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Amanda Baldwing era una mujer acostumbrada a vivir según estipulaban las reglas. Pero el mismo día en que su prometido la abandonó, apareció el carismático Zach Castelli, dispuesto a mostrarle una cara mucho más divertida de la vida. Zach era espontáneo, impredecible, y pensaba que el matrimonio era el estado de vivir "infeliz para siempre". Solo quería ayudar a Amanda a olvidar a su prometido, pero, después de unos cuantos encuentros, todo pareció volverse del revés...
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Seitenzahl: 157
Veröffentlichungsjahr: 2026
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© 2001 Darlene Gardner
© 2026 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Feliz para siempre, n.º 1017 - Febrero 2026
Título original: Forget me? Not
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Este título fue publicado originalmente en español en 2003
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. N ombres, c aracteres, l ugares, y s ituaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
Sin limitar los derechos exclusivos del autor y del editor, queda expresamente prohibido cualquier uso no autorizado de esta edición para entrenar a tecnologías de inteligencia artificial (IA) generativa.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 9791370172534
Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Portadilla
Créditos
Capítulo Uno
Capítulo Dos
Capítulo Tres
Capítulo Cuatro
Capítulo Cinco
Capítulo Seis
Capítulo Siete
Capítulo Ocho
Capítulo Nueve
Capítulo Diez
Capítulo Once
Si te ha gustado este libro…
–¿Estás rompiendo el compromiso seis semanas antes de la boda?
La incrédula voz de la mujer llegó hasta Zach Castelli, quien estaba sentado en el compartimento de al lado.
Zach dio un trago a su vaso de agua y miró al reloj situado en la pared de enfrente. Su hermana ya llevaba treinta minutos de retraso, lo que era de esperar. Marlee no sería Marlee si no perdiera la noción del tiempo.
Pero sin su hermana allí, le iba a ser imposible evitar escuchar la conversación de la mesa contigua.
–Faltan seis semanas y media, no seis, y he pensado que era mejor que te lo dijera ahora, antes de que enviaras las invitaciones –le aseguró un hombre con una voz tremendamente correcta y educada.
La mujer bajó la voz considerablemente, pero Zach todavía podía oír lo que decían. La acústica del restaurante era demasiado buena y su curiosidad imperiosa.
–Es mejor que cancelemos la boda cuanto antes. Así podrás recuperar la mayor parte del dinero de la reserva. Puede que incluso te permitan devolver el vestido de novia, ya que no te lo has llegado a poner.
–Reid, ¿puedes dejar de hablar de dinero?
La mujer estaba claramente afectada, pero hacía un gran esfuerzo por guardar la compostura.
–Me estás diciendo que no te quieres casar conmigo. A mí me parece que me merezco una explicación.
Zach opinaba lo mismo. No pudo evitar asomarse ligeramente por encima del biombo que separaba los dos asientos. Solo pudo ver al tal Reid que, sin duda, respondía a la imagen de la perfección personificada. Llevaba un traje impecable, con un camisa blanca y una corbata adecuada. Llevaba el pelo cortado con exagerada pulcritud y tenía la piel cetrina y descolorida, como la de alguien que se pasa demasiadas horas en una oficina. Reid tenía el aspecto del típico idiota que valora más el dinero que el amor.
–Por supuesto que te mereces una explicación, Amanda.
Así que el nombre de ella era Amanda. Por el sonido de su voz y por su nombre, seguramente era tan fría y culta como su acompañante. Dio otro sorbo a su vaso de agua.
–Ya sabes cuántas horas le dedico al bufete. Es imprescindible que les dé una buena impresión para que me den cuanto he pedido. Sencillamente, no es, para mí, el mejor momento para asumir la responsabilidad de un matrimonio.
–Haces que nuestra relación suene… –ella parecía no encontrar la palabra adecuada.
–Poco romántica –murmuró Zach.
–Opresiva –concluyó Amanda.
