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En estos ochos relatos se plasman otros tantos modos de vivir en los que se entrecruzan situaciones y personajes unidos por el hilo inasible de la fascinación. En algunos casos, la fascinación es, o ha sido, el único asidero de las protagonistas para no hundirse en la cotidianidad; en otros casos, viven condicionadas por fascinaciones pasadas. El incesante latido que en estos cuentos se percibe proviene de un potente corazón narrativo: la sed de los sentidos, unida a la curiosidad, se convierte en el modo de vida que Yurre Ugarte retrata a lo largo de siete relatos y la "leyenda literario-musical que, a modo de colofón, cierra el libro. La mayoría de las protagonistas son hijas de la cultura pop; las fotografías, las canciones, la música, el arte o la estética non son para ellas únicamente algo que se deguste con mayor o menor placer. Son una manera de vivir. Una forma de estar en el mundo y de entenderlo. El arte, de la mano de una febril búsqueda estética, ha forjado la sensibilidad de estas mujeres, y gracias a ella seguirán adelante, por más adversas que les resulten las circunstancias vitales. La periodista que debe confesar a su hija quién es su padre, la fotógrafa que cobra conciencia del influjo que sobre ella ejerce una amiga de la adolescencia, el artista reciclado en gestor cultural, la antigua diseñadora convertida en sintecho, la doctoranda que se dispone a presentar su tesis sobre el pop: se trata de voces que dejarán poso, y de madera duradera, en quien se aventure en su lectura.
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Seitenzahl: 149
Veröffentlichungsjahr: 2021
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FASCINABLE
Bitartean ibillico dira becatutic becatura amilduaz;
oraiñ pensamentu batean, gueroseago itz loyak gozotoro aditzean:
oraiñ escuca, edo queñada batean, guero musu edo laztanetan: oraiñ ipui ciquiñac contatzen, guero dantzan, edo dantza ondoan alberdanian.
J.B. Agirre
La versión original en euskera de este libro fue editada en 2020 con el título
Lilurabera por ALBERDANIA.
Este libro ha recibido una ayuda a la edición del Departamento de Cultura
y Política Lingüística del Gobierno Vasco.
1ª edición: abril de 2021.
© 2021,Yurre Ugarte
© De la presente edición: 2021, ALBERDANIA, SL
Istillaga, 2, bajo C - 20304 Irun
Tel.: + 34 943 63 28 14
www.alberdania.net
Portada: Igor Baiona.
Impreso en Ulzama (Huarte, Nafarroa)
ISBN digital: 978-84-9868-652-4
ISBN papel: 978-84-9868-651-7
Depósito legal: D. 400/2021
V
FASCINABLE
YURRE UGARTE
ALBERDANIA
narraciones
El tedio es precisamente el reverso de la fascinación: ambos dependen de estar fuera y no dentro de una situación, y uno conduce a la otra. Como apuntó Arbus, se alcanza la fascinación a través del tedio
Susan Sontag
Bien, bien, hay un sentimiento oh tan real en cada ser humano
En el tiempo (sobre el tiempo), um um ha ha
Hay un magnetismo cuando no sabes lo que estás haciendo
Hay un ritmo cuando no sabes lo que estás haciendo
A tiempo (sobre el tiempo)
Sly & The Family Stone
LIGEREZA
Parecen dos rayas, pero son dos ojos. Cuántas fotos habré hecho a los ojos de Ninbe. Cuando nos conocimos éramos estudiantes de Bachillerato, y pasábamos horas en las escaleras de la parte trasera del polideportivo, donde yo me empeñaba en fotografiar sus ojos en primerísimo primer plano. Utilizaba la antigua cámara de mi madre, una Pentax analógica, y rogaba como una pedigüeña: ábrelos completamente, abre los ojos del todo, como diciendo ¿no puedes ampliar más el circulo ocular, redondearlo un pelín?, deja que mi iris gris verdoso colocado en el visor de la cámara se adentre por ahí y capture el fondo de ese par de rendijas horizontales. Pero a Ninbe justo en ese preciso momento le daba por sonreír, y sus ojos, en vez de abrirse, se obturaban aun más, por lo que yo aprovechaba para atrapar la efervescencia de la línea formada por las dos rayas, que se desvanecería al segundo, ese instante en que los destellos de Ninbe sonriente, atravesando el objetivo y el visor de la cámara, me agarraban desde las pupilas hasta lo más hondo.
