Experimento 97 - Benjamín Navarro - E-Book

Experimento 97 E-Book

Benjamín Navarro

0,0

Beschreibung

Ronald Von Wichmann, el genio científico más admirado del siglo, vive consumido por la culpa desde el fracaso del infame Experimento 96. Aislado y hundido en la depresión, Ronald recibe una inesperada llamada del Pentágono. Extrañas criaturas han invadido la Tierra, y solo él puede descifrar su propósito. Liderando una peligrosa misión junto a soldados y amigos, Ronald descubrirá que la humanidad no está exenta de culpa. La amenaza está mucho más cerca de lo que pensó.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 147

Veröffentlichungsjahr: 2025

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



© Experimento 97

Sello: Soyuz

Primera edición digital: Mayo 2025

© Benjamín Navarro

Director editorial: Aldo Berríos

Ilustración de portada: Marco “Peyeyo” Morales

Corrección de textos: Francisca Garcia

Diagramación digital: Marcela Bruna

Diseño de portada: Marcela Bruna

_________________________________

© Áurea Ediciones

Providencia 2594, local 417, Providencia, Chile

www.aureaediciones.cl

[email protected]

ISBN impreso: 978-956-6420-05-7

ISBN digital: 978-956-6420-47-7

__________________________________

Este libro no podrá ser reproducido, ni total

ni parcialmente, sin permiso escrito del editor.

Todos los derechos reservados.

Apenas vi esos ojos de inocencia, entendí que no luchábamos contra seres tan distantes a nosotros. De hecho, luchábamos contra nosotros mismos. Al final de cada historia, siempre terminamos siendo nuestro propio enemigo. ¿Por qué? ¿Cuál es la explicación a esa inefable batalla? Será la codicia, será el poder, quizás la envidia, el egocentrismo, la apatía. O, tal vez, solo es la ambición sin límites… una simple y desmedida respuesta a nuestra ignorancia. Queremos comprender el mundo y dominarlo, ser dueños de todo. Pero ¿cómo?

En mis manos portaba la esperanza, portaba el pasado y el futuro a la vez.

I

El doctor Ronald Von Wichmann apoyó su espalda en la pared y se vio sumido en un silencio letal; el fallido intento del Experimento 96 devastaba la consciencia de su promotor. Un fracaso jamás había significado tanto para alguien como para el científico más célebre del siglo XXI. Sus proezas, sus rotundos éxitos y sus teorías, consideradas casi axiomas, le otorgaban un reconocimiento inmenso, pero ignorado en un mundo donde la ciencia y la tecnología jamás habían suscitado curiosidad en la humanidad.

Pasó innumerables horas sin despegar la vista del grisáceo suelo. Sus desdibujadas líneas lo conducían a senderos mentales cada vez más complejos. Su mente, después de ocho largos años, ya no tenía brillantes ideas y su inherente capacidad de resolución de conflictos simplemente no se presentaba ante él. Pensó que era hora de llenar la despensa, pues las provisiones se habían acabado. La interrogante que surgió enseguida fue ¿con qué? Al levantarse con dificultad del suelo, pudo divisar a lo lejos, el último cohete de la semana despegar hacia lo desconocido del cosmos. Se quedó un par de segundos contemplando una de sus más grandes creaciones e, indiferente, dejó su taza de café sobre la losa y regresó a su oficina cabizbajo.

