Snap (AdN) - Belinda Bauer - E-Book

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Belinda Bauer

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Beschreibung

«Jack se queda a cargo», dijo su madre antes de desaparecer carretera arriba en busca de ayuda. «No tardo nada». Jack, de once años, y sus dos hermanas pequeñas se quedan dentro de un coche averiado y asfixiante, peleándose, lloriqueando y jugando a 'Veo veo' mientras esperan a su madre. Pero, aunque salen a buscarla, esta no vuelve. Y después de ese día de verano largo y caluroso, ya nada será igual. Tres años después, al otro lado de la ciudad, una mujer llamada Catherine While se despierta y encuentra una navaja junto a su cama con una nota que dice: «Podría haberte matado». Aunque la policía está buscando a un misterioso ladrón al que llaman Ricitos de Oro por su costumbre de dormir en las camas de las casas en las que roba, Catherine no le ve sentido a avisarla o a preocupar a su marido. Mientras tanto, a sus quince años, Jack sigue a cargo de sus hermanas. Su padre ha desaparecido, y él se ocupa de alimentarlas y de que nadie sepa que están solos en casa. Y, cuando accidentalmente descubre la misteriosa navaja, es posible que esté a punto de averiguar quién mató a su madre. Pero la verdad puede ser peligrosa...

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Veröffentlichungsjahr: 2019

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Índice

20 de agosto de 1998

2001

Agosto de 1998

Tres años después

Agosto de 1998

2001 (*)

Agradecimientos

Créditos

A mi maravillosa agente, Jane Gregory.¡Felices treinta!

En el mundo hay dos clases de personas. Las que creen que nunca les puede pasar a ellas. Y las que saben que les pasará.

20 de agosto de 1998

Hacía tanto calor en el coche que los asientos olían como si se estuvieran derritiendo. Jack iba en pantalones cortos y cada vez que movía las piernas sonaban a celo.

Las ventanillas estaban bajadas, pero no corría aire; solo chirriaban pequeños insectos con un ruido como de papel seco. En el cielo había una nube deshilachada y un avión invisible dibujaba una línea blancuzca en el luminoso cielo azul.

A Jack le corría el sudor por la nuca y entornó la puerta.

—¡No! —dijo Joy—. ¡Ha dicho mamá que no salgamos!

—No voy a salir —dijo Jack—. Solo quiero refrescarme un poco.

Era una tarde tranquila y no había demasiado tráfico, pero cada vez que pasaba un coche, el Toyota temblaba un poco.

Cuando pasó un camión, tembló mucho.

—¡Cierra la puerta! —dijo Joy.

Jack cerró la puerta un chasquido. Joy era una teatrera. Tenía nueve años y cada dos por tres rompía a llorar, a cantar o a reír. Casi siempre se salía con la suya.

—¿Cuánto tiempo ha pasado? —gimoteó.

Jack miró su reloj. Se lo habían regalado en su último cumpleaños, cuando cumplió once.

Había pedido una PlayStation.

—Veinte minutos —dijo.

Era mentira. Hacía casi una hora desde que el coche tosió, renqueó y se detuvo con una sacudida en el arcén de la autopista M5 en dirección sur. Por tanto, hacía más de media hora desde que su madre los había dejado allí para ir a buscar un teléfono de emergencias.

«Quedaos en el coche. No tardo nada.»

Pero sí tardaba… y Jack sintió esa punzada de irritación que siempre experimentaba cuando su madre no era su padre. Papá habría sabido qué le pasaba al coche. No se habría puesto a girar la llave de contacto hasta dejarlo sin batería. Habría llevado encima un teléfono móvil y no habría tenido que marcharse autopista arriba en busca de un teléfono de ayuda en carretera cavernícola.

Merry gimoteó y se revolvió contra las correas de su silla de coche. Le molestaba el sol en la cara.

Joy se inclinó y volvió a ponerle el chupete.

—Mierda, qué calor hace —dijo Jack.

—Has dicho «mierda» —dijo Joy—. Me voy a chivar.

Pero no lo dijo con su convicción habitual. Hacía demasiado calor para tener convicciones.

Un calor abrasador.

Jugaron un rato a veoveo. «C» de «cielo», «a» de «autopista» y «p» de «prado», hasta que agotaron las limitadas existencias de cosas reales y empezaron con tonterías del tipo «tfc» de «tu feo careto».

—¡Cállate! —dijo Joy.

Jack iba a decir «¡Cállate tú!», pero luego decidió no hacerlo porque era el mayor y tenía que cuidar de sus hermanas. Eso había dicho su madre…

«Jack está a cargo.»

… así que pensó en «p» de «polvo», miró la carretera e intentó calcular cómo de lejos podía estar el teléfono, cuánto habría tardado su madre en llegar hasta él con su paso lento de embarazada y cuánto habría tardado en llamar. No conocía la respuesta a ninguna de estas preguntas, pero intuía que su madre llevaba fuera demasiado rato.

Había parado el coche a la sombra de una pequeña hilera de pinos, pero las sombras habían menguado hasta desaparecer.

Pestañeó en la despiadada luz del sol.

Si cerraba los ojos, cuando los abriera vería a su madre doblar la curva. Imaginó. Deseó que ocurriera.

Bastaría con cerrar los ojos un instante.

Y después abrirlos.

Despacio.

Estaría allí…

Estaría allí…

No estaba.

—¿Dónde está? —dijo Joy y dio una patada al respaldo del asiento—. ¡Dijo diez minutos y han pasado diez horas!

En el asiento delantero, Merry se echó a llorar.

—¡Mira lo que has hecho! —Jack se inclinó sobre el asiento delantero para atender a Merry y le puso el biberón, pero la niña dio solo un sorbo de agua y se sacó la tetina de la boca para seguir gimoteando.

—Te odia —dijo Joy con satisfacción, de manera que Jack volvió a su asiento y dejó que lo intentara ella, pero resultó que Merry odiaba a todo el mundo y no hacía más que llorar.

Y llorar.

Merry tenía dos años, pero era muy llorona. A Jack no le caía demasiado simpática.

—Igual hay que cambiarle el pañal —dijo Joy cautelosa—. Hay uno en la bolsa.

—Enseguida se calla —dijo Jack; no tenía intención de cambiar un pañal.

Tampoco Joy, quien no volvió a mencionar el asunto. Se limitó a morderse el labio y mirar la curva de la carretera con el ceño fruncido.

—¿Dónde está? —repitió, pero esta vez con una vocecilla tan asustada que Jack decidió que tenía que hacer algo o, de lo contrario, también él se asustaría.

Se asustaría un montón.

—Vamos a buscarla —dijo de pronto.

—¿Cómo?

—Pues andando —dijo Jack—. Es aquí cerca. Eso dijo mamá.

—Si es cerca, ¿por qué no ha vuelto?

Jack hizo caso omiso de la pregunta y abrió la puerta.

—¿No se enfadará si no nos quedamos aquí como nos dijo?

—No, se alegrará de que hayamos ido a buscarla.

