Flores particulares - Nora Eckert - E-Book

Flores particulares E-Book

Nora Eckert

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Beschreibung

Nora Eckert llegó a Berlín en la Navidad de 1973. La ciudad, todavía con las cicatrices de la guerra, se había convertido en símbolo de libertad. Poco después comenzó a trabajar como guardarropa en el Chez Romy Haag, un faro de diversión y lentejuelas donde por las noches se daban cita artistas como David Bowie, Tina Turner o Grace Jones. Sumida en ese esplendor, comenzó su transición de género para dejar atrás la frustración que la había acompañado siempre. Flores particulares son las apasionantes memorias de Nora Eckert, periodista y crítica cultural alemana, que desbordan aventuras narradas con humor, naturalidad y nostalgia, y constituyen una celebración del salvaje y hedonista Berlín Occidental. «Leer a Nora Eckert ha sido un tránsito maravilloso por el reconocimiento, el desasosiego, el humor, la belleza y el desacuerdo. Un aprendizaje con el que, pasados los cuarenta, no pensaba encontrarme. Una forma encantadora de azuzar el orgullo por nuestra genealogía». —Alana S. Portero «Un alegato por la tolerancia, un testimonio de fuerza, amor y seguridad en una misma». —Buchkultur «Una vida increíble. Una obra llena de ingenio que es también el testimonio de cómo se trata a las personas trans en la sociedad actual». —RBB

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Seitenzahl: 325

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Título original: Wie alle nur anders. Ein transsexuelles Leben in Berlin, Nora Eckert

© Verlag C.H.Beck oHG, München, 2021

Derechos negociados a través de Ute Körner Literary Agent

© de la traducción, Virginia Maza Castán, 2022

© del prólogo, Alana S. Portero, 2022

© de esta edición, Editorial Tránsito, 2022

DISEÑO DE COLECCIÓN: © Donna Salama

DISEÑO DE CUBIERTA: © Donna Salama

FOTOGRAFÍA DE SOLAPA: © Ralf Günther

Todas las fotografías del libro proceden del archivo privado de la autora.

IMPRESIÓN: KADMOS

Impreso en España – Printed in Spain

IBIC: FA

ISBN: 978-84-124401-6-4

eISBN: 978-84-126039-6-5

DEPÓSITO LEGAL: M-10697-2022

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La traducción de este libro ha sido subvencionada por el Goethe-Institut

FLORES PARTICULARES

nora eckert

traducido por Virginia Mazaprólogo de Alana S. Portero

Contenido

Prólogo

Nota de la traductora

Notas de la autora sobre lenguaje y escritura

Lo que no se ve en la fotografía

La llegada a la gran ciudad

Un gay en Berlín y Giessen

El adiós a la masculinidad

Una entrevista de trabajo en 1976

El vestuario

Chez Romy Haag

Hormonas y esfuerzo

Outing, passing y un pasaporte provisional

¿Qué me pongo?

La ley trans

Mis hombres, ¿qué hombres?

Mi evaluación: un vodevil

¿Qué sabía Shakespeare?

De los hombres al arte

¡Tenía que ser la ópera!

Un niño sensual y sin decoro

Mi madre

Mind the gap

El vuelco

Back to the roots

Epílogo: La leyenda del cuerpo equivocado (o de cómo llegó la mujer a estar dentro del hombre)

Prólogo

Una no acaba de entender en toda su complejidad conceptos que a menudo usa para describir la sensación de pertenencia al colectivo que la arropa, que le da un nombre y una patria emocional. Se puede conocer el significado del concepto en cuestión, saber aplicarlo con precisión, hasta tener una idea aproximada de su etimología, pero suele ser necesaria la participación de una experiencia propia o de un relato ajeno que se nos hace intimidad para terminar de mapear las coordenadas que lo forman. No es lo mismo entender algo que hacerlo nuestro.

Como mujer trans, feminista y bisexual he comprendido la hondura de la «genealogía» siempre a través de los relatos de las que me han precedido. Si la «sororidad» la he descifrado a fuerza de practicarla, de recibirla, de negarla y de que me fuese negada, la «genealogía» es algo que se habita, que se atesora y que se transmite. Esta biografía de Nora Eckert habla de forma tan directa a quien la lee que es difícil no reconocerse en ella en alguna de sus etapas vitales. Pero no quiero hablaros de generalidades en este prólogo, lo que la vida de Nora tenga de universal no es lo importante y sólo sirve como endulzante contra el prejuicio previo a decidir si leer o no la vida de una mujer trans. Es lo particular, lo específico de una existencia transfemenina, lo que convierte este texto en una lectura enriquecedora. Ella misma, casi a modo de mensaje admonitorio, como de fábula, advierte de los peligros de la búsqueda de la uniformidad. De cómo la normalización no deja de ser un proceso de desleimiento personal que puede terminar en la pérdida de todo lo que nos hace únicas. Nadie quiere despertar con brusquedad a cierta edad para darse cuenta de que no ha vivido como quería, sino como creía que quería.

