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Entre la niebla de las montañas colombianas, nacen historias míticas que Iván Vargas utiliza como inspiración para crear los relatos de ciencia ficción que componen este libro. Desde vacas atacadas en los páramos de Sotaquirá, hasta las luces observadas en Nobsa, cada elemento de narración coloquial se sincroniza con la literatura de género para exponer nuevas perspectivas. Once relatos ilustrados que tienen la divulgación de ciencia como bandera, pues en cada uno se filtra de manera sutil la educación como biólogo del autor.
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Seitenzahl: 126
Veröffentlichungsjahr: 2023
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©️2022 Iván Camilo Vargas
Reservados todos los derechos
Calixta Editores S.A.S
Primera Edición Octubre de 2022
Bogotá, Colombia
Editado por: ©️Calixta Editores S.A.S
E-mail: [email protected]
Teléfono: (571) 3476648
Web: www.calixtaeditores.com
ISBN: 978-628-7540-80-4
Editor en jefe: María Fernanda Medrano Prado
Editor: Alvaro Vanegas @AlvaroEscribe
Corrección de estilo: Ana María Rodríguez
Corrección de planchas: Julián Herrera Vásquez
Maqueta e ilustración de cubierta: Julián R. Tusso @tuxonimo
Diagramación: Julián R. Tusso @tuxonimo
Impreso en Colombia – Printed in Colombia
Impreso por
Todos los derechos reservados:
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño e ilustración de la cubierta ni las ilustraciones internas, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin previo aviso del editor.
Dedicado a cualquier colombiano que confíe en que podemos sacar adelante a este platanal plagado de corruptos y que reconozca que tenemos talento de sobra. Yo acepto que no somos referentes en este ámbito de la literatura, pero ahora muchos autores están sobresaliendo, ellos son quienes luchan a diario por destacar más que las noticias amarillistas, con su tormenta mediática con las que siempre operan, y así dejar en alto el nombre de nuestro país.
Fauna Nocturna
Tú, querido amigo, también eres un ser de la noche.
Su larga y húmeda probóscide quedó empapada con la cerveza barata que bebía y le dejó una sensación pegajosa en la superficie de su cara deforme. Bebió su último sorbo y disfrutó el sabor fresco y amargo, culminó la rutina con un eructo estruendoso que liberó algo de la presión de su estómago. Sentía una punzada de nostalgia en su alma repulsiva al haber terminado la noche otra vez acompañado por la soledad y sin un refugio caliente al cual acudir. La idea le causó cierta ansiedad y deseó fumar un cigarrillo en ese preciso momento, pero al levantarse de su asiento sintió deseos de orinar, el volumen etílico consumido había sido vasto y cambió de parecer respecto al tabaco, decidió mear primero. Mientras caminaba, se tambaleaba; el mundo de las tinieblas siempre temblaba. Llegó hasta el fondo del tugurio en el que se encontraba y abrió la puerta del baño que estaba entrecerrada.
Para su sorpresa, descubrió a dos singulares seres copulando en una extraña posición que parecía incómoda, sin embargo, aquella pareja agitada sonrió al encontrarse observada por nuestro amigo. Pudo notar el brillo que despedían las gotas de sudor que aderezaban sus cuerpos húmedos. Aunque esa situación debió durar solo un par de segundos, se encontró absorto esforzándose por entender esa quimera corporal.
Cuando notó las muecas burlonas de los gimnastas, se disculpó y cerró la puerta con suavidad. Parecía que sentían más placer al ser observados o por el simple riesgo de ser atrapados durante la faena, pues comenzaron a escucharse gemidos de gozo desde el interior del oscuro cuartito.
Mientras permanecía en silencio asimilando la situación, recordó, gracias a la punzada de dolor, la necesidad fisiológica que debía atender, así que caminó a la puerta trasera del lugar y salió para orinar en la pared mohosa del callejón oscuro. Al terminar, el deseo de fumar regresó de improviso y decidió darse gusto. Además, el hecho de interrumpir el movimiento del mundo con el humo azulado, le daba la oportunidad de reflexionar acerca de muchos eventos.
