Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
En el fascinante microcosmos de un conjunto residencial donde las tensiones comunitarias y los secretos ocupan la cotidianidad de los vecinos nace una extraña relación entre Elizabet Rosenberg –ex escritora y protagonista de esta historia– y un ex detective italiano dotado de una aguda intuición criminal que sospecha de conexiones ocultas en una serie de aparentes accidentes. Como si esto no bastara para activar el interés de la trama, en esta obra se dibuja asimismo la historia de un país sometido por un Estado orwelliano que utiliza torcidos procedimientos para mantener cautiva a la población en el derruido espacio de su territorio nacional. La narración oscila entre el diario de Elizabet y una voz que narra los acontecimientos, pero desde una perspectiva más entrometida, digamos, que omnisciente. En este cuadro de riqueza anecdótica la composición despliega –una vuelta de tuerca más– un abanico de estrategias que incrementa su potencia expresiva: mecanismos de la novela policial impregnada de humor negro, ciertos rasgos paródicos de la novela rosa, elementos de narrativa distópica y guiños metaficcionales que contribuyen con el esfumado de los límites entre ficción y realidad. Una pieza que subyuga por la frescura de sus recreaciones basadas en circunstancias sociales cercanas y por la lucidez de sus planteamientos sobre el amor y la muerte, sobre la experiencia de la vejez, sobre la vida.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 422
Veröffentlichungsjahr: 2021
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Ficciones asesinas
Krina Ber
Rafael Cadenas
presidente vitalicio
Elías Pino Iturrieta
presidente ejecutivo
junta directiva
Herman Sifontes Tovar
Gabriel Osío Zamora
Miguel Osío Zamora
Ernesto Rangel Aguilera
Juan Carlos Carvallo Aguilera
Jesús Quintero Yamín
@culturaurbana
tel: +58-212-284.35.21
No 116
Premio XIX Concurso Anual Transgenérico 2019
© 2021 fundación para la cultura urbana
isbn Impreso: 978-980-7309-33-2
ISBN Digital: 978-84-123371-7-4
producción
Staff FCU
concepto gráfico
Waleska Belisario
foto de portada
Autor desconocido, ©Archivo Fotografía Urbana
diagramación y montaje gráfico
David Arneaud
Krina Ber
Nació en Polonia en 1948, creció en Israel, estudió en Lausanne (Suiza) y se casó en Portugal antes de radicarse, en 1975, en Caracas, Venezuela. Arquitecto EPFL y UCV, se especializó en el diseño industrial en acero, aluminio y vidrio. Comenzó a escribir en español en 2001. Ha ganado importantes premios literarios incluyendo el de Obras de Autores Inéditos de Monte Ávila Editores, el concurso de cuentos del diario El Nacional, el concurso de cuentos de SACVEN y la Bienal «Daniel Mendoza» –mención cuento– del Ateneo de Calabozo. Sus relatos (siete de ellos incluidos en diversas antologías) están reunidos en tres conjuntos: Cuentos con agujeros (Monte Ávila, 2005), Para no perder el hilo (Mondadori, 2009) y La hora perdida (Ígneo, 2015). Su primera novela, Nube de polvo (Equinoccio 2015), obtuvo el Premio de la Crítica a la Novela del Año, y Ficciones asesinas ganó en 2020 el XIX Concurso Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana.
Xix Premio Anual Transgenérico
Veredicto
Nosotros, el jurado designado para escoger al ganador del XIX Premio Transgenérico otorgado por la Fundación para la Cultura Urbana, luego de leer los ciento nueve (109) originales concursantes, hemos decidido lo siguiente:
1. Otorgar por unanimidad el premio a la novela Ficciones asesinas, identificada con el seudónimo «El Cangrejo», por considerar que el texto reúne una serie de aspectos estético-literarios que lo convierten en una sólida pieza, entre estos el manejo eficaz del tempo y la intensidad narrativos, y el uso de una estructura en la que se combinan varias modalidades de discurso. Todo ello a través de un argumento que resalta las difíciles condiciones socioeconómicas y políticas que atraviesa el país, proyectadas en una distopía de estilo terso y con matices de hondas connotaciones simbólicas.
Abierta la plica la autora resultó ser Krina Ber.
2. El jurado deja constancia, asimismo, de la alta calidad de las obras recibidas en varios géneros, destacando, sobremanera, el cuento, la novela y el ensayo.
En Caracas y Valencia (España), a los 20 días del mes de enero de 2020.
El Jurado:
Silda Cordoliani
Carlos Sandoval
Slavko Zupcic
Tal vez es negación de la realidad. Pero estaría en mi derecho, los viejos nos ganamos eso. No nos queda demasiado tiempo y la realidad nos afecta ya poco, se desentiende de nosotros y nos pasa por alto. Casi todas las cartas están jugadas y apenas nos aguardan sorpresas. Y como la realidad nos va dando la espalda, nosotros podemos hacer lo mismo con ella y negarla a nuestra conveniencia.
Javier Marías, Berta Isla.
The trouble with fiction, «said John Rivers», is that it makes too much sense. Reality never makes sense.
Aldous Huxley
Prefiero el infierno del caos al infierno del orden.
Wisława Szymborska
1
Esta historia se cristaliza como tal con la muerte de Ambrosio Garza quien voló desde su balcón del quinto piso en una silla de ruedas. Pero en realidad no tiene un comienzo definido, como no lo tienen las formas de las ciudades o de las rocas que esculpe el mar, ni las vidas cuando quedó atrás la mayor parte de ellas. Podríamos iniciarla en cualquier día cercano a aquel suceso, en cualquier entrada que haya tecleado en su diario Elizabet Rosenberg, viuda, escritora, habitante del Conjunto Mayoral, apartamento A25 y protagonista de estos eventos.
Por ejemplo, en esta:
MIÉRCOLES, 28 DE MAYO
He leído postssobre ella y hoy, en efecto, la vi, enorme en la oscuridad del sótano. Por suerte, muerta: los gatos han hecho su trabajo, como dicen los defensores de los gatos de nuestros grupos de whatsapp. Desde que se echó a perder la segunda bomba de agua las alimañas se han vuelto visibles, quizás envalentonadas por las cañerías vacías. A una vecina del primero le saltó un ratoncito de la poceta. Pequeño, un bebé, precisó casi con ternura. Brrr. Pero esa rata, la que vi, no era un bebé ni tampoco podría saltar, gracias a Dios: estaba tiesa, con los dientes afilados fuera de la boca y la barriga que ya comenzaba a hincharse.