Joy abrió mucho los ojos.

—¿Se ha perdido?

—¡No!

Ahora le temblaba el labio inferior.

—¿Nos hemos perdido nosotros?

—¡No! ¡No se ha perdido nadie! Lo que pasa es que tengo calor, me aburro y quiero andar un poco. Puedes venir conmigo o quedarte aquí.

—No me quiero quedar aquí —se apresuró a decir Joy.

—Pues entonces, ven —dijo Jack.

—¿Y qué hacemos con Merry?

—Puede andar.

—Pero no va a querer.

—Pues la llevamos en brazos.

—Pesa demasiado.

—Yo la llevo.

—¿Y los coches? —dijo Joy mirando los fogonazos brillantes que desfilaban a gran velocidad; no eran muchos, pero iban muy deprisa—. Es demasiado peligroso —añadió en voz baja.

Era lo que les había dicho su madre cuando quisieron acompañarla a buscar el teléfono.

«Es demasiado peligroso.»

—Venga —dijo Jack—. Todo saldrá bien. Te lo prometo.

Joy llevaba la bolsa de pañales y Jack, a Merry.

Quien, como era de esperar, se negaba a caminar.

El aire asfixiante se agitaba cada vez que pasaba un coche y a continuación se posaba de nuevo en el polvo.

Caminaban muy pegados al quitamiedos. La barandilla de acero ondulado era mucho más grande de lo que parecía desde un coche en marcha. Le llegaba a Jack desde el codo hasta casi el dobladillo de los pantalones de fútbol azules. La tierra al otro lado de la barrera estaba cubierta de hierba alta y quebradiza. Bajaba en empinada pendiente hasta una zona de matorrales y árboles pequeños y, una vez allí, se nivelaba. Más allá había setos y, después, prados. Hierba. Algunas ovejas. La mayoría de los prados estaban vacíos y los graneros más cercanos quedaban muy lejos; parecían casitas de juguete con tejados de chapa.

El arcén era ancho, pero no estaba vacío. Esa era la impresión que daba desde el coche, de manera que a Jack le sorprendió comprobar que en realidad estaba lleno de cosas. Latas de Coca-Cola, guantes de protección, trozos de tuberías de plástico y peluches… un surtido aleatorio de objetos, todos aplastados y cubiertos del mismo polvo fino y gris.

—¿Y si para un coche? —dijo Joy—. ¿Nos subimos?

—Pues claro que no —bufó Jack; todo el mundo sabía que subirse al coche de un desconocido era una buena manera de acabar asesinado.

Joy también lo sabía y que su hermano no estuviera dispuesto a correr ese riesgo pareció tranquilizarla.

Jack se volvió para mirar el coche. Relucía en la luz cegadora, pero ya parecía estar muy muy lejos, como un barco que se hunde en un océano profundo y que, una vez desaparecido, no se puede recuperar.

O quizá eran ellos los que se hundían…

Merry pesaba mucho, sobre todo porque no dejaba de revolverse y gimotear. Tenía la cara roja y arrugada y se retorcía en los brazos de Jack igual que un gusano de plomo.

—Le está dando el sol en la cara —dijo Jack—. ¿Hay algún gorro en la bolsa?

—No, solo un babero. —Joy se lo dio entornando los ojos en la blanca luz del sol. El babero era amarillo con un patito azul. Jack se lo puso a Merry en la cabeza y esta se calmó un poco.

Siguieron caminando.

—Me duelen los pies.

Joy llevaba unas ridículas chanclas rosa con una flor de plástico entre los dos primeros dedos.

—Ya queda poco —dijo Jack, aunque no tenía ni idea de cuánto quedaba para ningún sitio. Era algo que solía decir su padre. Volvió la cabeza; el coche había desaparecido detrás de la curva.

Estaban completamente solos.

Jack deseó que su padre estuviera allí. Habría llevado en brazos a Merry, a Joy y la bolsa.

Sin esfuerzo.

Le dolían los brazos, así que dejó a Merry en el suelo e intentó que caminara, pero esta se negó, aunque ya sabía hacerlo sola. Se resistió y se puso rígida, de manera que Jack no podía tirar de ella.

Tuvo ganas de abofetearla.

En lugar de ello, resopló, se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano, volvió a cogerla en brazos y siguió andando.

Un camión hizo sonar el claxon cuando pasó rugiendo y el babero salió volando de la cabeza de Merry al otro lado del quitamiedos.

—¡Uy!

Joy se inclinó sobre la barrera de puntillas para cogerlo, pero pasó otro coche y el babero despegó de la hierba tiesa y amarillenta y flotó pendiente abajo.

—¡Déjalo! —dijo Jack.

—¡Pero es el del patito!

Jack siguió caminando y, un momento después, Joy lo alcanzó. Seguía buscando con la mirada el punto brillante en que se había convertido el babero.

—Me encantaría comerme un helado ahora mismo —dijo.

Jack no le hizo caso, pero también deseó poder comerse un helado. Con un polo se conformaría. Tenía la boca tan seca... Se preguntó si sería posible morir de sed en plena frondosa campiña de Devonshire.

Le pareció posible.

Odiaba a su madre. La odiaba. ¿Por qué no podían haber ido con ella? ¿Por qué dijo que volvería enseguida cuando no había vuelto enseguida?

Cuando la encontraran, no le hablaría. ¡Así aprendería! Bajaría por el terraplén, encontraría una verja en un seto, entraría en una granja y conseguiría algo de beber y un teléfono.

Llamaría a papá.

Que se hiciera cargo él.

Y en cuanto a su madre, que se preocupara cuando volviera al coche y viera que se habían marchado…

Pero no hizo ninguna de esas cosas.

Llegaron a un manzano escuálido y se detuvieron un rato bajo su sombra enrejada. Jack dejó a Merry en el suelo con un gemido. De inmediato, la niña se sentó con el pañal a modo de amortiguador entre las frutas pequeñas y rojas desperdigadas por el arcén.

—No la dejes en el suelo —dijo Joy—. ¡Está asqueroso!

—Me da igual. Pesa una tonelada.

—Lo mismo que esta bolsa. —Joy la soltó y cogió una manzana del árbol. Era roja, pero cuando la mordisqueó estaba dura y amarga y la escupió en el asfalto. Bebió agua del biberón de Merry y se lo ofreció a Jack. Se turnaron hasta terminársela.

—Deberíamos haber guardado un poco para Merry —dijo Joy.

—Demasiado tarde —dijo Jack.

Pasaban coches. Ninguno se paró.

—Vamos —dijo Jack.

—No quiero —dijo Joy—. Hace demasiado calor.

—Hay que seguir. No vamos a encontrar a mamá si nos quedamos aquí.

Joy escudriñó la carretera delante de ellos. Era larga y recta y en el arcén no había rastro ni de su madre ni de nadie. Solo un lago tembloroso, como un espejismo en un desierto.

—Quiero volver.

Jack se sacó la llave del bolsillo.

—Vale —dijo—. Toma la llave.