Sonrió mientras recordaba a los seres del baño. Aunque él tenía un amplio conocimiento de los fetiches y la fauna nocturna, estaba perplejo ya que nunca, en su corta vida, había visto a dos gusanos gigantes copulando. El tono verde de sus pieles brillaba como el neón en la penumbra y era una escena difícil de sacarse de la cabeza.
Cada noche, la ciudad le ofrecía un nuevo espectáculo, diverso e incluyente, del que podía aprender. Por fortuna, las tinieblas abrazaban a los que tenían ambiciones intolerables para el mundo diurno. Estos seres nocturnos emergían a través de las grietas del cemento cuando llegaba el ocaso. Opuestos a las flores que se nutren de las ascuas solares, nuestros amigos absorbían los destellos de la luna y se embellecían para sus semejantes durante el plenilunio, como si la fotosíntesis de sus deseos requiriera ese brillo lunar para ser puesta en marcha.
Nuestro observador era una mosca común, sin alguna habilidad especial que lo hiciera destacar sobre la población ordinaria y vulgar. Iba vestida con un gabán color marrón, salpicado en varios lugares por fluidos de diverso origen, que había adquirido en un mercado de las pulgas. Él comenzó a evocar eventos de un pasado nebuloso que se activaron al observar a los extraños fornicar.
Aunque ellos eran una especie nueva, que nunca había visto en sus exploraciones noctámbulas, no lo llegaron a impresionar tanto como aquella gata albina que visitó en luna llena. Era ágil y ligera, tenía un acento gangoso y extranjero. Ella era una maestra del amor, cuyas lecciones calificaba con arañazos.
Como todas las gatas que conocía, arañaba como reacción a cualquier emoción que experimentara. El dolor tatuado durante aquellas sudorosas sesiones era un buen recordatorio de lo que había vivido, pues en ocasiones, cuando el brillo del astro padre lo convertía en un hombre normal y debía fingir una vida corriente, dejaba emerger recuerdos de la profundidad de su consciencia en pequeños fogonazo breves que parecían perfectos y se asemejaban a los engendrados bajo la sombra de la imaginación.
Recordó el sabor exquisito de su vagina felina cuando la succionó mientras gateaba. También lo visitó el recuerdo del olor de su ano y de cómo se contrajo al introducir la longitud total de su inquieta probóscide, despertó el recuerdo de su cuerpo delgado sufriendo espasmos de gozo que con cada contracción liberaba fluidos.
Durante sus sesiones, aprendió algo extraordinario, esta información solo podía aprenderse de forma pragmática a su lado: el placer era proporcional al tiempo que pasaba junto a su compañera. Es decir, cuanto mayor era el tiempo que le dedicaba, él disfrutaba más y ella más lo premiaba. El trofeo cuando ella alcanzaba el clímax era beber un zumo espeso, blanco y pegajoso que exudaban sus hermosas profundidades y que tenía propiedades energéticas, una sola cucharada le daba fuerza a su alma remendada para erguirse camino al trabajo por semanas enteras, además de tonificar su piel.
Suspiró profundo y sonrió, pues ese recuerdo solo era de él y lo guardaba en el mismo lugar dónde tú guardas tus secretos, tras esa puerta con llave que evita que salgan a flote y que te sonrojes, haciéndote sentir como un repulsivo organismo incapaz de convivir con la fauna diurna.
Tú, querido amigo, también eres un ser nocturno.
El Sorosoplando
—¿Qué se cuenta, compadre?
—(…)
—Me alegra mucho. ¿Sus hijos en Bogotá?
—(…)
—Pues bien, ala, y mi Jenn allá, trabajando en la otra finca junto a los arándanos. Mire que estoy muy preocupado por lo del ganado, anoche me quedé ahí al lado en el potrero a ver si podía descubrir algo. Eso sí, pasé una noche de perros por el frío que hizo. Menos mal mis vaquitas amanecieron bien y no me las mataron como le pasó a don Juan. Para mí, eso está muy raro, esas novillas no estaban rasguñadas ni nada. De pronto usaron algún medicamento para dormirlas. Cuando voy a herrar los potros que están sin amansar todavía, les inyecto un poco de tranquilan. Eso los pone mansitos y ni brincan.