Con la paga semanal que me daba mi madre me llegaba tanto para el carrete como para el revelado, sin que me sobrara ni un céntimo para el botellón del fin de semana con las amigas, lo cual me dejaba sin opciones de emborracharme. A pesar de ello, no pensaba en abandonar las fotos. Apenas tenía la paga en la mano iba a comprar un carrete Agfa o Kodak. Vivía en un clic permanente, descubriendo el uso de la luz y las sombras, derrochando rollos fotográficos. Cuando me acercaba a la tienda a recoger el revelado, no me contenía, y miraba el resultado sin salir de la misma: aunque las fotos defectuosas me fastidiaran, las guardaba para poder examinar con atención los fallos en el color (luz), el encuadre y la composición (muchas veces, el error era solo el tema elegido). En caso de que alguna me encantara, me abalanzaba a comprar otro carrete al instante y lo dejaba a deber: mi madre pasará a pagarlo, Beatriz Beristain dni tal y tal. Luego resultaba que mi madre no se acercaba a la tienda a saldar las deudas, sino que me proporcionaba, una vez más, el dinero para que lo hiciera yo misma. Hasta que un día se hartó, y en vez de dinero, me alargó la cámara digital compacta de mi padre, una Olympus barata como la que tenía todo quisqui, animándome a usarla. El trastecito de marras únicamente me sirvió para tomar lo que yo denominaba apuntes-imágenes, así que, en los meses que lo utilicé, sobre todo me dediqué inevitablemente a beber con la cuadrilla.
Llegar a casa haciendo eses no es algo que se pueda disimular, y menos cuando tu madre tiene la costumbre de esperar a tu regreso cada vez que sales. A veces ella aguardaba leyendo en la sala; otras veces trabajando en su habitación-oficina, donde traducía libros al euskera –en aquella época, los Diarios completos deSylviaPlath– y olvidaba, dicho sea de paso, que me estaba esperando. Tras acercarse para olfatear mi aliento y el tufo de mi ropa, me echaba en cara que mis noches de farra, mis esporádicas gaupasas, le impidieran trabajar con tranquilidad. Sylvia Plath me entendería, Leire, agregó una madrugada en que, incapaz de desvestirme, me eché de bruces sobre la cama.
A veces, aquellas mañanas de domingo regresaba a casa con dos cruasanes y un pan recién horneado bajo el brazo, con el único deseo de que mis padres tuvieran un dulce inicio de día: las dos medias lunas eran mi ofrenda en el altar del matrimonio, mi conjuro contra la separación, la masa que mantendría unida a la pareja. Porque para entonces el deterioro matrimonial avanzaba sin pausa. No se oían gritos, pero el ambiente estaba lleno de silencios que sólo significan una cosa: mi madre sabía, mi padre sabía, yo sabía.
En 2003 se comercializaron los primeros teléfonos móviles con cámara, y ese año, el día que cumplí diecisiete años, mi madre me regaló además del libro Sobre la fotografía, de Susan Sontag, material para revelar e imprimir fotos: líquidos, cubetas, lupa para enfocar, pinzas, ampliadora, papel y rollo de negativo en blanco y negro, esto es, lo suficiente como para montar un pequeño laboratorio fotográfico casero. Era de segunda mano y pertenecía a un antiguo conocido de mi madre que había ejercido como fotógrafo y que se lo había vendido bien barato. Agradecida y a la vez asombrada, ¿qué hay del cuarto oscuro necesario para organizar todo eso? pregunté a mi madre, pues en nuestra casa de dos habitaciones, también oficina profesional de mi madre, no sobraba ni un centímetro.
El cuarto de baño, sin ventana alguna, bastaría, según ella. Cubrimos la bañera con un panel de pladur, donde ubicamos la ampliadora. El resto del material lo tenía que distribuir entre el lavabo, el inodoro y el bidé, y acordar con mi madre un horario de instalación y de uso. Mi padre ya no vivía en casa, la ruptura se había materializado unas semanas antes: el wc-laboratorio se convirtió en mi refugio.
