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El pensionista Felix Pink está a punto de descubrir que nunca es tarde... para que la vida se te complique una barbaridad. Felix, contable jubilado de setenta y cinco años, es un viudo apocado que forma parte de una comunidad llamada Exiteers, cuyos miembros acompañan en sus últimos momentos a personas que han decidido poner fin a su vida. Así que, cuando Felix entra un día en el número 3 de Black Lane, lo hace por caridad, para acompañar a un moribundo en su último aliento... Pero apenas quince minutos después Felix huye de la policía tras haber cometido el mayor error de su vida. Ahora, con su mundo patas arriba, debe averiguar si de verdad es culpa suya o está ocurriendo algo mucho más siniestro, todo ello mientras las autoridades le pisan los talones.
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Seitenzahl: 451
Veröffentlichungsjahr: 2022
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A Sarah Adams, mi editora amable, inteligente, paciente y única
La llave estaba debajo del felpudo.
Como de costumbre.
La previsibilidad reconfortaba a Felix Pink, aunque el resultado previsible fuera la muerte.
—Vamos allá —dijo Chris metiendo la llave en la cerradura.
Chris hablaba demasiado, pero Felix nunca se quejaba. Imaginaba que eran los nervios. Él hacía tiempo que no se ponía nervioso. Se aclaró la garganta, se ajustó los puños y siguió a su cómplice adentro.
La casa olía a ese polvillo que recubre el interior de los botecitos de pastillas. A menudo era así.
Se quedaron en el recibidor y Chris gritó: «¿Hola?».
Solo se oía el tictac de algún reloj de pared. No era un reloj auténtico, se notaba, sino uno de esos a pilas que imitan sin éxito a los de verdad para que quienes los compran piensen que se han gastado un dineral en una reliquia.
Reparó en un papelito que había en el tercer escalón, plegado en forma de tienda de campaña como las tarjetas que indican su sitio a los comensales de una boda.
«ARRIBA»
Lo cogió y se lo enseñó a Chris, que empezó a subir las escaleras. Felix se detuvo un instante para plegar el papelito varias veces y guardárselo en el maletín; luego se agarró a la barandilla. Era de natural cauto, pero, cuando tenía entre manos un encargo, su cautela se convertía en un esfuerzo consciente.
Chris lo esperó en el descansillo.
—¿Hola?
—Hola —respondió una vocecilla.
En el gran dormitorio principal había un hombre en cama, incorporado sobre unas almohadas, de cara al mirador, por el que se veía una ventana similar en la acera de enfrente.
—¿Rufus Collins? —preguntó Felix. El enfermo asintió sin entusiasmo—. Soy John y este es Chris.
Collins asintió de nuevo, como si supiera por qué estaban allí, y cerró los ojos.
Felix había optado por hacerse llamar John porque le sonaba competente. Margaret había tenido un doctor llamado John Tolworth que había sido competente bastante tiempo, hasta que la muerte se lo llevó por delante.
Al final se los llevaba a todos.
Ignoraba el verdadero nombre de Chris. Era preferible así.
Había una silla junto a la cama. Felix se sentó en ella y dejó el maletín en el suelo, a su lado. No había sitio en la mesilla de noche con tanta pastilla y tanto clínex.
El cilindro ya estaba allí, metálico, de un gris apagado; una especie de pequeña escafandra autónoma conectada con un tubo transparente a una mascarilla nasobucal de goma sujeta por debajo de la barbilla del enfermo con una goma añeja que le pasaba por la nuca y por encima de las orejas y se las plegaba un poco. Una mano huesuda cubría la mascarilla de forma protectora, como si alguien fuera a robársela.
—Voy a por otra silla —dijo Chris, y salió de la habitación.
Felix miró a Collins desde arriba. Era mayor, pero probablemente no mayor que él, que ya tenía setenta y cinco años. En cambio, aquel hombre estaba enfermo y se le notaba, porque aparentaba un siglo, con aquella piel cetrina, tan tersa en las mejillas y en la frente que parecía a punto de rajarse. Le borboteaban las flemas en la garganta como si necesitara toser pero no tuviera fuerzas para hacerlo.
Chris entró jadeando cargado con una sillita de madera y la soltó al otro lado de la cama provocando un fuerte ruido.
Collins abrió los ojos y agarró fuerte la mascarilla.
—Perdón —se disculpó Chris.
El enfermo volvió a cerrar los ojos.
Y los otros esperaron.
La casa estaba tan silenciosa que Felix oía el falso tictac de la planta baja. De vez en cuando, pasaba algún coche por la calle y Collins inspiraba. Cada inspiración era distinta de la anterior, como si redescubriera aquel ejercicio e intentara averiguar cuál era la mejor forma de hacerlo: algunas eran cortas y trabajosas; otras, largas y sibilantes. Lo único constante era aquel burbujeo gutural.
Felix cruzó las manos en el regazo, como un cura, y esperó.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó Chris mirando la puerta.
—No hay prisa —contestó Felix sin consultar siquiera el reloj.
Era cierto. Solía pasar. Rara vez ocurría enseguida. A veces ni siquiera pasaba…
Sucedería o no.
Podrían o no.
El resultado final era, eso sí, inevitable, pero un exitero debía saber ser paciente.
Felix siempre había tenido mucha paciencia. De hecho, había barajado la posibilidad de hacerse llamar Job en vez de John, pero eso habría despertado unas sospechas que John no infundía. Y había que evitar las sospechas a toda costa.
Aun así, esperó con la paciencia del santo Job. Lo hicieron los dos.
Una hora.
Dos.
Felix debía evitar el sopor. Le costaba dormir por la noche, pero a menudo se quedaba traspuesto durante el día. Aunque nunca durante un encargo. Estudió las estanterías y evocó el argumento de los libros que había leído: Dickens, Tolkien… Le vino a la memoria su boda y trató de recordar a todos los invitados. Chris hizo un sudoku con la ayuda de unas bifocales que se le asían con desesperación a la punta de la nariz. Felix nunca se había llevado bien con las bifocales. La óptica, la señora… Nosequé, le había dicho que tenía muy bien la vista para su edad, y eso lo consolaba. Había perdido un botón del puño de la camisa, ¡qué fastidio!, pero siempre guardaba los botones de repuesto, con lo que seguramente tendría alguno que le valiera…
Contuvo un bostezo por deferencia hacia el enfermo, pero echó de menos la sensación de alivio que aquel ejercicio le habría producido a su sistema respiratorio. Había leído que, cuando empezó a utilizarse la ventilación mecánica con los primeros pulmones de acero, los pacientes morían aunque estuvieran respirando porque no se había contado con la necesidad de suspirar de vez en cuando. No bastaba con respirar. Confiaba en que el dato fuera fidedigno. Ya no podía uno fiarse ni de la ciencia impresa.
Pasaban niños por la calle. La salida de clase. Curiosamente, Felix lo recordaba ahora mejor que nunca: el paso cansino, la mochila pesada, las riñas de broma que terminaban siendo en serio, mirarse los zapatos arañados y las rodillas raspadas, y oírse el rugido del estómago, que anhelaba la merienda…
Sin hacer ruido, Felix se puso el maletín en las rodillas.