O como debía.

No es necesario el trauma —tan asociado a las vidas trans cuando se las desconoce— para querer alejarse del lugar de la infancia o de la adolescencia. Nora no es diferente en este sentido, esta también es la historia de lo que se deja atrás, aunque en su relato no vais a encontrar ni pizca de trauma ni de sensacionalismo. Lo que para algunas de nosotras es un proceso de ruptura necesario, un punto y aparte concluyente con poca posibilidad de vuelta atrás, Nora lo describe de una forma orgánica, como el paso natural de un estadio a otro; su Núremberg natal, su vida familiar, sus relaciones de infancia y juventud son incompatibles con esa metamorfosis que está por llegar y que pasa por la emancipación de casi todo. En la Alemania de los años setenta, cuando no se era una persona normativa, eso significaba irse a Berlín.

Berlín como escenario, Berlín como punto de fuga, como tierra de nadie en la que crecen flores particulares sin que nadie les preste atención. Leer a Nora Eckert también es la oportunidad de conocer una ciudad en un contexto social y político únicos, con un submundo nocturno de maravillas que mantienen viva la decadencia y la exuberancia de aquella mitología estética de los años veinte devorada por el canibalismo nazi.

La noche importa en este relato. La noche berlinesa. En la noche se decantan las existencias torcidas y encuentran un all-together en las pistas de baile, en los cabarés, en las barras y en las esquinas mojadas. Si la infancia y la adolescencia de Nora transcurren al aire libre, bajo el sol, su primera juventud, que es la de muchas, que es un poco la mía, tiene que pasar por necesidad por la escuela de la madrugada.

A menudo, como todo lo que solivianta al marquesado cisheterosexual, se tiene una idea de lo nocturno y lo queer como la unión de dos universos de sordidez. Como algo sucio o peligroso que debe evitarse o visitarse como quien participa en un safari.

Para nosotras la noche es mucho más luminosa que el día, al menos cuando se es joven. No sólo por nuestra educación sexual, que también; creo que nuestros códigos de lo carnal, nuestra forma de aproximarnos, constituyen una experiencia preciosa que se ensucia desde fuera para ocultar las violencias inherentes a las formas cisheterosexuales de relacionarse. Que lo nocturno esté relacionado con lo sucio es un relato desde la normatividad que poco tiene que ver con nosotras.

Leyendo a Nora Eckert me he vuelto a ver a mis veinte años hablando horas y horas con las mujeres de la calle Desengaño, de Ballesta o de la Casa de Campo de Madrid. He vuelto a escuchar las voces roncas y confortables de aquellas reinas que lo sabían casi todo y no ahorraban media palabra para contarlo. De ellas aprendí las cosas más importantes de la vida, al menos las que me han sido más útiles. Mientras Nora camina de noche por Winterfeldstrasse observa a las chicas de la calle y sueña, sobre tacones cada vez más altos, con una vida como mujer. Pienso en mí misma alimentándome de aquel mundo femenino madrileño que podía mirar de cerca pero que no podía tocar. Me reconozco en ese proceso que cuenta Nora de copiar sus gestos, su forma de pararse debajo de las farolas junto a la calzada, en el aprendizaje del desapego y de la ligereza que irradiaban. Mirar a las mujeres que habitaban aquellas noches, fuese en el Berlín de la Guerra Fría o en el Madrid de los noventa, en cunetas, esquinas o en los pequeños escenarios, como se mira a las grandes divas del cine y del teatro. Ansiar su belleza. Querer ser ellas.

Nora tenía a Marlene Dietrich, Jeanne Moreau o Jane Russell. Yo a Michelle Pfeiffer, la Marisol adulta o Natassjia Kinsky.

Escenario y noche como espacios de realización, de intimidad compartida, de entender quién es una y por dónde la llevan el corazón y las vísceras.

El cine, la ópera, el teatro, en definitiva, la ficción, son fundamentales en la vida de Nora. Vais a encontrar referencias preciosas en el libro que quizá sirvan para trazar un mapa emocional y cultural del texto y de la vida de su autora. Creo que las personas LGTBIQ+ estamos necesariamente mejor entrenadas para habitar la suspensión de la realidad del cine, de la ópera y del teatro. La falta de referentes —cuando no la ausencia total de ellos— nos hacen buscar y localizar las grietas más pequeñas de la ficción, por donde se cuelan guiños a nuestras diferencias. Lo que para otros es una escena cualquiera, para nosotras puede suponer, desde que somos criaturas, una mirada de reconocimiento, un gesto, una palabra ambigua a la que aferrarse para reconocerse en la maravilla. Ese buscarse en las ficciones con tanta sed y encontrarse con tanta dificultad agudiza la imaginación, la proyección de nuestras propias vidas hacia lugares maravillosos lejos de una mundanidad que nos aburre o que, en el mejor de los casos, nos ignora.