Joy no la cogió. Se giró hacia la curva que ahora ocultaba al coche, suspiró y dijo:

—¡Cómo pesa esta bolsa!

—Déjala. Coge solo un pañal para que mamá pueda cambiarla.

Eso hicieron. Joy sacó un pañal y Jack encajó con cuidado la bolsa en la estrecha abertura que había donde el manzano casi tocaba el quitamiedos, para que no la viera nadie, pero pudieran encontrarla cuando todos volvieran al coche.

Luego cogió a Merry en brazos y echaron a andar.

Un coche azul aminoró la marcha en el carril rápido en sentido contrario y el conductor los miró. Jack apartó la vista mientras el corazón le palpitaba con un temor infundado hasta que el ruido del motor se fue apagando.

Merry se revolvió contra su cadera y empezó a berrear:

—¡Mamá! ¡Mamá! —Extendió los brazos regordetes y los dedos hacia el coche, que ya se había alejado demasiado para dar la vuelta.

—Mamá no está aquí —dijo Jack—. Está por este camino. Enseguida la encontramos.

El llanto de Merry cedió poco a poco hasta que, por fin, le pasó a Jack los brazos alrededor del cuello, apoyó la mejilla en su hombro y empezó a emitir un zumbido grave y ronco que se fue acompasando con las pisadas de su hermano.

Joy se paró y dijo:

—¿Qué es eso?

Un poco más adelante, tres cuervos picoteaban y daban saltitos encima de un bulto ensangrentado.

—Ni idea.

—¿Es algo muerto?

—No lo sé.

Pero sí era algo muerto. A medida que se acercaban, oyeron las moscas.

Era un zorro muerto, aplastado, pero el polvo no lo había cubierto aún. Las tripas rosa brillante sobresalían de un desgarrón en el pelo anaranjado. Los cuervos se peleaban por comerse los ojos.

Jack no pudo mirar. Se tragó el asco que le subía por la garganta mientras Joy agitaba los brazos para espantar a los cuervos. Estos se alejaron batiendo las alas, pero solo unos metros, y a continuación regresaron a saltitos.

—¡Fus! —gritó Joy—. ¡Fuuuuuus!

Pero los cuervos rieron y saltaron alrededor de ella como una pandilla cruel.

Joy corrió hacia ellos.

—¡JOY!

Jack le sujetó el brazo y un coche cortó el aire en dos haciendo sonar furioso el claxon cuando viró para esquivarla.

Joy miró a Jack. Tenía los ojos como platos, la cara pálida y sus labios dibujaban una «o» asustada.

Entonces los dos se echaron a reír. Un graznido agudo, como el de los cuervos. No era una risa de diversión, pero aun así siguieron, como si jugaran a quién ríe más rato, hasta mucho después de que se les pasara la alegría y empezara a dolerles la cara.

Entonces Jack señaló algo detrás de Joy.

—¡Ahí está el teléfono!

A unos cien metros había un pequeño poste naranja.

Se alejaron del zorro muerto con urgencia renovada. Jack caminaba tan deprisa que casi corría. Joy se agarró a la espalda de su camiseta como si le diera miedo separarse de aquel trenecito y quedarse atrás. A Jack le dolían los brazos y el sudor le quemaba los ojos. Los pies de Merry le golpeaban los muslos y los tirones que le daba Joy lo desequilibraban, pero no aminoró la marcha. No hasta que no estuvieron a unos treinta o cuarenta metros del teléfono. Entonces empezó a buscar a su madre con la mirada al otro lado del quitamiedos y en la pendiente de hierba. E incluso más lejos. También entre los árboles, los setos y los prados que había más allá. Buscó desesperado alguna pista.

Quizá se había caído o los estaba esperando al otro lado del quitamiedos. Quizá los estaba viendo acercarse y les hacía señas con la mano, confiando en que la vieran. Cuando la viera, le devolvería el saludo. Le hablaría. ¡Pues claro que sí! ¡Olvidaría todo lo malo! El alivio anticipado lo llenó de ilusión.

—¿Dónde está? —dijo Joy.

Jack no contestó.

—¿Jack?

—Shhh.

Apretó el paso con el ceño fruncido. Cuando estaba a diez metros del teléfono, se detuvo.

El auricular naranja colgaba del aparato, con el cable retorcido, rozando la hierba amarilla e inmóvil.

Jack tuvo un presentimiento aterrador.

Aquello no era bueno.

Nada bueno.

Joy se movió. Soltó la camiseta de Jack y lo adelantó.

—Está roto —dijo e hizo ademán de coger el teléfono.

—¡No lo toques! —gritó Jack y Joy rompió a llorar.

Caminaron medio kilómetro más en el aire asfixiante.

No se detuvo ningún coche.

Nadie quiso saber nada.

Gente en coches —¡familias!— con aire acondicionado, teléfonos móviles y Coca-Colas pasaron por su lado mientras Joy lloraba en silencio y Jack llevaba a Merry en brazos.

Jack siguió andando, aunque no sentía las piernas.

Ni el corazón.

Hasta que no estuvieron casi en el desvío, un coche no frenó y se detuvo en la grava delante de ellos.

Se pararon, temblando, llorosos y exhaustos por el calor y el miedo.

Hubo un árido instante de espera, eterno y caluroso.

Luego se abrió la puerta y salió un agente de policía.

2001

Catherine While se despertó con un sobresalto y la sensación (la certidumbre) de que había alguien en la casa.

—¿Adam?

Adam no estaba allí. Estaba en Chesterfield. Catherine lo sabía porque justo el día anterior le había enviado una postal de la estación de autobuses con un garabato irónico.

Y, sin embargo, repitió:

—¿Adam?

Nada. Solo aquella espeluznante sensación de que no estaba sola. La farola junto a la ventana parpadeó y se apagó, dejándola ciega por un instante.

Parecía… planeado.

—¿Adam? —susurró a la oscuridad.

—¡Prrrrp!

Catherine chilló cuando el gato aterrizó en sus piernas.

—¡Quita, Chips!

Se sentó con un gruñido y una serie de incómodos contoneos bajo el peso de su barriga habitada y echó al gato de la cama.

—No te asustes —le dijo con firmeza a su tripa—. No era más que el gato.

Adam había tenido un segundo gato, llamado Fish, al que atropelló un coche antes de que se conocieran. Cuando lo supo, Catherine puso cara de solidaridad, obviamente, pero se sintió secretamente aliviada. Con un gato que vigilar para que no se sentara en la cabeza del bebé tenía más que suficiente. Chips era como un muñeco de trapo blanco y peludo, con preciosos ojos azules, pero a Catherine no le gustaban los gatos. Tampoco los perros, ya puestos. Nunca había tenido animales de compañía de ninguna clase, ni siquiera un pez de colores, pero en los dos años que llevaban juntos Adam y ella había aprendido lo suficiente para saber que, definitivamente, los gatos no le caían bien.

