— y, luego, a seguir, después de saldar una deuda. Varios peajes nos harán desviar un tanto, pero siempre volveremos al sendero a voluntad. El peaje de la intranquilidad y el miedo, por ejemplo, nos inspirará a avanzar lentamente, mientras que otros harán que abramos más los ojos. El peaje del reconocimiento nos inspirará a pasar por el del amor, y otras baldosas nos harán reflexionar sobre nuestra lógica, nuestras limitaciones y dificultades, para marcar el sendero a los costados. Con todo, no cabe duda de que, a cada paso, nos beneficiaremos.

Para comenzar a dilucidar la naturaleza del camino hacia la verdad, surgirán dudas de modo inevitable. Intentaremos contestarlas siempre y cuando las respuestas nos sean útiles, dado que hay cosas de las que es vano dudar. Reconocer cada pregunta que surgiere creará más problemas aún. Sin embargo, así es el amor que practicamos, la filosofía: llena de dudas. Por ello, no buscamos economizar con los problemas ni opacarlos desviando la mirada. En el caso de ver un problema, nos veremos obligados a prestarle atención, reconociendo entonces si la ansiada solución de este es beneficiosa o vana. No importa si podemos resolverlos o no, pues el acento está en los problemas que encontremos, no en las respuestas. Si buscáramos tranquilidad económica, haríamos todo por disolver o resolver cada problema hasta que no quedara ninguno. Sin embargo, nos desviaríamos: terminaríamos caminando en un establo o en una fábrica. No somos negociantes ni queremos serlo, por lo que recordaremos que buscamos la verdad, no el bienestar económico ni social.

Nuestro objetivo tampoco será la felicidad, lamentablemente, pues la verdad y la felicidad son cosas distintas, y decir que todos serán felices al conocer la verdad sería una apuesta demasiado grande y apresurada, aunque tranquilizadora. Admitimos, por ahora, que queremos una cierta tranquilidad al final, concluido el esfuerzo —pero la búsqueda de tranquilidad es problemática, reflexionaremos al respecto más adelante—. De todas formas, cuesta admitirlo. Afirmar que se prefiere la tranquilidad en vez de la felicidad, a otro puede hacer que le sangre el oído.

Como dijimos, buscamos “conocer la verdad” al final. Eso provoca que pensemos, por prejuicio, que el camino es cuesta arriba. De hecho, hay buenas razones para sostenerlo, porque se concibe que la verdad sea lo más elevado que existe —y no lo sabemos aún; nuestros primeros pasos son, de alguna manera, escépticos—. Además, preconcebimos que cada paso en el camino será doloroso, que al final se habrá sufrido para encontrar la verdad, pues esta es de altísima estima y requiere, a cambio, cierto dolor en los pies. Tomando eso en cuenta —que la verdad eleva a su descubridor y que el viaje será arduo y cansador—, es fácil admitir que el camino será como en una colina, que se subirá cada vez más o que en unas partes se escalará rápidamente, y que en la cima estará la verdad.

Con todo, nos rehusamos a apropiarnos de tal visión. Diremos, en cambio, que es probable que varios pasos nos duelan, y probablemente todos nos hagan sufrir; pero tenemos límites y buscamos la verdad dentro de los límites del sendero, es decir, de los nuestros. Si suponemos que el camino es recto o directo, estaríamos haciendo una descripción demasiado simplista del sendero. Ni siquiera la inmortalidad nos salvaría de buscar la verdad en la cima de una colina, pues la mente no lo soportaría —o lo haría a duras penas—; caería con más facilidad en la inseguridad y el miedo, se quedaría inmóvil o encontraría al fin una verdad absurda, para caer en la locura. Si la verdad es realmente, como dicen, lo más elevado, no debería tener nunca una o varias vidas como precio. Si así lo fuera, no valdría la pena. Pero lo vale —al menos para pasar por todos los peajes, para volver y comunicarla—, así, esa visión queda descartada.

Nuestra visión será más compleja que la de la colina. La iremos armando a medida que caminemos y podamos, así, mirar hacia atrás y formar un bosquejo de las huellas y de su ubicación, de los márgenes del sendero y de su tamaño. Admitiremos, después, que se siente como una colina, pues hay cierto esfuerzo en cada pequeño paso, pero no lo es realmente. Cada paso duele, haciéndonos creer que ejercitamos correctamente los músculos, dando la ilusión de caminar cuesta arriba. La verdad de la que hablamos no es aparente, pero cada paso se verá afectado por la apariencia. Si ese es el caso, dejaremos de caer en el engaño de lo aparente —como lo es la creencia de que es una colina— una vez la encontremos.

