Un árbol de compañía - Clara Obligado - E-Book

Un árbol de compañía E-Book

Clara Obligado

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Beschreibung

A cuatro manos, la escritora y extranjera –como a ella le gusta llamarse– Clara Obligado y Raúl de Tapia, biólogo, botánico y degustador de paisajes –como a él le gusta llamarse– se internan en un bosque donde las raíces de las letras y las ciencias se unen. Memoria y naturaleza, ramas y raíces, lo aéreo y lo subterráneo. Y el fuego, ese pavor.

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Seitenzahl: 169

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Clara Obligado

y

Raúl de Tapia

Un árbol de compañía

Ilustraciones de Raúl de Tapia

Clara Obligado y Raúl de Tapia, Un árbol de compañía

Primera edición: octubre de 2025

ISBN epub: 978-84-8393-372-5

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright.

Colección Voces / Literatura 377

Nuestro fondo editorial en www.paginasdeespuma.com

© Clara Obligado y Raúl de Tapia, 2025

© De las ilustraciones: Raúl de Tapia, 2025

© Diseño de cubierta: Julieta Obligado, a partir de una ilustración de Raúl de Tapia, 2025

© De esta portada, maqueta y edición: Editorial Páginas de Espuma, S. L., 2025

Editorial Páginas de Espuma

Madera 3, 1.º izquierda

28004 Madrid

Teléfono: 91 522 72 51

Correo electrónico: [email protected]

yo no soy nada

si no estoy al lado

de un ser querido

como un árbol

si no me dejo llevar por ellos no sé nada

soy tan torpe

tan torpe

Caístulo 1

1. Caístulo vive en territorio indígena wichi, Argentina, entre el Chaco y las yungas, una comunidad de casas de adobe y nailon, sin luz eléctrica, junto a un pequeño monte rodeado de tierra arrasada. Con la pandemia cayó en coma en el monte. Después de once horas se levantó y empezó a cantar mensajes que le transmiten las madres, lo que solemos llamar árboles. Cantó en wichi ihamites, su lengua madre. También en castellano.

Movimiento por la lengua. Territorio wichi, 2022.

Para Isabel Castaño y Raúl Vacas, árboles de compañía.

Para Juana Canevari, Teresa Videla y Silvia Navarro,por setenta años de amistad.

Empezar donde anidan las sombras, en su cavidad. Chopos que arañan el camino, un pájaro oscuro sobrevuela el trigal. Nubes que lo esconden todo. Las sombras crecientes de mis hijas, las menguantes de mis padres. La que me persigue desde que nací. Sombras sobre la mesa de este bar, en Viseu, que multiplican brillos e ideas. Bajo los tilos, en mi cuaderno, bailotean los espejitos del sol.

Me he tomado unos días de vacaciones y aprovecho para escribir. Es mediodía. Un aire delicado agita las teselas de los tilos que aletean su verdor. Parece una escena antigua. Hasta el kiosco que vende helados. Siempre me llega, en Portugal, la sensación de estar en un tiempo en el que pasó algo mejor. Sobre mi cabeza, las hojas del árbol son un corazón invertido, florecitas petulantes transpiran su fragancia. Es tan sutil el siseo de las hojas que subraya el silencio.

Parece que los tilos han llegado hasta la plaza para apaciguarme, bajo esta sombra, que parpadea nada malo puede suceder. Tilo o tila, infusiones de paz. Bebedizos. Tazas que humean recuerdos entre las manos. La seducción de las plantas y su esencia volátil. Ese diálogo privado, de amor o de odio, entre el árbol y los insectos.

Cierro el cuaderno y pienso en Raúl, en este libro que intentamos escribir juntos. Fue algo que soñé y, sin darle muchas vueltas, se lo propuse. Él, y su pasión por los árboles. Yo, y los meandros del escribir. Han pasado los meses y ya no sé qué es más laborioso, si nuestra tarea a cuatro manos o hacernos lentamente amigos. Voy inventando la estructura de estas páginas como una forma de cercanía con Raúl. Los árboles y la edad me han enseñado a ser paciente.