Primer plano de un cruasán en blanco y negro: sombras muy oscuras entre los pliegues crujientes, y el resto, muy blanco, con fuerte contraste de luz que no refleja ni pizca de la delicia pastelera. Sin embargo, aquella foto forma parte de mi historia fotográfica, aquella imagen del tamaño de un folio fue la primera fotografía elaborada por mí en su totalidad en el laboratorio-regalo y, aprovechando que el cruasán que había logrado como resultado era similar a un escudo, lo coloqué a modo de blasón en la puerta de mi habitación, mi asidero simbólico en el renovado aire hogareño. Además, la lección que me dio el cruasán que en nada se parecía a los que venden en las pastelerías ha perdurado hasta ahora: la muerte del cruasán real supone la victoria de la fotografía. ¡Viva el arte y viva el artificio!
Dentro del liquido revelador, la imagen fotográfica era un fantasma que pugnaba por su visibilidad, al acecho de una nitidez siempre incierta y que, como consecuencia de mis fallos de principiante, segundos o minutos de más volverían brumosa o enteramente negra, imagen ausente, carente de rayos y letras de luz, fantasma total. Eso me aterrorizaba, me asaltaba el miedo paralizante de no ser capaz de tomar la medida a la iluminación. Entonces me escapaba a la zona trasera del polideportivo, donde se encontraba la mayor porción de realidad de la que me apropiaba con la cámara (bueno, y sin ella también). Era la Trasera, detrás de, atrás, culo, culo del mundo. Aunque hayan transcurrido casi diecisiete años desde entonces, ya con miles de fotografías profesionales a mis espaldas, las que realicé en la Trasera, que es como le llamábamos, permanecen vívidas en mi memoria.
Estamos sentadas en la amplia escalera de incendios situada en la pared Trasera del polideportivo municipal. Es viernes, y tras salir de la fábrica, el grupo de amigas nos hemos dirigido directamente aquí. La mayoría somos chicas, la mayoría muy harta del instituto de bachillerato donde el objetivo único y totalitario es producir para el examen de selectividad, no es casual que lo hayamos bautizado como «la fábrica».
En los oídos, mp4, Ipod, Berri Txarrak, Libre ©, Sorkun, Kuraia, Cranberries, Jane´s Addiction, Etsaiak, o nada. Entre los dientes de algunas, cigarrillos o porros. Las camisetas que nos gustan son o de gran tamaño para ocultar las tetas, o estrechas y de tamaño pequeño, para destacarlas. Nike, Adidas, Decathlon, Carrefour. Algunos rostros con rimmel y labios rojos. Nos reventamos unas a otras las espinillas de la cara y de la espalda. El pote para ocultar los granos. El zarzal, bajo la escalera, en su plenitud, como nosotras. El sendero de enfrente, sin asfaltar, de piedrilla, nos encanta porque casi nadie transita por ahí; claro, quién va a pasear por el último atajo de la ciudad delimitado por un muro de piedra al lado de un concesionario de coches, quién salvo nosotras.
De los conductos y tuberías del polideportivo emana cloro o a saber qué. Las ventanas de la pared son horizontales, muy estrechas, como ranuras, así que nadie puede vernos desde el interior. Mientras, nosotras nos reímos fantaseando con catástrofes en la vieja piscina del interior, pensando que el día que los usuarios huyan por la escalera de incendios será nuestro Hiroshima, el momento fatídico en que la horda atemorizada, en bañador y chancletas, nos aplastará, nuestro inevitable desenlace. Grafitis, pintadas, murales. Sesiones de dj y botellones prohibidos, o cuando menos kedadas ocultas hasta el amanecer.
Avanzaba a trancas y barrancas con el libro de Susan Sontag: desconocía la mayoría de los fotógrafos sobre los que hablaba y no entendía muchos conceptos. Otras veces, subrayaba frases y párrafos enteros para memorizarlos, y pasabadías reflexionando sobre su significado. Por ejemplo, escribí «Fotografiar es apropiarse de lo fotografiado» con rotulador negro grueso en la pared Trasera, entre otras frases grabadas y pintadas antes. Te kiero tía, Jon imbécil compra condón, Gora Eta(m)mmm, Indepenmierda, Egunkaria libre!, una calavera pirata varias veces repetida y demás vomitonas gráfico-literario-plásticas junto a las que en un inicio había estado el grafiti mural de Ikonjasmin que decía gruvlov con letras barrocas marrones sobre fondo coloreado con spray verde liquen.
