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La investigación explora cómo el ordenamiento jurídico venezolano, aunque reconoce el derecho a participar en la gestión pública, no basta para garantizar una auténtica cultura ciudadana. Desde una mirada crítica, se propone la mancomunidad educativa como un proceso permanente que une escuela y consejo municipal en la formación de ciudadanía activa y consciente. Los hallazgos revelan que la participación suele ser simulada, atada a estructuras verticales de poder y al control de la información. Frente a ello, la mancomunidad educativa se presenta como un camino de transformación: un espacio de diálogo, corresponsabilidad y compromiso colectivo para construir una ciudadanía democrática genuina.
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Seitenzahl: 223
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Esta tesis se la dedico
En especial a Dios a mi padre Celestial
Por el amor que me da, por ser mi aliado en la vida, y como prueba de ello este logro. Gracias Dios….
A mi esposo
Eddie por tu apoyo y deseo de alcanzar esta meta que también es tu meta. Gracias por estar ahí, acompañándome
A mis Hijas
María Alejandra y María José infinitamente gracias por su apoyo incondicional. Este es también su triunfo.
A mis nietos.
Luisiana, María Fernanda y Luis Ramón estudien con amor y deseos de superación, para ustedes el logro de esta meta.
A todos los amo y que dios les bendiga…
Y FINALMENTE DEDICO:
A la sabiduría, al conocimiento que sea la guía permanente, y que el saber conquiste al final la conciencia para tener un mundo de vida mejor….
Al término de este proceso investigativo, es necesario dejar plasmadas unas líneas de reconocimiento y gratitud a mi tutora: Belkis Ballester formadora de consciencias más que tutora, maestra, amiga. Compartir y recorrer esta travesía con Ud., fue de gran satisfacción. Con su conocimiento y enseñanzas juntas logramos conformar este constructo .Gracias por su confianza apoyo y aliento.
Judith...
Hoy en Venezuela es impostergable revisar las relaciones entre el Estado y la sociedad ante una situación política que se ha visto trastocada por la implantación constitucional de la democracia participativa, cambio que viene abriendo caminos a los actores sociales para dejar la herencia del modelo de representatividad y la aún hoy creciente desafección política del ejercicio ciudadano.
Vivimos un modelo de democracia relativamente nuevo, constitucionalmente denominada participativo y donde el lema es “darle más poder al pueblo a través de la participación”. Con ello se pretende instaurar un cambio radical de patrones de comportamiento socio-político, proscribiendo la representación y proclamando la participación ciudadana como esquema válido y único de relación de la sociedad con el Estado, como ejercicio político del poder.
Todo ello implica razonar la necesidad de reformular los términos de la relación entre las instituciones públicas con el actor comunitario en ámbitos educativos como elemento vertebrador de la gestión pública, de manera que la participación de los individuos y los grupos sociales se construya desde lo político en la práctica ciudadana.
Lo que preocupa no es si la incorporación de la participación ciudadana en el discurso político constituye una profundización de la democracia, un avance en el modelo político. Sin restar importancia a este cambio positivo para cualquier sistema democrático, la cuestión que se debe responder es sí tal modificación puede producir un aprendizaje de ciudadanía: institucionalizar la participación en la gestión pública como parte de nuestra cotidianidad.
Las representaciones que sobre la participación produce y reproduce el colectivo social justifican preguntarse por la relación entre el discurso normativo contenido en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela (CRBV, 1999) y la participación ciudadana, no sólo desde el discurso formal, sino desde sus manifestaciones cotidianas.
De existir tensiones entre ambos se hace impostergable identificar los elementos, factores y circunstancias bajo las cuales se anuncia de modo pragmático el ejercicio del derecho a participar para la formación de una ciudadanía responsable, solidaria, crítica, que piense y reflexione en sus oportunidades decisorias al tomar provecho de estos razonamientos interactivos. Por ello cabe preguntar ¿Cuál es el significado y el sentido que a la participación ciudadana le atribuyen los actores educativos?