Al doctor Von Wichmann jamás lo atrajo la idea de sumarse al proceso de búsqueda extraterrestre, incluso habiéndole ofrecido ser líder del proyecto; él confiaba fervientemente que su destino estaba allí en la Tierra, fuese lo que fuese, sus experimentos individuales no tenían pretensiones extraplanetarias: su único objetivo en mente era tratar de salvar a una humanidad que poco a poco cavaba su propia tumba... Y resulta, precisamente, que el fallido Experimento 96 era una de las esperanzas que ofrecía la ciencia europea como modelo de sobrevivencia. Un experimental modelo político, económico y social que se aplicó a una considerable población de ciudadanos europeos de diferentes países, con el fin de demostrar que aquella combinación de métodos vencería las dificultades sociales presentes y, en especial, las barreras económicas que se habían generado por las tensiones internacionales de las últimas décadas y que habían causado un incremento fatídico en la pobreza mundial, especialmente en Latinoamérica. El grupo de científicos y estudiantes raptó a mil quinientos individuos y los trasladaron a una de las islas oceánicas de Fiyi que, por orden de la Corona inglesa, debió ser evacuada. Trasladaron todos los recursos necesarios y adecuaron el lugar previo a la llegada de los europeos, quienes desconocían en todo momento qué acontecía a sus alrededores. El doctor Ronald von Wichmann fue elegido en 2031, como líder del proyecto, debido a sus amplios conocimientos en física, biología, psicología e, incluso, ciencias sociales; las esperanzas del funcionamiento del proyecto convergían directamente en él. Pasó años realizando serios estudios sobre sistemas de gobiernos pasados y arreglando simultáneamente el sistema político, económico y social que se pretendía establecer en esta sociedad a escala, utilizando, siempre, el prístino método científico. El experimento generaba una profunda expectación; si llegaba a resultar, el modelo sería aplicado en todos los países pertenecientes a la Organización de Naciones Unidas; en consecuencia, la verdadera experimentación se llevaría a cabo y, como efecto de su eventual funcionamiento, el prestigioso premio Nobel iría directamente hacia su persona.

Su ambicioso pensamiento se adelantó demasiado…

De aquellos mil quinientos humanos, mujeres y hombres en igual proporción, surgió, con el pasar de los meses, una agrupación de cincuenta anarquistas que se rebeló contra el gobernante preelegido, el francés Endrick Dudois, y se mostraron como la oposición del sistema que, hasta entonces, parecía funcionar. Este pequeño grupo no fue tomado en cuenta y los procesos prosiguieron con normalidad. Sin embargo, no fue hasta noviembre de 2034, tres años desde el inicio del experimento, que esta improvisada asociación aumentó su cuórum en un setenta y cinco por ciento. Su ideología revolucionaria y opositora a lo propuesto recordaba un pasado no muy lejano de la humanidad, donde la rebelión del pueblo acababa inexorablemente en una dictadura del proletariado. Revolución rusa, por ejemplo. Y el sendero que recorría el experimento lo llevaba de forma involuntaria a algo similar: persecuciones, fuerza militar, silencio, supresión de libertad. ¡No tenía relación con el modelo original! Ronald no lograba comprender, todos los aspectos parecían ser perfectos: una economía mixta, automatización de trabajos y uso de tecnologías modernas, democracia participativa, sostenibilidad ambiental e, incluso, trasparencia gubernamental. Los meses siguientes fueron un verdadero caos; se desarrolló una guerra civil cruenta. Los estudiantes, científicos, económicos y, en especial, Von Wichmann con Henry Fox, otro cabecilla del plan, buscaron respuestas al comportamiento inefable de los ciudadanos, siendo que tenían todo a disposición, incluso salud gratuita. ¿Será por la población?, ¿el ambiente?, ¿las diferencias culturales?, ¿el exceso de tecnología moderna aplicada? ¿O fueron demasiado utópicos en su actuar? Henry y Ronald, una mañana de lluvia tropical, discutieron acaloradamente sobre la inminente cancelación del proyecto y el paupérrimo resultado. Sus pretensiones eran las mismas, pero sus métodos discrepaban entre sí. Debido al reconocimiento social que tenía Von Wichmann por sobre Fox, este último fue despedido y zaherido públicamente semanas antes del cierre definitivo, pues el experimento debió culminar cuando las muertes y desapariciones aumentaron de forma exponencial. Tras ocho años, los sobrevivientes fueron devueltos a sus tierras natales y el grupo de trabajo regresó a Inglaterra.

