Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Como niños a la espera de ese primer impulso, seres guiados por el instinto o kamikazes en alguna misión que los sepulte bajo el peso de su propio delirio, los personajes de Adiós a la francesita, Instrucciones para abrir una caja fuerte y Cuando el amor emigró a Leningrado —relatos ligados por el título como hilo conductor— nos abren las puertas a una búsqueda de anhelos profundos, viajes que encienden ilusiones y halos de esperanza que avivan la penumbra.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 308
Veröffentlichungsjahr: 2022
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
© 2021, Editorial Escarabajo S.A.S.
Calle 87A No. 12 – 08 Ap. 501
Bogotá, Colombia.
www.escarabajoeditorial.com
© 2021, Daniel Canal Franco
Edición: Manuela Córdoba & Héctor Cañón
Diseño de portada: Manuela Córdoba
Diagramación y diseño del interior: Juliana Saray Ramírez
Diseño de la colección: Escarabajo Editorial SAS & Abisinia Editorial
Logo de la colección La tejedora de coronas: Manuela Giraldo Zuluaga & Tatiana Bedoya
ISBN:
978-958-53033-9-3
Queda hecho el depósito de ley.
Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida de forma total o parcial, ni registrada o transmitida en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito del autor o la editorial.
Diseño epub:Hipertexto – Netizen Digital Solutions
Prólogo
COLECCIÓN DE IMPOSIBILIDADES
Como aves a punto de lanzarse del risco, los seres humanos siempre estamos a la expectativa de nuestro siguiente vuelo, un horizonte que nos llame, un brillo que alivie nuestro corazón, nos de un mapa, unas coordenadas con las que podamos volar por los territorios elegidos. Eso es lo primero que nos recuerda Formas de quedarse solo. Como niños a la espera de ese primer impulso, seres guiados por el instinto o kamikazes en alguna misión que los sepulte bajo el peso de su propio delirio, los personajes de Adiós a la francesita, Instrucciones para abrir una caja fuerte y Cuando el amor emigró a Leningrado —relatos ligados por el título como hilo conductor— nos abren las puertas a una búsqueda de anhelos profundos, viajes que encienden ilusiones y halos de esperanza que avivan la penumbra.
Todos palpitan con la expectativa del siguiente paso, el camino hacia el amor, la fortuna o la felicidad. Cada uno a su manera, bajo cielos de ciudades disímiles —habitadas o soñadas en distintos continentes—, se toparán con la imposibilidad. Ya sea desamor, muerte, incomprensión, pobreza o el peso de un régimen totalitario, truncados siempre por los planes de otros, sus necesidades, sus búsquedas, los acontecimientos y los propios demonios que habitan el interior de quienes deciden amar, de los que se enamoran y eligen para acompañar sus caminos, cada uno de ellos entenderá que lo deseado para sí mismos y para quienes aman —en esta vida de extrañas incertezas—, resulta muy distinto a lo que se termina imponiendo como realidad.
No hay cómo dar media vuelta, desandar los pasos y volver a ese jardín de los senderos que se bifurcan —en homenaje a Borges— para tratar de cambiar el resultado de la elección; ese es el vuelo de ave que lleva a los personajes hacia un horizonte, hacia un destino final que se impone con toda su carga, toda su rigurosidad, su brutalidad; esa es la realidad que aplasta dentro de un mundo con ciertos paisajes bucólicos y que muestra su romanticismo desde la propia elección de las palabras, una narración cuya suavidad baja por la corriente de un río sin piedras, y va encontrando un lecho pedregoso, unos riscos, una caída.
Formas de quedarse solo de Daniel Canal, segundo lugar del Primer Premio de Novela Germán Espinosa Sub – 35 Colombia, se circunscribe dentro de la nueva narrativa colombiana que renueva la tradición literaria de un país fecundo en escritores. Pasamos de lo real maravilloso y el realismo mágico de García Márquez al realismo puro de algunos narradores contemporáneos. Ahora nos encontramos con la ensoñación, lo bucólico y lo imposible, desde un realismo sangriento, atropellador, nacido de la propia herida de una sociedad escindida, miope, desfigurada, cruel y resquebrajada.
En un lugar atravesado por la violencia, el conflicto armado, la barbarie de bando y bando, la falta de oportunidades y la mesquindad de las clases dirigentes, la soledad se plantea como uno de los temas de fondo. Junto a ella, como niños regañados por sus padres en el abismo de sus propios cuartos, encontramos a la rabia generada por un mundo que ha mostrado lo peor de los seres humanos, unos sistemas políticos rapaces y una pugna de poderes que se ha enfocado en sus delirios, en vez de preocuparse por las personas. Tras la Primera y Segunda Guerra Mundial, el Holocausto, la Guerra Fría y sus tantas réplicas, en vez de su rostro luminoso, los hijos de las nuevas sociedades heredan lo peor de los seres humanos. En territorios abandonados por la bondad es frecuente encontrarse con horizontes invadidos por las plagas.