Al final, no seremos más elevados que los otros, sino simplemente diferentes, pues poseeremos algo que los otros no, a la vez que nos faltarán cosas que debimos dejar de lado —como la felicidad y el dinero—, y así se balancea el camino. En otras palabras, nunca nos creeremos mejores que los otros por buscar la verdad, ni por poseerla. Seremos humildes, porque, así como la buscamos, no la poseemos en absoluto. La primera y principal diferencia entre nosotros y los demás será, entonces, el horizonte de nuestro camino.

De esta manera, surgen otras preguntas: ¿cómo será cada paso en el camino? Y ¿cuántos tendremos que dar para llegar? Lo medianamente cierto es, por ahora, que serán muchísimos y que quizás no alcance el tiempo de una vida humana para llegar —si no, ya poseeríamos tal verdad gracias a nuestros antepasados—. Tal número, tendencialmente infinito, no se superará con el tiempo gracias a pasos agigantados, como algunos pretenden dar. En otras palabras, es muy probable que cada pequeño paso cuente por igual y que, entonces, no haya lugar para unos pocos pasos largos.

Es improbable que en nuestra búsqueda existan líneas que cruzar con tales pasos —como un antes y un después— y que nos hagan ir más rápido, para ahorrarnos tiempo, pues tales líneas serían impuestas por el ser humano —no reconocidas por su fervor—. Nosotros reconoceremos, incluso, el fervor cuando sea posible y, por ello, no marcaremos trazos importantes que nos lleven a la tranquilidad. Llegaremos al final con cada paso pequeño que demos, reconociendo uno que otro punto y aparte. Después de todo, podemos decir que pagaremos siempre con la moneda de la distancia, que es una colección de pasos, pero seguirá siendo más importante el precio que el pago en cuestión. Así, reconoceremos que lo importante es cada pequeño paso, no un par de saltos grandes en determinados momentos. Estos dolerán —o, más bien, nos parecerá que duelen—, pero el núcleo de cada uno será la esperanza o admitir que quizás valen la pena al final, en donde suponemos que está la verdad.

Pero entonces me dirán, respecto al objetivo: “¿cómo te atreves, Évenor, a llegar a esa verdad si no conoces ni el camino ni la verdad en cuestión?” Y esa duda es seria, digna de atención. Nos invita a retroceder y a responderla, aunque sea difícil. Diremos, provisionalmente, que nos atrevemos por pura confianza. Por otro lado, yo mismo contestaré que mi camino es el del guía. Soy quien, por mi constitución inhumana, debe mostrar el camino yendo primero —pero no por ser una autoridad, sino porque puedo, y por ello siento que debo— e iluminando lo que se viene para comunicarlo.

La duda persiste, pues ¿cómo iluminaré aquello que no conozco? Con la luz de la confianza, la virtud del guía por excelencia. Y me insistirán preguntando:“¿cómo serás el guía de un sendero que no conoces?” Me dirán: “Eso es imposible, pues un guía ya ha explorado el camino varias veces y lo conoce por experiencia”. Contestaré con la misma seguridad y algo de humor que hay muchas cosas que parecen imposibles, pero que al final pueden no serlo. No todas las variables son controlables, ni siquiera para el guía —entraremos en detalle sobre ello—.

El guía debe ser confiado, o más bien aparentarlo, pues sin la virtud de la confianza no daría ni un solo paso al frente. A su vez, confía en que los demás, si no él, llegarán al final del recorrido —por eso mismo escribo esto, confiando en que le será útil a alguien—. Si no es así, y quedo caminando en soledad, no me ofenderé; simplemente me contentaré con investigar el sendero, por lo menos hasta donde pueda llegar dialogando conmigo mismo, adquiriendo experiencia. Así, podré responder también a la pregunta planteada, pues habré conocido al menos una parte del camino, que me calificará para guiar a otros.

Hay otro prejuicio más, sobre todo en este momento previo a la completa descripción del camino, y es que se cree que este será “perfecto”, sin necesidad de puentes ni desvíos de por medio. Sin embargo, es vano pensar tal cosa, y no nos preparará para lo que se nos viene. Debemos aceptar o reconocer que nos cruzaremos con ríos —o distintos flujos o cambios de estado en las cosas— y también con abismos o pozos gigantescos, ya sean naturales o artificiales.