Dicen que las plantas son capaces de oler, no con un órgano específico como nuestra nariz, sino con mil naricitas minúsculas. Vigilan, se informan, dialogan, convocan a los polinizadores o rechazan a los enemigos. Poco sabemos de este bullicio. En las estrías del tronco se atarean las hormigas.

Los tilos pueden vivir más de quinientos años. Si me comparo con ellos, soy joven. Si se comparan conmigo, soy insignificante: una mosca para un ser humano. Nuestra fecha de caducidad. Siento envidia.

Mi padre decía que un árbol que crece deprisa no tarda en caer, y la idea me sonaba más a lección de vida que a botánica. O lo contrario, como escribió Wordsworth:

Creció tan lento que morir no puede.

Tiempo hecho luz.

Le mando un mensaje a Raúl: «Buenas noticias: después de tachar dos páginas, he logrado por fin un párrafo que me gusta».

–Mañana dejará de gustarte –contesta–, y se ríe.

Empieza a conocerme. La amistad es también una intuición.

Me devuelve un audio con el canto de un pájaro, el secreteo de las ramas, un arroyo murmurando cristales trizados, sus pasos sobre la hojarasca. Se amontonan imágenes: fotos de un castaño que parece una catedral.

–Tienes que venir a verlo –me insiste–, y hacemos planes.

Hacemos tantos planes para este verano que ya se va, que no caben en lo que queda de él.

Notas, imágenes, geografías.

Durante el año viajo demasiado, doy clase. Escribo. Tengo una familia en Madrid, otra en Buenos Aires. Raúl trabaja mucho también, nunca entiendo del todo lo que hace. En medio de la dispersión, intento centrarme en nuestro proyecto, aunque muchas veces no lo logro. Vamos y venimos sobre estas líneas con una vacilación de equilibristas que se cruzan, se quitan el sombrero para saludarse:

–¿Cómo está, señora?

–¿Cómo está, señor?

Y siguen su camino.

Una red de sombras cubre los adoquines.

Buceo en otros textos:

¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción 2.

Son los claroscuros del barroco y sus dobles certezas. Masaccio comprendió que «sombrear» una figura es darle cuerpo, instalarla en la «realidad», nuestro cuerpo pictórico cobró volumen en su relación con las sombras.

Vagabundeo.

«Asombro»: acercarse a las sombras. El conocimiento es luz, y también una forma de adentrarse en lo oscuro. La sombra se define por la claridad.

En la cultura japonesa, preñada de matices, existe una palabra, utsuroi, que dibuja la relación secreta entre luz y penumbra, ese continuo fluir, sus fronteras débiles. Veo una película de Wim Wenders 3 donde un hombre solitario, cuya ocupación es limpiar los retretes de Tokio, se distrae y atrapa la belleza observando las sombras de los árboles. Las fotografía. Las revela en blanco y negro. También lee libros sobre árboles, oye música. Cumple con su rutina de manera perfecta y reviste todo de dignidad. Suceden las mil pequeñas aventuras de aquello que llamamos vida. No es mucho, o tal vez demasiado.

Esa manera de mirar al bies. Esa ternura.

Mientras escribo, pienso que me parezco a él. Mi vida transcurre sin sobresaltos. Tacho una frase. La vuelvo a escribir. Pasa el día. Vuelvo a tachar. Vuelvo a escribir. Soy como los niños que dibujan letras en el aire, las hacen volar. Pinzar el momento. Escribir un árbol.

A veces escribo una palabra y me quedo mirándola hasta que empieza a brillar 4.

Si regreso dentro de una hora, ya no serán los mismos árboles, ni la misma plaza, ni la misma mesa, ni el mismo cielo. Las hojas que se frotan no cantarán la misma canción, transformarán su misterio las infinitas variantes de la luz.

