Fariña - Nacho Carretero - E-Book

Fariña E-Book

Nacho Carretero

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Beschreibung

Coca, farlopa, perico, merca, Fariña. Nunca Galicia comercializó un producto con tanto éxito.

Aunque ahora parezca una pesadilla lejana, en los años 90, el 80 por ciento de la cocaína desembarcaba en Europa por las costas gallegas.

Aparte de su privilegiada posición geográfica, Galicia disponía de todos los ingredientes necesarios para convertirse en una «nueva Sicilia»: atraso económico, una centenaria tradición de contrabando por tierra, mar y ría, y un clima de admiración y tolerancia hacia una cultura delictiva heredada de la época de los «inofensivos» y «benefactores» capos del tabaco. Los clanes, poderosos y herméticos, crecieron en un clima de impunidad afianzada gracias a la desidia (cuando no complicidad) de la clase política y de las fuerzas de seguridad.

A través de testimonios directos de capos, pilotos de planeadoras, arrepentidos, jueces, policías, periodistas y madres de toxicómanos, Nacho Carretero retrata con minuciosidad un paisaje criminal con frecuencia infravalorado. En el imaginario popular, ese costumbrismo kitsch de capos con zuecos y relojes de oro ha oscurecido el potencial destructivo de un fenómeno que arrasó el tejido social, económico y político de Galicia.

Fariña incluye, además, un repaso inédito por los clanes que siguen operando hoy en día. Porque en contra de la creencia mediática y popular —tal y como demuestra este libro—, el narcotráfico sigue vivo en Galicia.
No se debe olvidar lo que todavía no ha terminado.

Un ensayo muy bien documentado sobre una realidad oscura de Galicia.

EXTRACTO

"El problema de los primeros pasos fue que, si sacabas pecho, podían hundírtelo. «Eran un puñado, nadie los apoyaba, nadie decía nada. Nadie acudía a los primeros actos que organizaban». Una de estas primeras iniciativas del escuálido grupo de vecinos fue organizar la «bandera blanca», una actividad festiva copiada de Sicilia para recabar firmas contra las organizaciones mafiosas en una enorme bandera de color blanco. «Y en blanco quedaba los primeros años. No firmaba nadie».

Estaban solos Felipe, Pastor y los demás, porque nadie quería saber nada de semejante desafío. Porque el narcotráfico, como ya hemos visto, estaba enquistado, tenía un poder enorme, y porque, que se supiese hasta ese momento, no estaban haciendo nada malo."

LO QUE DICE LA CRÍTICA

"He aquí uno de esos ensayos cuyo anecdotario desafía la ley de la gravedad." - Carlos Prieto, El Confidencial

"Lo mejor de Fariña es la cantidad de testimonios que se pueden encontrar en él: desde una de las artífices de la asociación “Las madres contra la droga” hasta capos o corruptos arrepentidos pasando por policías o jueces. Es un trabajo de recopilación inmenso donde prima el contenido, no la forma. Quizá sea eso el mayor mérito en la primera obra de este periodista de 36 años." - El blog de Carlos Barrágan

"Me quedo con la gran profusión de detalles de este libro y su enorme esfuerzo de documentación y explicación. Grande, Nacho. ¡Por muchas más ediciones de Fariña!" - TheCitizen.es

SOBRE EL AUTOR

Nacho Carretero
(A Coruña, 1981) empezó en redacciones y después huyó para ser freelance. Ha publicado en todo medio escrito que se le ponía a tiro, desde Jot Down al XL Semanal pasando por Gatopardo o El Mundo. Escribió sobre el genocidio de Ruanda, sobre el ébola en África, sobre Siria, sobre su tía Chus y hasta sobre su amado Deportivo de La Coruña. Contar la historia del narcotráfico gallego era un sueño periodístico enquistado en su cerebro desde que era un neno. En verano de 2015 juró fidelidad como reportero a El Español.

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Seitenzahl: 409

Veröffentlichungsjahr: 2016

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PRIMERA EDICIÓN:septiembre de 2015 © Nacho Carretero Pou © Libros del K.O. Calle Sánchez Barcáiztegui, 20, escalera A, 5º izquierda, 28007, MadridISBN:978-84-16001-47-7CÓDIGO IBIC: DNJDISEÑO DE CUBIERTA Y MAPAS:Artur GalochaMAQUETACIÓN:María OʼShea y Tamara TorresCORRECCIÓN:Tamara Torres

POR TIERRA, MAR Y RÍA

El mar: leyendas de la Costa da Morte

La tierra: a raia seca, cuna del estraperlo

La ría: a raia mollada, el embrión de todo lo demás

O FUME

El celta del Malboro

«Los contrabandistas son la gente más honrada que hay»

Winston de Batea

Peseta connection

«Contrabandista, como mi papá»

Los señores do fume

De cuando el presidente de la Xunta de Galicia se reunió con los capos del contrabando

EL SALTO

No teníamos ni puta idea

Los Pioneros

LA MAFIA GALLEGA

El amigo colombiano

Arousa, territorio narco

LOS CAPOS

«“Sito Miñanco”, preso político»

Laureano Oubiña y sus zuecos

«Los Charlines», un clan a la siciliana

Marcial Dorado, en su yate con el presidente

MAREA BLANCA

Dejadnos vivir

Levántate

OPERACIÓN NÉCORA

El rompecabezas

La gran redada

EL NARCO VIVE, LA LUCHA SIGUE

Post-Nécora

Los otros (más allá de «Miñanco», Oubiña y «los Charlines»)

La caída del imperio Oubiña

IMITANDO A LA MAFIA

Narcopolítica

Narcoley y narcojusticia

Narcoviolencia

A TUMBA ABIERTA

2001-2003: la orgía del narcotráfico gallego

El golpe final de Taín: la caída de los históricos, «Miñanco», Charlín y Marcial Dorado

EL RELEVO

Narcotransporte S. A.

Los lancheros

Operación Tabaiba

Las organizaciones

EL RASTRO DE LA FARIÑA

El eterno retorno

Territorio hostil

Quién manda hoy en las rías

La peste

Mapas

Bibliografía

Agradecimientos

El autor de este libro

Para Antón. Benvido.

Para Paloma. Gracias.

«Graben todo. En algún momento algún bastardo se levantará y dirá que esto nunca sucedió».

Dwight D. Eisenhower, tras la liberación de Auschwitz

Todavía cuentan la historia los viejos de a raia.