No sabemos aún cómo se ven estos abismos, pero nos hacemos una idea del peligro que nos suponen. Así como un río, habrá que cruzar los abismos, pero no con un simple puente, construido rectamente, sino con una compleja serie de pasos. Al cruzarnos con un abismo, deberemos rodearlo hasta el otro lado, con la virtud de la moderación. Si uno los mira demasiado, lo tientan, provocándole la ilusión de un llamado a unirse, al menos para conocer qué tan profundo es. Por tanto, no lo mediremos, pero sí lo miraremos un instante. Otra opción es no mirarlo o ignorarlo, pero es peor aún, pues nos caeríamos en él por no estar atentos. Es por eso que la moderación es la mejor opción ante los abismos. Si se los mira, pero no en demasía, se será moderado —al menos idealmente—. De esta manera, se podrá levantar la cabeza, y eso es lo importante. Solo así se podrá seguir caminando: rodeándolo, construyendo un desvío del camino originalmente planteado, pero necesario si tenemos la determinación para llegar a la verdad.

Es seguro que muchos de estos abismos, que nos provocarán una sensación de miedo o soledad —cuestión que se deberá tratar—, serán dignos de estima. Pues, cada vez que rodeemos uno, deberemos también investigarlo, imaginando qué nos pasaría si cayéramos en él. Eso haremos con el abismo que construyeron los amigos de las apariencias,1 los teóricos de lo absurdo,2 los falsos políticos,3 entre otros —pues descubriremos muchos al caminar—. Pero también con los naturales, como el de la apariencia en sí misma —probablemente el abismo más grande—. Entonces, levantaremos la cabeza al observarlos después de un rato, pues solo así se puede buscar el origen de estos abismos —además de sus posibles efectos—. Esa es una tarea primaria del filósofo: descubrir orígenes, incluso de lo que provoca miedo. Después de ello, y de rodearlo, se le dará la espalda —al menos provisoriamente— atentos a los nuevos alrededores. Al fin y al cabo, el primer criterio para saber a qué darle la espalda y a qué no será la búsqueda misma, que es de la verdad.

Y nunca, bajo ningún desvío, deberíamos olvidar el objetivo: “conocer la verdad”. Si se conoce lo que es, entonces la verdad es en tanto que es posible conocerla. Así, lo que es y locognoscible son una y la misma cosa. ¿Dónde, metafóricamente? En el horizonte que ya mencionamos, es decir, en el final del camino, que es visible en todo momento. El horizonte no es solo “algo” supuesto, sino un posible conocimiento y el cumplimiento del objetivo. Pero, nuevamente, se nos plantea una pregunta: ¿cómo podemos conocer el horizonte? Y a eso ya respondimos: “a pequeños pasos”, iguales entre sí, con uno que otro desvío, y peaje, además de ciertas virtudes.

Cada paso será a sabiendas. Se será consciente de cada uno y no se dejará la elección a la naturaleza del cuerpo, sino solo a la mente, para que la acción sea completamente voluntaria y, quizás, libre. Pero persiste la duda, pues ¿cómo avanzar hacia un horizonte que no sabemos qué es? ¿Cómo sabremos que estamos en el horizonte una vez que lleguemos? Nunca estuvimos allí, y apenas intuimos cómo llegar. La respuesta es simple: admitimos que lo sabremos sin más, pues el horizonte es y es cognoscible, ni más ni menos. Pero, si aún podemos dudar del supuesto horizonte al encontrarnos en él, entonces sabremos que no era el horizonte, sino un medio hacia él. Sin embargo, tendremos más herramientas para seguir buscando —y de hecho seguiremos caminando sin vacilar—. Por ahora, necesitamos muchas herramientas, pero incluso más si, al final, la verdad no era más que un invento humano y lo inexplicable era, o bien explicable, pero en otros términos, o bien tan inexplicable como todo lo demás —como sugieren varios abismos—. En otras palabras, es posible que la verdad sea solo un afán humano de tranquilidad, o que los ojos humanos no puedan verla.

En una frase: si queremos cumplir el objetivo, necesitamos de voluntad pura o valentía. Tendremos un conocimiento al caminar, aunque no sea de la verdad, y nunca titubearemos al llamarle así —pues a todos nos es útil—, pero habrá otro al final, quizás de más alto valor. Llamémosle conocimiento verdadero, sin enredarnos. Supongamos que será un conocimiento sobre lo que es, pero en cuanto que es puramente verdadero.