La vi, y el ansia de procesar lo que vi me impulsó a releer a Clarice Lispector como se toma un vaso de agua purificadora; al menos unos sorbos de Clarice que parece tan despreocupada por la acción y la velocidad del relato y por no aburrir a nadie con descripciones minuciosas. Y, sin embargo, basta una rata muerta –precisamente: una rata muerta– para poner en jaque a toda la creación de Dios, basta un ciego mascando chicle para que tambaleen los más sólidos andamios de una vida. Su narrativa me envuelve como una nube de escarcha que se extiende hacia afuera de mi cocina abarcando con su magia el pedazo de cielo y el apamate que florece en el patio y hasta los miserables balcones del edificio C que suelo espiar a veces entre sus ramas; me revitaliza la mente, hace renacer las ganas de ser y estar y escribir así, de esa manera. Pero uno es lo que es, y tú, mi querida Bet, no posees el vuelo de los grandes. Sacre Clarice. Tú narras lo que ella hace intuir. Tú dices, y ella lo infiltra por ósmosis; tú necesitas manosear con los diez dedos lo que ella apenas roza con su ala inasible. En la prosa de Clarice hasta una gallina vuela. ¿Pero cuán alto puede volar una Rosenberg con sus alitas de nada y las patas de uñas rojas hechas para escarbar la tierra?, una Rosenberg falsa, para colmo, ya que ni siquiera es judía. ¡Jajaja! Sin embargo, tras releer algún fragmento de Clarice renace la ilusión de que existe un nivel de narrativa en que la realidad devela su dimensión paralela. Y por unos instantes estoy feliz. Me emociono, me sube la tensión, me derrito sobre una página aunque sea de este diario y trato, trato.
Qué bien, tía, diría Daniela, como lo decía antes cuando todavía traía a veces una botella de vino chileno y las copas nos soltaban la lengua. Celebro que lo estés intentando. (Subentendido: tal vez produzcas por fin algo publicable.)
Sarcasmo injusto, Bet: esto huele más a tus propios pensamientos que a palabras de tu Dani. Y el vinito, chileno o no, está entre las primeras cosas que se han acabado, son ya unos cuantos años. Primero fueron los vinos y los postres, luego el azúcar, los quesos, las manzanas y los dulces; ahora también el café, el té, leche, arroz y atún en lata pasaron al rubro de artículos de lujo. Y el pan.
No hables del pan, Bet. Nada de pan. Este diario no es para hablar del pan, ni de las colas para comprar el pan. Demasiada gente por aquí se dedica a documentar estas realidades hasta que reverberen en las redes, repetidas, multiplicadas y ampliadas, como si no bastara con padecerlas. No hace falta tu voz en ese coro de crónicas y quejas. No obstante, las putas realidades presionan y se cuelan entre las líneas que tecleo. Por ejemplo, esa rata muerta. No tenía por qué mencionarla. No sé qué hacer con ella en la narrativa y, en el plano práctico, menos. Debo decir que tampoco lo supo la conserje: parecía una chiquilla asustada, incapaz de acercarse. Quien liquidó el asunto en un dos por tres con una bolsa negra y un par de guantes desechables fue el italiano del sexto. ¿De dónde sacó esos guantes? ¿De su época de detective? Las vecinas se lo preguntaban anoche en una de las habituales tertulias que se forman en el segundo sótano cuando hacemos cola para sacar el agua desde la trampilla del tanque con el tobo amarrado a una cadena, como nuestras abuelas la sacaban del pozo en la plaza de algún pueblo. Lástima que nuestra plaza de pueblo sea el cuarto del hidroneumático alumbrado por una bombilla, con tuberías en todas partes y olor a cemento mojado. Aun así es una interesante alternativa para las discusiones en las redes entre seudónimos, alias raros y números de teléfono sin nombre.
Bueno, tampoco vamos a romantizar la situación. Así procedíamos, en efecto, con tobo y cadena, durante los primeros días sin agua corriente, hasta que el gordo Esteban de la junta de condominio mandó instalar una llave y una manguera. El asunto de la bomba se alarga indefinidamente porque su reparación le compete a demu (Departamento de Mantenimiento Urbano) de la Zona Siete, y muchos usan ese argumento para ahorrarse la cuota extra que habría que pagar para repararla por cuenta nuestra. En teoría tienen razón, ya que demu nos cobra impuestos por el derecho de ocupar los apartamentos que habían sido nuestros. En la práctica, mejor ni hablar; de modo que la discusión sigue. Por ahora tenemos una manguera con poca presión y el agua llena los tobos con un chorrito de lentitud suficiente como para que podamos mirarnos a los ojos en la penumbra, preguntando o adivinando quién es quién en el grupo de chat del edificio. En el sótano no hay señal. Conversamos entre los vecinos y me divierte unir las caras familiares con los nombres que conozco de sus tuits y postsen whatsapp. Confirmé que Carmora7 es Carmela –la menor de las Morales y la única pelirroja– que no vive en la planta baja como sus dos hermanas, sino en el cuarto. @Walkiria debe de ser la mayor de ellas, Caridad, y le va como un guante con su porte de guerrera y perpetua expresión marcial.
A nuestra edad, las expresiones de la gente tienden a ser perpetuas, fijadas en los pliegues, esculpidas en las arrugas. También se parecen a las de sus mascotas. Da risa ver juntas a Maruja, la conserje, y su gorda bóxerNorita. Miran igualito, de medio lado, tuercen igualito el labio inferior. Y da risa que @Noritasea precisamente el alias de la señora en los grupos del Mayoral A, B y C y del conjunto Mayoral unido y del whatsapp oficial de toda la Zona Siete: una identificación completa. ¿Y tú Bet? ¿Te pareces a Puh? Pero si los gatos conservan su misterio bajo una apariencia inescrutable, los gatos no se parecen a nadie, ni los callejeros, ni los mimados como Puh. ¿Qué expresan tus líneas y arrugas, Bet? ¿Se te ve tan amargada como no te sientes pero deberías, mujer, con esa vida que llevas? No lo sé. Nadie se ve a sí mismo como lo ven los demás. Es más divertido mirar a otros, a veces hay verdaderas sorpresas. Cuando se me presentó Lucinda Pérez del sexto, tuve que modificar las fichas organizadas en mi cerebro al descubrir que @Coronel, a quien, por el tono de sus posts me lo imaginaba como una suerte de militar retirado, era una mujer menuda, con el cabello blanco y la mirada irónica, siempre tan correcta cuando coincidimos en la calle o en el ascensor. En cambio, no me extrañó conocer a Luzmari, tan viejita y dulce como los mensajes que postea con angelitos y flores. Y algo me dice que @Diosmecuida es Bladimir, el calvito, que vive en el Mayoral B; ese hombre habla como tuitea: en acertijos. Aunque ¿por qué viene a buscar agua en el tanque del Mayoral A si la bomba del B no está averiada? Así que el calvito no es Bladimir, o no es Diosmecuida, o no vive realmente en la torre B. Ajá. ¿Cuántos más acertijos habrá entre esos rostros conocidos y seudónimos que confunden? Dicen que los infiltrados del gobierno pululan entre nosotros, virtuales y analógicos, en nuestras urbanizaciones, conjuntos, quizás en cada edificio. Típica paranoia totalitaria.
