Eylem en su laberinto - José Luis Palma - E-Book

Eylem en su laberinto E-Book

José Luis Palma

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Beschreibung

En una taberna turca de la ciudad canadiense de Montreal, un cirujano jubilado coincide casualmente con una enfermera de su antiguo hospital, mucho más joven que él. Los encuentros entre ambos se suceden con una creciente frecuenia mientras sus intereses poco a poco se van acercando. Conforme el tiempo pasa, esa relación, aparentemente sin compromisos, va desenvolviéndose de tal forma que los sentimientos se acrecientan, se entrecruzan y también se tergiversan sin que la protagonista del relato desvele la auténtica naturaleza de sus ambivalentes emociones. El proyecto de un viaje a El Cairo, la huida a Edmonton, la relación especial con otra mujer, la llegada de una hija no esperada y una deriva imparable en busca de un destino inalcanzable, marcará la existencia de Zyed, el médico desconcertado, y de Eylem, la enfermera vacilante encerrada en su desquiciado laberinto. Una novela narrada a tres voces que pone el énfasis en la dificultad para alcanzar la comprensión y la armonía en la relación entre mujeres y hombres.

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Seitenzahl: 364

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Primera edición: septiembre de 2022© Copyright de la obra: José Luis Palma© Copyright de la edición: Angels Fortune Editions Código ISBN: 978-84-125712-8-8Código ISBN digital: 978-84-125712-9-5Diseño de portada: Alexia JorquesAdaptación de portada: Cristina LamataEdición a cargo de Ma Isabel Montes Ramírez ©Angels Fortune Editions www.angelsfortuneditions.com

Derechos reservados para todos los países.No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni la compilación en un sistema informático, ni la transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico o por fotocopia, por registro o por otros medios, ni el préstamo, alquiler o cualquier otra forma de cesión del uso del ejemplar sin permiso previo por escrito de los propietarios del copyright.«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, excepto excepción prevista por la ley».

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Desaparecí de tu vida no por gusto ni por casualidad, tampoco por falta de amor, sino para saber si me seguirías extrañando, si intentarías buscarme o por si esperabas que también lo hiciera yo.

 

Anónimo

 

 

 

 

 

 

 

Esta novela está inspirada y dedicada a esa incontable legión de hombres que pasan la vida buscando “el amor”, ignorando que el amor auténtico es sólo uno, como inabarcable es el número de mujeres que habitan la Tierra.

 

 

 

 

 

 

Sinopsis

 

 

En una taberna turca de la ciudad canadiense de Montreal, un cirujano jubilado coincide casualmente con una enfermera de su antiguo hospital, mucho más joven que él. Los encuentros entre ambos se suceden con una creciente frecuencia mientras sus intereses poco a poco se van acercando. Conforme el tiempo pasa, esa relación, aparentemente sin compromisos, va desenvolviéndose de tal forma que los sentimientos se acrecientan, se entrecruzan y también se tergiversan, sin que la protagonista del relato desvele la auténtica naturaleza de sus ambivalentes emociones.

El proyecto de un viaje a El Cairo, la huida a Edmonton, la relación especial con otra mujer, la llegada de una hija no esperada y una deriva imparable en busca de un destino inalcanzable, marcará la existencia de Zyed, el médico desconcertado, y de Eylem, la enfermera vacilante encerrada en su desquiciado laberinto. Una novela narrada a tres voces que pone el énfasis en la dificultad para alcanzar la comprensión y la armonía en la relación entre mujeres y hombres.

 

 

 

 

1 Yo, Zyed

 

 

Hoy necesito hablar de Eylem.

Ha pasado mucho tiempo desde que la vi por última vez en un bistrot de la calle Mansfield, donde de vez en cuando quedábamos para tomar algo. Era finales de primavera o quizá ya había entrado el verano. Recuerdo que hacía ese calor pegajoso y húmedo de los estíos de Montreal que te vuelve inquieto y te pone de mal humor. Vestía una sahariana de manga corta de color beige a juego con una falda vaporosa y un sombrero que recordaba a esos que usan los exploradores en las películas de aventuras. Las sandalias eran de esparto, de color marrón; una forma de vestir un poco extravagante para una ciudad como aquella. Es casi todo lo que he podido recordar de su imagen durante el tiempo de ausencias, lejanía e incomunicación.

Durante esos años de silencios, su rostro se me fue desdibujando en la memoria hasta el punto de que si, casualmente, la hubiese vuelto a encontrar no la habría reconocido. Quizá la sombra que las alas de su sombrero proyectaban sobre su rostro aquella tarde fue la causa de mi desmemoria.

Estábamos tomando un té verde muy aromático. A ella le encantaba esa bebida tan universal, a mí no tanto. Conversábamos ultimando los detalles del viaje que al día siguiente íbamos a emprender con destino a Egipto. Fue ella quien lo había propuesto. Por el contrario, yo siempre pensé que aquella aventura no iba a salir tan bien como ella lo planeaba. Recuerdo que le estaba hablando de la pirámide de Saqqara, ese monumento escalonado que los egiptólogos han considerado como la primera gran obra en piedra de todas las dinastías de aquella época legendaria. Por un momento tuve la sensación de no verla tan interesada en ésta como en otras historias que le había contado, días atrás, sobre el pasado de los faraones tratando de incitar su curiosidad en el viaje. Noté en ella un punto de duda; o de incertidumbre, tal vez de preocupación, quizá de desinterés. De pronto, se levantó con intención de ir al aseo. Tardó más tiempo de lo que cabría esperar. Al volver no dijo nada ni yo quise preguntarle. Estaba cambiada, algo más pálida, quizás, distinta a como solía ser. Fue como si un manto de niebla la hubiese arropado transformándola en una persona que me costaba reconocer. Tuve un presentimiento y al instante a mí también me asaltó la duda. No sabría explicar qué sentí pero fue como cuando a un niño le prometes una visita al zoo o un parque de atracciones y en el momento de salir un aguacero te cambia los planes.

