Expiatio - Lourdes Corbera - E-Book

Expiatio E-Book

Lourdes Corbera

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Beschreibung

Bruno y Analúa coinciden habitualmente en un cementerio, él trabaja allí, ella va a visitar el nicho de su marido, fallecido recientemente. Bruno la contempla desde la distancia: su pena, su andar deslavazado, su ausencia llenándolo todo con huellas que parecen no conducir a ninguna parte; Analúa deambula hostigada por la culpa, perdida, hasta que toma una decisión, definitiva, para redimirse… Expiatio es una novela corta narrada a dos voces, subcutáneas e íntimas, que exploran la psicología de ambos personajes subrepticiamente, a medida que la trama va tejiéndose sobre ellos, a su alrededor, igual que una marea que no se sabe si avanza o retrocede, cercándolos o liberándolos…

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Seitenzahl: 91

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Bruno y Analúa coinciden habitualmente en un cementerio, él trabaja allí, ella va a visitar el nicho de su marido, fallecido recientemente. Bruno la contempla desde la distancia: su pena, su andar deslavazado, su ausencia llenándolo todo con huellas que parecen no conducir a ninguna parte; Analúa deambula hostigada por la culpa, perdida, hasta que toma una decisión, definitiva, para redimirse...

Expiatio es una novela corta narrada a dos voces, subcutáneas e íntimas, que exploran la psicología de ambos personajes subrepticiamente, a medida que la trama va tejiéndose sobre ellos, a su alrededor, igual que una marea que no se sabe si avanza o retrocede, cercándolos o liberándolos...

Expiatio

Lourdes Corbera

www.edicionesoblicuas.com

Expiatio

© 2023, Lourdes Corbera

© 2023, Ediciones Oblicuas

EDITORES DEL DESASTRE, S.L.

c/ Lluís Companys nº 3, 3º 2ª

08870 Sitges (Barcelona)

[email protected]

ISBN edición ebook: 978-84-19805-09-6

ISBN edición papel: 978-84-19805-08-9

Edición: 2023

Diseño y maquetación: Dondesea, servicios editoriales

Ilustración de cubierta: Héctor Gomila

Queda prohibida la reproducción total o parcial de cualquier parte de este libro, incluido el diseño de la cubierta, así como su almacenamiento, transmisión o tratamiento por ningún medio, sea electrónico, mecánico, químico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin el permiso previo por escrito de EDITORES DEL DESASTRE, S.L.

www.edicionesoblicuas.com

Contenido

Apertura

A (0)

B (1)

A (2)

B (3)

A (4)

B (5)

A (6)

B (7)

A (8)

B (9)

A (10)

B (11)

Allemande y Courante

A (12)

B (13)

Analúa (14)

Bruno (15)

Bruno (16)

Analúa (17)

Bruno (18)

Analúa (19)

Bruno (20)

Analúa (21)

Bruno (22)

Analúa (23)

Bruno (24)

Analúa (25)

Bruno (26)

Bruno (27)

Analúa (28)

Bruno (29)

Analúa (30)

Bruno (31)

Analúa (32)

Analúa (33)

Bruno (34)

Bruno (35)

Analúa (36)

Bruno (37)

Bruno (38)

Analúa (39)

Bruno (40)

Bruno (41)

Bruno (42)

Bruno (43)

Analúa (44)

Analúa (45)

Bruno (46)

Analúa (47)

Bruno (48)

Bruno (49)

Bruno (50)

Sarabanda

Bruno (51)

Bruno (52)

Bruno (53)

Bruno (54)

Bruno (55)

Analúa (56)

Bruno (57)

Analúa (58)

Bruno (59)

Analúa (60)

Analúa (61)

Analúa (62)

Analúa (63)

Giga

Analúa (64)

Agradecimientos

La autora

Como si mirásemos, medio agazapados, por el ojo de la llave

de una puerta antigua y descubriéramos el alma y la poesía

de un violín.

El ojo de la llave,

el alma,

la poesía de un violín.

A mi padre

Apertura

A (0)

Lloro porque tengo miedo.

Hoy he recibido la carta. El primer enigma. Empieza mi redención.

No quiero morir.

B (1)

Te observo intrigado.

Yo no puedo comprender la vida si no entiendo la muerte.

Por eso estoy aquí.

Rodeado de muros de piedra con ventanas tapiadas. De cruces. De números. De silencio.

