Freya - Cindy Cruz F. - E-Book

Freya E-Book

Cindy Cruz F.

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Beschreibung

Ella sacrificó su alma para proteger a los inocentes. Ahora, la oscuridad es su única aliada. Freya ha soportado mucho más de lo que debería. Abusos, traiciones, soledad y miedo. Cada día parece una batalla perdida, hasta que su hermana pequeña se convierte en el nuevo objetivo. Alguien responde al llamado, a su dolor. Freya hace un pacto con un ente oscuro para que la historia no se repita, entregando su alma a cambio de poder. Se transforma en una justiciera que recorre las calles, enfrentándose a depredadores humanos y fuerzas sobrenaturales. Pero todo tiene su precio. En el caso de Freya, esa infancia rota que todavía vive dentro de ella, suplicando por algo de paz. A veces, solo te queda abrazar tu fuego interior.

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Seitenzahl: 203

Veröffentlichungsjahr: 2024

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© Freya

Sello: Tricéfalo

Primera edición digital: Noviembre 2024

© Cindy Cruz F

Director editorial: Aldo Berríos

Ilustración de portada: Camilo Palma

Corrección de textos: Francisca Garcia

Diagramación digital: Marcela Bruna

Diseño de portada: Marcela Bruna

_________________________________

© Áurea Ediciones

Providencia 2594, local 417, Providencia, Chile

www.aureaediciones.cl

[email protected]

ISBN impreso: 978-956-6386-56-8

ISBN digital: 978-956-6386-83-4

__________________________________

Este libro no podrá ser reproducido, ni total

ni parcialmente, sin permiso escrito del editor.

Todos los derechos reservados.

I

Ahí, en medio de la pista de baile, la música retumbaba en su interior. Con una botella de cerveza en la mano y un vaporizador en la otra, buscaba con la mirada algo entre la multitud.

Tenía veintiséis años, aunque aparentaba ser más joven; su piel era blanca, tersa, sin imperfecciones, salvo uno que otro lunar. Le gustaba particularmente el que tenía debajo del ojo derecho. Sus labios no eran ni gruesos ni delgados, siempre maquillados de color marrón claro. Su pelo era negro, con ondas que llegaban a la altura de su pecho, sus ojos grises y su nariz, respingada. Tenía una figura envidiable. Vestía unos pantalones negros ajustados, botas estilo militar, una chaqueta de cuero negro abierta que dejaba ver un pequeño top color crema. En su cuello, el tatuaje de una calavera en blanco y negro con profundas sobras, rodeada de una hermosa y delicada mariposa de alas extendidas, se fundían en perfecta armonía creando una única obra en su piel. Comenzó a frecuentar las diferentes discotecas de la ciudad desde que tuvo edad legal para hacerlo; era hermosa, por lo que siempre conseguía que alguien la invitara a un trago o a bailar. La gente que trabajaba ahí siempre la veía llegar sola e irse acompañada; a veces por hombres, a veces con mujeres. Era bastante popular.

La fila del bar era larga, pero rápida gracias a sus eficientes cajeros y hábiles bartendersque mantenían entretenidos a los clientes. La espera era parte de la experiencia, con un espectáculode botellas que parecían volar, saltar y girar desafiando la gravedad. La música resonaba en el local. La gente bailaba en grupos, en parejas, y algunos, solos en la orilla con sus vasos a medio tomar, esperaban ser invitados por alguien más.

Su mirada estaba fija en un par de hombres que bailaban junto a una muchacha que parecía no estar en sus cinco sentidos. El primero tenía su cuerpo pegado a la parte posterior de la mujer, con sus manos a cada lado de sus caderas, el otro estaba de frente, afirmándole la cabeza mientras la besaba. No parecía que la estuvieran forzando, pero tampoco que ella supiera lo que estaba pasando.

Atenta al movimiento del trío, guardó su vaporizador en el bolsillo trasero de su pantalón para cambiar de mano la cerveza fría que le entumecía los dedos. Se sintió observada, giró la mirada y vio que una chica, unos dos o tres años menor que ella, se le acercaba. 

—Hola, ¿quieres bailar?—. Su cara estaba roja y su voz temblaba. Era baja, de pelo oscuro y corto.

—Claro que sí, bonita —respondió Freya con una sonrisa, tomándola de la mano y llevándola hacia un lado de la pista para no perder de vista al trío.