Un vecino mayor cruzaba a diario la frontera entre Galicia y Portugal en bicicleta, cargando siempre un saco al hombro. Cada vez que atravesaba a raia, la Guardia Civil le daba el alto y le preguntaba qué llevaba en el saco. El hombre, paciente y educado, mostraba siempre el contenido: «es solo carbón», explicaba. Y los agentes, mosqueados, lo dejaban pasar. En el otro lado se repetía la escena: la Guardia de Finanzas portuguesa (conocidos por los vecinos como guardinhas) también registraba el saco del hombre y lo dejaban seguir pedaleando. La misma escena se repitió durante años ante el malestar creciente de los guardias fronterizos. No solo eran incapaces de encontrarle material de contrabando, sino que en cada nueva pesquisa se manchaban el uniforme de carbón. Como en el cuento de Poe, en el que la Policía registra minuciosamente una casa en busca de una carta que ha estado todo ese tiempo en primer plano, el secreto del hombre de a raia estuvo todos esos años a la vista.

Era un contrabandista de bicicletas.

POR TIERRA, MAR Y RÍA

«Desde barcos romanos hasta el Prestige. Se hunde de todo aquí».

El mar: leyendas de la Costa da Morte

Cuesta creerlo midiendo un mapa con dedos de colegial. Galicia tiene 1498 kilómetros de costa. Más que Andalucía o Baleares. Si se mira el mapa con detalle, se descubre que la orilla gallega tiene aversión a la línea recta. Se enreda tozuda en recovecos y rincones ideales para entrar y salir sin ser visto. Es también un monólogo de acantilados y rocas propicios para el naufragio. Uno de sus tramos se llama Costa da Morte. Y en la Costa da Morte comienza esta historia.

Las aldeas y pueblos de la zona —casi siempre escondidos del viento y el azote del mar— apenas tuvieron relación entre sí más allá de las rivalidades entre cofradías de pescadores y mariscadores. La remota ubicación también ha dotado a esta zona de un acento y una fonética gallega únicos, no siempre fáciles de entender. La joya de la corona es el cabo Fisterra, fin de la Tierra para los romanos, embarcadero de Caronte para los griegos, kilómetro cero del Camino de Santiago para los cristianos y un precioso cabo colgando al Atlántico para el visitante común. También, un excelente y escarpado escenario para descargar fardos.

Esta zona de Galicia, que abarca aproximadamente desde la ciudad de A Coruña hasta pasado Fisterra, siempre vivió del mar. De la pesca y del comercio, pero también de la mercancía de los buques que navegaban frente a sus costas. No había que esperar a que atracaran en puertos importantes, como Corme, Laxe, Muxía o Camariñas, a veces bastaba con asaltarlos en el mar o esperar a que se hundieran.

Contabilizar barcos hundidos en Galicia es una actividad condenada al naufragio. Hay documentados 927casos en la Costa da Morte desde la Edad Media hasta la actualidad. Ojalá hubieran sido solo esos, replican los lugareños. Hay un libro minucioso que recopila estas historias llamadoCosta da Morte, un país de sueños y naufragios, del investigador Rafael Lema. En él se ofrece un catálogo completo de los capítulos más sorprendentes sucedidos en esta costa.

* * *

A finales del siglo XIX el buque inglés Chamois encalló cerca de Laxe. Cuentan que un vecino se acercó en su bote de pesca a socorrer a la tripulación, y cuando llegó le preguntó al capitán si necesitaba ayuda. El capitán pensó que le estaban preguntando por el nombre del barco y respondió: Chamois. Se produjo entonces un maravilloso cortocircuito fonético entre el marinero inglés y el paisano de la Costa da Morte. Elmariñeiroentendió que el buque portaba bueyes (bois, en gallego) y dio súbito el aviso. En pocos minutos cientos de vecinos asaltaron el barco con cuchillos y hoces dispuestos a dar buena cuenta de los bueyes, ante la mirada aterrorizada de la tripulación inglesa.

El Priam acabó atascado en Malpica en la misma época. Las cajas llenas de relojes de oro y plata se desparramaron por la playa y desaparecieron en cuestión de horas. También apareció un piano de cola en la arena, y los vecinos, creyendo que era una caja todavía más grande, lo destrozaron a machetazos. No habían visto algo así en su vida.

La popular historia del Compostelano no es estrictamente la de un naufragio. Entró en la ría de Laxe en una maniobra perfecta, y cuando estaba llegando a la costa, embarrancó de forma limpia en un banco de arena de la playa de Cabana. Cuando los vecinos accedieron al barco, se encontraron con un gato; no había tripulación.

Una de las peores tragedias que se recuerdan tuvo lugar en 1890, cuando el buque inglés Serpent naufragó en Camariñas y murieron sus 500 tripulantes. Están enterrados en el llamado cementerio de los ingleses, un pintoresco camposanto en medio de un espectacular paisaje de playas y acantilados. Veinte años antes había hecho aguas el Captain, frente al cabo de Finisterre, dejando la costa sembrada con 400 cadáveres.

El horror de los naufragios no siempre tenía forma de cuerpos ahogados. En 1905, el Palermo, cargado de acordeones, se hundió frente a Muxía. Cuentan que esa noche del mar brotó una espectral música que aterrorizó a los vecinos.

En 1927 el Nil encalló cerca de Camelle repleto de máquinas de coser, telas, alfombras y piezas de coche. Nada más embarrancar, la naviera contrató de urgencia un servicio de seguridad privada para proteger la carga. De poco sirvió: en pocos días los vecinos rapiñaron toda la mercancía. Por cierto, el Nil portaba también cajas de leche condensada. La historia afirma que los vecinos no habían visto leche condensada en su vida y la confundieron con pintura. Dieron una buena mano a sus casas y la invasión de moscas adoptó forma de maldición bíblica.

Más allá del recuerdo de los lugareños está el escalofriante naufragio, en 1596, bajo una tormenta perfecta, de 25 barcos de la Armada Española. Más de 1700 personas murieron ahogadas. Las crónicas de la época dibujan un cuadro de terror, con los fogonazos de los relámpagos iluminando una escena de cadáveres, restos de barcos y supervivientes gritando antes de hundirse en las olas.

La lista es demasiado larga. Tanto que en la Costa da Morte se mide el tiempo en naufragios: el año del Casón (que obligó en 1987 a evacuar Muxía ante la sospecha de que transportaba productos químicos peligrosos), el año antes del Prestige, después del Serpent. Y así van cayendo los buques del calendario.

* * *

Ramón Vilela Ferrío, más conocido como «Moncho do Pesco», es un veterano percebeiro de Muxía. «Cuando era niño íbamos en traje de baño y jersey a los acantilado de la Costa da Morte. Si te llevaba la ola, te despedías. Hoy con los neoprenos es más seguro, aunque siguen muriendo percebeiros todos los años». En la cofradía de Moncho salían al percebe 30 personas en los años 70. Hoy quedan 14 vivos. «La vida aquí siempre fue muy difícil, hombre. A nosotros nos faltaba el pan. Teníamos todo el marisco para comer, pero no había pan. Eso es raro, ¿eh? Y también muy duro». Moncho, ya jubilado, ha sido testigo de decenas de naufragios. «Aquí es de siempre», dice. «Desde barcos romanos hasta el Prestige. Se hunde de todo aquí», ríe. «Mi abuela me contaba historias de cómo cortaban los dedos y las manos de los marineros ahogados para quedarse con los anillos y los relojes», explica.