A Adam sí. No se despegaba de su gato y ni su gato ni su pelo se despegaban de él. Catherine estaba convencida de que los gatos tenían su razón de ser dentro del universo, pero también de que esta no era cagar dentro de una caja en un rincón de la cocina.

O subirse de un salto a su cama.

Debía de haber dejado la puerta entreabierta la noche anterior y Chips vio la oportunidad de reafirmar su derecho gatuno a dormir en la almohada de su amo y mear con libertad en el cajón de los calcetines.

Catherine chistó furiosa y Chips salió altivo de la habitación con una mirada por encima del hombro que decía: «Esta te la guardo».

—Tú mismo —dijo Catherine desafiante y se recostó en la almohada.

Al menos Chips le había quitado el susto.

Catherine entrelazó las manos sobre el vientre, perpleja y divertida por lo diferente que era de la imagen que había tenido siempre de su cuerpo. Los primeros meses no había habido grandes cambios. Un poco de tripita, de esa que desaparece después de unas semanas de hacer bicicleta. Luego el bulto creció lo bastante para celebrarlo tumbándose boca arriba y dejar que sobresaliera, como cuando se mete en casa una maceta con una planta que estaba en el jardín. Ahora, que estaba de siete meses, levantarse de una silla era algo parecido a levantar un saco de fertilizante para meterlo en un carrito en B&Q.

Estaba ansiosa de que llegara el día en que le pusieran al bebé en su pecho, rojo, arrugado y berreando…

«¡Jamás dejaré que te hagan daño!»

Aquella promesa vehemente no era algo que Catherine hubiera formulado o decidido. Le venía al pensamiento de vez en cuando, directamente salida del corazón, del mismo modo que había imaginado que saldría el bebé de su útero, con un torrente de emociones que le producían al mismo tiempo ganas de llorar y de enfrentarse a todo.

Se secó los ojos con la base de la mano, suspiró y maldijo a Chips. Pronto necesitaría dormir todo lo que pudiera y perder aunque fuera un segundo la ponía de malhumor.

El doctor Samuels le había dicho que buscara la serenidad máxima para ella y para su hijo que iba a nacer.

«Serenidad máxima.»

El médico había usado esas palabras concretas y Catherine se había reído de ellas. Pero a medida que avanzaba su embarazo, entendía mejor el valor de la serenidad máxima y había empezado a meditar, a encender velas y a leer novelas malas en la bañera. Se daba masajes de pies, tomaba batidos de kale y asistía a clases semanales de preparación al parto, donde se tumbaba de espaldas igual que un escarabajo dado la vuelta y Adam la ayudaba a respirar, a empujar y a reír como una tonta en supuesta preparación para lo que estaba por venir.

Catherine decidió leer hasta quedarse otra vez dormida. Tenía una pila de libros pendientes de lo más tentadora, pero sus hormonas la empujaban de manera compulsiva a El gran libro de nombres para niños. Menuda tontería; tanto Adam como ella preferían los nombres tradicionales y el libro incluía muchos de lo más ridículo. Además, habían decidido más o menos que si era niña, se llamaría Alice y si era niño, Frank, por la abuela de ella y el padre de él. Pero aunque sabía que jamás llamaría a su hijo Bunker o Crimpelene, Catherine sentía que era su deber considerar incluso la posibilidad más remota.

Se volvió para encender la lámpara de la mesilla, pero se detuvo a medio camino.

Oía un ruido.

No sabía muy bien qué era o de dónde venía, pero sonaba a alguien intentando no hacer ruido.

Alguien dentro de la casa.

Un miedo atávico le produjo un cosquilleo en la nuca.

Tenía treinta y un años y había vivido sola durante toda su vida adulta hasta que se mudó a casa de Adam casi dos años antes. Cuando vives sola y oyes un ruido por la noche, no te escondes bajo las mantas y esperas a que tu destino suba por las escaleras y se acerque por el pasillo. Cuando vives sola, te levantas de la cama, coges la linterna o el bate de béisbol o el bote de laca y bajas sigilosa al piso de abajo para enfrentarte a…

El lavavajillas.

Que era lo único que podía hacer un ruido lo bastante fuerte para despertarla.

Pero no había puesto el lavavajillas…

Catherine no estaba tan bien preparada como antes y además estaba mucho más embarazada. Pero no había allí nadie que pudiera ayudarla. Así que, con un gruñido ahogado, sacó las piernas de la cama y cogió impulso hasta ponerse de pie.

Salió sin hacer ruido al rellano y cogió un jarrón de la estantería. Era un mazacote sueco de cristal y nunca le había gustado. Tirárselo a un intruso mataría dos pájaros de un tiro.

Respiró hondo, dio la luz del pasillo y gritó:

—¡Quien esté ahí más le vale marcharse ahora mismo de esta casa! ¡He llamado a la policía y voy armada!

Empezó a bajar las escaleras con el jarrón a la altura del hombro, sintiéndose aterrada e idiota al mismo tiempo. Cuando llegó al piso de abajo, se detuvo y escuchó.

Nada.

¿Se había equivocado? No sería la primera vez. Estar sola en una casa magnificaba todos los sonidos. Los volvía más alarmantes. De haber estado segura, habría llamado a la policía y no lo había hecho, a pesar de que el teléfono estaba junto al lado de la cama en el que dormía Adam.

Sujetó mejor el jarrón con la mano derecha y comprobó despacio todas las habitaciones. Con cada umbral que cruzaba, se envalentonaba más. El recibidor, el comedor, la cocina.

Allí no había nadie.

Catherine dejó el jarrón sobre la mesa de la cocina cerca de la cámara y el teléfono y suspiró de alivio, feliz de haberse equivocado.

Entonces se fijó en su cámara de fotos y su teléfono. No recordaba haberlos dejado encima de la mesa. ¿Por qué iba a hacerlo? Y el portátil de Adam estaba junto a ellos, cuando siempre lo tenía en la mesa de su despacho.

«¡Hijo de puta!»

Catherine comprendió en un abrir y cerrar de ojos. ¡Los objetos estaban en la mesa cerca de la puerta trasera para que el ladrón pudiera cogerlos al salir!

Sin aliento por el pánico, comprobó la puerta. ¡No estaba cerrada con llave! La había cerrado, de eso estaba segura. El intruso debía de haber salido por ella cuando gritó, ¡sin detenerse siquiera a coger el botín!

Se apresuró a echar otra vez la llave y se pegó con desesperación al frío cristal, con las manos a ambos lados de la cara para ver en la oscuridad.

Contuvo el aliento cuando una sombra negra y líquida se separó de la casa y fluyó entre los arbustos y por encima de la valla igual que si fuera aceite.

—¡Te estoy viendo! —gritó—. ¡Te estoy viendo, cabrón!

Tenía el corazón desbocado, pero sus palabras le dieron valor.

Y enseguida todo hubo pasado.

El intruso había estado allí y se había marchado.

Ella estaba asustada y a salvo.

Todo había pasado y la mancha de vapor condensado que había dejado su grito en el cristal se encogió hasta desaparecer.

Catherine se separó de la puerta. Le temblaban las piernas. Se sentó y se llevó una mano trémula al vientre.

