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La novel escritora limeña explora la crudeza de las relaciones que componen este país imposible y la fragilidad de aquel andamio que llamamos "familia". Famulus no es una colección de relatos individuales, sino que sus personajes están, de alguna forma —como en la vida real—, enlazados entre sí, iluminando inesperadamente el uno al otro. La presión de las expectativas familiares y la amargura en la que se disuelven los sueños adolescentes, en "Exhala"; la tóxica dosis de accidente y obstinación que mantiene unida una familia, en "Hogar"; la irresoluble ecuación de una sociedad en putrefacción, en "Basura"; la ironía que sostiene la maternidad, en "Palabras"; la brutal nitidez que conservan ciertas heridas de infancia, en "Rata"; la delirante lógica que encierra hasta la asfixia al cuerpo femenino, en "V."; y el testimonio de amor y supervivencia del trípode abuela-madre-hija, en "Kintsugi", son las piezas de este engranaje que narra el dolor y el abuso, las relaciones humanas y lo que significa ser mujer en un país como el Perú.
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Veröffentlichungsjahr: 2020
Romina Paredes (Lima, 1987)
Practicó natación de manera profesional hasta los veintitrés años. Estudió Traducción e Interpretación, realizó un máster en Traducción Audiovisual y se especializa en traducciones sobre equidad de género. Tiene debilidad por las películas serie B y solo usa las redes sociales para ver videos de animalitos. Famulus es su primer libro.
Romina Paredes
Famulus
Famulus
© Romina Paredes, 2019
© Pesopluma, 2020
1ª edición electrónica: abril 2020
Serie Iceberg / Cuento
Diseño de cubierta: James Hart
ISBN: 978-612-4416-14-9
Editado por Pesopluma S.A.C.
Parque Francisco Graña Nº 168, Magdalena del Mar, Lima — Perú
www.pesopluma.net | [email protected]
Este libro no podrá ser reproducido, total ni parcialmente, sin el previo permiso escrito de la editorial. Reservados todos los derechos de esta edición para el mundo.
Di toda la verdad, pero cuéntala
desde tu visión del mundo
Emily Dickinson
Exhala
1
Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua
John Keats
Libre llegó tarde al entrenamiento.
—Ni se te ocurra. Ni una palabra durante los estiramientos —gritó la entrenadora.
Se aproximó a nosotras cabizbaja y tiró su maletín. Mariposa se comía las uñas. Yo presionaba fuerte el antebrazo contra el codo para soltar el deltoides. Seguimos con los ejercicios en silencio mientras la entrenadora vociferaba sobre la ineptitud de los nadadores del primer grupo. Su cuerpo regordete vibraba con la intensidad de sus gritos.
—¡Ustedes! —nos apuntó con el dedo — ¡Tienen tres minutos para estar en el carril 8!
Mientras nos alistábamos, Libre comentó que se sentía mal. Tenía la cara roja y sus movimientos eran torpes. No parecía ella.
—¿Estás con la regla? —preguntó Pecho.
—No. Me duele la cabeza… Creo que tengo fiebre.
Un delfín adulto puede nadar diez metros por segundo si no percibe alguna amenaza en el océano. A Libre le tomaba veintisiete segundos nadar cincuenta metros. No solo era la más rápida, sino también la que tenía mejor técnica y el biotipo perfecto. Su tronco era pequeño en comparación con sus extremidades, inusualmente largas, como un pez pulmonado gigante en una piscina municipal.
El programa de entrenamiento consistía en realizar ejercicios que elevaran al máximo nuestro consumo de oxígeno: diez series de doscientos metros, con un minuto de descanso.
En la primera serie, Libre no hizo el tiempo que la entrenadora exigía. Mariposa y Pecho se mantuvieron detrás de ella, con una lealtad innata. Yo no aguanté su lentitud; tuve que pasarlas. «Oye, afanosa. No vayas tan rápido, pues. No nos cagues», me dijo Mariposa cuando pasé a su lado, después de la segunda serie. Yo seguí bajando el tiempo. No podía desperdiciar mi energía.
La entrenadora nos controlaba buscando el error, la demora, la milésima de segundo que justificara su violencia. Cogió unas boyas y se las tiró en la cabeza a Libre. Luego le ordenó cambiar de carril y, durante los descansos entre cada serie, la presionaba para que haga la marca.
Sentados en la tribuna, los padres de familia susurraban de costado como colegiales con miedo a una reprimenda. Pertenecían a la generación que vivió la primera final de voleibol y la tercera medalla olímpica del país. Eran los que aplaudieron el rendimiento extraordinario de las chicas y al genio responsable detrás de la hazaña: un hombre que las maltrataba pero era endiosado porque sacaba campeonas.
Cuando terminamos las series, la entrenadora expulsó de la piscina a Libre.
—¡Esta es tu última oportunidad! Te doy tres minutos de descanso, más que suficiente. ¡Mediocre de mierda!
La golpeó con la tabla en la cabeza. Las demás salimos de la piscina y nos quedamos al costado para darle ánimos. Mientras aplaudía a mi amiga, también imaginaba que ella no hacía el tiempo. En el fondo, fantaseaba con ser la campeona absoluta de esa temporada. Un oscuro deseo, casi insoportable, mientras veía cómo la maltrataban.
