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Un matrimonio con una mujer misteriosa al otro lado del Atlántico, una muerte anunciada, una hija atada a su madre por los cuidados que esta necesita... los fragmentos humanos de Mónica Carbajosa son fieros como la literatura, mordientes como la vida y afilados como el paso del tiempo. Una colección imprescindible.
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Seitenzahl: 151
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Mónica Carbajosa
Saga
Fragmentos (humanos)
Copyright ©2016, 2023 Mónica Carbajosa and SAGA Egmont
All rights reserved
ISBN: 9788728392508
1st ebook edition
Format: EPUB 3.0
No part of this publication may be reproduced, stored in a retrieval system, or transmitted, in any form or by any means without the prior written permission of the publisher, nor, be otherwise circulated in any form of binding or cover other than in which it is published and without a similar condition being imposed on the subsequent purchaser.
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A Pablo
El seis de abril de 1963, José Alfonso tomó el avión y regresó a Tica. Dos meses después se casó en secreto con Amanda Mud.
José Alfonso nos escribía sin puntualidad dos o tres cartas al mes y en ellas nos hablaba de Amanda Mud; sabíamos que le iba bien, que les iba bien.
Amanda Mud era hija —ilegítima, supimos después— de un diplomático belga y de una de las ticanas —según cuentan por allí— más bellas que se recuerdan, Cecilia Mud, que tristemente había fallecido al poco de nacer la niña a consecuencia de una hemorragia interna. Amanda Mud tenía los ojos celestes de su padre y la belleza indiana de su madre. El mestizaje, pensábamos nosotros entonces al leer las cartas, siempre lo consideró José Alfonso como un valor.
Las cartas de José Alfonso iban dirigidas a todos (Estimados amigos) e iba turnando los nombres y las direcciones. El que la recibía, la llevaba al atardecer al Café Viena, donde nos reuníamos, y luego Roberto, Cecilio y yo oficiábamos de tesoreros custodiándolas en nuestro piso. Las guardábamos, extendidas junto al sobre, en una pequeña maleta de cuero. José Alfonso escribía con una letra menuda en pliegos grandes de papel de avión. En ocasiones recibíamos en el piso la visita de alguno del grupo y había que sacar la maleta del estante del armario. La depositábamos sobre la alfombra de la sala de estar, y allí, junto a la maleta, sentado sobre la alfombra, el devoto pasaba la tarde o la mañana leyendo. En caso de incendio —lo habíamos hablado— la maleta era lo primero que debíamos salvar.
Leíamos sus cartas en voz alta, a media voz cuando José Alfonso describía los redondos y pequeños pechos de Amanda Mud o su misterioso ombligo almendrado. Las pasábamos luego de uno en uno si había algún párrafo dedicado a su geométrico pubis o a mayores intimidades. José Alfonso era un hombre generoso.
Le envidiábamos a Amanda Mud, tanto o incluso más de lo que envidiábamos su obra.
Con frecuencia, el sobre contenía también cuartillas con poemas manuscritos o breves piezas de prosa. Roberto, Cecilio y yo las guardábamos como joyas de incalculable valor en la maleta, junto a las cartas. José Alfonso sabía de nuestra avaricia. Cuando publicaba en revistas o en libro convenía con los editores el envío de un ejemplar a una de nuestras direcciones. En ese caso era Fernando el que se ocupaba de la colección; decidimos que era mejor dividir nuestros tesoros.
José Alfonso había sido nuestro profesor y maestro. Cada mes metíamos en un mismo sobre de avión, con sus rayas diagonales de colores en los bordes, o en dos si excedía el peso, los poemas que habíamos escrito y queríamos someter a su juicio. Los copiábamos con esmero de escolar en un finísimo papel de bajo gramaje y entre todos costeábamos los sellos. La miseria de nuestras becas era uno de los más sólidos pilares de nuestra amistad. Algunos ganábamos algo de dinero extra con las traducciones.
Para evitar extravíos y pérdidas de tiempo depositábamos la carta en el buzón de las oficinas centrales de Correos y desde ese mismo momento comenzábamos a esperar con ansiedad el sobre que contendría no sólo las observaciones de José Alfonso, siempre honestas, sino también los comentarios de Amanda Mud, intuitivos y extraños, que luego José Alfonso matizaba y contextualizaba.
En la casa de Tica, en el estudio de la planta alta —desde el balcón veo un muro de mar lejano—, amplio y luminoso, José Alfonso había colgado la fotografía de nuestro grupo: Cecilio, Roberto, Mario y Gabriel sentados alrededor de un extremo de la mesa, Fernando y yo de pie tras ellos, y al fondo las barrocas vidrieras color caramelo del Café Viena. Amanda Mud había memorizado nuestros nombres y nuestras figuras.