Bailaron separadas al comienzo, luego más cerca. La menor la miraba a los ojos y se mordía el labio inferior; quería provocarla, lograr que la deseara y hacía lo posible por llamar su atención. Tomó sus manos y dirigió una a su cintura, mientras le seguía bailando. Freya amaba ser conquistada, le gustaba el poder que sentía cuando era deseada y esta chica estaba dando todo de sí. Era hora de dar respuesta a su trabajo, pues lo había logrado. La tomó con algo de brusquedad y la volteó, sintiendo el trasero de su acompañante rozando su entrepierna, apretó sus caderas con ambas manos mientras hundía sus blancos dientes en el cuello de la joven, y deslizó su lengua hacia arriba llegando a la oreja de su compañera de baile. A esta le temblaron un poco las piernas y soltó un leve gemido. Sonaba fuerte una canción de un grupo británico que a Freya le encantaba desde pequeña; las luces de colores daban un poco de iluminación a la gran sala, deteniéndose de vez en cuando en donde había un cubo que medía alrededor de un metro y medio de alto y lo mismo de ancho, dispuesto para los valientes que querían bailar sobre él.

La chica de cabello corto se volteó para quedar frente a frente.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó.

—Freya —respondió en su oído con un susurro. Para evitar que le hiciera más preguntas, juntó su mejilla a la mejilla de ella, y comenzó a mover lentamente su rostro; sus labios se acercaron peligrosamente, al igual que sus caderas. Levantó la vista, el trio ya no estaba. Se separó de forma brusca de su acompañante y estiró el cuello para buscarlos entre la multitud. Miró para todos lados, los había perdido.

—Disculpa me tengo que ir —dijo Freya a la confundida chica de pelo corto—. Si nos volvemos a ver, podemos terminar lo que comenzamos.

Se agachó un poco para quedar a su altura, tomó su mentón y la beso lento y suave, pero con deseo, mordiéndole el labio inferior. Se separaron, y dio media vuelta, dejando a la chica sorprendida en medio de la pista. Caminó entre la multitud de gente que bailaba; al no encontrarlos, comenzó a desesperarse. Se detuvo, cerró los ojos, controló su respiración y trató de enfocarse. Al abrirlos, sus ojos cambiaron de color gris a violeta, y así pudo ver las estelas que la gente dejaba al caminar. Eran débiles luces, algunas imperceptibles, otras tenues y por último las había intensas, brillantes como de neón; esas eran las que debía seguir. Las buscó en el suelo hasta que las halló; eran dos luces juntas, y una tercera muy tenue.

Caminó a paso decidido tras ellas, esquivando a los bailarines, borrachos, y grupos que estaban conversando. Las luces del piso la guiaban escaleras arriba, aceleró el paso, no podían estar lejos, solo los perdió unos instantes de vista. Sacudió su cabeza para borrar de su mente a la chica que había dejado en la pista de baile. Trataría de volver más tarde a buscarla. Se había olvidado de preguntarle su nombre.

Salió del recinto. Eran las tres menos veinte de la mañana, estaba todo oscuro, hacía frío, así que Freya se cerró la chaqueta de cuero negra, era delgada, pero ahuyentaba el viento de su piel.

Las estelas la llevaron hasta un parque pequeño. Le faltaba iluminación, tenía un par de árboles, cuatro bancas, el pasto estaba largo, y no se veía bien cuidado. Avanzó lento hacia los arbustos, del bolsillo de su chaqueta sacó una cajetilla de cigarrillos y de entre sus pechos sacó un encendedor que escondió de los guardias del local. Prendió un cigarrillo, prefería estos a los electrónicos, le gustaba escuchar el papel quemándose y el humo caliente bajando por su garganta. Atravesó los arbustos y entremedio vio a los dos hombres y a la joven. Ella parecía estar inconsciente.

—¡Chicos! —dijo Freya exhalando el humo que venía de vuelta desde sus pulmones—. ¿No prefieren divertirse con alguien que parezca más… viva? —dijo mirando a la chica tirada en el suelo.

Los hombres se pararon rápidamente. Tenían facciones agraciadas, no superaban los treinta años y parecía que se ejercitaban, pues se notaban los músculos marcados y firmes en sus cuerpos.