«Fotografiar es apropiarse de lo fotografiado»,pero ¿qué quería decir Sontag exactamente con apropiarse? No lo sabía a ciencia cierta, aunque, quizá precisamente por eso, yo había escrito apropiarse, en mayúsculas subrayadas con el pintalabios rojo de una amiga, ya que la palabra apropiarse me sugería dimensiones inimaginables, y, de algún modo, el hecho de haberla insertado en la pared me hacía sentirme parte de algo que era exclusivamente mío. Ni más ni menos, mío; de eso se trataba.
Ninbe se expresó sin ambages.
–Eso de tener que apropiarte de la realidad a través de un aparato da que pensar.
–Lo que a mí me da que pensar es cada foto que saco. Cada una de ellas.
Yo no estaba por la labor de cuestionar la cámara, además, por encima de todo, tendía a la acción. Fotografiar, para mí, era, y es, algo físico. Hoy, incluso sin carretes ni revelados, también lo vivo así: elegir el tema, desplazarme, fotografiar, amoldarme al tema o al modelo, o comunicarme y danzar con el modelo, permanecer a la espera y al acecho, sobre todo al acecho de que acontezca ese momento de luz dentro del encuadre deseado, o provocarlo, y volver a casa o al trabajo a visionar todo detenidamente y elegir, retocar o no, mostrarlas, venderlas, difundirlas o no.
Ya entonces Ninbe tenía intención de ir a la Universidad a estudiar filosofía, y se le notaba. Me enviaba mensajes que daban intensidad a nuestras conversaciones y, en definitiva, a nuestra relación. Recuerdo haber leído, ojiplática, este mensaje que aún conservo: «El ojo: órgano que percibe la luz, el color, la forma y el alma de las cosas. Si solo ves los tres primeros, estás ciega».
A saber de dónde la había sacado, ignoraba si era una cita de algún filósofo o una frase manida. Sin embargo, la palabra alma me removió. La cámara y mi ojo se estaban haciendo casi inseparables, y esa palabra de ecos sobrenaturales, me sugería el vínculo de la imagen con lo inexpresable y, por qué no, con lo invisible.
–¿Para qué y por qué tantas fotografías de mis ojos, Leire?
Vino a casa. Sospechaba que estaba sometiendo su mirada a experimentos crueles. La dejé pasar al cuarto de baño reconvertido en laboratorio casero, donde traté de explicarle cuál era mi propósito: crear la fotografía de un rostro humano con dos variedades de ojo, uno redondo y otro horizontal, es decir, el ojo izquierdo con el globo ocular marcado, digamos un ojo «occidental», el de mi madre, y el ojo derecho, en cambio, una raya sin párpado aparente, habitualmente denominado «ojo oriental», el de Ninbe. Le pedí comprensión, no era cuestión de ir al chino del barrio a fotografiar ojos…
Por más que lo intentaba, se me acumulaban las pruebas fallidas: a veces una sombra muy negra cubría la mitad del rostro de Ninbe, por lo que el ojo de la otra mitad destacaba sobremanera. O la pifiaba en el último estadio, el de la doble exposición. Engendré numerosos monstruo-rostros en blanco y negro.
–Ninbe, quizá busco la cara de alguien a quien aún no conozco.
Quiero pensar que Ninbe necesitaba criterios teórico-intelectuales para entender tanto todo aquello como a mí. Mientras a mí me bastaba con la acción de fotografiar, la fotografía en sí y por sí. Sentí que la había defraudado. Salió precipitadamente del baño-laboratorio. Se encontró con mi madre.
Un biombo dividía el lugar de trabajo y el espacio de reposo de mi madre, o más concretamente, separaba la zona de su mesa-escritorio de trabajo de la cama de matrimonio. Frente a la puerta, en la pared del fondo, la mesa con el ordenador y la silla, rodeada por tres paredes forradas de estanterías repletas de libros. El biombo le quedaba a la espalda, y detrás de él, la cama de matrimonio, las dos mesillas y el armario. La luz que entraba desde la ventana frente a la cama no llegaba hasta el escritorio, de modo que el flexo de la mesa permanecía casi siempre encendido.