Desde esta realidad de la vida contemporánea se construye la trilogía Formas de quedarse solo. En vez de una sola historia planteada de forma lineal, su estructura evidencia que estamos frente a un libro atípico, un libro bastante especial: “Su forma es tan fuera de lo habitual que lo hace a uno preguntarse si podría ser una novela común o canónica, entre comillas, para luego entender que una novela no es algo que se cuenta de forma lineal o lo que tiene un inicio, un descenlace y un final, sino que se trata del desarrollo de una idea. La premisa no tiene que ser necesariamente cumplir los parámetros canónicos de lo que debería ser una novela. Ahí hay ruptura”, indicó Manuela Córdoba, uno de los jurados del premio.
Y como lo indicó Juan Manuel Gómez, otro de los jurados, en relación a Cianuro para ratones, la novela que ocupó el primer lugar, y aplica para Formas de quedarse solo, Exiliados Una noche en buenos aires —tercer lugar—, Ilegal, No hay ciudad para el silencio, Óbito.org, Upa Upa, El porno y la miseria¸ Adaptación al medio y Casualidades del destino, todas novelas finalistas del premio, la prosa de estas obras “no es compasiva ni pretende la lástima, tampoco pretende crear personajes con los que los lectores se identifiquen, admiren u odien. Es la consolidación de la literatura callejera, sucia y violenta de la gran violencia que se ha gestado en las ciudades colombianas desde la época del narcotráfico”.
En ellas se evidencia la desigualdad social, la mirada de los jóvenes sobre un mundo escindido y la desilusión que invade la existencia. Por eso mismo recrean a parias: personajes deslindados de la sociedad y llevados al límite. Todos, en general, ven la vida y sus circunstancias, a los sistemas políticos, el propio comportamiento humano y a las crisis sociales, desde el borde, el propio margen, lugar donde se paran los poetas. Eso mismo les da la posibilidad de reflexionar desde el filo de la caída, con el vértigo instalado en la boca del estómago y la angustia de cada acción en las costillas.
Dentro de la debacle construyen escenarios caóticos, tejen la psicología de los personajes desde la destrucción y los llevan a cometer acciones afines a esa realidad. Los dejan perdidos en la brutalidad de un mundo que nunca comprendieron. Como lo dice Juan Manuel Gómez en el prólogo de Cianuro para ratones, en la nueva narrativa propuesta por los jóvenes se funda el realismo chirrete.
Quedamos ante una literatura que brota de la realidad, lo que emana de estos territorios malogrados en los que vivimos, una fundación, un vidrio roto en el camino, suavizado por la estética, el arte y la belleza de la barbarie. Al mostrarnos lo más abyecto de los seres humanos, autores como Daniel Canal, también nos muestra lo más hermoso.
EDUARDO BECHARA NAVRATILOVA
Santa Marta, Colombia, febrero 27, 2021
Sonríe. Respira. El mundo solo es negro cuando cierras los ojos.
Amistad es Roma al revés, MILÁN PAVLENKA
Estaba sentado en la barra del Velvet, conversando con mis fracasos, cuando el barman se acercó y dijo con esa voz estúpida de la gente anodina, ¿ya sabes lo de Nerea? Fue terrible.
¿Muerta? ¿Cómo iba a estarlo? Imposible. Sí, dijo él. Frita como un pollo. Pregunté si fue suicidio. Dijo no, pues, más o menos, no y sí, ya sabes cómo es la gente hoy en día. A Nerea la mataron, pero ella se lo buscó, una especie de suicidio asistido. Era su estilo. Desde que la vi por primera vez, con su vestidito gitano de lunares, pánico a los desastres y mirada de niña buena, lo supe, no podía terminar de otra manera.
Ella decía, el mejor helado es el de avellana, el de vainilla es para gente sin aspiraciones. Decía, el día que me muera quiero lluvia, así parecerá una película de las tristes de domingo por la tarde. Decía, el primer amor es especial, pero eso mejor el último, incluso el penúltimo y antepenúltimo. Decía, la gente ya ni sabe cómo estar viva, andan medio muertos por las avenidas. Decía, prefierolos besos suaves, sinceros, a que me arranquen la ropa, no soy un pedazo de carne. Ella decía muchas cosas, hablaba de más, hablaba de todo, con el corazón anudado a la lengua. Decía, y era enfática, a Pavlenka lo mató el amor.
—¿Cómo murió? —dije.
—Ya sabes. Como mueren los jóvenes, los mata el afán de volverse viejos.
—Entiendo.
—¿Otra cerveza? —dijo el barman. Me caía bien.
—Sí, gracias.
Me tomé toda la jarra en dos sorbos. Sentía un vacío en el estómago, como si llevara días enteros sin comer, así en mi plato quedaran papas fritas y un cuarto de hamburguesa. Aunque el bar estaba atestado, parecía solo. Todos los idiotas hicieron silencio, la música dejó de sonar. Nerea, Nerea, ¿qué iba a hacer contigo ahora?
—Es una lástima —dijo—, era una niña preciosa.