Una cosa es indiscutible: llevamos un montón de años en Residencias Mayoral, incluso en el mismo edificio A, y tenían que estropearse las dos bombas de agua para que la gente comenzara a conocerse más allá del saludo en el ascensor.
2
Personas mayores, como Elizabet, se aferran al presente con dientes y uñas, se encierran, se aplanan y simplifican como si no tuvieran una larga vida a sus espaldas (que, sin embargo, pesa demasiado y siempre asomará por algún lado cuando escribes su historia). Pero Daniela no pasa de veintitrés, su pasado cabe en el morralito que lleva. Encuentra a Bet frente a la pantalla cuando entra a casa después de su trabajo a medio tiempo en el laboratorio odontológico Sonrisas,incluido en nuestra Zona Siete. O sea, primero entran las gafas, luego, ella: es la impresión que causa.
¿Cómo estás, tía? ¿Escribiendo?
No… solo aproveché la conexión para revisar las redes. Bet miente sin razón, como si tener un diario fuera una ocupación vergonzosa. Hay muchos artículos sobre Philip Roth. Él murió ayer, sabes.
Daniela lo sabe. En un día la noticia llegó también a las redes locales. Lee mucho y conoce a los escritores; ¿cómo podría ser de otra manera con la crianza de Elizabet Rosenberg? Es su nieta; para más exactitud: su sobrina nieta. Le dice Bet o tía; en ocasiones formales la presenta como «mi tía Elizabet». En la época del Gran Éxodo, como muchos de su generación, Bet y su marido Archi habían aceptado la tutoría de la menor para que sus padres pudieran obtener el permiso de salida. Ellos (me refiero a los padres) –como miles de esa generación intermedia que lo habían logrado– siguen llamando cuando pueden por whatsapp y envían divisas a través del Banco del Estado, pero nunca pudieron traer a la niña que quedó atrapada en el país y, como miles de su generación, al llegar a la mayoría de edad tuvo que asumir a su vez la responsabilidad de la ciudadana mayor que la había criado. La ley es clara y simple: uno: necesitan tutoría legal los menores de veinte y los mayores de setenta –o sea, los que aún no tienen derechos civiles o les expiraron–, y dos: nadie que sea tutor de otro ser humano, menor o mayor, puede optar a pasaporte y permiso de salida.
Daniela abre las ollas y se sirve un plato de frijoles con un poco de carne mechada; su tía abuela se disculpa porque no hay pan. La joven se encoge de hombros, pero el rictus de desgano que parece pegado a su carita morena se hace más evidente. Bet la abraza, le alisa inútilmente su cabello ensortijado, lo sé, dice, lo sé, intentaré de nuevo por la tarde. Lo siento, cariño.
Ella lo siente todo, que se quedó escribiendo el diario en vez de buscar pan, que solo carne mechada con frijoles, que el costo de la vida, que ya no aporta más que su magra pensión y lo poco que gana con traducciones y corrección de textos, que gob la ha amarrado como una bola de plomo a los pies de Daniela. Con su gesto más típico, la muchacha se sube las gafas que siempre se le deslizan por su pequeña nariz. Tranquila. Me gusta como lo preparas tú. Con otro gesto típico, revisa su celular. Mira, tía, todo lo que dicen de Roth. Van a reeditar todas sus obras en varios idiomas. El vigilante del laboratorio que también escribe me dijo hoy que el mejor acto de mercadeo de un escritor es morirse.
Eh, suspira Bet. Si te llamas Philip Roth, seguro que sí. Pero dudo que funcione con escritores menores y enterrados aquí.
Tú no eres una escritora menor.
O sea, me convendría morirme.
Por Dios, tía, ¿qué barbaridad es esa? Yo solo digo que has tenido un montón de premios.
Eh, mi pequeña. Eso era Antes. Ya sabemos lo que valen esos premios ahora, o fuera de aquí.
Pero aun así. No entiendo por qué no te publican. (Tal vez no te esfuerzas bastante, completa Bet para sus adentros).
Cariño, ¿a quién publican hoy fuera de los escritores del gobierno?
Igual, deberías seguir. No hablo del dinero (aunque nos vendría de perlas), sino de ti. Te mejorarías enseguida de todo, hasta de los dientes.
¿Escribir me arreglaría los dientes?
Daniela se sube las gafas.
Bueno, tal vez los dientes no, pero el ánimo, tía…, el ánimo. A propósito: hoy pregunté por tu diente. Sonrisas me daría un descuento de 10 %, ni un centavo más. Lo siento, de verdad.
Tendremos que esperar a que lo mande tu papá, suspira Elizabet. (A la madre no la mencionan desde el divorcio. Tampoco manda dinero.) Hasta entonces, le toca seguir su tratamiento casero con amalgama de chicle y enjuagues de llantén.
¿Te sirvo café, tía?
No, cariño, ya tomé. Sírvete tú.
La chica sorbe su café amargo con el mismo rictus desganado en la carita enjuta. Y tan bella, piensa Bet con ternura, porque Bet no ve los lentes sino la princesa detrás de ellos, tan angelical en ese marco de cabello castaño, ensortijado en tirabuzones y dividido en el medio. Pocos rostros pueden llevar ese peinado. Ella, Bet, podía cuando era joven y su cabello también. Ahora, indomable, gris y seco en las puntas, le confiere un aspecto de vieja bruja iluminada, pero no se lo va a cortar hasta que se muera. ¿Cuándo creciste, mi pequeña? ¿Cuándo dejaste de compartir todo conmigo?
¿Y ese diario que escribes, Bet? No creas que no lo sé, con las veces que dejas un archivo abierto. ¿No se puede publicar?
¡Oh, no!, ríe la señora mayor. Ni que yo fuera Philip Roth. Anda, cariño, te prometo que me moriría mañana mismo si sirviera para que me publiquen. Pero me temo que no hay chance.
Le remueve la cabellera y acaricia a Puh, el gato blanco y gris que de un salto se ha acomodado en su regazo: suele hacerlo cuando le da la gana. Puh fue el último regalo de Archi a Daniela, hace seis años. Es bueno tocar seres vivos, piensa Bet. Y desde que murió Archi solo le quedan esos dos.
La nieta apura su café y se levanta con un suspiro. El reloj cucú de la pared avisa que son las tres.
Ya me toca el viejo, anuncia con desgana.
Daniela completa su sueldo cuidando del vecino del quinto piso del edificio B, Ambrosio Garza, quien quedó en estado casi vegetal después del segundo aneurisma. Menos mal que Rómulo, su nieto y tutor, le ofreció ese trabajo. Es complicado. Daniela pasa las tardes y noches en el apartamento del anciano, lo lava con esponja, lo viste, le da su desayuno y corre para cambiarse de ropa antes de ir al laboratorio. Al menos en esa casa hay agua. Bet le ayuda a veces, le trae café, busca por toda la ciudad dónde venden pañales de adulto y, como el dueño no protesta, aprovecha para ducharse y lavar la ropa. El joven Garza procesa datos para alguna institución del gobierno que le impide venir a casa en un horario regular. El anciano se queda solo hasta la llegada de Daniela.