Tecleando sin parar, clac clac clac, la cama a oscuras y el biombo cubriendo la figura maternal, invisible: ese era el retrato de mi madre en mis pinitos. Nuestra alimentación y sustento corrían a cargo de las traducciones o adaptaciones de libros de texto que ella realizaba entre bostezos, cosa que a mí no me extrañaba, porque se trataba de textos del tipo «la fracción irreductible de una fracción es una fracción equivalente, cuyo numerador y denominador no poseen un divisor común» y otros similares. Por eso, después de cenar, se dedicaba a libros estimulantes, según sus palabras.Se empeñó, por iniciativa propia, en traducir al euskera los diarios completos de Sylvia Plath, seiscientos setenta y ocho páginas de la versión original inglesa, en total seis años de trabajo nocturno. La ruptura con mi padre vino poco después de traducir las diez primeras páginas. Yo odiaba el dichoso libraco y lamentaba profundamente el hecho de que nadie lo hubiera traducido anteriormente. Odiaba ese libro por no odiar a mi madre, aunque odiar al libro era también una manera de odiarla.
El día en que Ninbe vino a casa por primera vez, mientras yo preparaba una tortilla de patata (yo me encargaba de las cenas y mi madre de las comidas), Beatriz y Ninbe conversaron sobre cosas de las que yo jamás había hablado con mi madre.
–Byombu-byobu: en japonés byo significa protección y bo viento. La palabra biombo viene de ahí. En euskera, aparte de bionbo, también ha sido traducido como biholtz y zuresi. Me gusta biholtz. ¿Tú con cuál te quedarías, Ninbe?
–Bionbo.
Asimismo, mi madre le leyó un fragmento ya traducido del libro de Plath: «Siento que no viviré mi vida hasta que haya libros y cuentos en que la resucite perpetuamente en el tiempo». Al oír la frase, se me ocurrió que si hubiera dicho «fotografías» en lugar de «libros y cuentos», podría referirse a mí, y, asaltada por un súbito recelo, dejé de cortar patatas por un instante: quizá aquel libro era estimulante de verdad, quizá no había razones para odiarlo. Ninbe apuntó la cita de Plath en un pequeño cuaderno, y pasaron a hablar sobre los libros que atestaban las estanterías. Ninbe no tardó en manifestar su deseo de estudiar en la facultad de Filosofía y mi madre le regaló El mundo de Sofía, imprescindible según su parecer. Durante la cena supimos que Ninbe ya no acudía a clases particulares de chino mandarín debido a que la cafetería que regentaban sus padres iba a cerrar.
Tras aquella velada, el biombo acaparó mi atención, en concreto la sombra que la muralla interna, en apariencia ligera, proyectaba sobre la cama de matrimonio, la sombra que podía llegar a ennegrecer por completo el lecho. También me empeciné con los pájaros pintados sobre la superficie del biombo: dos pájaros de torpe trazo posados sobre estrechas ramas y que se repetían una y otra vez por toda la superficie del biombo. Uno de los pájaros llevaba un gusano en el pico y el otro lo miraba. Según mi madre eran ruiseñores. No destacaban por nada, serían la copia de una copia pero la cuestión es que con el ojo de la cámara los capté como si fueran ejemplares excepcionales y como si no pertenecieran al biombo. Digamos que mi mirada fabricó dos aves singulares en su casa-rama, una imagen con trazas de sueño fulgurante en blanco y negro, la más luminosa que había realizado hasta la fecha. Decidí dársela a Ninbe.
–Qué ligereza.
Le saltaron las lágrimas y bajó los párpados que parecía no tener, avergonzada. Pude advertir la forma de su globo ocular: le temblaba.
Esa ráfaga de emoción que se apodera de ti para siempre, mientras para el resto de la humanidad es imperceptible o simplemente irrisoria. Desde que me dedico profesionalmente a la fotografía, cuántas veces habré pensado en los dos ruiseñores del biombo; cuántas veces habrá acudido a mi memoria ese instante incontrolable e inasible del paso desde lo más banal a lo conmovedor, incluso a lo casi fantástico.
Nuestra vida