Miró su reloj como si en la esfera buscase la solución a sus impenetrables pensamientos, y luego dijo:

—Es tarde, doctor. Vámonos. Tenemos que hacer muchas cosas antes de que llegue mañana.

Antes de conocerla, yo pensaba que la mayoría de las mujeres eran más o menos parecidas; con sus defectos, sus virtudes, sus atributos femeninos bellos o inexpresivos, sus parecidos modos y estilos de vida, sus gustos y veleidades, sus aciertos y fracasos, sus alegrías, sus tristezas. Hoy lo sigo pensando pero si vuelvo a recordar a Eylem me asalta la duda, es como si quisiera dejarla al margen de lo cotidiano; para mí, desde luego, no fue una más. Tenía una manera de ser que la diferenciaba de las otras mujeres que yo había conocido antes. ¿Era bella? Sin duda. ¿Inteligente? Mucho. ¿Trabajadora? Bastante. ¿Cariñosa? Conmigo, sí. ¿Sensual? ¿Qué podría decir yo?

No sé qué fue lo que más me atrajo de ella aunque, pasado el tiempo, puedo asegurar que me arrebató el corazón desde el primer instante que la vi. Fue como si un ser de otro planeta hubiese llegado hasta mí envuelto en la cegadora luz de un relámpago. Quizá fueron sus ojos; unos grandes ojos verdes donde se contenía un universo que sobrepasaba los límites del tiempo y del espacio. O tal vez fue la delicadeza que había en los dedos de sus manos que me parecían alondras levantando el vuelo. En eso, como en tantas otras cosas, tenía mucho de mediterránea; mejor dicho: era mediterránea por los cuatro costados, una mediterránea genuina nacida y criada en Canadá pero sin perder un ápice de su esencia meridional. Hablaba tanto con los labios como con los ojos y las manos.

En mis reflexiones, a veces me daba por pensar que las emociones que nos produce esa mujer que nos deslumbra a primera vista son como fogonazos de una tormenta estival o como la llamarada de una explosión de gas que tan solo dura un instante, tan breve, que uno llega a pensar si esa fugaz alucinación fue real o, por el contrario, era el resultado de un desenfoque de lo cotidiano por el que los grises que dominan nuestras vidas adquieren un transitorio color azul que se destiñe con el tiempo. No lo sé. Cuando recuerdo a Eylem; cuando hablo de Eylem conmigo mismo, lo objetivo se desdibuja y yo mismo entro en una espiral de desaciertos que me sacan del tiempo y del espacio; me desubican. Unas veces en sueños, y en ocasiones despierto, oigo su voz como si su boca estuviese a un centímetro de mi oído. Me habla pero no la entiendo, es como si una barrera idiomática se interpusiera entre nosotros, como si ambos fuésemos los últimos inquilinos de la Torre de Babel.

A pesar de la distancia que la edad marcaba entre nosotros, Eylem se fue acercando poco a poco hasta tocar mi alma con la sutileza que brotaba de la suya. Y lo hizo de tal modo que, sin darme cuenta, fue transformando una parte de mi vida en un torbellino de sentimientos, miedos, emociones, alegrías y también de tristeza, de mucha tristeza. Como cada mujer, también ella tenía su voz secreta, su música íntima y esa furia apasionada que sólo se conoce cuando se entra en el lecho.

Cuando se tiene la edad que yo tengo ahora y se mira hacia atrás con nostalgia y al frente con vacilación, uno percibe con más angustia que pesadumbre esos hechos trascendentes que marcaron momentos únicos en nosotros y que quisiéramos repetir cuando, ¡ay dolor!, las circunstancias ya no nos lo permiten. Tantas cosas me dio y tantas otras se llevó que hasta he llegado a perder la esencia de un cuerpo de mujer. Me hizo sentir felicidad y pasión pero también dolores lacerantes, dolores que no eran míos, dolores que llegué a sentir incluso antes de conocerla. También me enseñó a contener los sentimientos que tanto nos delatan, que tan al descubierto nos dejan, que tanto nos hacen sufrir.

Yo no pude imaginar que aquella mujer acabaría entrando en mi vida como un torbellino, cambiándomela para siempre. Me pregunto por dónde habría discurrido mi monótona existencia de no haberme cruzado con ella bajo el influjo de una afortunada casualidad. Hoy estoy convencido que de no haberla encontrado mi vida se habría precipitado en ese pozo oscuro en el que estaba cayendo desde que dejé el hospital.