—Es, lo es.
Me resistía a creerlo. Por Dios, me resistía a creerlo.
—¿Otra cerveza?
—Sí.
—¿Algo más fuerte?
—No creo que tengas un revólver.
Sí lo tenía. Una escopeta de perdigones doble cañón. La escondía detrás de la estantería. También guardaba un bate de béisbol firmado por los primeros Caimanes de Barranquilla junto a la caja registradora. No iba a aguantar otro robo, o intento de robo, o a un imbécil que no quisiera pagar.
—Lo siento, primo —dijo él—, pero la gente se muere todos los días.
—¿Cómo fue?
—Un carro. La atropellaron en la autopista, en la salida de la ciudad. Voló quince metros y quedó esparcida en el asfalto. No saben si fue un accidente o si se lanzó a la vía.
Probablemente ni siquiera ella lo supo.
—Ya. Qué triste.
—¿Otra cerveza, primo?
—No… o mejor sí. Dámela para llevar.
Me pesaba la cabeza como un yunque, sólida, maciza. No debía tomar cuando estaba triste. Lo aprendí a las malas. Era peligroso. Probablemente eso le pasó a Nerea.
—¿Estás bien?
—Sí, eso creo. ¿Cuánto te debo?
—Nada. Hoy va por cuenta mía. Vete a la casa a pasar el luto, es tarde.
—Sí, es tarde. ¿Cuándo la entierran?
—Yo qué sé, revisa en el periódico.
Salí del Velvet y caminé en círculos. En ese no lugar que era Bogotá me sentía vacío, asfixiado. Las luces de los faroles titilaban. Pronto amanecería. Como los perros, quería echarme a esperar que sanaran las heridas. Como los hombres, debía llegar a mi cama, cerrar las cortinas y darle de comer a los ratones. Con Nerea se apagó la caja de música. Y así, en un trance de insatisfacción, de tristeza contenida, de un amor húmedo y visceral, me sentí protagonista de una historia carnal y mezquina de Bukowski. Un pobre imbécil al que nada le resultaba. Nerea bien pudo haber sido la chica más guapa de Bogotá.
Al día siguiente, aunque era miércoles, amanecí dominguecido. Con la cabeza desorganizada, el no saber para dónde va el barco de los primeros días de enero. La boca me olía a muerto, la cerveza y la bilis me habían manchado los dientes. Dudé si estaba despierto o no. Para ser mediodía, la luz era tenue. Un gris famélico se colaba por la ventana. Miré a mí alrededor y me incorporé en la cama.
Me dolía el estómago, no pude diferenciar si era hambre o soledad. O un pollo mal asado con salmonela de condimento. Estuve media hora en el baño, no fui capaz de vomitar. No me pasaba ni el agua. Los parásitos se habían anclado con todos sus dientes a mis órganos vitales. Como no podía hacer más, me lavé los dientes, escupí la espuma blanca con manchas rojas y salí a dar una vuelta sin bañarme.
Atravesé la calle con mis pantalones de dril gastados, desteñidos en los bordes, y miré el reloj. Tenía algo de tiempo antes de que cerraran el Banco Central. Sería el primer contacto que tendría con mi familia en años. Tía Clemencia se acordó de mí a último minuto en su lecho de muerte y me dejó algunos billetes. ¿Cuántos? Tenía hasta las cuatro para averiguarlo.
La verdad, nunca sentí a mi familia, una familia de carne y hueso. No encajaba, ni siquiera hablábamos el mismo idioma. Nuestras concepciones jalaban en direcciones contrarias, ellos se preocupaban por lo de afuera y yo por lo de adentro. Inevitablemente nos íbamos a separar. Y, de una manera bastante singular, la única conexión real que tuve con ellos, de comprensión genuina, fue tía Clemencia, así escondiera sus monstruos enmascarados. Pero con ella también corté cuando me llegó el momento de jugarme la vida.
Hacía unos meses me llamaron del Banco Central, y Dios sabe cómo me encontraron. Esa gente metía las narices en todas partes. Dijeron Clemencia Robinson, ¿la conoce? Sí, claro, la conozco. Pues bien, está muerta. Y algún supervisor de quien me hablaba le dijo oiga, idiota, con más tacto, es un cliente potencial. La señora Robinson falleció lamentablemente, señor, en El Banco Central lo sentimos todos. Ya, dije yo. Sí, es muy triste. Fui a colgar el teléfono, pero me detuvo con un le dejó algo, dinero, estaba en su testamento. Por favor pase lo antes posible con su documento de identificación para iniciar el proceso. Lo esperamos mañana en horario de oficina, de nueve a cuatro.
Colgué sin despedirme y Nerea, acostada al lado mío, sin ropa, con el libro de Pavlenka abierto, me dijo:
—¿Cuánto es, Míster Millonario? ¿Somos ricos?
Me gustaba su piel pálida. Me gustaban sus tobillos huesudos.
—No me digas así.
—¿Entonces cómo, desconocido?
—No me digas y ya.