Estará todo sucio, como siempre, suspira esta cuando su tía la despide con un abrazo y un automático «Dios te bendiga, cariño». Ninguna de las dos es religiosa, pero la bendición nunca está de más. ¿Por qué te ocultas en superficialidades y nunca hablamos como antes?
Con un suspiro, Elizabet cierra la puerta y vuelve a su diario con un auto-regaño mental por dejar sus archivos abiertos.
3
Una de las cosas que Daniela Martínez ocultaba por pudor era su relación con el nieto del paciente, Rómulo Garza, que se había ampliado más allá de su empleo de cuidadora. Tampoco le relató a su tía abuela las circunstancias en las que se habían conocido, pero por otros motivos. El primero era el sello del secreto que Rómulo le había impuesto sobre parte de esos sucesos. El segundo, evitar la angustia que le causaría a Bet la situación por la que había pasado Daniela, situación que ella calificaba de complicada, aunque para una persona más despierta, más nerviosa –o simplemente no curtida, como ella, en las desgracias cotidianas de su país– sería sin duda aterradora.
Ocurrió hacía unos ocho meses. Cuando se presentó la falla eléctrica, la muchacha se hallaba en un vagón del Metro sin aire acondicionado, apretujada entre un hombre de mediana edad y una gorda en camiseta sin mangas que se agarraba con ambas manos al tubo superior. Por delante, recibía los efluvios a sudor y desodorante que manaban de sus axilas; por detrás, el tipo le tocaba las nalgas por culpa de esa situación o aprovechándose de ella. Ni siquiera podía subirse los lentes que se le habían deslizado por la nariz. En general, Daniela prefería caminar muchas cuadras con sol o lluvia antes que bajar al infierno subterráneo en que se había convertido el antiguo orgullo nacional de transporte urbano. Pero se dirigía al distrito administrativo del otro lado de la ciudad y no podía usar el Aveo de su tía abuela: la gestión que iba a realizar era precisamente la renovación del permiso de circular para ese vehículo. De paso, al estar en el distrito, se sacaría de encima dos o tres de los trámites que le tocaban como tutora de una persona mayor: al menos eso esperaba Daniela, atrapada en un vagón atiborrado de hombres y mujeres que en su mayoría se dirigían al mismo sitio que ella, porque también llevaban carpetas oficiales y, para no aplastarlas, las mantenían en alto como unas banderas. Cerró los ojos y contaba las estaciones que la separaban del final del suplicio. Faltaban solo tres: Zona Nueve, Núcleo Central y Administración, cuando se dio cuenta de que el sujeto a sus espaldas no estaba interesado en su culo sino en los bolsillos de su bluyín donde rebuscaba cada vez con menos disimulo y más esperanza de que ella fuera tan gafa como para guardar algo en ellos. En la parada de Zona Nueve, aunque parecía imposible, algunas personas más lograron embutirse en el vagón. El tren arrancó. Daniela estaba harta. Quíteme sus asquerosas patas o voy a gritar, le advirtió al tipo. Los dedos se retiraron. Creyó haberse librado de él cuando recibió un bufido de aliento en el oído junto con la respuesta No lo creo, bonita, y el frío toque de algo cortante en su costado derecho. Él ni siquiera había bajado la voz: en el fragor del tren nadie más podía oírlos. Dame tu teléfono, plis.
El cuchillo no dejaba lugar a dudas: no le estaba pidiendo su número. Maldición. No habían pasado ni tres meses desde la última vez que la habían asaltado.
¿Por qué?, chilló con impotente rabia. Tengo que llamar a mí mamá, se burló él, moviendo ligeramente la navaja. Daniela dio un respingo. Alrededor solo veía costados y espaldas; la gorda se había dormido colgada del tubo superior. Dos paradas, solo faltaban dos. No sentía miedo sino fastidio: otra vez le tocaba negociar, ganar tiempo, fingir calma. Alegó que estaba demasiado apretada como para sacar el móvil de su cartera –era la santa verdad–, que se lo daría en la próxima estación apenas pudiera moverse. Más te vale, amenazó, ¡y ni se te ocurra escabullirte en el andén! Pero no se veía ningún andén cuando el tren aminoró por fin la marcha y se detuvo, no en la amplitud de la estación siguiente sino en medio del túnel cuyas toscas paredes de cemento parecían casi pegadas a las ventanas. Lo que faltaba. Mierda, dijo Daniela. No era la única: ante el conocido percance una marea de improperios recorrió el vagón. El megáfono comenzó a carraspear Pedimos disculpas a los señores pasajeros…,pero murió junto con las luces en la completa negrura que se apoderó del ambiente.
Sobrevino un instante de silencio mortal, que se llenó de inmediato de gritos y del llanto de los niños. Una mujer chillaba que no podía moverse. Nadie podía moverse. Muchos informaban que se había ido la luz, como si no fuera obvio. Es un apagón, gritaban otros. Una falla eléctrica. Del tren. De la línea. De toda la red del transporte subterráneo. De la ciudad entera. Del país. Nada de eso era fantasía ni una novedad: ya había sucedido antes y todos lo sabían. También sabían qué hacer: en medio de la algarabía general unos golpes sacudían el vagón. Estaban tratando de abrir la puerta desde el interior mientras el haz de una linterna más fuerte se acercaba por fuera develando a ramalazos la opresiva cercanía de la pared abovedada del túnel. Estaban dentro de una serpiente, en un largo estómago tubular que apenas contenía el tren. Un hombre gritaba, otro pedía calma, alguien en el lado exterior estaba peleando con el mecanismo atascado.
Tranquilo, apenas pueda moverme saco el teléfono y te lo doy, repetía Daniela con calma y convicción, y su asaltante repetía también, apretando su brazo Más te vale, pero ya sin el vigor anterior. Debía de tratarse de un aficionado; un malandro profesional no se inhibe por la oscuridad. Si tratas de correr te corto, recalcó; pero la puerta se abrió con un fuerte bufido y el gentío comenzó a manar del vagón como de una botella descorchada. Daniela no podía correr, desde luego, nadie podía, pero un torrente de cuerpos la arrastró, el tipo la soltó y quedó atrás. La negrura era absoluta, dentro y fuera del vagón. Ella se integró en la estampida con los brazos, los codos y la cabeza pujando en la misma dirección que todos, chocó con la puerta al bajar del vagón, pisó mal, se torció el tobillo, se le cayeron los lentes y de milagro pudo recogerlos pisados y rotos. Se levantó y siguió avanzando lo más rápido que podía sin escuchar las voces que instaban a regresar, estaba desesperada por huir hacia adelante, desaparecer en la oscuridad entre personas sin rostro, torpes y lentas todas, ya que no estaban escapando, como ella, de un atraco.