Collins abrió los ojos y lo miró.
—¿Le importa que coma? —preguntó Felix muy educado.
—Adelante —susurró el enfermo, discretamente divertido.
—¿Quiere que le traiga algo de comer o de beber?
El otro negó con la cabeza de forma casi imperceptible.
Felix sacó un termo rojo de cuadros escoceses y algo envuelto en papel de aluminio que resultó ser un sándwich de pan blanco y mermelada de fresa, una preferencia pueril de la que no había logrado librarse aun siendo ya un adulto hecho y derecho.
Había vivido la época del racionamiento.
El hombre que estaba tendido en la cama lo observó mientras se comía el sándwich y se bebía el té.
El bullicio de los niños se fue extinguiendo.
Prosiguió el falso tictac del reloj.
A Chris se le descolgó la cabeza sobre el pecho y se le abrió la boca.
Felix se terminó el sándwich y el té, sacó un clínex limpio del bolsillo, secó la tacita del termo y volvió a enroscarla; después dobló con esmero el papel de aluminio para reutilizarlo. Guardó ambas cosas y el clínex usado en el maletín y lo cerró despacio.
Antes de que le diera tiempo a encajar el cierre, Collins se levantó la mascarilla para hablar.
—Gracias —murmuró, y murió.
Prepararon el parte en una cafetería cercana.
No había mucho que hablar, pero Chris pidió un sándwich mixto, una porción de bizcocho de café y un capuchino grande. Como Felix ya había comido, pidió un té para acompañarlo.
—Voy a dejarlo —dijo Chris mientras llegaba la comida, y esperó, como pensando que su compañero se lo iba a discutir, pero, al ver que no lo hacía, continuó—. Empieza a ser demasiado para mí, tanta muerte.
Felix meneó la bolsita de té en la tetera.
—Bueno… —dijo como si fuera a comentar algo, pero no lo hizo y dejó la palabra flotando entre los dos.
En el fondo, no se lo reprochaba. Le entristecía que se fuera, claro, pero no tendría más que acostumbrarse a otra persona. Además, parecía que Chris estaba renunciando a una labor importante. No eran muchos. Geoffrey siempre se lo recordaba cuando lo obsequiaba con alguna de aquellas llamadas telefónicas interminables a última hora de la noche: «Hacen falta más como nosotros. Hombres buenos dispuestos a arrimar el hombro. Porque, si no lo hacemos nosotros, ¿quién lo va a hacer? Dime, Rob. Si no somos nosotros, ¿quién?».
Geoffrey solía llamarlo Rob. Muchas veces le parecía que estaba ebrio, pero tampoco se lo reprochaba: tenía párkinson y necesitaba muletas y a veces hasta silla de ruedas, así que, a su juicio, tenía derecho a emborracharse mientras fuera capaz de llevarse una copa a los labios sin derramarla.
No lo conocía en persona, claro. Ni siquiera sabía dónde vivía. Los exiteros cuidaban mucho el anonimato. Geoffrey los instaba a usar seudónimos y siempre le decía a Felix que, cuando hablara por teléfono, no dijera nunca que representaba a la organización: «Protégenos a todos, Rob —farfullaba—. Un secreto compartido es un secreto a voces».
Había sido Geoffrey quien había decidido llamarlos «exiteros». «Como los mosqueteros, ¿sabes? —le había dicho a Felix en más de una ocasión—. Todos para uno y uno para todos. A fin de cuentas, no todo el mundo puede permitirse ir a Suiza.» Y Felix se había preguntado si eso significaba que Geoffrey no se lo podía permitir.
Una sargentona de mujer con el pelo recogido en un moño dorado les puso afanosa la comida en la mesa. Felix escapó de sus pensamientos y volvió a la cafetería.
—¿Qué te parece? —preguntó Chris como si quisiera que lo disuadiera, pero Felix se cuidó mucho de hacerlo.
Trabajar para Exit era sobre todo una cuestión de derechos y eso significaba que su compañero tenía derecho a abandonar la organización, como sus clientes tenían derecho a abandonar la vida, sin que los juzgaran o los cuestionaran, sin que se empeñaran en convencerlos de lo contrario.
Además, si Chris quería dejarlo, era porque ya no tenía madera de exitero.
Porque había perdido la constancia.
La constancia ya no estaba de moda, pero era una cualidad que Felix siempre había admirado. Le gustaba pensar que había sido un marido constante para Margaret, aun cuando ella lo había dejado solo, con la única compañía de los recuerdos juntos.
Aun después de eso.
—¿John?
—¿Sí?
Felix se quedó en blanco un segundo hasta que recordó que Chris le había preguntado qué le parecía que dejara la organización. Se aclaró la garganta y contestó:
—Lo entiendo perfectamente.
Y Chris asintió agradecido, como si Felix hubiera respaldado de forma activa su decisión; luego le dio un mordisco enorme a su sándwich mixto y un hilo de queso fundido que le colgaba del labio inferior se enroscó y acabó en su corbata azul marino. Aquello puso nervioso a Felix, que, sin embargo, se contuvo de limpiárselo porque Chris no era su hijo. El otro se terminó el sándwich sin más incidentes con el queso, se comió el bizcocho y se bebió el capuchino.
La organización los instaba a que fueran a hacer los encargos en transporte público para que las cámaras de seguridad no los grabaran en sus vehículos particulares, así que caminaron juntos a la estación de Bristol Temple Meads, donde Chris le estrechó la mano y le deseó buena suerte, y Felix le contestó algo parecido. Después, el otro fue a coger el tren de vuelta a casa. Vivía por Winchester, creía Felix, aunque no estaba seguro. Él recorrió los poco más de tres kilómetros que lo separaban de la estación de autobuses y cogió el suyo a North Devon.
Mabel lo esperaba en el recibidor con mirada asesina. Había un charco junto a la puerta de servicio.
Le estaba bien empleado, supuso. Se miró el reloj: llevaba nueve horas fuera. La próxima vez se la dejaría a la señorita Knott, la vecina de al lado, que siempre interrumpía sus paseos con Mabel para hacerle caricias, como si fuera una perra de concurso, en vez de un chucho greñudo con un aliento capaz de decapar paredes.
Abrió la puerta del jardín y, antes de salir toda digna, Mabel le dedicó una mirada fulminante para dejarle claro que ya era tarde.
Felix limpió el pis con la sección de deportes del Telegraph del día anterior y una botella de lejía. Luego se lavó las manos, puso el maletín en la mesa de la cocina y sacó el termo, lo lavó y colocó en el escurreplatos, bocabajo, las dos piezas que lo componían. Desdobló el papel de aluminio en el que se había llevado envuelto el sándwich, sacudió las migas y le quitó una manchita de mermelada con una bayeta desechable. A continuación volvió a plegarlo y lo guardó con cuidado en el segundo cajón, donde había otros trozos de papel de aluminio usado y una colección de bolsas de papel y de plástico, gomas y cuerdas.