Los marineros del Revendal, del Irish Hood y del Wolf of Strong —los tres ingleses y los tres naufragados en la Costa da Morte en el siglo XIX— aparecieron con miembros amputados en las playas donde se recuperaron los cadáveres. Estas historias incluyen a losraqueiros, piratas de tierra que se dedicaban a desorientar a los buques y asaltarlos. Encendían hogueras o colgaban antorchas de los cuernos de los bueyes, situándose en puntos estratégicos de los acantilados de la Costa da Morte. Cuando los barcos encallaban, los abordaban sin pudor. La mayoría de víctimas eran ingleses, de modo que estas historias horribles llegaron pronto a la isla de su graciosa majestad. Allí, la escritora Annette Meaking, amiga de la reina Victoria Eugenia, horrorizada por los hechos que le contaban, bautizó a principios del siglo XX aquel recóndito rincón comoCoast of Death, esto es, Costa da Morte. Los relatos llegaron pronto a los principales periódicos británicos, y de ahí saltaron a la prensa madrileña, que adoptó el nombre. El gobierno de Londres pidió a España que tomara medidas «contra estas mafias de piratas».

«No había una mafia. No era una organización de piratas que se dedicaba sistemáticamente al asalto de buques. Eso no tiene rigor histórico». El investigador Rafael Lema pone cordura en un asunto que es carne de cañón para las leyendas e historias orales que en ocasiones son casi imposibles de verificar. En su opinión, se trataba de hechos aislados, asaltos puntuales. La magia que rodea algunas de estas historias de naufragios es discutible, pero sirve para ilustrar un mundo, una sociedad y una economía que creció durante siglos a la sombra de una mercancía fácil y gratis.

La tierra: a raia seca, cuna del estraperlo

Mientras en la Costa da Morte —presuntamente— desvalijaban buques, en el interior de Galicia no perdían el tiempo. En este caso la realidad se impone sin fisuras, sin leyendas: ena raia seca(la raya seca), como se conoce la frontera ourensana entre Galicia y Portugal, se colaba todo tipo de mercancía: medicinas, dinero, comida, electrodomésticos, metales, armas y hasta inmigrantes.

La frontera hispano-lusa adquiere en Ourense perfiles difusos. Esto se debe al estrecho vínculo cultural y lingüístico entre ambas partes y a la propia indefinición topográfica de la línea fronteriza. Hasta entrado el siglo XIX, hubo aldeas remotas entre Verín y Chaves cuyos vecinos ignoraban a qué país pertenecían. Tampoco les interesaba demasiado. El caso más extremo de esta situación apátrida se dio en una zona llamada el Couto Mixto.

Santiago, Meaus y Rubiás eran las tres aldeas que formaban el Couto Mixto, un triángulo de unos 27 kilómetros cuadrados perdido entre montes y pegado a la frontera portuguesa. Esta área semiabandonada fue declarada «coto dehomiciados» en la Edad Media. Este era el estatus que recibíanalgunas zonas fronterizas o arrasadas por la peste o la guerra para ser repobladas a la fuerza con presos liberados. Unas 1000 personas se instalaron en el Couto Mixto en el siglo XI, y con el paso de los años se conformó como un territorio autónomo. Ni el Condado de Portugal ni el Reino de Galicia querían para sí aquel pedazo de tierra, de modo que sus habitantes construyeron una suerte de limbo territorial.

Cuando Galicia se unió al Reino de León y después al de Castilla, la peculiar indefinición del Couto Mixto se afianzó. A partir del siglo XIII, ante la pasividad de las dos Coronas, los habitantes de esta comarca empezaron a funcionar como súbditos independientes: elegían a sus mandatarios, no pagaban impuestos a ninguno de los dos reinos ni sus vecinos eran llamados a filas. Sin ningún documento oficial de por medio, todas las partes aceptaron la independencia de facto del pequeño territorio. El Couto Mixto se convirtió en zona de libre comercio entre España y Portugal. Ni la Guardia Civil ni la Guarda de Finanzas portuguesa supervisaban la mercancía que discurría por el llamado «Camino privilegiado». Aquello era una autopista de contrabandistas, un sueño hecho realidad.

El Couto permaneció en el limbo geopolítico hasta que en 1864 España y Portugal firmaron el Tratado de límites, incluido en el Tratado de Lisboa1. El Couto Mixto se dividió entre ambos países. Fue el final de la Andorra gallega, un territorio independiente que duró ocho siglos y que fue reflejado en el cine, de manera algo onírica, en la película de Rodolfo González Veloso «Rayanos: los últimos gallegos indómitos».

La división del Couto Mixto trazó —oficialmente— la línea fronteriza que todavía hoy separa Ourense de Portugal. Algunas familias quedaron divididas, otras simplemente hacían caso omiso de las fronteras firmadas y se orientaban por las lindes que siempre habían fijado los vecinos. En varias comarcas de la frontera, como la de Geres-Xurés, se hacían reuniones vecinales una vez al año para redefinir la frontera entre Galicia y Portugal conforme a los terrenos de cultivo o las nuevas casas en las aldeas. Así, mientras la oficialidad estipulaba una frontera, los vecinos se regían por otros límites decididos por ellos mismos. Tras la Guerra Civil, el régimen franquista blindó el borde, terminó con la permeabilidad y prohibió el intercambio y comercio de mercancías. Los pastores eran los únicos que tenían permiso para cruzar libremente. Algunos, una vez atravesadaa raia,no volvían.

La sólida frontera dibujó con nitidez dos zonas cruelmente desniveladas por la posguerra española: mientras Portugal mantenía un aceptable nivel de vida, la Galicia rural sufría una pobreza extrema. No solo faltaban medicinas o gasolina, había carencia de alimentos, luz y recambios eléctricos. Productos como el café u objetos como un encendedor eran lujos al alcance de pocos. Desde las casas gallegas con lámparas de aceite se distinguían con envidia las bombillas portuguesas iluminando las diferencias. El contrabando llegó casi por inercia, como una consecuencia directa de esta desigualdad a uno y otro lado de la frontera.

Circulaban alimentos («contrabando de la barriga»), medicinas, metales, piezas mecánicas o armas. Por cada fardo de alimentos que lograban colar cobraban unas 49 pesetas. Si lo transportado era chatarra o materiales de obra, el pago ascendía a 300 pesetas, el equivalente al sueldo de un obrero gallego de la época.