–Venga, eso es un poco duro por tu parte, ¿no crees? Lo que yo trato de decirte es que para mantener una relación hay que dedicarle un tiempo que yo no tengo ahora mismo. Tú tampoco, pues eres una mujer independiente, con una carrera en la que pensar, que te ocupa la mitad de tu tiempo. La otra mitad la ocupa tu madre. Así que todo esto, también es en interés tuyo.
–No me devuelvas la pelota a mí, Reid Carrigan –le dijo ella, con una compostura que a Zach le resultó admirable.
Reid trataba de responsabilizarla de la ruptura, y ella no estaba dispuesta a dejarse embaucar. Así se hacía.
–No estaba haciendo nada de eso. Solo trato de hacerte ver que no es el momento adecuado para que nos casemos.
–¿Y cuándo lo será? Por si no te habías dado cuenta, llevamos diez años juntos.
¡Diez años! Zach se volvió a asomar y volvió a mirar a Reid Carrigan. Aquel hombre no llegaba a los treinta. Si la mujer era de la misma edad, significaba que llevaban juntos desde el instituto. Zach acababa de cumplir treinta y apenas si recordaba los nombres de las chicas con las que había salido.
–Bueno, realmente creo que no va a llegar nunca el momento –dijo Reid.
Ella se quedó en silencio durante un rato. Cuando al fin respondió, lo hizo sin un atisbo de duda en su voz, sin temblor ni indecisión aparentes.
–¿Así que aquí acaba todo? ¿Me estás diciendo que hemos desperdiciado diez años de nuestra vida?
–No, no quiero decir eso. Para mí, cada año que hemos pasado juntos quedará en mi memoria como un pequeño tesoro. Separarme de ti va a ser realmente duro, pero creo que va a ser lo mejor para los dos.
Se hizo silencio una vez más.
Zach se preguntó por qué Amanda había desperdiciado su tiempo con alguien tan egocéntrico. Toda la conversación se desarrollaba entorno a él y solo él.
–¿Podrías devolverme el anillo?
–¿Cómo?
–Ya sabes que era de mi abuela y, puesto que ya no vas a ser parte de la familia, me gustaría que me lo devolvieras.
–Toma tu anillo –dijo Amanda.
Zach estaba seguro de que se lo estaría devolviendo con la mejor de las maneras, pero pensaba que no se lo merecía. Realmente, debería tirárselo a la cara.
–Gracias, Amanda. Lo que más deseo es verlo algún día en el dedo de la que será mi esposa.
Zach no pudo escuchar la respuesta de la que hasta hacía veinte minutos había sido su «futura esposa», pues la camarera se acercó en ese momento.
Dejó un par de menús sobre la mesa, tensa por la situación que se estaba viviendo y les recitó el menú del día. Se marchó para dejarles que decidieran.
–¿Qué vas a pedir? –le dijo Reid.
–¿De verdad esperas que cene contigo, como si nada hubiera ocurrido, después de que has roto nuestro compromiso? –le dijo Amanda.
–Sí, tienes razón –Reid hizo una pausa–. ¿Nos vamos, entonces?
–Vete tú, yo quiero quedarme sola aquí un rato –respondió ella.
–¿Y cómo volverás a casa?
–Soy una mujer independiente, como tú mismo has dicho. Puedo tomar un taxi.
–Pero…
–Por favor, vete de una vez, Reid –su voz, siempre suave y constante, pareció alterarse ligeramente. Reid se levantó y se encaminó hacia la puerta, con su postura erecta, como si no acabara de romper un compromiso de diez años del modo más idiota e inadecuado posible.
–Señor, ¿ha decidido ya lo que va a tomar? –la misma camarera que había atendido en la mesa de al lado se aproximó a él.
–La verdad es que mi cita me ha fallado, así que creo que me voy a marchar –dejó unos cuantos billetes sobre la mesa.