Por muy integrada que una esté en su comunidad, y Nora demuestra ser bastante hábil en esto, necesita un santoral de brillo, música y belleza. A la integración no siempre la acompaña la pertenencia. Esta es la gran lección que Nora nos deja en esta biografía. Se puede vivir toda la vida despreocupadamente entre extraños, pero una tarde entre las nuestras, sean reales o imaginadas, en un café o en la platea de un cine, vale por una de esas vidas.

Está bien ser una más, pero es mucho mejor ser una misma.

Como en muchos de los clásicos de la ficción que tanto ama Nora, su propia historia termina o abre su última parte con una vuelta a las raíces, con lo trans, con lo que significa para nosotras ser lo que somos y lo que queremos de la vida. En esta última parte he encontrado, como mujer trans, un aprendizaje valiosísimo, una especie de llamada de atención que creo que apela al centro mismo de nuestro activismo y nos devuelve algo que quizá estábamos perdiendo.

Necesitamos ser queridas. Formar parte de la sociedad como sujetos de derecho, ocupar un espacio propio, participar de la vida pública como cualquier mujer y ser apreciadas por ello. Esa es nuestra lucha y por ella soportamos las inclemencias de mostrarnos como somos, que son muchas. Nora, que lleva bastante camino adelantado, que ha transitado la normalidad con éxito, incluso destacando por su labor literaria como crítica escénica sin que lo trans estuviese presente durante décadas, nos advierte de ese vacío como algo que puede parecer deseable pero que acaba siendo insoportable.

Es cierto que hay algo implícito en las transiciones clínicas y estéticas relacionado con la desaparición. Al final una busca asemejarse a la idea normativa que tiene de sí misma y despojarse de cualquier rastro externo que le recuerde de dónde viene. Es natural desearlo así. Estamos educadas y condicionadas para ello, llevamos a cuestas la molicie del binarismo y no se nos puede culpar por querer ser una más. Nora, con su relato, nos obliga a echar la vista atrás y nos ayuda a entender que lo que somos: mujeres trans, nos ha provisto de aprendizajes y experiencias extraordinarias que no merecen desaparecer en los altares de la cotidianidad. Que no hay un después de la experiencia trans ni debe haberlo. Que la historia de las mujeres no está completa sin nosotras pero que no hay nada de malo en vindicar nuestra excepcionalidad. Que, aunque se tenga la posibilidad de pasar desapercibida en tanto que mujer trans, no merece la pena hacerlo porque se priva a una misma y a su entorno de una belleza muy especial. La integración, la normalización, no deberían significar el arrancamiento de tantas y tan bellas flores particulares.

Quizá por ese carácter tan berlinés que acaba teniendo Nora después de pasar casi toda su vida en aquella ciudad que casi sentimos nuestra después de leerla, por esa asertividad despreocupada, haya cosas con las que no estoy de acuerdo con ella. No tanto en el fondo como en la forma. Cuando lleguéis al final del libro lo entenderéis. Y eso también es parte del encanto de este testimonio, lo desafiante del mismo en cuestiones sensibles para nuestra comunidad.

Más allá de las expresiones generacionales —que no tienen importancia alguna— quizá extrapola lo personal a lo común de una forma suavemente despiadada. Pero insisto, no viene mal un poco de desdén berlinés para poner a prueba lo que una cree que sabe de la vida.

Leer a Nora ha sido un tránsito maravilloso por el reconocimiento, el desasosiego, el humor, la belleza y el desacuerdo. Un aprendizaje con el que, pasados los cuarenta, no pensaba encontrarme. Una forma encantadora de azuzar el orgullo por nuestra genealogía.

Para terminar, agradecer a Sol Salama, al frente de Tránsito, que nos haya puesto al alcance el testimonio apasionante de esta mujer y me haya dado la oportunidad de ser su escudera. También a Virginia Maza por su excelente traducción.

Feliz lectura.

Alana S. Portero

Nota de la traductora

El lenguaje es territorio de conquista, porque además de reflejar realidades y visiones del mundo, sirve para construirlas. Dice Eckert en un momento del relato de su vida que ella y sus compañeras tuvieron que ocupar un lugar en la sociedad que no existía. Eso también (y no en último lugar) se hace a través de la palabra.

Y se refleja en la traducción, en el uso del lenguaje y en la elección de terminología. En primer lugar, esta versión se ha tratado de construir sin el uso del masculino genérico, inadecuado espejo de una realidad diversa de la que es testimonio Eckert (que además hace uso del desdoblamiento femenino-masculino cuando el alemán no le permite la neutralidad). Si algún caso se ha escapado, culpemos al «dios del binarismo».

En la vivencia de Eckert, la identidad no está ligada al cuerpo, descubre que reside en ella una identidad que no coincide con la del género asignado por la lectura de su corporalidad: pero no siente extrañeza del cuerpo que es el suyo y que no está equivocado. Dinamita el binarismo. El alemán «Geschlecht» es una palabra polisémica que puede designar las categorías de sexo y género, sin diferenciar entre uno y otro. Cuando se utiliza en su relato, la traducción se contextualiza en las vivencias de Eckert. Sex y gender; cuerpo e identidad; géneros e identidad de género; género del cuerpo, del cerebro y las normas del género: «No soy ni hombre ni mujer. Vivo una tercera opción y no es necesario buscar un término para ella. En verdad, lo único importante es vivir lo que eres».