Miro atrás y veo que la vida es una secuencia ininterrumpida de perversos sarcasmos; un discurrir lleno de misterios impenetrables que hace que los humanos no seamos otra cosa que marionetas que danzan al compás de los caprichos que la vida nos va marcando. No se trata, como piensan algunos, de casualidades, ni siquiera de repentinos e inesperados cambios de rumbo, ni de fatales designios que determinan los astros incluso antes del nacimiento, se trata de una secuencia articulada de acontecimientos anómalos, incoherentes, que algunos toman como oscilaciones excepcionales cuando, en verdad, todo se cimenta en una maldad que los más ingenuos niegan. También es cierto, como me decía Alain, que un pequeño vuelco del corazón puede llegar a ser el desencadenante de un tremendo terremoto vital. Lo único que nos queda es rebelarnos contra la naturaleza que no nos dejó elegir, contra el nacimiento que no pudimos impedir, contra esa forma encorsetada de vivir impuesta por criterios más religiosos que filosóficos o éticos y contra los que nada podemos hacer.

Nada de lo que acabo de decir tiene que ver con Eylem. ¿O sí? Ahora que ya pasó el tiempo y en mi agotada memoria su recuerdo se transfigura con cada uno de mis pensamientos, he acabado por asemejarla, en mi delirio, al Nacimiento de Venus, ese cuadro de Boticelli lleno de simbolismo en el que la diosa del Amor emerge de las aguas de Cítara mientras Céfiro, dios del Viento, y Aura, diosa de la Brisa, se abrazan extasiados ante tan deslumbrante belleza.

El ser humano es raro por naturaleza; nos olvidamos de cosas que en su momento quedaron grabadas en la memoria a sangre y fuego y cuando menos lo esperas te asaltan recuerdos que creías olvidados. Por eso, las mejores vivencias son aquellas que perviven en nosotros tan sólo un instante y que luego desaparecen para siempre.

No sé si me hizo bien volver a saber de ella al cabo de tanto tiempo.

Eylen me dejó un balance final desequilibrado, demasiadas horas de angustia y dolor en el debe y momentos de íntima alegría y placer en el haber. Creo que de aquellos contras y pros salí ganando, lo que no quiere decir que muchas veces me pregunte con angustia ¿por qué hizo aquello? ¿por qué me ocultó la verdad? ¿dónde estuvo y qué hizo durante su larga ausencia? Me inquieta no saber si se acordaría de mi durante el tiempo interminable de su silencio, y por qué huyó de sí misma por unos motivos que nunca he podido descifrar. Demasiadas preguntas para no tener siquiera una incierta respuesta. Lo único cierto es que mis pensamientos gravitaron y siguen girando en torno a su recuerdo, como si los dos ya hubiésemos muerto.

De aquello han transcurrido algunos años. No muchos, aunque sí los suficientes para que mi a mi memoria le cueste reproducir todos y cada uno de aquellos rasgos que conformaban su rostro. Era bellísima, pero ahora que su expresión se me hace niebla en la memoria tengo la sensación de que ha vuelto a abandonarme por segunda vez.

Yo camino con paso vacilante hacia el último recodo del final de mi camino. Por ello, antes de agotar mi tiempo, me gustaría expresar ahora lo que jamás me atreví a decirle durante aquel tiempo breve que estuvimos juntos.

“No tuve, Eylen, mejor hogar que el breve tiempo que pasé contigo. En ti perviven, hoy como entonces, mis más bellos recuerdos y mis mejores afectos. Y aunque el tiempo pasado nunca vuelve, no es menos cierto, mi querida Eylen, que queda agazapado en algún lugar donde no es fácil encontrarlo, aunque los dos sepamos que sigue vivo en los sueños, en el recuerdo, en la música que escuchábamos juntos cuando los sentimientos palpitaban al unísono, o en el fondo de nuestras copas cuando apurábamos hasta la última gota de aquel delicioso vino griego; o en esas largas caminatas recorriendo, cogidos de la mano, las orillas del San Lorenzo. Todo aquello constituyó la apasionada vida que hoy ya no nos acompaña. Tal vez siga enamorado de ti; no lo sé. Lo que puedo asegurarte es que las huellas que marcaste en mi camino permanecen indelebles, sobre todo en esos días en los que mi marcha se torna torpe y vacilante y necesito volver a asirme de tu mano para no acabar cayendo.”

Es ahora, cuando vuelvo a sentirla más cerca que nunca, cuando más la añoro.

 

 

2

 

 

El viejo Yavuz ha muerto. Le faltaban pocos meses para cumplir setenta y ocho. Su cuerpo triturado por los años no ha podido esperar la llegada del buen tiempo. El corazón que tanta vida le dio se ha cansado de aguantarlo. Hombre y corazón siempre ansiaron volver al país que los vio nacer pero a la postre será la tierra del Nuevo Continente la que los sepulte. El polvo de Éfeso seguirá esperándolos en vano. Por eso Eylem no ha acudido hoy al trabajo; su padre falleció cuando el día despuntaba en malva. La hora de los muertos. Ha estado velándolo y cuidando de su anciana madre.

La muerte arregla algunas cosas, nivela otras, y resuelve conflictos que parecían no tener solución.

En la distancia percibo su dolor y vislumbro su desesperanza. El tiempo va rápido. En Turquía suelen decir que los días pasan lentos pero que los años vuelan. Creo que tienen razón. Eylem hace memoria ante el cadáver de su padre y confirma la veracidad de ese dicho cargado de realismo. Ella sabe de su lucha.