Recostada sobre los grandes almohadones de pluma del butacón de mimbre, frente al balcón abierto, descalza y con un corto y ligero vestido, Amanda Mud escuchaba nuestros versos. José Alfonso los leía en voz alta y luego transcribía las impresiones de Amanda Mud: se clavan, no como una espada, sino como numerosas espinas, con el dolor del sudor frío inesperado; ahora me he sumergido en el mar, donde nada se oye que no provenga de dentro; tienen la alegría de los pájaros pequeños y de vuelo corto; son como tendones a punto de romperse. El viento ha levantado el vestido de Amanda Mud y la piel hidratada de sus muslos ha reaccionado con una ligera ola de escalofrío que ha ido a esconderse bajo los pespuntes de su blanca e infantil ropa interior.
Soñábamos con Amanda Mud.
En marzo del año 1964, Mario abandonó el grupo. El altercado tuvo por escenario el Café Viena y hubo que dar explicaciones a las otras mesas. Un ataque de personalismo, resumía Cecilio la cuestión a los de la mesa de su derecha.
Lo cierto es que Gabriel se había sentado a la mesa comunicándonos que había recibido carta de José Alfonso, carta y algo más, añadió de una forma alegremente codiciosa. Nos indicó que despejáramos el centro de la mesa y sobre el mármol extendió un pañuelo blanco de algodón. Tras sacarlo con exquisito cuidado del sobre, fue, sobre el pañuelo, abriendo los pliegues de un papel de seda blanco. Sus dedos actuaban como los de un mago. Antes de deshacer el último pliegue, dijo: Amanda Mud, luego de hojear unas revistas francesas, se ha cortado el pelo siguiendo la moda parisina.
Fuimos uno a uno acariciando en silencio con los dedos el mechón de pelo castaño. Era nuestro primer contacto físico real con Amanda Mud.
Con el acuerdo de todos, Gabriel procedió, con idéntica delicadeza, a plegar el papel e introducirlo de nuevo en el sobre. Luego tomó el sobre y lo guardó en el bolsillo interior de su chaqueta. Fue este último gesto el que suscitó la controversia. Había sido el destinatario de aquella carta, pero todos sabíamos que José Alfonso no era un hombre ordenado, ni metódico, ni sistemático.
Mario y Fernando fueron los primeros en reaccionar proponiendo una justa rotación mensual de la reliquia. Gabriel no transigió: a la devoción de cada uno había que anteponer el cuidado y conservación del mechón, y la rotación, era evidente, acabaría deteriorándolo. Lo sometimos a votación: Gabriel sería el ángel custodio. Mario, celoso y desatinado, se levantó con violencia volcando la silla y salió del Café Viena jurando no volver nunca más. No le creímos, pero así fue.
Hubo que contárselo a José Alfonso; debíamos advertirle para que no utilizara la dirección de Mario como vía de comunicación con nosotros. Inventamos una encendida disputa literaria sobre unos versos de Ignacio Eznaola, pues conocíamos el poco respeto de José Alfonso por la obra de este poeta. Tiempo después supimos que Mario, tras el altercado, había remitido una carta, no a José Alfonso sino a Amanda Mud.
La deserción de Mario fue en vano ya que al cabo del tiempo recibimos más reliquias: Fernando poseía el retal del vestido de gasa azul que Amanda Mud había acortado, y Cecilio, Roberto y yo guardábamos en el piso una pluma del almohadón sobre el que solía recostarse, un recorte de su pañuelo de seda y el retrato que Emiliano Rojas, pintor ticano amigo de José Alfonso, había realizado de memoria en su cuaderno de apuntes. A Amanda Mud le disgustaba posar. José Alfonso la disculpaba: es tímida e impaciente.
Pasado el verano, Roberto quiso leernos un poema dedicado a Amanda Mud. Lo recuerdo de memoria, lo convertí en mi oración nocturna y sé que no fui el único. Roberto deseaba el juicio de José Alfonso, pero tal vez podría considerarlo inadecuado. Todos dudábamos. Roberto tomó la decisión de enviarlo, lo acompañaría de unas letras explicándose.
La respuesta de José Alfonso derrochaba entusiasmo, aunque, escribió, le había ocultado a Amanda Mud las circunstancias de su composición. Con las mujeres hay a veces que andarse con secretos. José Alfonso temía que pudiera reprocharle su exceso comunicativo. Queden pues entre nosotros los detalles.
En la misma carta, José Alfonso nos anunciaba la publicación de un nuevo libro de versos: Poemas de amor y hiel. La edición vería la luz en el mes de diciembre a cargo de Ediciones Salter. Recibimos dos ejemplares. El poemario estaba dedicado a A.M. y la portada había sido ilustrada por Emiliano Rojas.