También quiero explicar el uso en este libro de la palabra «travesti». Como explica Eckert, las mujeres trans de Alemania a finales de los setenta rechazaban el uso del prefijo «trans» por ser «Transvestit» el término reservado por la sexología y la ciencia psiquiátrica para su patologización, después que lo acuñara Magnus Hirschfeld en una obra de referencia en 1910 (en España, encontramos por ejemplo el uso del término en una obra del famoso psiquiatra J. J. López Ibor, El libro de la vida sexual, de 1968). Frente al vocablo patologizador, se produce una apropiación de un término despectivo en origen como reafirmación identitaria. Se trata de «Fummeltante», una especie de «tía de los pingos» en traducción literal. En español, esa misma auto-denominación reivindicativa se hace con el término también reapropiado de «travesti». Por ejemplo, en las primeras manifestaciones del 24 de junio en las Ramblas, decían las pancartas: «Contra redadas y agresiones: a la calle, travestis y maricones». Para referirme a los «Travesti-Shows», hablo por contra de «transformismo», y reservo el término de Hirschfeld y López Ibor («transvestismo») para el ámbito estrictamente médico, aunque no sea de uso habitual en español.

Eckert no identifica las citas. Me ha parecido oportuno que sí aparezcan en la traducción, por si quien lee tiene ganas de seguir leyendo (o escuchando o viendo) por otros lugares.

Mi agradecimiento a Dune, compañera. A Alejandro y Erik por la lucha y la lectura. Y a Alicia, que siempre enseña.

Flores Particulares

Dedicado a Elmar, Mechthild, Katharina y Teresa.

Dios creó a Eva a partir de Adán. Le bastó una costilla. Así las cosas, ¿comienza la historia de lo trans* con la creación de la mujer a partir del hombre? La biología prefiere darle la vuelta, y presenta a la mujer como prototipo humano (siendo el hombre una variante surgida de ella). En cualquiera de los casos, la pregunta por el comienzo de la historia de lo trans* tiene una misma respuesta: existe desde que existe el ser humano, sólo que no se ha escrito todavía. Mi historia es la de la mujer que está en el hombre, como una de las posibilidades que brinda la naturaleza. Toda la naturaleza es creación divina, y yo formo parte de ella. Soy como todo el mundo, aunque un poco diferente. De todas formas, al final diferente es todo el mundo a su manera.

Notas de la autora sobre lenguaje y escritura

En general, para referirme a la transgeneridad utilizo el término «trans» con asterisco, por ejemplo, al hablar de «cuerpo trans*» o «visibilidad trans*». El asterisco me sirve para incluir todas las identidades y expresiones de género de aquellas personas que no se identifican con el género que les fue asignado al nacer, en un esfuerzo por englobar todas las vivencias fuera del binarismo hombre-mujer. Para hablar de mí misma, utilizo el término «transexual», aunque ahora se considera anticuado. Lo hago por una vieja costumbre, pero sin atribuirle carga emocional. En el fondo, todas las combinaciones de palabras que utilizan el prefijo «trans» me resultan obsoletas, pero la lengua no nos ofrece alternativas. Sin asterisco utilizo los términos «mujer trans», «hombre trans» y «personas trans», para destacar una especificidad personal. El atributo «cis», que es aplicable a la mayoría de las personas, no significa otra cosa que su identificación con el género que se les asigna al nacer, cosa que no nos sucede a las personas trans. En este contexto también se habla de «heteronormatividad» y del ya mencionado «binarismo».

Las denominaciones que se emplean hacia las personas trans proceden fundamentalmente de la sexología y son etiquetas insuficientes, por no hablar de la patologización que implican. Hasta los años sesenta, en alemán se hablaba en general de «Transvestit», con diferentes gradaciones. Después, se fue imponiendo gradualmente el término «Transsexuell». Hacía falta un nombre para las personas que desde la infancia enfrentaban el enigma a la ciencia, lo mismo que se les debía asignar un género normativo. Sin embargo, las denominaciones que se les reservaban seguían expresando misterio e incomprensión.

Utilizo con frecuencia la forma inglesa «passing», que podría traducirse por «pasar». Se da cuando una persona es leída o reconocida con el género con el que quiere ser leída o reconocida. Todos los demás términos que se utilizan en el libro quedarán explicados por su contexto.