Al caminar, tendremos que darnos vuelta en ocasiones. No hay un criterio determinado para saber cuándo mirar atrás. Simplemente lo hacemos y lo seguiremos haciendo, porque así funciona la mente y, en particular, la imperfecta memoria. Al ver atrás, veremos nuestras huellas y todo lo que avanzamos en el camino. Es importante hacerlo, pues produce un reconocimiento de lo que se hizo, que se transforma en energías al instante para el caminante. Intentar ocultar las huellas, por otro lado, sería inmaduro. Implicaría que, cada vez que se dé un paso, se deba borrar el anterior, y así cada vez hasta el hartazgo. Un hábito tan absurdo nos haría retroceder con cada paso, en vez de avanzar —y hay varias formas más de retroceder, como veremos—, sería como empezar de cero con cada ocultamiento de las huellas. Además, provocaría que nadie más las viera, pero mientras más nos acompañen, mejor será.

Cabe añadir que probablemente no todos sean capaces de caminar en el sendero —también deberemos investigarlo—. Seleccionar acompañantes será una tarea difícil, pues señalar quiénes podrían en general, y aún más en particular, es una empresa seria en un mundo de apariencias, de actuaciones y fraudes.

Dadas estas consideraciones, es fácil concluir que el camino no será totalmente recto, sino que, a menudo, daremos con desvíos, efecto del atareo del miedo y la angustia que, antes de restarle algo al camino, lo harán tal. No obstante, dichos desvíos serán necesarios y provechosos, y sabremos volver al camino original con más energías que antes. Nuestra búsqueda se constituye, entonces, por la falta de ciertos bienes —perfección, encuentro con la verdad, y más—.

Reconoceremos que la propuesta de un camino como el descrito, tan dependiente de la confianza y la esperanza, nos determinará a plantear dogmas. Intentaremos que estos no sean demasiado fuertes, sino un tanto frágiles y provisorios, para poder usarlos en un buen sentido, ya que caminaremos en este mundo, en el que habitan seres humanos que nos verán y podrán señalarnos si hacemos algo mal. Cada afirmación será solo eso, y podrá ser cambiada, así como el camino será solo eso, y podrá tener desvíos, pero siempre en función de un fin. Mientras más aclaremos la naturaleza del sendero —mediante la aparente confianza del guía y la esperanza de los caminantes—, menos desvíos habrá. Por ahora, veremos cuáles son buenos y necesarios —como rodear un abismo peligroso—, es decir, de cuáles hay que apropiarse y cuáles hay que desechar relativamente. También dilucidaremos por qué nuestro afán es la verdad, comenzando por explicitar lo inexplicable en este mundo.

Este es el primer paso: reconocer que hay caminos y desvíos.

·3·

Lo inexplicable eneste mundo y la tendencia a la verdad

Dado el primer paso, “pasemos” provisoriamente de lo metafórico a lo concreto. Describiremos este mundo, en la medida de lo posible, para reconocer qué habrá a nuestros costados en general. Hablo de este mundo como si fuera especial por una razón puntual: es probable que haya otros mundos para descubrir, ya sea dentro o fuera de nuestras mentes, pero caminaremos en este mientras tanto. En otras palabras, creemos que la existencia de otros mundos es posible, aunque no sepamos con seguridad si será posible también comprobarlo. Al describir el bioma del camino, seremos conscientes de esa posibilidad.

Este mundo me parece normal, estoy acostumbrado a su constitución. Por estar habituado a desplazarme y a relacionarme con las mismas cosas de siempre, prejuzgo que este mundo es de lo más natural. Sin embargo, para explicar cómo es, debo extrañarme un tanto, limitarme a explicar qué cosas existen y ocurren como si fuera un espectador. Puede interesar, más adelante, contraponer mi punto de vista con otro, de un continente lejano. Para eso, haremos algo de Historia.