—Pero responde, ¿somos ricos, señor misterioso?
—No vamos a saberlo nunca. No pienso ir al banco.
Como una serpiente, se enroscó sobre sí misma y me miró con ojos ovalados… y esa lengüita bifurcada.
—¡Praga! —gritó—. Vamos a Praga. Esa puede ser nuestra pre-luna de miel.
Desde que había descubierto lo de Milán Pavlenka, estaba obsesionada con él, con Praga, con la francesita, cómo ardió el mundo al otro lado del muro de Berlín; si es que aquí alguna vez se apagaron las llamas.
Me acomodé en una cafetería que frecuentaba cuando tenía plata. Me dijeron, señor, ¿cuánto tiempo? Pensamos que había dejado el barrio. ¿Lo de siempre? Sí, dije, no me he ido a ninguna parte.
Me trajeron café añejado desde las seis de la mañana, amargo, había probado peores, y huevos fritos con dos lonchas de tocineta y pan, había probado peores también. La grasa me despertó. Finalmente, se me abría el apetito. ¿Y su amiga? Al mesero no le importaba mi privacidad. ¿Quiere que acomodemos otro puesto?
Comí en silencio, saboreé cada bocado y con el dedo recogí las boronas del plato. Tenía el cinturón lo bastante ajustado como para pedir desayuno completo y la adición de tocineta significaba que en la noche no comería. Así era la vida, nada que hacer. Además, todos necesitan tocineta, así sea de vez en cuando. Hasta los vegetarianos. A ellos les hacen falta dos raciones. Esa era otra de las cosas que decía Nerea.
El trabajo había estado lento, sobre todo porque no tenía. De vez en cuando me empleaba como mensajero o mesero o ayudante de carga y hacía encomiendas, pero nada salía últimamente. Mis favoritas eran las labores físicas y mecánicas, en las que no necesitaba pensar y mi mente divagaba por lugares imaginarios. Me abstraía del cuerpo y veía el mundo desde arriba, con ojos de halcón, mientras hacía algo de plata para comer al día siguiente.
Eso era más práctico que ejercer con un diploma de filólogo, rígido y carrasposo hasta para limpiarse el culo. A nadie le interesaba saber cómo podía conocerse el mundo por medio de los libros. Aun así, de vez en cuando escribía uno que otro artículo para periódicos y revistas urgidos de contenido y me llenaba la barriga.
Pero hacía meses no salía nada. Tampoco me emocionaba la herencia. Era plata manchada, así eran todos en la familia. Prefería valérmelas por mí mismo a tener que usar otra vez el apellido. Todos se sentían condes y vizcondes y marqueses de la alta nobleza, y yo el bicho raro, por mucho el bufón de la corte. Por ellos decidí irme, me pesaban; por ellos no quería regresar. Yo deserté del pasado para siempre y eso no podía negociarse. Era de esas decisiones en la vida sin reversa, sin margen de negociación, como tirarse a los carros en la autopista. Los peores secretos se guardaban en familia y la mía era terrible. Igual, sin Nerea, ¿qué más podía hacer? Puede que tuviera razón y a mí no me quedara más que irme a Praga y resolver lo de Pavlenka, así fuera sin ella. Siempre había querido dejar Bogotá y nunca tuve un pretexto.
Era extraño, mi vida se había vuelto una elipsis constante y aunque los acontecimientos eran los mismos, no lograba predecirlos. En esa misma cafetería un día, en nuestros desayunos de media tarde, le conté a Nerea que con ella empecé por mi segundo amor, así no hubiera tenido un primero. Le dije que estuve con muchas mujeres antes —una mentira descarada— y todas me prepararon para ella. Y de tanto probar, cuando la descubrí estaba cansado. Ella estuvo de acuerdo y le gustó la idea. Nunca había sido el segundo amor de nadie.
—Tú también eres mi segundo amor —dijo.
—¿Y cuál fue el primero?
—Mi esposo.
—¿Nunca pensaste en dejarlo del todo?
—Sí, pero no. Es complicado, ¿sabes? Cansa. Así estamos mejor.
—¿Cómo que así?
—Silencio, señor desconocido. Tu mayor cualidad es no hacer preguntas.
Después se acabó el café amargo, le sonrió a la tarde, un lindo atardecer con las ramas secas de los árboles, y dijo:
—Es bueno que sea tu segundo amor, con el primero la habrías cagado. Todos la cagan con el primero.
Me costaba creer que con dieciocho años estuviera casada y, más aún, se escapara de su marido temporadas enteras para verme. Pero, como ella decía, las preguntas estaban de más, eran aburridas, le quitaban vértigo al momento. Según ella, para que la vida fuera interesante, debía haber misterio; la incertidumbre era un requisito obligatorio de la felicidad. De lo contrario, si todo podía predecirse y prepararse, moría el picante. A todos les fascina el picante, decía, los jalapeños, el ají, ese masoquismo que quema la lengua.