La idea de ir a aquel restaurante había sido de su hermana Marlee. Era uno de esos lugares decorados con madera y plantas. Los platos que venían en el menú eran medio vegetarianos, con brotes de soja y ese tipo de cosas. Desde luego no era el tipo de comida que le gustaba a Zach.
–Siento haber estado ocupando una mesa inútilmente.
–No hay problema –le dijo la camarera con un gran sonrisa, antes de agarrar los billetes y alejarse.
Se disponía a marcharse, cuando oyó un discreto gemido.
¡Maldición! Amanda debía de estar llorando.
De Zach se podían decir muchas cosas, pero, desde luego, no que tuviera un corazón frío. No podía soportar oír a una mujer llorar. Se sentía capaz de hacer cualquier cosa para evitar aquel llanto.
Así que se esbozó su mejor sonrisa y se aproximó a ella.
Le sorprendió su aspecto, pues no era, en absoluto, como se la había imaginado.
Llevaba su espesa mata de pelo rojo sujeta atrás en un moño, pero unos mechones rebeldes le caían sobre la cara. Tenía el rostro ovalado, pálido, con algunas pecas medio ocultas por el maquillaje. Sus labios eran densos y abundantes y tenía unas pestañas oscuras y espesas. Los ojos eran verdes, muy verdes, y lo miraban confusos.
–Hola, Amanda –le dijo con una sonrisa que se había convertido en auténtica. Aquella mujer era realmente atractiva.
Amanda Baldwin alzó la barbilla y se encontró con la camisa más llamativa que había visto en toda su vida y más arriba, con un rostro bronceado en los que destacaban unos dientes muy blancos. Tenía una frente amplia y se le hacía un pequeño hoyuelo en las mejillas cuando se reía. Su pelo castaño con mechas doradas completaba el atractivo conjunto.
Sin embargo, nunca antes lo había visto y él la había llamado por su nombre.
–¿Lo conozco? –preguntó, mientras parpadeaba para librarse de las lágrimas. Una de ellas se escapó y rodó por su mejilla. Se la quitó rápidamente con la mano, horrorizada de que un hombre la hubiera sorprendido llorando. Era indigno y, además, inútil, teniendo en cuenta que no iba solucionar nada de lo que acababa de ocurrir.
–Me llamo Castelli –le dijo él y le tendió la mano.
Ella la miró y se dio cuenta de que formaba parte de un musculoso y sugerente brazo–. Zach Castelli.
–¿Lo conozco de algo? –repitió ella.
Él sonrió e inclinó la cabeza hacia un lado, en un gesto que resultaba inocente.
–Me conoce ahora. Acabo de presentarme.
Su respuesta fue tan impertinente como su atractiva sonrisa. Amanda se olvidó durante un momento de su tristeza y lo miró boquiabierta.
–Mire, señor Castinelli.
–Es Castelli y, por favor, llámeme Zach. Todo el mundo me llama así.
–Señor Castelli….
–Zach.
–De acuerdo, Zach –le dijo exasperada–. Estaba a punto de pedir la cena…
Él agarró una de las cartas que había en la mesa y la abrió.
–Estupendo. Yo todavía no he pedido. ¿Has comido antes aquí? Quizá me podrías recomendar algo que no tenga brotes de soja.
Lo miró, perpleja y furiosa por la cara dura del individuo.
–Señor Castelli…
–Zach –volvió a decir, mirándola por encima de la carta.
–Zach, no estoy de humor para cenar con nadie. Preferiría que te marcharas.
–No me lo puedo creer. A nadie le gusta comer solo. Tómame a mí como ejemplo. Se supone que había quedado aquí con mi hermana Marlee. Es maravillosa, ¿sabes?, aunque a alguna gente le resulta un poco extraña. Eso es porque se dedica a pintar cuerpos. Bueno, a lo que iba. Marlee es estupenda cuando se trata de pintar, pero nunca se acuerda de detalles como el lugar o la hora a los que se suponía había quedado con su hermano para cenar. Por eso estoy solo. Al ver que tú también estabas sola, he pensado que tal vez podríamos cenar juntos.