Rodeado de cuerpos invisibles, sonrientes y fríos, inmóviles, putrefactos o momificados, según les dé el sol. Devorados por los gusanos. Los huesos formando como un escuadrón hasta el final del final, ese segundo final, cuando ceden involuntariamente el paso a otro cuerpo, cuando son desbaratados y encerrados en una bolsa de plástico, blanca, hermética, y arrojados al fondo del agujero. Calaveras oscuras con dos orificios vacíos, ya sin cuerpo.

No me fijé en ti porque eres joven y atractiva. Me fijé en ti porque era la primera vez que me encomendaban directamente la tarea del entierro, no bajo tierra, sino en el número 481, cuarta fila empezando por abajo, departamento 2, serie 6. Una ventana entre un montón de ventanas, tu ventana.

Por la mañana habíamos despejado el nicho de… tu familia, me imagino, su familia…, un cuerpo…, más de doscientos huesos desahuciados junto a una caja de lujo podrida.

Todos estaban a tu alrededor. ¿A quién estaba sepultando? Tan solo un número, el 481. Con vuestros llantos. No sentí emoción. No sentí nada encima de la grúa, en el cuarto piso del muro. Solo el olor a masilla. Al tabaco que fuma mi compañero. A mi propio sudor. La paleta rascando, ras, ras, ras. El sol de octubre intentando calentar mi cabeza sin mucho éxito. Las manos entumecidas dentro de los guantes. Está siendo un octubre frío.

No nos podemos permitir sentir emoción. ¿Qué otra cosa se puede hacer?

Y volviste al día siguiente.

Con talones de aguja y abrigo oscuro, caro. Tu pelo corto, oscuro también, salía por debajo de la boina de lana, ladeada, oscura como el abrigo, como el pelo, como los zapatos de aguja. Los brazos cruzados delante. Los ojos rojos e hinchados.

Nadie vuelve al día siguiente, ¿sabes?

Y al otro, y al otro, y al otro.

Llorando.

Nadie repite cada día.

Así que, cuando no apareciste, justamente el día de Todos los Santos, justamente cuando esto parecía un hormiguero, pensé que te había ocurrido algo.

A (2)

Estaba en la plaza Real, con el sobre. Dentro del sobre había la fotocopia de mi carné de identidad y mi encargo, dos palabras junto a la promesa de mucho dinero. Ya sabía cómo funcionan estas cosas.

Hubiese podido ir a la Zona Franca, a la Mina o hundirme en la Dark Net. Pero fui a la plaza Real. Busco sicario. Dos palabras. Que fuera más o menos difícil encontrarlo, no me lo planteaba. Mi determinación era inquebrantable, tenía que ser posible, iba a ser posible.

Allí, en la plaza Real, a media tarde, apoyada a una pared, en el ángulo norte, debajo de la arcada, sabía que no tendría que esperar mucho tiempo para que algún paquistaní o ruso o rumano se me acercara con una bolsa de plástico del súper llena de latas de cocacola y de cerveza. Solo tenía que prestar oído.

Se me acercó el paquistaní con su queda, esperada y repetitiva cantinela… Coffee-shop, maría, cocaína, heroína.

Yo llevaba un sombrero de ala corta negro que dejaba libre la melena desde las orejas hasta los hombros. No me percataba del jaleo del lugar, turistas y demás.

Contesté maría, él murmuró el precio y yo asentí. Me hizo signo de esperar diez minutos, cuando se giraba le presioné torpe y ligeramente la espalda con la mano, llevaba una chaqueta de chándal vieja o sucia, qué más da, volvió la cabeza y le alargué el sobre. Lo miró, vaciló un segundo, tan solo uno, lo agarró bruscamente y se fue… Quizás más deprisa de lo habitual por lo que había podido observar desde hacía algunos días, allí, en la plaza Real.

No volvió. Esperé hasta que la oscuridad se volvió compacta, pegajosa. No lo he vuelto a ver.

La carta con el recado, ¿dónde habrá ido a parar? ¡Qué más da!

Escribí otra.

Carné de identidad con foto, busco sicario.

Volví al día siguiente, por la tarde. Con el sombrero negro de ala corta.

A la plaza Real.

Debajo de la misma arcada.

Con la carta.

Se me acercó otro paquistaní, parecen hermanos, ¿verdad?, la cantinela, los diez minutos, el toque en la espalda, la entrega del sobre.