—(…)
—Claro, tampoco tengo idea de para qué les harían eso. De pronto algunos pelados están jodiendo con retos tontos, usted sabe que a los que se les alocan las hormonas comienzan a medírselas entre ellos y van y hacen esas vainas. Si llegan hasta acá, pues los atiendo con plomo, aprovechando que tengo buen tiro, ala. ¿Sí recuerda al venado que cazamos la vez pasada en el páramo?
—(…)
— ¡Qué va!, dizque suerte. Usted es que no supera haber errado el tiro. No ve que a mí cuando me llevó el ejército, en la época de Uribe, me tocó irme hacia el lado de Chita. Eso estaba plagado de puros faruchos, y como salí bueno con la puntería, me ponían dentro del monte para cazarlos. Eso tocaba quietico entre las matas todo camuflado. A lo que aparecía uno por ahí, tocaba ponerles un tiro bien puestecito. Sino que ahorita ya no tengo el fusil, mi viejo me dejó un revólver hechizo con el que me cuido.
—(…)
—Me refiero a que es artesanal. Está hecho mejor que la pistola Córdova que le daban de dotación a uno, esa tenía mucho retroceso. Una vez a un compañero se le soltó de la mano al disparar y le reventó la cara, desde ahí lo apodamos dizque Nariz de Porcelana, con el tiempo solo le decíamos Narices. Además, esa pistola se encasquetaba a cada rato, yo allá en el taller modifiqué la mía y le puse un resorte más robusto para que la corredera se devolviera con más fuerza y sacara el casquillo. Me gané una suspensión por modificar armamento, pero no me duró tanto porque mi mayor era mi parcero y le gustó la idea, aunque después él pasó la idea a Indumil y lo condecoraron por supuesta creatividad, malparido. Por eso prefiero el revólver, ese nunca se encasquilla y el cañón, por lo largo, apunta fácil, y como el mango es pesado hacia el centro, es menos la inercia a la hora de disparar. Donde uno pone el ojo, pone la bala.
»Pues la verdad anoche no vi gente ni nada raro. Eso sí, unos pajarracos pasaron volando un par de veces, quién sabe qué serían, puros negros y casi ni ruido hacían.
»Uno, ahí solo entre el monte, llega a pensar que son espíritus en pena, o algo así, o brujas. Pero eso, compadre, uno le debe tener miedo es a los vivos, los muertos acá ya no tienen cuentas que saldar y no joden a nadie. Eso uno tiene pocas personas en quien confiar, como usted. Mire, por ejemplo, al hijo de don Roberto. El hígado todo picho de tanto tomar guarapo y por ahí quedó muerto sin nada más que la ropa que llevaba encima. Ese tipo peleó toda la vida con la hermana por el pedazo de tierra que era del papá. Eso sí, don Roberto era un señor de pies a cabeza; quién sabe cómo crio a esos dos, los debió consentir mucho. Si es que entre hermanos se atacan, ¿cómo serán los desconocidos que le quieren hacer daño a uno?
»Esperar a ver, por ahora no ha pasado nada. Pero me toca seguir patrullando mis vaquitas en la noche. Uno se descuida y tome, como el camarón que se duerme. Ahorita me voy a echar desayuno con mi Jenn antes de que salga al trabajo, y luego me iré a ordeñar a mis churrientas y a echarle un ojito a la Centella, se enfermó y ayer me tocó inyectarle oxitetraciclina, ahí está todavía medio resentida y cojea un poco.
»Bueno, compita, me saluda por ahí a doña Beatriz, que yo voy y le vacuno el ganado el viernes, pero que me ponga a alguien a enlazar, porque solo se me va todo el día y no hago nada más.
***
—Sí, bonita, esta noche otra vez me quedo allá en el potrero. Imagina que no vaya, algo pasa y ahí sí me arrepiento.
—(…)
—No imaginas cuánto lo haré yo.