Cuando volvimos a vernos me contó, con palabras llenas de tristeza, que siendo apenas un niño, su padre se inició como porteador en los zocos; fue camellero en Arabia, trampero en Madagascar, buscador de diamantes en Sudáfrica y cafeomante en un tugurio del puerto de Smirna. En ningún lugar encontró su sitio hasta que, sin saber cómo ni por qué, el viejo Yavuz, el agotado Yavuz, echó definitivamente en Canadá el ancla de su maltrecha embarcación. Vueltas y más vueltas para, al final, venir a morir en la otra punta del mundo sin poder oír, como era su costumbre, el canto del almuédano antes del amanecer en la cercana mezquita de su añorado pueblo. Le quedó el consuelo de saber —me dijo Eylem— que allá donde hemos vivido dejamos huellas de nosotros mismos que jamás se extinguen.

En su mente de mujer afligida se atropellan los recuerdos. Todas las etapas de su vida estuvieron inseparablemente vinculadas a la protección del padre. Ahora, ante su cadáver, mira sus ojos cerrados, sus mejillas hundidas, su espeso bigote blanco y sus manos huesudas recubiertas por una piel renegrida surcada por las huellas de la añoranza. Tiene el semblante relajado y no se advierte en su rostro huellas de sufrimiento. Los vivos modifican continuamente la expresión de sus rostros para hacer creíbles sus mentiras. Los muertos, no. Ya no lo necesitan. Los muertos, al contrario que los vivos, sólo expresan en sus facciones las verdades que en vida no pudieron sostener.

Eylem no es creyente pero viendo el cuerpo inerte de quien le dio la vida sabe que al traspasar el umbral de la muerte su espíritu viajará libre entre las estrellas, exento de remordimientos. “¿Qué somos para la Muerte?” —se pregunta Eylem—, pero la respuesta queda suspendida en el aire como las nubes de las tormentas que atraviesan el Bósforo para descargar su furia. ¿Y la Muerte para nosotros, qué es? Se da cuenta entonces de que la solución al enigma sólo la saben los muertos.

Aquí la vida aquí sigue, colgada de sus hilos frágiles.

 

3

 

Le he pedido a la camarera una jarra de cerveza negra. Mientras la prepara distraigo la mirada entre los que hacen lo mismo que yo. La mayoría de los que beben lo hacen sentados en los taburetes que rodean la barra. No hay mucha gente en las mesas; a lo sumo tres o cuatro. Me gusta observar de reojo porque en la forma de beber se encierran muchos de los secretos que de otro modo no podríamos adivinar en los que habitualmente vemos.

Cuando la gente bebe en grupo está más en lo que hacen y dicen los demás que en lo que supone la bebida en sí misma, pero cuando beben a solas ponen de relieve, sin que sean conscientes de ello, un mundo gestual que habla de ellos por sí solo.

En el otro extremo de la barra hay un hombre de unos cuarenta y cinco o cincuenta años, mal peinado y con barba de cuatro días; tiene la mirada fija en el interior del vaso como si se asomara al cráter de un volcán en erupción. Cada cierto tiempo, mete el dedo índice de su mano izquierda en el vaso y de un modo compulsivo da vueltas a los cubitos de hielo hasta que consigue disolverlos. Luego, llama al camarero y pide que lo vuelva a llenar. Para distraer mi aburrimiento me imagino que pudiera ser un hombre que acaba de llegar del Caribe o que, por el contrario, viene directamente desde los bosques que rodean la bahía de Hudson donde habría estado cazando alces. Desde la distancia en la que me encuentro no puedo distinguir con certeza lo que bebe pero yo diría que es ron con cola. De vez en cuando le entra una tos compulsiva, casi asfixiante, que levanta la repulsión de los que bebemos en silencio. Es la típica tos de quien se ha pasado la vida fumando sin tregua; una tos cascada y húmeda de las que anuncian un esputo repulsivo. Cuando se le ve más aliviado coge el paquete de tabaco que ha dejado sobre la barra, enciende un cigarrillo y con la primera bocanada inunda el bar de un humo blanco cuyos aromas son inconfundiblemente virginianos. Entonces ya no mete el dedo en el vaso sino que con la otra mano lo toma por el centro y empieza a darle vueltas como si fuera un molinillo. Cierra los ojos, apoya la cabeza en la barra como si estuviera a punto de dormir. De vez en cuando la levanta para beber a pequeños tragos como si en cada uno de ellos se concentraran momentos de su vida que quisiera olvidar. El cigarrillo que sostiene entre sus dedos se está consumiendo solo, se ha olvidado de él. Seguro que no reparará en ello hasta que se queme los dedos. La ceniza, en su caída, va dejando perfiles sobre la barra. El hombre parece intranquilo, agobiado por algo que me gustaría saber para salir de mi aburrimiento. Me da por pensar que sus preocupaciones deben de ser grandes como las de casi todos los que beben en soledad mirando obsesivamente en el fondo de sus copas.

El reloj marca las seis y diez minutos de la tarde. Es un reloj redondo, con números romanos, incrustado en una botella grande de licor Dubonnet que destaca en el botellero que hay adosado a la pared. Dubonnet fait la différence, dice un reclamo debajo de la enorme esfera.

No sé desde qué hora estoy aquí. En los últimos meses he perdido la noción del tiempo. No hay nada que me apremie y muchos días dejo mi reloj sobre la cómoda del dormitorio. Ya no lo necesito. Prefiero guiarme por la hora que marca la luz del día. Los horarios cada día me interesan menos, sobre todo ahora que todo en nuestro mundo se ha vuelto apremiante.