Volvió al cabo de una hora, más o menos. Yo tenía previsto esperar mucho más. No sonreía.

Me alargó la lata de cocacola y al mismo tiempo asintió, sutilmente, con la cabeza. Se giró.

Le seguí.

Mirando a mis pies, le seguía, mirando a sus pies. No quería ver nada más. No quería reconocer las calles estrechas por donde pasábamos, los pisos viejos, los comercios deslucidos, la ingente cantidad de supermercados «paquis», todos iguales y todos diferentes, el trajín de cualquier día laboral de la semana en el barrio viejo, el portal sucio por donde entramos.

Subimos dos plantas, creo, por una escalera vieja, con los escalones inclinados y abombados, agrietados, vi un par de jeringuillas abandonadas, un condón. Apestaba a orina. Voces, gritos. Mi determinación y mi experiencia profesional me mantenían serena y controlaban las náuseas.

La puerta del piso estaba abierta. Me ordenó girarme. Yo no había levantado la cabeza.

Alguien se acercó por detrás y me ató un pañuelo mugriento alrededor de los ojos, en silencio. Muy fuerte. No me extrañó. Yo ya sabía.

Antes de entrar le entregué el dinero al paquistaní, otro sobre, muy generoso, para que se fuera lejos, para que desapareciera para siempre de la plaza Real. Rocé su mano, tenía callos, estaba fría, me pareció pequeña. Necesitaba no volver a verlo, no poder encontrarlo de nuevo… Él tenía que ser solo el primer eslabón de la cadena, un eslabón perdido, no debía poder arrepentirme. ¡Desaparecer para siempre, por Dios! ¡Qué tonta fui! Qué motivo tenía él para desaparecer, dejar su negocio en la plaza Real, su modus vivendi, su modus operandi, ¡desaparecer!, ¡si yo no era nadie!

Allí, en el umbral del piso, el individuo del pañuelo me cacheó. Me tocó por todas partes sin recato. Su aliento era agrio. Me arrancó el bolso del brazo y me hizo entrar, empujándome. Yo temblaba un poco, a pesar de saber.

Dentro debía de haber dos o más personas. Una de ellas se movía arrastrando los pies. Cuchicheaban.

Agarrándome del hombro me obligaron a sentarme en un sofá que imaginé desvencijado por la manera en cómo se hundió bajo mi peso. Exhalaba tufo a vómito, a alcohol, a perro sucio. No era la primera vez que entraba en un piso así. No adivinaba luz natural a través del pañuelo, quizás las ventanas estaban cubiertas por mantas, toallas o sábanas, o tal vez estaban tapiadas, no sé.

Les dije que sacaran la carpeta con las instrucciones del bolso. Pero ya lo estaban revolviendo, claro, el bolso. Solo había las llaves de mi casa, el dinero, es decir, el primer pago, y la carpeta con las instrucciones detalladas. Oí cómo abrían las gomas de la carpeta, giraban páginas. Les expliqué: objetivo, reglas del juego… Me hicieron muchas preguntas con un castellano pésimo. Me imaginaba sus caras de no entenderlo, quizás con los ojos bien abiertos, o con el recelo en las jetas, por ser un encargo atípico hasta para un sicario, que ha visto de todo, te lo aseguro, pero que daba igual, lo importante, el dinero.

Entre ellos hablaban muy bajo, me parece que era ruso, pero no estoy segura. Dos… o tres, no lo sé. Oí un par de portazos y un grito de mujer. Solo en ese momento caí en la cuenta de lo que estaba haciendo, de que me había metido en la boca del lobo y que además contribuía al mantenimiento del negocio de la prostitución, de la droga, de vete a saber qué, ¡por Dios! Instintivamente me levanté, pero una mano me empujó con fuerza de nuevo sobre el sofá, me golpeé la cabeza con la pared al caer sentada. Ya no había vuelta atrás.

Me hubieran podido pinchar, me hubieran podido golpear y tirar en un contenedor, me hubieran podido… después de robarme el dinero, claro, si no daba con la gente adecuada… ¿Adecuada? ¡Qué estúpida! ¿Por qué no había pensado todo esto antes? Mi sentimiento de culpa había sido superior al del miedo, a lo ético, a lo correcto, a lo normal… Lo que te decía: la redención. Buscaba justicia, no esa que está escrita y que conozco bien, la de verdad. Y confiaba en el anzuelo, el dinero por ganar.