Olía a cueva, a cemento húmedo y orines. Finos haces de luz de los teléfonos se entrecruzaban en el piso y en la curva de las paredes; siluetas imprecisas le lanzaban improperios cuando las empujaba en el estrecho paso a lo largo de los vagones detenidos. Después del tren el túnel se abrió ante ella con toda su anchura y Daniela respiró hondo aunque la zona caminable seguía igual de estrecha, pues nadie se atrevía a pisar entre los rieles. Solo ahora se dio cuenta de que sus lentes estaban rotos y sintió el dolor en el pie. Se sacó el zapato deportivo y masajeó el tobillo.
No sabía si había perdido definitivamente a su asaltante: tenía la esperanza de que se hubiera regresado con la mayoría de los pasajeros a la Zona Nueve, estación que, según decían, estaba más cerca. Había salvado su celular (que le costó mucho reponer después del atraco anterior) y también la carpeta con planillas y documentos que en ningún momento había soltado. Ahora, cuando se sentía protegida por la oscuridad, las rodillas se le aflojaron por fin con el terror que no había sentido durante el trayecto. Su cuerpo temblaba y un sudor frío le empapaba el pelo y la camiseta ¡Ese malnacido hubiera podido acuchillarla en medio de un vagón repleto de gente y nadie se habría dado cuenta!
Al diablo con él, se dijo. Daniela vivía siempre un poco alelada, sin sentir mucho el miedo ni, básicamente, nada; era su naturaleza o la defensa adquirida al crecer en un medio como el suyo. No le contaba mucho a Bet porque no pasaba nada fuera de lo normal, nunca. ¿Ves?, se dijo, también eso ya pasó. Ese tipo no habría podido acuchillarte, o no mucho, estaba tan apretujado como tú. A lo mejor ni sabía cómo. Hasta el más inexperto de los ladrones habría dicho te rajo; no te corto, como lo dijo él. Era un aficionado. Se le notaba. Se sentía. Su cabello ralo con entradas. Su edad. Su corbata. Era un don nadie en esa masa humana sin ley, un empleado de taquilla, de recursos humanos, de promoción y mercadeo, un padre de familia que vio la ocasión y… Tal vez era cierto que tenía que llamar a su mamá, pensó Daniela. Se rio, pero seguía temblando. Ahora la aterraba el túnel y su oscuridad interminable cruzada de rápidas sombras de ratas. Y ella apenas podía caminar tropezando sobre el estrecho bordillo. El esguince en el tobillo le dolía más a cada paso.
El camino parecía interminable hasta que la negrura comenzó a aclararse con las luces de emergencia de la estación Núcleo Central y el espacio se ensanchó de pronto en su regreso a la civilización. Bueno: a la indudable civilización que representaba aquello después de la caverna por donde habían transitado.
4
La estación estaba custodiada por militares. Les anunciaron que el apagón era general y que no se sabía en cuántas horas pudiera restablecerse el servicio; de hecho iba a durar dos días, pero todavía nadie podía saberlo. La mayoría de los pasajeros que, como Daniela, se dirigían al sector administrativo, una estación más adelante, no estaban autorizados para salir a la superficie. Y no los dejaron pasar.
El acceso al Núcleo estaba restringido, tanto por arriba como por abajo. Era la zona más exclusiva de la ciudad, la de ampulosos jardines y rascacielos de acero y cristal, donde se hallaba el Palacio Ejecutivo, el Palacio Legislativo y de Justicia, el Mando Supremo de las Fuerzas Armadas y las sedes de las instituciones selectas del gobierno. Solo los empleados de aquellas, y, desde luego, los residentes de los palacios, sus familiares y personal de servicio, tenían permiso de acceso, sujetos a minuciosas investigaciones. Esas medidas han sido reforzadas tras algunos ataques terroristas que, según las fuentes oficiales, ocurrieron en los años anteriores. Desde luego, pese a la consabida ineficiencia en el mantenimiento eléctrico, el apagón actual también fue calificado como tal y los medios anunciaban una ola de arrestos.
No pueden mandarnos otra vez a caminar por el túnel, protestaban airados los pasajeros. Pero no les quedaba otra alternativa, y ya se escuchaban voces animando al grupo a seguir adelante. Por aquí no podemos salir. Nos van a disparar. Es solo un kilómetro y medio.
Daniela se rezagó al lado del vigilante. Hizo acopio de todos los recursos de su juventud tratando de ablandar al soldado que custodiaba la salida de la estación; se atusó la cabellera, se mordió los labios para enrojecerlos, se quitó las gafas que de todos modos ya no servían y dejó escapar dos o tres lágrimas, lo que no le resultó difícil. Todo en vano: no poseía la tarjeta correcta.
Pero… Yo iba a la estación siguiente. A Administración. A renovar un permiso. ¿Ve? Mire, por favor. Se fue la luz. Se paró el tren.
Yo sé todo eso, mami. Pero tengo mis órdenes. Lo siento. Nadie que no esté autorizado puede pasar.
Me trataron de atracar.
Eso es asunto de la policía. Presente un reclamo en la comisaría de su zona.
¿Y ahora qué hago?
Siga caminando, señorita.
Ya no puedo caminar. Me torcí el tobillo.
Puede esperar el tren.
¿Habrá otro tren?
El guardia se encogió de hombros:
Siempre habrá otro tren, dijo. Desde luego nadie sabía cuándo y Daniela volvió cojeando al andén donde los últimos del grupo se estaban adentrando en la negrura del túnel. Trataban de darse ánimos cantando: sus voces rebotaban contra las paredes. Esperen, pidió en vano. El estómago se le revolvió y vomitó inclinada sobre los rieles. Cuando se recompuso un poco, estaba sola. Aunque ya había olvidado el atraco frustrado, la mera lógica de supervivencia debía azuzarla a seguir a los demás pasajeros, pero la lógica no era el fuerte de Daniela. Por el momento, prefirió confiar en el pronto restablecimiento del servicio que seguir soportando el dolor de las pisadas. Buscó con la mirada un banco pero no había ninguno. Puso la carpeta en el piso, se sentó sobre ella y comprobó que el tobillo se le había hinchado. Menos mal que había salvado su teléfono. Trató de llamar a casa, al celular de Bet y a algunos amigos, pero la línea estaba muerta; el apagón había afectado también la telefonía celular. Mierda. Tampoco había mensajes, ni juegos online y no veía casi nada a través de las arañas de los cristales rotos de sus lentes. No quería pensar en su situación. Pensó en la vaga silueta de su padre en Madrid y de su madre, no sabía dónde. Pensó en Archi que había reemplazado a su padre, pero había muerto. Pensó en Bet y en Puh, la única familia que tenía de verdad, y aunque estaba entrenada para resistir esas cosas, sucumbió a un ataque de autocompasión. Ya no le importaba nada, solo quería acariciar al gato. Se puso a llorar acunando las rodillas que sobresalían por los desgarrones de sus bluyines. Vale acotar que eran producto del uso. Daniela seguía vistiéndose como una quinceañera porque era flaquita y le salía más barato.