Conozco bien mis días huecos, mis períodos vacíos, la inmovilidad mental, la parálisis. Son fases difíciles de mi vida cotidiana; a veces triste y fría como esos oscuros días del invierno que parecen no tener fin.

Alguien entra y al abrirse la puerta me doy cuenta de que fuera ya ha caído la noche. Es la hora en la que esta taberna turca empieza a llenarse de gentes tan huérfanas de emociones como yo.

Cerca de mí hay dos hombres que beben cerveza y hablan del tiempo, del mal tiempo, del tiempo que hace que viven en soledad, del precio de la vida, de los intereses bancarios y de hockey. Un poco más allá hay otro hombre que acercándose a ellos, dice:

 

—¡Pero, hombre, Benoît, tanto tiempo sin venir por aquí!

El interpelado hace como si le costara trabajo identificarlo y responde:

—Ya ves. Cosas del trabajo.

El interpelante comprueba que no hay receptividad y con su vaso en la mano vuelve a sentarse en la misma banqueta que ocupaba antes de saludar a Benoît.

A su lado hay una mujer. Es la única mujer que hay en la barra. Mira continuamente a derecha e izquierda como si buscara a alguien que se retrasa en la cita. Abre su bolso, saca un cigarrillo que coloca en el extremo de una larga boquilla y pide fuego al camarero. Me recuerda (salvando las distancias) a Ava Gardner en una de aquellas películas en las que hacía de mujer fatal. La que se acomoda en la barra es muy diferente en todos los sentidos, sobre todo en glamour. Su vaso está lleno de un líquido transparente en el que continuamente ascienden pequeñas burbujas entre los cubitos de hielo. Tiene que ser —pienso— ginebra con soda; una bebida ácida que provoca agujeros en el estómago. En ese instante me doy cuenta de que todo el bar ha entrado en un abrumador silencio; ni siquiera se escucha el tintineo de los vasos. La música ambiental es tan tenue que se diría extinguida. Toso un poco para observar la reacción de los otros y nadie se gira para mirarme. Por un instante tengo la sensación de estar dentro de la foto fija que ha tomado alguien que ha entrado furtivamente en la taberna.

Desde mi sitio veo que el hombre que no ha podido entablar conversación con Benoît le dice algo a la mujer que tiene a su izquierda. Lo suyo debe ser buscar conversación y compañía, obsesivamente. La mayoría de los que acuden solos a los bares buscan un punto de apoyo en los demás para amortiguar sus tragedias íntimas. Ella le sonríe y le ofrece un cigarrillo. Ahora son dos los que echan a la vez espesas volutas de humo que enrarecen un poco más el ambiente. Cinco minutos más tarde se están besando sin recato. Son besos en los que entrecruzan y retuercen sus lenguas como si se fuesen dos culebras en celo. Dan un poco de asco. Desde donde me encuentro puedo intuir que el hombre le está metiendo la mano por debajo de la falda mientras ella se hace la distraída sin dejar de mirar a derecha e izquierda. Un poco más tarde, mientras ella va al aseo, el hombre paga la cuenta. Cuando vuelve le ofrece su brazo y ambos salen de la taberna. En sus caras observo el destello de un deseo voluptuoso como expresión inconfundible de la humedad que pronto se apoderará de sus cuerpos en algún lúgubre aposento de la ciudad.

Me siento solo y melancólico. Estar en el bar sin Eylem es como acudir a un restaurante de lujo y que te sirvan un sandwich de pavo.

 

 

4

 

Eylem pidió en su trabajo una semana de permiso. La muerte de un padre trastoca cosas que es necesario poner en orden: Papeles, entierro, burocracia exasperante, revisión de documentos, cartas antiguas, fotografías de familia que ahora hay que enmarcar, llamadas telefónicas que van y vienen de Montreal a Turquía, duelo, dolor y la desesperanza de saber que ya nunca volverá.

 

Yo estaba sentado en la barra cuando la vi llegar. El día resbalaba entre dos luces. No la esperaba. Venía envuelta en su abrigo de piel y con el gorro calado hasta las orejas. Tenía los labios amoratados y las pestañas blanqueadas por el hielo. Fuera la nieve caía sin piedad. Daba la impresión de que el centro magnético del polo norte se había situado sobre la vertical de Montreal.

Por aquel entonces, Eylem no tenía por costumbre acudir a la taberna turca. Le tomé las manos heladas y le acerqué el taburete contiguo. Le ofrecí algo de beber pero no quiso tomar nada. Cuando se acomodó me explicó el motivo de su visita: la muerte de su padre. Estaba triste, medio llorosa. Parecía que su mente había perdido su fuerza, su agilidad, su capacidad de reacción, como si todo su cuerpo estuviese soportando un peso que la sobrepasaba. Daba la impresión de un cervatillo indefenso acosado por su cazador. Era como si todo el dolor que llevaba en su alma estuviese de repente ascendiendo a la superficie. Entre suspiros y sollozos me dijo que si estaba allí no era por nada concreto que, en el fondo, no quería nada, ni siquiera hablar conmigo pero que necesitaba verme y que yo la viera a ella. Necesitaba un abrazo del que no querría desenlazarse.

Me excusé por no haber acudido al tanatorio ni a la inhumación pero cuando supe la noticia ya habían pasado tres días. Le dije que tuve la intención de ir a verla a su casa pero que no quería causarle molestia en unos momentos de tanto dolor y que, al final, había decidido acudir todos los días a la taberna hasta que ella apareciera.