Por último, sacó el cilindro plateado de óxido nitroso y la mascarilla de goma transparente, los limpió de… lo que fuera… y los guardó en sendas bolsas de la compra. Por la mañana se llevaría el cilindro y lo tiraría en una papelera cerca de la biblioteca, donde tenía que renovar el préstamo de un libro sobre rutas de aves migratorias. Y al día siguiente tiraría la mascarilla y el tubo en el cubo de reciclaje de alguna otra casa.
Le desagradaba tener que deshacerse de las pruebas. Le parecía un poco turbio. Lo que hacían los exiteros no era ilegal, por supuesto, de eso se había asegurado bien. Mientras no ayudaran de forma activa a los clientes, no los alentaran, no les proporcionaran el cilindro de óxido nitroso o, como lo llamaba Geoffrey, «el arma homicida»; mientras se limitaran a sentarse allí, a ser testigos del fin de una vida, no habría problema. El cliente moría rápido y sin dolor y, sin necesidad de implicarse directamente en su muerte, la familia se aseguraba de que su ser querido no había muerto solo. Todos conseguían lo que querían. A veces estafaban unas cuantas primas a los seguros médicos, pero, como una de sus condiciones contractuales era evitar la prolongación innecesaria del sufrimiento, Felix tenía la conciencia muy tranquila. Aun así, habría sido una torpeza dejarse algo por allí que pudiera llevar a una mente recelosa a hacer preguntas incómodas sobre lo que, en principio, parecía el fallecimiento del todo previsible de un enfermo terminal. Y Felix Pink no había cometido una torpeza en toda su vida.
Abrió el armarito de la esquina. Tenía los cilindros de óxido nitroso detrás del pienso de la perra. Se los había proporcionado el cirujano maxilofacial cómplice que Geoffrey le había recomendado después de su tercer o cuarto encargo, el de la señora Casper, una mujer de aspecto afable que padecía alguna enfermedad neurodegenerativa. Para entonces, Felix ya había tenido ocasión de comprobar la facilidad y la delicadeza con que aquellos cilindros podían poner fin a una vida. Compraba uno cada cierto tiempo solo para asegurarse de que el sistema funcionaba correctamente. Algún día lo necesitaría y lo tendría allí. Más pronto que tarde, esperaba. Aunque no antes que Mabel, por supuesto, porque en aquellos tiempos de bichoncitos y perritos de aguas nadie quería adoptar a una mestiza vieja y desaliñada que disfrutaba rebozándose la cara en caquitas de zorro. Pero, cuando Mabel se fuera, entonces le tocaría a él.
La noche anterior le había dado cordero con verduras para cenar, así que más le valía no repetir carne roja esa noche. Una delicia de atún, quizá, o un paté de pollo. Estiró el brazo para poder leer los ingredientes del paté y le decepcionó comprobar que contenía solo un siete por ciento de producto cárnico. «Producto cárnico.» Con esa terminología, no le habría extrañado que parte de ese siete por ciento ni siquiera fuera pollo. Pensó en lo poco que debía parecerse al pollo aquel «producto cárnico» para que sus fabricantes lo llamaran así en vez de especificarlo claramente en la etiqueta.
Mabel empezó a darle golpecitos con el hocico en la pantorrilla.
—Vale, vale —dijo él vaciando la delicia de atún en el cuenco y colocándolo sobre el mantelillo de plástico que impedía que se vertiera nada al suelo.
Cuando consiguió erguirse con el debido respeto a su cadera y volvió a mirar al suelo, Mabel ya se había zampado la delicia de atún y lo miraba expectante desde abajo. Felix la ignoró y subió despacio al dormitorio que compartían para guardar la gabardina azul marino. Sería la última vez que se la pusiera ese año, a menos que llegara de pronto una ola de frío.
Estuvo un rato plantado delante del armario, con las puertas abiertas, examinando con pragmatismo su guardarropa. Hacía tiempo que no lo renovaba: se había comprado el último paquete de tres calzoncillos hacía un año y con los calcetines que tenía aguantaría hasta el fin de sus días. ¡Qué sensación tan extraña la de saber que sus calcetines lo sobrevivirían! Aunque ya le había pasado con otras cosas, claro: la última casa, el último coche… Se preguntó si sería capaz de valorarlo con elegancia, lo bajo que caería. ¿La última lata de espuma de afeitar? ¿El último frasco de mermelada? A veces pensaba si su último pensamiento antes de morir sería que el cuarto de litro de leche que dejaba en la nevera se iba a poner malo.
Disponía de tres trajes: uno de mezclilla, uno de raya diplomática azul marino y otro negro; cinco camisas: cuatro blancas y una muy triste de cuadritos que supuestamente era para actividades al aire libre, aunque él solo se la ponía en el jardín; dos pantalones de vestir: uno gris y otro marrón; tres corbatas y tres pares de zapatos, a saber: unos de vestir marrones, unos fúnebres de resplandeciente color negro y unos mocasines que no sabía bien por qué había comprado y que no se ponía jamás porque detestaba los mocasines de cualquier tipo.
Colgó la gabardina azul marino de la barra, al lado de una cazadora beis.
Felix estaba en paz con casi todo su guardarropa, pero la cazadora beis aún lo perturbaba. La había comprado Margaret en Marks & Spencer hacía años y, aunque no le había dicho nada, lo había horrorizado. Tampoco es que él fuera muy atrevido, pero en su vida se le habría ocurrido ponerse algo tan serio, algo tan de señor mayor. Llevaba decenios viendo a señores mayores con cazadoras como aquella, a menudo con boina y bastón a juego. Creía recordar que su padre tenía una igual y posiblemente su abuelo también. Que Margaret, por lo visto, lo hubiera considerado un atuendo apropiado para él a los sesenta y cuatro años le había dolido un poco.
¡Lo malo era que ahora se la ponía muchísimo! Era calentita, pero no daba calor. Se podía lavar a máquina, se secaba en un pispás y quedaba como nueva. Además, le iba bien con todo lo que tenía y, de alguna manera, conseguía que lo elegante pareciera informal y lo informal más elegante. Por principios, llevaba diez años buscando algo más adecuado con lo que reemplazarla cuando por fin se estropeara, pero ¡no se estropeaba nunca!, y él era demasiado de su generación para pensar siquiera en deshacerse de ella cuando seguía estando en perfecto estado, aunque sufriera una crisis existencial cada vez que se la ponía.
Cerró la puerta del armario y bajó al salón a ver el Cifras y letras grabado de esa tarde.
Mabel ladró para comunicarle que necesitaba ayuda para subirse al sofá. Margaret nunca la había dejado subirse al sofá, pero, tras su muerte, Felix se había dicho: «¿Por qué no?». Con un chasquido de huesos, se levantó a ponerla en el cojín de al lado, pero antes de que le diera tiempo a agacharse ella se plantó de un salto en el sofá y se instaló rápidamente en el sitio calentito que su dueño había dejado.
—¡Fuera de ahí, Mabel! —le ordenó muy serio, pero la perra lo ignoró—. ¡Venga! —la instó con un empujoncito—. ¡A tu sitio!