Todo eso ocurrió hacía unos ocho meses. Desde entonces había habido muchas fallas eléctricas y de transporte y el incidente quedó olvidado, sobre todo porque al narrarlo, Daniela lo había deslastrado de la mayoría de los detalles capaces de alterar a su tía abuela. Bastante se alarmó Bet al ver su esguince. La besó casi llorando, arregló su cabellera deshecha, buscó sus lentes de repuesto y la llevó al dispensario de la zona, donde le vendaron el tobillo hinchado y le prescribieron antiinflamatorios que consiguieron por el intercambio vecinal de medicinas. Bet supo del apagón y del tren detenido en el túnel, pero en la versión preparada para ella eso había ocurrido a unos pasos de la estación Zona Nueve, donde Daniela pudo salir a la superficie. Fue una situación complicada, concluyó la muchacha. No había transporte. Pero tuve suerte: me encontró, de pura casualidad, el nieto del señor Ambrosio Garza; lo conoces: nuestro vecino del edificio B. Pasaba por ahí con su camioneta y me reconoció.
5
Del diario de Elizabet Rosenberg. Una entrada más corta esta vez:
LUNES, 28 DE MAYO
Hoy me topé en Borges Five con el matrimonio C., amigos de los tiempos mejores. Él es poeta, ella periodista y promotora de la poesía de su marido; quiero decir que lo eran en los tiempos de Antes. Esa librería es la única que recibe libros en consignación y muchos dejamos ahí nuestras bibliotecas; es como un sitio de intercambio. En el primer momento me alegró el encuentro y nos sentamos a tomar café en la panadería de enfrente para ponernos al día. Bueno: café no había; tuvimos que contentarnos con una botella de Frescolita vertida en vasitos de plástico. F., bueno: Flora (no hay motivo de tanta discreción, solo trataba de imitar el diario de algún famoso) trabaja ahora en un medio digital y también tiene su negocio de ventas por Internet. El medio debe ser inexistente o ligado al gobierno, dado que mi amiga está libre y anda paseando por la Zona Cinco, como si no fuera periodista. El marido, Ignacio, sigue escribiendo poesía. Su poemario en Amazon se vende muy bien entre nuestros compatriotas expatriados (la expresión per se es un poema).
Tienes buen aspecto, Elizabet. Solo ese peinado no te hace gracia. Para ser franca, te envejece. Ahora se lleva corto, como el mío.
Me río. Deja en paz mi cabello, Flo. Es lo único que me hace sentir como Margaret Atwood.
Ya quisieras tú. Por cierto, ¿qué estás escribiendo?
La Frescolitame empalaga. Siempre pasa en esos encuentros, cada vez más raros, con amigos escritores. Me avergüenza no poder presumir con alguna nueva cosecha, ni siquiera autoeditada o en proceso. Suelo profundizar mi humillación quejándome de que no me sale nada, lo que desencadena una avalancha de confesiones similares, bloqueos, páginas en blanco. Un enorme cansancio me cae encima cuando, después de dar vueltas a los déjà vu de esas y otras tribulaciones que padecemos, nos despedimos con abrazos y promesas de repetir el encuentro, porque así no se puede, hay que romper el aislamiento y mantener el contacto, decimos, y nos despedimos con un nos llamamos pronto, aunque eso exige ahora un extraño esfuerzo y, desde luego, no lo haremos.
Flo e Ignacio no me dijeron nada que no me diga yo misma: escribe sobre tus padres, Bet, sobre tu infancia, tu matrimonio, tu vida universitaria, y podría seguir aquí ad infinitum: escribe sobre tus éxitos y fracasos, escribe sobre Archi y sobre esa niña callada y miope que te ha caído del cielo para dar sentido a tu matrimonio sin hijos. Y tus viajes, Bet, no olvides los viajes. Has estado en París y en Buenos Aires, has visto las ruinas de Machu Pichu, te perdiste en el metro de Nueva York y en las calles de Shanghái, tuviste un marido maravilloso, unos tropiezos románticos y hasta un gran amor clandestino (bueno, eso no lo sabe nadie). Tus propias experiencias son una mina inagotable de…
Y no puedo. Porque mi vida es esta, la de aquí y ahora, inmóvil, reducida al mínimo. Solo puedo soportarla pasando los días como cuentas de un rosario. Así vivimos todos, ellos y yo y muchos más, replegados y esperando, esperando; porque algo tan desafiante de la inteligencia, tan absurdo y grotesco como gob no puede prolongarse tanto, porque eso tiene que terminar, porque tiene que pasar algo. Nos rebelamos, se sabe, una y otra y otra vez, ya no recuerdo cuántas. Y nos vencieron, siempre: con sangre, fuego y burocracia cotidiana. Así que solo queda mantenerse vivos y la impotencia de esperar.
Tampoco eso me atrae como tema de una novela. No tengo vocación heroica, ni en la vida ni en la narrativa. Solo en este diario estoy a salvo. No pretendo documentar la realidad; por más que lo intente, sé que estaría inventando. En este diario me contento con rumiar realidad e invento como una vaca, una cotidianidad sin futuro ni pasado, puro presente sin respuesta, diario anti-diario, novela anti-novela, vida anti-vida.
Muuuuuuuuuu.
6
Las circunstancias del encuentro eran muy diferentes: Daniela conoció a Rómulo Garza en el andén del Núcleo Central. O más bien, lo reconoció cuando se acercó y le tocó el hombro. Levantó el rostro bañado en lágrimas; ya no le importaba que la vieran llorar como una niña. Estaban solos. Las luces de emergencia se estaban debilitando, una de ellas parpadeaba sin cesar.
Perdona, yo creo que te conozco, dijo el joven. Tu cara me suena.
Extrañamente, por una vez no era una táctica de acercamiento; a ella también le sonaba la suya. No era difícil situar el contexto. Vives en el conjunto Mayoral, ¿cierto?
Si lo llamamos vivir, sí. En el edificio B.
Pues somos vecinos: yo soy del A. Pero no recuerdo haberte visto hace tiempo.
Es porque trabajo por turnos y casi nunca vuelvo a casa en horario normal. Soy Garza. Rómulo Garza.
Bond. James Bond.
Se rieron. Daniela se secó el resto de las lágrimas y se presentó también. Su tía abuela y el abuelo de Rómulo se conocían; o eso le parecía a ella. ¡Y tuvieron que atravesar ocho estaciones para que ellos se conocieran también!
Se rieron de nuevo. Él preguntó qué hacía allí, tan sola, y la muchacha resumió el relato de sus desgracias. El atraco. El apagón. El tobillo torcido. El vigilante que no la dejó pasar.
¿Qué pensabas hacer?
Por toda respuesta Daniela se encogió de hombros. Si no piensas ni te agitas, la vida te trae algo. La prueba: te lo ha traído a él.