Pagué el desayuno y me dieron dos mentas de cortesía, es cortesía de la casa, señor, la otra menta es para su amiga. Como me sobraba tiempo y faltaba plata, decidí caminar hasta el Banco Central. Serían dos horas mínimo, no tenía nada mejor para hacer: Nerea no volvería y Praga y Milán Pavlenka no se irían a ninguna parte.
La ciudad parecía deshabitada, un pueblo fantasma del salvaje oeste. La gente iba y venía esquivando el frío, sin cruzar una mirada. Así como no me veían, yo no los miraba a ellos. Apenas eran, éramos, sombras; manchas oscuras en el ángulo del ojo. Puede que fuera yo, pero las personas se habían aburrido de vivir y caminaban hacia la muerte, como Nerea. ¿Qué te pasó, Nerea? ¿Por qué te aburriste cuando todo se sentía tan bien? Todavía nos quedaban pendientes los mejores momentos.
En el camino llegué a dos conclusiones, o una decisión con dos etapas, y todo dependía de la cantidad de dinero que recibiera. Primero, iba a despedir a Nerea, quizás un entierro, quizás una cremación, o apenas flores en la calzada. No quería dejar asuntos pendientes. Debía decirle adiós, Nerea. Después, como no me quedaba nada en la ciudad, me iría a Praga así fuera caminando a reencontrarme con ella. Si algo quedaba de Nerea, estaría allá, en las calles adoquinadas y estrechas donde Pavlenka conoció a la francesita y esquivó centenares de balas detrás de la torre del reloj.
***
A Nerea primero la vi en la calle —sentí un alud, una descarga—, después en el Velvet fue ella la que se sentó al lado mío y selló el trato. Dijo, sin mirarme, sin conocerme, ¿por qué me estabas siguiendo? Te vi, tú me viste, también te seguía yo. Si lo piensas bien, los dos tenemos algo de acosadores, de pronto no somos tan distintos. Eso sí, para que esto funcione, querido desconocido, hay dos reglas: no vale hacer preguntas ni decir no. ¿Aceptas? Y le dijo al barman, al del bate de los primeros Caimanes de Barranquilla, danos dos whiskys y dos cervezas, pago yo. Después caminó en línea recta de la barra al baño y me dejó esa confusión plácida de la ciudad, el sabor a carne de cañón en la boca.
El barman, con un ojo atento a la pelea inminente en el del fondo del bar y el otro en el bate, sirvió los tragos y dijo:
—Veo que ya conociste a la nueva, primo.
—¿Quién es ella?
—Pregúntale.
—¿Está buscando a quién robar o es puta? Seguro puta, con ese vestido gitano de lunares…
—Y pánico a los desastres y mirada de niña buena —dijo ella detrás de mí. No la vi volver. Quería que me tragara la tierra.
—Disfruten la cerveza, niños —dijo el barman—. Creo que ya tienen de qué hablar.
En el Velvet subían las revoluciones. El alcohol se regaba sobre las mesas, gritaban fuerte, se dilataban las venas, se calentaba la sangre. Todos cantaban como si fueran a fusilarlos al amanecer.
Al bar no le cabía más gente. Estaban los borrachos de siempre, los que bebían de noche para olvidar de a un día a la vez, los de silla reservada, y los esporádicos, perdedores ocasionales a los que no les gustaba llorar en casa.
Para ellos, y para mí, el Velvet era ese tiquete a otra parte. Una madriguera húmeda y fermentada donde se podía escampar la vida por un rato. Y aunque todos se reconocían, nadie saludaba. Perdían la conciencia con tranquilidad en la intimidad del anonimato. Sin prejuicios de ningún tipo, era mi lugar favorito para hundir la cabeza en la tierra.
—Además de gitana y puta —dijo ella con esa boquita de gitana y puta—, ¿qué más quieres decirme? No es de buena educación hablar mal a las espaldas de quien te invita a un trago. Debes ser muy malo haciendo nuevos amigos, ¿o me equivoco, desconocido?
Apenas podía oírla con el alboroto a nuestro alrededor. Ya se habían roto algunas jarras de cerveza, los parlantes gritaban y el barman amenazaba recostado sobre la barra con el bate en la mano.
—¿Eres nueva acá? —dije para dejar claro que no era un alienado social.
Ella se tomó la mitad del whisky de un sorbo y rellenó el vaso con cerveza.
—Se llama jarabe del olvido, así le digo yo —dijo y me acercó el vaso—. ¿Quieres probar?
No quería, pero me lo tomé de un solo golpe, directo al hipotálamo. Sabía mal, a adolescencia y dolor de cabeza.
—¡Ja! —dijo ella—. Eres un asco. ¿Quién se tomaría esa porquería en sano juicio?
—¿Quién vive en sano juicio?
—Nadie, es verdad —y pensó un segundo—. En esta ciudad todos están locos, locos muy locos. Yo misma, si no tuviera un poquito de locura de vez en cuando, terminaría por perder la cabeza.
Cogió mi whisky, se tomó medio vaso, lo rellenó con cerveza y se lo acabó sin muecas. Estaba lista para olvidar hasta el apellido.