Este es un mundo filosófico. Está gobernado por un afán universal de vivir una vida sometida al examen. Las principales ramas que se cultivan son la Ética, la Metafísica y la Lógica. Algunas de las más nuevas incluyen la Filosofía de la Historia, Antropología y Filología. La Escuela de Anteo se concentra más en estas últimas. Los filósofos se sirven de los libros clásicos —cuyas fechas son inciertas— en sus primeros años. A veces, solo de fragmentos, más inciertos aún —aunque muchos confiamos en que algún día se recuperará toda la bibliografía clásica—. Los primeros estudios preparan la mente para que pueda guiarse sola en el futuro. A este principio de movimiento otros le llaman alma; otros, nous; otros, espíritu. Al final, si hay una sola cosa que une a este mundo es ese afán por conocer, por reflexionar y después actuar. Sin embargo, eso no quita que haya personas dispuestas a aparentarlo, sin poseer nada de conocimiento verdadero. Tampoco quita que desconozcamos o seamos incapaces de explicar varios de los fenómenos que ocurren u ocurrieron en este mundo. Ejemplo de ello es el caso de la historia.

He escuchado de Anteo y de otros historiadores que han encontrado varias ruinas alrededor del mundo con símbolos repetidos en cada una. Los menos escépticos dedujeron que se trataba de una conexión, aunque las ruinas no sean todas de la misma época. Algunos de estos teorizan que se trataba de una secta. Otros, de una religión entera, esparcida por todo el mundo hace miles de años, y monoteísta. Si es cierto o no ese pasado, aún no lo sabemos. Lo cierto es que a todos les hace acordar a un pasado aún más lejano: los mitos, que ahora son entretenimiento e inspiración para escribir, dialogar o reflexionar.

Si hablamos de religión actualmente, lo primero que se le viene a la cabeza a cualquiera es uno que otro movimiento filosófico que concibe que haya una causa —un Dios en cuestión— del cosmos, y que se lo pueda conocer razonando, no rindiendo tributos o por mera fe. Otros, salidos de esta escuela, afirman que Dios y el universo son lo mismo, y por eso se empeñan en observar los fenómenos de la naturaleza. Otros, incluso más raros, hablan de una “creación” del universo; pero es una idea difícil de concebir, dado que es más probable que el cosmos simplemente haya existido siempre.

No puedo hablar mucho de demografía, pero diré lo que sé. Atenas es la capital y ciudad más grande actualmente —seiscientos mil habitantes es muchísimo—, seguida por Roma y, según los viajeros, por varias ciudades persas. Estagira, Arcadia, Esparta y Olimpia son, actualmente, colonias de Atenas —según dicen, para disminuir la población y facilitar el gobierno de la capital—. En Atenas, la esclavitud es normal, pero no en Estagira, porque decidieron no comerciar con vidas. Al Oeste, todo lo que hay son ciudades independientes. Al Este, territorio indiscutible del rey persa. Al Norte, más allá de Abdera, y también al Sur de Egipto, pocos saben qué hay, ya que se requiere de un permiso para cruzar el vasto desierto.

Para continuar, debemos admitir que los modos de gobierno cambian según la necesidad. Atenas y sus colonias, por ejemplo, están bajo gobierno aristocrático, pero pronto crecerá la necesidad de una democracia por el crecimiento de la población. Ya hubo democracia antes, pero se convirtió en una tiranía que la hizo monarquía en poco tiempo. Si no me equivoco, la participación de unos pocos la fue transformando en la aristocracia que tenemos ahora, pero no estoy seguro. Lo único que puedo decir del gobierno de estas ciudades es su tendencia al cambio, pues es lo único que comparten y deben compartir. Menciono esto porque es importante entender que, así como las leyes naturales del mundo implican un cambio constante, y ningún efecto que se mantenga debidamente, las leyes artificiales —y por tanto también la forma del Estado mismo— tienen esa misma naturaleza: el angustiante e incesante devenir, la pura inestabilidad.

¿Hay algo diferente del proceso interminable —y aparentemente irracional— de cambios? ¿Existe algo tan radical que cambie nuestra forma de percibir el tiempo, y por tanto, también el espacio? Podemos solo imaginarlo y contar mitos, fantasear como en los sueños; o bien podemos buscar lo radicalmente diferente en el día a día, que parecemos tener en común todos. Si queremos describir este mundo, deberemos hacerlo desde lo que supuestamente es y lo que puede ser, según el discurso de otros. ¿Qué historias se cuentan y qué Historia se cuenta? Comenzaré por la primera.