Rómulo tenía la tarjeta correcta: trabajaba en una institución gubernamental alojada en el Núcleo. Daniela no se imaginaba el dilema que él había experimentado antes de abordarla. No lo habría hecho si las cosas importantes de la vida ocurriesen según el sentido común y no al azar de pequeños detalles como, en este caso, unos lentes rotos: Daniela no los llevaba puestos, dejando al desnudo su carita de princesa en apuros que lo atrajo como un imán, aunque nadie debería haberlo visto en ese lugar. Tampoco le gustaba argumentar con el vigilante para que dejaran pasar a su vecina, amiga y persona de confianza, a quien estaba acompañando porque se había torcido el tobillo. El guardia creyó que habían venido juntos en el tren, pero permaneció inconmovible. Usted puede pasar, dijo, ella no, y Rómulo, frustrado, volvió a sentarse al lado de la muchacha.
Daniela había dejado de llorar. Ya no estaba sola, y la compañía de ese galán rubio sería más que bienvenida incluso en una situación normal de un bar o de una fiesta. Él era ingeniero de computación y trabajaba en una organización gubernamental dedicada a los ciudadanos de la tercera edad: por eso tenía acceso al Núcleo. Ella había estudiado química ambiental, pero trabajaba como asistenta en un laboratorio dental de la Zona Siete; por eso no lo tenía. Él le contó que era tutor de un ciudadano muy mayor, su abuelo Ambrosio, quien lo había criado; le habló de lo maravilloso que era antes de enfermarse. Ella le habló de su tía abuela, la escritora. Él tenía una novia, pero estaba a punto de terminar la relación. Ella no tenía novio fijo, tenía un gato, compartido con la escritora. Esas precisiones eran fundamentales: estaba claro que se gustaban. También estaba claro por qué ella se hallaba en ese andén desierto, pero no qué hacía él allí, por qué y cómo había logrado entrar a la estación cerrada en plena falla eléctrica, y por qué, si no había trenes.
Daniela no se lo preguntó: estaba entrenada para vivir sin hacer preguntas. Tampoco preguntó lo que iban a hacer cuando se agotó la luz de emergencia y un nuevo vigilante reemplazó al anterior en la custodia de la puerta cerrada: eso ya era asunto de Rómulo, quien, de manera natural se había erigido en su protector. Cuando los pasos del guardia y el haz de su linterna delataron que estaba haciendo una ronda, pensó que el joven iba a reanudar sus intentos para convencerlo, pero este se levantó, la ayudó a incorporarse y tiró de su mano hasta que ambos se internaron en el túnel antes de ser descubiertos. Bueno, pensó, al menos no estaba sola ni rodeada de gente desconocida. En otras circunstancias, la perspectiva de caminar un kilómetro y medio por un túnel oscuro en compañía de un varón tan atractivo como ese no la habría disgustado en absoluto; en estas, con su pie dolido, era terrible. Pero estaba equivocada otra vez: no iban a caminar tanto.
Al cabo de unos doscientos metros, Rómulo se detuvo.
¿Puedo confiar en ti?, preguntó. Pues, claro, dijo Daniela. Y lo repitió varias veces, mientras él vacilaba: Puedes confiar en mí.
No sé por qué, pero siento que sí. Espero no equivocarme. Te voy a sacar de aquí, dijo por fin. Pero tienes que jurarme que nunca, jamás, en ninguna circunstancia revelarás a nadie cómo lo hice. Recuerda que puedo ir a la cárcel, o algo peor; y de paso tú también.
Daniela lo juró, y cumplió. En ninguno de sus siguientes encuentros que se convirtieron en citas, ni cuando comenzó a cuidar de su abuelo, ni cuando se acostaron por primera vez ni en ninguna de las siguientes mencionaría la puertita muy baja, camuflada en la pared del túnel, ni el camino estrecho y sinuoso, como de canalizaciones abandonadas, con charcos de agua y escaleras, por el que la llevó alumbrándose con el celular. Ella lo siguió sin más; ese día ya nada podía afectarla ni activar su curiosidad, le bastó el apoyo que le prestaba Rómulo, tanto moral como físico, porque el pie hinchado le dolía cada vez más y no podía caminar sin ayuda. El último tramo desembocaba en un local subterráneo donde entraron por otra puerta camuflada detrás de un armario metálico, uno de los muchos que llenaban el sitio ordenados en filas de cuatro. Es el sótano donde guardamos nuestro backup en físico, le explicó Rómulo. Aquí no baja nadie salvo los viernes por la tarde. Yo trabajo en este edificio, añadió para explicarse mejor.
Era martes por la mañana. Algunos armarios estaban abiertos y Daniela se fijó en cajas circulares que probablemente contenían cintas grabadas. Caminaba cada vez peor. Le llamó la atención que, a pesar del apagón anunciado como general, el sitio estaba fuertemente climatizado, y algunos bombillos proveían una iluminación baja pero suficiente. No dijo nada, pero él se sintió obligado de explicar:
Los cortes de corriente no afectan al Núcleo. Aquí cada edificio tiene sus propios generadores, y también su pozo por si falta agua. Oh, sí, sé que sientes rabia, Daniela; es comprensible, pero ten presente que también esto es una información confidencial. He firmado un contrato muy largo que las detalla una por una. Espero que no me haya equivocado contigo.
Salieron de allí por una pesada puerta de hierro de la que él también tenía llave a una escalera por la que accedieron al estacionamiento de empleados un piso más arriba, donde estaba su Toyota gris de los ochenta, todavía en buen estado. No había nadie a la vista. Rómulo le indicó a Daniela que se acostara en el asiento trasero al lado de su maletín y la cubrió con varias carpetas, periódicos y con su chaqueta, todo arrojado con aparente descuido de modo que no despertó sospechas, ni en la primera revisión cuando salieron del edificio donde el guardia conocía a Rómulo, ni en el puesto de vigilancia a la salida del Núcleo Central, cuyas rejas se abrieron sin inconveniente cuando mostró sus credenciales. Lo escuchó contar por teléfono a su jefe que su abuelo enloquece en la oscuridad y puede hacerse daño; más tarde comprendería que eran excusas por ausentarse del trabajo. Al cabo de unas vueltas detuvo el carro para que ella pudiera sentarse a su lado, y así llegaron a la Zona Siete y al Conjunto Residencial Mayoral donde ambos habían crecido sin conocerse.
Fiel a su promesa, Daniela simplificó toda esa epopeya a un fortuito encuentro en la calle. Bet se alegró cuando Rómulo le propuso a su nieta el cuidado del señor Ambrosio, quien antes de su segundo acv aún conservaba toda su lucidez y parte de la movilidad, de modo que al principio el trabajo era agradable: había mucha conversación con el viejo, había afecto. También se alegraba por dentro con la relación que unía a los jóvenes y de la que oficialmente no estaba enterada: Daniela era muy reservada al respecto. Pero Bet conocía demasiado bien a su niña y nunca se dejó despistar.