—¿Quién eres tú? ¿No ves que estamos ocupados? —dijo el primero en tono amenazante y mirando su alrededor mientras Freya veía de reojo como el segundo buscaba en su tobillo una navaja.

—Les dije que vine a divertirme con ustedes —pronunció de forma coqueta, los ojos violetas de Freya no parpadeaban—, los vi en la disco con esa chica y me dio un poco de celos. Si ustedes son dos y nosotras somos dos, quizás podríamos multiplicar la diversión —dijo mientras jugaba con su pelo y daba otra calada a su cigarro—. Pero me encuentro con algo mejor aún, los dos podrían ser míos —insinuó pasando su lengua por sus labios y mordiendo el inferior.

—No debiste venir —dijo el segundo apuntándola con la navaja. Estaba totalmente erguido, mostrando su altura y músculos, tratando de intimidar a Freya.

—Ya veo, entonces no quieren jugar conmigo. —Fingió decepción—. En cambió yo sí lo haré con ustedes. —Sonrió, acercándose lentamente.

Los arbustos, el pasto, los autos que pasaban, el olor del cigarro, los sonidos del viento y hasta las estrellas de la noche se tornaron borrosos hasta que todo fue envuelto en una gran oscuridad.

II

Freya tenía seis años cuando su madre la llevó a su primer día de clases. En el lugar, había muchos niños llorando, aferrados a las piernas de sus padres, no comprendía a qué venía tanta tristeza. Su madre le explicó que en ese lugar le iban a enseñar cosas nuevas, que haría un montón de amigos y se divertiría.

Dentro del establecimiento, caminaron juntas de la mano hasta encontrar a una señora, hablando con otros padres.

—Freya, ella será tu profesora —le indicó su madre mientras se agachaba para ponerse a la altura de sus ojos—. Se llama Bianca, ella te enseñará muchas cosas. Puedes preguntarle lo que no entiendas, pero debes de portarte bien y hacerle caso ¿sí? —Se enderezó y beso la frente de su hija.

—Sí, mami, me portaré bien —respondió con una sonrisa, y en seguida la abrazó y le dio un beso en la panza a su madre—, tú también debes portarte bien —dijo al estómago de su madre—, cuando nazcas yo seré tu hermana mayor, te cuidare y te enseñaré todo lo que aprenda.

Freya miró a su madre con una gran sonrisa, le faltaba un diente justo en medio.

—Faltan un par de meses para eso, corazón —respondió a su hija y se dirigió a la profesora, que ya estaba más desocupada—: Señorita Bianca, ella es Freya.

La niña le sonrió y saludó con un gesto de la mano.

—Hola, Freya. —La profesora estiró la mano para saludarla y la menor respondió alzando su pequeña mano—. Veo que eres muy educada.

Luego, se dirigió a la madre:

—No se preocupe señora, yo la cuidaré bien.

—Te vengo a buscar a la salida. Haz muchos amigos y aprende todo lo que puedas. —Su madre la abrazó, y se fue camino a su trabajo.

Cuando Freya entró a la sala, vio a muchos niños; algunos lloraban, otros estaban en grupo jugando en el suelo y algunos seguían llegando. Se distrajo con las coloridas letras del abecedario y un gran mapa del mundo pegados en la paredes; al frente había una gran pizarra blanca con palabras que aún no sabía leer. Los puestos eran una mesa larga con dos sillas. Freya miró para todos lados, buscando dónde sentarse. Vio algo nuevo para ella, una cabeza con pelo rojo como el fuego. Se dirigió hacia la portadora de esa cabellera.

—¡Hola! —Se paró enfrente de la pelirroja y esta la miró. Tenía sus ojos cafés hinchados, se notaba que había estado llorando—. Me llamo Freya y tengo seis años —dijo orgullosa mostrando los dedos de su mano.

—Feya—pronunció la niña de forma incorrecta—, yo soy Hannah, también tengo seis años —. Comenzó a sollozar.

—¿Por qué lloras? —preguntó mientras le acariciaba la cabeza.

—Porque mis papás se fueron. —Las lágrimas caían por sus rosadas mejillas.