 

No sé si dejé dicho cómo la conocí. Aquello forma parte de esos hechos fortuitos que suceden muy de vez en cuando y que, en algunas ocasiones, promueven cambios radicales en nuestras vidas. Eso es, al menos, lo que tengo que concluir ahora cuando muchas de las cosas que ocurrieron entre nosotros fueron determinantes del desarrollo de los acontecimientos y del devenir de nuestras vidas.

El ser humano es torpe por naturaleza. Cuántas veces hemos hecho cosas que no queríamos y cuántas otras quisimos hacer aquello que nunca hicimos. Lo que si me quedó claro es que conforme la vida va transcurriendo y uno va creciendo y haciéndose viejo se originan vacíos de conciencia que luego no hay forma de rellenar. ¿Cómo colmar el vacío que deja la muerte de un ser querido? ¿la ausencia de un amigo? ¿la aniquilación de un amor que se creía indestructible? Nada es previsible; de nada se puede estar seguro, salvo de la muerte inevitable.

No puedo precisar en qué momento Eylem se interesó por mí o yo por ella, ni siquiera soy capaz de establecer quien fue el primero en querer profundizar en algo que había nacido fruto de un inocente juego cafeomántico cuya deriva ninguno de los dos supimos prever. Las visitas que cada vez con más frecuencia yo hacía a la cafetería turca tenían para mí un efecto balsámico siempre que estuviese ella. Era como penetrar en un sotobosque húmedo en la primavera temprana. Cuando la tenía cerca sentía que el pecho se me llenaba de todas las fragancias que la Naturaleza derrama en esa época; ni siquiera percibía el intenso olor del café. Ella es, o era, o fue como el viento que a veces te golpea la cara con furia y cuando quieres detenerlo o atraparlo sientes como se aleja de ti con sarcasmo. Así es ella, o así era ella, o así fue ella; a veces, aunque no siempre.

Eylem era una mujer atractiva aunque tenía días. A veces me parecía una belleza apoteósica aunque en otras ocasiones la miraba con ojos demasiado críticos lo que me llevaba a detectar algún pequeño defecto que no había visto antes. Sin embargo, tenía algo que la hacía especial y que tal vez fuese lo que más me gustaba de ella: tenía ardor en los ojos y también en la boca. Era ese fuego que le brotaba de la mirada lo que hacía que sus ojos hablasen más que sus labios o que su boca riese más de lo que le correspondería a sus ojos. Era una mezcla equilibrada de mujer turca y griega, es decir: mediterránea por los cuatro costados. Sus cabellos eran largos, rizados y muy negros. A veces, por un lado de su frente (yo creo que lo hacía intencionadamente) se derramaban bucles que le daban un aspecto remoto de deidad helénica. En ocasiones, cubría parcialmente su cabeza con esos hijab musulmanes que con tanta gracia se ponen las mujeres de su tierra. Cuando le preguntaba cómo lo hacía y por qué lo hacía, me respondía que los genes son los genes y que a donde no alcanza la raza llega el recuerdo de su madre y la forma en que vistió siempre a pesar de haber pasado la mayor parte de su vida en Canadá.

Alain decía de ella que le recordaba a Afrodita cuando era joven. Yo le respondía que no podía atestiguarlo porque cuando esa diosa griega era joven yo ya era muy viejo. Si le hablaba en ese tono se enfadaba. El francés no aceptaba una broma, le faltaba sentido del humor o a lo mejor todo era fruto de su excesiva prepotencia gala. Cuando Alain hablaba sobre Eylem decía muchas simplezas que luego omitía cuando estaba frente a ella. Se comportaba con una mal disimulada indiferencia como dando a entender que él estaba en otros mundos muy por encima de las bajezas en las que, según él, yo me movía. Yo diría que se le notaba una cierta intimidación cuando estaba ante ella. En el fondo, yo sabía que le gustaba y que en su fuero interno albergaba esperanzas que jamás se cumplieron. El modelo de hombre que podría cautivarla era muy diferente de lo que era y representaba Alain. Ella era entonces una mujer de treinta y cinco años bien ahormados que pisaba con firmeza el suelo que tenía bajo los pies.

Por esas cosas, Alain me producía algo muy parecido al desconcierto. A veces hablaba como si fuera un violinista que distorsionara la métrica en mitad de una sinfonía de compases exactos. Yo creo que formaba parte de una clase muy distinta a la que Eylem y yo pertenecíamos. Me pregunto por qué seguí viéndome con él. Tal vez por soledad, o por desamparo. Nos conocíamos desde hacía mucho tiempo. Él trabajaba en el departamento de radiología en el mismo hospital donde yo practicaba la cirugía. Nos jubilamos al mismo tiempo. Aunque vivíamos alejados (él en Saint Léonard y yo en la ribera sur del San Lorenzo, en Longueil) acudíamos a la taberna turca, a veces juntos, a veces separados, más por ver a Eylem que por tomar café o licores que a ambos nos sentaban fatal. Alain vivía en Saint Léonard porque según él la elegancia no sólo se lleva en el porte sino que hay que hacerla patente en el barrio en el que vives. Desde su casa podía vislumbrar la orilla sur del río y eso, según él, era un signo de distinción. Yo, por el contrario, vivía en un sector más alejado pero las caudalosas aguas del río casi rozaban el umbral de mi casa. La verdad es que no suelo mirar demasiado el discurrir de las aguas cuyas tonalidades cambian según el clima; azuladas en la primavera temprana, achocolatadas en verano y un poco verdosas tirando a pardas un poco antes de entrar en su letargo invernal en el que toda su inmensidad queda congelada en un blanco oscuro.