Mabel se hizo la muerta en todos los sentidos, salvo por el ojo que estaba poniendo en blanco, y Felix suspiró. Por eso Margaret no la dejaba subirse al sofá. Una cosa más en la que su mujer tenía razón. Mabel era una perra muy tozuda y jamás se rendía en aquella batalla en particular. Lo único que le impedía alzarse vencedora siempre era el hecho de que su dueño estaba capacitado físicamente para cogerla en brazos y trasladarla. Sospechaba que, si Mabel hubiera tenido esa misma capacidad, en esos momentos él estaría viendo el programa desde el jardín, con la nariz pegada a la ventana del salón.
La dejó donde estaba y, en vez de ver la tele, fue a la cocina a terminar el puzle. Como siempre se había creído bueno haciendo puzles, se había lanzado a por uno dificilísimo de dos mil piezas: un paisaje nevado con renos titulado Páramo helado. Y había sido un desastre. Los renos no habían supuesto problema y los tenía casi enteros; la nieve, en cambio, sí. Había conseguido completar las cuatro esquinas y casi todos los bordes, además de varios trozos de nieve blanca o cielo azul que le habían encajado más por suerte que por criterio, pero la práctica totalidad de la nieve y de la hierba amarilla estropajosa seguían en la caja, en una tentadora tundra. Llevaba con el puzle cerca de seis meses ya y rara vez encajaba más de un par de piezas al día. Había apuntado demasiado alto, pero le fastidiaba rendirse.
Cogió un trozo de mata. Aunque era idéntica a otro centenar de ellas, sabía que se trataba de la misma con la que llevaba semanas obsesionado. Había explorado minuciosamente todas sus posibilidades, se había inclinado sobre la imagen de la caja con una lupa para hacer coincidir hasta el detalle más minúsculo, la hierba pelona y seca, la nieve blanca y lisa de la base, y sin embargo aquella mata parecía de otro puzle. Aun con todo, pasó quince minutos dándole vueltas antes de dejarla a un lado para el día siguiente y de coger alguna otra del montón del cielo, azul claro, sin nada distintivo, con tres huecos y una punta. Desconocía el término correcto para los huecos y las puntas, si es que lo había, pero él los llamaba así: huecos y puntas. Claro que daba igual, porque estaban todos donde no tocaba y el tono de azul tampoco coincidía del todo.
En la caja ponía que era un puzle para mayores de ocho años. Resopló al verlo.
Sonó el teléfono y Felix chascó la lengua y miró ceñudo el reloj. Eran más de las nueve, así que solo podía ser Geoffrey. Incluso antes de las nueve, rara vez lo llamaba nadie, salvo comerciales, que ahora solían ser máquinas. Casi echaba de menos los viejos tiempos en que podías colgarle a una persona de carne y hueso.
—¿Rob…? —dijo Geoffrey—. ¡Chris lo deja!
—Eso me ha dicho.
—¡Qué mal! No podemos permitirnos perder gente. Hay mucho que hacer.
—Ah, ¿sí? —dijo Felix algo sorprendido.
—Desde luego. Estamos desbordados.
—¿Desbordados?
—Ya te digo —confirmó Geoffrey—. Recibimos veinte llamadas a la semana.
Le extrañó que Geoffrey se considerara «desbordado» con una cifra tan baja, sobre todo sabiendo que no todos esos clientes serían aptos. La labor de los exiteros consistía en acompañar a los enfermos terminales a los que el dolor les hacía la vida insoportable. Geoffrey le había dicho hacía tiempo que lo suyo no era facilitarle la tarea a cualquiera que estuviera «un poco harto de todo».
A Felix lo desanimaba que hubiera tan poca demanda de sus servicios, pero tampoco es que se anunciaran en las páginas amarillas. La suya era una labor discreta a la que se accedía solo mediante un cauto boca a boca. Funcionaba gracias al instinto, la confianza y el secretismo, y que solo recibieran veinte llamadas a la semana debía de significar que había una demanda mucho mayor.
Así que atemperó su desánimo y preguntó:
—¿Y cuántos exiteros somos?
—Siete —contestó el otro—. Ahora seis.
Aquello sí que lo dejó pasmado. No tenía ni idea de que fueran tan pocos. Nunca había dado importancia a las cifras; pero, si le hubieran pedido que adivinara cuántos eran, habría dicho que al menos un centenar de personas con un mismo propósito repartidas por todo el país. Claro que habría errado estrepitosamente. Por alguna razón, se había creído siempre una pequeña parte de una red mucho mayor. Una pieza del engranaje de una gran máquina. No un acorazado ni un caza, claro, pero sí una locomotora de vapor, quizá, o un reloj de campanario. Resultaba bastante decepcionante descubrir que más bien era un muelle de una tostadora.
Además, le fastidiaba un poco que Geoffrey lo llamara Rob si solo tenía que recordar el nombre de siete valiosos soldados de primera línea.
Ahora seis.
Pero entonces cayó en que, aunque Geoffrey recordara su nombre, sería John, que tampoco era el de verdad, así que se ofendió y lo perdonó en cuestión de segundos. Eso se le daba bien. La vida le había dado tantos disgustos grandes que le resultaba mucho más fácil perdonar los pequeños.
—Te sorprendería saber lo complicado que es encontrar voluntarios nuevos —dijo Geoffrey suspirando—. Muchísima gente respalda lo que hacemos, pero muy pocos quieren hacerlo. Y muchos de los que sí quieren hacerlo no son… aptos.
—Supongo —contestó Felix.
—Ya te digo —espetó el otro—. Hay que andarse con muchísimo cuidado.
—Por supuesto. Entonces, ¿quién va a trabajar conmigo ahora?
Los exiteros siempre iban en pareja, según Geoffrey, para ofrecerse apoyo moral, pero Felix, que aún tenía mentalidad de contable, imaginaba que era para que nadie robara nada. Él había trabajado casi siempre con Chris. Solo en su primer caso lo habían emparejado con una alegre mujer de mediana edad que se llamaba Wendy y que, por lo visto, había muerto poco después. Se había atragantado con un caramelo durante una clase de yoga, le había dicho Geoffrey, y a Felix le había parecido tan raro que debía de ser cierto.
—Lo arreglo y te digo algo.
—Gracias, Geoffrey.
—Buenas noches, John.
Felix colgó y gritó hacia el salón:
—¡Al jardín, Mabel!
Siempre que iba a ver a su mujer y a su hijo, Felix se ponía su mejor traje, el de raya diplomática azul marino, con una camisa blanca y la corbata de rayas diagonales azules y verdes que Margaret le había regalado la última vez que se había acordado de comprarle algo en Navidad.
«Para cuando vayas de tiros largos», le había dicho, algo que ya no se decía, como casi ninguna de las expresiones de antes. En las nuevas todo eran palabrotas.
Hacía una mañana de abril maravillosa, soleada pero no asfixiante, y soplaba una brisa suave. Felix había comprado flores en la tienda de la esquina. Eran tulipanes amarillos medio decentes, pero se los habían envuelto en capas de plástico y papel marrón, cuando habría bastado con un cordel de cáñamo para sujetarlas.