Am Strassenholz, 1959

Lo que no se ve en la fotografía

Las fotografías cuentan historias, unimos unas con otras. ¿Qué hay de esta foto de un niño pequeño? ¿Cuántos años tendrá? ¿Cinco, seis quizá? ¿Cuál es su historia? Yo soy la que mira obediente a la cámara, con un atisbo de sonrisa en la cara y los ojos grandes y despiertos. Cuando no se sabe qué cumplido hacerle a una mujer, se suele elogiar la belleza de sus ojos o de su cabello. Por eso es por lo que jamás he sabido cómo reaccionar cada vez que alguien se prendía de mis preciosos ojos… aunque no es el momento de hablar de esto. ¿Qué más llama la atención? La raya planchada del pantalón, algo que hoy apenas se ve. Los pantalones los cosió mi madre con unos viejos de papá. En los años cincuenta se cuidaban los gastos.

Cuando llegara el fotógrafo, tenía que estar como era debido. Por eso me pusieron ropa buena. Me maravilló que se pudiera hacer un pantalón tan pequeño con uno de persona mayor, y estuve presente en todo el arreglo, incluidas la toma de medidas y las pruebas. No me gustaba llevarlo. Me picaba en las piernas y la tela estaba tiesa. Lo que más me molestaba era que con él puesto no me permitían jugar, me habían sentenciado a no moverme. Al fondo de la fotografía asoman los rodrigones del jardín de mi madre, cubiertos por un frondoso manto de hojas de habichuela.

Este aspecto tenía el niño que se convirtió en mujer dieciséis años después. ¿Cómo sucede algo así? La foto no sabe nada de esa historia, sólo muestra a un niño. Tampoco permite ver nada del drama en miniatura que la precedió. No nos deja distinguir ni a la mujer de luego ni las lágrimas que corrieron poco antes de que se tomara. Y es que después de ponerme como un pincel a primera hora de la mañana, lo suyo era seguir estando como un pincel (como me advirtió mi madre) hasta que llegara el fotógrafo. Sin embargo, el quitamanchas y yo éramos uña y carne, como suele pasar en la infancia, así que era prácticamente inevitable que llegara la mancha. Se exhibía ufana en mitad de la pernera. Hubo bronca, pero lo que no hubo por desgracia eran otros pantalones buenos para cambiarme. Estas dos historias están grabadas en la imagen, aunque no se vean. Y, de todos modos, al final en la fotografía apenas se distingue el lamparón, con lo que aquel alboroto fue por nada.

Cuando miro hoy el rostro del niño que fui, veo mucho más, veo seis décadas de una vida agitada y fuera de lo corriente. Eso, por un lado, crea distancia, una distancia tan grande que casi me parezco otra persona; por otro, sin embargo, tengo la sensación de ser hoy más dueña del lejano tiempo de la infancia que entonces, porque sé más sobre él y sobre mí que en la época en la que se tomó la fotografía. El niño que fui no sabía nada todavía de lo que estaba por venir, aunque su secreto iba con él desde el principio. Siempre se dejó notar, como algo inidentificable, pero no impidió que el chico se sintiera a gusto en su piel. Creo que se le ve en la cara. En primer lugar, esa piel era la suya y, además, envolvía lo que dieciséis años después le sirvió para reconocerse: eres una mujer. A la mayoría de la gente le cuesta comprender que un chico reclame una identidad femenina, esa singularidad de la naturaleza humana. Sin embargo, el mocoso de la foto se las arregló bien cuando ya era un hombre joven (salvo con las manchas, para las que siguió siendo un imán).

Quiero contar cómo el niño se convirtió en mujer, en mujer trans para ser precisa —más adelante se comprenderá mejor esta sutil diferencia—. El relato comienza con mi llegada a Berlín, porque mi historia está unida de forma estrecha e indisoluble a esa ciudad. Quiero contar cómo llegué a ser lo que soy. Mi trans*idad ha sido una historia afortunada, y aquí la van a conocer. Al terminarla, no obstante, me gustaría echar la mirada atrás y detenerme de nuevo en lo que fue el hogar del niño de la fotografía, en su infancia y su juventud. Puede que así comprendan que no podemos huir de quienes somos ni tenemos motivos para hacerlo: I am what I am. Esto ya lo tenía claro el niño que posa delante de las habichuelas de su madre con la sonrisa de Mona Lisa, aunque todavía no sabía ni una pizca de inglés.

La llegada a la gran ciudad

«…la ciudad más decadente de Europa. Nos dirigimos al Romy Haag, no había clubes como ese en ningún otro lugar. (…) la noche londinense no era tan alternativa. (…) La ciudad era más crepuscular y perversa que hoy en día, no tenía nada de burguesa».