Además de configurar un espacio de prácticas y de discursos, la participación ciudadana constituye un fenómeno vinculado a procesos que afectan, de manera especial, al espacio político y al modo en que los ciudadanos se implican en él. De ahí que interesa además preguntarse ¿Cuáles son los factores de la gestión que fortalecen o debilitan la participación ciudadana? Por otra parte, considerando que todos somos actores educativos es menester preguntar también ¿Cómo interpretar una mancomunidad educativa que coadyuve al proceso de formación de ciudadanía?
El informe de la investigación que se presenta, se ha configurado a partir de seis senderos cognitivos. El primero tiene por nombre iniciando la travesía, contiene la génesis de ideas: tras las huellas de la participación ciudadana, da cuenta de cómo se percibe actualmente a la participación ciudadana, mandato constitucional que invita a las instituciones públicas a promover y modelar dicha participación a manera de ir cambiando la cultura política en el país. Se argumenta que la formación de ciudadanía es competencia de todos los actores institucionales. También en este primer sendero, con diferentes autores, se hace una primera aproximación conceptual a la noción de ciudadanía y de participación ciudadana y finalmente, se justifica el ámbito municipal como el idóneo para la indagación que nos ocupa.
El segundo sendero titulado: Rompiendo distancias tras el acercamiento teórico conceptual, refiere a la comprensión teórica que de entrada tenemos del objeto de estudio. Iniciamos conceptualizando y poniendo en relación tres nociones clave: educación, formación y aprendizaje para luego discutir qué es formación ciudadana y cómo las instituciones sociales visualizadas en mancomunidades educativas pueden y deben contribuir a este proceso formativo. A partir de allí se discute qué es y en qué consiste la participación en general y la participación ciudadana en particular y sus vínculos con democracia y ciudadanía. Este sendero finaliza al cristal del propósito y las intencionalidades de la investigación.
Posteriormente, se arriba al tercer sendero cognitivo titulado: De cómo se transitó el camino hacia la búsqueda de significados. Este sendero responde al “como” se realizó el estudio, las técnicas y los procedimientos que fueron utilizados para llevar a cabo la investigación. Esboza dentro de su contenido tambiénla fundamentación onto-epistemológica como punto de partida de la expedición, la cual comienza de la mano de Kratochowill, Arendt, Habermas, Maturana y Gadamer, con unas consideraciones onto-epistemológicas que justifican la estrategia metodológica seleccionada: el Método Comparativo Continuo como Brújula Metodológica de la Investigación para generar Teoría Fundamentada en los datos. A continuación se describen los escenarios en que se realizó la indagación empírica. Finalmente, en este mismo sendero, se describen los protocolos técnicos, instrumentos y procedimientos analíticos empleados para construir una interpretación fundamentada del fenómeno indagado.
Sigue el cuarto sendero llamado: Anclando desde las voces de sus versionantes y desde nuestra hermenéutica: los hallazgos. En él se recogieron las observaciones participantes, los testimonios y discursos en las entrevistas a profundidad realizadas a los informantes claves para la obtención de los datos que fueron sometidos a comparación constante, codificación y categorización y que además sirvieron de insumos para transitar el quinto sendero, titulado Nuestro anclaje como fruto del transitar por estos senderos, en el que se conceptúa la aproximación teórica de la investigación: La Participación Ciudadana en la Gestión Pública Municipal y Escolar desde sus Manifestaciones Cotidianas.
Para finalizar el tránsito por los senderos, en el sexto, denominado un Camino para proseguir, desarrollamos lo que fue el propósito del estudio: Configurar los Elementos Vertebradores de una Mancomunidad Educativa para la Formación de Ciudadanía. Por último, el informe incluye las referencias bibliográficas utilizadas a lo largo de la investigación y los anexos, los cuales reflejan elementos claves del procedimiento metodológico efectuado.