Recuerdo que, cuando era joven, una viajera, huésped de la posada de mi madre, me contó que había presenciado actos sobrenaturales al sur de Italia. Dijo que una joven había hecho volar un carro cargado de provisiones, y que un color rojizo emanó de ella y del carro por un instante. Contó que, después de unos segundos así, se desmayó, y se despertó sin memoria, por lo que dejaron pasar el fenómeno sin dar explicación. Otro viajero me contó algo parecido: que en Delfos había un muchacho que podía leer la memoria de uno con solo mirarlo a los ojos, que nunca había fallado en hacerlo y que sus visitantes se asombraban con su exactitud. Sin embargo, dijo que el Gobierno ateniense se lo llevó por un supuesto fraude y nunca más se supo de él. Sugirió que, seguramente, lo encerraron y torturaron mental y físicamente.

En los mitos también hay historias sobre estos fenómenos. Como es de saber, dicen que existían seres especiales con poderes incontrolables, que causaban maremotos y tornados, e incluso profecías perfectas. En relación con esto, tenemos libros de historia que narran hechos sobrenaturales inexplicables, llamados prodigios.

Pocos hablan de ello, porque este mundo guarda secretos intocables. Lo inexplicable, frente a lo explicable, provoca miedo y desconfianza en la gente, aunque yo no entiendo por qué debe de ser así. Para mí, tanto lo fácil como lo difícil o imposible de conocer es parte del mundo por igual. Después de todo, el hombre no es la medida de todas las cosas y siempre quiere saber más, se anime o no. Por ahora, varias cosas son inexplicables, pero eso no impide que, algún día, pasen a ser explicables. Deberemos explorar estos fenómenos, pues es probable que sean de la misma naturaleza que la verdad que buscamos, no un conjunto de meras fantasías.

A lo aparentemente inexplicable se le suma lo que los historiadores llaman el vacío de la historia. Hablan de un período de miles de años sin testimonio alguno, con tan solo una que otra ruina o escrito entre la época del mito y la nuestra. Dicen que el vacío es de entre tres mil y seis mil años. Es por eso que la Historia es una rama nueva del conocimiento, más filosófico —dado que es generalísima y poco limitada— que científico —de objeto particular de estudio, como la Antropología—. Sobre este vacío hay una teoría interesante: la de Anteo, poco aceptada hasta ahora.

Anteo sostiene, en el libro sexto de Comentarios a la Historia, una hipótesis que podría cubrir el vacío histórico. En resumen, supuso que la humanidad, al principio del vacío, llegó al punto de poder planear, por más descabellado que suene, tocar las estrellas e, incluso, vivir en ellas —un sueño demasiado bello para hacerse realidad, a mi parecer—. La hipótesis plantea que la sociedad del momento vivía entre maravillas tecnológicas que no podríamos siquiera imaginar. Estas herramientas estaban en concordancia con los pensadores de la época, pues es posible que los filósofos de ese entonces —si es que existían como tales— dedicaran sus vidas a la técnica y no a la teoría, o teorizaran con la técnica como fin último. Tal habría sido su servicio a la técnica que habrán quedado por fuera de toda organización política o social, o más bien subordinados a estas, como los esclavos de Atenas a los políticos actuales.

Anteo escribió, si no recuerdo mal, que la guerra, culpa del interés político, impidió ese progreso tecnológico y dejaron varados esos planes —o sueños— de tocar las estrellas. Los intereses ganaron y prevaleció la opinión, no el conocimiento de estos pensadores. Si hubiera que ilustrarlo como una batalla fría, entonces los filósofos perdieron contra los políticos más acaudalados, pero ambos perdieron contra la desesperación.

Si hay una moraleja en la teoría, sería esta: sin importar cuánto avance tecnológico haya y cuánto se pueda hacer con las mejores herramientas, siempre habrá impedimentos que superen la técnica humana —y dicho impedimento será también humano—. En este caso, el impedimento fue el interés político y económico de algunos —aunque Anteo no es muy claro en ello—, proceso que culminó en una guerra en la que todos quedaron involucrados. Tan solo imaginemos lo cruel que sería una guerra si hablamos de herramientas capaces de llevarnos a las estrellas. Al final, los sueños de los pensadores se convirtieron en lo que siempre debieron ser: posibilidades en cuestión. Aquello que permitía su examen —los recursos— terminó siendo su imposibilidad. A fin de cuentas, no reconocieron los impedimentos de su libertad, es decir, esa posibilidad de imposibilidad en general. Así, podemos pensar que tanto esos pensadores como sus mandatarios sucumbieron ante sus pasiones.