BRYAN FERRY1

Todo comenzó en Berlín y con Berlín. La ciudad siempre ha sido perfecta para eso; aunque no tanto para principiantes, sí para todo tipo de comienzos. Tenía un atractivo mágico, y sigue conservando esa fuerza, aunque de otra manera. Lo que me hace pensar en una frase un tanto manida, pero no por ello menos certera: «Berlín no es nada, pero puede convertirse en cualquier cosa». Esta ciudad, que en los años setenta seguía devastada por la guerra como ninguna otra de las grandes urbes de Alemania Occidental, se había convertido en símbolo de supervivencia (de facto y en un doble sentido) y, también, de vida alternativa. El lema de la ciudad y de quienes vivíamos en ella —aunque acabáramos de llegar a Berlín Oeste— era «ahora más que nunca». Digo que lo era en un doble sentido porque, por un lado, el símbolo apelaba a la supervivencia como espacio urbano abierto de media ciudad que estaba completamente aislada y, también, a la forma en la que sus habitantes seguían adelante y que consistía, básicamente, en que cada cual podía ser como quisiera con tan sólo quererlo. El amurallamiento de esa «unidad política independiente», como se denominaba a la mitad occidental de la ciudad según el código lingüístico de la RDA, no cambiaba en nada esa magia. Para quienes vivíamos en ella, lo importante en cualquier caso era recordar que aquello era Berlín Oeste, no sólo Berlín, como se solía repetir desde posturas ideológicas del Este. Durante prácticamente treinta años, esa insularidad fue un ingrediente importante del atractivo de Berlín Oeste. Quizá explique por qué cuando alguien viene de turista no deja de buscar pedacitos del Muro, como si aún guardaran dentro el misterio de una época que terminó hace ya mucho.

Aquí, un icono del pop como David Bowie podía tener la sensación de estar en una isla desierta entre dos millones de personas, sin que lo reconocieran ni molestaran. Todo el mundo conoce el proverbial dialecto berlinés, capaz de quitarle la magia y de ponerle los pies en la tierra a cualquier cosa. Es como si en Berlín se llevara la desafección en los genes. Difícilmente se puede asombrar a alguien de Berlín; en primer lugar, porque siempre lo saben todo y, además, porque tienen un talento especial para dar con el quid de la cuestión. De ahí viene su forma entre desenfadada e indiferente de tratar con el mundo y con las demás personas. Cada cual hace lo suyo: así es la mentalidad berlinesa del vive y deja vivir. En un entorno hostil, floreció aquí de forma espontánea una diversidad de subculturas que en el resto de Alemania Occidental se buscó infructuosamente. El viejo cuplé «has perdido la cabeza, criatura, vete a Berlín a vivir con majaretas» seguía siendo verdad, por mucho que la legendaria transformación cultural de los años veinte —a veces denominados «locos» y otras, «dorados»— se hubiera echado a perder y deslustrado con el paso del tiempo. No deja de ser cierto: aquí crecen flores muy particulares.

Llegué a Berlín Oeste poco antes de la Navidad de 1973, el mismo año en el que Max Frisch se instaló en la ciudad para llevar a cabo su «experimento berlinés». Aquello también fue para mí un experimento, aunque el mío continúa hasta día de hoy y espero que por mucho: la vida como ensayo abierto y dilatado en el tiempo. Al contrario de lo que me pasó a mí, Frisch no tardó en despreciar la ciudad. Acuciado por el miedo a perder su creatividad, huyó a Nueva York para desplegar allí todas sus fuerzas vitales, como cuenta en Montauk. En cambio, Berlín fue para mí biotopo de exploración y descubrimiento propios hasta el punto de reinventarme en el sentido más literal de la palabra.

Por supuesto, mis expectativas eran altas, pero la realidad acabó superando a la imaginación. Se impuso lo imprevisible. Esta ciudad podía ser extremadamente banal y aparente, de un espanto terrible y estrecha de miras hasta lo increíble, y al momento siguiente o al doblar una esquina pasaba a ser justamente lo contrario, esto es: extraordinaria. Y era así, sobre todo, porque su población reunía una colección de originales únicos fuera de lo normal.

En un libro sobre Berlín leí que «las grandes ciudades son vagas promesas. Un conglomerado de posibilidades infinitas. Son laberintos»2. La primera vez que estuve en Berlín fue para una entrevista de trabajo en la librería Elwert und Meurer y, aunque la visita fue breve, aquel lugar me dejó entrever ese aspecto laberíntico. Vista desde la calle, era una simple tienda con dos grandes escaparates a izquierda y derecha, la puerta de entrada en medio y otra pequeña zona de venta para libros de bolsillo junto al acceso del patio. No se notaba al ver la tienda, pero allí trabajaban un centenar de personas, la mayoría para el envío de libros por correo, un auténtico motor de ventas. Detrás de la tienda había un edificio anexo de dos plantas con un sinfín de escalerillas y corredores que se perdían en el sótano. Esos pasillos enrevesados se me quedaron marcados, como siempre lo hacen las arquitecturas intrincadas, y reaparecían luego en mis sueños ligados a algo inesperado. Lo complejo siempre me ha resultado atractivo. Ya en la infancia, nada me parecía más prometedor que los lugares ocultos y, aunque rara vez recuerdo los sueños, sí conservo en la memoria los de aquellos laberintos. Por muy escondidos y tenebrosos que fueran sus espacios y pasillos en los sueños, al final siempre daban al exterior o a una habitación soleada y radiante, con vistas a un jardín o a la calle.