Entremos más adentro, en la espesura 5.

Etimologías sombrías: sombreros, asombro.

«Sombra» viene del latín, umbra: umbral, penumbra, lumbre.

«Luz» es un sustantivo femenino en nuestra cultura, en otras, masculino.

Elucubrar: pensar a la luz de la vela.

Lustrar. Alucinar. Tener una idea brillante.

Parir es dar a luz. El útero, de donde venimos.

¿Es cóncava la oscuridad?

Sigo intercambiando mensajes con Raúl. Nuestro libro avanza poco y eso me frustra, creo que hablando de nosotros mismos vamos por buen camino, así que lo interrogo sin compasión. Me gusta escuchar y me gusta la gente que, sin abrumar, se expone. Cuya vida privada no es un secreto.

¿De qué nos escondemos? ¿Del juicio de los demás? ¿Qué cosas tan interesantes guardamos bajo la alfombra? No preguntar al otro por sus circunstancias se disfraza de buena educación, pero puede ser indiferencia. ¿Cómo ser escritora sin ser curiosa? La vida ajena. El otro y sus razones. Me cuesta ser amiga de alguien que no comparte su intimidad, que solo muestra una máscara. Esa forma tan elaborada de la distancia que es la cortesía.

Dice el libro de los Salmos: ¿A quién contaré yo mi tristeza? El versículo se convierte en epígrafe de un cuento de Chéjov, en el que un cochero, que acaba de perder a su hijo, intenta que alguien lo escuche y, como no lo logra, termina contando su pena a un caballo 6.

El arte de preguntar.

Calle abajo, los tilos sisean, parecen alentarme.

Raúl me recuerda que, una de las primeras veces que nos vimos, le solté, a bocajarro: «cuéntame algo que nunca le hayas contado a nadie». No recuerdo qué me contestó, pero esa pregunta inoportuna cimentó, de alguna manera, lo que vendría después.

Me gusta interrogar a la gente así, casi jugando, las respuestas pueden ser insospechadas: hay quien enrojece, quien tiene clarísimo qué es lo que no me va a contar jamás, quien me mira con odio y, también, quien se lanza a la piscina de las confidencias con un impudor que conmueve.

Acumulo infinitivos:

Entregar nuestro relato.

Darle forma y dejar que lo atraviese el aire.

Encontrar los vínculos sumergidos, someterlos a la tensión del lenguaje.

Escribir y filosofar son tareas para curiosos, la filosofía nace en espacios abiertos.

Imagino a Aristóteles, peripatético, uniendo la mente a los pies, paseando y pensando con sus discípulos bajo la sombra de los plátanos del jardín del Liceo. Imagino a Sócrates, a Epicuro, cuya escuela filosófica se llamaba «el jardín». A Platón, en el jardín de la Academia donde, en contacto con la naturaleza, se hace deporte, se descansa, se piensa, se estudia. Es apasionante la figura de la «mayeuta», entronizada por Sócrates vía Platón, esa persona que, a través del diálogo, alumbra las ideas que todos llevamos dentro, las hace nacer. Enseñar es, entonces, saber preguntar, «mayeuta» quiere decir «partera». Ambas funciones, la real, y la metafórica, implican salir de la oscuridad hacia la luz, hacer un tránsito, dar vida.

Ese esfuerzo. Ese viaje.

Escribir sin tiempo, dialogar buceando en común. Desde distintos caminos nos vamos acercando. Las ciencias y las letras, sin jerarquías. Cruzar esa línea. En el diálogo con Raúl nadie intenta ganar, no es una confrontación de espadachines, no queremos herir al contrario sino encontrar una sintonía del alma donde ambos nos preguntamos: ¿por qué?