Lo posible es solo posible, por lo que no debemos tomar la indeterminación —lo a futuro— como determinación. Si lo hacemos, caeremos en el miedo. Ellos habrán caído en algo parecido: desesperación, y la guerra de todos contra todos como efecto de la inseguridad. Es por eso que, en lo personal, no me gustaría ver sueños cumplidos gracias a avances técnicos. De hecho, me animo a sincerarme y a decir que estuvieron todos errados en sus sueños, confundiendo técnica por teoría y planes por pasiones —aunque lo digo con orgullo, desde mi comodidad en mis propias circunstancias—. Tan solo pensar en que otro vacío así es una posibilidad me angustia, me provoca a preguntarme “¿hacia dónde iremos ahora?” Y no hablo de Estagira ni de Grecia, sino de toda la humanidad. Si suponemos que no hay destino o determinación del futuro, entonces la teoría de Anteo deberá ser reconocida. Caso contrario, ¿estamos determinados a concluir en otra guerra, en ese mismo abismo?

Creo que la teoría aquí expuesta debería ser más examinada, pues construiría bases firmes para el filosofar y la creación de problemas que tanto nos encanta. No lo digo por ser amigo de Anteo, sino por querer aumentar la consideración de aquello que llamamos lo inexplicable en nuestros problemas. Con esto me refiero a las anécdotas de los viajeros y al miedo que generan, que construyen los márgenes del sendero. Si el vacío histórico —o reinicio, pues habríamos tenido que empezar de nuevo— de la humanidad tuvo algo que ver con lo inexplicable, por más extraño que suene, entonces estaríamos dando un paso en la dirección correcta al examinar lo incierto en este mundo. Pero dejémoslo de lado ahora y, sin cometer el error del vacío, reconozcamos que es una mera posibilidad, un alimento más para la mente.

Creo importante considerar que la humanidad del vacío tomó un desvío fatal. Supongamos que vivieron en un mundo con las mismas leyes naturales que el nuestro, es decir, de generación y corrupción, de movimiento perpetuo o flujo. Pero, en vez de reconocerlo al caminar hacia su horizonte, intentaron ordenar lo desordenado, estabilizar lo inestable. Quisieron poner orden al devenir construyendo, aplicando técnicas, como lo hace la araña con su tela. Nadaron en el río de Heráclito, pero para construir una represa poderosa y eficiente e ignorar el caos. Del flujo del río, solo querían sus recursos, no su consideración. Trabajaron con tanto esmero y durante tantas generaciones que la represa fue un éxito impresionante y pronto comenzaron a vivir felices y cómodos, pero sin nada que contemplar. Lo cotidiano se hizo menester, y todo lo demás se escondió debajo del lecho del río, invisible a los ojos de esa cotidianidad. Unos pocos —los pensadores— vivieron inmersos en ello, esforzándose por conocer en vano, haciendo todo para la técnica, no para el conocimiento verdadero. Así, todos dieron con un gran abismo.

No afirmo que los resultados meramente técnicos de esta sociedad hayan sido dignos de desprecio, pues les habrá facilitado la vida cotidiana. Solo quiero remarcar la fatalidad del olvido por la que pasaron al desviarse de la verdad a la técnica. Tomaron un camino válido y aparentemente bueno, pero con efectos indeseados. Si el camino que conduce a la tecnología es uno de tantos que reconoceremos en nuestra búsqueda, entonces cabe preguntarnos si existe algo así como una “tendencia” al camino verdadero que suponemos transitar nosotros.

Si efectivamente hay una fuerza así, entonces no es tan poderosa como para ubicar a la humanidad en el sendero adecuado, cuyo final es el horizonte y no un abismo —pues ya ocurrió que se transitó el del abismo—. Sería una tendencia natural —como la gravedad— y poderosa, pero insuficiente. Se preguntará: “¿qué le impediría ser suficiente?”. Quizás la libertad misma, es decir, el poder dar un paso al costado y superar la tendencia. Pero esto no pasaría si no hubiera otros caminos, con otros fines, además de los posibles desvíos en cada uno que los conectan. Cabe considerar, entonces, que si hay una tendencia a la verdad, a un sendero determinado, es inútil si no se lo sabe caminar.