Mi entrevista en Elwert und Meurer fue una doble puesta de largo: mi primera vez en Berlín y mi primer vuelo en avión. El viaje me lo subvencionó mi jefe, Günter Kämpf, dueño de la pequeña editorial Anabas Verlag, en la que trabajaba desde hacía casi dos años. Me acompañó desde Fráncfort a Berlín, porque él tenía también unos asuntos que resolver. Estuvimos a punto de perder el vuelo. Viajamos en coche desde Giessen hasta el aeropuerto de Fráncfort y nos pilló un atasco. «Por favor, déjanos llegar, me espera mi futuro», rezaba yo en silencio. Llegamos cinco minutos antes del despegue y tuvimos que correr hasta la puerta de embarque. Hoy, con tantos controles de seguridad, habría sido sencillamente imposible, pero entonces se limitaron a saludarnos mientras nos dejaban pasar. Sólo tuvimos que enseñar el billete, nadie revisó nuestro equipaje de mano. Creo que sólo tuvimos que identificarnos para el vuelo de vuelta. Subías y bajabas del avión igual que subes y bajas del tren. Qué tiempos tan maravillosos. Era un vuelo de PanAm. Cómo sonaba entonces el nombre: PanAm, igual que el vasto mundo. En la época, los corredores aéreos hacia la isla sólo estaban abiertos para las compañías aéreas aliadas.

Aterrizamos en Tempelhof, un aeropuerto en mitad de la ciudad, con la pista de aterrizaje rodeada por una densa masa de edificios residenciales de los distritos de Kreuzberg, Neukölln y Tempelhof. En el vuelo de aproximación, casi podías tocar los tejados de Tempelhofer Damm. Te asomabas a los salones iluminados de las casas o a los exuberantes balcones llenos de geranios. No fue ni mucho menos la última vez que llegué a Tempelhof o que salí de allí. En ocasiones, las turbulencias empujaban el avión con tanta fuerza hacia abajo que casi nos llevábamos los techos de las casas. Después de aterrizar, te recibía el imponente terminal de llegadas con el que volví a encontrarme por sorpresa décadas después en la estación central de Filadelfia. Y luego, por fin, el inigualable encuentro directo con la ciudad, más allá de aterrizajes turbulentos. Del terminal salías sin transición a la plaza Luftbrücke con el archiconocido Hungerharke (el monumento de Eduard Ludwig al puente aéreo), Tempelhofer Damm a la izquierda y a la derecha Mehringdamm, por donde muy pronto se llegaría a mi apartamento. ¡En ningún otro lugar emergías en mitad de una ciudad!

Para mí, llegar al Kreuzberg de aquella época (que no tiene nada que ver con el de hoy) era volver a casa. Y siempre sentía que habría sido mejor no llegar a marcharme. La vida se movía allí con la cadencia perfecta para las emociones, se ofrecía desnuda pero cálida a la vez, cruda pero sin resentimientos. Viví casi treinta años en la calle Gneisenaustrasse, a sólo un paso del aeropuerto de Tempelhof. Nada más llegar a Kreuzberg, encontré un pequeño apartamento en un edificio contiguo. La ventana de mi habitación daba a muros cortafuegos; de ellos, el de la izquierda era el más bonito: una pared de ladrillo caravista de cuatro pisos de altura, un mosaico de colores construido con el material que las desescombradoras recuperaron después de 1945 para la reconstrucción, una mezcla de cuatro o cinco clases diferentes de ladrillos. Me encantaba la mezcolanza de ese cortafuegos, igual que si fuera una magnífica pintura. Hoy está perfectamente enlucido, y la obra de arte se ha esfumado. La hierba que crecía aquí y allá entre las grietas de la pared tenía que hacer el papel del jardín inexistente. Siempre me ha maravillado la tenacidad de la naturaleza, incluso algún arbolito conseguía crecer en una grieta durante un par de años —a veces más—, para acabar marchito. Cada primavera me alegraba de la llegada de hojas verdes y frescas. Según cómo soplara el viento, los domingos oía los motores de los aviones arrancar para las pruebas, y su ruido se mezclaba con los sonidos que salían de los apartamentos de alrededor y que el patio amplificaba como un tornavoz: gritos infantiles por allí, traqueteo de ollas por allá, el timbre de un teléfono, ladridos y el inquilino del segundo que tronaba el patio con el aria «Casta Diva» por enésima vez. También María Callas visitaba nuestro patio. Pero me estoy anticipando, de momento no tenía aquel apartamento.