La facilidad con la que la mercancía fluía de un lado a otro dea raia secase explica, entre otras cosas, por la complicidad de la Guardia Civil. En las tabernas de las aldeas fronterizas coincidían contrabandistas y guardias civiles tomando chatos de vino y jugando al dominó. Luego, unos pasaban mercancía y otros los perseguían. Este matrimonio de conveniencia se repetirá calcado en los tiempos del contrabando de tabaco y, a veces, con el narcotráfico.

La actividad solo se detenía cuando llegaban los inspectores de Madrid. Era entonces cuando los trenes que atravesaban la frontera discurrían a su velocidad normal y no a los 15 kilómetros por hora a los que se solía descargar la mercancía.Cuando estaban los guardias de Madrid, los vecinos no sacaban pañuelos blancos por las ventanas para avisar de que el camino estaba despejado. La mercancía dejaba de fluir por unos días, pero cuando regresaban a la capital, los gallegos volvían a contar con penicilina (que Portugal traía desde Brasil), café, jabón, bacalao o aceite. Hasta pañoletas provenientes de Inglaterra pasaban por la frontera con destino a las cabelleras de las señoras de Ourense y Vigo. El contrabando, sobra decirlo, no es que no estuviera mal visto: es que era una actividad respetada y prestigiosa. En la Galicia subdesarrollada de posguerra, el contrabando era también una medida de supervivencia.

Durante la Segunda Guerra Mundial se consolidó una ruta internacional del wolframio, material que los alemanes codiciaban para armamento e iluminación bélica. Losarraianos(habitantes dea raia) se especializaron en sacar de las minas gallegas el preciado metal y venderlo a peso de oro a «los rubios», como llamaban a los emisarios del ejército nazi que aparecían por las aldeas de Ourense. Antes de la guerra, los gallegos extraían el wolframio a 13 pesetas el kilo, pero el apetito del Tercer Reich lo elevó a las 300 pesetas. Decenas de familias ourensanas se hicieron ricas en aquellos años. Un negocio redondo que el escritor y director gallego Hector Carré plasmó en la novelaFebre, donde se presenta la frontera gallega como una suerte de El Dorado en el que compiten los buscadores de wolframio. Por cierto, los soldados «arios» se paseaban no lejos de los maquis de la guerra civil escondidos en los montes gallegos, a quienes, adivinen, los vecinos vendían comida de contrabando traída de Portugal. Actualmente la memoria de aquella singular época pelea por ser rescatada. La Xunta de Galicia y el Instituto de Turismo de Oporto trabajan en un proyecto para recuperar las rutas del contrabando de wolframio con museos y excursiones. Una buena idea en un lugar, Galicia, en el que la desmemoria es deporte nacional.

1Este acuerdo fijó las fronteras actuales entre ambos países desde la desembocadura del Miño hasta la desembocadura del Caya en el Guadiana.

La ría: a raia mollada, el embrión de todo lo demás

Mientras los ourensanos usaban el monte y sus caminos para colar todo tipo de mercancías, en Pontevedra tenían el mar:a raia mollada(la raya mojada), el amplio estuario repleto de islotes y senderos que forma la frontera costera entre Galicia y Portugal en la desembocadura del río Miño.

Cientos de vecinos y familias se dedicaron al contrabando durante la posguerra usando lanchas, haciendo descargas y tejiendo una red de transporte terrestre para su posterior distribución. ¿Les suena? El contrabando ena raia molladafue el embrión del narcotráfico en Galicia. Fueron estos primigenios contrabandistas los que instalaron toda una infraestructura y una cultura de estraperlo que acabó convirtiéndose en un escaparate de concurso cuando los carteles latinoamericanos buscaron una puerta para introducir droga en Europa. «Ahí, en ese rincón de España, tienen montado todo un tinglado que funciona de maravilla. Llevan años haciéndolo», debió de decir algún narco. Y allá fueron. Hasta hoy, los gallegos siguen siendo los favoritos de las organizaciones sudamericanas.

Antes la cosa no era tan peliculera. Ni violenta. Ni siquiera era inmoral. El contrabando en la comarca del Baixo Miño, como el del interior, nació como eco de la miseria de posguerra. Cuando una sociedad tiene cartillas de racionamiento y a pocos kilómetros, al otro lado de la frontera, cuentan con todo tipo de alimentos y medicinas, el contrabando se reduce a necesidad. Así lo define Praxíteles González en su libroYo también fui contrabandista en el estuario del Miño, un testimonio en primera persona que retrata la Galicia fronteriza de los años 40. «Nuestro pueblo hambriento —narra Praxíteles— miraba hacia la otra orilla del río con envidia. Allí, al alcance de la mano, estaba Portugal con sus casitas blancas, automóviles y luz eléctrica. Mientras nosotros nos alumbrábamos con un candil alimentado con saín y donde muy pocos tenían bicicleta». Lo que Praxíteles describe es el contraste entre un pueblo que pasaba hambre y otro que disfrutaba de las bondades de las colonias africanas. El contrabando, ya lo hemos dicho pero merece la pena repetirlo, nació por inercia y contaba con la bendición de toda la comunidad.

Las mujeres fueron las primeras contrabandistas organizadas. Laspisqueiraspastoreaban sus vacas de islote en islote —algunos de los cuales ni siquiera se sabía a qué país pertenecían— y pasaban la mercancía (azúcar, arroz, aceite y jabón) con facilidad. Con el tiempo laspisqueirasempezaron a pasar también kilos de café, cerillas y telas. Nacieron entonces las primeras y rudimentarias organizaciones, que no eran otra cosa que vecinos que a golpe de martillo y yunque, o llamando a una vaca con un nombre inventado, avisaban de que se acercaba la autoridad.

El contrabando permitió a muchos emigrantes abandonar sus trabajos como temporeros en Castilla y Cataluña y regresar a casa, donde sustituyeron a las mujeres al frente de las organizaciones. A medida que el negocio y los encargos crecían, la logística se fue haciendo más compleja y fue necesario recurrir a barcas y caballos para trasladar la mercancía. La penicilina se convirtió en la carga más codiciada y rentable, porque en aquellos años la tuberculosis no tenía piedad en las aldeas gallegas.

Desde el primer momento la connivencia con la Guardia Civil fue viento en popa. Los agentes pasaban tanta o más hambre que los vecinos, y casi siempre eran ellos los que proponían los pactos. Cuando no había acuerdo, se detenía a algunos contrabandistas y se les imponía una multa cuyo importe se fijaba en el doble del valor de la mercancía decomisada. Es decir, si la mercancía era inservible, no había multa. Cuando los contrabandistas veían venir a los guardias civiles, tiraban los fardos y destruían el contenido (algún contrabandista de gallinas cometió un genocidio avícola en pocos minutos). Toda una premonición de la clásica estampa de narcotraficantes tirando fardos por la borda de la planeadora.