Dicho esto, hemos de reconocer que no hay algo así como una tendencia natural hacia la verdad, al menos no en nuestra búsqueda. Esta se convertiría en una pseudobúsqueda; no seríamos debidamente libres de caminar hacia donde deseamos. No queremos caminar cuesta abajo, como llamados por la gravedad, sino por pura voluntad. Si decidimos dar un paso hacia el costado, tendrá que ser a sabiendas, es decir, reconociendo lo que implica —y más aún si lo hacemos todos, lo que justifica la necesidad de atención de la teoría de Anteo—. Así destruimos una idea: no hay tendencia alguna al caminar; y construimos otra retomando lo mencionado: es necesario examinar lo inexplicable de este mundo, pues puede estar relacionado con lo más originario y, además, con la verdad. De esa manera, resulta evidente el porqué de nuestro objetivo.

·4·

El horizonte

Habiendo reconocido que todo camino implica desvíos y que los primeros pasos serán necesariamente en este mundo, adquirimos una idea vaga del horizonte como final del camino. Lo cierto es que, mientras caminemos, veremos el horizonte siempre, pues dejaremos de caminar o de desviarnos solo cuando lleguemos al final, momento en el cual simplemente sabremos detenernos. Hasta entonces, caracterizaremos en la medida de lo posible la verdad que creemos buscar —y con particular acento en el “creemos”—. Lo conjeturable respecto al horizonte es poco, pero nos servirá, al menos, para marcarlo con determinación y para inspirarnos a seguir caminando, adquiriendo seguridad.

Si hemos de caminar, debe ser hacia un lugar necesariamente diferente. Si el sendero es por sí mismo cambiante —e incluso habrá otros que dirán que nunca se mantiene idéntico—, entonces aquello separado del sendero —el horizonte, fijo— tendría que ser tal por fuera del flujo o independiente de este. Y, dado que el camino hacia el horizonte es parte del devenir, cabe considerar la posibilidad de que la verdad que creemos buscar sea idéntica a sí misma —no en nuestra mente ni para nadie en particular, sino por sí misma—, más allá del tiempo.

De esto último —independencia del tiempo— se puede considerar que la verdad debería ser, de alguna manera, inmortal. Para usar una palabra no tan reducible a nuestros términos —como seres vivos que somos— y para ser más estrictos, digamos que debería ser eterna. De esto se puede concluir que la verdad no espera ser descubierta, por el simple hecho de que no tiene qué esperar, ya que el tiempo —o el cambio— no la afecta. Por tanto, diríamos metafóricamente que “vive desde siempre” y que no morirá. Que la verdad “viva” es, por cierto, solo una metáfora, ya que no tiene por qué ser parte de la vida —que ni siquiera podemos definir— como el ser humano.

La búsqueda de la verdad será esencialmente filosófica. En primer lugar, porque el campo de la filosofía es el más amplio y general —es poco probable que eso cambie en el futuro—; y nos serviremos de otras perspectivas como la Física, la Historia y la Política, pero de forma secundaria. En segundo lugar, la búsqueda será filosófica porque queremos conocer la verdad, no contentarnos con una opinión sobre si existe o no, ni cómo es, ni para qué; queremos saber todo esto al llegar al horizonte, sin quedarnos en el peldaño de la creencia.

Hablando de creencias, inmediatamente se nos ocurrirá que la búsqueda será religiosa, o de alguna forma de misticismo, pero no. Nuestro carácter escéptico al caminar destruirá las posibles conexiones de la búsqueda con lo religioso. No sabemos siquiera si la verdad es un ente o simplemente es, y tampoco sabemos qué es ser —solo lo suponemos—. Previamente,4 admitimos la posibilidad de que la verdad no sea —que no exista ni sea comunicable—, justamente porque estamos abiertos a las posibilidades. Si la búsqueda fuera religiosa, las posibilidades se delimitarían por una creencia determinada o por la fe, y muy probablemente por una tendencia natural a buscar la verdad, que ya negamos por necesidad.

También creemos que valdrá la pena encontrar la verdad, pero no, como dicen, por el sufrimiento o dolor previo y necesario, seguido de la divina calma. Más bien, por varios efectos posibles. El primero que se nos viene a la mente es demostrar la capacidad humana, hacer explícito el límite del camino, si es que tiene uno, probando de paso si es posible o no llegar al horizonte en cuestión. En caso de que podamos, estaremos casi forzados a reconocer que comprenderíamos la constitución del sendero y, luego, algo en sí mismo, idéntico y eterno: la verdad. Tal logro sería suficiente como para darle un giro a la historia del ser humano.

Si realmente existe la verdad única, nos permitirá que la comuniquemos a todos; o al menos a quienes puedan creernos. Pero ¿la comunicaremos por deber o por poder