Abrió el maletero del coche, sacó el termo y la silla de pícnic plegada y subió cansino el monte.
Margaret y Jamie estaban enterrados el uno al lado del otro en la ladera desde la que se veía el pueblo entero y, más allá, el estuario. Era un sitio precioso. Felix había pagado la parcela doble original, situada junto al roble, hacía muchos años, pero cuando había muerto su hijo lo habían enterrado allí y Felix había negociado la adquisición de una tercera parcela junto a las otras dos. El anterior propietario había detectado que detrás de aquella extraña petición se escondía una verdadera necesidad, mientras que lo suyo era solo una cuestión práctica, así que había aprovechado para sacarle los cuartos de mala manera, pero a Felix le había dado igual porque tenía dinero de sobra y le quedaba poco en que gastarlo. Ahora lo consolaba saber que, cuando muriera, ocuparía de nuevo su sitio al lado de su mujer y su hijo.
Se quedó al pie de las tumbas mientras un mirlo presumía en un seto cercano.
—Hola, Margaret —susurró.
El mirlo replicó con un gorjeo alegre y prolongado, pero la lápida de Margaret solo rezaba:
ESPOSA Y MADRE ENTREGADA
Se arrepentía de haber elegido aquella inscripción. La había visto en innumerables necrológicas y, en un momento de indecisión, le había parecido socorrida, pero cada vez le sonaba más como si Margaret no hubiera sido otra cosa que madre y esposa, y eso no era así en absoluto, aunque hubiera tenido que morir para que Felix entendiera que era el sol y que Jamie y él no eran más que dos planetas pequeños de su órbita a los que sostenía su gravedad, iluminaba su luz y alimentaba su calor.
A Margaret la había adorado todo el mundo. Adoraban su bondad, su sabiduría y su sentido del humor, y por eso se habían dignado a apreciarlo a él también, porque estaba con ella. Pero, cuando ella había empezado a dejarlo, sus amigos se habían ido también y Felix se había quedado completamente a solas con Margaret, luego completamente a solas sin ella y, tras su fallecimiento, estaba ya tan agotado que no podía ni pensar. Su muerte lenta había sido como una apisonadora que lo perseguía mientras él avanzaba tambaleándose de un bordillo a otro, procurando huir de lo inevitable. A veces tenía la sensación de haber muerto con ella, porque apenas era ya una sombra de sí mismo y aguantaba lacio como un visillo fino sobre una ventana cerrada.
«SIN TI NO SOY NADA», debería decir la inscripción.
Al menos, con Jamie habían acertado.
DEJÓ DEMASIADO PRONTOA LOS QUE TANTO LO QUERÍAN
El «tanto» había sido idea de Margaret. Felix jamás lo había visto en una lápida y le parecía un poco ostentoso. Lo habían discutido. Se habían peleado por ello, de hecho. Pensándolo bien, había sido la única discusión de verdad que Margaret y él habían tenido en su vida. La única vez que ella se había enfadado en serio por algo. Pero ahora, cada vez que veía las palabras, sabía que ella estaba en lo cierto, que aquel «tanto» no solo era esencial, sino, en realidad, la palabra más importante de toda la lápida, y que él había sido un idiota redomado por pensar o decir lo contrario.
Margaret siempre había tenido razón en todo. Eso era algo que Felix iba aprendiendo con el paso de los días. Cuando se sentía atascado o confundido, se preguntaba: «¿Qué haría Margaret?», y la respuesta le venía como si ella estuviera allí mismo, susurrándoselo al oído. La Margaret joven y sensata, claro, no la Margaret vieja y triste que había perdido el juicio y la memoria y lo agarraba fuerte del brazo y le decía: «¡Prométemelo! ¡Prométeme que cuidarás de Jamie!», y él solo podía contestarle: «Te lo prometo», porque ella no recordaba que el hijo de ambos ya había muerto.
Tiró al seto los claveles de la semana anterior, lavó y rellenó el jarrón de plástico con agua de la botella que llevaba y dispuso en él los tulipanes nuevos. Dobló el envoltorio hasta formar un cuadrado y lo metió debajo de una piedra para que no se volara. Se lo llevaría a casa. Lo reciclaría. En contenedores distintos, por supuesto. Ambos tremendamente aparatosos, ambos de plástico. Y luego vendría un camión eructando humos de combustión de diésel y pondría su granito de arena por salvar el planeta.
Abrió la silla plegable y se sentó.
El cementerio rebosaba vida nueva. Las copas de los árboles susurraban sus canciones y los animalitos y las aves correteaban por la loma mientras absolutamente todos los gorriones y herrerillos parecían trasladar alguna brizna de hierba o alguna pluma suave. Un abejorro pasó zumbando con pesadez, como si no llevara puesta la marcha correcta, y el mirlo volvió a salir brincando del seto para enseñarle un pedacito de hilo de rafia naranja de alguna empacadora.
Felix sonrió y cerró los ojos. Aquel sitio lo sosegaba y lo recomponía, le daba fuerzas para seguir adelante. Confiaba en que algún día le diera fuerzas para rendirse.
Graznaban las gaviotas en el cielo. De inmediato pensó en un día de pesca con Jamie, en ver a su hijo enroscar una tira de caballa en el anzuelo, tan asustado que se pinchaba los tiernos deditos… «¡¡Sé hacerlo yo!! ¡¡Déjame solo!!» Felix reía por lo bajo. No pescaban nada, claro. ¿Qué iban a pescar? Jamie estaba tan emocionado que recogía el sedal cada diez minutos para comprobar si habían picado. Hasta el más suicida de los peces se habría dado por vencido.
Se esfumó su sonrisa. Era difícil no pasar de aquellos recuerdos a otros más duros, del niño al joven cuya muerte lenta había hundido la frágil balsa a la que se habían aferrado todos durante dos angustiosos años, a la deriva en un mar de falsas esperanzas y tópicos de unos médicos que, aun haciendo todo lo posible, nunca hacían suficiente. Todos lo sabían, pero jamás lo dijeron en voz alta. En cambio, charlaban y jugaban a la canasta en la cama de hospital de Jamie o pasaban las horas sentados en silencio mientras él dormía y mermaba con cada exhalación hasta convertirse en un bultito menudo bajo la manta.
En su habitación siempre se mostraban optimistas.
Se guardaban la rabia para el aparcamiento.
Poco se hablaba del despiadado aparcamiento al que había que recurrir cuando se tenía a un ser querido hospitalizado por enfermedad crónica. Dos veces al día, todos los días, en un bloque distópico de hormigón de varias plantas que olía a orina y a esmog. La búsqueda constante de suelto para la máquina de tiques. La larga cola en la barrera. Olvidarte de dónde habías dejado el coche. ¿En esa fila? ¿En esa planta? ¿En ese aparcamiento? La única vez que Margaret se había derrumbado durante toda aquella larga pesadilla había sido un día que no encontraban el coche. Al final, doblada sobre el capó de otro automóvil, había llorado sin consuelo mientras él se quedaba plantado a su lado, frotándole la espalda inútilmente y asiendo con fuerza las llaves del vehículo desaparecido.