Se reconoce en este estudio, que las tiras cómicas de Mafalda utilizadas en la travesía de cada uno de los senderos cognitivos buscan la sonrisa como medio de desafiar la realidad encontrada en el espacio público municipal , y como lo afirma su propio autor Quino “mis dibujos, sumados a piezas de teatro, a películas, a canciones, a libros, conforman una obra que podría ayudar a cambiar”. Es reflexionar desde la política de la propia condición humana para apostar por una ciudadanía empoderada de la participación.
De allí que no se busca ni descalificar, ni criticar posturas partidistas de nuestros versionantes, sino más bien ofrecer nuestro reconocimiento, respeto, consideración y gratitud por ofrecernos sus versiones de lo que viven y experimentan en su mundo cotidiano; ni mucho menos se pretende desconocer los fundamentos teóricos hasta ahora construidos en el campo de la acción educativa para la formación de ciudadanía.
Se invita al lector a acompañarnos en esta iniciativa que aspira reconstruir las interpretaciones, representaciones y creencias de la participación ciudadana instauradas en el espacio público municipal y escolar, con el fin de conmover nuestras ideas y nuestro accionar para alcanzar una Formación de ciudadanía que responda a las exigencias actuales de nuestra sociedad.
I SENDERO COGNITIVO: INICIANDO LA TRAVESIA
II SENDERO COGNITIVO: ROMPIENDO DISTANCIAS TRAS EL ACERCAMIENTO TEÓRICO CONCEPTUAL
III SENDERO COGNITIVO: DE CÓMO SE TRAZO LA RUTA HACIA LA BÚSQUEDA DE SIGNIFICADOS
IV SENDERO COGNITIVO: ANCLANDO DESDE LAS VOCES DE NUESTROS VERSIONANTES Y DESDE NUESTRA HERMENÉUTICA: LOS HALLAZGOS
SENDERO V: NUESTRO ANCLANJE: FRUTO DEL RECORRIDO POR ESTOS SENDEROS
VI SENDERO COGNITIVO: UN CAMINO PARA PROSEGUIR
REFERENCIAS
ANEXOS
INICIANDO LA TRAVESIA
“Si buscas resultados distintos no hagas siempre lo mismo” Albert Einstein
Sin lugar a dudas, la participación ciudadana permea todos los discursos a nivel nacional e internacional, y ha pasado a ser asumida como la panacea de desarrollo, empoderamiento y de equidad social. Vista así debe ser significativa y auténtica, involucrar a todos los actores, estableciendo diferencias pero engranando sus roles, y darse en variados ámbitos y dimensiones de lo social: salud, vivienda y hábitat, alimentación y educación; desde lo local hasta la interrelación de los individuos con el Estado, en su calidad de ciudadanos organizados en una comunidad política.
En efecto, con un sentido eminentemente social que se anuncia en la Constitución, se esbozan las pautas de comportamiento hacia la participación ciudadana en los asuntos públicos, así como también lo relacionado a las fases en las cuales dicha participación se hace efectiva como expresión de carácter protagónico del ejercicio político; tal como expresa el Artículo 62:
Todos los ciudadanos y ciudadanas tienen el derecho de participar libremente en los asuntos públicos, directamente o por medio de sus representantes elegidos o elegidas. La participación del pueblo en la formación, ejecución y control de la gestión pública es el medio necesario para lograr el protagonismo que garantice su completo desarrollo, tanto individual como colectivo. Es obligación del Estado y deber de la sociedad facilitar la generación de las condiciones más favorables para su práctica.
Es decir, el ciudadano y la ciudadana ya no serían simples electores sino que pasarían a ser sujetos activos en la toma de decisiones públicas, con la idea de hacer más eficiente, eficaz, efectiva y relevante la gestión del Estado. En este contexto, se entiende a la gestión pública como el conjunto de acciones conducentes al logro de un asunto público, incorporando masivamente a los ciudadanos y ciudadanas en los procesos decisorios, por lo que no se debe entender como un artificio técnico sino como un proceso relacionado con la esencia de la participación, consustanciada con la pluralidad democrática.