—Mi mamá también se fue, pero me dijo que iba a venir por mí cuando saliéramos y que acá iba a hacer amigos nuevos y aprender muchas cosas —explicó extendiendo sus brazos, queriendo mostrar el tamaño de lo que su mamá le dijo que aprendería—. Si quieres, podemos ser amigas y me puedo sentar acá al lado tuyo, mira…

Comenzó a buscar dentro de su mochila, sacó un pedazo de chocolate, lo partió y le ofreció el trozo más grande.

—Te regalo la mitad. A mí, comer chocolate me pone feliz.

Sonrió ampliamente, mostrando el hueco que dejó su diente caído. Hannah se puso a reír porque a ella le faltaba el mismo diente, cuando Freya se dio cuenta, también se río. El timbré sonó por todo el colegio. Algunos niños se asustaron, otros como Freya y Hannah buscaron de dónde venía el sonido, encontrando el parlante sobre la pizarra.

—Buenos días, yo soy Bianca y seré su profesora. Pueden tomar asiento donde gusten por ahora. —Caminó hacia el escritorio que había enfrente, sacó un libro y un lápiz de tinta—. Si alguien no sabe dónde sentarse, me puede avisar.

Pasados unos diez minutos, ya todos estaban ubicados en sus puestos. La profesora pasó la lista, hizo una dinámica para que los niños se presentarán y comenzaron las clases.

Durante el año Freya destacó por su ingenio, sus preguntas y sus ganas de participar en todo lo relacionado a conocimiento. Hannah, por su parte, destacaba en lo artístico, bailes, canto, pintura; era una líder innata. Permanecieron juntas, complementándose, durante todo el semestre.

Un día, Freya llegó muy emocionada al colegio, estaba inquieta, saltaba de emoción.

—Hannah —dijo mientras corría hacia el puesto que compartían—, ¡mi hermanita ya nació! Mi mamá me dio permiso para que la vayas a conocer cuando esté un poco más grande.

—¿Cómo es? —preguntó Hannah con curiosidad, pues era hija única.

—Muy pequeña, rosada y tiene los cachetes gordos. Ah, y está arrugada como si estuviera siempre enojada. —Hannah se puso a reír por la imitación que su amiga le entregaba.

—Buenos días, niños y niñas, por favor tomen asiento que voy a pasar la lista. —La profesora se dirigió a su puesto y sacó el libro de clases y un lápiz de su escritorio.

—¿Cuándo crees que pueda ir a verla? —susurró Hannah.

—Le voy a preguntar a mi mamá, por mientras tú pregunta a tus papás si te pueden llevar.

—Niñas, necesito que presten atención a lo que estoy diciendo. En el descanso pueden hablar y jugar tanto como quieran, pero la hora de estudio es de estudio—sentenció la profesora, mirándolas.

—Lo que pasa es que mi hermanita ya nació —dijo Freya con una gran sonrisa.

—¡Te felicito! Entonces ya eres una hermana mayor. Recuerda que debes de ser responsable y ayudar siempre a tus papas a cuidarla muy bien.

—Sí, señorita, seré la mejor hermana mayor del mundo.

Cuando llegó a casa, Freya le contó a su madre que la habían felicitado en clases y le volvió a preguntar cuando podía ir Hannah a conocer a su hermanita.

—Yo creo que puede venir el próximo mes, pero hija, tu hermana no es un juguete, no puedes tomarla si no estamos nosotros presentes ¿está bien? —Le dio un beso en la frente y levantó a su hija menor de la cuna para alimentarla.

Hannah llegó contándole a sus padres que su mejor amiga había tenido una hermanita y que quería ir a conocerla. Sus padres le respondieron que hablarían con los padres de Freya, y cuando ellos la invitaran, podría ir a verla. Así pasó un mes y medio de ansiedad; Freya le contaba cosas sobre su hermanita y Hannah le respondía con historias de su perro y su gato.

Cuando por fin llegó el tan ansiado día, Hannah se subió al auto de sus padres y juntos partieron a conocer al bebé. Al llegar, vieron a Freya pegada en la ventana, y cómo salía corriendo en busca de sus padres. Los invitados fueron recibidos. Freya presentó a su hermana menor y todos la llenaron de elogios, Hannah la miró con curiosidad, y les permitieron tomarla con ayuda de los adultos. Luego fueron a comer y estuvieron conversando toda la tarde; los adultos se hicieron amigos y Freya y Hannah compartieron un gran día.