El libro fue bien acogido en España. Gabriel se ofreció a hacer la reseña para la revista Agua y fue aceptada y publicada en el número del mes de enero. La recortamos y se la enviamos a José Alfonso.
En sus cartas, José Alfonso nos hablaba de un pequeño pueblo llamado Barcanza, a diez kilómetros al sur de Tica, en el que Amanda Mud pasaba breves temporadas visitando a la mujer que la había criado. José Alfonso disfrutaba aquellos días de ausencia, felizmente melancólicos para un poeta, días en los que se encamaba y pasaba las horas escribiendo y leyendo, días sin límite y sin orden. Comprendíamos a José Alfonso, pero nuestro pensamiento estaba con Amanda Mud en Barcanza. En nuestras reuniones imaginábamos sus días en aquel pueblo desconocido. Al regresar, reprendía a José Alfonso por su desorden y nosotros no podíamos más que darle la razón pues habíamos frecuentado su despacho en el departamento de la facultad y sabíamos de su anarquía. Sobre la mesa había varias capas de libros, papeles, libretas, incluso envases de comida. José Alfonso era capaz de comer, fumar y leer al mismo tiempo.
Hacia la primavera, en una de nuestras reuniones del Café Viena, Fernando nos entregó copia de un bellísimo poema: Ciegas Pupilas. Semanas después lo publicaría la revista Atenea.
Ciegas Pupilas estaba dedicado a B.
¿B.? Sencillamente B. era lo más cercano a A.
Aquella misma tarde, Gabriel nos habló de su relación con Patricia, una chica argentina que trabajaba en la editorial Mercurio y que cursaba el doctorado en el departamento de Literatura Comparada. La conocíamos de alguna cena en nuestro piso. Dos días después, Gabriel volvió a despejar el centro de la mesa y sobre su pañuelo depositó un pequeño sobre blanco. Decidimos, todavía bajo la influencia de Ciegas Pupilas, que Fernando pasara a custodiarlo.
Tras un inusual período de sequía de casi dos meses, recibimos carta de José Alfonso. En ella describía la impresión que le había causado el poema de Fernando, pero el grueso de la carta estaba dedicado a desahogar su preocupación por el estado de Amanda Mud. Había enfermado y los médicos no eran capaces de un diagnóstico preciso; se trataba de unas fiebres víricas que los antibióticos no podían combatir, dependía por lo tanto únicamente de la fortaleza de su sistema inmunológico.
Al atardecer comenzaba a subir la fiebre y por más que José Alfonso trataba de mantener la habitación fresca y que Amanda Mud sólo vestía un ligero camisón de tirantes, todo su cuerpo ardía a media noche. Las compresas frías en las sienes, en las muñecas, eran también inútiles. Nada parecía capaz de enfriar aquel calor de fuego. Pese a sus empeños, Amanda Mud tiritaba como si estuviera rodeada de nieve helada. Sus manos agitadas buscaban desesperadamente por la cama algo con lo que cubrirse y José Alfonso las observaba, tanteando un lado y otro, sabiendo de la inutilidad de su empeño porque él había retirado de su alcance mantas, colchas y echarpes. Amanda Mud, sin fuerzas, callaba, pero sus lágrimas herían a José Alfonso como húmedos reproches.
De madrugada, José Alfonso levantaba su cuerpo desnudo, ligero, afilado y ardiente, y la tomaba en sus brazos. Amanda Mud, agarrándose a su cuello, suplicaba que no lo hiciera. Lentamente la sumergía en el agua de la bañera, que iba luego enfriando muy poco a poco. Después la envolvía en una ligera manta de baño y la secaba. Al vestirla, su cuerpo, aún caliente, parecía haber reaccionado. De nuevo en la cama, el cansancio por fin la vencía y se quedaba dormida. Entonces José Alfonso la observaba con asombro: la fiebre aumentaba su belleza. Cuando el termómetro lo indicaba, la tapaba con una sábana y una ligera colcha y él se sentaba en el sillón, vigilante, hasta que llegaba la enfermera para turnarle, y subía al estudio y dormía hasta media mañana.
Al día siguiente eran visibles en ambos los signos de cansancio, pero habían ganado la batalla a la noche. Amanda Mud se mostraba agradecida y confeccionaba listas de lo que harían cuando las fiebres desaparecieran. Viajarían a Europa. Vendrían a visitarnos.
Puede que fuera entonces cuando empezáramos a sospechar.