7
Me alargué un poco con esta historia por el mero gusto de contarla. Pero volvamos al diario de Elizabet Rosenberg. La siguiente entrada retoma los temas vecinales:
JUEVES, 31 DE MAYO
La situación del agua es una tragedia, pero nos estamos acostumbrando, como nos hemos acostumbrado a cualquier bajón de nivel de la vida cotidiana y se nos va olvidando cómo había sido antes de esos golpes. O sea: Antes. En ese Antes que es tan difícil definir cuándo dejó de existir y se convirtió en este Ahora en que muchos vecinos, y sobre todo, vecinas, pasamos tiempo en la penumbra del sótano, charlando, llenando tobos, ayudándonos unas a otras. La gente trae champú y se lava el cabello; también se murmura que algunos bajan allí de noche para bañarse; en nuestras redes vecinales de whatsapp corren historias picantes acerca de encuentros fortuitos y no tanto, entre cuerpos desnudos y enjabonados en la oscuridad. Yo misma, cuando no aprovecho la ducha y la lavadora del apartamento donde trabaja Daniela, también bajo al sótano, con mi viejo traje de baño que jamás me pondría en público, pero nunca he encontrado a nadie. De día somos muchos y casi todos de tercera edad: los jóvenes del edificio trabajan y cuando vienen a llenar los tobos se aíslan con sus teléfonos y sus propios asuntos. También tienen sus propios grupos en las redes.
El italiano del piso seis, ese que dispuso de la rata, me intriga. A mí y a los demás. Investigué un poco preguntando a la gente, pero no pude descubrir si está o no en algún chat. Hay quienes dicen que sí, incluso afirman que está en todos, pero no saben bajo qué alias. ¡Son tantos! Walquiria, Quieropaz, Coronel, Diosmecuida, Carmora, Nomedigas, Samurai. No logré descubrir a todos. Tal vez el italiano sea de esos espías clandestinos que ojean los mensajes pero no participan nunca, como yo misma, que me mantengo calladita bajo mi seudónimo pero siempre informada sobre dónde se consiguen remedios y productos de limpieza caseros, quién recomienda un acupunturista, una bruja o un mecánico, quién se acuesta con quién, a quién atracaron en qué calle y qué le robaron y quién opina qué cosa acerca de lo antes mencionado.
No creo que alguna de esas voces sea la del expolicía italiano. En el edificio tiene la reputación de un tipo raro. Vive aquí desde hace más de diez años, callado, ocupado en sus cosas. Pero también él necesita agua y tiene que bajar con sus tobos como todo el mundo. Ayer despertó miradas de interés y supongo que muchos comentarios posteriores cuando se me presentó formalmente entre las tuberías oxidadas y los charcos del cuarto del hidroneumático; estaba detrás de mí en la cola. Puso sus tobos en el suelo y me tendió la mano: me llamo Luca Bambino. Llevaba una camisa azul remangada, limpia, impecable. Y yo, de lo más formal: Elizabet Rosenberg, mucho gusto. Luca es todo un caballero, como los de antaño. Desde entonces ya van dos veces que me ayuda a cargar los tobos hasta mi puerta. La próxima vez lo invitaré a un café: es lo mínimo que puedes hacer, Bet, ¿no es cierto? (nota mental: revisar si hay café).
(Nota mental 2: Pero sí estás toda conmocionada, Bet, por ese raro interés. Y muy cobarde para no mencionarlo. Vaya, solo cuida de cerrar bien el archivo y sé sincera como corresponde.)
8
La relación progresa. Ahora ya llegan a conversaciones tan íntimas como esta que (según las notas en el mismo diario) sostuvieron el domingo 3 de junio por la tarde:
Qué elegante, Elizabet.
Gracias. Mi conjunto de ocasiones oficiales y velorios.
¿Va al velorio sola?
Sí. Mi nieta tiene una crisis de nervios.
Es comprensible en su caso, ¿no?
Desde luego. Bet no tiene deseos de hablar de Daniela. Ni del accidente que es la causa del velorio. Ya basta.Tantos posts malintencionados en whatsapp. Y demasiada gente que me acosa con preguntas. Pero también usted va solo, Luca. Siempre lo veo solo. ¿Quién es su responsable legal?
Es mi nieto, Joaquín. Creció muy apegado a mí, especialmente desde que mi hijo y nuera se fueron. Tenía nueve años entonces.
¿Y su mujer?
Se fue también. No sé exactamente cuándo, ya estábamos divorciados entonces. Quedamos mi nieto y yo. Ya sabe, la historia de muchos.
¿Y por qué sonríe usted? Pues claro que sonríe. Ese viejo tiene una sonrisa que le quita como diez años.
Tsss… porque Joaquín logró escapar. Por suerte, no lo saben. Sigue registrado como mi responsable legal. Me las arreglo. Hago todos mis trámites con su número de tutor y no se han percatado. Espero que así sigan.
Los ojos negros miran directamente a los suyos. Elizabet traga con dificultad. Eso no es normal. Hace años que nadie la ha retado a traspasar la barrera de la realidad permitida, donde solo se cruzan eslóganes oficiales y chismorreo en grupos de whatsapp.
¿Y cómo es que usted me está contando algo así?
Instinto, Elizabet. Admito que he sido imprudente. Pero, ¿en quién se puede confiar en estos días? Solo en gente como nosotros, como usted y yo.
¿Se refiere a los viejos como nosotros?
¿Viejos? No lo pondría de esa manera. Gente que ha vivido lo mismo que yo, que aún recuerda lo mismo que yo. El mundo como era Antes. Y no es cuestión de edad. Es cuestión de memoria. Usted, estimada vecina, recuerda.
Ella suspira:
A veces me pregunto si de verdad recuerdo algo o lo invento. Yo invento mucho, señor Bambino. Mi cabeza no para de inventar.
Es porque es escritora.
¿Cómo lo sabe?
Todo el mundo lo sabe.
Pero ya no lo soy. No logro escribir nada. Invento porque no recuerdo, si me entiende.
¿Le parece que hagamos un pequeño ejercicio de memoria? ¿Un juego de adivinanzas?
De acuerdo.
Pregunte, vecina. Ladies first.
Okey. ¿Recuerda usted qué era antes el Centro Patriótico?
Era un complejo cultural con multi-teatro, hall de conciertos, ópera y auditorios. Acerté, ¿ve? ¡Mi turno!: ¿Qué usábamos antes del carné personal?
Otro tipo de carné que se llamaba cedula de identidad. Tenía nombre, apellido, huella digital y hasta una foto. ¡No puedo creer que andábamos con tanta información personal a la vista! Qué peligro, señor, qué peligro… Ahora con ese número basta, todo lo demás está a buen resguardo en la base de datos del Estado. Si algo han hecho bien sería eso. Así es más seguro y eficiente.
Luca bufa con sarcasmo:
