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Faetón, imprudente joven derribado del carro paterno por el rayo de Jove, es llevado hacia mexicana tierra por Nezahualcóyotl, alto poeta del México prehispánico. Y, en estando allí, y habiendo olvidado su celestial ascendencia, hórrido fruto venido desde la suya juvenil impaciencia, le sucede que no tiene más desempleado su corazón que extraviada su Fe: Faetón, dolorosamente, y hallándose sin identidad, tiene virtudes que no sabe usar. Es así que, casi resignado por su poca ilusión y atenazado por su mucha soledad , decide escribirle a su amigo Apolo, quien, orientándole, le hablará del hado que se compuso para él. ¿Qué dice ese hado? ¿Por qué fue llevado hacia México después de estrellarse en el Po? ¿Acaso Faetón, en su debilidad, podrá de ayuda servir a alguien? Lo único que lleva claro este joven es que o acepta su destino o se ve consumido por él.
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Veröffentlichungsjahr: 2019
© Alejandro Pimentel
© Faetón
ISBN ePub: 978-84-685-3467-1
Impreso en España
Editado por Bubok Publishing S.L.
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ÍNDICE
Prólogo en el Po. Ante una sepultura
Acto I. Escena Primera. En algún lugar de México.
Escena Segunda
Escena tercera
Escena cuarta
Prólogo en el Po. Ante una sepultura
Nezahualcóyotl- Oh Clímene, triste madre que la vida conservas para ver de tu hijo la muerte, ¿acaso te juzgo pobre en tu penar viniendo a llevarme algo de ti? ¿Acaso soy tan ruin que tu continuado e ininterrumpido plañimiento no me conmueve? ¿Acaso mal veo, en un fútil regalo del deudo para con la silenciosa muerte, y en un dulce acompañamiento del dolor para con el difunto, las nubes de lágrimas que tus tristes ojos han precipitado? ¿Acaso mal siento los gemidos profundos de tu cuita? No, por un solo Dios, no es así ¡Oh, cuánto es tu dolor no medible! Mas, obedeciendo lo que mi alma me ordena, te digo que, compartiendo yo tu aciaga vida, ante ti me presento siguiendo de Naturaleza la voluntad. Bien, bien reconozco tu continuado ruego, y, no obstante, y ante tu incifrable penar, debes redoblar tu maternal fuerza, tomando mi atrevimiento como promesa de gloria. Yo a ti, Clímene, madre inconsolable, te digo que, valiéndome del manto nocturno, y de las copiosas lágrimas, que de negro tus mejillas pintan y ya no te permiten ver bien, me llevo a quien tu llanto provoca hacia mexicana tierra. Oh, redobla, por la misma salud que tú anhelas, redobla tu fuerza ante la renovada amargura; y sé cierta de que tu hijo será por los cielos bien guiado. Sé cierta de que una altísima Señora, con sus dulces cuidados y angelical protección, le dará el santísimo Bien.
Acto I. Escena Primera. En algún lugar de México.
Américo- Bien me tocas, oh cansado pie, a mí, a mí que de comienzo te serví; y, ciertamente, cato que eres así tierra como agua, eres así estrella como astral lienzo; musitado triunfo que la Ciencia, en soñando, encontró entre sus ronquidos. Y fue tu industria de tal forma reparadora que, así como la práctica refina al bruto talento, así tu curiosidad graduó tu arte, logrando que la rebelde noche, ambición prematura de una edad juvenil, no consintiera un nuevo desvelo en el lógico Día. ¿Oh, cuántas son las evidencias visibles que el sol, de puntillas en el oriente, descubre en tu rostro? La fatiga ha hecho su morada en tus movimientos, y tus brazos y pies en vano buscan fuerzas para descansar. Mas permite que tu sombra sea de tu historia el renovamiento; mira que, aunque tu silencio es nuncio de tu victoria, lo cual te debe antes poner en contentamiento que en nueva reflexión, yo bien observo que eres mejor, mejor siendo tú mismo, y lo que te hizo alejarte de mí ni puso olvido en tu memoria ni fallecimiento en tu única virtud; la cual, por cierto, si dolor te trajo, sin darte remedio no se va. Y por lo anterior, y para frenar una de tus dudas, te digo que la decepción, que tu mirada promueve, no engaña mi experiencia; de donde resulta que la emoción no engrandece la expectativa, y observo bien que tu inelocuencia sigue siendo tan grande como tu fatiga ahora es. Mas si en algo estimas el compartir, entonces toma mi atención como prenda de amistad y esfuerza la lengua un poco, y cuéntame de ti, mira que la muerte se aplaza aunque del mes segundo el día tercero sea hoy. Un trabajo fértil de dos patrones: lo segundo Naturaleza lo valida y lo primero yo lo reclamo.
Sèntimo- Oh mía Tierra, tu palabra mucho dolor me causa, porque no hay forma de que yo haga lo que tú de mí pides sin echarme demasiados inmerecidos halagos; pues ni puedo evitar el demostramiento de mi amplísima ignorancia, ni puedo borrar tanto protagonismo que veo en lo restante, donde morada tiene la mía ufanía. Y te digo más: tan rápido como el insilente rayo pone a la tranquilidad en fuga, así yo en la misma velocidad tanto rechazo en mí la aciaga palabra para contigo, venida desde mi estupidez, como rehúyo toda ofensa para con tu grandeza; de modo que el silencio, para con mi historia, quiero que haga asiento en mí; el cual estimo que puede ennoblecer las mías miserias
Américo- Haz cambiado de tu hablar la forma, y lo entiendo.
Sèntimo- Oh nutridora Tierra mía, un obsequio quise traerte, que de ti fuere digno y del cual yo ufanarme pudiere, mas consiguió del intento el anhelo un caimiento en lo no esperado. Y así como la irritabilidad hace gobierno del vacío estómago con mucha facilidad, haciendo del portador de éste un iracundo animal, así la tontería ha puesto su saciedad en mí, logrando el acercamiento de lo no buscado, y encontrando, consecuentemente, lo que no contenta. Pero, ayudándome, sé cierto de que esforzándome estoy, todo lo lo que puedo, en dar con el punto que empareje mi inelocuente palabra con el poco templado seso mío, de modo que tu edad, comprendiéndome, no quiera huir de mí, y entonces sepas que si no me he mejorado, al menos no me he empeorado.
Américo- De lo que me dices te observo tanto convencido como aliviado del terror pasado estás.
Sèntimo- Yo, Tierra mía, no valgo más ni valgo menos de lo que mi nombre presume; pues, así como aquel cielo que con hermosas estrellas de sí mismo hace promoción, así el quedo paso de la andadura mía presume que bien soporta el peso de la justa carga que en su espalda le toca llevar.
Américo- Bien te entiendo; pues, así como hace atajo el desorden antes que trabajo la molestia de la inactividad, (doloroso sentimiento del Sinsentido y de toda obra humana el promotor), en la senda del ahorro de fuerza, como optimizado testimonio de la superioridad del Todo frente al hombre; así te observo optimizar tu uso de la palabra, ya que si es más lo que ganas hablando de lo que pierdes callando, entonces hablar tú escoges, y si es menos lo que ganas hablando de lo que pierdes callando, entonces callar tú quieres, logrando sí que tu sabiduría calle lo que desconoce, y no que tu ignorancia diga lo que sabe; de modo que ésta no reste lo que aquélla puede sumar. Y como de insistencia mis ruegos son aquí punto advertitorio de necedad, aduana costosa para un seso con presupuesto limitado, entonces a mi curiosidad doy silencio; y de esta forma, ni más te digo, ni más cuento de tu historia te reclamo.
Sèntimo- El mío agradecimiento, por tu gigante comprensión, te doy, Tierra mía; el cual, ufano de él, dice ser no menor que tu sapiencia.
(El Sèntimo se aparta; Naturaleza entra)
Américo- Su negación para hablar de lo que vivió no es un capricho de su presunción ni una altivez de su virtud.
Naturaleza- Claro, Américo, eso yo bien lo sé, pues fue toda su voluntad escrita por mí, sempiterna obra que el Universo me dio para con todo Nuestro Hogar. Y es esta obra la que aquí me trajo para catar del Sèntimo su trabajo, el cual aún de su Padre necesita, pues si ya adolescente dejó de ser, ahora joven inmaduro es; teniendo en lo primero placer y en lo segundo nueva embajada: acusado instante de avistamento ante la ley que su inmadurez no detiene.
Américo- Su Padre, el amontonador de nubes, lo dejó solo una noche, para darle lección que debía recibir; la cual es gloriosa lanza en ristre, que engalana una armadura aún por venir, la armadura del templado seso y de la prudente vida. Oh Prudencia, modula del hombre su juvenil impaciencia y corona la testa de quien te ofrezca el humo de su desesperación quemada, tributo que respirará la ampliación de tu vigencia. Sé tú el manjar continuado que las bocas humanas sature. Mas que el desvío del contento no se ponga en mí, Naturaleza, y que el regreso al tema tu intelecto me permita. Fue el caso, entonces, que la rebeldía sostuvo de la negra noche sus primeras horas, pero pronto expiró cuando los minutos a solas fueron convertidos por su desgobernanza en siglos desconsoladores. Y así, de la experiencia ajena un polizón gandalla hizo provecho en su ingenuidad, ofreciéndole en negocio de dos un evidente robo de uno. ¿Qué de ti se llevó, Sèntimo? Oh, te despojó, como la nieve despoja de los árboles las verdes hojas, te despojó de la obediencia. Luego la inacción le hizo guiño al olvido, y entonces allí ya estaba de la soga el más fuerte apretamiento; el cual, por cierto, no te ahorcaría, pues si con congoja pagaste, con paz fuiste recompensado. Escuché que, en su turbación, él se sintió huérfano, ora porque el alcohol le restaba lucidez, (la lucidez que fue la lección anterior que esta nueva tarea ocupaba para hallar fin satisfactorio), ora porque su Padre más apretó con dureza lo que nunca otorgó con liviandad; de forma que ni su lección fuere infértil ni que su omnipotencia fuera cuestionada. Mas seguro el Sèntimo ya va de que si huérfano no fue, entonces huérfano no puede ser.
Naturaleza- Todo llega a su tiempo, Américo, y tal como en el libro de la vida mía fue escrito por quien superior es a mí. Duda no hay de que si su Padre le dio esa lección fue porque había llegado el adecuado momento para que la pudiere aprender. No le iba a fallar. Yo, ciertamente, que su vida así se hiciere quise. Su Padre, de consejo imperecedero, sigue siendo tanto longividente como omnipotente.
Américo- ¿E irás a hablar con el Sèntimo?
Naturaleza- Eso no es necesario, pues, según es su aprendizaje, está ahora él trabajando.
Américo- Bien te entiendo.
Naturaleza- Y así como ni hay búsqueda de caos que en orden no acabe, para después renovarse, ni ocioso trabajo de pasado héroe honorable en la vida del hombre presente; así mi vida no admite trivialidades infecundas; y por tanto, y según la recta virtud no quiebra de mi palabra su cumplimento, reclamo que Libertad llegue en estos momentos.
(Entra Libertad)
Libertad- Oh Naturaleza, quien puedes lo que quieres, según tu prosapia es; con humildad te saludo y mi labor te traigo, de modo que lo primero te hable de lo que me enseñaste y lo segundo te ofrezca lo que esperas de mí. (Se dirge a Américo) Y para ti, Américo, de la intolerancia tolerante, te doy con respeto un fuerte abrazo y un beso en cada tuya mejilla, pues si lo uno tu masculinidad no quiere, lo otro tu tolerancia lo concede; y así de esto obtengo yo el testimonio de tu grandeza y de aquéllo tú recibes mi cariño.
Naturaleza- Te saludo con afecto, Libertad, quien Todo pides y Nada necesitas, pues si lo primero para disfrutar lo quieres, lo segundo para no extraviarte ocupas; manteniendo así tu singular sustancia y tu nobleza engrandeciendo. Oh Libertad, gloria alcanzable para el honorable hombre, desaparece de tus fronteras la visibilidad para quien cuota monetaria de ingreso en tu ley lea, pues pobre hombre es el que sus riquezas cuenta. Mantén en destierro a quien prefiera ganamiento innoble antes que derrota digna. Mas como pasa que quien en su palabra tu nombre usa lleva de tu dominio el entendimento, entonces de ti calla más veces el sabio de las que el necio te menciona. Y mira que el tiempo de tu arribo es tan preciso como dignísimo, que entonces ni te entretengo más con mis palabras ni con recreo freno tu santísima obra. Sigue, pues, y mira al Sèntimo que por ti esperando está, aquel a quien sus sueños la vigilia determinan; y haz lo que debes para que pase lo que tiene que pasar.
Libertad- Así lo quiere mi voluntad, y así actúo por mor tuyo, Naturaleza, de forma que mantenga yo lo que nuestro es.
(Naturaleza y Américo salen)
Libertad- Américo me advirtió que si te buscaba, cansado te encontraría; mas si lo primero hice, lo segundo ni vi cumplido ni empezado. Inesperado efecto de una imaginaria causa, ¿no lo crees así? Y, francamente, que de otra forma no sea me da así gusto como bien, ya que, a decir verdad, pensé que eras más perezoso que testarudo; mas como te miro trabajar, entonces te pregunto, ¿en qué trabajas?
Sèntimo- Busco el consejo de los Santos Días Idos.
Libertad- ¿Y es esa labor la que tu ceño frunce?
Sèntimo- Sí; pues de mi deseo la demanda no puedo emparejar con mi miseria, ora porque ante la enormidad de ésta desfallezco, ora porque la cortedad de mi talento promueve mi queja, cumpliendo así con la insatisfacción de mi querer, y bien satisfaciendo el cumplimiento de lo que es su limitado poder; el cual no es otra cosa sino lo primero que dije. Mas para toda actividad, que haciendo estoy, que venga la fuga, de forma que, en llegando la entrega, yo ponga ésta en ti, pues tú, siendo quien eres, triunfo das a quien su atenditura te da.
Libertad- ¿Así que me conoces?
Sèntimo- Claro, tú eres la obligación más honorable, que, francamente, lleva en dentro de sí un merecimiento que parece tanto contrario a mí, como contrario es el día a la noche; pues para ganarte, (lo cual, ciertamente, en la observancia de las leyes su logratura halla), oh Dios, creo que necesito yo de lo que no soy yo, es decir de lo bello, de lo digno y de lo bueno; en otras palabras, no necesito ni de mi pobreza ni de mi miseria, y sí de la virtud y la riqueza. Y si crees que mi palabra es venida desde la choza traqueteada de la mentira, entonces solicito tu atención, de modo que tú hacia acá veas: reconozco que ni todo el mío podimiento, que es lo que realmente hago, ni todo el mío talento, que, esforzándose al máximo, hace lo que puede, alcanzamiento hacen de lo que digo. Y es así que el límite de mi virtud bien se aleja del merecimiento que las tuyas dignas fronteras ostentan.
Libertad- Tu educación es sin dudar la que mereces.
Sèntimo- Oh Libertad, así como la más rica de las tristezas no se iguala con la más pobre de las felicidades, así mi mejor arte no puede considerar el certificado de la dignidad, pues piensa que su mejor esfuerzo no es siquiera rasguño de lo inbuscado, es decir de lo indigno; ya que, ¿cómo no ha de ser halago para mí, según tan torpe, tan inelocuente y tan poquito soy, si me nombro indigno hombre de lo indigno? Y como más puedo digo en esta forma: ni mis miseria logran hallar el camino del piropo, cuando mi decitura promueve la pronunciatura de éste, ni mi virtud puede comprobar lo contrario.
Libertad- Ni con tristura lo reconoces ni con depresión lo pagas, pues lo que parece pesimismo troca en sabedora aceptación; y por eso, Sèntimo, si mi respeto te has ganado, con un favor yo te bendigo.
Sèntimo- Oh Libertad, para con tus hermosas palabras, que no sea yo quien componga la hechura de una contradicción.
Libertad- Mira y abre tu mano diestra, y luego dime, ¿qué es lo que ves?
Sèntimo- Veo a Razón.
Libertad- Bien, bien. Ahora mira y abre tu mano siniestra, y dime, ¿qué ves?
Sèntimo- Veo a Belleza de Espíritu.
Libertad- Perfecto, Sèntimo. Ahora que miras y catas lo que te pedí, que ejercites tus dos manos es a lo que te obligo yo, pues si manco no eres, no actúes como tal.
Sèntimo- Toda mi gratitud para ti, Libertad.
Libertad- Una cosita más: ¿por qué con Américo no quisiste hablar?
Sèntimo- Que mi obra ofender pueda su virtud temo yo.
Libertad- Bueno, Sèntimo, si le has puesto oídos y ojos al pasado, no sé cómo ponerle lengua al presente le podría ofender.
Sèntimo- Te confieso que, sabiendo yo sólo poco más que nada, fue Naturaleza quien, según del mes segundo el día tercero hoy es, alongamiento hizo en mi vida, para que yo haga lo que ni mis mientes saben, ni lo que mis fuerzas pueden.
Libertad- Si finalizar tu tarea tenías pensado este día, y así no ha pasado, entonces será bueno que dignifiques todo, todo el tiempo sumado, que, ciertamente, todo de ti ocupa.
Sèntimo- Así como tú me dices así yo lo sé, pues si en mi muerte el distanciamiento hizo abritura, fue sólo la facilidad quien tuvo disminución, y no la legitimidad; logrando así, y con este agrandamiento en el tiempo, que ni la honorabilidad se aleje un punto de su riqueza, ni que la legitimidad vea menguada su condición ante la resta de prontitud.
Libertad- ¿Y qué te dicen los Santos Días idos?
Sèntimo- Ellos dicen así: quien busque su consejo, que busque entonces a quien consejo dio a ellos.
Libertad- Yo lo mismo te diría. Tal vez en ese libro que en tu falda llevas el consejo encuentres.
Sèntimo- Lo que tú dices no halla abrigo en mí, ya que éste es un libro que tiene toda su fincatura en este puño mío. Su nombre es: Mundo Esteta. Y, a decir verdad, confieso que mucho es el anhelo que hay en mí para con este libro, el mismo anhelo que quiere corregirle, de forma que ahora hable en él mi corta experiencia, y así pueda yo hacer mejoramiento de lo que mi obra es; pues, francamente, parece un triunfo posible para mí: parece que, así como la semilla, en madurando, hace alcanzamiento del fruto, así la mía ufanía puede hacer festejamiento, que se justifique en lo que mi obligación es. Mas es la escasa fuerza quien quiebra todo en mí.
Libertad- Veamos: si quieres lo que no puedes, entonces mide tus ambiciones y acomódalas a tu talento, de manera que ni tu voluntad desoigas ni las leyes desveas; y así insatisfacción dejará lo que prudencia te dará.
Sèntimo- Prudencia, prudencia, de mi pubescensia el santísimo Grial es.
Libertad- Ya sea porque Naturaleza lo quiere, o ya sea porque te lo has ganado, te digo que si muchas guerras la vida te ofrece, sólo en aquella que puedas poner paz te debes ocupar, de forma que dignifiques lo que se te permitió y de modo que ejerzas lo que puedes. Seguridad hay en que tu Padre te dio lo que necesitas para hacer lo que debes.
Sèntimo- Tu palabra ha puesto rica felicidad en este pobre jovencito.
Libertad- ¿Y bien?
Sèntimo- Como en estos casos el original vale tanto como la copia, tomaré entonces, y como inicio de mi labor, la lectura de este epistolario, que no escribí yo.
Libertad- Bien lo veo y lo apruebo, si pagar con lo que tienes lo que quieres es, ya que lo contrario ni oprobio te quitaría ni perdonártelo podrías.
Sèntimo- Así como el sol cede su cóncavo sitio a la nívea luna, sin cometer ofensa, así, sin profanamiento, cedo la usanza de mi lengua a las ajenas palabras.
Libertad- Resuelto te veo, pues has mirado que tu talento se finca en tu talento y que con cariño pagas el cariño.