En los años 50 el contrabando sube de escalón y se empieza a traficar con mercancía que no es de primera necesidad. Del «contrabando de barriga» pasamos a la «zucata». La economía española tomó un respiro y la portuguesa empezó a deprimirse, por lo que el contrabando pasó a ser de ida y vuelta. De Galicia a Portugal, y a la inversa, empezaron a desfilar recambios de automóvil, cobre, chatarra, estaño, alambre, goma, bacalao, pulpo, uvas pasas y tabaco. Los porteadores eran conocidos comofreteirosy se les pagaban 200 pesetas por cadafrete(flete) que conseguían colar. Para evitar malentendidos o trampas, los jefes esperaban al otro lado de la frontera. Cada vez que llegaba unfreteirocon un fardo, le daban una pieza de aluminio acuñada, que más adelante canjearía por dinero. Era tal la aceptación social que tenía el contrabando en la zona que estas fichas llegaron a tener validez en varios pueblos gallegos y portugueses. Equivalían a 200 pesetas y 100 escudos, y muchos comercios las aceptaban.

En ocasiones elfretetenía forma humana. La economía portuguesa entraba en barrena a principios de los años 60 debido a la guerra en sus colonias de Angola y Mozambique, y muchos portugueses intentaban salir del país, algunos por miseria, otros para no ser llamados a filas. Los contrabandistas gallegos crearon una red de tráfico de emigrantes (llamadoscarneiros) a través del Miño. Cobraban unas 600 pesetas por persona. Una fortuna.

Los gallegos los ayudaban a cruzar el Miño y los ocultaban en casas de vecinos. Después, a bordo de furgonetas o camiones, los conducían hasta Francia. Hubo casos de estafadores que se hacían pasar por contrabandistas, agarraban el dinero, llevaban a los emigrantes hasta Asturias o el País Vasco y allí los abandonaban. A pesar de estos episodios aislados, los relatos de la época aseguran que los contrabandistas gallegos siempre trataban de mantener bien alimentados a los polizones, y que incluso contaban con médicos para atender a quienes caían enfermos.

El tráfico decarneirosfuncionó sin descanso y sin relativos sobresaltos durante los primeros años, pero cuando las autoridades reaccionaron, hubo que afinar el ingenio. Los empezaron entonces a esconder en cisternas de camiones, bajos de furgonetas o dobles fondos de maleteros.

«Lito» era el apodo de uno de estos contrabandistas encargados de pasar a emigrantes portugueses a través de la frontera del Miño. En una ocasión cruzó a una familia de cuatro personas en la que el hombre —padre y marido— llevaba una borrachera de época. «Era para combatir el miedo», rememora «Lito». El hombre iba de pie en la proa de la barca preguntándole al contrabandista si era necesario quitarse elsombrero al pisar suelo español. «Olha galego!», le gritó a «Lito»en una suerte de «portullego» antes de descender de la barca con el sombrero en la mano: «Bailemos xuntos, sobre as ondiñas do mar, para lhe cortar os collóns a Franco e a cabeza a Salazar». Después, cuenta «Lito», cayó derrumbado en el barro. No fue el pase más fácil de aquel contrabandista decarneiros.

Las redes de contrabando crecían satisfechas. Colonizaban terreno y poder. Del estuario saltaron a los pasos terrestres entre Vigo y el norte de Portugal, por donde veían desfilar camionetas cargadas de chatarra, que se convirtió en la mercancía predilecta de los contrabandistas. En los primeros años la chatarra se filtraba sin demasiado inconveniente. Con el tiempo, la vigilancia se estrechó y el ingenio se ensanchó. Los chavales de Vigo confeccionaron chalecos de chatarra que se ponían debajo de la ropa (¿se imaginan hacer eso hoy en un aeropuerto de Estados Unidos?). También usaban polainas de goma de neumático, que se colocaban debajo de los pantalones. Entre polainas y chalecos se daban escenas de jóvenes por las calles de Vigo caminando con torpeza y cara de disimulo con 10 kilos de lastre entre pecho y espalda y otros 20 en las piernas. «Semejante a un robot pero a cámara lenta», cuenta Praxíteles en su libro. De aquella época son los autobuses que se quedaban parados en las subidas cerca de la frontera. El conductor miraba extrañado sin sospechar que muchos de sus pasajeros gozaban de 40 kilos extra.

En aquella época que te destinaran al Baixo Miño siendo agente de la benemérita oguardinhaportugués era mejor que la lotería. Se cuenta la historia de un joven agente luso que fue destinado a la frontera con Galicia. Su padre, y su antecesor en aquel cuartel, era famoso por su rectitud y nunca quiso participar en los amaños con contrabandistas. Para ambas partes era un incordio en toda regla. Cuando su hijo llegó al puesto —precedido de la fama de su padre—, temió que los contrabandistas y compañeros pensasen que era como su progenitor. Temió, vaya, quedarse sin su trozo de pastel. El primer día de trabajo el chaval encaró el asunto con decisión: se recorrió los pueblos fronterizos y, casa por casa, les anunció a los estraperlistas: «Olha lá, que eu nao son como meu pai! Eu gosto de coroas como qualquer um, eu gosto de perceber como os demais! A minha parte das coroas como qualquer outro!»2.

2«Oiga, que yo no soy como mi padre. A mí me gusta el dinero como a cualquiera, me gusta cobrar como a los demás. Mi parte del dinero, como todos».

O FUME1

«Mariano, vete a Madrid, aprende gallego, cásate y ten hijos».

1En Galicia se conoce al contrabando de tabaco como el negocio delfume(humo, en castellano). Los contrabandistas eran conocidos como «señoresdo fume».

El celta del Malboro

Cuentan en Vigo que, a principios de los años 60, cuando el Celta disputaba un partido importante en Balaídos, su presidente, Celso Lorenzo Villa —contrabandista y ex piloto republicano—, agarraba su avioneta y sobrevolaba el estadio durante el juego. A veces, sostiene la leyenda, descendía tanto que las hélices del patrón despeinaban a los jugadores.

Fue en esta década, los 60, cuando los contrabandistas percibieron con claridad que el verdadero negocio estaba en el tabaco procedente de Portugal. Comparado con el de cigarrillos, el estraperlo del resto de mercancías (a excepción de la gasolina) carecía de rentabilidad. Se produjo un cambio en la estructura delictiva: los pequeños y medianos estraperlistas se hicieron a un lado para dejar que los mayoristas monopolizaran el mercado de las cajetillas. Del minifundio al latifundio. Del contrabandista autónomo a las organizaciones jerarquizadas encabezadas por un capo.