Se identifican así dimensiones prácticas de la participación ciudadana, tales como la interacción social, la voluntad de hacer, la libertad para decidir; entendiéndose de este modo que la participación ciudadana es exigente; amerita de responsabilidad y compromiso con el bienestar común y con los destinos de la sociedad.
Sin embargo, observamos que no basta la consagración constitucional del cambio de democracia representativa por la participativa y protagónica, que incluye mecanismos de participación ciudadana, por muy amplios que sean, para corregir los hábitos heredados de una cultura política orientada por un modelo de Estado paternalista, de relaciones verticales estado-sociedad, y podríamos argumentar que aún hoy, tales hábitos son sostenidos no sólo por el ciudadano común, sino por aquellos que ostentan cargos y cumplen funciones de representación del Estado.
Se requiere entonces, formación y desarrollo de una cultura participativa, contrarrestar el escepticismo y apatía de los ciudadanos “acostumbrados al populismo, al clientelismo, a no razonar, a pedir solo cosas que sobreviene de esa cultura paternalista y asistencialista que sostuvo por mucho tiempo el Estado” (Freire, P., 1997, p.23); es decir, un cambio en las concepciones y prácticas volitivas de la gente y para ello hemos de partir de una seria reflexión sobre el hacer de los actores socio-educativos.
En tal sentido, podemos aseverar que una gran mayoría de los actores sociales están acostumbrados sólo a pedir y no existe un interés manifiesto de romper con esa imagen de ayuda asistencial por parte de los funcionarios públicos, como es el caso de algunos integrantes del Concejo Municipal General de División Pedro León Torres. Las cifras reflejadas en el Registro Diario de Visitas al Ente Legislativo (2010), evidencia que aproximadamente un 80% de las personas van a solicitar ayudas económicas para cubrir gastos de salud, vivienda, educación; un 10% a solicitar empleo y solo un 10% acude a las consultas públicas sobre proyectos de ordenanza. De estos últimos, se destaca que o bien participan siempre los mismos, o la intención de participar sólo se produce cuando se genera un conflicto en el que estén involucrados sus intereses personales.
Quizás, este escaso 10% de personas que asiste a las consultas públicas se debe a la inexistencia de una plataforma comunicacional que permita difundir información permanente y oportuna sobre las actividades legislativas entre los habitantes del municipio, a fin de garantizar una masiva convocatoria y esperarse una mayor participación ciudadana. Pareciera que no existe deseo por parte de algunos funcionarios legislativos para que ello se cumpla; se limitan a convocar de hoy para mañana como un simple requisito establecido en la norma, para poder sancionar las ordenanzas.
De modo que, definitivamente, la educación tiene que asumir un rol protagónico en su máximo objetivo de desarrollo humano, en su condición política para el aprendizaje de ciudadanía, por cuanto debe existir un espacio en común en el cual se vivencie el sentido de lo democrático. Ballester, B. (2006), indica que “El aprendizaje de la ciudadanía es la participación y el encargo de cumplir con esa enseñanza es una tarea política; la institución que cumple ese encargo primordialmente es la escuela” (p.11).
No obstante, también señala que “la persona no se forma sólo por mediación de la escuela; todas las instituciones sociales y organizaciones humanas, con su actuación más o menos pública, con intención expresa o sin ella, inciden en la formación del sujeto social (Ballester, B., 2011, p. 49). De allí que además de la escuela, otros espacios de educación, no formales e informales, toman parte en la formación de ciudadanía, donde en situaciones cotidianas de interacción social se aprende haciendo: se aprende a participar participando.
Bajo esta argumentación, la participación ciudadana resulta un cauce de educación que requiere además, que los sujetos reflexionen sobre su hacer en los escenarios socio-educativos, en un proceso de concientización sobre su corresponsabilidad en la gestión pública; implica voluntad de hacer espontáneamente sin que prevalezca lo expreso en un marco jurídico.