–Creo que estás mal interpretando… –se detuvo de golpe, como si se hubiera dado cuenta de algo de repente–. ¿Tu hermana pinta cuerpos?
Él asintió, dejó la carta en la mesa, apoyó los codos y puso la barbilla en sus manos.
–Sí. Tiene una pequeña tienda en la playa. Hace tatuajes con pintura de esa que se borra en dos lavados. Te llevaré allí para que lo veas. Incluso puedes hacerte uno.
–No soy el tipo de mujer que se haría un tatuaje.
–Pues una mariposa te quedaría muy bien aquí –señaló a su cuello, el único lugar visible que había. Su dedo se posó sobre su piel durante unos segundos y dejó su calor impregnado. Sin darse cuenta, ella se llevó la mano a aquel mismo lugar, como para conservar la sensación de su tacto.
–¿Van a pedir ya?
La pregunta fue formulada por la misma camarera que lo había atendido a él momentos antes.
–Ya veo que ha decidido quedarse a cenar –le dijo.
–Sí. Amada ha sido tan amable como para pedirme que cenara con ella.
Amanda se dio cuenta de que aún no le había dicho que sí. Pero antes de que pudiera responder, él ya había pedido una cerveza y un plato de pollo, sin brotes de soja.
Amanda, que todavía no había abierto la carta, optó por pedir lo mismo.
La camarera tomó nota y se alejó de ellos.
–Acabo de acceder a cenar contigo, ¿no? –dijo ella, todavía confusa y sin saber cómo había ocurrido aquello.
–Sí –le confirmó él.
Amanda pensó que, después de todo, no podía hacerle ningún mal comer con alguien. Era mejor que sentarse sola dándole vueltas a su ruptura con Reid. No había forma de que se pudiera concentrar en su dolor, cuando tenía delante un hombre vestido con la camisa más ridícula que jamás había visto.
–Esa camisa es… muy especial.
–¿Te gusta? –él asumió que sí le gustaba–. Mi sobrino, el hijo de mi hermano Clay, la eligió para mí. Tiene cuatro años. Le dijo a su padre: «Esa camisa me recuerda al tío».
–¿Y eso es bueno? –preguntó Amanda.
–Sí, claro que lo es, Amanda.
Al usar de nuevo su nombre, le recordó que todavía no le había dicho por qué sabía cómo se llamaba.
–Insisto en que me digas, por qué sabes cómo me llamo.
La sonrisa se desvaneció del rostro de Zach y se tomó unos segundos para responder.
–Lo he adivinado. Tienes aspecto de llamarte Amanda.
–Mentiroso.
Él suspiró dramáticamente.
–¡Ya lo sé! Pero eso ha venido después de años de práctica. Cuando estaba en el colegio, mi profesora de segundo de básica descubrió que había sido yo el que había puesto la rana en su cajón, porque mis ojos me delataron. ¿A que a ti no te descubrieron?
–¡Yo nunca he puesto una rana en el cajón de mi profesora!
–Pues deberías haberlo hecho. La cara de la mujer al verla valió la pena todos los regletazos que me dio luego.
¿Cómo habían empezado a hablar de ranas? ¿No le había preguntado cómo sabía su nombre?
–Nos estamos desviando del tema. Ibas a decirme por qué sabías que me llamaba Amanda.
–Sí.
Ella asintió y le hizo un gesto de que empezara a explicarse.
–De acuerdo –dijo él–. Oí a Reid que te llamaba así.
–¿Conoces a Reid?
–Sí, claro, es mi primo… lejano, bastante lejano. Por eso nunca te habrá hablado de mí.
Ella negó con la cabeza y, de pronto, se dio cuenta de cuál debía de ser la verdad.
–¡Estabas escuchando nuestra conversación! –lo acusó ella.