Celso Lorenzo Villa fue uno de los primeros grandes capos gallegos del contrabando de tabaco. Era un hombre respetado en el Baixo Miño: rico, popular y con contactos. Era, como ya hemos señalado, presidente del Real Club Celta de Vigo. Tomó las riendas del equipo en 1959, recién descendido a Segunda División, con el objetivo de reflotarlo y regresar a la élite. Él no solía acudir al palco de Balaídos, pero sí su junta directiva, formada entre otros por Vicente Otero «Terito», Pepe Vallina, Antonio Bar Boo, Manuel Tomé o Venancio González «Capitán Veneno». Este último había sido jugador en los años 40, cuando se ganó cierto renombre por los letales ataques que infligía, tanto a rivales como a compañeros, por la banda derecha. Cuentan que en un partido en Vigo le quitó el paraguas a un espectador que lo increpaba y lo usó para un posterior intercambio de pareceres a pie de campo. Después de 20 años, «Capitán Veneno» formaba parte de aquella directiva del llamado «Celta del Marlboro».

El equipo de Celso Lorenzo Villa hacía sus desplazamientos en un moderno autobús Dodge regalo del Centro Gallego de La Habana que lucía el nombre y el escudo del club pintados. En el autobús, además de los jugadores y técnicos, viajaban siempre unas cuantas cajas de Marlboro que se vendían entre el público mientras se jugaba el partido.

Celso Lorenzo estaba casado, atención, con la hija de un sargento de la Guardia Civil. En familia acudían los domingos a misa en un Jaguar de colorbeige.

Los capos de la década de los 60 tenían a su cargo a centenares de trabajadores; entre todas las organizaciones daban empleo a miles de vecinos de la zona del Baixo Miño y Vigo (y posteriormente a los de las Rías Baixas y la Costa da Morte). Vestían con trajes comprados en Madrid y Barcelona, iban al volante de coches de alta gama, eran los protagonistas de grandes banquetes, filántropos de parroquias y fiestas populares, estaban siempre rodeados de mujeres bellas… Y, lo más importante: los jefes del tabaco flotaban en la misma charca que políticos, alcaldes, banqueros y empresarios.

Había un clima de tolerancia por parte de autoridades y políticos hacia el contrabando. Lejos de ser considerados delincuentes, los contrabandistas gozaban del respaldo social y vecinal sin fisuras. Era una profesión por la que suspiraban muchos gallegos, y quien accedía a ella, sacaba pecho. Recuerdan en Tui, localidad situada entre Vigo y la frontera con Portugal, la historia de la mujer de un contrabandista que fue a registrar al hijo que acababa de nacer. En la ventanilla, el funcionario le hizo las preguntas de rigor. En la correspondiente a «profesión del padre del niño», la señora no titubeó: «contrabandista».

Casi de forma imperceptible, esa mezcla tóxica de admiración popular y complicidad política, ayudará a sentar las bases de lo que, décadas después, degeneró en un sistema criminal casi mafioso.

Se oyeron entonces desde la prensa —pero no se escucharon— las primeras voces que alertaban del peligro de esta industria ilegal. Tarde y con pereza, la Guardia Civil hizo algún movimiento de cara la galería, como una redada cerca de A Coruña en la que pillaron en plena faena a una organización descargando tabaco. Todos los contrabandistas lograron huir (alguno ni llegó a correr) y la Guardia Civil posó para la prensa con el tabaco apresado. Todos contentos, y eso ya no había quien lo parase.

«Los contrabandistas son la gente más honrada que hay»

A Manuel Díaz González le llamaban «Ligero» por lo rápido que cruzaba la frontera con Portugal desde A Guarda, localidad de la que llegó a ser alcalde. O eso decía Fraga. Cuenta la periodista Elisa Lois en una crónica deEl Paísque un día don Manuel, a modo de reprimenda, le dijo al presidente de la Xunta de Galicia, Alberto Núñez Feijóo: «¿Usted sabe por qué llamaban «Ligero» al alcalde de A Guarda? ¡Porque corría muy rápido delante de la Guardia Civil cuando hacía contrabando con Portugal!». La bronca de Fraga venía a cuento de unas fotos que salieron publicadas en la prensa y en las que Feijóo disfrutaba de un soleado día en el yate de Marcial Dorado, histórico narcotraficante arousano detenido en 2003. De esta relación —y de estas fotos— hablaremos pronto.

Manuel Díaz fue uno de esos mayoristas que mutaron en respetados y admirados capos del tabaco en los años 60 y 70. Su historia es el prototipo del perfil de capo gallego: sin estudios, curtido en el estraperlo y venerado por sus vecinos, financiaba las fiestas de A Guarda, daba trabajo alasfamilias y hasta presidía el club de fútbol de la localidad, el Club Sporting Guardés. Un padrino a la gallega que colmaría sus aspiraciones al ser elegido en 1987 alcalde de A Guarda por las filas de Alianza Popular.

Cuatro años antes de ser nombrado alcalde, «Ligero» había cumplido condena en la cárcel de Carabanchel. Fue uno de los condenados del llamado macrosumario 11/84, una redada a gran escala contra el contrabando que acabó diluida por la desidia institucional. En aquel golpe —del que hablaremos enseguida—, «Ligero» fue encarcelado brevemente junto a muchos otros contrabandistas gallegos. Lo metieron en un Opel de la Guardia Civil para trasladarlo a Madrid y, antes de salir de Galicia, abrió la puerta y se tiró en marcha. Consiguió escapar corriendo, aunque luego lo volverían a trincar. En Carabanchel aumentó su leyenda, ya que se dedicaba a invitar a comer al resto de presos, les compraba mantas y café y les pagaba lo que le pidieran.

Siempre sostuvo que abandonó el contrabando cuando fue nombrado alcalde de A Guarda por AP. Aquel año, 1987, el ya edil concedió una entrevista al periódicoFaro de Vigo. El texto no tiene desperdicio. Entre otras cosas, Manuel Díaz explica que su apodo no tiene que ver con lo que afirmaba Fraga. «Me viene de niño. Y lo llevo más orgulloso que mi propio nombre». A medida que la entrevista avanza, «Ligero» esculpe una encendida defensa de los contrabandistas y se incluye entre ellos, si acaso involuntariamente: «(…) Piensa que la palabra de un contrabandista es oro de ley. Es como el feriante que va a vender una vaca y se da la mano con el comprador. Y no hacen falta papeles. ¡Eso es Manuel Díaz!». El culmen del texto, lo que quedó para la historia, fue el titular: «Los contrabandistas son la gente más honrada que existe». Así lo dijo. Y así salió publicado. Dos años después Manuel Díaz alias «Ligero» murió, y entre las miles de personas que acudieron al entierro —muchas de ellas, primeras figuras de la política y el empresariado gallego— estaba don Manuel Fraga, que meses después se convertiría en presidente de la Xunta de Galicia. No hay duda de que el gobierno gallego estaba de acuerdo con el titular de la entrevista.