Una noche, fría y lluviosa, Ronald von Wichmann abrió nuevamente, luego de años, la puerta de su hogar y oyó, a los pocos segundos, el oxidado ladrido de Ben. Sus ojos se humedecieron, no solo porque volvía a escuchar a su gran amigo, sino por una mezcolanza de muchas otras razones, que se reflejaban como un espejo en la lluvia nocturna. La tristeza e impotencia daban vueltas en la mente de Ronald, y el manifiesto, además, del llanto de una humanidad que, bajo ojos ciegos, perdía el tiempo para encontrar una cura que poco a poco parecía mostrarse como inexistente. Desde que esa envejecida puerta se cerró, el doctor Ronald no fue visto más por las calles de Londres o por los alrededores del Instituto Científico. Las especulaciones dicen que no ha salido de su hogar en Southampton desde 2039, desde que el mundo supo de su fracaso y le reprochó vilmente por ello.

II

La soga siempre estuvo ahí, pero nunca se atrevió a usarla contra su propio ser… La había estado mirando por horas, días, meses, pero aquella gruesa cuerda aún permanecía intacta. No se iría a ninguna parte. Ronald tampoco pensaba hacerlo. Aquel vil sentimiento de fracaso solo tenía una única vía de escape y aquel cordel podía interpretar el temido protagonismo de la acción.

Fue, sin embargo, el martes 17 del primer mes que decidió poner fin a todo. A la medianoche. No sentía aquella sensación de resistencia y poder. Esta vez, perdió la batalla contra sí mismo, pensó, y la única forma de aceptarlo era irse con ella. Como fiel capitán, debía hundirse con su barco. No tenía mayor sentido seguir existiendo con el pesar de un fracaso que dolía incluso más que una muerte. Cargar una decepción mundial, el peso de la esperanza de millones de ciudadanos que necesitaban que el proyecto funcionara. Creyó que ese era el día de despedirse de un mundo injusto y miserable, y colgar en la oscuridad, en el vacío, en la nada, flotar en un ambiente con tanto aire, pero que le resultara incapaz de volverlo a respirar otra vez. Serían breves segundos de angustia, desesperación y dolor, hasta que, por fin, los pies se cruzarían y rogarían clamorosos el descanso eterno al órgano central. Cogió el banco que se ocultaba bajo harapos grises y lo dejó con brusquedad en el sitio ideal para proseguir. Ben, su fiel perro, lo miraba con inocentes ojos, como si intentara advertirle que ese no era el camino. Con melancólica lentitud ató la soga al techo y esta, como un péndulo hipnotizador, comenzó a moverse de un lado a otro. La quedó mirando perdido, absorto, temeroso. Desvió la vista hacia el reloj: 23:59. Había llegado el momento. Pisó el madero con ambos pies y, completamente erguido, colocó su delgado cuello entre el cordel. Cerró los ojos, sin pensar volver a abrirlos. Lo último que divisó fue la figura peluda de su fiel amigo. Con una lágrima recorriendo su mejilla, supo que ahora solo debía caer.

Toc, toc.

Abrió rápidamente los ojos. Ben ladró con desesperación. Esperó unos segundos. Todo indicaba que no volverían a tocar.

Toc, toc, toc, toc.

Temblando, se bajó de aquel banco y caminó vacilante en dirección a la puerta. ¿Quién se atrevería a tocar a tales horas de la noche? Aparición oportuna o no, no lograba discernirlo, nada más sabía que el inopinado llamado interrumpió su contumaz decisión de morir. Vio a través de la mirilla de la puerta y una inidentificable figura con boina esperaba paciente.

—¿Señor Von Wichmann?

—Sí.

—Buenas noches, soy el teniente e ingeniero Joseph Cruz —se presentó—. Me urge hablar con usted.

Lo miró de pies a cabeza.

—¿Por qué a estas horas de la noche?

Joseph se quitó la gorra y se peinó el bigote.

—Veo que es bastante reticente con los desconocidos, señor Von Wichmann, lo cual me parece bien… En estos tiempos es cada vez más difícil confiar en las personas —dijo—. Pero no tiene de qué preocuparse, no soy alguien por lo debería. Hubiera pasado mañana al mediodía, pero me temo que el tiempo escasea y lo necesitamos con apremio.