Su cabeza repasó lo ocurrido, saltando entre causa y consecuencia, entre lo que fue y lo que podía haber sido, hasta que por fin se apaciguó y empezó a funcionar a un ritmo más normal.

Estaba bien.

Estaban bien.

No había ocurrido ninguna desgracia. No se habían llevado nada.

Eso era lo más importante. Lo fundamental.

Pero había algo más. Tampoco se había dejado llevar por el pánico. No había chillado. No se había escondido debajo de la cama. No había tenido que venir un hombre a rescatarla. Había sido valiente y espabilada.

Catherine casi había olvidado lo que era ser independiente y cuando volvió al piso de arriba, la semilla del orgullo empezaba a brotarle en el pecho.

Entró en el dormitorio, cerró con firmeza la puerta y dejó escapar un fuerte suspiro de alivio. Entonces se volvió hacia la cama y el estómago se le encogió de tal manera que el bebé dio una patada.

La lámpara junto a la cama estaba encendida.

No la había encendido ella. Se había detenido a medio camino, ¿recuerdas?

Sabía que no la había encendido ella.

Y, en el pequeño charco de luz que proyectaba, había un cuchillo.

No era un cuchillo de cocina.

Era una navaja.

Catherine se movió sin caminar.

Miró la navaja.

Una hoja brillante, serrada en un extremo; en el otro, curva hasta terminar en una punta cruel. La empuñadura, con incrustaciones de nubes perladas que se reflejaban en un mar azul petróleo de…

Abulón.

La palabra emergió del profundo océano de su cerebro y supo que era la adecuada, aunque no estaba demasiado segura de cómo era un abulón. La pálida concha era tan serena, tan hermosa, que sin duda el filo no podía ser tan brutal como aparentaba. Como si no fuera suya, Catherine observó su mano acercarse y posar por un instante un dedo en la punta.

Dio un respingo cuando una descarga eléctrica le subió por el brazo y el cuello hasta la coronilla. Los ojos se le llenaron de lágrimas y una bola roja diminuta se le formó en la yema del dedo índice y se quedó allí, brillante como el rubí de un reloj suizo.

Se llevó el dedo a la boca con un escalofrío.

Entonces vio la tarjeta de cumpleaños.

Flores en un cubo. «Para mi hija, en su día.» Su madre no sabía elegir tarjetas de felicitación. Una semana después de su cumpleaños, Catherine la había guardado con todas las demás en un cajón del cuarto de invitados.

Y sin embargo ahora estaba allí, junto a su cama…

Se sentía desorientada, como si aquello fuera un sueño o una curvatura del espacio-tiempo.

Abrió la tarjeta.

La firma garrapateada de su madre estaba toscamente tachada y en el espacio en blanco había un nuevo mensaje escrito:

Podría haberte matado.

Agosto de 1998

Había pasado una semana.

Una semana en la que solo habían hablado en susurros, salvo Merry, que lloraba con la frecuencia y el volumen que se le antojaba hasta que una vecina a la que llamaban «tía», aunque no lo era, vino y se la llevó «solo hasta que vuelva Eileen a casa».

Cuando se fue, la casa se quedó tan silenciosa que el silencio en sí era casi un ruido.

Jack y Joy no iban al colegio. No era tan divertido como podía parecer. Jugaban a las cartas o veían dibujos animados con el volumen bajo, entre siluetas de agentes de policía que entraban y salían igual que fantasmas torpes. El que estaba al mando tenía un bigote tan espeso como el de un vaquero. «Llamadme Ralph», les dijo. Pero no le llamaban nada, se limitaban a verlo entrar y salir de la cocina con papeles y fotografías y decirle cosas secretas a su padre.

Cuando tenían hambre, comían cereales directamente de la caja. Cuando tenían sed, bebían del grifo. Cuando estaban cansados, se reclinaban el uno contra el otro en el sofá igual que pingüinos en una tormenta de nieve y se echaban siestas incómodas y nada reparadoras en las que soñaban con un asfalto recalentado y polvoriento y con que ningún coche paraba.

Nadie quería saber nada.

De vez en cuando, su padre levantaba la vista como si se acordara de ellos y decía: «¿Estáis bien?» y Jack y Joy asentían enérgicos, porque su padre estaba muy ocupado con la policía y con los periódicos. Y porque si decían que «no estaban bien», era posible que otra «tía» a la que ni siquiera conocían llegara y se los llevara, como a Merry.

Los periódicos llegaban cada mañana por debajo de la puerta con una serie de ruidos secos, igual que pájaros muertos que caen del cielo y se estrellan contra el felpudo.

Todos los periódicos, todos los días.

Su padre se sentaba a la mesa de la cocina a leer y releer obsesivamente cada cosa que se sabía, o se suponía, sobre la desaparición de su mujer; encorvado sobre las páginas para entresacar más significado, moviendo los labios y manchándose los dedos de tinta. No tiraba ningún periódico, por si había pasado algo por alto, y los acumulaba en un montón que crecía a una velocidad asombrosa.

Se suponía que Jack y Joy no debían leer los periódicos, pero de tanto en tanto, cuando su padre estaba en el piso de arriba, echaban una ojeada. Y por aquellos atisbos robados supieron que la búsqueda de su madre estaba aún en marcha y que la policía buscaba pistas, pero no encontraba ninguna.

El tío Billy llegó de Irlanda con su fea mujer, Una. Esta fingía que le gustaban los niños y él se sentaba en la cocina y miraba al padre trasladar gruesos montones de periódicos de un lado a otro de la habitación, señalar páginas y explicar las teorías de lo que podía haberle ocurrido a su mujer.

Teorías. En plural.

Tenía varias y Jack estaba harto de oírlas. Las exponía todas en trémulas ráfagas de palabras que no tenían nada que ver con la voz varonil de su padre. Y todas incluían un error, un malentendido o un fallo en la comunicación que se aclararía en cuanto Eileen volviera a casa y explicara dónde había estado todo aquel tiempo, y todo se arreglaría.

Jack tarareó en voz alta para no tener que oír a su padre decir cosas tan lamentables.

—Cállate —dijo Joy.

Jack tarareó más fuerte.

No podían salir debido a todos los periodistas que llamaban a la puerta y acechaban en las esquinas cerca del pub o dentro de los coches aparcados por toda la calle.

Esperando.

—¿Qué están esperando? —dijo Joy mientras jugaban a las cartas en la alfombra de su habitación.

—No lo sé —dijo Jack, aunque creía saberlo y pensaba que Joy también.

Pero esta se levantó de la alfombra, abrió la ventana y les gritó:

—¿Qué estáis esperando?

Nadie le contestó. Pero al día siguiente su fotografía salía en primera plana en todos los periódicos que llegaron por debajo de la puerta.

El titular era: «JOY ABANDONADA»1.

Aquello hizo sufrir a Jack.