Porque, no obstante Sánchez, B; Rosales, J y Viloria, Y (2008) sostengan que “los aspectos jurídicos y normativos son un instrumento fundamental para los procesos de participación ciudadana” (p. 6), las prácticas permiten evidenciar que por más acertadas que sean las políticas de Estado y los mecanismos que se prescriban para su ejecución, su incidencia y aplicabilidad no logra hacerse efectiva; se requiere entonces construir una cultura para la participación. Así lo reconocen estos autores cuando sostienen que:
La democracia participativa implica un cambio de cultura en la conciencia del pueblo, su ejercicio exige centrar la acción en una ética de continuo crecimiento individual y colectivo. Se trata de instaurar en la práctica una nueva visión de participar en los niveles local, regional y nacional (ob. cit., p. 6).
Ese cambio de cultura, ha de expresarse como una acción que socializa y concientiza a quienes se involucran en ella, mediante la identificación del propio sujeto como actor y constructor de su realidad social, propiciando un mayor involucramiento directo de la gente en los procesos decisorios de las instituciones que afectan sus vidas, sin confiar lo político al Estado, sino extendiéndolo a otros contextos.
En esta línea de pensamiento, Wandschece, X (2001) constata que la participación es un proceso dialéctico que origina compromiso, fuerza y unión. El proceso de decidir es un aprendizaje y como tal, un ejercicio de democracia, implicando a las personas en un proyecto de vida que para poder realizarlo precisa de voluntad, iniciativa, valorización y motivación. Significa cambio interior, concientización y clarificación de las ideas de poder, ciudadanía, participación, libertad, tolerancia, multiculturalidad, descentralización de las decisiones, colectividad, representatividad, solidaridad y libre expresión.
Folgueiras, P. (2005) también complementa ampliamente esta concepción cuando afirma que la ciudadanía es un proceso interactivo donde tanto unos como otros aprenden conocimientos y destrezas que benefician al proyecto que desarrollan; que la ciudadanía no se vincula exclusivamente con la adquisición legal de un estatus sino con el desarrollo de un sentido de pertenencia a una comunidad, que lleva a los sujetos a participar en los asuntos públicos y a adquirir las competencias ciudadanas necesarias para tener presencia activa en el espacio público asumido con responsabilidad (ob. cit., p. 67).
Esto no es otra cosa que cultura democrática: principios, valores y actitudes con que vivimos los vínculos que nos unen a otros; responsabilidad ligada al sentimiento de pertenencia a una comunidad. Indudablemente debemos partir de los preceptos que sostienen ambos autores citados para hablar de formación de ciudadanía: la ciudadanía simplemente no se limita a ser sujeto de derecho, sino que es aquella que participa en una práctica común con sentido de identidad, de pertenencia.
Y como dice Habermas, J. (1999a) “Solo a través de su participación la ciudadanía puede llegar a ser políticamente responsable en una comunidad de personas” (p. 233). En otras palabras, el ciudadano debe reconstruir la posibilidad de su participación en la comunidad en el proceso del hacer. Por consiguiente, la educación como acción política debe tener como elemento articulador la construcción de ciudadanía en cada uno de los espacios sociales.
Todo ello al asumir que la educación como acción política, ya sea formal o no formal, permite que las personas se formen en los principios y valores democráticos, así como desarrollen las competencias para participar e involucrarse en los asuntos públicos. En otras palabras, la educación conforma en los ciudadanos y ciudadanas los valores democráticos producto del aprendizaje social marcando las pautas de conducta hacia una práctica democrática, que orienta su hacer y delimita su postura ante situaciones concretas.
En el ámbito de la educación formal, Delor, J. (1996) sostiene como meta de toda sociedad la tarea de educar para el ejercicio activo de la ciudadanía, basada en el aprendizaje experiencial, formando a los individuos para adquirir competencias personales y sociales para influir en la transformación de su entorno, a partir de comprender el mundo que los rodea y hacer suyos los valores cívicos de la democracia.
En esta lógica se ubica Núñez, I., (2006) cuando expresa:
Se trata de reorientar la acción educativa para acercar al individuo a su gestión a través de un proceso formativo en lo que concierne al mejoramiento de la capacidad para la búsqueda del conocimiento, el ejercicio del pensamiento reflexivo, la actitud crítica, la conciencia ética y la formación para el ejercicio de la ciudadanía plena, entendida como la participación de los ciudadanos en deliberaciones y toma de decisiones públicas. (p.44).