Él parpadeó nerviosamente.
–No, no estaba escuchado. Eso significaría que yo quería oír lo que estabais diciendo, y no ha sido así. Trataba de no oír. He estado a punto varias veces de taparme los oídos.
–¡No me lo puedo creer! Era una conversación privada, eso sin mencionar que ha sido una de las experiencias más humillantes de mi vida. ¿Cómo podías estar escuchando algo tan personal?
–No estaba escuchando. Pero si era una conversación tan privada, ese Reid debería de haberte llevado a un sitio también privado. Seguro que te ha traído aquí, para evitar que le montaras un escena.
–¿Una escena? –dijo ella–. Yo no he montado una escena en toda mi vida.
–Estoy seguro de ello. Lo cual quiere decir que yo tengo más confianza en ti de la que tenía él. Si tu compromiso no estuviera roto, yo te sugeriría que lo rompieras. Reid tiene un témpano de hielo en lugar de un corazón.
Amanda sintió un profundo dolor, pero le hizo recapacitar y darse cuenta que, desde que Zach se había sentado a su mesa, había olvidado el acontecimiento de la ruptura. Lo más duro no era que la boda se hubiera cancelado, sino que se había acabado una relación de diez años.
–Él parecía completamente frío ante lo que estaba sucediendo, ¿verdad? –reflexionó ella y Zach asintió.
–Créeme, es una suerte que te hayas podido librar de él.
–¿Sí? –de nuevo el dolor desapareció, al centrar su atención en aquel extraño con una camisa aún más extraña. ¡Aquel hombre era increíble! ¡También se atrevía a darle consejos sobre su vida amorosa!
–Sí, claro que sí. Lo que no entiendo es cómo has tardado tantos años en darte cuenta.
–¿Darme cuenta de qué?
–De que estás mejor sin él.
–Yo no he dicho que he me haya dado cuenta de eso, fuiste tú.
–Y tengo razón.
Él sonrió y ella sintió ganas de sonreír también. Pero estaba descalificando al hombre con el que había pasado diez años. Claro que ese mismo hombre acababa de cancelar su boda, después de años de espera.
La camarera se acercó con dos botellas de cerveza y los platos de comida.
–Me he asegurado de que el chef no pusiera ni un solo brote de soja –le dijo a Zach.
Zach agarró el tenedor y el cuchillo.
–¡Excelente! –dijo él en un tono triunfante.
Amanda no pudo contener una sonrisa.
En cuanto la camarera se marchó, le dio un mordisco al trozo que acaba de cortar.
–No está mal, aunque no es nada comparado con una jugosa hamburguesa.
–El pollo es mucho más saludable.
Él continuó masticando y ella lo observó. Por algún motivo le gustaba verlo comer con tanto apetito. No se había dado cuenta hasta aquel momento, pero tenía que reconocer que Zach Castelli era realmente atractivo. Tenía una mandíbula angulosa y bien definida y unos profundos ojos azules.
–Seguro que Reid no come hamburguesas.
–Claro que no, es vegetariano.
–¡Ahí está! –dijo apuntándola con el tenedor–. No se puede confiar en un hombre así. Es completamente antiamericano.
Ella sonrió.
–Sé lo que me vas a decir: que debería haber tardado menos de diez años en darme cuenta de todo eso.
–Diez años son muchos años –dijo Zach–. ¿Cuántos años tenías cuando empezaste a salir con él?
–Dieciséis –dijo ella–. Reid fue mi primera cita.
–Pero habrás tenido otros novios –dio por hecho Zach. Ella le dijo que no con la cabeza–. No puedes estar diciéndome que Reid es el único hombre con el que has salido.
–Sí, lo es.
–Fuiste a la universidad, ¿no?
–Sí, a la Universidad de Miami –respondió ella.
–Y la universidad está llena de hombres interesantes.
–Sí, pero Reid también fue a la misma universidad y para entonces ya éramos una pareja estable.