Quizá su madre los había abandonado en aquel arcén. Quizá él era demasiado ruidoso, Joy demasiado irritante y Merry demasiado coñazo para que pudiera soportarlo. Quizá ni siquiera había llegado a pedir ayuda por el teléfono naranja. Quizá se había hartado de que él y Joy se pelearan en el asiento trasero, había parado el coche, doblado la curva, hecho autostop y huido en un coche rumbo a una nueva vida. Con un marido más rico, un coche mejor y su nuevo hijo, quien recibiría todos los juguetes y los abrazos en lugar de Joy, Merry y él.

Si se esforzaba lo bastante y durante el tiempo suficiente, Jack podía enfadarse lo bastante para que no le importara que su madre no volviera nunca.

Pero incluso cuando lo conseguía, en su fuero interno deseaba que sí lo hiciera.

1 «Joy» significa «alegría». (N. de la T.)

Tres años después

Catherine estuvo despierta con el teléfono en la mano hasta el amanecer.

Había marcado dos veces el número de Adam y las dos veces había colgado antes de que sonara.

En una ocasión empezó a llamar a la policía, pero no pasó del segundo nueve.

Ahora se limitó a sentarse en el borde de la cama, con Chips pegado a su muslo en busca de calor.

Estaba desesperada por oír la voz de Adam. En las últimas horas había imaginado cien veces la conversación.

«¿Hola?», diría él con voz ronca y ella le contestaría con un «hola» susurrado y a continuación rompería a llorar.

Sabía que lo haría, por mucho que se esforzara por evitarlo. Solo de pensar en ello le entraban ganas. Entonces la voz de él se transformaría en esa otra dulce que tan bien conocía: «¿Catherine?», la misma que cuando le anunció que estaba embarazada. ¡Se había puesto tan contento! Enseguida la había obligado a tumbarse en el sofá, entre risas y protestas, con un té, una tostada y el mando a distancia, mientras él iba a toda prisa a comprar sopa de pollo, complejos vitamínicos y todas las cosas que un recién nacido podría necesitar de una tienda abierta veinticuatro horas. Estas habían incluido un paquete de pañales desechables para niños de entre 12 y 18 meses, seis botes de compota de plátano Heinz y un tren teledirigido que, en lugar de vapor, expulsaba pompas de jabón. Dos días más tarde se había apuntado a un curso de primeros auxilios a recién nacidos en la asociación benéfica St John Ambulance y cambiado su Golf por un repulsivo Volvo color verde guisante con sistema de protección contra impactos laterales y cierres de seguridad para niños…

No podía contárselo.

No podía decirle que mientras él hacía todo lo posible para protegerlos a ella y al bebé, ella había trastabillado por toda la casa profiriendo amenazas tontas con un jarrón como única arma con la que defenderse ella y a su hijo aún no nacido de un intruso con una navaja.

¡Un intruso al que ella había dejado entrar!

Había dejado abierta la ventana del cuarto de baño para que Chips no la molestara si quería salir, a pesar de que Adam le había dicho que no lo hiciera.

«¡Pero hace tanto calor!», se quejaba mentalmente siempre que Adam le decía aquello. «¡Además es un ventanuco y está muy alto! No podría entrar nadie por él.»

Pero alguien había entrado. El ambientador estaba volcado y, si ladeaba la cabeza en un determinado ángulo, veía una huella borrosa en el alféizar de azulejo blanco. Después de una larga noche de atar cabos, Catherine concluyó que el ladrón había entrado por allí e ido derecho al piso de abajo, donde había cogido las cosas obvias y abierto la puerta trasera para asegurarse de que no se quedaba atrapado.

Luego había vuelto al piso de arriba.

Debía de haber estado justo detrás de ella cuando se detuvo en lo alto de las escaleras blandiendo el jarrón y gritando amenazas vanas.

Catherine se estremeció.

No había sido valiente, había sido una insensata. Ahora se daba cuenta.

¡Debía de ser la famosa torpeza de las embarazadas! Le habían dicho que el embarazo podía llevar a tomar decisiones irracionales, elecciones ilógicas, y Catherine había pensado que se trataba de tonterías misóginas.

Pero ahora se daba cuenta de que había sido tan tonta como esa rubia tonta de las películas de terror a la que no se le ocurre encender la luz.

Se había puesto a sí misma en peligro y, lo que era aún peor, había puesto a su hijo en peligro.

¿Cómo iba a contarle eso a Adam?

No podía. No quería. Se pondría furioso… y con razón. Adiós a la serenidad máxima, ahora todo sería preocupación, sentimiento de culpa y nuevas medidas de seguridad mientras Adam la envolvía en algodones hasta que se ahogara.

El pánico se adueñó de ella.

9-9-

Se detuvo de nuevo antes de terminar de marcar. Quería pensarlo una vez más.

¿Qué podía hacer la policía? El ladrón no se había llevado nada. No había roto nada. Ni siquiera lo había visto. Si llamaba a la policía, tendría que revivirlo todo, dejar que el mundo entero supiera lo estúpida que era y todo en vano. La policía rara vez cogía a los ladrones de casas. Eso lo sabía todo el mundo. El Gazette estaba lleno de casos que la policía no conseguía resolver. Había un ladrón que llevaba tanto tiempo suelto que hasta le habían puesto un apodo: Ricitos de Oro, porque dormía en las camas y se comía la comida de las casas en las que entraba. Y si la policía no lograba coger a aquel ladrón, Catherine dudaba de que hicieran horas extras para coger a un hombre que había volcado un ambientador.

Llamar a la policía no le traería nada más que humillación. Humillación y barullo.

Así es como lo llamaría su madre. «Barullo.» Alboroto y sinsentido.

Catherine dejó a un lado el teléfono y se abrazó la barriga.

—No queremos barullo, ¿verdad, Crimpelene?

Suspiró por su mala suerte. ¡Ni siquiera tendría que estar allí! Adam y ella tendrían que estar pasando el fin de semana en Sidmouth celebrando su aniversario. Pero había que pagar el alquiler y estaban ahorrando mucho para el niño, así que cuando a Adam le llegó la oportunidad de hacer horas extra, cancelaron el viaje.

Incluso así, que la robaran y amenazaran cuando debería haber estado desayunando en la cama con vistas al mar era como echar sal en las heridas.

Miró por la ventana como si la vista pudiera sorprenderla con un milagro, pero solo encontró la casa del señor Kent al otro lado de la calle sin salida, bañada en el fulgor rosado del amanecer.

Aunque no era el mar, la vista le hizo sentirse mejor. Había pasado una mala noche. Pero la noche había terminado y el alba pintaba su temor de un color nuevo y menos aterrador.

Podría haberte matado.

«Sí», pensó, «pero no lo has hecho, ¿a que no?»

Aquella era la reconfortante verdad.

El intruso no la había matado. Ni siquiera cuando estaba en lo alto de la escalera, gorda y sin equilibrio, sujetando un jarrón con mano temblorosa. O cuando un ligero empujón la habría mandado escaleras abajo hasta el pasillo… En realidad, había hecho todo lo posible por evitarla antes de marcharse por donde había venido.