Winston de Batea

En verano de 1982 hubo un tiroteo en el Parador de Cambados. Se escucharon algunos tiros, después carreras, coches arrancando y silencio. La Policía llegó un rato después, investigó el suceso y no concluyó —públicamente— nada. «Cosasde contrabandistas», resumen en la zona. Después se supo que aquel día los jefes del contrabando de tabaco estaban reunidos. Una versión muy extendida entre los veteranos periodistas gallegos sostiene que estaban discutiendo qué rumbo debía llevar el negocio. En un momento de esos en los que la conversación queda inmovilizada por la tensión, Vicente Otero «Terito» sacó una pistola y encañonó a Laureano Oubiña. Lo siguiente fue una baleada, sin víctimas. Otros aseguran que «Terito» llegó a disparar justo cuando otro capo golpeó su pistola, desvió el tiro y perforó el pie de un tercero. Según esta segunda lectura, los jefes no discutían el rumbo del negocio, sino cuánto dinero se iba a donar a Alianza Popular (AP) para las campañas electorales. La única verdad es que en verano de 1982 hubo un tiroteo en el Parador de Cambados.

El hombre que supuestamente encañonó a Oubiña fue Vicente Otero, conocido como «Terito» o don Vicente. El mismo que, años atrás, había formado parte de la directiva del ya mencionado Celta del Marlboro de Celso Lorenzo. «Terito» es la cabeza visible de esa nueva hornada de contrabandistas que desplazó el negocio desde el Baixo Miño a las Rías Baixas. Era un hombre nacido del estraperlo que presumía de haberse hecho a sí mismo. De pretensión elegante, siempre vestido impecable aunque sin gusto, con el pelo teñido para esconder sus canas. Forjó sus redes con el contrabando de los años 60 y emergió como respetable empresario gracias a su compañía Transportes Otero, un rótulo que podía verse habitualmente en las carreteras del Cantábrico cuando su flota de camiones cruzaba el norte de España, a veces, claro, cargada con cajas de rubio americano.

El tabaco hizo millonario a «Terito». Compró numerosas empresas para invertir y también para blanquear. Suyo era el famoso balneario de Mondariz, y también era suyo —sinteticemos— Cambados, su localidad natal. Fue el primer cacique de la ría. De trato cercano, financiaba cualquier iniciativa del ayuntamiento o de la comarca, daba trabajo a los vecinos, organizaba las fiestas y romerías y, sobre todo, garantizaba votos a AP, partido gobernante en toda la región de Arousa.

Don Vicente fue militante popular toda su vida y amigo personal de Manuel Fraga. Se profesaban cultivada amistad mutua, nunca negada por ninguna de las dos partes. A Fraga no le faltaba de nada en sus visitas a Arousa: copiosas comidas y mariscadas, muchas de ellas en el parador de Cambados (donde el tiroteo), otras, en alguno de los restaurantes que poseía «Terito» o en el Casino A Toxa, segunda residencia del contrabandista. El dirigente de AP era recibido con fanfarria y honores, y a don Vicente se le correspondió desde el partido con la insignia de oro y brillantes. «Terito» garantizaba los votos en una comarca donde los populares se llevaban —y se han seguido llevando en algunos municipios— el 70% de las papeletas2.

No es ningún secreto en Galicia —y mucho menos entre los periodistas de las Rías Baixas— que, además de votos, «Terito» se ganó la medalla de oro por su supuesta financiación millonaria de las campañas del partido, generosos donativos que forjaban el estrecho vínculo de AP con el contrabando. «No tengo pruebas de esa financiación, pero nunca recibí ninguna querella por escribirlo», resume Perfecto Conde, autor del libroLa conexión Gallega.

El brazo derecho de Vicente Otero era José Manuel «Nené» Barral, nacido en Ribadumia, a pocos kilómetros de Cambados tierra adentro, pero adonde se puede llegar navegando el río Umia. Pasó su infancia y adolescencia como emigrante por distintos países europeos, como Suiza y Alemania, dedicado sobre todo al sector de la automoción. A su regreso (con el dinero bajo el brazo) armó distintos negocios, algunos de ellos nunca vistos entonces por aquellos lares, como una plantación de kiwis. Enseguida se dio cuenta de dónde estaba de verdad la plata, y empezó a trabajar como contrabandista. «Cuando “Nené” trabaja no se mueve ni el viento. Lo hace en tres barcos tipo patrullera, en los que carga sus mil ochocientas cajas y sube con ellas río arriba, hasta casi delante de su casa, con todos los caminos que van a dar al Umia cerrados, como cuando Franco venía a pescar salmones», recoge nuevamente Perfecto Conde en su trabajo. Barral era un tipo ambicioso, y fue de los pioneros en poner en contacto a los clanes gallegos con la mafia internacional del contrabando. Lo hizo desde su mansión a pie de playa en Vilanova de Arousa.

«Nené», como su mentor, también era militante popular, aunque en su caso dio un paso más allá del apoyo externo: en 1983 fue elegido alcalde de Ribadumia por AP, y lo hizo con aplastante mayoría. Anunció entonces que se desvinculaba del contrabando y recibió la bendición del partido. No de todos: había un joven prometedor presidiendo la Diputación de Pontevedra a quien no le gustaba nada que «Nené», «Terito» y los demás estuvieran tan cerca (algunos dentro) del partido. Aquel díscolo se llamaba Mariano Rajoy y se enfrentó a Fraga por estos estrechos lazos que el patrón tenía con los contrabandistas. A don Manuel no le gustó el revuelo de Rajoy y le regaló un consejo que ya forma parte de la historia popular de Galicia: «Mariano, vete a Madrid, aprende gallego, cásate y ten hijos». Lo del idioma lo fue dejando. El enfado de Rajoy, sin duda, era un cabreo adelantado a su tiempo.

El «lo dejo» de «Nené» se descubrió falso. Durante toda su carrera política como alcalde de Ribadumia siguió en el negocio. Y no fue una carrera corta: Barral fue edil de AP y después del PP durante 18 años, con mayorías absolutas incontestables una tras otra hasta el año 2001, momento en el que el juez José Antonio Vázquez Taín lo trincó junto a su hermano dirigiendo el desembarco en Vigo de 400.000 cajetillas de tabaco Magnum valoradas en 1,2 millones de euros. «He sido honrado y honesto en la vida pública, mi error es privado. Pido perdón. Me voy para que no se vincule el nombre de Ribadumia con actividades delictivas», declaró el día que abandonó3.

2Enlas elecciones de 2011, el PP ganó en todos losconcellos:Vilagarcía: 48%; Vilanova: 67%; Cambados: 61%; Illa de Arousa: 46%. En 2015 el apoyo descendió bruscamente: Vilagarcía: 29,3%; Vilanova: 54%; Cambados: 45%, Illa de Arousa 38%.