Durante varias semanas, en nuestras citas del Café Viena, discutimos sobre el posible estado de Amanda Mud. Fernando consultó a unos amigos suyos doctorandos en medicina, pero no había datos suficientes para un diagnóstico.
Finalmente, recibimos dos cartas y un telegrama en la misma semana. La primera, a nombre y dirección de Gabriel con remite de José Alfonso. Le habían concedido el Premio Platón de Poesía por el conjunto de su obra poética y deseaba y esperaba que viajáramos a Tica para acompañarle el día de la ceremonia de entrega.
Sabíamos de la imposibilidad de viajar todos, pero acordamos que al menos uno lo haría. Surgieron incontables ideas, desde singulares hasta estrafalarias, sobre cómo financiar el viaje; la decisión sobre quién de nosotros sería el afortunado fue convenientemente aplazada, sin embargo todos caímos en la tentación de ir proponiendo modos de elección que nos favorecieran particularmente. Una misma razón, inconfesable, nos movía a todos.
La segunda carta, a mi nombre y dirección, con remite de Emiliano Rojas, la leí en voz alta en el Café Viena tres días después: José Alfonso había contraído unas fiebres víricas y su estado de salud era crítico. El telegrama en el que se nos comunicaba su fallecimiento llegó al día siguiente. Una escueta nota en los periódicos no dejó margen para la duda.
En la maleta que custodiábamos en nuestro piso fuimos guardando, junto a las cartas y manuscritos de José Alfonso, los recortes de periódico que nos enviaba Emiliano Rojas. Pudimos leer así la crónica del entierro, la de la ceremonia de los Premios Platón, la decisión del pleno del Ayuntamiento de dar a la plaza del nuevo barrio sur el nombre de Plaza de José Alfonso Rosado, en el centro se colocaría una estatua de Amanda Mud encargada al escultor ticano Pedro Holgado, amigo íntimo del poeta. Supimos también de la bellísima edición que planeaba Emiliano Rojas, siguiendo la voluntad de José Alfonso, de un libro de breves prosas dedicadas a Amanda Mud en el que José Alfonso había estado trabajando durante los últimos tres años. El libro se editaría con ilustraciones de varios pintores ticanos. Por supuesto, José Alfonso había escrito que se nos enviara un ejemplar.
También guardamos los recortes de los periódicos españoles que reseñaron el fallecimiento de José Alfonso y las revistas que glosaron su figura y su obra. Codiciábamos todo papel con el nombre de José Alfonso. Lo que jamás entró en nuestra maleta, ni tan siquiera en nuestro piso, fue el reportaje que Mario Norberto firmaría tras su estancia en Tica. Sin embargo, por más que he tratado de desalojarla, hay una frase, de una de las chicas entrevistadas en aquel rencoroso y malintencionado escrito, que aún martillea en mi cabeza: El pobre viejito siempre nos decía Amanda.
Unos días antes de morir, Carmina compró dos faldas iguales, una amarilla y otra rosa palo. La misma talla.
—¿Usted qué talla tiene? —le respondió a la dependienta cuando ésta le preguntó por las tallas de las faldas. Para Carmina era un detalle que no tenía la menor importancia, eso era lo de menos.
—¿Yo? Estoy entre la treinta y ocho y la cuarenta.
—¿Y no podría ser usted un poco más precisa?
—Últimamente, la cuarenta.
—Bien, entonces las dos faldas de la talla cuarenta.
La dependienta había supuesto, por la voz a través del teléfono, que se trataba de una mujer mayor (la mayoría de sus clientas lo eran), aunque tal vez las faldas no fueran para ella.
—Para cambios o devoluciones dispone usted de treinta días.
—No voy a cambiarlas. Puede envolver las dos en el mismo paquete.
La dependienta, que hablaba por el teléfono de pie, ligeramente apoyada en el mostrador de la bisutería, y de espaldas a la puerta, decidió girarse. Tenía la impresión de estar siendo vigilada. Puede que se tratara de una broma.
—A lo mejor tienes un admirador secreto por el barrio que quiere regalarte faldas. ¿Eran las del escaparate? —le dijo su hermana cuando la dependienta se lo contó al llegar a casa.
—Sí, las de tubo.
—Pues eso es entonces.
Sin desatender la llamada (no estaban los tiempos como para perder una compra como aquella: las faldas no eran baratas), se dirigió a la puerta y miró hacia el exterior.
—No digas tonterías. Será alguna señora del barrio. Habrá calculado que sus nietas tienen mi misma talla —le dijo a su hermana, aunque pensó que si hubiera sido alguna de sus clientas hubiese reconocido su voz, no era raro que la llamaran por teléfono, lo hacían con frecuencia, a veces sólo para avisar que irían sobre las siete o que les acompañaría su hermana o su ahijada.