En este punto, se hace necesario acotar que todas las instituciones sociales, gubernamentales o no, y organizaciones de todo tipo, bien sean formales, informales o no formales que conforman a la sociedad, son espacios educativos; en otras palabras, son educadoras y en este sentido, todos somos actores educativos en la medida en que al relacionamos unos con otros y de un modo o de otro, mediamos el aprendizaje de esos otros, tanto como ellos los nuestros; por ejemplo, en esas relaciones trasmitimos valores y actitudes a través de nuestras formas de hacer.
Lo anterior implica que lo educativo tiene lugar aun cuando no tengamos una intencionalidad explícita, lo que sin embargo, no quiere decir que somos todos actores del mismo tipo pues se puede diferenciar entre actores escolares y no escolares, o entre espacios relacionales más o menos formales o informales, o entre grupos de mayor o menor proximidad relacional en la vida cotidiana. Lo educativo puede suceder siempre por cuanto no llevamos una vida aislada, lo que en alguna medida conduce a la construcción social de la realidad.
Dentro del conglomerado de actores educativos, para el estudio que nos propusimos, identificamos primordialmente dos de ellos en su relación con la formación ciudadana: el Consejo Municipal y la Escuela, caracterizadas por ser instituciones públicas cuya gestión, por mandato constitucional tanto por la naturaleza de sus fines, ha de contar con la participación ciudadana.
En el sentido de la formación de ciudadanía, la gestión de las instituciones públicas ha de promover la participación de los actores sociales, facilitando herramientas para su ejercicio activo y organizando espacios en su propia dinámica cotidiana que la favorezca en forma permanente. Además de la Escuela, asumimos al Consejo Municipal como unidad privilegiada para el estudio de la formación de ciudadanía, toda vez que el municipio es el espacio de convivencia de los actores sociales más cercano al gobierno; en consecuencia, es el lugar que le ofrece mayor cercanía al Estado. Estas características hacen del municipio, un lugar privilegiado para la participación: los ciudadanos son parte de este espacio público y, por lo tanto, pueden dar y recibir información, conocimiento, beneficios colectivos, formación en sus deberes y derechos, entre otros.
Barrera, A. (2011) apoya esta perspectiva cuando señala que lo local aparece como el ámbito privilegiado para construir este tipo de experiencias por las implicaciones político-institucionales y sobre todo, socio-culturales derivadas de la escala demográfica y de los sentidos de identidad y pertenencia. En ese orden de ideas, la participación está referida a la presencia de actores individuales y colectivos en determinados espacios de influencia en las decisiones locales, municipales o comunales, con fuerte carácter heterónomo.
Si la participación como característica fundamental de la ciudadanía, es una construcción social según Fernández, G. (2001), ésta debe ser enseñada y aprendida. En este sentido, se puede establecer una concordancia entre la formación de ciudadanía y la gestión de las instituciones públicas, siempre y cuando en éstas sus agentes sostengan una gestión que favorezca la participación ciudadana, propicie herramientas y produzcan espacios en su propia dinámica cotidiana para su ejercicio activo, lo que implica, que los funcionarios públicos, con su actuación, ejemplifiquen los deberes y responsabilidades ciudadanas en forma permanente. Y esto es válido tanto para la Escuela como para el Consejo Municipal, actores educativos en los que focalizamos el estudio.
Por ello, es pertinente abordar la premisa de la dimensión mancomunidad educativa, entendida como la asociación de esos dos actores institucionales como elementos de un proceso de formación ciudadana permanente y de construcción de una cultura política, en la cual el Consejo Municipal y la Escuela, en ejercicio activo de sus deberes y responsabilidades sociopolíticas, confluyan en la formación de ciudadanía democrática.