La edad de los «porqués», esa primera investigación de la infancia. Recuerdo que uno de mis hermanos menores nos volvía locos. Un día, con su discurso en bucle, preguntó: «¿Por qué para decir por qué hay que decir por qué?». Tendría dos o tres años y estaba investigando la relación entre palabra y pensamiento.

En el diálogo con Raúl subyace también una pregunta: ¿qué le puede dar la ciencia a las letras, las letras a la ciencia? Pensar sin fronteras. Ese punto de encuentro, tan complejo. Ese desencuentro.

Curiosidad: del latín, curiositas, deseo de saber. Cura cuidado, esmero, preocupación, y –dad, cualidad.

En mi defensa: la curiosidad cura. Si sabes preguntar, los diques se rompen y los secretos manan a borbotones.

Somos un dolor agazapado.

Es entonces cuando, a fuerza de preguntar, aparece por primera vez la figura del amo, su terrible sombra. Llega la imagen de un árbol viejo, un manzano. En el manzano hay un nido. En el nido, un pájaro. Un pájaro carpintero que, a fuerza de picar, hará un hueco en el árbol. Emocionado con su descubrimiento, el niño se lo cuenta al amo. Por la tarde, el amo lo arrastra hasta el manzano, recoge un canto rodado y lo coloca frente a la boca del nido, con el regatón de la azada golpea la piedra hasta que tapona la madera.

Un pájaro emparedado.

–¡Pica ahora, cabrón! –le grita.

Imagino, alejándose, la espalda corva del amo. Imagino a Raúl.

Su cara.

El umbral del dolor.

De pronto, murmura:

–Te estoy contando cosas que nunca le había contado a nadie.

Quien pregunta, recibe respuestas. Quien escribe, descubre.

Apunto la historia en mi cuaderno. Cuando el sol baja, sobre la corteza de los tilos de Viseu brilla el terciopelo del musgo. La tentación de acariciar este bosque minúsculo es tan intensa como el deseo de consolar al niño que fue Raúl.

–Sabes que, lo que me cuentes, lo escribiré.

–Claro.

–Sabes que no debes contarle tu vida a alguien que escribe, porque seguro que la publica.

–Lo sé.

–Sabes, también, que nuestras voces se van a confundir. Nadie sabrá del todo qué es tuyo y qué es mío.

El origen, el tejido, las ramas. El misterio de lo no dicho, la escritura como revelación. Añado, para quitarle dramatismo a la escena:

–No escribimos «nuestra vida», escribimos «a través» de nuestra vida. Una verdad recortada. Un cambio de perspectiva. Más hondo, pero, en cierta medida, lateral.

También me pregunto, pero esto no se lo digo, cómo no traicionar su voz, su dolor. Cómo filtrar recuerdos tan íntimos con el tamiz de mis palabras. Cómo encontrar esas palabras. ¿Un «yo» que nos unifique? ¿Bucear en tercera persona? ¿Un narrador que, como una rapaz poderosa, sobrevuele nuestros discursos? ¿Dialogamos, recuperando el tono de nuestra propia conversación? ¿La derramamos sobre las páginas?

«Derramar», de diramare, «separar las ramas de un árbol».

Finalmente nos preguntamos: ¿acaso importa?

La escritura es un enorme sistema de préstamos.

Le mando mis ideas. En cuanto las enuncio, cambio de opinión. Conversamos desde distintos lenguajes, rozamos los límites. Esos bordes. Van quedando, en el camino, las huellas de nuestra experiencia, la nostalgia de todo aquello que no somos y que la academia parcela. ¿Ciencias o letras? Esa mutilación. ¿Se trata de mostrar que no estamos tan alejados, que nuestros caminos confluyen?

Ser parte. Caminar en la misma dirección.

Raúl no me presiona, solo pide ver, paso a paso, lo que escribo. Quiero ver el proceso, insiste. Claro que sí, le contesto, intentando parecer relajada, pero siento pudor porque nunca muestro mis páginas hasta que las termino.