A los nueve años, las chicas eran inseparables. Pasaban prácticamente todo el día una en la casa de la otra.

III

A los meses, llegó el padre de Freya con un joven alto, moreno, delgado y con el mismo color de pelo y ojos que él. Sin embargo, su nariz era muy diferente.

—Hija, él es tu hermano mayor, Gustavo. Se vendrá a vivir con nosotros mientras termina de estudiar. —Traía una gran maleta azul que dejó en el suelo con un fuerte golpe, asustándola.

—Hola, ¿cómo estás? —Se agachó un poco y beso la mejilla de Freya—. Soy Gustavo, tu medio hermano, espero que nos llevemos bien.

Freya solo lo conocía por las fotos que su padre le había enseñado alguna vez. Sabía que él se había casado antes con otra mujer y luego había vuelto a buscar a su madre, que era el amor de su infancia. Le encantaba escuchar la historia de su amor, que sus padres le contaban.

—Hola —respondió y se escondió tras las piernas de su padre. No era una niña tímida, pero no le gustaba la idea de tener un hermano mayor en casa. Ella quería ser la única hermana mayor de Luz.

La madre no se encontraba en casa pues estaba trabajando. Su padre le mostró la habitación que utilizaría a Gustavo, ya la habían preparado de antemano. Luz tenía su cuna en la pieza de los adultos, la habitación de Freya era pequeña, con una cama pegada a la pared, un mueble para su ropa, paredes amarillas, una gran ventana con cortinas de trencitos y una caja donde guardaba sus libros y juguetes, la habitación de gustavo era similar a la de Freya, salvo por los dibujos de las cortinas. El recién llegado desempacó, ordenó sus cuadernos y libros en el escritorio que habían comprado para él. Freya estaba fascinada, siempre le llamaron la atención los libros, y apenas aprendió a leer, devoró uno tras otro, además de los que le hacían leer en la escuela.

Gustavo noto el interés de su hermana por los libros y le preguntó si los quería ver de cerca, esta accedió con entusiasmo. Gustavo se sentó en la cama y tomó a Freya en brazos, acomodándola sobre sus piernas, y abrió frente a ellos uno de los tantos libros. Estuvieron un buen rato viendo los dibujos, aunque había más letras que otra cosa. Su hermano le explicó sobre los tipos de suelos, le habló de fósiles, le mostró muchos dinosaurios, e hizo imitaciones que a Freya le sacaron muchas sonrisas. Quizás no era tan malo tener un hermano mayor en casa, pensó.

Gustavo ayudaba cada día a cocinar, poner la mesa, jugaba con Freya y la ayudaba en sus tareas. Hannah también reía con sus imitaciones cuando iba de visita a la casa. Luz aún era muy pequeña para entender, pero trataban de incluirla; Gustavo era el único con permiso para cargarla.

Terminó el año y llegaron las vacaciones de verano. La familia de Freya viajó a la playa en auto. Su padre era un hombre de estatura promedio, un poco panzón, y tenía el pelo claro con ondas. La madre, que iba de copiloto, tenía el pelo color castaño, muy liso y hasta los hombros, con un flequillo. Atrás, en su silla para niños iba Luz; a sus tres años, tenía el pelo rizado de un hermoso color rubio. Al lado, iba Freya jugando con un cubo Rubik, y en la otra ventana iba Gustavo mirando el paisaje. 

Arrendaron una cabaña que quedaba a quince minutos caminando de la playa. Iban cada mañana y se devolvían por las noches. Jugaban todo el día, armaban castillos de arena y corrían hacia el mar para mojar sus pies. Al padre de Freya le gustaba hacer esculturas en la arena, mientras la madre cuidaba a Luz; a Gustavo le encomendaron la tarea de cuidar de Freya, para que no le fuera a pasar nada. Así pasó una semana entre idas a la playa, restaurantes, noches de bingo o simplemente televisión en familia. Los padres compartían su pieza con Luz, Gustavo y Freya compartían la segunda habitación.

Una noche, las luces de la cabaña ya se habían apagado y la luna brillaba en la oscuridad.

—Hace frío, ¿puedo acostarme junto a ti? —preguntó Gustavo sin esperar respuesta, metiéndose en la cama de su hermana.