El proceso de participación ciudadana fortalecería progresivamente la relación entre el Estado y la sociedad, de tal modo que ambos actores educativos en estudio, comparten la misma responsabilidad: formar ciudadanía empoderando a la gente a través de su participación en las gestiones institucionales. La condicionalidad de mancomunidad educativa, también lleva implícita un sistema de relaciones sociales entre los ciudadanos organizados en comunidades y entre éstas y las instituciones políticas de carácter público, a través de la acción individual y comunitaria.
ROMPIENDO DISTANCIAS TRAS EL ACERCAMIENTO TEÓRICO CONCEPTUAL
“Porque a ser ciudadano se aprende como a casi todo, y además se aprende no por ley y castigo, sino por degustación. Ayudar a cultivar las facultades (intelectuales y sentientes) necesarias para degustar los valores ciudadanos es educar en la ciudadanía local y universal” (Cortina, A., 1997: 219)
Educación, Formación y Aprendizaje
Para adentrarnos al fenómeno de lo educativo es menester conceptualizar tres nociones básicas: educación, formación y aprendizaje. La primera, la educación, es una necesidad esencial de la vida individual y social humana, que ha existido en todos los tiempos del mundo. Puede definirse como un proceso de socialización.
El hombre es eminentemente sociable, no crece aislado sino que en la interacción con los demás, se forma y se define como persona. Así, Mujica, L. (2008) sostiene que “la educación es un tipo de interacción social donde los sujetos se desarrollan en diferentes contextos a lo largo de toda su vida” (p. 29), lo cual permite inferir que la educación adopta diversas formas en atención a la intencionalidad y sistematicidad de la acción educativa. Se distingue así a la educación formal, a la no formal y a la informal.
La educación formal hace referencia a la estructurada en función de determinados planes y programas de estudio que configuran un sistema jerarquizado y progresivo de aprendizaje y un sistema organizativo jerárquico para lograr los fines educativos definidos en un momento dado por un Estado. Hace uso de la enseñanza profesional fundamentada en la pedagogía y la escuela es responsable de cumplir con ese cometido, atendiendo a toda la población escolarizada.
En ese sentido, es válida la postura de Ballester, B. (2006, 2011) en torno a la condición política de la escuela. La escuela contribuye a la constitución de sujetos políticos, esto es, de sujetos que pasan de su no reconocimiento en el seno del espacio público que constituye la escuela, a su integración en el mismo. Es además, un lugar donde se convive con otros, se aprende con otros, no sólo contenidos curriculares sino modos de ser y estar en convivencia.
En cuanto a la educación no formal, surge como alternativa a la escolarizada. De la Pienda, J. (2006), hace mención a que aun cuando es intencional, organizada y sistemática para facilitar determinadas clases de aprendizajes, es realizada fuera del marco del sistema formal; “está diseñada en función de objetivos explícitos de formación o de instrucción, que no están directamente dirigidos a la provisión de los grados propios del sistema educativo reglado” (ob. cit., p.22).
La educación informal por su parte, señalan García, J. y García, A. (1996), hace referencia a los procesos permanentes de aprendizaje que toda persona vive en sus relaciones sociales así como en sus prácticas cotidianas. Los procesos de aprendizaje propiciados ocurren en forma asistemática, no jerarquizada y frecuentemente sin una intencionalidad explícita y se encuentran integrados a la acción individual de la cual resultan y a la cual orientan; es no intencional, inconsciente y a veces deformadora. De modo que el sujeto es parte activa de su aprendizaje, por lo cual es una educación formativa pero desorganizada, carente de objetivos educativos, se recibe en lugares de vivencia y de relaciones sociales desorganizadas.
De igual forma, estos autores expresan que este tipo de educación no emerge como algo distinto al curso propio de la acción o situación en la cual transcurre el proceso de aprendizaje a efectos de la producción cognitiva a partir de procesos educativamente indiferenciados o inespecíficos, es acción difusa y no planificada que ejercen las influencias ambientales. No ocupa un ámbito curricular dentro de las instituciones educativas y por lo general no es susceptible de ser planificada. Se trata de una acción educativa no organizada.