Lo que me pide es justo. Comparte lo que sabe sobre los árboles, me explica lo que no entiendo. Y yo recorto, aliso, aplano, traduzco, me alejo de la jerga, que, a su vez, aleja a los lectores a los que queremos llegar. Busco puentes de palabras que nos unan. Viajar juntos, dialogar con los árboles y su aparente silencio. Hacernos preguntas. Descabalgar fórmulas.

Dicen que Severo Ochoa declaró una vez: «El amor es solo física y química», una frase un poco altisonante que trazaba un límite estricto sobre la realidad. Dicen también que él mismo necesitó matizar cuando tuvo la experiencia de la muerte de su mujer. Después de ese dolor concreto y tan poco medible por la ciencia, de ese mundo abstracto de recuerdos y sentimientos alterados, el científico amplió su observación: «qué pena sería si el amor fuera solo física y química».

Imagino que la pregunta que se hizo más tarde fue: ¿Cómo se miden el amor o el asombro? ¿Cuánto pesan los recuerdos? ¿Y el dolor? ¿Cómo anotar esa carga espiritual que nos aplasta el cuerpo?

–¿Y si la respuesta solo fuera viable desde la poesía?

–La ciencia es poesía demostrada –me contesta Raúl.

De todo esto hablamos.

Quisiera que le resultara fácil redactar lo que le pido, pero sé por experiencia que cualquier escritura que merezca ese nombre no nace sin cierta violencia, cierto gozo, cierta aflicción. Escribir es siempre enfrentarse con una forma inesperada de la verdad.

–Cuidado –le digo–. Esto no es ficción, aquí no podemos usar máscaras.

Con una ingenuidad pavorosa, aproxima su mano a la llama.

–Te vas a quemar –le advierto.

Me acerco a Raúl como quien se acerca a un árbol. Camino hacia él, lo estudio, lo rodeo. Barba, coleta, un rostro que no llama la atención hasta que brillan sus ojos atentos. La gorra que no se quita ni para ducharse. Cuando converso con él siento cómo crece, me fascina lo que sabe, su pasión seduce.

Una sombra y un asombro. Ramas que protegen las contracturas de algún dolor. Este gozo fresco del verano después de la canícula.

Poso una mano sobre la corteza –es casi espontáneo confirmar con el tacto la existencia del árbol–, y busco comprender lo que sucede en su interior. Tocar la piel de un árbol es sentir lo que lleva grabado, tono, estrías, texturas, arrugas. La corteza y sus líneas, biografías de un lugar y de una historia. Un ciclo de tiempo, agua y soles. Esa palpitación.

Y, cuando llegan las sombras, se acumulan las cicatrices.

Escribir es, también, comprender.

Subiendo por la calle de los tilos de Viseu elijo otro bar, una pastelería con esos bolinhos exquisitos de Portugal. Me atiende una chica rubia y enérgica, muy joven, que me habla en castellano. Nació entre Corrientes y Misiones, en esa zona de la Argentina que avanza sobre Paraguay y Brasil, poblada de selvas y ríos furibundos.

En Portugal sirve mesas durante diez horas diarias. Sin embargo, está contenta. Me dice: «qué suerte que sigas hablando como argentina». Pienso en lo que la frase esconde, ese temor de perder la identidad. Pienso también en sus árboles inmensos, el verde tupido y su bullanguería, el vigor de una naturaleza adánica, la tierra roja del camino, claveteada de niños descalzos. Esa vida que ella dejó atrás. Esa vida que también yo dejé atrás. Pienso en mis árboles: el palo borracho, el aguaribay, el lapacho.

Nuestro paisaje.

Nuestra nostalgia.

Insertarse, o injertarse en otra cultura.

Trasplantes.

«Injertar» eshacer crecer el tejido de un ser vivo sobre otro cuerpo o sobre sí mismo y es, también, una manera de forzarnos a aceptar la diversidad. Pienso en Mary Shelley y su monstruo, también en el árbol Frankenstein, una experiencia famosa en la que, de un árbol, brotaron cuarenta frutas diferentes 7.