En el funeral, a Felix le habían dado ganas de soltarle un puñetazo al párroco. Dios no cuidaba de ellos. Solo ellos se cuidaban unos a otros. Margaret y él habían cuidado de Jamie, Félix había cuidado de Margaret cuando ya no podía cuidarse sola y ahora ya no tenía a quién cuidar, salvo a Mabel. Y a él no lo cuidaba nadie.
La nueva exitera se llamaba Amanda.
Estaba sentada en la terraza de una pequeña cafetería de la plaza de Bideford, cerca de donde Felix se bajaba del autobús. Hacía un día algo fresco pero alegre y luminoso, perfecto para la cazadora beis, de hecho. Se presentó y Amanda le estrechó la mano. Como ella acababa de pedirse un chocolate caliente, él pidió un té.
Era jovencísima y Felix se preguntó de dónde la habrían sacado. A él lo había reclutado una mujer mayor de la funeraria que se había encargado de Margaret. Elspeth, se llamaba, según la plaquita negra en la que llevaba el nombre. Pelo cano, ojos azules, boca amable. «Lamento que la pobre haya sufrido tanto», le había dicho, y Felix, señalando con la cabeza el cadáver marchito de su esposa, había contestado: «La muerte ha sido un alivio para los dos». No recordaba bien cómo habían empezado a hablar de la muerte de Margaret y terminado hablando de los exiteros; solo recordaba que, cuando eso había ocurrido, él no se había alterado. Elspeth había mencionado a un grupo de personas que respaldaban el derecho del individuo a morir, le había dado su tarjeta y le había pedido que se lo pensara.
Felix se lo había pensado durante seis meses porque no era de los que se lanzan a lo que sea sin valorarlo y requetevalorarlo… y después incluso encargar un informe de riesgos. La cautela era algo tan intrínseco a su ser como Margaret, Jamie o el sándwich de mermelada. Y al final había llamado a Elspeth. «Me gustaría ser exitero», le había dicho, sintiéndose como si se presentara al puesto de Batman. Pero Elspeth no se había reído. Le había dicho dónde podían encontrarse y, después de una merienda muy civilizada en Banbury’s, ella había aprobado su candidatura. Nunca había sabido en qué estándar psicológico oficial se habían basado, pero parecía una mujer muy inteligente y él se había fiado de su buen criterio.
Confiaba en que alguien como Elspeth hubiera estudiado detenidamente la candidatura de Amanda; pero, en serio, tendrían que haberlo advertido de lo jovencísima que era.
—¿Has hecho esto antes? —le preguntó él en cuanto se fue la camarera.
—No —contestó Amanda—. ¿Y tú?
Asintió con la cabeza.
—Muchas veces.
—¿Cuántas? Veces, quiero decir. ¿Cuántas veces?
Estaba nerviosa. También él estaba nervioso antes de su primera vez.
—Veintisiete.
—¡Son un montón! —afirmó ella espantada.
Lo dijo como si Felix fuera un asesino en serie y debió de darse cuenta, porque se ruborizó y eso la hizo parecer aún más joven. Tendría unos veinticinco años, calculaba, contando con que a él, desde la perspectiva de sus setenta y cinco, los jóvenes le parecían muchísimo más jóvenes.
—Con el tiempo es más fácil —le dijo Felix—. Claro que nunca es agradable. —Amanda asintió, mirando el vaso alto de su chocolate, que se le estaba quedando frío. Casi toda la nata se había hundido ya en el líquido fangoso—. ¿Cuántos años tienes, si no te importa que te pregunte?
—Veintitrés —respondió ella, y añadió angustiada—: ¿Pasa algo?
—No, no, nada —dijo él, aunque en el fondo fuera aún peor de lo que había pensado—. Tú solo acuérdate de que el nuestro es un papel pasivo, no activo. Lo más importante que podemos ofrecer a nuestros clientes es ternura y serenidad. Les proporcionamos el apoyo necesario para que abandonen este mundo sin miedo ni dolor. De ese modo, hacemos lo que está en nuestra mano.
La joven asintió y preguntó preocupada:
—¿Y si me da un ataque de pánico?
Felix la examinó. Tenía unas cejas rectas y oscuras que la hacían parecer sensata, así que, basándose únicamente en sus cejas, le contestó:
—No te va a dar.
—¿Y si me… emociono? ¿Si me echo a llorar?
—¿Cabe la posibilidad?
Ella lo miró extrañada, pero su frente era aún tan nueva que las arrugas que se formaron en ella apenas se marcaron ni duraron.
—Cabría si me pongo triste.
—Bueno, no pasa nada por ponerse triste —le dijo Felix—, pero desaconsejo rotundamente cualquier muestra visible de emoción en presencia del cliente.
—¿Como qué?
—Mesarse los cabellos… Rasgarse las vestiduras…
Le sorprendió que pillara la broma. Cuando reía, se le iluminaba la cara entera y no parecía mayor de veinte.
Esperaba sinceramente que Geoffrey supiera lo que estaba haciendo.
—¿Por qué… haces esto? —quiso saber ella.
Felix levantó la tapa de la tetera y echó un vistazo al té. Lo removió un poco y volvió a taparla.
—Creo que todo el mundo tiene sus motivos.
—Mi abuelita murió de cáncer —terció ella como si él le hubiera preguntado—. Primero de un tipo, luego de otro y después de otro. Tardó dos años y los últimos meses fueron, no sé…, ¡horrorosos! —Guardó silencio y contempló a la gente que pasaba, atareada, de compras, charlando, paseando al perro…—. Ojalá hubiera conocido esto entonces.
Soltó la cucharilla dentro del chocolate con un tintineo sordo y Felix supo que no se lo iba a terminar.
Asintió. Aquello mejoraba su impresión de ella.
—¿Vamos? —preguntó.
Insistió en pagar él y dejó una propina en su platillo. Del veinte por ciento. Margaret siempre dejaba propinas exageradas y a él le fastidiaba mucho, pero ahora lo hacía en homenaje a ella y disfrutaba de aquel pequeño dispendio.
—Vale —contestó Amanda, y de pronto volvió a parecerle mayor.
Cuando fue a coger el bolso, que tenía colgado del respaldo de la silla, Felix observó que le temblaba la mano.
—Lo vas a hacer bien —le dijo amable.
Ella esbozó una sonrisa pequeña, tensa y fugaz.
La llave estaba debajo del felpudo, como era de esperar.
A veces Felix pensaba en la vida que podría llevar si fuera ladrón en vez de un contable jubilado.
Dentro, un perrito negro y marrón les soltó unos ladridos agudos y luego paró y olisqueó el rastro de Mabel en la pernera del pantalón de Felix.
—Buen chico —le dijo. El perro meneó el rabo y entró en el salón.
—Esto me da muy mal rollo —susurró Amanda mirando nerviosa alrededor.
Felix asintió con la cabeza. Meterse en casa de un desconocido siempre producía esa sensación, aunque a él no le desagradaba la emoción del riesgo.