De hecho, ¡lo había ahuyentado ella!

Quizá solo había querido devolverle el susto…

Catherine parpadeó.

Aquello parecía plausible. El ladrón, al ver su plan frustrado por sus torpes gritos, había decidido vengarse. Había dejado la navaja y la amenaza convencido de que, si no objetos de valor, al menos le había robado la tranquilidad.

Tenía lógica.

Era probable…

Y así fue cómo empezó a pensar Catherine en ello. Cómo decidió pensar en ello. En una bravuconada sin importancia. Que no significaba nada. Y si no era nada, entonces nadie tenía por qué saberla. Nada tenía que cambiar. Sería lo mejor para ella y, lo que era más importante, para el bebé.

Serenidad máxima.

De manera que Catherine While no llamó a su marido para contarle lo del ladrón. Y tampoco a la policía.

En lugar de ello, envolvió la navaja reluciente en un pañuelo de papel y la cogió con cuidado, manteniéndola a cierta distancia, como si pudiera explotarle en la mano.

Luego la metió en el fondo del cajón de los sujetadores y quemó la tarjeta de felicitación en el fregadero de la cocina.

Agosto de 1998

ÚLTIMA LLAMADA DE AUXILIO DE LA DESAPARECIDA EILEEN.

A Jack se le quedó la respiración atrapada en la garganta y la imagen del teléfono naranja colgando de un cable retorcido le vino a la cabeza acompañada del angustioso terror de aquel momento.

«¡No lo toques!...»

El titular precedía a una noticia extraña que recorría la página en líneas cortas e irregulares, como un poema. Pero Jack no necesitaba leerla para saber lo que significaba.

Su madre llamó para pedir ayuda. Sostuvo aquel teléfono naranja. Estuvo allí mismo… ¿Durante cuánto tiempo antes de que llegaran ellos?

¿Siglos?

¿Instantes?

Se le encogió el corazón de arrepentimiento. ¡Si hubiera salido en su busca antes! ¡Si hubiera caminado más deprisa! ¡Si no hubiera jugado al estúpido veoveo ni tenido que llevar a Merry en brazos ni se hubiera detenido bajo el manzano! La habrían alcanzado y no habría desaparecido.

¡Él estaba a cargo! ¡Podría haberla salvado!

Si…

Dio un suspiro profundo y tembloroso.

¿Sí?

La palabra salió flotando de la página y a Jack le pareció oír a su madre decirla con la misma nitidez que si hubiera estado allí a su lado.

—¿Hola?

—¿En qué podemos ayudarla?

—Se me ha estropeado el coche.

—¿Me dice su nombre, por favor, señora?

—Eileen Bright.

—De acuerdo, señora Bright. ¿Dónde está el coche ahora mismo?

—En el arcén.

—¿Está aparcado lo bastante lejos de la calzada?

—Sí.

—¿Está usted sola?

—Mis hijos van conmigo.

—¿Siguen en el coche?

—Sí.

—¿Puede pedirles que se coloquen al otro lado del quitamiedos, lejos del tráfico? La espero.

—Esto… No, no puedo. No están aquí conmigo. El coche está más atrás. Era demasiado peligroso venir por la carretera con todos. Merry es muy pequeña. Y no sabía cómo de lejos estaría el teléfono. Pero están a salvo.

Jack dio un respingo.

¿A salvo? ¿Cómo podía decir eso? ¿Cómo podía decir que estaban a salvo? ¡No lo estaban! ¡Su madre no sabía lo poco a salvo que habían estado! No sabía que las chanclas de Joy le hacían daño, no sabía cómo había llorado Merry ni cómo a él casi se le habían caído los brazos por el esfuerzo de cargar con ella. ¡Tampoco lo del zorro, los cuervos o el coche que había estado a punto de atropellarlos!

Ni que nadie había parado. Nadie había querido saber nada.

La ira prendió un fósforo en el vientre de Jack. ¡Su madre se había desentendido de ellos! ¿Cómo había podido? ¡Los había abandonado! ¡Lo de «Joy abandonada» era cierto! ¡Los había abandonado a todos!

Algo crujió en el techo y Jack contuvo la respiración y luego siguió leyendo deprisa…

—De acuerdo, señora Bright. ¿El coche está al norte o al sur de donde se encuentra usted ahora?

—Esto… A ver [ríe]. Íbamos a Exeter…

[Sonido de un coche que se detiene]

—Ah, alguien se ha parado para ayudarme… Hola…

[Sonido de voces ahogadas. Eileen Bright. Varón sin identificar]

—¿Señora Bright?

[Silencio]

—Señora Bright, ¿está usted ahí?

[Silencio]

[Sonido de coche que se aleja]

Jack miró perplejo la última línea.

Sonido de coche que se aleja.

No quería que la historia terminara de ese modo. Incluso pasó la página con la absurda esperanza de que continuara, pero por supuesto no fue así.

Sonido de coche que se aleja.

¿Con su madre dentro?

No lo sabía.

Al parecer, nadie lo sabía.

Pero todo el mundo sabía que subirse al coche de un desconocido era una buena manera de acabar asesinado…

Llamaron a la puerta principal. Jack metió el periódico en el montón y volvió corriendo al sofá.

Susurros en el pasillo. Era Llamadme Ralph y con él venía una joven agente de aspecto alegre que sonrió a Jack, le dijo que se llamaba Pam y le pidió permiso para sentarse con él en el sofá.

Jack no quería que se sentara con él, pero lo hizo igualmente, mientras Llamadme Ralph seguía a su padre a la cocina con un fajo desordenado de papeles bajo el brazo. Carpetas, formularios y fotografías, además de una bolsa de plástico para guardar pruebas.

De pronto Jack notó un nudo de miedo y furia que le oprimía la garganta igual que un bulto apretado y retorcido. Le ardían las mejillas y le zumbaban los oídos como si estuviera debajo del agua.

Se puso de pie como en una pesadilla, pero Pam le cogió la muñeca y se la sujetó tan fuerte que Jack supo que no la soltaría sin pelear.

—Suélteme —masculló—. Suélteme.

Luego los dos se sobresaltaron cuando, en la cocina, su padre empezó a aullar igual que un perro apaleado.

Entonces Jack lo supo… ¡lo supo! Y los odió a todos por dejarle adivinar algo que no quería saber.

—¡Suélteme! —gritó y, con un tirón del brazo, se zafó de Pam, salió corriendo de la habitación y subió al piso de arriba.

Joy estaba jugando a Snap1 con su muñeca. Miró a Jack y dijo:

—¿Qué son esos gritos?

Jack no podía hablar. No podía contárselo. Se quedó callado.

—¿Quieres jugar? —dijo Joy.

Jack no quería jugar. Pero tampoco tenía palabras para contarle que su madre estaba muerta.

Así que se sentó despacio en la áspera alfombra azul y miró a Joy juntar todas las cartas para que pudieran empezar una partida nueva.

11 El vocablo snap tiene muchos significados: estallar de ira, el chasquido de una cámara, un ruido seco… También es, como en este caso, un juego de cartas. (N. de la T.)