Sèntimo- Así como tú me adviertes que haga yo, así haré. Comienzo, entonces, leyendo de Faetón los acaecimientos, del joven Faetón, de aquel mexicano que una ignífuga Alma tuvo, de aquel Latinoamericano muy amigo de lo farragoso, (su palabra, en la mayoría de las ocasiones, la fincaba donde sólo él tenía entendimiento). Si así de este joven su historia leo, Libertad, es porque tengo por alta posibilidad que todos los lectores suyos ya estén emparejados con la muerte.
Libertad- Contigo me quedo. Y recuerda cuidar de tu dolor.
Sèntimo- Allí donde la mía miseria no supo cómo pedirte eso que mucho contento da al corazón, allí, de lo que me dices, acepto con gusto. La primera parte se titula en esta forma: De la confiatura que tuvo Faetón para con el destinatario del viento. (Hace una pausa) Oh musas...
Libertad- Nada, nada de eso, Sèntimo, aún no es conveniente la invocación. Lee, mejor, lee de forma que seas por mí escuchado.
(Lee)
Primera Carta
De Faetón para Apolo
de enero 26
Oh amigo mío, si me sobra ilusión para escribir de mi dolor, me fallece el entendimiento para expresar lo que siento, pues ni mi tristura decrece ni mi seso del ajeno error aprende. Y, ciertamente, quisiera que la cortedad de mi experiencia remediara la anchura de mis cuitas; pero gana en mí lo que no pido, porque la pereza me da lo que mis torpezas promocionan.
Oh Apolo, muy seguro estoy, ( y mis letras lo están comprobando), de que me falta seso para certificar, elocuentemente, la forma en que se estremece el mío Corazón por lo que mirando estoy. Y es que todo lo que encuentro en la cámara del mío más alto intelecto, (el cual si así nombro no es por su amplitud y sí por ufanarme), ay, ni para rumiar sirve aquello que secuestrada tiene la mía felicidad, ni le halla motivo al desmotivo que siento.
Por eso, amigo Apolo, cojo a esa pingüe ilusión, para que con las suyas labores yo sobornar pueda los bostezos que dando está el mío entretenimiento, ese mío entretenimiento que se abandonó, de forma equivocada, a la dejadez más infecunda.
Digo, pues, que los míos días son lúgubres y tenebrosos, ya que de las noches, que son incluso peores, un diabólico monstruo se levanta, que, obviamente, no puede medir mi razón. Oh, es un monstruo que me deja, como menor de todos mis males, un ritmo cardiaco no tranquilo y sí muy mucho agitado, logrando que copiosamente sude yo durante su acometimiento.
¡Oh, amigo mío! Es un monstruo de estruendosas pisadas, informe y de oscuro color. Creo que poco más sé yo sobre él. Quisiera decirte que este monstruo juega con la mía quietud gracias al sueño que la razón produce, pero, ay miserere di me, bien sé yo que esto así no es; pues no miento cuando digo que de la mía razón nacen sólo cosas irrazonables.
¡Vaya! qué desconcierto.
Entonces, sin rodeos más, te digo, amigo Apolo, que lo único que tengo por cosa verdadera es la siguiente: si ese vestiglo bien lesiona la mía quietud durante los míos sueños con los suyos horrísonos rugidos, entonces la reminiscencia del placer onírico abre, indefectiblemente, el paso a la insanidad mental.
¡Ay, triste de mí! no consigo recordar cuándo fue la última vez que mis noches no hayan sido visitadas por esta negra desgracia, por esta mil veces maldita desgracia, que inefable resulta para la mía vida.
Es entonces, amigo mío, que me vuelvo y consulto al guardián del mío limitado intelecto, y así dígole: «Alza los tuyos incrédulos ojos, y dime tú, tú que indemne te mantienes del estremecimiento que agita al mío Corazón y que lacera a la mía Alma; dime si ya los tuyos obreros terminaron sus pesquisas y ofrecerme puedes la información concluyente en relación con este monstruo, ay, este monstruo que, según tú, la suya fuerza perdería si la mía lengua mencionara su nombre. Cata, oh intelecto mío, que conociendo el tuyo trabajo, (el cual siempre me pide romper a la mía fantasía antes de que hablarte piense, pues suspendiendo ésta no puede ser abigarrada la nuestra conversación), yo bien sé lo que te pido».