—¿Vienes mucho por acá? No te había visto…
Me tapó la boca con la mano.
—¿No te han dicho que hablas mucho? Te salen palabras hasta por las tripas. Además, te lo dije, te expliqué las reglas, no puedes preguntar de más ni decir no, ¿entendido? —Asentí—. ¿Vas a dejarte llevar en lo que desde ahora será nuestra historia?
Como estaba en las reglas, dije sí y pedí más whisky y cerveza. Algo en esa voz y esa cara esterilizaba el aburrimiento. Conversamos de largo con la música de fondo y después de la medianoche me dijo Nerea, me llamo Nerea.
Era un nombre extraño, pensé, pero ella me explicó, quiere decir “lo que viene del mar”, como el canto de las sirenas. Entonces, si lo miras bien, dijo, si le pones suficiente atención, verás que en realidad significa música, la música del mar. ¿Y quién podría vivir sin música? Anda con cuidado, desconocido, no vaya a ser y naufragues por el canto de las sirenas. Se te nota en la cara, vas a enloquecerte conmigo.
Nos paramos a cantar como si estuviéramos locos de remate, como si fuéramos libres de verdad, y cuando le cogí la mano sentí esas cicatrices en las muñecas. Ella dijo eres muy feo, el alcohol no te mejora, y bailamos hasta que reventó la pelea en la parte de atrás y el barman empezó a esgrimir el bate firmado por los primeros Caimanes de Barranquilla con swing de vikingo medieval.
Nerea y yo nos acomodamos en los taburetes, vimos volar dientes y sangre y cerveza, mucha cerveza. Ella decía sí, así me gusta, y cuando le rompieron una silla en la espalda a un idiota no pudo aguantar la risa. Me dijo abre bien los ojos hasta que se sequen y ardan, y sientas hormigas en las pupilas. Después ciérralos con fuerza y concéntrate en las manchas de luz anaranjada. Apretó los párpados en una demostración y remató con ¿sí ves, desconocido?, así se toman las fotos mentales. Aprovecha y toma varias o se te va a olvidar pronto este momento.
Con esas muecas y el ceño fruncido, y las comisuras de los ojos arrugadas, se debía pasar la vida fotografiando a las fieras salvajes. Colgaba en las estanterías de su memoria todo lo que ocurría en la selva de Bogotá. Era una suerte de naturalista obstinada en probar que no éramos una especie civilizada. Al principio no lo noté, pero cuando cerró los ojos le vi alrededor de las cejas unos punticos rojos, cicatrices de haberse clavado alfileres enteros.
Se acabó la cerveza y el whisky, y dijo:
—¿Vamos a tu casa o a la mía? Aquí no se puede conversar… —hizo algunos cálculos y se lo pensó mejor—. Vamos a la tuya, mi marido se sorprendería si vuelvo… y mucho más si es con visita.
—¿No te importa serle infiel?
—¿Quién está hablando de fidelidad?
Una botella voló al frente nuestro y se reventó en la pared. Las esquirlas de vidrio granizaron sobre el piso.
—Tú hiciste la invitación.
—Uno solo es infiel cuando se traiciona a sí mismo. No puedes serle infiel a otra persona porque no le perteneces, eso creo yo. Y, para empezar, no soy propiedad de nadie.
—¿No crees que le molestaría?
—Puede que sí, quién sabe. Infidelidad sería no hacer lo que me diera la gana. —Se levantó del taburete y caminó hacia la puerta—. Además, hoy no tengo dónde dormir. ¿Vas a dejarme en la calle?
Caminamos hasta mi casa. Disfrutábamos de la madrugada, las esquinas tristes, las personas oscuras. Ella tomaba fotos mentales en ráfaga y yo la seguía en silencio, dos pasos atrás. A pesar de desbordarse en excesos de adrenalina, de ganas, de la electricidad en la piel, tenía un aura melancólica. Parecía del tipo de personas que por cada vez que ríen lloran tres veces.
Apenas llegamos se quitó la ropa sin dejar que le ofreciera un trago. Tenía media bolsa de leche, agua de la llave y vino en cartón. Su estómago y piernas blancas estaban cubiertos por pequeñas cicatrices. La envolvían en una telaraña, como si hubiera intentado coserse y descoserse muchas veces. Su respiración húmeda contaminó el ambiente.
Con cuidado de no lastimarme, de no tocarme de más, me acostó en la cama y me quitó la ropa. Se acomodó al lado mío y jugó con los pelos de mi pecho. No me dejaba mover, sentía mis instintos y me obligaba a contenerlos. Yo quería probar su lengua, ella retrocedía sin ser brusca.
Entonces me dijo, ¿sabes?, la gente cree que solo vivimos una vez, están equivocados. Morimos una vez, es verdad, y todos moriremos cuando nos llegue el momento, está predestinado, pero vivimos una vida diferente todos los días. No hay nada que te amarre a la cama y te impida ponerte los zapatos que quieras. Después cogió un libro de mi mesa de noche y me dijo léeme, quiero que me leas. Es como si nos acostáramos, pero sin tocarnos. Así me gusta más, es menos invasivo. Vio mi cara de desconcierto al pasarme el libro y dijo tranquilo, desconocido, léeme un cuento y mañana yo haré algo por ti.