—(…)
—Tranquila que yo tengo el cuero duro, ¿o es que recuerdas que me diera a mí una gripa que me dejara en cama? Además, las vacas están allí no más en la hondonada, si me trato de tullir, vengo y me calientas.
—(…)
—Sí, aquí tengo el sleeping listo con el revólver. ¿Quieres el tinto con azúcar?
—(…)
—Mira.
—(…)
—De nada. En la noche voy a llevar un poco en el termo para echarme un sorbo porque esa niebla está brava y ahorita trata de helar por la fecha. Eso tipo cuatro o cinco de la mañana cae y deja todo cubierto. Si es que viene el mata-ganado, espero que sea antes y esté clarito por luz de la luna y lo pueda ver. No es que yo quiera matarlos, por ahí asustarlos con un tiro al aire, máximo. Dios sabe que en el Ejército era que a uno le tocaba, y es que al final, yo vivo de mis vacas, pero cuando me muera no me llevo nada al hueco. Eso a todos nos toca igual, seamos ricos o pobres, y no vale la pena por un bicho de esos arriesgar la vida. Como decía Diógenes: «Los huesos de su padre son iguales de blancos a los de los esclavos». No recuerdo a quién fue al que le dijo eso.
—(…)
—Ah, sí, a Alejandro, que lanzado decirle eso al rey.
—(…)
—Sí, yo también pienso eso. Tranquila que llego tempranito y nos arrunchamos un ratito. Como son de ricas esas cobijas en la mañanita contigo. Además, estos días ha estado duro el trabajo y casi no tenemos tiempo para los dos, entonces, toca aprovechar esos raticos. Yo no quisiera levantarme de la cama cuando estamos juntos, pero hay que salir y seguir ganándose el pan, ¿no?
—(…)
—Sí, ojalá duraran más tiempo esos raticos, pero el reloj corre mucho. Es que ya cumplimos diez años de casados. Yo me acuerdo bien cuando volviste. Yo resignado a perderte, fui y te despedí en la capital para que hicieras tu carrera y vuelves a la semana por mí. Menos mal que pudiste homologar las materias acá, si no me hubiera tocado regresarte para que estudiaras. Dizque yo soy el impulsivo.
***
—¿Qué hubo, compita?
—(…)
—Sí, eso estuvo jodido, ala. En fin, pude averiguar lo que se tragaban las vacas.
—(…)
—No, nada que ver. Era un animal raro que bajó del páramo.
—(…)
—Entonces venga y nos tomamos un tintico y le cuento bien.
—(…)
—Pues ese día que hablamos, yo terminé por dormir junto a las vacas. Además, aprovechaba y le echaba un ojito a la Centella, que seguía medio maluca, yo creo que le dio babesiosis. Dormí hasta las dos o tres de la mañana, pero escuché un chillido suavecito y me quedé ahí frío del susto, eran unos murciélagos los que venían en la noche y vi que uno le aterrizó cerca a la Centella y ella pura enferma ni se dio cuenta, yo a la expectativa, dejé que el bicho ese se le acercara a ver qué hacía, pero como la vaca estaba al frente, no le podía disparar.
»Y seguía viendo al animal ese reptar y acercársele, yo hasta pensé en arriesgar a la vaca y disparar, pero la verdad me daba miedo fallar por lo oscuro y lastimarla feo con las balas modificadas que tenía. Cuando las hice, había tomado casquillos viejos y les preparé la pólvora, para la bala cogí un balín de un rodamiento dañado y lo perforé con la broca de titanio, lo dejé hueco y le soldé una tapita que limé bien con la pulidora y lo acoplé a los casquillos. Esas balas se estallan al chocar con algo y causan mucho daño entre las tripas, imagine, no me fuera a tirar la vaquita.
»Resolví dejar fluir las cosas y mantenerme apuntándole al bicho, que al llegar al lado se acomodó y sacó una lengua larguísima y puntuda, como la probóscide de un zancudo. En eso que la apunta al costillar y se la manda directo al corazón igual a una lanza, eso la vaquita ni sufrió, apenas suspiró, parecía que estuviera exhalando el alma y quedó quietecita.
—(…)
