Exilio - Clara Obligado - E-Book

Exilio E-Book

Clara Obligado

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Beschreibung

«El exilio no se termina nunca. Nunca. Ni siquiera si se regresa al país. Siempre tengo la sensación de estar encerrada fuera». Estas páginas nos remiten a la emigración, al refugio y a la diáspora, al exilio y al insilio, al éxodo y al destierro. Su presencia es constante en nuestras sociedades, pero sus relatos de estas experiencias suelen estar ausentes. Clara Obligado tardó décadas en hablar de la extranjería y en contar estas vidas a la intemperie. Se han cumplido cincuenta años del golpe cívico-militar en Argentina, los mismos que pasaron desde que la autora dejó su país y llegó a España. Exilio despliega un relato plural, donde fantasmas, sobrevivientes y olvidados recuperan la voz y se convierten en protagonistas. La historia se profundiza con las ilustraciones de Agustín Comotto y dejarse llevar por ellos es iniciar un viaje y tender la mano a quienes deambulan entre orillas, hemisferios, vidas.

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Seitenzahl: 70

Veröffentlichungsjahr: 2026

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Clara Obligado

Ilustrado por Comotto

Clara Obligado, Exilio

Primera edición: marzo de 2026

ISBN epub: 978-84-8393-730-3

Colección Voces / Literatura 390

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright.

© Clara Obligado, 2026

Nuestro fondo editorial en www.paginasdeespuma.com

© De las ilustraciones: Agustín Comotto, 2026

© De esta portada, maqueta y edición:

Editorial Páginas de Espuma

Madera 3, 1.º izquierda

28004 Madrid

Teléfono: 91 522 72 51

Correo electrónico: [email protected]

Me quedé con una llave, pero no pude entrar: no hubo puerta.

Ana Guillaume

Dedico este libro a un señor que trabajaba en un circo y que tenía un colgante con un colmillo de león. No sé su nombre, pero se hizo cargo de mí y de mis hermanos en ese viaje en un 707, en el que fuimos, solos, hasta Madrid. Era el año 1976. Yo tenía ocho años y no olvido cómo mi hermano, de dos, agarraba con fuerza mi mano al subir al avión.

Agustín Comotto

A Juan Ignacio Isaguirre,

a Silvina Jensen

Clara Obligado

El 5 de diciembre de 1976 llegué a Madrid, procedente de Argentina. Lo hice en un avión de Iberia, que tomé en Montevideo, por el temor que me producían las constantes desapariciones en la frontera. Salí vestida de verano, como si fuera una turista que se dirige a las playas del Uruguay y, dos o tres días más tarde, subí al avión que me llevaría a España, donde era invierno.

Me despidieron mi padre y mi hermana mayor. Tardé seis años —los que duró la dictadura— en poder regresar a casa.

El 5 de diciembre de 1976 llegué a Madrid aterida de frío. Comovenía del verano, de las playas abiertas y el océano furioso, la tristeza y la falta de sol fueron el primer impacto.

Mi vida era entonces un campo de ruinas. Había dejado un continente con todo lo que tenía adentro —los olores, los árboles, esos atardeceres australes— y también mi juventud.

Tenía una prima que había llegado hacía unos meses con una beca y un marido bastante soso y confié en que me podía encontrar con ella. Dicen que un país es una persona, pero no acudió al aeropuerto. Más tarde dejó de recibirme en su casa porque me consideraba peligrosa. No volví a verla. Una persona con el corazón tan duro que solo teme por sí misma, aun a miles de kilómetros del peligro, es alguien con quien no vale la pena mantener ninguna relación.

Llegué a Madrid el 5 de diciembre de 1976. Como nadie me esperaba, el taxista me recomendó el Hotel Mónaco, un establecimiento en el que descargaba —probablemente— a todas las latinoamericanas con aspecto de despistadas como yo, que —según él— lo único que necesitaban para prosperar era un hombre mayor que las protegiera.

El hotel parecía salido de una película de los años cincuenta. Era polvoriento, tenía un gigantesco cupido de escayola en la entrada, luces verdosas y una habitación en suite, separada del saloncito por cortinas de raso. Mi primera sensación fue que no solo había caído en otro país, sino también en otro mundo.

Al principio pensé que el aspecto del hotel era una excepción, pero toda Madrid me parecía detenida en el tiempo. Los serenos, con sus llaveros inmensos, controlaban la entrada de las casas, los colores de las fachadas eran oscuros, en los muros de algunos edificios había cicatrices de metralla.

Yo había esperado encontrarme con el brillo del renacer democrático, del que tanto se hablaba en Argentina pero, a pesar de que Franco había muerto hacía un año, el franquismo estaba vivo; todavía no se habían celebrado las primeras elecciones generales.