Freya había compartido la cama con sus padres y con Hannah muchas veces antes, por lo que no le pareció extraño que el hijo de su padre quisiera hacerlo también.

Luego de unos treinta minutos…

—Está haciendo calor ahora—dijo el joven, tirando de los pantalones de la pequeña—, sácate esto para que estés más cómoda.

Freya sintió miedo, sus alarmas se encendieron por las advertencias que sus padres le habían dado, pero no tenía la fuerza suficiente para defenderse. Además, el sueño la tenía envuelta y no era consciente de lo que pasaba. Gustavo siguió quitándole la ropa, solo tenía nueve años ¿qué podía hacer contra la fuerza del joven? Todo pasó muy rápido; la presión sobre su pequeño cuerpo aplastado, la asfixia provocada la mano del hombre en su boca, el aire no llegaba a sus pulmones, el dolor, las ganas de gritar, las fuertes manos que la afirmaban, las lágrimas corrían por su cara. Se fijó en la luna, hermosa y brillante a través de la ventana, y luego nada.

Rezó a Dios todo el tiempo, desde el fondo de su alma suplicó por ayuda, sin respuesta.

Un nuevo día se asomaba por la ventana. Despertó de una pesadilla que no recordaba bien. Cuando abrió los ojos, se dio cuenta que estaba sola en la habitación. Sentía náuseas, y un nudo en la garganta y en el estómago. Se cambió de ropa, sentía el cuerpo adolorido y tenía un hilo de sangre entre sus muslos. Fue donde su madre, que preparaba huevos revueltos con pan tostado. Olía exquisito, pero ella no quería comer nada, solo quería vomitar, y no sabía si contarle lo que había pasado. Quizás, solo había sido un mal sueño.

—Mamá, me duele la panza —dijo mirando a su madre, mientras se apretaba el estómago.

—Eso te pasa por comer muchos dulces —contestó esta, acercándose para tomarle la temperatura en la frente con la palma de su mano—. No tienes fiebre. Ven, te prepararé un té. —Se dio vuelta, encendió la cocina, y puso a hervir agua.

Freya se volteó para buscar a su hermanita, que estaba sobre las piernas de Gustavo. Corrió hacia ellos y trató de tomarla en brazos para alejarla de él, pero sus brazos no podían aún con el peso de su hermana, y se le cayó. Luz comenzó a llorar, se había partido la frente al darse contra el suelo, y tenía un tajo arriba de la ceja que no dejaba de sangrar. El pánico se apoderó de Freya, se puso a llorar desesperadamente mientras trataba de levantarla nuevamente.

—¡¿Qué estás haciendo?! —gritó su madre, corriendo a recoger a su hija menor, mientras le gritaba al padre que prendiera el auto para ir a urgencias.

—Gustavo, quédate acá con ella. Nosotros vamos al hospital, volvemos en un par de horas —dijo mientras armaba una mochila con lo necesario. El padre ya estaba abriendo la puerta con las llaves del auto en la mano, listo para partir.

Los huevos que su madre estaba preparando para el desayuno comenzaron a quemarse. Gustavo fue a apagarlos. Se preparó un sándwich, tomó el té de Freya y se lo bebió todo.

—Vamos a bañarnos —dijo cuando notó una mancha de sangre en el pijama de Freya y la arrastró al baño, la niña comenzó a llorar, sintió el calor de su orina resbalando por sus piernas, y su cuerpo empezó a temblar. Fue lanzada dentro y la puerta se cerró con llave.

Todo se volvió negro.

Los días siguieron pasando, Hannah se juntaba cada vez menos con Freya y más con sus nuevas amigas. Freya no hacía nada por acercarse a ellas, y cada vez se encerraba más en sí misma. Ya no sonreía, se distraía y peleaba con su compañero de puesto.

Las cosas en casa tampoco iban muy bien, su padre se enojaba con Gustavo debido a que salía sin avisar y no volvía en toda la noche. Freya dormía un poco mejor cuando eso sucedía. La pequeña ya no reía como antes, no bailaba cuando su madre ponía música para hacer el aseo, y pasaba gran parte del día encerrada en su habitación. En las fotos familiares, trataba de estar lo más a la orilla posible, el pelo de sus cejas comenzó a disminuir pues sin darse cuenta, se lo arrancaba con sus dedos. Sus padres no lo notaron, trabajaban todos los día