La entrevista de trabajo salió bien. Conseguí el empleo. Un par de semanas después, crucé el puesto de control de Dreilinden y pasé a toda velocidad por el AVUS rumbo a mi nuevo hogar. Hilla, con quien había compartido piso en Giessen, se agenció una furgoneta Volkswagen y con ella trasportamos mis escasas pertenencias a una ciudad que cada invierno mostraba su lado más hostil, es decir, más frío. Al principio encontré habitación con un grupo de personas que habían alquilado una planta entera en un patio de edificios industriales (no recuerdo si era el segundo o el tercer patio interior) de la calle Waldemarstrasse, en mitad del legendario distrito SO36, Sudeste 36. Era enorme, aunque tenía los suelos de hormigón y no resultaba precisamente hogareño. En Berlín se podía oler el invierno; según cómo fuera el tiempo, el humo quedaba atrapado en los callejones de piedra como una bruma de hollín. No era de extrañar, con tantas estufas de carbón. Era como caminar entre chimeneas humeantes. El año 1973 fue el de la crisis del petróleo, y nuestro loft de Kreuzberg no tenía calefacción de carbón, sino que se calentaba con gasóleo. La vertiginosa subida de los precios del combustible para la calefacción obligó a nuestra comunidad de vivienda a tomar medidas radicales para recortar los gastos. Después de unas cuentas descorazonadoras, se acordó por decisión colectiva apagar los radiadores de las habitaciones privadas y sólo se caldeaban la cocina, el baño y la sala común. Yo compartía una enorme habitación con una pareja de estudiantes a quienes ya me unía una amistad en Giessen. Tenía unos ventanales de cristal enormes en toda su extensión, no menos de veinte metros, con marcos de metal por los que se colaba el frío. En un instante, era como estar en Siberia. El ventanal se convertía en un campo escarchado, como flores de hielo cuya belleza exótica nos hacía perder el sentido cada noche entre las gélidas sábanas. Aquello se transformaba enseguida en una gruesa capa de hielo, y te convencías de que Siberia comenzaba al cruzar el Elba.

No volvía a entrar en calor hasta meterme en el metro, de camino al trabajo. Subía en Kottbusser Tor y bajaba en Inssbrucker Platz, con trasbordo en Nollendorfplatz; y, en aquel trayecto, descubría un auténtico universo de historia e historias. Literalmente, lo absorbía todo y siempre estaba a la búsqueda de huellas. Aprendí a leer la ciudad, comprendí lo que había perdido y paulatinamente me sentí en casa con lo que quedaba. En aquella época, el transporte público de Berlín no sólo ofrecía calor, sino que también se apiadaba de quienes fumábamos. Mi marca favorita de cigarrillos era Gitanes. En el metro había vagones en los que se permitía fumar y en los que no, con y sin humareda, en igualdad. En los autobuses de dos pisos, también se podía fumar en el de arriba con sus filas de cuatro asientos (!), y el ambiente solía estar tan cargado que se podía cortar. Al principio me sorprendió… claro, estábamos en Berlín.

Mi segundo refugio provisional tenía una confortable estufa de cerámica, aunque tuve que aprender a usarla —era excepcional que una de esas estufas explotara, pero de vez en cuando se daba el caso—. Por un tiempo, pude utilizar aquel pequeño apartamento de un amigo al que acababa de conocer. Tenía habitación y cocina, y, al otro lado del pasillo, había otro apartamento con la misma distribución exacta y con el que compartía una puerta que daba al patio de luces. No había cuarto de baño, el retrete estaba a mitad de la escalera y lo usaba toda la planta. Pobre de ti si tenías alguna urgencia y, desde luego, era mejor no andarse con muchos escrúpulos. Era una vida bastante ruda, sobre todo si sumamos que en uno de los patios había un desolladero. Con todo, también allí vivían almas delicadas y mágicas, eso sí, con los nervios bien templados.

A pesar de lo inhóspito y gélido de mi acogida, desde el primer momento supe que aquella ciudad era la mía. Lo tuve claro, aunque tenía veinte años recién cumplidos y apenas había visto mundo: Núremberg, la provinciana Giessen, algo de Múnich, Fráncfort y Colonia, donde pude visitar a Wolf Vostell, un artista al que idolatraba. Ya no sé de dónde saqué su dirección, pero me planté directamente en la puerta de su casa para decirle cuánto me gustaba su trabajo. Nunca he tenido miedo al contacto. En cierto modo, siempre me ha acompañado la sensación de que el mundo estaba ahí para mí, esperando a que lo descubriera y tomara posesión de él, aunque no se abriera desde el primer momento. Antes o después daba yo con alguna puerta o un pasadizo.

Berlín no se parecía en nada a ninguna otra ciudad, de eso no cabe duda. Ya no quería marcharme. Me decía que la primavera acabaría llegando y que para entonces tendría mi propio piso. Y en efecto, encontré el apartamento del patio trasero del que ya he hablado. En él tenía una habitación enorme y una cocina con un arcón debajo de la ventana en el que cabían cuatro quintales de briquetas (el consumo mensual para un invierno normal). Este apartamento también se calentaba con una estufa de cerámica, y el elemento estelar era una ducha recién instalada. Eso sí que era un lujo, porque en la mayoría de los pisos pequeños de edificios antiguos no había cuarto de baño privado. Algo así sólo lo tenían los pisos que daban a la calle, reservados para personas más acomodadas. Así pues, lo mío era un auténtico privilegio y durante mucho tiempo siempre venían amistades a casa para ducharse, provistas de jabón, toallas y los últimos cotilleos.