Injertos humanos, tejidos vivos que se implantan. Árboles que juntan en un punto de unión –una yema o una rama– y pueden prosperar absorbiendo nutrientes, un nuevo torrente sanguíneo fluye en el miembro trasplantado. Es posible, me digo, y no deja de ser un milagro, pero tanto el monstruo de Mary Shelley como el árbol de los cuarenta frutos son tan hermosos como siniestros.

Así protesta la creatura:

¡Maldito creador! ¿Por qué formaste un monstruo tan horrible que incluso tú te apartas de mí con disgusto? 8.

Dice el creador del arbolito Frankenstein:

Casi todos nuestros árboles frutales fueron traídos aquí por inmigrantes, así que no se trata solo de comida: nuestra cultura está ligada a estas frutas, que son nuestra historia.

¿Diferente o exótico?

¿Belleza o utilidad?

Definir qué es útil, qué es bello, qué es monstruoso: misión imposible.

El objetivo de un injerto es la mejora; perder o ampliar este individuo acotado que somos multiplica las posibilidades. Atravesar nuestras fronteras.

Mary Shelley persigue el nacimiento de un hombre nuevo, el moderno Prometeo, un ser superior. En cambio, el profesor Sam Van Aken, creador del arbolito monstruoso, busca un nuevo paradigma para la humanidad a través de la cultura agrícola. El engendro de Victor Frankenstein es rechazado, el «árbol Frankenstein», aceptado.

Si lo pensamos mejor, la verdad es que todos, de alguna manera, estamos hechos de injertos. No solo esa inmensa enciclopedia que es nuestro adn, sino también lo que leemos: citas, autores, amores, pensamientos. La mayor biblioteca es la vida. Verbos y adjetivos. Cuando escribo injerto la tradición dentro de lo que estoy creando, reacomodo lo que alguien ya pensó, un poema que guardé en el corazón. Par coeur, es como los franceses llaman a aprender de memoria, by heart. Poseer lo que alguien vertió en ese mar de las palabras que es de todos, apropiarse, nadar con gozo, sobrevivir. Solo morirá conmigo lo que no sepa decir.

Escribir es comentar.

¿Todo lo que no es tradición es plagio? 9. ¿Qué es verdaderamente nuestro? ¿Hay algo exclusivo? Nunca nos pertenecemos del todo. Llevamos, cuerpo adentro, palabras ajenas.

Pertenecer. Arraigar. Ese milagro que sucede bajo tierra. Raíces que proporcionan estabilidad y también una fortaleza que se sostiene con la madera interior; hacen falta buenas raíces para estar anclado y mantener el equilibrio, los contrafuertes y tirantes impiden que el árbol se tambalee y caiga cuando el viento sopla. Si el agua anega el terreno, las raíces lo mantienen. Vivir desarraigado supone otra fortaleza: reequilibrarse, reconducir el crecimiento, calcular las cargas, sacrificar partes de uno mismo. ¿Hay que arraigar? Hay que arriesgar.

«Arriesgar» «riesgo», y, a su vez, del árabe, rizq, «lo que depara la providencia». ¿Es el riesgo un destino o una maldición? ¿Hablo de árboles? Conozco árboles y personas desarraigadas con más entereza que otras cuyo entorno es estable y seguro.

Pensamiento en red. ¿Inspiraron las raíces a internet? Esa red infinita de información que actúa como la Biblioteca de Babel 10.

Las raíces y su misterio, su sensibilidad ciega, el laboratorio de información que esconden. Les permite el tacto esquivar las rocas, el olfato las aleja de la toxicidad, serpentean obcecadas buscando agua y encuentran sonidos cristalinos, áreas fértiles, alimento. De su trabajo en la oscuridad depende todo lo que sucede por encima de la tierra: la modestia clandestina de las raíces.