Festejo en avenida Tumulto - La Rufa - E-Book

Festejo en avenida Tumulto E-Book

La Rufa

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Beschreibung

Si este libro es abierto, poemas y cuentos cortos verán la luz. El manojo de hojas puede convertirse en el Aleph, si se lo lee con la curiosidad con la que fue escrito, y entonces ser un pequeño punto desde el cual acceder al infinito, que está colmado de versiones de mundo, de perspectivas convivientes, de posibilidad al derecho y al revés. Ojalá este libro les resulte un infinito amigable.

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Seitenzahl: 86

Veröffentlichungsjahr: 2024

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La Rufa

Festejo en avenidaTumulto

La Rufa

Festejo en Avenida Tumulto / La Rufa. - 1a ed. -

Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Abrapalabra Editorial, 2023.Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-4999-77-1

1. Cuentos. 2. Reflexiones. 3. Poesía. I. Título.

CDD A860

Coordinación:

Helena Maso Baldi

Maquetado:

Ivanova Hidalgo

Primera edición: Julio 2023

© 2023, Abrapalabra Editorial

© 2023, Lucía Raquel Turati

Todos los derechos reservados.

Es ilegal reproducir, copiar o difundir cualquier parte de este documento en formato digital o papel. Está totalmente prohibido registrar esta publicación.

Manuel Ugarte 1509, CP 1428 - Buenos Aires

E-mail: [email protected]

www.abrapalabraeditorial.com

ISBN 978-987-4999-77-1

Hecho el depósito que indica la ley 11.723

Realizado en Argentina

A mi tribu amada.

Especialmente a Lautaro, mi hermano preferido.

Rufa

Este libro nace para dar lugar a otros nacimientos. Hay años de curiosidad, de cambio de perspectiva y de sensación de descubrimiento volcados en estas páginas. Publicar es mi manera de darle la bienvenida a nuevas curiosidades, nuevas perspectivas y nuevos descubrimientos. Retocar está muy bien. Dejar de retocar también.

Vuelen palabras, sean por ustedes mismas, sin la cadena de estas manos juiciosas.

Versos

Entre las letras de los versos exhalo un hilo de rabia.

Entre las letras de los versos bordo amapolas en el

pulóver de dolor que llevo puesto

(el mundo duele y sin embargo hay poesía).

Entre las letras de los versos crece un jardín de maravillas.

Entre las letras de los versos la ternura está asomando la nariz.

Entre las letras de los versos edificó su casa

mi consuelo.

La pantalla de mujer que querés

no es la profundidad de mujer que soy

Cuidado, frágil

En este momento un paquete viaja por correo y anuncia: frágil.

Una taza de té, qué delicadeza

y sin embargo

qué noble,

colaborando entre el tilo y yo en mis noches de insomnio,

entre el café y yo en mis mañanas de flojera.

Mi fragilidad es también mi robustez.

Los llantos a cántaros seguidos de una pequeña victoria, la de barajar, sonreír y dar de nuevo. Los indignados llantos, los coléricos, los rabiosos…

¿Qué hay detrás? ¡Hay un corazón dispuesto! ¡Hay un alma consciente y reaccionaria!

Nada tiene de extraño que se rompa el corazón varias veces en un mundo tan dulce como nocivo.

Bienvenido rasguño, bienvenido quiebre,

lo impoluto no es humano.

Barajar y dar de nuevo es

nuestro presagiado destino.

Piso 16

Cuando era chica vivía en un edificio de veinticinco pisos. No había timbres particulares así que todos éramos testigos de las visitas de todos. Había un timbre general y por eso toqueteado, engrasado, aplastado, trabajando sin descanso sobre todo los días domingo. Los visitantes del primer piso la tenían bastante sencilla porque sólo bastaba tocar el timbre general una vez. No podían decir lo mismo los sobrinos de Alicia, la del veinticuatro, que ya hasta por hartazgo habían dejado de visitarla. Veinticuatro veces tenían que tocar el timbre. Era el código de consorcio.