Recibí el libro, era Te hablo desde el otro lado del muro, querida, de Milán Pavlenka, y lo abrí por el separador. Ella se acomodó a los pies de la cama como un cachorro, desnuda como un cachorro, y con las patas armó su nido; y yo, con la sangre caliente, con la respiración agitada y la testosterona suelta, empecé a leer con la voz entrecortada en medio de la penumbra. Afuera llovía.
Convencido de que sería una noche larga, leí el título en mayúsculas: Cavernícolas.
—¿Quién es ese Pavlenka? —preguntó ella.
—Un tipo que, de la noche a la mañana, desapareció en Praga hace cincuenta años, cuando era Checoslovaquia todavía. Dicen que lo abdujo un platillo volador.
—¿De verdad?
—No, Nerea, claro que no. En esa época Praga era un lugar complicado. Además, los hombres son más peligrosos que los extraterrestres, de eso no te quepa la menor duda.
—Es lo mismo que pasa en Bogotá —dijo ella—. ¿Cómo murió Pavlenka?
Hablaba con voz de niña, inocente, con su curiosidad de cachorro al que todo lo sorprende; no con la seguridad de mujer casada que escapó de su marido. Afuera el mundo estaba en silencio, ni siquiera las sirenas de Policía llegaban a mi cuadra. Hasta Dios se había olvidado del apartamento y eso era bueno, no quería intromisiones.
Le dije que leyéramos primero y habláramos después. Ella sonrío y por primera vez no dijo nada.
Como hacían los cavernícolas desde la prehistoria —continué la lectura—, contando relatos en las cuevas alrededor del fuego para protegerse de las fieras y el frío, los desterrados a los gulags siberianos se reunían junto a los escasos calentadores de carbón en las barracas para no sentirse muertos. Hablar entre ellos, hablar de sus vidas, que en la tundra parecían lejanas e imposibles, les devolvía algo de humanidad.
Nerea sonreía.
En el gulag había espías, terroristas, subversivos y asesinos; e injustamente acusados de espionaje, terrorismo, subversión y asesinato. Sin importar si eran culpables o no, todos debían soportar el invierno de menos cuarenta grados que cristalizaba la sangre, los trabajos forzosos e inútiles, y el olor penetrante de las coles podridas. Su dieta consistía en coles hervidas y pan duro, que no duraban ni diez minutos en el cuerpo. Por las noches, después de las coles, se reunían a contar historias alrededor de las brasas. Detrás de las alambradas oían los aullidos de los lobos. Muchos inventaban pasados fantásticos, y con el cansancio de jornadas interminables picando piedra, era difícil diferenciar a los embusteros de los hombres terribles y peligrosos. Todos, a su manera, fabricaban una careta y su respectiva coartada para sobrevivir.
Lo único cierto, y de eso no cabía duda, era la inclemencia de las coles con el estómago, todas las noches se contaban historias y si los comandantes llamaban a alguien por su nombre y apellido estaba muerto. Cada pared, cada rincón, cada pedazo de ladrillo era un paredón de fusilamiento en potencia.
Entre todos los presos había uno especialmente buen orador, con un pasado magnífico de ser cierto, y de ser falso, pretencioso y poco verosímil. Cada noche los presos le pedían a Nikolai que contara una historia y él, como buen cavernícola, accedía:
—Hasta el treinta y ocho, poco antes de la guerra, vendía abrigos uruguayos de piel en Londres. Nadie sospechaba que un buen vendedor fuera a ser parte de la Orquesta Roja —contaba Nikolali. En algunas historias era espía, en otras, soldado, e incluso había sido el descendiente bastardo del Zar Nicolás II.
—No, Nikolai —lo interrumpió un hombre que había bajado mucho de peso, condenado al exilio siberiano por sospecha de conspiración en Chechenia. El siguiente invierno moriría de agotamiento en una cantera—. Ya nos sabemos la historia del espionaje en Londres, queremos algo nuevo.
—Bueno —dijo Nikolai, y miró su plato vacío. Se había comida hasta las hojas de col medio disueltas en los bordes de la taza. Le dolía el estómago—. Después de la guerra, fui en una misión secreta a Sudamérica…
—No, esa también la contó —dijo otro hombre. No era ruso, pero lo hablaba bien, y en tres días sería fusilado por robarse una ración de pan de la cocina—. Ya nos sabemos los viajes por el mundo y la cacería de nazis en Brasil y el Paraguay.
—¿Entonces, quieren que les cuente cómo va a morir cada uno? También, en algún momento, fui clarividente, un gitano.
—Usted es un mentiroso y todos vamos a morir por las coles o el frío —dijo su compañero de litera. En dos meses sería ejecutado por sospecha de haber robado media ración de pan de la cocina.