—Me necesitan —repitió—. Si tan solo pudiera ser un poco más explícito.

—En ese caso, ¿me permite? —Apuntó hacia el interior del hogar.

El doctor, aún reticente, abrió la puerta y lo dejó pasar. Se sentó cuidadosamente en el polvoriento sofá marrón. Ronald se ubicó frente a él.

—Bien, usted dirá… ¿en qué puedo serle útil, teniente Cruz?

El uniformado observó con preocupación el deterioro del interior del hogar bajo la tenue luz que proyectaba la lámpara. Botellas de alcohol, manchas en las paredes, y trozos de vidrios esparcidos por el suelo.

—Eh… ¿ha estado bien, doctor? —inquirió preocupado, ignorando momentáneamente el motivo de su visita.

—¿Por qué lo dice? Dígame, por favor, ¿acaso me veo muy mal? —sonrió forzadamente, tratando de olvidar, por difícil que fuese, la cuerda colgada que aún se movía de un lado a otro.

—No, no, para nada, doctor. Nada más me he enterado de que hace un buen tiempo que no sale de su hogar. Un año y nueve meses para ser precisos.

—¿Y hay algún problema con ello?

—No me malinterprete, no pretendo juzgarlo, solo trato de dar razones a su pregunta… Pero, por lo que veo, usted se haya de maravilla —aseveró, fingiendo.

Ronald bajó la mirada. Ante el incómodo silencio, Cruz extrajo de su bolsa una serie de documentos y los posó sobre la mesa.

—Desde el Pentágono han tratado de contactarlo. No contestó ninguna de las trece llamadas, así que me enviaron hasta acá. El superior Graham me entregó estos documentos, dijo que usted los entendería.

Ronald cogió los papeles de la mesa y comenzó a revisarlos con minuciosidad.

—Aparentemente necesitamos su regreso a la vida científica, doctor. Los temas allá fuera se tornan cada vez complejos de enfrentar. Usted sabrá mejor que yo el porqué, pero he visto con mis propios ojos el deterioro de la humanidad, ¡únicamente a causa de medios propios! Imagínese, entonces, cuán catastrófico resultaría ser si aquello que aseveran es efectivamente real. Léalo, por favor.

La expresión facial de Ronald von Wichmann parecía indiferente ante el contenido extraordinario de aquellas páginas. En otro contexto, probablemente se levantaría exaltado y sorprendido; sin embargo, su intento fatal con la cuerda hace minutos aún repercutían en su mente y no lo dejaban pensar en paz. Le costó el doble comprender el texto, pero finalmente lo consiguió. Logró, parcialmente, olvidar aquellos segundos antes del inminente acto.

Dejó con delicadeza los papeles sobre la mesa, se levantó y caminó hacia el borde de la ventana, desde donde se apreciaba el húmedo pavimento de la acera.

—Dígame, teniente Cruz, ¿es mexicano?

—Nací en Kansas, pero mis padres son chilenos —respondió desconcertado.

—Chile, ¿eh? Un país con precioso cielo nocturno; de hecho, es uno de los países con mayor avistamiento de objetos voladores no identificados, ¿sabía? Respecto a ello, y en concordancia con lo que redacta su superior, ¿usted cree en la vida extraterrestre, o, coloquialmente, alienígenas?

—Da igual lo que crea o no, porque este asunto es serio y usted lo acaba de leer en el informe. El general Alistar Graham lo necesita.

—La verdad, lo dudo. Mejor recomiéndele contratar a un ufólogo, quizás él sepa más sobre ello.

Joseph se levantó con brusquedad y se dirigió firme hacia él.