Un día de aquellos en los que Eylem leía los posos de mi café le insistí para que de una vez por todas me dijera que es lo que se podía adivinar en los restos negruzcos de un brebaje espeso recién bebido. Al principio quedó pensativa como si su mente hubiese entrado en un repentino estado de éxtasis místico, pero al cabo de dos o tres minutos la vi levantar una mirada donde se concentraba todo un universo de misterio; también de tristeza. Entonces tomó una de mis manos y sin cambiar la expresión me dijo:

—Su destino, doctor, está ligado al mío pero en sentido inverso. Todo lo bueno que le pase a usted será malo para mí y lo mismo ocurrirá para mí pero en sentido contrario.

En ese instante no supe lo que quiso decirme. El paso del tiempo me vino a demostrar cuánta verdad había en aquellas dotes adivinatorias de las que yo desconfié durante mucho tiempo.

Algunos sábados y domingos, íbamos los tres a la piscina del polideportivo municipal donde además de nadar, tomábamos una sauna o un baño turco o nos apostábamos cinco dólares a ver quien era capaz de resistir más tiempo debajo del agua. Siempre era Eylem la que nos ganaba aunque luego se contentaba aceptando la invitación que le hacíamos al salir del gimnasio.

Con Alain nunca actuó de cafeomante. Más tarde supe las razones que la obligaban a no querer leer en los posos de su café. Cuando acabábamos retiraba las tazas y sin mirar en su interior llamaba con vehemencia a la camarera para que las retirara. Luego, acudía al servicio para lavarse las manos como si se las hubiese manchado con una sustancia sucia y pestilente. Un día le pregunté si en alguna ocasión había leído los posos de café de nuestro amigo:

—Sólo una vez —me dijo—, y lo que vi no me gustó. Su futuro es inquietante. Fue —añadió—como si aquellos posos anunciaran el comienzo del fin del mundo. A mí aquella advertencia me pareció una exageración. Le dije a Eylem que lo más probable es que estuviese equivocada o que tal vez habría interpretado erróneamente el significado de los posos.

—Allá usted—me dijo, mientras clavaba sus ojos en los míos—. Evítelo si puedes. Le ronda el fantasma de la muerte.

 

 

5

 

Después de aquello estuvimos un rato sin hablar, tan sólo nos mirábamos. Por romper el silencio le conté un extraño relato que me habían referido tiempo atrás:

Para aislarse del mundo que le rodeaba y tratar de alcanzar un beatífico estado de paz perdurable (esto no significa otra cosa que la inequívoca idea de abrazar la muerte), un hombre se guarecía en el fondo de un pozo seco desde donde sólo podía ver el pequeño trozo de cielo que le ofrecía las reducidas dimensiones del brocal. Con esas visiones celestiales aquel hombre configuraba mundos diversos que adaptaba a su estado de ánimo para superar su tendencia a la introspección. Los días azulados eran para él los más intensos, sobre todo cuando hacia mediodía la vertical del sol incidía directamente sobre sus deslumbrados ojos. Esa luz cegadora transformaba sus pensamientos en ideas delirantes en las que, lejos de trastornarlo, le transportaban a mundos mágicos donde la visión del cosmos se le presentaba como el lugar donde, a su modo de ver, se situaría ese Paraíso que las religiones prometen a sus buenos fieles. Por el contrario, la paz plena se la daban los días nublados, en particular cuando la lluvia empapaba su cuerpo. El hombre sentía que el agua de lluvia purificaba su cuerpo y su alma liberándolo de las imperfecciones que había ido acumulando durante los días que había vivido fuera del pozo. Cuando entendía que su estancia en aquella pequeña sima había alcanzado la plenitud de sus propósitos gritaba como un poseído por mil diablos hasta que algún vecino de las cercanías acudía en su ayuda, rescatándolo. El infeliz anduvo años repitiendo aquel extraño ejercicio de reclusión voluntaria hasta que un día, reunidos los vecinos en asamblea comunal, decidieron olvidarse de él y no socorrerlo nunca más. Lo cierto, y aquí viene los más intrigante de la historia, es que una jovencita a la que su abuela le había narrado el extraño comportamiento de aquel ser atribulado, compadeciéndose de él y valiéndose de una escala de cuerda que hizo con sus propias manos, descendió hasta el fondo del pozo con la idea de rescatarlo. Nunca más se supo de ellos ni se encontraron restos humanos que atestiguaran su final. Muchos años después, de aquel pozo seco que jamás había dado agua comenzó a brotar un líquido azulado que al rebosar y derramarse por el entorno lo impregnaba todo de un enigmático aroma. Quien me contó esta historia me dijo que eso había ocurrido cien años antes en un lugar inconcreto de una desconocida isla griega.

—Ya conocía esa historia —me dijo Eylen—. Me la contaba mi padre en las noches de invierno.