—Sí, ya sabemos —continuó un flaco esquelético, que todos pensaban moriría de primero, pero sería el único sobreviviente de los hombres que hablaron—. Cuéntenos, si le parece, Nikolai, por qué terminó acá siendo tan bueno en lo que hacía, en robar y contar secretos. Yo era albañil, pero usted era un espía.
Nikolai miró la mesa y no supo cómo responder. Debía idear rápido una coartada nueva.
—Yo estoy acá, precisamente, por ser muy bueno en lo que hago. Esto es parte de una misión secreta —dijo Nikolai, y golpeó los puños contra la mesa. No saltó ni una miga de pan, los presos sorbían hasta la madera.
—¿Entonces para usted la muerte es un juego? ¿Es eso, o me equivoco? —dijo un hombre que no había hablado, con ojos pequeños de asesino. A él lo habían exiliado por terrorismo y era cierto, pertenecía a las guerrillas independentistas del Cáucaso. En tres semanas sería declarado culpable y fusilado contra la pared de su barraca, frente a todos los cavernícolas.
—Niño, ¿tú sabes quién es Lavrenti Beria? —le preguntó Nikolai al más joven de los presos. No tenía quince años.
—No, señor —dijo el niño, que moriría a los treinta años, después de sobreponerse a los campos siberianos y acostumbrado a la Guerra Fría, cuando una bala perdida lo alcanzara en una calle del centro de Budapest.
—Es el jefe de la Policía Secreta.
—¿Y qué pasa con él?
—Beria, por orden directa de Stalin, me envió acá para que prepare mi personaje. En pocos días me enviarán a Washington, enmascarado como un desertor que logró escapar de la Siberia. Y en los Estados Unidos, asilado, acogido bajo su sistema, les encontraré la pierna coja.
Todos empezaron a gritar. Gruñían como animales cuando entraron dos guardias y un comandante. Los cavernícolas se quedaron callados y se pusieron de pie. Un silencio inquietante se esparció por la barraca. Olían el hambre de los tigres colmillos de sable y oían a los lobos merodeando.
—Nikolai Granat —dijo el comandante. Le brillaba la culata metálica de la pistola en la funda del cinturón. Con esa misma culata había dejado inconsciente la semana anterior al hombre que sería fusilado en tres días por robarse una ración de pan de la cocina.
—¡Sí, señor! Acá Nikolai Granat —dijo Nikolai con los talones juntos y la espalda recta.
—Salga de la barraca inmediatamente.
Los cavernícolas, cada uno con sus días contados, lo miraron impotentes y lo despidieron en silencio. Cuando un cavernícola salía de la cueva en mitad de la noche y se alejaba del fuego, lo despedazaban las fieras salvajes. Ninguno de sus compañeros había vuelto de la oscuridad.
De salida, Nikolai le sonrió al niño y dijo:
—Tranquilo, muchacho. Llegaron para sacarme de aquí. Mañana voy a estar al otro lado del mundo.
Los cavernícolas se pasaron toda la noche esperando el disparo de gracia, el golpe seco del cuerpo muerto contra el suelo congelado. El frío les hacía perder la cordura. Se quedaron con la duda si ese hombre, como creían, era el peor mentiroso del gulag, o si, por el contrario, era un espía de verdad e inclinaría la balanza en el ajedrez de la guerra. Ninguno viviría lo suficiente para averiguarlo.
El cuento estaba fechado de 1966, dos años antes de que Pavlenka desapareciera en Praga. Aunque su desaparición no era para sorprenderse, en los gulags siberianos —como él decía—, en Praga, en Colombia, en la misma Bogotá, la gente desaparecía a diario; como si nunca hubieran existido. En las noches, desde mi ventana, si se guardaba silencio y aclaraba la luna, se oían los fantasmas rondando en los callejones.
Miré a Nerea, quería probarle la boca, estaba profunda. No me fijé en qué momento de la historia le ganó el sueño. Ojalá no soñara con campos de concentración ni coles podridas. Yo era alérgico a las pesadillas y se contagiaban con facilidad. Yo soñaría con Pavlenka, no sería la primera vez. Algo intangible, pero real, nos conectaba a medio siglo de distancia.
Como a un bebé desprotegido, la arropé a pesar de lo bien que se veía su piel a contraluz. Un hilo de baba le chorreaba de la boca y espasmos involuntarios le agitaban las piernas. Parecía genuinamente tranquila. A mí me ganó el pudor y me puse la piyama, dejé de mirarla, apagué la luz y me acomodé en el sofá de la sala.
Mientras me llegaba el sueño, pensé en cómo le dolía la vida, incluso más que sus cicatrices. En el Velvet, mientras bailábamos me dijo, antes la gente tomaba ácidos para ver el mundo alterado, surreal, ahora se inundan en Prozac para que parezca normal; y después se echó a reír. Según ella, tenía la habilidad de ver las dos realidades, lo bello y lo triste en simultáneo, como si tuviera unos lentes bifocales incrustados en las córneas.