Había fotos en la pared de la escalera. Antiguas, en blanco y negro. Siempre lo entristecía ver fotografías de personas a las que no conocía y preguntarse adónde iban a parar las imágenes (y la gente) cuando se las olvidaba.
La casa no olía a frascos de pastillas, pero estaba hecha un asco. Sucia no, desordenada. Había un calcetín de hombre en el suelo.
—¿Hola?
El perro soltó un ladridito, pero no hubo respuesta humana.
Se acercaron al pie de la escalera y Felix oyó enseguida una respiración trabajosa, como si un corredor de maratones intentara succionar aire por una pajita. Los moribundos hacían toda clase de ruidos (gruñidos, pedos, gemidos…), pero el de la falta de aire era el que más impresionaba a Felix, el que inundaba sus sueños y lo despertaba envuelto en sudor y sin resuello. Pocas veces había oído a alguien respirar tan mal.
—¿Señor Cann?
Nada. Solo el terrible jadeo.
Miró a Amanda, que se había puesto pálida.
—Creo… —dijo ella—. Creo que… no voy a poder hacer esto.
—Pues claro que sí —replicó Felix—. Ya verás —le dijo con una sonrisa tranquilizadora y, agarrándose a la barandilla, inició el ascenso sin darle ocasión a discutírselo. Aunque no miró atrás, notó que ella lo seguía.
La penumbra aumentó según subían y, al alzar la vista por encima del descansillo, Felix entendió por qué. Solo se abría una puerta al descansillo, la del dormitorio del fondo, al final de la escalera, y hasta tenía las cortinas corridas.
Nada más subir el último escalón, Felix vio al enfermo en la cama.
Entró con sigilo en el cuarto.
—Hola…, ¿señor Cann?
El moribundo tenía mal aspecto. Estaba recostado sobre las almohadas, con los ojos cerrados, la frente fruncida y los dientes apretados del esfuerzo de aguantar vivo lo justo para poder morir.
—¿Señor Cann?
No dio muestras de acusar su presencia. Felix se acercó un poco y vio que, a pesar de sus dificultades respiratorias, Charles Cann estaba dormido. Cualquiera que fuese la enfermedad que lo aquejaba había envuelto en un halo de misterio su verdadera edad: igual podía haber sido cincuentón que octogenario. Tenía el rostro apergaminado, el pelo gris y alborotado, el cuerpo delgadísimo, grandes ojeras y, aun a la escasa luz, Felix pudo distinguir el tono azulado de su piel y de sus labios, signo de la falta de oxígeno. Daba la impresión de que estuviera asfixiándose lentamente en su propia cama.
Felix echo un vistazo a la mesilla, grande y anticuada. No estaba repleta de pastillas, pañuelos y libros, como de costumbre, sino que había una cajetilla de tabaco con una foto de unos pulmones negros como el carbón y la frase: «NADIE CREE QUE VAYA A SER EL SIGUIENTE».
El cilindro de acero pulido de óxido nitroso ocupaba un lugar de honor.
Bien.
Y sujeto por un pequeño reloj de mesa dorado había un impreso: la carta estándar de descargo.
Yo, Charles Cann…,
Felix se sabía el resto de memoria.
… en plenas facultades mentales, pero víctima de un deterioro terminal de mis facultades físicas, declaro, por el presente documento, mi intención de quitarme la vida con el fin de evitarme una muerte dolorosa e indigna, como establece la legislación británica. Declaro también que, para aliviar de esa carga a mis seres queridos, he contratado los servicios de unos exiteros, que, aunque serán testigos de mi fallecimiento, se comprometen solemnemente a no favorecerla ni alentarla en modo alguno ni facilitarme el arma homicida, dado que todo ello sería ilegal. He otorgado permiso a los exiteros presentes en mi domicilio para que retiren todas las pruebas de mi suicidio y ahorren así a mi familia el trauma de la decisión que estoy tomando al firmar esta carta de descargo. En el caso improbable de que se llevara a cabo una investigación oficial de mi muerte, por la presente absuelvo de toda culpa a los exiteros.
La firma era un garabato ilegible, frágil.
—¿Charles? —dijo Felix con delicadeza—. ¿Señor Cann? —Luego lo dijo más fuerte y el hombre abrió los ojos, grogui, y levantó sin fuerzas una mano—. Señor Cann, somos los exiteros. Yo soy John y esta es Amanda. —La joven, que estaba a los pies de la cama, levantó una mano a modo de discreto saludo al enfermo, que se lo devolvió como pudo. La miró extrañado y abrió la boca para decir algo, pero la cerró enseguida, al parecer agotado por el esfuerzo—. No hable si le cuesta —añadió Felix—. Hemos venido solo a hacerle compañía.
Había un silloncito junto a la mesilla y un taburete de aspecto incómodo apoyado en la puerta para que no se cerrara. Felix hizo una seña a Amanda para que se sentara, cogió la carta de descargo y se la guardó en el maletín. También había un sobre en el que ponía «TESTAMENTO» con la misma letra destartalada. Sin abrirlo, lo guardó con el impreso firmado y cerró el maletín.
—Hecho —dijo—. Ahora ya no hay prisa, ¿de acuerdo? Tómese su tiempo.
Dejó el maletín a los pies de la cama y se encaramó al taburete. Era tan incómodo como parecía, pero le daba el pálpito de que aquello no iba a durar mucho. Charles Cann tenía pinta de estar a punto de irse, con ellos o sin ellos. Dejó caer sus párpados azulados; luego tosió, abrió los ojos y exploró la estancia como si buscara algo importante.
Se tapó la nariz y la boca con la mano y susurró:
—Por fav…
Quería la mascarilla.
Felix se volvió hacia la mesilla y frunció el ceño. No veía la mascarilla. El enfermo tendría que haberla llevado puesta o tenerla en la mano antes de que ellos llegaran. Geoffrey siempre se lo explicaba detenidamente a los clientes, pero Felix no veía la mascarilla por ninguna parte. Miró el cilindro de óxido nitroso y siguió el tubo de plástico transparente desde la válvula y por la superficie de nogal de la mesilla. Entonces le dio un vuelco: al señor Cann se le había caído la mascarilla. Cuando Felix se inclinó a un lado, la vio colgando entre la cama y la mesilla, retorciéndose un poquito a unos centímetros de la moqueta. Fuera de su alcance.
—Por fav… —gruñó el señor Cann. Y lo repitió con un hilo de voz, como si la palabra saliera a presión de su garganta falta de aire—. ¡Por fav…!
Amanda miró a Felix, pero él negó con la cabeza. No podían hacer nada. Nada legal, por lo menos. Ella se ruborizó y se mordió el labio. Felix entrelazó los dedos en el regazo, incómodo.
La mano pálida y venosa del señor Cann dio unas palmadas en la colcha buscando a tientas la mascarilla que tendría que haber estado allí. Su respiración era ya un aullido. Torció la cabeza y el pecho empezó a subirle y bajarle de manera desproporcionada para la cantidad de aire que le llegaba a los pulmones. Era horrible verlo y Felix deseó con todas sus fuerzas que el primer encargo de Amanda no se hubiera complicado tanto.