2001 (*)

Catherine se mantuvo ocupada todo el día.

Renovó el seguro del coche. Puso la lavadora a media carga y aplacó su mala conciencia ecológica bajando la temperatura a treinta grados. Ideó un menú. Janet y Rhod irían a cenar el viernes, pero no pensaba tirar la casa por la ventana. Eran amigos de nivel dos, aptos para invitar, pero no para invertir. Catherine había trabajado con Jan en la inmobiliaria, pero Rhod no era más que parte de un software para parejas que probablemente terminaría por quedarse obsoleto. Catherine solo lo había visto una vez. Tenía algún trabajo aburrido de oficina, ni siquiera Jan estaba segura de cuál.

Decidió que prepararía risotto. Era fácil y aun así siempre quedaba bien con él. Por tanto, tenía que comprar el arroz adecuado. También canónigos, queso feta, calabaza y granada. Lo compraría todo el viernes por la mañana para que estuviera fresco.

O quizá practicaría primero para evitar otra cena-desastre como la que Adam siempre llamaba «el gran fiasco de cerdo». En aquella ocasión el menú había sido cerdo desmigado. La receta no le salió demasiado bien a Catherine y la carne tenía aspecto de cordones de zapato, pero Adam evitó la catástrofe tomándoselo a broma de manera que nadie se sintiera obligado a terminarse el plato.

A Adam nunca le habían importado sus desventuras en la cocina. Se encogía de hombros mientras rebañaba el plato y decía: «La próxima vez te saldrá bien». Por Navidades le había regalado un libro de recetas con un vale regalo de Ann Summers marcando la página del cerdo desmigado.

Después de aquello, el plato le salió bien.

Después de aquello, todo les salió bien…

Catherine se acarició la barriga, sonrió y miró el reloj. Debía de ser casi la hora de comer.

Eran las diez y media.

Llamó a su madre.

—¡Ah, hola! —dijo Helen Pitt—. ¿A qué debo este honor?

Era su saludo por defecto, pensado para hacer sentir culpable a su hija. Pero en lugar de irritarse como de costumbre, Catherine sintió un nudo de emoción en la garganta al oír la voz de su madre.

Un efecto retardado del susto, supuso. Menuda tontería.

—Ya lo sé —dijo—. Hace tiempo que no te llamo.

—¡Hace meses!

Sí que hacía meses. Pero su madre era una mujer fácil de evitar. Era impaciente, egocéntrica y criticona. Tenía mala opinión de Adam porque cuando se casaron tenía deudas, pero no reconocía que desde entonces se había matado a trabajar para pagarlas.

En una ocasión le dijo a Catherine que había dejado a su marido porque movía los labios al leer.

—¡Me ponía de los nervios! —dijo con un gesto teatral del brazo—. ¡Ruptura irrevocable!

Hubiera o no sido esa la razón, la ruptura había sido irrevocable y el padre de Catherine se había ido a vivir a una distancia prudencial, a Canadá, de hecho, al parecer en busca de un poco de paz y tranquilidad. De manera que Catherine había crecido con un único progenitor… y a menudo sospechaba que no era precisamente el mejor de los dos.

Casi de forma inconsciente se llevó la mano al vientre para asegurar a su hijo que siempre tendría dos padres que lo querrían mucho.

—¿Qué tal estás, mamá?

—Tengo las manos hinchadas —gruñó la madre.

Padecía artritis, lo que quería decir que en ocasiones tenía que pasar por el suplicio de que no le entraran sus anillos de diamantes. Se quejaba al médico de ello constantemente; había pagado mucho dinero por esos anillos y tenía la sensación de que el Servicio Nacional de Salud no quería que se los pusiera porque eran un atajo de socialistas.

Catherine hizo un murmullo de solidaridad con los dedos hinchados de su madre y cambió de tema.

—¿Qué tal en Palma?

—Estuvo bien —dijo la madre—. Aunque no entiendo por qué tiene que hacer tanto calor.

Catherine hizo caso omiso de su descontento.

—¿Vosotros no os ibais a alguna parte? —dijo Helen sin demasiado interés.

—Íbamos a pasar el fin de semana en Sidmouth por nuestro aniversario, pero en el último momento tuvimos que cancelar. Iremos después de que nazca el niño.

—¿Por qué tuvisteis que cancelar?

—A Adam le ha salido un trabajo en el norte.

—¡Hum! —dijo Helen con pesimismo—. Esperemos que ese trabajo sea lo único que le ha salido en el norte.

«¡Bruja!»

Catherine se negó a entrar al trapo.

Por fin su madre preguntó:

—¿Cómo estás?

Más valía tarde que nunca.

—Bien —dijo Catherine tensa.

—¿Cuándo sales de cuentas?

Sabía cuándo salía de cuentas. Catherine había marcado la fecha en el calendario que tenía su madre en la nevera.

—Dentro de ocho semanas.

—¿Te pasas el día haciendo pis?

—Todo el día.

—Es un asco, ¿verdad?

Catherine se encogió de hombros.

—Es algo temporal.

Se preguntó si debía hablarle a su madre del ladrón. Después de todo, era una mujer —y una madre, aunque bastante mala— y le vendría bien desahogarse. Por lo menos su madre nunca se lo contaría a Adam…

—Voy a hacer la compra —dijo Helen de pronto—. ¿Quieres que te compre pastel de pescado?

—No, gracias, mamá. No como pescado desde que me quedé embarazada.

Helen resopló.

—¡Tú y tus modas!

—No es una moda. Solo quiero que el niño nazca sano.

—¡El pastel de pescado es sano! ¡No tiene grasa, solo pescado! Y una masa esponjosa buenísima.

Su madre pensaba que la masa era un grupo de alimentos.

—Gracias, pero el pescado tiene mercurio.

—¡No me digas! —dijo Helen con sorna—. ¿Te crees que eres la primera mujer que tiene un hijo?

—Mira, mamá, cada uno es como es. Yo nunca me he metido contigo por fumar cuando estabas embarazada de mí, ¿verdad?

—¿Y por qué ibas a hacerlo? —dijo Helen con despreocupación—. Naciste de lo más sana.

—Pesé dos kilos setecientos.

—En esa época era normal.

—¡Porque todo el mundo fumaba!

—Por Dios, Catherine, ¡deja de montar un numerito! La gente lleva años teniendo hijos sin armar barullo con eso del pescado y el tabaco.

—¡Por el amor de Dios!

Catherine colgó el teléfono, furiosa. Y entonces, tan deprisa como había venido, el enfado se esfumó y se echó a reír.

¡Sin duda la llamada la había distraído del ladrón! Y aunque le hubiera hablado a su madre de ello, no podía esperar su comprensión. Después de todo, la gente llevaba millones de años sin armar barullo por una navaja o una amenaza de muerte…

Al día siguiente, cuando Adam volvió a casa, Catherine no se lo contó por el mismo motivo.

Barullo.

Jack encontraba a su madre.