—Veo que no dimensiona la grave situación que se está planteando. La vida extraterrestre ya no resulta ser una vaga posibilidad, es simplemente real. A usted le será indiferente ahora que está aquí, en la miseria, alcoholizado, indignado, ah, y ¿cree que no vi la cuerda? —Lo miró desafiante—. Sin embargo, cuando esto salga a la luz, ¿se imagina usted el caos que se desatará? Las guerras, el sufrimiento, la ansiedad, la pobreza, los suicidios… Todo está presente en estos días y siempre lo ha estado, pero, por Dios, ¡cómo se exaltarían con la noticia! Si quiere eso, quédese en esta pocilga junto a su inutilidad. Pero mi labor como soldado es proteger a la especie humana y la suya como científico es descubrir cómo hacerlo —concluyó vehementemente.

Su elocuente discurso dejó pensativo a Ronald, quien desvió nuevamente su mirada hacia las pozas del pavimento.

—¿Alistar sigue confiando en mí? —preguntó.

—No imagino otra razón por la que habría acudido a usted nuevamente.

—Vaya… Después del caos del E.96, me creí acabado, teniente Cruz, acabado. Me vi sumido en las consecuencias de mi error, en el pensamiento repugnante de los demás. Me generaba pudor salir y ver cómo me reprochaban mis actos, aunque hayan sido hechos con el mero objeto de ayudar. No quería vivir así… ¿de qué me servían mis títulos, doctorados, estudios, si dejaba de serle útil al mundo, al que aporté con el descubrimiento de los leptoquarks, y a mejorar los motores espaciales? —Ronald suspiró profundamente—. Y resulta que, ¡vaya!, después de todo, sigo aquí.

—Déjeme agregar que por poco.

Ronald hizo oídos sordos al comentario, a pesar de que un pensamiento veloz cruzó su mente, recordándole la estupidez que estuvo a instantes de hacer.

—Créame que no esperaba este inopinado giro que me ha dado la vida, uno realmente radical.

Ambos se quedaron varios segundos en completo mutismo: Cruz esperando una respuesta y Von Wichmann, por el contrario, elaborándola. La impaciencia de Joseph, finalmente, interrumpió el persistente silencio.

—Entonces, ¿está dispuesto a aceptar dicho giro? Considérelo como su última bala a disparar.

No hubo respuesta alguna. Ronald caminó sin indicios de sus intenciones hacia la sala donde colgaba la soga, aquella serpiente del mal que pretendía estrangular su delgado cuello. Se posicionó frente a ella y la quedó mirando: aquella imagen, no obstante, no era tan poderosa como la que sucedía en su mente. Una epifanía fugaz, miles de cuerdas conectándose, vibrando, multiplicándose; el origen del todo; respuestas, teorías, explosiones, química, poder; su mente volvía a iluminarse, a las tardes de oscuridad les llegaba su enemigo. “Mi labor como soldado, es proteger a la especie humana, y la suya como científico es descubrir cómo hacerlo” Cómo hacerlo… Al final de aquella visión, de repente, una silueta indistinguible se posicionó en el futuro lóbrego del sendero.

—¿Doctor Von Wichmann? —El militar lo agarró del hombro. El brillante científico sujetó con firmeza y furia la cuerda, y la arrancó de un brusco tirón de su amarre. Con la cuerda entre sus manos, respondió:

—Teniente Cruz, dígale al general Alistar que prepare mi regreso… y también dígale que reserve el chocolate blanco para mí.

III

Resulta complejo asimilar el frío que invade a diario al polo sur; 13,66 millones de kilómetros cuadrados. Sorprendente, desde todos los aspectos posibles. La temperatura, la fauna, los grandes glaciares y, por supuesto, el gran porcentaje del área que aún desconocemos. Nuestra ignorancia nos lleva a crear mitos sobre lo que pudiera haber en aquellos sitios inexplorados, como intrínseca reacción a nuestra curiosidad y, asimismo, a nuestro más profundo miedo cognitivo. Pero qué hay de todas esas personas que fueron testigos de la verdad y resultaron destinadas a convertirse en mensajeras, con el benevolente fin de advertir sobre lo que la humanidad era incapaz de ver, pero que pronto podría sentir los efectos más duros de esa realidad.