3 El juiciopor aquella incautación y otra vista posterior por presunta evasión fiscal en las Islas Vírgenes siguen a la espera.

Peseta connection

El primer salto cualitativo del contrabando gallego se produjo a comienzos de los años 80, cuando la nueva hornada encabezada por «Terito» y «Nené» decidió romper con los proveedores portugueses. El contrabando se alejó definitivamente de la frontera y se instaló en los recovecos de las Rías Baixas.

A partir de ahora comprarían el tabaco directamente al fabricante, es decir, a los propios ejecutivos de las multinacionales norteamericanas. Patrick Laurent, director comercial en Europa de R. J. Reynolds Tobacco Company, era el cerebro de toda la trama: destinaba el excedente o partidas defectuosas al contrabando a escala internacional. Lo mismo sucedía desde la otra multinacional, Phillips Morris Products Incorporated. La mercancía salía de Basilea, en Suiza, y de Amberes, en Bélgica, y se distribuía por carretera y por mar, en buques nodriza que partían de Grecia e Italia e iban haciendo escalas por la costa europea, incluida Galicia. De este modo las multinacionales del tabaco perfilaron tres poderosos socios a principios de los 80: los grupos griegos, la camorra italiana y los clanes gallegos. Las decisiones de todo este entramado se tomaban anualmente en el Gran Premio de Fórmula 1 de Montecarlo, donde alguna vez asomó la cabeza alguno de los capos gallegos. En los acuerdos se prorrateaban las posibles pérdidas. Sobraba el dinero.

Gracias a su experiencia tras décadas de estraperlo, los clanes gallegos se hicieron en pocos meses con la confianza de las redes tabaqueras, y Galicia se convirtió en el puerto de descarga más importante del contrabando europeo. Centenares de buques desfilaban por la costa gallega, cargados cada uno con el tabaco equivalente a varias decenas de viajes por carretera. La estimación que los jueces hicieron a principios de los años 80 señalaba que un tercio del tabaco ilegal de Europa se movía a través de Galicia. Según datos de la propia Administración, Hacienda dejó de recaudar 10.000 millones de pesetas al año a principios de los 80 por culpa del contrabando, esto es, 60 millones de euros, en el contexto de hace 35 años. Un estudio del gremio de estanqueros gallegos concluyó que, entre 1980 y 1982, los 1500 estancos que había en Galicia dejaron de vender unos 850 millones de pesetas (5 millones de euros) de tabaco legal al año.

Los clanes del tabaco sacaban su dinero de Arousa en busca de refugios seguros, preferiblemente, Suiza. El encargado de trasladar el dinero en coche era un vascofrancés llamado Joseph Arrieta, que metía los fajos de billetes en el maletero y conducía sin descanso hasta Suiza. Arrieta empezó trabajando solo, pero acabó alquilando una flota de coches y contratando a su hermano y otros amigos. Se movía tanto dinero que no daba tiempo a contarlo, y los contrabandistas hablaban de cantidades de dinero usando el peso de los fajos: «Te envío tres kilos; me debes 300 gramos…».

Arrieta, a través de los capos gallegos, tenía sobornados a varios agentes de aduanas españoles y franceses, y pasaba el dinero sin dificultades. Cuando llegaba a Ginebra, dejaba el coche aparcado cerca del aeropuerto, frente a varias sucursales bancarias, y se iba. Un empleado del banco salía, recogía las bolsas y dejaba otras en el coche. Era oro que viajaba de vuelta a Galicia. Los contrabandistas lo guardaban o lo invertían en joyas para el mercado negro. A esta trama de lavado de dinero la prensa la bautizaría años después como Peseta Connection.

Arrieta asegura que se desvinculó de la trama cuando comprobó que las cantidades de dinero que le entregaban en Arousa eran demasiado elevadas para proceder solo del tabaco. Por ejemplo, en un solo año de finales de los 80, la banda de Marcial Dorado le llegó a entregar 22.000 millones de pesetas (133 millones de euros que, al parecer, provenían de todos losclanes gallegos). Aquellas cantidades apestaban a narcotráficoy, según Arrieta, fue entonces cuando decidió acudir a las autoridades. Poniendo en cuarentena su repentino impulso ético, lo cierto es que se puso en contacto con Germain Sengelin, un juez francés que ya por entonces estaba investigando el flujo de dinero que unía Arousa con Ginebra, gracias a la confesión de un contrabandista suizo llamado Edmond Eichenberg, casado con una coruñesa. El señor Eichenberg tiró de la manta metido en una furgoneta aparcada justo sobre la frontera franco-suiza. El contrabandista en el asiento de atrás, en Suiza, y el juez en el de delante, en Francia.

El magistrado Sengelin le preguntó a Arrieta por qué no acudía a las autoridades españolas, y este le respondió que de los Pirineos para abajo no se fiaba de nadie. De hecho, el propio Sengelin puso en conocimiento de las autoridades españolas todo lo que había descubierto de la Peseta Connection. Y adivinen qué ocurrió: nada. El entramado siguió hasta la época del narcotráfico sin que nadie moviera un dedo, bien por desidia, bien porque la legislación española estaba entonces en pañales en materia de blanqueo y lavado de dinero.

En realidad la Peseta Connection era un nudo en una maraña mucho más compleja. Ginebra era el epicentro, la lavandería nuclear de todos los criminales de Europa. Los contrabandistas de Arousa blanqueaban su dinero a través de los mismos canales que usaban ETA, la Camorra, la Mafia siciliana o los traficantes de armas del norte de África. Tal enredo de cables puso en contacto a los contrabandistas gallegos con ámbitos del narcotráfico. Las conexiones comenzaban a iluminar el camino.

«Contrabandista, como mi papá»

El modus operandi de los clanes gallegos era casi el mismo que después emplearían con el narcotráfico: los buques nodriza —a los que llamaban «mammas»— esperaban enaguas internacionales, y hasta allí se desplazaban las motoras y planeadoras para descargar y transportar las cajas a tierra. Los clanes poseían lo último en embarcaciones, con motores y avances que los agentes ni soñaban. El retorcido laberinto que forma la costa de Arousa hacía el resto. Las calas y playas eran escenario constante de multitudinarias descargas, a veces a plena luz del día. Las cajas ya en tierra se guardaban en naves industriales, iglesias y casas de vecinos, a cambio de generosos donativos o sobresueldos. Desde aquí se distribuían por todo tipo de establecimientos (a veces, incluso estancos) o pequeñas organizaciones locales. En ocasiones el tabaco se escondía bajo el mar, en el reverso de las bateas, esas plataformas que cubren la ría de Arousa y que sirven para criar mejillones. De esta práctica nació el término «Winston de Batea».

El trabajo se pagaba bien y al momento. Cada descarga, que no duraba más de dos horas, suponía una irresistible