A lo mejor no volvía.
«No siempre es así», le dieron ganas de decirle, pero tendría que esperar. Primero debían pasar aquel mal trago. Los tres.
El señor Cann miró a Amanda y luego a Felix, como preguntándose por qué no lo ayudaban. Felix apretó los dientes. Estaba allí para ayudar a aquel hombre, el hombre necesitaba su ayuda, pero no podía ayudarlo. En eso no. Eso tenía que hacerlo él solo.
Y Cann lo intentaba, con todas sus fuerzas: gruñía, se esforzaba, jadeaba, alargaba la mano al máximo y se derrumbaba de nuevo sobre la almohada, como agotado. Entonces hizo un último esfuerzo y sus dedos desesperados atraparon el tubo y, al tirar de él, volcó con un cataplof el cilindro de gas, que rodó por la brillante superficie de madera. Demostrando unos reflejos propios de su juventud, Amanda lo cogió antes de que tocara el suelo y lo levantó, con la mascarilla colgando por debajo…
—¡¡No!! —le gritó Felix, levantándose enseguida del taburete, y ella se estremeció.
—¿Qué pasa?
Pero ya era demasiado tarde y Felix reprimió la advertencia. Cann había atrapado la mascarilla cuando colgaba encima de él, se la había pegado fuerte a la cara y succionaba el gas con avaricia, como si fuera a salvarle la vida en lugar de quitársela.
La respiración agonizante cesó casi de inmediato. Cerró los ojos. Un estertor.
—¿Qué pasa? —repitió Amanda, de pronto aterrada.
Felix se llevó un dedo a los labios para hacerla callar. El oído era el último sentido que se perdía y no quería que Charles Cann muriera oyéndolos discutir.
—No pasa nada —susurró sereno—. Todo va bien. Todo va de maravilla.
La mano de Cann se retorció un par de veces en la mascarilla, aflojó un poco y, al cabo de un momento, cayó inerte sobre su pecho, con los dedos doblados como los de un bebé dormido. Felix y Amanda se plantaron a ambos lados de la cama, esperando, en cómplice silencio, un último aliento.
No llegó.
El perro rascándose en la planta baja se convirtió de pronto en el ruido más fuerte de la casa.
Despacio, Felix se inclinó a tomarle el pulso en el cuello a Charles Cann. La piel estaba caliente, pero la arteria ni se inmutaba bajo sus dedos.
—¿Está muerto? —susurró Amanda y, cuando Felix asintió afirmativamente, la joven se echó a llorar.
A él le sorprendió, pero no dijo nada. ¿Qué iba a decir? Ya pararía. Y luego cogerían el autobús colina abajo hasta Bideford, se tomarían otro té u otro chocolate caliente y hablarían de que la vida sigue y ella le diría que se encontraba mejor, aunque no lograra convencerlo del todo.
Abrió el maletín, guardó imperturbable el cilindro y la mascarilla junto a su sándwich y volvió a cerrarlo con un clic, aliviado de que al final todo hubiera ocurrido tan rápido, por el bien del señor Cann. Se irguió y se aclaró la garganta. «Hora de marcharnos», significaba aquel carraspeo. Pero Amanda no lo oía. Ni dejaba de llorar. «Berreaba con ganas», como solía decir Margaret cuando Jamie era pequeño. Le pasó su pañuelo de tela.
—¿Lo he hecho mal? —sollozó—. ¡Yo solo lo he cogido al vuelo y él lo ha agarrado y ahora se ha muerto y me siento fatal!
—No estamos aquí para proporcionar ningún tipo de ayuda física —contestó Felix con paciencia—. Solo para ofrecerles apoyo moral.
—¡Ya lo sé! ¡Pero es que él no llegaba! ¡Y quería cogerla! Porque no podía respirar…
—De eso se trata precisamente —dijo él con la esperanza de animarla un poco, pero solo consiguió hacerla llorar otra vez. Amanda quiso cogerle la mano al muerto, pero Felix la agarró del brazo con delicadeza—. Mejor no, ahora que ya se ha ido —añadió y ella asintió con la cabeza y entonces, para sorpresa de su compañero, se volvió y lo abrazó a él, enterrando la cabeza en su pecho y aplastándole los brazos a los lados.
—Lo siento mucho —se lamentó entre lágrimas—. Es que… A ver… No pensaba que fuera a ser tan… triste.
—Venga, venga —contestó él incómodo, sintiéndose como un padre victoriano asaltado por una manifestación pública de afecto no deseada. Le habría dado unas palmaditas en la espalda, pero tenía los brazos presos de los de ella.
Seguramente era preferible.
Amanda tardó lo suyo en dejar de llorar; luego se sonó la nariz, suspiró y lo miró.
—Lo siento —repitió.
—No pasa absolutamente nada —respondió él, aunque en el fondo no lo pensaba y confiaba en que no volviera a hacer algo así.
Hablaría con Geoffrey. A lo mejor podía buscarle un compañero que la reemplazara en futuras ocasiones. O por lo menos alguien mayor. Miró la hora en el reloj. Se tenían que ir ya.
—Nunca había visto morir a nadie de verdad. Ni siquiera a mi abuelita.
—Claro. La primera vez siempre es difícil.
Aunque la suya no lo había sido: una anciana tan debilitada que le costaba saber si ya había muerto. Cuando el otro exitero confirmó la defunción, Felix experimentó un extraño alivio. Fue tan distinto de ver morir a su mujer y a su hijo que lo primero que pensó fue que quería volver a verlo…, por constatar lo dulce que podía llegar a ser la muerte. Como si fuera a poder emborronar sus viejos recuerdos con unos nuevos.
Amanda se limpió los ojos y volvió a sonarse. Felix vio que se le había corrido el rímel y se miró la pechera. Llevaba una mancha oscura en la cazadora beis.
—¿Y ahora qué? —preguntó ella.
—Ahora nos vamos —contestó él.
—¿Nos vamos y ya?
—Sí. Nos vamos a tomar un té calentito y a charlar un rato.
—¿Y su… familia?
—Cuando la familia llegue a casa, descubrirán que el señor Cann ha fallecido y llamarán a un médico. El óxido nitroso no se ve en los informes toxicológicos post mortem, con lo que el forense dictaminará una muerte por causas naturales. Su familia no se verá implicada en líos legales. La compañía de seguros pagará lo que corresponda y será como si nunca hubiéramos estado aquí.
Amanda miró al hombre desde arriba y asintió.
—Se le ve mejor ahora —comentó sorbiéndose los mocos.
Era cierto: su piel ya no tenía la coloración jaspeada y las arrugas de desesperación de la cara se habían relajado, con lo que parecía más cincuentón que octogenario.
—¿Lo dejamos así…, sin más?
Felix cabeceó afirmativamente. Entendía esa necesidad casi imperiosa de «arreglar» las cosas, de «dejarlas bonitas»: cerrarle los ojos, limpiarle las babas, colocarle las manos o los pies…