A mi familia y a mí nos había tocado en suerte el piso dieciséis. Un día, a mis trece años y unos cuántos meses, alguien tocó el timbre con ritmo pausado y regular. Yo, que no estaba haciendo nada relevante, pude prestar atención desde el principio. La confusión aparecía cuando estabas haciendo alguna tarea y no sabías si el primer timbrazo que escuchabas era, en verdad, el primero en el conteo total. Me asomé por la ventana para corroborar, por las fallas que imponía el sistema, y era un cartero. ¡Ah, ese sujeto tan externo a cualquier árbol familiar y tan de cada uno! Podría ser para cualquier piso. Bajé después de hacerle las debidas señas de espera y ahí la pregunta.

¿Está tu papá?

No

¿Pero tu papá es el señor Cornisoli?

Si

Ahí la mentira.

Bueno, te dejo este sobre. Muchas gracias

Muchas de nada

Intenté disimular mi ansiedad frente al cartero pero ni bien lo vi alejarse apresuré todos mis movimientos para llegar a casa. Había cometido mi primer delito, digamos, falsificación de identidad. Más bien llamémosle delito piadoso, pobre niña de trece años y unos cuántos meses. Despistado el cartero, ventajosa yo ¡qué dupla!

Hace once años guardo una carta dirigida a una persona que no soy yo, dirigida a un padre que no es mi padre. He aquí la correspondencia.

Marcelo querido:

Ya son siete los meses en que no cruzamos palabra. Extraño tu mirada y tu coñac a las tres. Una vez más te ofrezco mi perdón, con la esperanza de que surta efecto. Si así es, llamáme.

Con desgarrado amor,

Teresa.

A mi parecer, el señor Cornisoli, el del piso catorce, andaba entero y ensonrisado, con los ojos libres de lágrimas. Lo cruzaba en las escaleras y en el portón de entrada, en el almacén de Inés y en la verdulería de Tito y siempre, siempre, soltaba un buenos días al aire, agradecía y sonreía a los presentes. ¡Vamos! Eso sólo lo hace quién cuenta con buen ánimo. Si hubiera tenido el corazón achicharrado, en cambio, habría entrado a comprar cabizbajo, extendiendo penosamente la mano para recibir su pedido y se habría escuchado casi como un susurro un desgarro de dolor.

Esta es mi defensa. El señor Cornisoli andaba bien como para entregarle retazos de pasado. Sí. Puede que me haya adueñado de su destino. Sí. Sí. Puede que haya desestimado su voluntad. Sí. Sí. Sí. Puede que mi decisión le haya roto silenciosamente el corazón. ¿O ustedes creen eso de que el corazón no siente lo que los ojos no ven?

Nadie me quita lo quitado. Hice hechicería regulando los hilos del amor.

Soy

Afrodita.

Desnuda

Tengo guardados en mi armario

un par de rencores,

unos cuantos recuerdos,

otros muchos anhelos.

Tengo en mis manos un presente.

Abre la puerta del armario y se viste

de rencores, de recuerdos, de anhelos.

Pero cuando se desnuda…ay, cuando se desnuda…

Ese despojo

desafiante del consumo abusivo,

combatiente de la sobreinformación que aturde mientras no informa.

Este despojo invaluable

¿Sienten?

¡Les tiemblan las patas a los oligarcas!

El despojo

está revelando un buen secreto.

Feliz cumpleaños

En un mundo acostumbrado,

desencantado de la maravilla

¡qué lindo el amor a primera vista!

Enamorarse de la luna cada noche como si fuese impredecible.

¡Hola de nuevo y hola por primera vez!

Así, me da la impresión,

la vida puede ser una fiesta de cumpleaños sorpresa

más que un perpetuo papeleo de oficina.

¡El fracaso es el cuento del cuco que se lee en la adultez!

La cima

¿Tenés hora?

El colectivo estaba atascado.

Miré por la ventana la cima puntiaguda de un árbol

y la cima me miró a mi (¡te juro!).

No sé qué pensé mientras miraba.