Diría que este relato, poco creíble, la había tranquilizado. Ahora la veía más relajada. Entonces me pasó su brazo por detrás de mi espalda y comenzó a darme un suave masaje en el cuello. ¿Era un masaje o suaves caricias? Como nunca lo había hecho no supe diferenciar una cosa de la otra. Hasta entonces nuestros contactos físicos se habían limitado a un apretón de manos y como mucho a un par de besos en la mejilla de saludo o de despedida. Sentí placer y turbación al mismo tiempo; diría que más desasosiego que otra cosa. Quizá viendo mi estado de turbación tomó mi cabeza por un lateral y la acercó a la suya. Me besó la raíz del pelo. Su boca desprendía un remoto sabor a menta. No haría mucho que habría tomado su té habitual de los que a diario bebía cinco o seis. Dejó sus labios entreabiertos; creo que con la intención de que yo percibiera todo el aroma que le salía de adentro. Luego, sin dejar de mirarme, dijo:

—Hoy necesito un abrazo.

6

 

La jubilación es un paso duro para los que durante toda su vida no han hecho otra cosa que trabajar. Hoy lo vales todo y mañana, día de tu cumpleaños, ya no vales nada. Hay que reinventarse para seguir tirando, para no desfallecer cayendo en la nadería, en el ostracismo, en el vivir sin sentido ni horizontes.

La soledad se instala en el mismo momento en que recoges las cuatro cosas que aun mantenías en tu lugar de trabajo. Y eso a pesar de que te veas rodeado de gentes a las que has visto muchas veces y de otras nuevas por las que no sientes interés. Ni unas ni otras significan ya nada. Es inútil rebuscar en el tiempo pasado con la absurda idea de revivirlo y afrontar nuevos retos en nuevas amistades o quizá en algo más. Eso ya sabes que resultará un ejercicio estéril. Pero la fuerza obliga y, a pesar de todo, a pesar de ti, acabas por acostumbrarte a vivir solo contigo mismo, a buscar dentro de ti esa necesaria compañía que te permite transitar por la poca o mucha vida que te quede sin esperar nada ni a nadie, ni siquiera de esos seres “queridos” por los que tanto luchaste o de aquellos inquebrantables amigos que también acabaron por irse de tu vida.

Tampoco hay que buscar la compañía y menos todavía el apego de los que un día decidieron sacarte de sus vidas dejándote en una orfandad de afectos que ahonda más tus vacíos. Y eso te obliga a hacer lo mismo. En la amistad como en el amor hay que preservar la equidistancia para mantener los equilibrios, pero más que eso, es mucho más importante no perder la dignidad.

Con esas premisas pasas las cansinas horas de un día tedioso casi siempre en los mismos sitios, sin deseos de conocer gente nueva porque de antemano sabes que poco o nada te van a aportar. Ni siquiera te apetece viajar a lugares nuevos o volver a sitios donde un día fuiste feliz, enormemente feliz, estúpidamente dichoso.

La Torre Eiffel, por ejemplo, o el Empire State o las cataratas de Iguazú, no es que de pronto modifiquen su perspectiva o alteren su belleza desde la última vez que las viste, sino que eres tú mismo o tus propios ojos o tus núcleos cerebrales que contienen las neuronas de la memoria poética los que hacen que cambie bruscamente la visión retrospectiva que tenías de todo ello. Te ha pasado muchas veces. Por eso no deseas volver. El recuerdo es a veces balsámico y en ocasiones un revulsivo traidor que te vuelve el pensamiento oscuro y te aniquila el deseo. Podría decirse que es un sentimiento parecido al que deben experimentar los condenados a muerte cuando el verdugo les invita a seleccionar el menú de su última cena. Rememorar hechos pretéritos, sobre todo cuando te vas deslizando en el declive de la vida, es un ejercicio estéril, cuando no peligroso.

En una ocasión, estando en la escalinata de la piazza di Spagna en Roma recordé, con emoción, el amor entre Gregory Peck y Audrey Hepburn en aquel mítico film. En aquella visita a la Ciudad Eterna yo estaba acompañado de una mujer por la que sentía un amor más bien concupiscente que romántico, mas aun así, me sentía a gusto con ella, independientemente de las sesiones de sexo y lujuria. Eso lo cambiaba todo. Yo mismo llegué a creerme Gregory y en los rasgos de mi acompañante quise descubrir las delicadas facciones de Audrey. Lo mismo me ocurrió en el Coliseo y en algunas otras ciudades; Estambul, Praga, Viena, Marrakech. Soy dado a la fantasía, sobre todo cuando las situaciones las envuelvo en un artificioso halo de belleza y las pongo de mi parte.

Años más tarde, cuando el amor ya no era otra cosa que el fugaz recuerdo de un neblinoso amanecer en Palmira y yo me encontraba solo, muy solo, sentí únicamente el cansancio de subir todas las escaleras que tiene la plaza de España mientras que en el Coliseo tan sólo fui capaz de imaginar a un puñado de cristianos devorados por leones hambrientos o las feroces luchas de gladiadores mientras el sátiro Nerón invertía el pulgar de su mano derecha. Y en Petra… (¡Ay en Petra!) creí que de un momento a otro acabaría aplastado entre las inmensas rocas de su angosto desfiladero.

A ciertas edades, lo desconocido, por fascinante que pueda ser, ya no despierta interés. El tiempo de los descubrimientos vitales pertenece a un remoto pasado que nunca vuelve. Ese momento cobra todo su esplendor en la niñez. La juventud es la etapa de las emociones intensas; la madurez no es otra cosa que un período reflexivo de baja intensidad con el que se llega a la vejez, esa etapa sin color en la que al sobrante de vida ni siquiera le caben los recuerdos.