Al día siguiente, en el bar del hotel, conocí a un señor que me dio trabajo en su empresa inmobiliaria. El señor llevaba un traje azul antiguo y tenía bigotes finos que dejaban al descubierto unos labios carnosos algo húmedos. Sobre sus hombros nevaba la caspa. Me contó que vendía unos pisos preciosos, desplegó fotos y más fotos de espacios que me parecieron deprimentes, papeles saturados, muebles de mal gusto, paredes con gotelé.

A causa del exilio, siempre he tenido miedo a cambiar de vida. Como profetizaba el taxista, me hice amante del señor de la inmobiliaria que, pese a mis prejuicios, resultó ser una buena persona y, muchos años más tarde, me regaló un piso.

Y aquí estoy, trabajando en su oficina, a la espera de jubilarme.

Otra versión de la historia podría ser esta:

Llegué a Madrid un 5 de diciembre de 1976. Me cuenta mi padre que, después de dejarme en el aeropuerto de Montevideo, volvieron al hotel. Mi hermana bajó a la playa y él se quedó durante horas, solo en su habitación, mirando por la ventana. Imagino que pensaba en su propio padre, el abuelo Bernardo, que también había hecho un viaje tremendo. Mi abuelo nació en Polonia, en ese nudo ferroviario que fue Zelwa, y se abrió camino en medio de la violencia para llegar hasta la Argentina, donde se casó con una criolla. Repetía las historias de la guerra: el molino destruido por los bombardeos, la pérdida de sus ahorros, la huida a Bielorrusia.

En cambio mi hermana mayor no me cuenta nada de esos días. La puedo imaginar, ya de regreso, en esa sala a la que yo ya no iba a volver, siguiendo la rutina para simular que todo era como antes. Mi hermana mayor tiene un hijo, que es mi ahijado.

Tengo, también, una hermana melliza. No somos gemelas, nos parecemos poco. A veces pienso que en el útero de mi madre libramos una batalla entre una osa y un pájaro. La osa soy yo. Ella, en cambio, es menuda, frágil. Si se cortara su hermosa melena rubia, parecería un muchachito de piel transparente, ojos glaucos, facciones delicadas. Su melena dorada es el orgullo de mamá.

En casa la miman mucho porque tiene asma, y los ataques, con sus labios azulados, alteran a todo el mundo. Cualquiera diría que soy la más fuerte, pero no es así, mi melliza tiene un coraje interno que le envidio. A veces nos encerramos en nuestro idioma particular y somos una el reflejo de la otra. A veces nos alejamos tanto que no conversamos durante meses. Pero no hay ni una sola mirada de mi infancia que no la contenga.

—Es raro tener tres hijas, dice papá: dos rubias y una morena. Esperaba que viniera algún varón. Y nos mira con ternura:

—Dos polaquitas, una criolla.

La criolla soy yo.

Papá está muy orgulloso de esta familia de mujeres que supo construir, a pesar de que mi madre casi no le habla. Claro que mi madre es un caso aparte.

También está orgulloso de su panadería, con la vidriera siempre brillante, el bronce pulido del mostrador, el pan y el azúcar que aroman hasta el otro lado de la calle, los paquetes primorosos, los clientes que son como de la familia, la sucursal de la que siempre habla y que todos los años está a punto de abrir.

—Herencia de molinero —repite entusiasmado—. Nací con las manos en la masa.

Aunque papá le insistió mucho, mi melliza no quiso venir a despedirme al Uruguay y se quedó en casa, con mamá. Mamá tiene por costumbre no afrontar los problemas, por eso ni se lo propusimos.

Puedo imaginarlas a las dos, en el patio del fondo, acaso tristes, tal vez en silencio, tomando mate frente a la madreselva y las macetas cuidadas con esmero.

Mi melliza, como siempre, habrá abierto su costurero para bordar, el acerico, una tijerita afilada, agujas en formación, imágenes que brotan sobre la tela y que son como mi escritura, historias que se cuenta a sí misma, versiones de un mundo imposible de ordenar. Habrá bordado girasoles, como hace siempre, o nuestras dos caritas. O, unidas con puntadas de cadeneta, nosotras de la mano.

Un avión cruzando el cielo.

Seguro que mamá le dijo «a ver, a ver», admiró su labor y, cuando dejó la aguja, se dedicó a trenzar su largo pelo rubio, como cuando era pequeña.

Mamá trenza. Mi hermana borda. Yo escribo.

Llegué a Madrid en un avión de Iberia. En el asiento contiguo había un señor de unos sesenta años que parecía más nervioso que yo, para matar el tiempo nos pusimos a conversar. Era gallego, de una aldea minúscula muy cercana a Santiago de Compostela.