La cima puntiaguda se hizo cargo de mí,

me tenía capturada.

No había ni más ni menos que una cima puntiaguda.

Ey, ¿tenés hora?

¿Me perdí o me enfoqué?

¿Era eso dispersión o condensación?

Me doy cuenta que me tienta escribir más preguntas que respuestas.

Abro más puertas de las que cierro, y así será,

hasta que lo que se cierren sean mis ojos por última vez.

Flaca, ¿me cantás la hora por favor?

La cima puntiaguda me desata una nueva intriga.

Mi cabeza bucea entre la apertura de un pensamiento

y otro y otro y otro.

Estoy a esto de marearme

pero siempre vuelvo.

Si, ya te digo… son las tres menos cuarto.

Saberes

No sé

La superficie de la tierra

El origen de la vida

Los secretos de la tecnología

Ni siquiera sé

sin titubeo previo

las tablas matemáticas

Lo que sí sé es

Encontrar amor en los ojos

Pasión en los besos

La luz está encendida ahí donde elijo ver

y el amor existe ahí donde dije sí

Nada lindo ocurre si vos

no ocurrís

Y para la maldad

ya hay demasiados

candidatos.

Confidencia

Una noche decidí abrir una botella de vino añejísimo que me llevaba esperando por años. Después del exitoso desalojo que el destapador hizo sufrir al corcho, no hubo catación ni nada que se le parezca.

Estaba sola, y no tengo más que a mi cordura de testigo, pero puedo asegurar que un viento blanco empezó a salir de la botella. Se me ocurrió formular tres deseos por si acaso apareciera un genio. El viento blanco fue muy convincente haciéndome caer en la cuenta de que ningún genio llegaría, a no ser que anduviese demorado y, en tal caso, nadie querría cederle sus deseos a un genio así de irresponsable. Me dediqué a mirar al viento. Ahí mismo noté mi inmensa dicha: debido a su transparencia, todo lo ve pero no puede ser visto. A menos que se abra un vino.

Me atacó una inevitable intención de tener el control y quise aplicar raciocinio al viento blanco – la brisa seguía acariciándome los cachetes – relojié las ventanas y el marco de la puerta. Hermetismo total. Inventé premisas de un proceso alquímico por el cual un vino añejo podría transformarse en viento blanco; porque, ojo, no había nada en eso que pudiera confundirse siquiera con humo o vapor.

Cuando empezaba a consolarme con mis axiomas (ya saben, creer o colapsar) el viento blanco empezó a pigmentarse. Ya no era viento blanco, eran varios vientos. Los colores empezaron a darme lo que yo llamo chifletes, que vendrían a ser lo que de común acuerdo se conocen como chuchos de frío.

Por un momento intenté concretar el coito pendiente con el vino -ese dar y recibir, ese placer- pero un viento amarillo me dio un chiflete y no llegué siquiera a empinar la botella.

No voy a negar lo molesta que estaba con aquel chiflete. Por suerte para ambos, un viento azul me propició un chiflete cosquilludo y reí a carcajadas. Sonó una risa tan inédita, tan en desuso que dudé de haber reído en las últimas semanas. Esa fue, sin duda, mi reconciliación con los chifletes y los vientos. La ingesta del vino quedó abandonada.

Tanto traslado de colores comenzó a marearme y creo que lo notaron porque dejaron de circular y armaron una foto. Los colores estáticos formaron una pintura en el aire; el amarillo y el verde entrelazados, el azul por debajo, el rosa panza arriba.

Eran para entonces las dos de la mañana. Habían pasado dos horas desde el descorche del vino. ¡Los claveles! Hasta ahora traté de evitar la parte de nombrar al vino simplemente porque no recordaba su nombre. Ah… todo encuentra su momento.

Dos horas y una eternidad habían pasado hasta que cedí al sueño. Más tarde, un rayo de sol se empecinó con mi rostro y me desperté. Vi la botella de vino vacía y recapitulé. Tenía los recuerdos a medias tintas. Recordé los vientos y la foto.

¡Qué borrachera!